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EN EL FILO DE LA NAVAJA

Yolanda Ruiz  

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Fragmento

Presentación

Los periodistas miramos la historia desde una tribuna privilegiada porque podemos llegar adonde otros no llegan, escuchar y ver detrás de las cortinas del poder y asomarnos a los lugares donde se toman las decisiones grandes o pequeñas. Hablamos con presidentes, ministros y mendigos, entrevistamos a víctimas y delincuentes, nos movemos entre tragedias y cocteles, bajamos a los abismos del infierno y de pronto nos codeamos con lujos excesivos porque la prensa tristemente también se vuelve parte del poder que debe vigilar. Los periodistas contamos lo que pasa hoy porque en nuestro oficio el ayer y el mañana no tienen mucho sentido, aunque deberían tenerlo más. Y al contar el presente vamos tejiendo la historia porque nuestras palabras escritas de afán o con mucha reflexión serán fuentes de los que escarben después para entender este mundo complejo que vivimos.

Ser periodista es como caminar en el filo de una navaja porque caerse por exceso o por defecto es muy fácil. Mantener el equilibrio es todo un reto, y lo peor es que mientras caminamos tiran piedras desde todos los costados.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Me correspondió vivir como periodista una época compleja. Comencé mi carrera en los convulsos y violentos años ochenta y por eso mis primeros reportes fueron de dolor y muerte; he hablado con protagonistas de los últimos treinta años, he visto la corrupción, la guerra y la búsqueda de la paz. También he descubierto que pasan otras cosas más allá de esos titulares que destacamos. Hay un universo que poco cubrimos, afanados, como hemos estado, por narrar un conflicto que nos marcó de mil maneras. En ese caminar, cuando el reto que nos imponemos es hacer periodismo responsable, las dificultades y las dudas aparecen en cada esquina.

Desde mis primeros pasos en el periodismo como practicante, hasta llegar a la dirección en varios medios de comunicación, me he enfrentado una y otra vez a momentos grandes o pequeños de la historia que representaron para mí lecciones importantes para el oficio o para la vida. Me encontré varias veces ante encrucijadas difíciles por dilemas éticos o situaciones que me desbordaron como ser humano o me retaron profesionalmente, porque este trabajo nos conecta con lo mejor y lo peor de las sociedades.

En materia ética, descubrí que las fórmulas no aplican
y que, en medio de los principios globales, como no mentir y buscar la verdad, todas nuestras decisiones están cargadas por la realidad del momento, el contexto y un sinfín de circunstancias que nos empujan a tomar un camino u otro. Me han movido desde el primer instante un principio aprendido en familia de lo que considero correcto y la incesante búsqueda de la mejor manera de cumplir con la responsabilidad pública que tenemos como periodistas.

En el camino descubrí que ver al otro como ser humano es crucial para ser buen periodista y que hacer el esfuerzo por dejar de lado los intereses personales nos quita velos de los ojos para hacer mejor el trabajo. Asimismo entendí que todos los días hay que aprender y desaprender, abrir la mente y los sentidos porque el mundo cambia y nuestro oficio también. Comencé a trabajar usando una máquina de escribir y buscando en las calles un teléfono fijo prestado para poder hacer reportería. Hoy, cuento las noticias desde Twitter, Facebook o Instagram. Me maravilla el poder que esa nueva tecnología representa para la democracia y me aterra el riesgo que entraña también para el periodismo. No tengo nostalgia de lo que fue, pero sí creo que los periodistas debemos defender la esencia del oficio, no por nosotros, sino por el bien de la democracia.

Este libro es la recopilación de muchas historias y reflexiones, tomadas en la calentura del trabajo como reportera o como directora. Las miradas son muy distintas desde uno u otro cargo, y las vivencias y lecciones aprendidas son diferentes desde el terreno o desde la dirección. Son episodios de la vida real como los recuerdo, como los viví y como me ayudaron a recordar otros que me dieron una perspectiva distinta, porque no hay nada que cambie tanto como el pasado: sobre el mismo hecho, un recuerdo no es igual a otro. Algunos textos vienen de muchos años atrás, tomados de mi libreta de periodista. Desde el comienzo me ha interesado la reflexión sobre el oficio y por eso desde siempre he escrito ideas con preguntas o dudas sobre lo que hago. Llevo más de treinta años en esa tarea y cuando llego a una conclusión me surge otra duda.

Tuve dificultades para encontrar una forma de narrar de modo uniforme lo que aquí comparto, y al final decidí que, como me dijo alguna vez un buen amigo escritor, “cada historia tiene su propia manera de ser contada”. Fui dejando entonces que me hablaran por sí mismos esos episodios que se me quedaron grabados porque de ellos aprendí algo, porque me caí, porque no entendí o porque significaron un antes y un después en mi vida personal o profesional. Esto es, entonces, un conjunto de relatos, crónicas o historias. Algunos textos se han publicado previamente como columnas en el periódico El Espectador o en el portal de RCN Radio; otros vienen de mis publicaciones en Facebook; unos más, de mis archivos personales; algunos nacieron pensados para este libro, cuando hace varios años empecé a concebirlo, y otros fueron cambiando con el tiempo. Releí, corregí, ajusté y aquí va por fin la culminación de un sueño.

Sirvió de mucho apoyo la consulta digital en las noticias publicadas por El Espectador, El Tiempo, la revista Semana y los portales de RCN Radio y Caracol Radio. Gracias a eso pude precisar fechas y detalles que se escaparon con el tiempo.

Cada episodio representó para mí un reto desde el punto de vista ético, periodístico o humano. De los muchos momentos que me ha tocado cubrir como periodista escogí algunos de los que me generaron un pensamiento, que me enseñaron o me dejaron dudas. Las preguntas no son solo el camino hacia una historia en el periodismo, son también el motor para crecer. Dudar es la clave en este oficio. Y como las certezas son pocas y las dudas muchas, esto no es un manual de periodismo ni un libro de recomendaciones éticas; es más el diario de una periodista que lleva décadas intentando entender el oficio para tratar de hacerlo cada día mejor.

Propongo algunas ideas, abierta siempre al debate, entendiendo que en cada caso, ante una misma situación, otros colegas habrían actuado de forma distinta. Planteo además algunas reflexiones mirando hacia dentro en nuestro oficio porque nos debemos y le debemos a la sociedad un poco más de autocrítica, aunque nuestro gremio no es muy dado a esa tarea.

Además de contar anécdotas y pensamientos en caliente sobre el quehacer del periodista, invito entonces a la reflexión, a mirar por dentro, cuando la era de las noticias falsas nos reclama mayor compromiso y rigurosidad. Nunca como hoy se había necesitado tanto a los buenos periodistas para que ayuden a decantar y entender la realidad en el mar de incertidumbre que es internet, pero nunca como hoy ha estado tan amenazado nuestro oficio. La sociedad que nos critica nos necesita para entender una realidad cambiante y complicada, y los periodistas debemos estar a la altura del momento si queremos sobrevivir.

Capítulo 1

Los periodistas
somos humanos

Desde una perspectiva ética, creo que el buen periodismo solo es posible si se hace desde nuestra condición de seres humanos y pensando en los otros como seres humanos. De ahí puede surgir la empatía que necesitamos para ver la realidad con mayor claridad. Los periodistas, en todos los niveles del oficio, en especial cuando hacemos trabajo de reporteros, debemos batallar muchas veces contra nuestros temores, demonios y prejuicios. Hacerlo nunca es fácil y nuestra propia humanidad es a veces un obstáculo en nuestro quehacer. Sin embargo, puede ser una ventaja si entendemos que siempre ayuda ponernos en los zapatos del otro y vernos en sus ojos. No somos grabadoras o cámaras que se apagan o se encienden a voluntad. Entender eso ayuda a comprender la fragilidad de lo que hacemos y también los sacrificios que demanda nuestra labor.

Muchos de los que critican la tarea que a diario hacemos los periodistas desconocen las condiciones, a veces extremas o de mucho impacto emocional, que se deben enfrentar para poder llevar la información a tiempo. Desde el otro lado solo se ve un mínimo fragmento de lo que de verdad vivimos en el cubrimiento de las noticias diarias. A veces para presentar un informe de un minuto en radio o televisión o un par de cuartillas escritas, el reportero ha pasado horas trasladándose de un lugar a otro, ha sorteado mil dificultades, ha batallado con las fuentes o con sus jefes, ha llorado, ha aguantado hambre o ha pasado horas sin dormir. Estar donde otros no pueden llegar suena apasionante —y lo es—, pero encarna serios retos personales, sobre todo cuando hablamos de la labor de los reporteros que van directamente a terreno.

No importa cuántas veces se hable de la necesidad de ser objetivos, eso es imposible porque quienes hacemos las noticias somos humanos, cargados de todo lo bueno y lo malo de nuestra condición. Podemos y debemos ser rigurosos y equilibrados, aunque nunca podamos alcanzar la objetividad total porque todo pasa por el tamiz de lo que sentimos y de quienes somos, de lo que pensamos y creemos. Tomar distancia de nosotros mismos es siempre una obligación constante, si queremos informar con responsabilidad y sin tomar partido. A veces nos gana nuestra propia humanidad, y no perderla es lo que nos hace mejores en un oficio que lidia todos los días con las emociones humanas.

En mi trabajo de reportera, en el comienzo de mi carrera, viví varios momentos que me retaron en lo personal: el primer impacto con la muerte como material informativo, sin saber que durante años ese sería un insumo constante en el ir y venir de las noticias; el sobre que me extendió una fuente que buscaba ‘premiarme’ con un soborno una noticia que yo cubrí porque era mi deber, y el dolor que eso me generó porque era demasiado joven para saber que la corrupción asimismo toca a mi gremio. Viví la incapacidad para superar las emociones en unos cubrimientos dolorosos y trágicos. Todo eso me retó como persona y como periodista, me sacudió, me generó dolores y también reflexiones. Por esos cubrimientos que aquí relato me cuestioné y me castigué, aunque con el tiempo entendí y acepté mis propias debilidades para verlas, no como un obstáculo, sino como una fortaleza porque siempre, del otro lado de la noticia, hay también seres humanos con todas sus cargas.

Así como viví mis retos humanos, he cubierto como periodista varios momentos en los cuales otros colegas se convierten en parte de la noticia que fueron a cubrir. De reporteros pasan a víctimas, y sin dejar de ser lo uno o lo otro asimismo nos ponen en dilemas a los colegas. ¿Cómo informar sobre un secuestro de periodistas o cómo enfrentar una amenaza? ¿Cómo mantener distancia cuando nuestra humanidad nos pone además en la mira de los violentos? Entender que somos humanos nos ayuda a encontrar respuestas y a ser mejores periodistas.

Siniestro en Soacha

Cuando se conoció la noticia de la caída de un avión, yo estaba disponible en la sala de redacción de la revista Cromos, donde trabajaba. De inmediato, con el fotógrafo Daniel Jiménez nos desplazamos al lugar. Lo que tengo en mi memoria es una especie de colina a la que subimos con algo de dificultad. La gente que se veía en la zona nos indicó el sitio donde había caído el avión. Recuerdo que al llegar a la parte más alta de la loma, desde donde se tenía una visión panorámica del siniestro, era evidente que no había sobrevivientes porque todo lo que se veía era destrucción y muerte. La imagen era la de un tapete de restos de colores regados por todas partes, y en medio de ellos, las siluetas de hombres y mujeres que se movían con rapidez: curiosos, rescatistas, periodistas, vendedores y, con seguridad, más de un ladrón.

Era noviembre de 1989. La noticia llegó desde Soacha, donde se vino a tierra el avión que derribó Pablo Escobar, según la versión más comentada y la que pasó a la historia. En realidad, en las primeras horas tras el evento se barajaron varias hipótesis, una de las cuales era fatiga del metal, aunque en pocos días esta posible causa quedó sepultada hasta que muchos años después, en una brillante investigación, el periódico El Espectador sembró la duda sobre lo ocurrido y volvió a hablar de accidente y no de atentado.

Como me suele suceder cuando enfrento impactos emocionales fuertes, el dolor de esta tragedia lo sentí en el estómago. En segundos se me desató una gastritis fuerte que me acompañó todo el tiempo que permanecí en el lugar del siniestro y se me quedó varias horas más. Mientras miraba lentamente todo el panorama, ya con los ojos encharcados, noté que muy cerca de donde estábamos había una mujer de unos 60 años o más que lloraba desconsoladamente. Imaginé al verla por primera vez, y acerté por lo que le escuché decir después, que era alguien con un ser querido en el avión porque hasta el sitio llegaron familiares de las víctimas, en un acto desesperado por saber de la suerte de los suyos. Al verla me quedé unos minutos en silencio, mientras la veía llorar; luego me senté a su lado y la acompañé en el llanto porque era evidente que allí no había vida ni esperanza.

Pasaron largos minutos y yo no podía parar de llorar. Creo que lloraba por los muertos del avión, pero asimismo por los otros, por todos los de ese fatídico año que quedó marcado de sangre en nuestra historia. Lloraba por los funcionarios judiciales asesinados en La Rochela, por la bomba que mató al gobernador de Antioquia Antonio Roldán, por los periodistas, jueces y magistrados que también cayeron ese año, por Luis Carlos Galán y el coronel Valdemar Franklin Quintero. Lloraba por este país tan cruzado de violencias, por José Antequera, por la bomba que le pusieron al periódico El Espectador y por una lista demasiado larga de hombres y mujeres que cayeron desgranados uno a uno en una racha que parecía no tener fin. Lloraba por ellos y por mí, por el futuro de mi hija que entonces tenía tres años. Lloraba por la incertidumbre de un país que se perdió a sí mismo en el pozo sin fondo de la violencia.

El fotógrafo intentó llevarme, me llamó varias veces para que bajáramos al lugar exacto del impacto y poder buscar información. Yo le pedí que siguiera para hacer su trabajo porque no me sentía capaz de hacer una pregunta a nadie ni de buscar datos entre los escombros todavía humeantes de semejante tragedia. No tengo idea de cuánto tiempo pasó mientras esa mujer desconocida y yo lloramos sin parar y sin hablar.

Decenas de personas pasaban por allí y recuerdo que me sorprendió ver cómo el lugar se llenaba rápidamente de vendedores que ofrecían dulces o papas fritas a los curiosos y a tantas personas que se habían desplazado hasta el punto del impacto. Confirmé en ese cubrimiento que no era una buena reportera, nunca lo fui. Entendí que sí es necesaria una dosis de distancia para poder contar las historias. Durante muchos años me castigué porque siempre sentí que ese día no hice mi trabajo bien: no tomé apuntes, no grabé un testimonio, no conseguí un solo dato en el lugar. Me quedé con la imagen de la desolación que sería después la única herramienta, una muy buena, para la crónica que escribí ayudada por las fotografías de mi compañero y los datos que él consiguió en el terreno y los que pude recopilar después en distintas fuentes, cuando la calentura de la noticia bajó un poco. Trabajar para una revista semanal, y no para la radio, fue entonces una bendición. Eso me permitió darme las horas necesarias para poder recuperarme y escribir la historia.

La crónica de ese desastre se me había olvidado y solo recordaba el impacto del dolor que experimenté en el lugar. La volví a leer cuando buscaba datos para este libro y al hacerlo logré ser más indulgente con mi trabajo de ese día. No pude recoger mucha información en el lugar, pero me quedé con esa impresión visual y emocional de la tragedia y pude después, en frío, reconstruir algo de lo que vimos para contar una historia hecha de muchos retazos que resultó la crónica de otro dolor colectivo. En ese año 1989 vivimos múltiples episodios de violencia y dolor, y los periodistas por momentos nos veíamos desbordados emocionalmente para narrar tanto drama.

Esa presencia del dolor humano atravesado en el camino me hacía titubear, me hacía pensar. Lo valoro, creo que no podemos perdernos del todo en lo que la gente llama la objetividad del oficio, que no existe, porque al fin y al cabo los que hacemos periodismo somos humanos con todos los defectos y los aciertos. No perder esa conexión con nuestra propia vulnerabilidad humana nos permite ser compasivos con las víctimas, con los que sufren, pero es necesaria una dosis de distancia, atajar el dolor para poder ver, escuchar, preguntar y entender más allá de la emocionalidad.

Cuál es la dosis de lo uno y de lo otro es algo tan personal como los valores que nos mueven y nuestra propia capacidad para tolerar el sufrimiento ajeno y el propio.

El cubrimiento de esa noticia que tanto impactó al país también me da vueltas de tanto en tanto. Con el tiempo, aprendí a perdonar mi falencia profesional, al entender que no puedo ser una máquina que registra lo que ve y que ver las tragedias desde el dolor que nos provocan es asimismo una manera de entenderlas. Me culpé durante mucho tiempo por las preguntas que no hice en el lugar y, al final, además aprendí a valorar la labor de un buen reportero. Ese que llega a los lugares donde pasan los hechos, el que viaja en bus, en avión, en lancha o subiendo trochas a pie para contar las historias que tenemos que conocer. Ese que muchas veces debe también guardar sus emociones para contarnos lo que pasa.

La labor del reportero es la base del periodismo. Entiendo que hoy tenemos muchas fuentes con la información que viene de las plataformas digitales, pero en una buena historia nada reemplaza los ojos, los oídos, los sentidos del reportero que se mete en la candela muchas veces quemando su propio pellejo. Un trabajo que respeto profundamente. Después de mis lágrimas en ese cerro y de las dificultades que tuve para hacer el trabajo, esta fue la crónica que se publicó en la revista Cromos. Buena o mala, es un pedazo de la historia.

Definitivamente el país está “salado”

¿Bomba, accidente, aparato obsoleto, fatiga de metal? Las respuestas a estas preguntas se quedaron en un cerro cerca de Soacha donde los escombros del HK-1803 estarán por mucho tiempo recordando la tragedia. Lo único cierto es que hoy 107 familias están de luto, sin saber por qué.

No era necesario mirar los escombros para entender la magnitud de la tragedia. El rostro de una mujer de cabellos blancos contaba la historia completa. Ella recorrió lentamente todo el lugar y al final se alejó de allí. Se sentó en una loma cercana, clavó los ojos en el montón de chatarra humeante y pocos minutos después empezó a llorar. Había que acercarse mucho a ella para entender las palabras que repetía una tras otra sin parar: “¿Por qué, por qué mi hijo? ¿Por qué? ¿Si lo despedí esta mañana para tener que verlo ahora aquí? ¿Por qué?”

Es la misma pregunta que recorrió todo el país, la que se hicieron 107 familias, la que nadie ha podido responder. La historia comenzó muy temprano. Había que madrugar, todos tenían un compromiso que cumplir: Gerardo Arellano iba a cantar, recordando a su padre muerto exactamente 20 años atrás. Miguel Díaz, el salvadoreño asesor del Banco Mundial, tenía que analizar las pérdidas de energía en las electrificadoras del Valle. Beatriz Henao, jefe de medios de Publicidad Toro, tenía una cita de negocios. Todos tenían un plan, un compromiso… un vuelo. “Pasajeros del vuelo 203 con destino Cali, favor abordar el avión HK-1803 por la puerta dos”.

“Todo bien, sin novedad”. Ese fue el parte que entregó el capitán José Ignacio Ossa a la torre de control a las 7:17 de la mañana. Lo que vino después se puede relatar en mil palabras, pero ocurrió en segundos. Las versiones comenzaron a correr: “Estaba pasando el ganado de un potrero a otro y de repente vi que el avión traía un motor encendido, como si fuera un soplete. De pronto sonó algo fuerte y el avión se partió en grandes pedazos. Yo no esperé nada porque me asusté y solo pensé en mis hijos, porque caían por todas partes pedazos encendidos de avión”.

“Una bomba, un atentado terrorista”. Desde muy temprano esas versiones empezaron a correr. “Vi que el avión explotó y se partió en varios pedazos”. “Escuchamos una explosión pequeña y luego otra. Después solo se vieron llamas que se precipitaban a tierra”. “Parecía como una bomba”.

Pocos minutos después los noticieros de radio comenzaron a dar la noticia: “¡Urgente! Acaba de registrarse un accidente aéreo en la cercana población de Soacha”. No se sabía aún de qué tipo de avión se trataba, ni cuántos pasajeros llevaba. Los minutos pasaban y mientras los periodistas confirmaban su información con las autoridades, al cerro, donde todavía los restos de avión se quemaban, llegaron los saqueadores y los curiosos.

Cada quien a lo suyo

Pasadas las ocho de la mañana en el lugar todo era movimiento: decenas de periodistas, policías, jueces, socorristas, ladrones y, aunque parezca mentira, también muchos vendedores de helados y empanadas se paseaban entre los escombros. El tumulto lo colmaba todo y, a pesar de tanta gente, en aquel lugar solo se respiraba el aliento de la muerte.

Era fácil llegar hasta allí. Solo era necesario seguir la caminata. Desde el pueblo familias enteras se desplazaban al lugar. Algunos en bicicleta, otros en carro y la mayoría a pie, pero el objetivo era llegar. Y por la carretera, las ambulancias y los vehículos de la prensa trataban de abrirse paso. La entrada a la represa se restringió desde muy temprano, pero cada quien buscó la forma de entrar. Había que subir un par de cerros y de repente ahí aparecía: no se veía forma de avión por ninguna parte. Se entendía que era el sitio porque todo era escombros y las llamas aún cubrían buena parte del lugar. Los cadáveres mutilados estaban por todas partes. Las cartas del paquete de correo estaban abiertas. Otros habían llegado más temprano. Una de ellas que venía de Estados Unidos, hablaba de más de cien dólares que alguien enviaba como regalo de Navidad. Por supuesto, nunca aparecieron.

Un vestido azul quedó solitario varios metros al norte de los restos del avión. Un saco amarillo colgaba de un arbusto. “El vuelo final”, el libro que nunca pudo terminar un pasajero, quedó intacto. En el piso se confundían los hierros retorcidos del avión, pequeños maletines, papeles, el periódico que iba para Cali, un muñeco. Todo despedía un fuerte olor a quemado. Las llantas del tren de aterrizaje tardaron un par de horas en apagarse por completo.

Y en medio del desastre, cada quien llegó a hacer lo propio. Los organismos de socorro y la Policía buscaban afanosamente los cadáveres y la famosa “caja negra” que solo vino a aparecer veinticuatro horas después. Los curiosos se sentaron cómodamente en las lomas cercanas desde donde podían tener una “buena vista” de todos los detalles. Los saqueadores no dejaron un rincón sin requisar. Los periodistas, fotógrafos y camarógrafos apuntaban sus cámaras y grabadoras para todos los costados y la radio entregaba informaciones “desde el lugar de los hechos”.

Mientras tanto, los familiares empezaban el calvario. La búsqueda de los seres queridos solo empezaba allí. Algunos encontraron allí mismo debajo de los escombros todavía calientes, algún pequeño objeto que identificaba un inexistente cadáver: un esfero, un pasaporte, un pedazo de camisa, un libro, un bolso, y empezaba el llanto. Para otros, la pesadilla siguió muchas horas más, frente a Medicina Legal esperando que alguien entregara la prueba de que el padre, el hijo, el hermano había muerto.

Estoy vivo

Pero a muchos no les correspondía todavía cumplir su cita con la muerte. La azafata Franci Viloria venía muy afanada por la avenida Eldorado. Iba a llegar tarde al trabajo. Así fue. Uno de los tradicionales trancones de Bogotá le impidió cumplir con su horario y por eso no pudo abordar el HK-1803. Alguien la reemplazó y ella abordó otro vuelo que iba a Medellín. Allí, se enteró de que estaba en la lista negra de la muerte. “Pero estoy viva”, fueron sus palabras. Eso mismo dijeron varios pasajeros que por una enfermedad, un retraso, o la simple casualidad nunca ocuparon las sillas reservadas del vuelo 203.

Ana Isabel Guzmán embarcó a su hijo en el vuelo que salió pocos minutos antes. La cita era en el aeropuerto de Cali, pero ella nunca llegó. Armando Rueda agradece hoy la fiebre de 39 grados que le impidió abandonar su casa para cumplir la cita en el aeropuerto y Gastón de Bedout no entiende todavía cómo pudo postergarse una cita que tenía. A última hora aplazó su vuelo para el mediodía. Fueron ellos mismos quienes se encargaron de llamar a las cadenas radiales que incluyeron sus nombres en la lista de muertos, para decir: “No, yo estoy vivo, gracias a Dios”.

La confusión que se vivía en el lugar del accidente también se sentía en los dos aeropuertos. En el Alfonso Bonilla Aragón, de Cali, los familiares de varias de las víctimas esperaban noticias mientras la Policía reforzaba las medidas de seguridad y eran cancelados todos los vuelos a Bogotá. Y en la capital, en el puente aéreo, pasaban los minutos y las horas sin que nadie diera una respuesta oficial a la misma pregunta: ¿quiénes eran los pasajeros? Pasadas las nueve de la mañana los funcionarios de Avianca reunieron a los familiares y empezaron a dar los nombres. Las escenas de dolor fueron dramáticas y los encargados de dar las malas nuevas no tenían ninguna palabra de aliento. Sobraban.

Buscando rastros

Tres mecánicos de Avianca que revisaron el avión el domingo entregaron su informe: “El aparato está en excelentes condiciones de aeronavegabilidad”. Y así se dispuso a partir. Todo estaba en regla y después del accidente, estas declaraciones de los voceros de la compañía y de la Aeronáutica daban fuerza a la más temida de las versiones: terrorismo.

Mientras los organismos de socorro se dedicaban al rescate de las ...