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EL VUELO DE LA PIEDRA

Salvador Aguilera  

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Fragmento

I

Llegué a la guerrilla por casualidad. Por absoluta casualidad. Si dijera que lo hice por mis firmes convicciones ideológicas quizás sonaría mejor, más justificado y coherente, pero no sería verdad. Fue el azar y no tener la más mínima idea de qué hacer con mi vida.

Más que una aproximación de sensibilidades se trató de afectos y lealtades. El destino, a estas alturas me atrevo a decirlo, manda por una u otra dirección dependiendo de factores no solo aleatorios sino, en ocasiones, insignificantes.

Aunque me moví siempre en ambientes muy politizados carecí de interés, o capacidad intelectual, para ir más allá de una indignación a fuego medio por las injusticias del mundo. Era más escéptico que indiferente. Esquivaba, huía, me escondía de las interminables discusiones y las profundas parrafadas que llenaban la universidad, los cafés y hasta las comidas familiares. Me producían dolor de bajo vientre las grandes ideas expuestas con magnificencia, arrogancia intelectual y verdad categórica por estandarte. Cuando caía emboscado en aquellos debates de monólogos, no podía evitar, además de aburrirme soberanamente, darme cuenta de que mis escasas habilidades, mi ego opacado y mi nula ambición no alcanzarían, nunca, para llevarme a la cima de la militancia. O, por lo menos, no para hacerlo creyéndomelo un poco.

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De los animales políticos que iban meando la jaula con sus certezas me alejaban más las formas que el fondo. Pero muchas veces el fondo se disuelve en las formas. Hubiese apostado entonces, todo a nada, que yo no militaría jamás. Y tenía todas las papeletas para ganar. Sin embargo, alguna mariposa de las de Lorenz y su teoría agitó las alas vaya uno a saber dónde.

El asunto germinó a la sombra de mi inconsistencia y pasó por la fotografía. Había dejado Derecho al sexto o séptimo semestre, una larga e indeclinable tradición familiar a la que mi padre me exigía lealtad. Supe pronto que no era lo que buscaba: demasiados códigos, demasiados incisos, demasiados numerales. Deserté después de Literatura antes de terminar el primer curso: cuánta solemnidad para algo tan simple y placentero. Me apunté luego a Sociología, pero esa facultad era poco menos que la internacional marxista-maoísta-guevarista y fue fácil darme cuenta de que allí no me comería un rosco sin vertebrar un mínimo discurso militante. Además, claro, de terminar expuesto sin remedio en el paredón de los sin fe o, peor aún, señalado de pequeñoburgués por algún implacable dedo acusador.

Así, mientras la mayoría de mis contemporáneos se debatían entre línea Pekín o línea Moscú, foco guerrillero o vanguardia armada, combinación de todas las formas de lucha o movimiento de masas, quebrar la madre a un Estado feudal o a uno precapitalista, yo dejaba correr tiempo, asignaturas y decisiones cómodamente apoltronado en la ayuda familiar, limitándome a café, cerveza, cigarro y billar.

En algún momento, advertido por una tajante llamada de atención de mi padre en la que relacionó, de muy mala manera, mi abandono del Derecho, mi indisciplina, mi edad y su dinero, me di cuenta de que las transferencias de cada mes apuntaban a su final. Y que, a partir de ahí, la cosa se ponía fea. Alguien, en una noche de billar, mencionó que había visto un anuncio de clases de fotografía en la facultad de Periodismo. Pensaba inscribirse “porque seguro que las de periodismo no estarán mal”. Me apunté yo también, más interesado en este último argumento que en un obturador. Sin embargo, encontré de repente algo que, por fin, llamaba mi atención. Un algo más cercano a una cierta concepción de armonía y orden, justo lo que faltaba en mi vida, que a cualquier aproximación sublime al arte o a la exaltación de la belleza. No solo terminé el curso, sino que decidí pedir el último empujón familiar para hacer dos años en la School of Visual Arts de Nueva York.

En la escuela encontré un equilibrio vital, diría que casi ideológico. Lo que no habían conseguido la educación ignaciana ni los grupos de estudio marxistas ni las proclamas de líder estudiantil encima de mesas de cafetería y ni siquiera las férreas convicciones demócrata-cristianas de mi padre, me vino revelado en la teoría zonal de Ansel Adams. Algo tan simple como la luz: no existe solo negro o blanco, hay diez escalas del gris.

Cuando vi la primera fotografía de Adams comprendí que había encontrado la esencia de lo que buscaba: vivir y ser capaz de mostrar la gama completa de matices que componen una imagen, que dan forma y eternidad a un instante. Pasar de la tiranía del monocolor a intentar comprender y transmitir la totalidad, la foto completa, necesariamente contradictoria, tensión y mezcla. ¡Al carajo con los confines ortodoxos de los extremos, polos claros u oscuros! ¡Larga vida a la indefinición entre contrastes del gris!

Adams se dedicó a fotografiar paisajes. Era tal la transparencia y rotundidad de su luz que en cualquiera de sus fotos podría adivinarse la estación del año, incluso la hora en que había sido hecha. Yo desde luego no aspiraba a tanto. Y, sin caer en el panfleto social o en hacer de cada foto un pasquín, tuve claro que quería biografías, no naturaleza. Quería captar, en un único instante, las circunstancias de quien estuviera en mi foco. Sin juzgar, clasificar ni calificar. Imagen simple, nítida, sin adjetivos, sin códigos ni profundos análisis que la distorsionaran, que la desenfocaran.

La escuela de Nueva York, además, montaba cada año una exposición con los trabajos de fin de curso más destacados. Colgar una foto allí era hacer podio y mostrarse frente a las agencias más importantes. A eso aspiraba, a encontrar la manera de procurarme el pan manteniéndome a salvo de corbatas, horarios, jefes y borracheras de viernes con compañeros de oficina. Vaya: a una cierta libertad.

II

El contacto kurdo efectivamente estaba. Si es que el verbo estar se conjuga en alemán. Porque no era, estaba. Sin respuestas y sí con muchas palabras. “Be patient”, me repetía una y otra vez durante nuestros encuentros en Hamburgo. Be patient tu puta madre, pensaba para mí, harto, antes de tomar el tren de regreso a Bonn.

Al llegar de Madrid pasaron semanas antes de que diera señales de vida. Cuando finalmente estableció contacto me pidió ir a Hamburgo, con tanta prisa que llegué a pensar que el barco estaba entrando a puerto.

Llovía cuando llegué. Caían goterones más propios de selva ecuatorial que de una plaza abierta a la salida de la estación central. Estaba ya calado cuando por fin encontré el bar donde me había citado, un sótano ahogado en humo y olor penetrante a meadas sobrepuestas de licor adulterado.

Se retrasó casi una hora. Al llegar, incapaz de articular disculpa alguna, se quitó la chaqueta de material incierto, la tiró sobre la mesa sin miramiento y se dejó caer frente a mí, inundándolo todo con el vaho sólido de sus sobacos. Apestaba que se podía masticar. Su mirada, de iris pálido, no encontraba punto fijo mientras hacía, en mezcla caprichosa de inglés y alemán, una introducción de media hora sobre el clima, el kebab que había cenado el día anterior y el color de las hojas del otoño en el Kurdistán.

Deseché del todo cualquier esperanza de entendimiento cuando intentó tender complicidad masculina preguntando si ya había encontrado en Bonn una “Kleines für chip-chip”, ilustrándome el concepto moviendo su mano en postura de misionero. Me costó reprimir el impulso de levantarme inmediatamente de allí: el “kleines”, en su boca, perdía todo el neutro alemán. Le dije que no estaba para tonterías ni para “chips chips”. Y mucho menos con “kleines”. Y que me dijera, por favor, cuándo llegaría el barco.

—Aún no lo hemos empezado a buscar —dijo sin inmutarse.

Masqué mi cabreo a mandíbula lenta y di por terminado el encuentro. Afuera, indiferente a la lluvia que se colaba sin piedad en mis botas guerrilleras, me quedé viendo cómo se alejaba en sentido contrario a la estación.

III

Eran cerca de las ocho de la noche del 11 de noviembre del 89 cuando escuchamos, a lo lejos, los primeros disparos de la ofensiva general. Me habían integrado, junto a los demás miembros del Comando de Información, en una de las unidades que tenían como objetivo entrar a la colonia Escalón, el barrio más acomodado de San Salvador. Esa era la fotografía a conseguir: la que mostrara que, estirando el brazo, estábamos en capacidad de tocar el poder, guerrilleros de monte en el barrio de los peces gordos del régimen y las viejas familias de postín.

Habíamos pasado los días previos en la falda del volcán que se asoma a la ciudad, metiendo ropa en grandes ollas con tinte verde para darle aire marcial, distribuyendo munición, comprobando y limpiando el fusil. Estábamos tan ensimismados en la preparación del asalto, que no le dimos importancia alguna a las noticias que llegaban del mundo en general y de Berlín en particular. Solo meses después vería la fotografía del joven de pelo corto y camisa blanca dando mazazos al muro, jaleado por la multitud. No habría podido imaginar, desmontando y montando el G3, que aquellos golpes sobre el hormigón tendrían más impacto histórico que cualquier disparo que pudiéramos hacer. Que repercutirían también en nosotros, militantes del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, a punto de participar en la mayor ofensiva de toda la guerra civil salvadoreña.

Cuando nuestro mando anunció que había llegado el momento de iniciar la marcha, falda abajo, saqué el primer carrete y lo puse con dificultad en la Minolta. Pasé varias veces la palanca de arrastre para asegurar el enganche, metí la cámara en su forro y me la colgué al cuello. Solo entonces puse el cargador, accioné el cerrojo para alojar una bala en la recámara, comprobé el seguro y me eché el fusil al hombro. Nos dimos un abrazo con el Flaco sin llegar a romper el silencio que guardábamos todos como amuleto. Noté en su mirada un velo de culpa, o de arrepentimiento, por haberme llevado hasta allí. Ya no cabía vuelta atrás.

Puse un pie en la ciudad y sentí desprotección absoluta, cuerpo al descubierto en medio del asfalto. Avenida llana y abierta, sin más refugio que alcanzar la siguiente esquina. Sin montaña que nos cubriera ni vegetación que nos mimetizara. Atragantaba la ansiedad y me preguntaba si la comandancia no se habría vuelto loca lanzándonos sobre la capital en ofensiva general. Hombres y mujeres agazapados, con el equipo a cuestas, dando tumbos, por las mismas calles donde minutos antes alguien habría tomado un autobús, un escolar habría jugado con una pelota, una mujer de cofia habría dejado la basura para el camión. Irreal. Me costaba enfocar por la carrera, de esquina a esquina, dudando si alguien tomaría en serio semejante locura, niños jugando a la guerra en el jardín, o si podríamos llegar a resistir más de una hora cuando el Ejército terminara de creerse que habíamos tenido la audacia, o el poco seso, de ponernos a tiro de esa manera.

Pero aguantamos. Pasaron los días, mi pulso más ajustado a la incrédula realidad, y seguíamos allí, en una extraña mezcla de guerra de movimientos y cambiante control del terreno. Calle a calle, acera a acera. No podía evitar sentir escalofríos cada vez que cumplía con mis relevos en trincheras hechas de ladrillos mal puestos, sacos de fibra blanca rellenos de tierra o simples muros de antejardín. Intentaba inútilmente obviar que esos cuatro kilos y medio, repercutiendo sobre mi hombro maltrecho, estaban concebidos para matar. Me obligaba a pensar cada disparo no como la eliminación de un enemigo, sino como el establecimiento, a ráfagas periódicas, de una marca, un límite, una señal de apropiación de un espacio determinado. Una barrera, continua y fugaz, que imposibilitara a mi oponente el ángulo de disparo, que le obligara a mantenerse alejado, parapetado, a cubierto. Aprendía, en versión abreviada y práctica, las mínimas reglas de combate sobre las que moverme y delegaba a mi dedo sobre el gatillo la responsabilidad última de mantenerme vivo, de ejercer el instinto más primario de supervivencia.

La mayor parte del tiempo, no obstante, me movía por la incierta retaguardia para dejar registro gráfico de nuestra demencia o intrepidez. Imágenes de combatientes exhaustos sentados en la acera, de ojos tan cansados como resueltos, fijos en la cámara. Tanquetas destruidas por los RPG dejando lengüetazos de llamas sobre su acero. Mandos guerrilleros con la radio en la mano y expresión preocupada, sobre un segundo plano de rosales y plantas frutales en macetero haciendo las veces de agreste vegetación de la montaña. Hice también decenas de imágenes de civiles, miradas de terror y angustia, alejándose de los combates bajo banderas blancas que no eran otra cosa que un pañuelo, una camisa, una franela. Nunca, sin embargo, fotografié a los muertos.

Consumía carretes de 36 con ansiedad, vaciaba cargadores con detenimiento. Alternaba miedo hondo y adrenalina desbordada. Buscaba espacios cortos para recostar el equipo contra cualquier pared que estuviera a cubierto. Contemplaba al azul del cielo y, entre la excitación de estar ahí y la duda de si habría mañana, quería sorberlo, respirarlo entero. Pensaba continuamente en Aída, en las palabras que me había dicho sobre la ofensiva, sin llegar a mencionarla, dejando entrever que se acercaba el momento decisivo. El que definiría la guerra, en uno u otro sentido. Me acerqué como nunca a su recuerdo. El impulso de mi sangre a todo correr. Mis brazos temblando bajo el peso continuo de un fusil al que no estaba acostumbrado. El uniforme acumulando sudor y polvo. El abdomen contraído y rígido. La ansiedad animal de seguir vivo. Todo me aproximaba a la memoria de su piel, casi hasta tocarla de nuevo ...