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ESCRIVIR SIN HERRORES

Soledad Moliner  

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Fragmento

Escrivir
sin herrores

2 x 1=1. Sí, señores: 2 x 1=1: no se trata de una equivocación, pese a que reconozco mi absoluta carencia de habilidad matemática. Es, simplemente, una manera de expresar en números lo que constituye este compendio: dos libros en uno.

Escrivamos sin herrores integra los volúmenes relacionados con la lengua, que he publicado hasta hoy: Primeros auxilios para curar el español mal hablado y Pida la palabra. Ofrecen consejos y resuelven dudas para que los lectores escriban o hablen sin errores. Paso a hablar de cada uno.

Primeros auxilios para curar el español mal hablado

Es una guía práctica sobre los errores más frecuentes en nuestro idioma, con consejos claros para subsanarlos.

Esta primera parte del libro constituye, pues, un botiquín de palabras. Un botiquín que ofrece herramientas para practicar primeros auxilios a nuestra lengua cotidiana, la que hablamos en la casa, en la calle, en la oficina, en el colegio; la que escribimos en internet, la que nos permite comunicarnos y obtener información.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Se trata de una reunión de explicaciones básicas y consejos de primera mano cuyo fin es sanar algunas heridas que producimos los hispanohablantes en el trato diario con la milenaria y siempre joven lengua española, un idioma que se extiende por el mundo y que ha sido instrumento creativo para formidables obras literarias.

No es un extenso tratado sobre gramática, semiología o lexicografía. No ofrezco, digámoslo así, los servicios de un hospital. Simplemente pongo en manos de mis compatriotas de lengua los primeros auxilios para evitar o remediar los errores más frecuentes y palpables que cometemos en nuestras conversaciones y escritos del día a día.

Hablo de errores que a menudo pueden resultar costosos. ¿Cuántas veces alguien ha escrito herrores con hache? ¿Cuántas entrevistas de trabajo se han ido al traste porque el aspirante produce mala impresión con un “de que” insertado en el lugar inapropiado? ¿Cuántos posibles romances no comienzan siquiera porque alguno dice “hubieron” cuando debe ser “hubo”? ¿Cuántas investigaciones serias pierden credibilidad por usos inadecuados del gerundio?

Esos pequeños detalles suelen acarrear consecuencias lamentables. Son como la mancha de huevo frito en la finísima corbata de seda, como la cremallera abierta en el pantalón del esmoquin, como la impertinente carrera en la media velada de otros tiempos.

Mi guía principal en la detección de las lesiones y males han sido los lectores de las columnas escritas para la revista Credencial y el periódico El Tiempo, que me permitieron absolver numerosas inquietudes en mi libro Pida la palabra (que constituye, como dije, la segunda parte de este libro). A través de sus miles de consultas, pude percatarme de las cuestiones que despiertan más dudas a los colombianos, siempre preocupados e interesados por el buen uso del español. También he dispuesto de oídos alertas y ojos despiertos, listos a pescar errores en las conversaciones cotidianas, en los medios de comunicación y en diversos tipos de textos.

La idea es que el lector sienta confianza con nuestro idioma. Que tenga la tranquilidad de saber que si domina los aspectos que se tratan en estas páginas cuenta con un manejo decente del español.

Aquí está lo básico para hablar un castellano desprovisto de los errores más frecuentes que lo aquejan. Es un botiquín de emergencia. Y es un punto de partida para ahondar en el tema a través de diccionarios y tratados especializados. De visitas a consultorios y clínicas del idioma.

El botiquín contiene lo mínimo para atender pequeños problemas. Es, como su misma etimología lo explica, una pequeña botica: una caja con los productos elementales que ofrecen una farmacia, una droguería, un laboratorio.

Yo los presento aquí, repartidos en pequeñas secciones. En el síndrome (o sindrome, pues es palabra que acepta doble acentuación) enuncio de qué se trata el problema en forma sucinta. En el diagnóstico explico las causas, consecuencias u otros detalles que ayuden a comprender y abordar la enfermedad. En el tratamiento ofrezco soluciones para erradicarla; es la parte clave en la cual ahondo en lo que debe evitarse y lo que es necesario hacer para no incurrir en el mal empleo. La receta pretende dar pistas, consejos, incluso trucos que ayuden al hablante a aplicar el tratamiento. Y la denominación técnica de la enfermedad solo aporta el nombre gramatical para futuras referencias o, incluso, para que el lector parezca muy culto al mencionarlas en medio de una conversación. Marqué con un símbolo (prohibido) las frases que contienen errores, a fin de evitar confusiones.

Para terminar, a manera de apéndice, ofrezco algunos gentilicios complicados —tanto internacionales como colombianos—, palabras con doble acentuación y extranjerismos adaptados al español. Creo que tales listas pueden ser útiles para completar el botiquín. Al final, cuando el lector ponga en práctica estos primeros auxilios, habrá eliminado de su español cotidiano algunos de los más frecuentes y protuberantes errores y se sentirá más seguro al hablar y escribir.

Pida la palabra

Temo que no pocas personas vinculan la palabra gramática con circunspectos señores vestidos de negro, solapas casposas, recintos académicos donde resuenan los pasos, libros apolillados y actividades arcaicas. Sin embargo, crece día a día el interés de los lectores de periódicos y revistas por los temas relacionados con el lenguaje, como lo demuestra el hecho de que las noticias y comentarios sobre cuestiones idiomáticas figuran entre las más leídas.

Por otra parte, han gozado de alta popularidad ciertos columnistas que ofrecieron comentarios gramaticales aderezados con buen humor. Roberto Cadavid (Argos) y Alfredo Iriarte son dos ejemplos colombianos, y el profesor español Fernando Lázaro Carreter lo es en todo el ámbito de la lengua castellana.

Cuando El Tiempo me propuso escribir una columna donde respondiera preguntas y absolviera dudas sobre el idioma, quien tuvo dudas fui yo. Pensé que carecía de la rigurosa versación que exige una tradición gramatical tan sólida como la colombiana; pero, al mismo tiempo, me atraía corresponder a ese interés casi genético de mis coterráneos por los temas lingüísticos.

No soy más que una modesta profesora universitaria de Español y Literatura, y —eso sí— una lectora apasionada de estos temas. Como dicen que la juventud es lanzada, resolví entonces aceptar la invitación. No oculté mis limitaciones y asumí el riesgo de meter las patas de vez en cuando. Sin embargo ofrecí como antídoto un espíritu dispuesto a desembarrarla prontamente cada vez que ocurrió.

Así llevé Pida la palabra durante cerca de trece años. La segunda parte del presente libro recoge una colección de las más interesantes consultas que recibí y las respuestas que ofrecí. Suprimí las que se referían a temas ya tratados en la sección Primeros auxilios para curar el español mal hablado, salvo si agregaban algo o se referían a cuestiones sobre las que recibí muchas consultas. Y actualicé todo el contenido, pues ya se sabe que la lengua está viva y que las normas cambian para seguirle el camino.

Sobra decir que mi primera deuda de gratitud es con los cientos de lectores que cada semana me escribían para proponer sus inquietudes sobre gramática, ortografía y etimología, principalmente. La mayoría era gente común y silvestre: estudiantes, oficinistas, amas de casa… Lamentablemente el espacio de que disponía solo me permitía absolver una manotada de ellas cada semana.

En segundo término, debo agradecer a los múltiples maestros y tratadistas de español —algunos de ellos tan antiguos como don Antonio de Nebrija, fallecido en 1522— y de otros idiomas que me ayudaron a responder preguntas, despejar dudas y disfrutar de uno de los placeres más intensos y ricos de la vida (sin hacerles el asco a otros, ni más faltaba), que es el lenguaje.

Debo agradecer, en tercer término, al puñado de diccionarios y portales de internet, que siempre están dispuestos a echar una mano a cualquier hora. Entre ellos, expreso mi deuda con el Diccionario de la lengua española (conocido por las siglas DLE o DRAE, por Diccionario de la Real Academia Española, y al que también hago referencia como diccionario madre o diccionario padre, para evitar repeticiones) y con el portal de la Fundación del Español Urgente, Fundéu BBVA (https://www.fundeu.es/).

Espero que en estas páginas el lector común y corriente encuentre razones para gozar del mismo placer, para entretenerse, para aprender, para plantear polémicas con sus amigos o, por lo menos, para ganar algunos puntos en el juego de Scrabble.

Brevísima historia
de la lengua española

Antes de comenzar, dedico unas pocas páginas a la historia de nuestra lengua y a la de las academias que velan por la salud del castellano. El lector podrá darse cuenta del apasionante camino que han recorrido las palabras a lo largo de siglos para llegar hasta su boca, y podrá también entender las funciones de la Real Academia Española y las veintidós asociadas.

Las primeras palabras de lo que podríamos llamar hoy lengua castellana aparecen registradas en el año 964 en la biblioteca del monasterio de San Millán de la Cogolla, en La Rioja, España. Se trata de un diccionario que recoge vocabulario latino deformado por siglos de uso vulgar. Para entonces, el latín era una lengua escrita y el romance, oral.

Aparecen en dicho glosario miles de términos pertenecientes ya al español primitivo, hijo del romance y nieto del latín. Catalogado como Códice n.º 46 de dicha biblioteca, el documento contiene decenas de modificaciones impuestas al latín por los hablantes de la región. Desde la reducción de ciertos diptongos a una sola vocal (claudus-clodus: cojo; Europa-Eropa) hasta novedades de léxico (sismo-terremoto), pasando por importantes cambios de forma (collacteus-collazos, hermanos de leche).

Son recientes el descubrimiento y la publicación analizada de estos 172 folios, originalmente escritos en pergamino de alta calidad. Data apenas de 1997. O sea que a lo largo de más mil años el acta de nacimiento de la lengua española permaneció escondida entre mamotretos y anaqueles. El interés por hallar las primeras letras escritas en castellano surgió en 1850, cuando la Real Academia de Historia anunció una gran cruzada destinada a desenterrar y examinar viejos manuscritos sepultados en bibliotecas y cenobios.

Los historiadores apuntaron al monasterio de san Millán, donde funcionaba una activa comunidad religiosa medieval que copiaba libros manuscritos. Inicialmente las pesquisas los llevaron a pensar que esas primeras palabras aparecían en otro documento, el Códice 60, de principios del siglo XI o, por temprano, del año 977.

Conocido como “glosas emilianenses” -por San Millán o San Emiliano-, el manuscrito corresponde a una especie de cuaderno de tareas de un estudiante de latín, que, cuando ignoraba el sentido de un término antiguo, acotaba al margen su significado en la lengua de la región. Por ejemplo: escribía partirse, que quería decir en aquella lengua de labriegos riojanos lo mismo que divident en latín; o misquinos (mezquinos), como denominaban a los pauperibus los latinos; o sterilis, que era infecunda.

También allí figura ya el sonido de la eñe, aunque no existía esta letra, orgullosa enseña de nuestra lengua. Lo representaba el grupo gn: seingnale (señale).

En otro monasterio no muy lejano, el de Silos, los monjes garrapatearon algo más tarde otras anotaciones en lengua local al margen de textos latinos. Son las llamadas “glosas silenses”.

Las academias de la Lengua celebraron en 1977 el primer milenio del español. Corregida la fecha por la aparición del Códice 46, el segundo milenio deberá festejarse en 2964.

El idioma que se hablaba en la región de los dos monasterios se expandió a diversos rincones de la península ibérica por la época en que empezaban a desarrollarse otras lenguas. Algunas, como el gallego y el catalán, eran también de origen romano. Otras tenían procedencia diferente y, en el caso del vasco, ignota.

El español primitivo inicialmente echó raíces en el centro de España. Su expansión fue resultado del auge de la zona donde se hablaba, Castilla, y registraba además influencia de otras lenguas, como el árabe (almohada, aceite), el vasco (izquierdo) y el griego (gastritis).

El mester de juglaría —poesía y literatura populares— ayudó a propagar la lengua vulgar, y el mester de clerecía —oficio de religiosos— le confirió dignidad y grandeza. En el siglo XII o comienzos del XIII circulaba un poema épico construido en un castellano que podemos reconocer sin demasiados esfuerzos. La obra cantaba las hazañas del Cid campeador, adalid que pretende reconquistar a España del dominio árabe instaurado en el siglo VIII. Por entonces encontramos al primer poeta que firma su nombre en castellano, Gonzalo de Berceo, vecino de San Millán. Dos siglos más tarde, a mediados del XV, aparecen varias figuras que consolidan una vigorosa lírica castellana, como el marqués de Santillana y Jorge Manrique.

Pocas décadas después arriban a España las formas de la poesía italiana renacentista y provocan una revolución en las letras. El castellano, con apenas medio milenio, conoce un apogeo literario que se prolonga desde comienzos del siglo XVI, con Garcilaso de la Vega y Juan Boscán, hasta fines del siglo XVII, con la monja mexicana Juana Inés de la Cruz. Es el llamado Siglo de Oro, durante el cual surge la novela picaresca, Cervantes publica las dos partes del Quijote, Quevedo y Góngora crean dos perdurables corrientes poéticas y Lope de Vega y Calderón de la Barca encumbran el teatro español.

Durante ese periodo ocurren hechos trascendentales para el castellano. Por una parte, llega a América en las naves de Cristóbal Colón, en las espadas de los conquistadores y en los crucifijos de los misioneros. Por otra, don Antonio de Nebrija publica en 1492 la primera gramática española y un diccionario castellano, libros preceptivos que reconocen una mayoría de edad a la lengua del Cid.

El español americano y el peninsular desarrollaron algunas diferencias: en América, pronunciación de la zeta como ese, omisión de la segunda persona del plural, formación de tuteo con el pronombre vos… Pero en ningún caso se hacen mutuamente incomprensibles. Ni siquiera la independencia de las antiguas colonias, en la primera mitad del siglo XIX, logra quebrantar la unidad del español y atomizarlo en múltiples lenguas, a imitación del latín, como algunos pronosticaban y temían.

Los medios modernos de comunicación contribuyeron en los siglos XX y XXI a divulgar las variedades del español sin atentar contra su unidad. Desde el siglo XIX los gramáticos del Nuevo Mundo (Bello, Cuervo) adquirieron voz importante. Con el poeta nicaragüense Rubén Darío (1867-1916), la literatura de América Latina influyó por primera vez en España, fenómeno que se repitió en la segunda mitad del siglo XX con el famoso boom de Borges, Cortázar, Rulfo, García Márquez, Vargas Llosa…

Diez escritores en español han ganado el Premio Nobel de Literatura. De ellos, la mitad son latinoamericanos.

Según el Instituto Cervantes, actualmente hay más de 472 millones de personas cuya lengua materna es el español (ocupa el segundo lugar en el mundo, después del mandarín), de los cuales cerca del 10 por ciento son españoles. Si a ellas se les suman los que han aprendido el idioma, la cifra se eleva a 567 millones. Adicionalmente, más de 21 millones de alumnos lo estudian como idioma extranjero.

Todos los pronósticos anuncian años de consolidación para nuestra lengua en el siglo XXI. Uno de nuestros mayores desafíos es conocerla y usarla mejor.

Las academias:
limpian, fijan y dan esplendor

Bajo el lema de “limpia, fija y da esplendor”, que envidiaría cualquier producto moderno de aseo, funciona la Real Academia Española desde 1713. Aunque su nombre no menciona la disciplina a la que se dedica, muchos se la agregan: de la Lengua. Nació con el claro propósito de sacudir el polvo al idioma y construir un diccionario completo del español, misión que hace mucho concluyó, y desde entonces sigue al pie de la letra todos los movimientos de nuestro idioma.

Reinaba Felipe V (1700-1746), el primero de la dinastía Borbón en España. Había llegado al trono, pues, un nieto del monarca de Francia, en una época en que todo lo moderno procedía de París. Algunas de las obras de Felipe V demostraron que, en efecto, tenía una mentalidad avanzada. En su tiempo, por ejemplo, se fundaron también la Biblioteca Nacional (1711), la Academia de la Historia (1738) y la de Bellas Artes (1744). Los dos reyes que siguieron, Fernando VI y Carlos III, continuaron la modernización.

Si bien Felipe V expidió la Real Cédula de Fundación de la Academia el 3 de octubre de 1714, el impulsor de la iniciativa fue Juan Manuel Fernández Pacheco, marqués de Villena y duque de Escalona. Fue, además, su primer director, cargo que entonces se ejercía a perpetuidad. Lo fueron también los primeros doce académicos que ostentaron esa posición, hasta 1862.

No se trataba de una idea pionera en el mundo, puesto que ya existían la italiana Della Crusca —fundada en 1582 en Florencia— y la francesa, nacida en 1635 en el París del cardenal Richelieu. En España había otras “academias”, que eran en realidad tertulias centradas en un escritor o aristócrata famoso.

La particularidad de la Real Academia Española radicaba en su interés por salvaguardar la lengua popular, además de la literaria. Lo dice así el estatuto único de su constitución: “Siendo el fin principal de la fundación de esta Academia, cultivar, y fijar la pureza, y elegancia de la lengua castellana, desterrando todos los errores, que en sus vocablos, en sus modos de hablar, o en su construcción han introducido la ignorancia, la vana afectación, el descuido y la demasiada libertad de innovar; será su empleo distinguir los vocablos, frases, o construcciones extranjeras de las propias, las anticuadas de las usadas, las bajas, y rústicas de las Cortesanas y levantadas, las burlescas de las serias, y finalmente las propias de las figuradas. En cuya consecuencia tiene por conveniente dar principio desde luego por la formación de un Diccionario de la lengua, el mas copioso que pudiere hacerse: en el cual se anotarán aquellas voces, y frases que están recibidas debidamente por el uso cortesano, y las que están anticuadas, como tambien las que fueren baxas, ó bárbaras: observando en todo las reglas, y preceptos, que están puestos en la planta acordada por la Academia, impresa en el año de 1713”.

Aquel “Diccionario de la lengua, el mas copioso que pudiere hacerse” recibió el nombre de Diccionario de autoridades y consta de seis volúmenes, elaborados entre 1726 y 1739. Los vocablos recogidos incluían citas de textos escritos por autoridades en el idioma, sobre todo por autores del siglo XVI y de la primera mitad del XVII. En la segunda edición, de 1783, se omitieron las citas porque hacían muy voluminoso el diccionario.

De él nació, con el transcurso de los años, el Diccionario de la lengua española, que es hoy la máxima referencia de nuestro idioma. Se le conoce como DRAE (siglas de Diccionario de la Real Academia Española) y como DLE (Diccionario de la lengua española). Su finalidad es acoger aquellas palabras y significados que el pueblo hispanohablante se encarga de consagrar con el uso. Las academias, pues, no deciden por sí y ante sí las cuestiones del idioma, sino que aceptan como supremos jueces a quienes lo hablan. En ocasiones, sin embargo, muchos querríamos ver una actitud algo más normativa.

El DLE se publicó por primera vez en 1780 y la edición más reciente es la vigésima tercera, de 2014. También existe una versión digital (http://www.rae.es/), que es consultada cerca de 70 millones de veces al mes. Además, recientemente se ha creado una plataforma digital, Enclave, que ofrece un servicio completo sobre las palabras (fichas, usos gramaticales, consultas lingüísticas y un corpus avanzado, entre otros).

Vale la pena destacar la publicación de 1803, cuando empezaron a aparecer en apartados independientes las letras che y elle, aunque luego volvieron a formar parte de la ce y la ele, respectivamente. La razón radica en que la che y la elle no son letras diferentes, sino fonemas distintos; es decir, no requieren una grafía nueva, sino que implican otro sonido.

En 1927 la Academia publicó el Diccionario manual e ilustrado de la lengua española, del que han salido varias ediciones. La Gramática, por su parte, data de 1771. En 1973 apareció el Esbozo de una nueva gramática de la lengua española. Y en 2011, una completa Nueva gramática de la lengua española.

Ha habido otras iniciativas editoriales —tales como el Diccionario histórico de la lengua española y el Diccionario panhispánico de dudas—, que buscan brillar, pulir y dar esplendor a nuestro idioma. Si se trataba de una tarea importante en 1713, cobra dimensiones titánicas ahora, cuando casi 570 millones de personas hablamos español en el mundo.

La Academia más antigua de América

Doce fueron los apóstoles. Y, como eran doce los apóstoles, doce fueron las chozas de la aldea de Santafé de Bogotá que fundó Gonzalo Jiménez de Quesada en 1536. Y como eran doce las chozas, fueron doce los primeros miembros de la Academia Colombiana de la Lengua, cifra que coincide con el primer grupo de la española.

La reunión fundacional tuvo lugar el 10 de mayo de 1871 en casa del escritor costumbrista e historiador José María Vergara y Vergara, quien había conseguido, seis meses antes, que la academia española autorizara la creación de “sucursales” en los países latinoamericanos. La colombiana fue la primera en el nuevo continente y es, por consiguiente, la más antigua después de la española. Tras la colombiana siguieron la ecuatoriana (1874), la mexicana (1875), la salvadoreña (1876) y la venezolana (1883).

Correspondió a Vergara la primera presidencia, con dos famosos lingüistas como secretario y censor: José Manuel Marroquín y Miguel Antonio Caro, respectivamente. Ambos llegarían a ser presidentes de la República. Pero no han sido los únicos académicos en alcanzar la jefatura del Estado; la lista completa incluye quince nombres.

Ocuparon asiento al lado de Vergara, Caro y Marroquín, Pedro Fernández Madrid, José Caicedo Rojas, Felipe Zapata, José Joaquín Ortiz, Rufino José Cuervo, Santiago Pérez, Joaquín Pardo Vergara (sacerdote), Manuel María Mallarino y Venancio González Manrique.

Los primeros pasos de la Academia Colombiana fueron un tanto balbuceantes y de entrecasa. Vergara murió a los diez meses de asumir la presidencia, y hubo que esperar hasta 1875 para que se realizara la primera sesión solemne. En ella leyó Caro su relación sobre la fundación del instituto. Un año después, las sesiones se suspendieron ante el estallido de una de las muchas guerras civiles que hemos padecido.

Después de sortear pequeñas crisis —como el retiro y regreso de Rufino José Cuervo y las quejas por el exceso de conservadores en su seno—, la Academia se consolidó en el siglo XX, con edificio propio y prestigio creciente.

Primeros auxilios para curar el español mal hablado

Abreviaturas,
acrónimos, siglas
y símbolos

¿Por qué está mal abreviar página así: pag.?

¿Por qué está bien representar el metro así: m?

¿Por qué está mal la siguiente sigla: Oea?

Síndrome

Ignorancia respecto a los conceptos, diferencias, usos y escritura de abreviaturas, siglas, símbolos y acrónimos.

Diagnóstico

Vivimos a mil. No tenemos tiempo. Desde hace años el hombre se queja de falta de horas, pero ahora es más palpable que nunca. Y ese afán se refleja, por supuesto, en las letras. Las abreviaturas están en su apogeo.

Las abreviaturas son fórmulas empleadas para simplificar el lenguaje y reducir una palabra o un grupo de ellas. Y están vivas. Cambian. Algunas cayeron en desuso, otras son recientes, muchas se han mantenido en el tiempo.

Existen diferentes tipos de abreviaturas; cada uno se rige por reglas propias: ellas mismas, siglas, acrónimos y símbolos. En algunos casos una sola letra tiene distintos significados, determinados por su presentación: s., por ejemplo, es siglo; S. es san o santo. O una palabra puede ser representada por varias abreviaturas, como página: p. o pág.

Las abreviaturas y los símbolos se encargan de acortar palabras. Los acrónimos y las siglas abrevian sintagmas (una frase o conjuntos de palabras).

Las abreviaturas son las expresiones empleadas para representar las palabras de manera escrita, mediante una o varias de sus letras. Ejemplo: a. C. (antes de Cristo).

Los símbolos, a diferencia de las abreviaturas, suelen estar aceptados internacionalmente, previa intervención de organismos encargados de realizar listas según la materia que traten. Son inalterables. Se trata de una letra o un conjunto de ellas que representan palabras de los ámbitos científico y técnico. Ejemplo: m (metro).

Los acrónimos son palabras formadas por una o varias sílabas de los vocablos de un sintagma, que suele ser el nombre de un organismo o institución. Ejemplo: Interpol (Organización Internacional de Policía Criminal).

Las siglas son formadas por la unión de varias iniciales del nombre de una institución u organismo de carácter público, político, económico, etc. Ejemplo: OEA (Organización de Estados Americanos). También pueden hacer referencia a objetos. Ejemplo: DRAE (Dicccionario de la Real Academia Española).

Tratamiento

Abreviaturas

Aunque no hay un conjunto de normas fijas e inalterables, sí existen algunas reglas que se suelen respetar. Estas son las principales:

Siempre terminan con punto. Incluso cuando sigue otro signo de puntuación, a menos que sea también un punto: etc., ej.:, dra.

Si hay una parte volada, el punto va antes de ella: Exc.ª (excelencia).

La tilde se respeta en caso de que las letras que forman la abreviatura la lleven en la palabra original: pág.

Se suelen escribir con minúscula, aunque las fórmulas de tratamientos y expresiones de respeto van con mayúscula: Ud. (usted), Sr. (señor).

Hay, sin embargo, algunas abreviaturas que se pueden escribir con mayúscula o minúscula: ms. o M.S. (manuscrito).

Y otras que presentan varias formas: sig. o ss. (siguiente), ppal. y pral. (principal).

El plural se forma con una s al final (págs.) o al duplicar la letra inicial (EE. UU.).

Se puede ahondar más sobre las abreviaturas, como analizar su clasificación (regulares, convencionales) y las normas según los textos (no es lo mismo una poesía que un tratado científico), pero, en aras de la brevedad, no me extiendo como lo hacen algunos textos especializados.

Solo recomiendo unas pocas cuestiones adicionales: que no se abuse de ellas, que sean lo suficientemente breves como para justificar su empleo, que se pronuncie la palabra completa al leerlas y que, en un texto largo con abundancia de abreviaturas, se incorpore un listado que explique qué palabras representan.

Símbolos

Los símbolos se escriben tal y como lo establecen los organismos que los han creado. Punto. Ahí no cabe la creatividad. Cuando se trata de instituciones internacionales, ofrecen la ventaja adicional de que se reconocen en buena parte del mundo. En muchas partes, por ejemplo, se entiende que kg es kilogramo y ya es universal el signo de arroba —@— como referencia al correo electrónico.

Se escriben sin punto abreviativo y no admiten plural: m representa metro y metros. Se debe emplear letra redonda (normal, no cursiva ni negrita, a menos que el contexto lo exija, como en el caso de que sean ejemplos) y no llevan tildes.

Acrónimos

Acrónimo viene del griego ákros, que significa extremo, y ónoma, que es nombre. Como ya se dijo, toma de un sintagma sílabas, letras o ambas y forma una palabra para abreviarlo.

Se escriben con mayúscula inicial y el resto va en minúsculas.

Hay acrónimos que se han convertido en sustantivos comunes y se escriben todos en minúscula (radar, gulag), y otros que, por uso, emplean solo mayúsculas (UNESCO).

Siglas

Por lo general, las siglas se escriben con mayúscula y no se pueden dividir al final del renglón. No llevan punto ni se debe dejar espacio entre las letras. No admiten plural.

La primera palabra del grupo representado indica el género y el número. Así, por ejemplo, se habla del sida (por síndrome, que es la inicial del sintagma síndrome de inmunodeficiencia adquirida).

Algunas siglas, al igual que sucede con los acrónimos, se han convertido en sustantivos comunes y, por tanto, se deben escribir con minúsculas, como el mismo sida. Algunos mantienen la mayúscula inicial: por ejemplo, siempre que el diario El Tiempo se refiere a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, aparece la sigla Farc.

Receta

No existe una fórmula mágica para saber cuándo y cómo utilizar siglas, acrónimos, símbolos y abreviaturas. Pero sí hay textos que ahondan en el tema, como la Ortografía y ortotipografía del español actual (José Martínez de Sousa), donde aparecen interesantes detalles y listados que pueden consultar quienes deseen profundizar en el tema.

Por mi parte, expongo algunos ejemplos que considero útiles.

Abreviaturas: a. m. (antes del mediodía), atte. (atentamente), bibl. (biblioteca o bibliografía), © (copyright: derechos propiedad), D. y D.ª (don y doña), D. E. P. (descanse en paz), ed. (edición o editor), Ed. (editorial), Fdo. (firmado), h. (hijo), h.ª (historia), H. (hermano en una orden religiosa), J. C. (Jesucristo), n. (nota), n. del E. (nota del editor), n. del T. (nota del traductor), ob. cit. (obra citada), ppal. (principal), P.S. (post scriptum: después de lo escrito, posdata), R. (respuesta), r. s. v. p. (répondez s´il vous plaît: responda por favor). Para usted y ustedes se pueden emplear Ud., V., Vd., Uds., Vds.

Siglas y acrónimos: Acnur (Alto Comisionado de las Naciones Unidas), ADN (ácido desoxirribonucleico), AFP (Agence France Presse), AI (Amnistía Internacional), AM (amplitud modulada), AP (Associated Press), Avianca (Aerovías Nacionales de Colombia), BID (Banco Interamericano de Desarrollo), BM (Banco Mundial), CE (Comunidad Europea), CEE (Comunidad Económica Europea), Cepal (Comisión Económica para América Latina), CIA (Central Intelligence Agency), DEA (Drug Enforcement Administration), FAO (Food and Agriculture Organization), FM (frecuencia modulada), FBI (Federal Bureau of Investigation), FFAA (Fuerzas Armadas), FIFA (Federación Internacional de Fútbol Asociado), FMI (Fondo Monetario Internacional), IATA (International Air Transport Association), IRA (Irish Republican Army), ISBN (International Standard Book Number), IPC (índice de precios al consumidor), módem (modulador-demodulador), MOMA (Museum of Modern Art), NATO (Organización del Tratado del Atlántico Norte), UN, ONU (Organización de Naciones Unidas), OEA (Organización de Estados Iberoamericanos), OLP (Organización para la Liberación Palestina), OMS (Organización Mundial de la Salud), OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo), OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte), PyMES (pequeñas y medianas empresas), radar (radio detecting and ranging), SJ (Societatis Jesus), TIJ (Tribunal de Justicia de La Haya), URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas), USA (United States of America), VIP (very important person).

Símbolos: a (área), cm (centímetro), F (Farenheit), g (gramo: no es prohibido gr), h (hora), ha (hectárea), k (kilo), K (kelvin, potasio), km (kilómetro), kg (kilogramo), m (metro), mm (milímetro), rpm (revoluciones por minuto), t (tonelada), u (unidad de masa atómica).

Denominación técnica de la enfermedad

Ignorancia y mal uso de abreviaturas, siglas, símbolos y acrónimos.

Cambio de artículo por eufonía

Cuando la águila se volvió el águila

¿Por qué está mal decir: “La hacha peligrosa”?

¿Por qué está bien decir: “La peligrosa hacha”?

¿Por qué está mal decir: “Tengo mucho hambre”?

Síndrome

Uso del artículo femenino ante un sustantivo femenino que comienza por a– o ha– tónicas: prohibido la águila, la hacha, la alma. Al corregir el sonido desagradable de a final con a inicial tónica, llamado cacofonía —sonido rechinante—, puede incurrirse en otra enfermedad, que es pensar que se cambió el género del sustantivo y de las concordancias que lo acompañan.

Diagnóstico

¿La hambre o el hambre? ¿Tengo mucho hambre o tengo mucha hambre? ¿Por qué se dice el hambre, pero se habla de mucha hambre? Hambre es un sustantivo femenino y, sin embargo, se usa un artículo masculino para evitar la cacofonía de la doble a.

Se presenta, pues, un cambio de género en el artículo. Aprovecho el tema para aclarar que entre palabras no se habla de sexo, sino de género.

Tratamiento

Cuando un sustantivo singular femenino comienza por a– o ha– tónicas (es decir, acentuadas, aunque no necesariamente con tilde), el artículo que se emplea pasa a ser masculino: el águila, el hacha, un alma, un área.

En plural, en cambio, se mantiene el femenino: las águilas, las hachas, unas almas, unas áreas.

Aquí vale la pena aclarar que hay dos tipos de artículos: el definido (también se le dice determinado): el, la, los, las; y el indefinido (o indeterminado): un, una, unos, unas. En el primero se parte de la base de que la referencia del nombre es conocida o supuesta por los interlocutores, mientras en el segundo se introduce por primera vez.

Si el determinante que antecede al sustantivo femenino que comienza con a– o ha– tónicas es indefinido, se respeta el género femenino: mucha agua, poca hambre, tanta agua, demasiada hambre.

En el caso de los determinantes demostrativos este, ese y aquel mantienen la forma femenina ante sustantivos que comienzan con a– o ha– tónicas: esta hacha, esa águila, aquellas almas.

Y los indefinidos un, algún y ningún mantienen sus formas masculinas: un arpa, algún alga, ningún ave. Otra cosa sucede con el plural, ...