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FAMILIA DE ESTRELLAS

Danielle Steel  

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Fragmento

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El barullo de la fiesta de Navidad de la oficina se colaba por la puerta entreabierta del despacho de Kait Whittier. Ella apenas le prestaba atención; inclinada sobre su ordenador, trataba de acabar el trabajo antes de que dieran comienzo las vacaciones navideñas. Era viernes por la tarde, el día de Navidad caía en lunes, y las oficinas de Woman’s Life permanecerían cerradas hasta después de Año Nuevo. Kait quería terminar su columna antes de marcharse. Tenía montones de cosas que hacer, ya que dos de sus hijos llegarían el domingo por la mañana para pasar con ella la Nochebuena y el día de Navidad.

Sin embargo, en ese momento se hallaba totalmente concentrada en lo que estaba escribiendo. Era para el número de marzo, pero la época del año no importaba. En su columna trataba temas de interés general para las mujeres; abordaba las cuestiones más delicadas con las que tenían que lidiar a diario, ya fuera en casa, en sus relaciones de pareja o conyugales, con sus hijos o en el lugar de trabajo. La columna se llamaba «Cuéntaselo a Kait», y a veces le costaba creer que llevara ya diecinueve años escribiéndola. Respondía en privado las consultas sobre temas especialmente delicados, y las de carácter más general salían publicadas en la revista.

Con frecuencia se hablaba de ella como una experta en asuntos relacionados con la mujer, y la invitaban a participar en debates o en programas de televisión de las grandes cadenas. Se licenció en periodismo por la Universidad de Columbia, donde también cursó un máster en la misma especialidad. Y unos años después de empezar a escribir su columna, a fin de obtener una percepción más amplia y mayor credibilidad, se sacó un posgrado en psicología por la Universidad de Nueva York que le había sido de mucha ayuda. En la actualidad la columna aparecía como reclamo en la portada de la revista, y mucha gente compraba Woman’s Life solo para leerla. Lo que en sus inicios era considerado el «consultorio sentimental» de la revista en las reuniones del consejo de redacción, se había convertido en un enorme éxito y acabó siendo tratado con la dignidad y seriedad que merecían tanto Kait como su trabajo. Y lo mejor de todo era que ella amaba lo que hacía y lo encontraba enormemente gratificante.

En los últimos años, había ampliado su abanico con la publicación de un blog en el que incluía también fragmentos de la columna. Tenía miles de seguidores en Twitter y Facebook, y había contemplado la idea de escribir un libro de consejos para la mujer, aunque todavía no se había atrevido a dar el paso. Era muy consciente de estar caminando sobre una fina línea que le impedía ofrecer asesoramiento sobre temas delicados que podrían desembocar en demandas contra la revista o contra ella misma, acusada de ejercer la medicina sin estar autorizada. Sus respuestas eran sensatas, cuidadosamente meditadas, sabias y llenas de sentido común. Daba el tipo de consejos que cualquiera esperaría recibir de una madre inteligente y responsable, una actitud maternal que Kait ejercía en su vida privada con sus tres hijos, ahora ya adultos. Los chicos eran muy pequeños cuando ella empezó a escribir en Women’s Life, como un primer paso para introducirse en el universo de las revistas femeninas.

En un principio aspiraba a trabajar en Harper’s Bazaar o Vogue, y aceptó escribir la columna de consejos para la mujer como algo temporal mientras esperaba a dar el salto a un puesto más glamuroso en otra publicación. Sin embargo, con el tiempo había descubierto cuál era su lugar y cuáles sus puntos fuertes, y había acabado enamorándose de lo que hacía. Era el trabajo perfecto porque si quería podía realizarlo desde casa, y solo tenía que acudir a la redacción para asistir a las reuniones del consejo de redacción y para entregar las columnas ya listas para su publicación. Cuando sus hijos eran pequeños, ese horario laboral tan flexible le permitió pasar mucho tiempo con ellos. Ahora tenía más libertad para permanecer más tiempo en la oficina; aun así, enviaba la mayor parte de su trabajo por correo electrónico. Había cosechado una auténtica legión de fans, y la revista pronto se dio cuenta de que tenía una mina de oro en sus manos. Kait tenía carta blanca para hacer todo cuanto considerara oportuno en Woman’s Life. Sus superiores confiaban ciegamente en su instinto y su criterio, que hasta el momento habían demostrado ser infalibles.

Kaitlin Whittier procedía de una familia aristocrática de la vieja guardia neoyorquina, aunque siempre se había mostrado muy discreta y no se había aprovechado de sus nobles orígenes. Su infancia poco común le había aportado una singular e interesante perspectiva de la vida desde muy temprana edad. No era ajena a los problemas familiares ni a las veleidades de la naturaleza humana, ni tampoco a las decepciones y los peligros de los que ni siquiera la sangre azul puede protegerse. A sus cincuenta y cuatro años seguía teniendo un físico llamativo. Era pelirroja con los ojos verdes y vestía de forma sencilla, pero con un estilo muy personal. No tenía miedo a expresar sus opiniones, por impopulares que fueran, y estaba siempre dispuesta a luchar por lo que creía. Aunaba coraje y serenidad, era una mujer entregada a su carrera y a la vez consagrada a sus hijos, humilde pero fuerte.

A lo largo de diecinueve años había logrado sobrevivir a diversos cambios en la cúpula de la revista. Había permanecido centrada en su trabajo y nunca había mostrado interés por los entresijos internos, una actitud que siempre le había valido el respeto de la dirección. Kait era única y también lo era su columna. Incluso a sus colegas y competidores les encantaba leerla, les sorprendía descubrir que muchos de los problemas emocionales que ella abordaba les concernían. Había una cualidad universal en lo que escribía. A Kait le fascinaban las personas y las relaciones humanas, y hablaba de ellas de forma elocuente y expresiva, con algún que otro toque de humor pero sin ofender nunca a los lectores.

—¿Todavía trabajando? —preguntó Carmen Smith, asomando la cabeza por la puerta.

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