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ESCRIVIR SIN HERRORES

Soledad Moliner  

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Fragmento

Escrivir
sin herrores

2 x 1=1. Sí, señores: 2 x 1=1: no se trata de una equivocación, pese a que reconozco mi absoluta carencia de habilidad matemática. Es, simplemente, una manera de expresar en números lo que constituye este compendio: dos libros en uno.

Escrivamos sin herrores integra los volúmenes relacionados con la lengua, que he publicado hasta hoy: Primeros auxilios para curar el español mal hablado y Pida la palabra. Ofrecen consejos y resuelven dudas para que los lectores escriban o hablen sin errores. Paso a hablar de cada uno.

Primeros auxilios para curar el español mal hablado

Es una guía práctica sobre los errores más frecuentes en nuestro idioma, con consejos claros para subsanarlos.

Esta primera parte del libro constituye, pues, un botiquín de palabras. Un botiquín que ofrece herramientas para practicar primeros auxilios a nuestra lengua cotidiana, la que hablamos en la casa, en la calle, en la oficina, en el colegio; la que escribimos en internet, la que nos permite comunicarnos y obtener información.

Se trata de una reunión de explicaciones básicas y consejos de primera mano cuyo fin es sanar algunas heridas que producimos los hispanohablantes en el trato diario con la milenaria y siempre joven lengua española, un idioma que se extiende por el mundo y que ha sido instrumento creativo para formidables obras literarias.

No es un extenso tratado sobre gramática, semiología o lexicografía. No ofrezco, digámoslo así, los servicios de un hospital. Simplemente pongo en manos de mis compatriotas de lengua los primeros auxilios para evitar o remediar los errores más frecuentes y palpables que cometemos en nuestras conversaciones y escritos del día a día.

Hablo de errores que a menudo pueden resultar costosos. ¿Cuántas veces alguien ha escrito herrores con hache? ¿Cuántas entrevistas de trabajo se han ido al traste porque el aspirante produce mala impresión con un “de que” insertado en el lugar inapropiado? ¿Cuántos posibles romances no comienzan siquiera porque alguno dice “hubieron” cuando debe ser “hubo”? ¿Cuántas investigaciones serias pierden credibilidad por usos inadecuados del gerundio?

Esos pequeños detalles suelen acarrear consecuencias lamentables. Son como la mancha de huevo frito en la finísima corbata de seda, como la cremallera abierta en el pantalón del esmoquin, como la impertinente carrera en la media velada de otros tiempos.

Mi guía principal en la detección de las lesiones y males han sido los lectores de las columnas escritas para la revista Credencial y el periódico El Tiempo, que me permitieron absolver numerosas inquietudes en mi libro Pida la palabra (que constituye, como dije, la segunda parte de este libro). A través de sus miles de consultas, pude percatarme de las cuestiones que despiertan más dudas a los colombianos, siempre preocupados e interesados por el buen uso del español. También he dispuesto de oídos alertas y ojos despiertos, listos a pescar errores en las conversaciones cotidianas, en los medios de comunicación y en diversos tipos de textos.

La idea es que el lector sienta confianza con nuestro idioma. Que tenga la tranquilidad de saber que si domina los aspectos que se tratan en estas páginas cuenta con un manejo decente del español.

Aquí está lo básico para hablar un castellano desprovisto de los errores más frecuentes que lo aquejan. Es un botiquín de emergencia. Y es un punto de partida para ahondar en el tema a través de diccionarios y tratados especializados. De visitas a consultorios y clínicas del idioma.

El botiquín contiene lo mínimo para atender pequeños problemas. Es, como su misma etimología lo explica, una pequeña botica: una caja con los productos elementales que ofrecen una farmacia, una droguería, un laboratorio.

Yo los presento aquí, repartidos en pequeñas secciones. En el síndrome (o sindrome, pues es palabra que acepta doble acentuación) enuncio de qué se trata el problema en forma sucinta. En el diagnóstico explico las causas, consecuencias u otros detalles que ayuden a comprender y abordar la enfermedad. En el tratamiento ofrezco soluciones para erradicarla; es la parte clave en la cual ahondo en lo que debe evitarse y lo que es necesario hacer para no incurrir en el mal empleo. La receta pretende dar pistas, consejos, incluso trucos que ayuden al hablante a aplicar el tratamiento. Y la denominación técnica de la enfermedad solo aporta el nombre gramatical para futuras referencias o, incluso, para que el lector parezca muy culto al mencionarlas en medio de una conversación. Marqué con un símbolo (prohibido) las frases que contienen errores, a fin de evitar confusiones.

Para terminar, a manera de apéndice, ofrezco algunos gentilicios complicados —tanto internacionales como colombianos—, palabras con doble acentuación y extranjerismos adaptados al español. Creo que tales listas pueden ser útiles para completar el botiquín. Al final, cuando el lector ponga en práctica estos primeros auxilios, habrá eliminado de su español cotidiano algunos de los más frecuentes y protuberantes errores y se sentirá más seguro al hablar y escribir.

Pida la palabra

Temo que no pocas personas vinculan la palabra gramática con circunspectos señores vestidos de negro, solapas casposas, recintos académicos donde resuenan los pasos, libros apolillados y actividades arcaicas. Sin embargo, crece día a día el interés de los lectores de periódicos y revistas por los temas relacionados con el lenguaje, como lo demuestra el hecho de que las noticias y comentarios sobre cuestiones idiomáticas figuran entre las más leídas.

Por otra parte, han gozado de alta popularidad ciertos columnistas que ofrecieron comentarios gramaticales aderezados con buen humor. Roberto Cadavid (Argos) y Alfredo Iriarte son dos ejemplos colombianos, y el profesor español Fernando Lázaro Carreter lo es en todo el ámbito de la lengua castellana.

Cuando El Tiempo me propuso escribir una columna donde respondiera preguntas y absolviera dudas sobre el idioma, quien tuvo dudas fui yo. Pensé que carecía de la rigurosa versación que exige una tradición gramatical tan sólida como la colombiana; pero, al mismo tiempo, me atraía corresponder a ese interés casi genético de mis coterráneos por los temas lingüísticos.

No soy más que una modesta profesora universitaria de Español y Literatura, y —eso sí— una lectora apasionada de estos temas. Como dicen que la juventud es lanzada, resolví entonces aceptar la invitación. No oculté mis limitaciones y asumí el riesgo de meter las patas de vez en cuando. Sin embargo ofrecí como antídoto un espíritu dispuesto a desembarrarla prontamente cada vez que ocurrió.

Así llevé Pida la palabra durante cerca de trece años. La segunda parte del presente libro recoge una colección de las más interesantes consultas que recibí y las respuestas que ofrecí. Suprimí las que se referían a temas ya tratados en la sección Primeros auxilios para curar el español mal hablado, salvo si agregaban algo o se referían a cuestiones sobre las que recibí muchas consultas. Y actualicé todo el contenido, pues ya se sabe que la lengua está viva y que las normas cambian para seguirle el camino.

Sobra decir que mi primera deuda de gratitud es con los cientos de lectores que cada semana me escribían para proponer sus inquietudes sobre gramática, ortografía y etimología, principalmente. La mayoría era gente común y silvestre: estudiantes, oficinistas, amas de casa… Lamentablemente el espacio de que disponía solo me permitía absolver una manotada de ellas cada semana.

En segundo término, debo agradecer a los múltiples maestros y tratadistas de español —algunos de ellos tan antiguos como don Antonio de Nebrija, fallecido en 1522— y de otros idiomas que me ayudaron a responder preguntas, despejar dudas y disfrutar de uno de los placeres más intensos y ricos de la vida (sin hacerles el asco a otros, ni más faltaba), que es el lenguaje.

Debo agradecer, en tercer término, al puñado de diccionarios y portales de internet, que siempre están dispuestos a echar una mano a cualquier hora. Entre ellos, expreso mi deuda con el Diccionario de la lengua española (conocido por las siglas DLE o DRAE, por Diccionario de la Real Academia Española, y al que también hago referencia como diccionario madre o diccionario padre, para evitar repeticiones) y con el portal de la Fundación del Español Urgente, Fundéu BBVA (https://www.fundeu.es/).

Espero que en estas páginas el lector común y corriente encuentre razones para gozar del mismo placer, para entretenerse, para aprender, para plantear polémicas con sus amigos

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