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FóLLAME

VIRGINIE DESPENTES  

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Fragmento

1

Sentada con las piernas cruzadas frente a la pantalla, Nadine aprieta el botón de avance rápido para saltarse los créditos. Es un vídeo antiguo sin mando a distancia.

En la pantalla, una enorme rubia atada a una rueda, cabeza abajo. Primer plano sobre su cara enrojecida, suda profusamente bajo el maquillaje. Un tipo con gafas la masturba enérgicamente con el mango de su látigo. La llama gorda perra lúbrica, ella cloquea.

Todos los actores de la película tienen cara de tenderos de barrio. Es el encanto desconcertante de cierto cine alemán.

Una voz en off de mujer ruge: «Y ahora, guarra, mea como tú sabes». La orina brota en alegres fuegos de artificio. El hombre aprovecha la voz en off para precipitarse con avidez sobre el chorro. Lanza rápidas y húmedas ojeadas hacia la cámara, se deleita con la meada y se exhibe con ganas.

Escena siguiente, la misma chica a cuatro patas abre cuidadosamente los dos globos blancos de su culazo. Un tipo parecido al primero se la mete en silencio.

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La rubia tiene maneras de joven protagonista. Se relame golosamente los labios, frunce la nariz y jadea delicadamente. Nódulos de celulitis se mueven en la parte superior de sus muslos. Unas gotas de baba le resbalan por la barbilla y se vislumbran los granos bajo el maquillaje. Una actitud de jovencita en un cuerpo viejo y flácido.

A fuerza de mover el culo lo mejor que sabe, consigue hacer olvidar su barriga, sus estrías y su asquerosa cara. Todo un tour de force. Nadine enciende un pitillo sin quitar el ojo de la pantalla. Está impresionada.

Cambio de decorado, una negra de formas contenidas y subrayadas por un vestido de cuero rojo avanza por el pasillo de un bloque de apartamentos. Un tipo con pasamontañas le cierra el paso y la esposa hábilmente a la barandilla de la escalera. La agarra del pelo y la obliga a chupársela.

Se oye la puerta de la calle, Nadine refunfuña algo como «Esta imbécil no iba a venir a comer». En ese instante, el tipo de la película dice: «Ya verás cómo acabará gustándote mi polla; a todas les gusta».

Séverine grita antes de quitarse la chaqueta:

—Otra vez mirando esas porquerías.

Nadine contesta sin mirarla:

—Llegas en el momento preciso. Al principio no te hubieras enterado de nada, pero esta negra tiene que gustarte incluso a ti.

—Apaga eso ahora mismo, sabes perfectamente que me repugna.

—Además, lo de las esposas siempre funciona, eso me encanta.

—Apaga la tele. Ya.

Es el mismo problema que con los insectos que se acostumbran al insecticida: siempre hay que inventarse algo nuevo para aniquilarlos.

La primera vez que Séverine encontró una cinta porno tirada sobre la mesa del comedor, se quedó tan impactada que ni siquiera protestó. Pero con el tiempo se ha ido endureciendo considerablemente y cada vez hay que esforzarse más para neutralizarla.

En opinión de Nadine, es una auténtica terapia que hay que aprovechar. Poco a poco se le va abriendo el culo.

Entretanto, la negrata le ha cogido gusto al falo del tipo. Lo mordisquea glotonamente al tiempo que exhibe la lengua. El tipo acaba eyaculando en su cara y ella le suplica que se la meta por el culo.

Séverine se planta a su lado, evita escrupulosamente mirar la pantalla y sube el tono a unos agudos histéricos:

—Estás realmente enferma y acabarás poniéndome mala a mí.

Nadine pregunta:

—¿Por qué no te vas a la cocina? Tengo ganas de masturbarme delante de la tele, estoy harta de hacerlo siempre en mi habitación. Aunque si quieres quedarte…

La otra se queda paralizada. Intenta comprender lo que ocurre y buscar una respuesta. Demasiado para ella.

Satisfecha de haberla descolocado, Nadine apaga el vídeo.

—Era broma.

Visiblemente aliviada, Séverine se enfurruña sin convicción y empieza a hablar. Cuenta un montón de chorradas sobre su día en el trabajo y luego va al cuarto de baño para ver qué pinta tiene. Se escruta el cuerpo con una vigilancia belicosa, decidida a constreñir el pelo y la carne a las normas estacionales, cueste lo que cueste. Masculla:

—¿Ha llamado alguien preguntando por mí?

Se empeña en creer que el tipo que se la cepilló la semana pasada dará señales de vida. Pero el chico no parecía estúpido y es poco probable que lo haga.

Séverine hace todos los días la misma pregunta. Y todos los días se deshace en lamentos airados:

—Nunca me lo habría esperado de él. Estuvimos hablando superbién, no entiendo por qué no llama. Qué asco, cómo me ha utilizado.

Utilizado. Como si su coño fuera demasiado fino para agradecer una buena polla.

Cuando habla de sexo suelta chorradas de ese estilo con pasmosa prodigalidad, un discurso complejo repleto de contradicciones que no asume. En este momento, repite vehementemente «que ella no es una de esas». Para Séverine, la expresión «una de esas» resume a la perfección la peor conducta posible del género humano. Sobre ese punto preciso se la debería tranquilizar: es una gilipollas pretenciosa a más no poder, una egoísta hasta rayar en la sordidez y repulsivamente banal en todo lo que hace. Pero no es una chica fácil. En consecuencia, raras veces se la follan, aunque buena falta le haría.

Nadine la mira de reojo, resignada a su papel de confidente. Sugiere:

—Redacta un contrato para la próxima vez. Para que el tipo se comprometa a hacerte compañía al día siguiente, o a llamarte durante la semana. Si no firma, no te abres.

Séverine necesita algo de tiempo para comprender si debe tomárselo como un ataque, una broma o un sabio consejo. Opta finalmente por una risita delicada. Sutileza afectada de una vulgaridad atroz. Después prosigue sin piedad:

—Lo que no me cuadra es que no es de los que se tiran a cualquiera, si lo fuera yo no le habría dejado la primera vez. Hubo buena química entre nosotros. De hecho, pienso que le doy miedo, no te creas: los tíos siempre tienen miedo de las chicas con una personalidad fuerte.

Le encanta abordar el tema de su «personalidad fuerte». Con la misma facilidad con que habla de su viva inteligencia o su amplia cultura. Enigmas del sistema mental, solo Dios sabe cómo se le metió eso en la cabeza.

Es verdad que cuida su conversación. La pincela de rarezas debidamente acreditadas en el medio en que se mueve. Recurre asimismo a una serie de referencias culturales que escoge como los accesorios de su vestimenta: acorde con el signo de los tiempos, con verdadero talento para parecerse a quien tiene al lado.

Así pues, cultiva su personalidad del mismo modo que mantiene la depilación de su ingle, totalmente consciente de todas las cartas que deben jugarse para seducir a un chico. La meta final es convertirse en la mujer de alguien y, con el empeño que le pone, lo que planea es ser la mujer de alguien decente.

Intuición masculina mediante, los chicos se mantienen a buena distancia del bonsái. Pero ya conseguirá hacerse con uno. Será entonces cuando haga en el cerebro del pobre todas sus necesidades cotidianas.

Nadine se despereza, compadece sinceramente al pobre tipo que se dejará pillar. Se levanta y va por una cerveza. Séverine la sigue a la cocina sin cortar el rollo. Ha acabado con el tema del capullo que no llama, ya lo retomará mañana. Ahora ataca con ardor el inventario de los últimos chismorreos.

Apoyada en la nevera, Nadine la observa masticar su ensalada.

Viven juntas por razones puramente prácticas. Poco a poco, la cohabitación se tornó patológica, pero ninguna puede permitirse vivir sola. Además, la falta de nómina le impide a Nadine demostrar una mínima solvencia. Y Séverine la soporta mejor de lo que parece. En esencia masoquista, le produce cierto placer que la maltraten. Una perversa incapaz de convivir.

Nadine termina su cerveza y remueve el cenicero en busca de una colilla recuperable porque no tiene ganas de bajar al estanco. Encuentra un porro a medio fumar. Más que suficiente para colocarse un poco, y ese hallazgo la pone de buen humor.

Espera pacientemente a que Séverine se vaya a trabajar, le desea educadamente un buen día. Rebusca en su habitación, donde sabe que tiene algo de whisky escondido. Llena un vaso grande y se instala delante de la tele.

Enciende el peta, se esfuerza por retener el humo en sus pulmones. Sube a tope el volumen de la cadena de música y pone el vídeo sin sonido.

I’m tired of always doing as I’m told, your shit is starting to grow really old, I’m sick of dealing with all your crap, you pushed me too hard now watch me snap.

Siente la distancia entre ella y el mundo bruscamente apaciguada, nada la inquieta y todo la divierte. Reconoce con alegría los síntomas de un cuelgue infinito.

Se deja deslizar hasta el fondo del sillón, se quita los pantalones y juguetea con la palma por encima del tejido de las bragas. Observa su mano moverse en círculos regulares entre los muslos, acelera el movimiento y proyecta las caderas hacia delante.

Levanta la vista hacia la pantalla, la chica doblada sobre la barandilla sacude la cabeza de un lado para otro y su culo ondula para engullir el sexo del tío.

There’s an emotion in me, there’s an emotion in me. Emotion n.° 13 blows my mind away, it blows me away.

2

—¡No puedes quedarte ahí sin hacer nada!

El niño protesta con vehemencia. Triste e indignado de que Manu se resigne tan fácilmente. Vuelve a la carga con tono de reproche:

—Era uno de tus mejores amigos, ha muerto asesinado. Y tú te quedas ahí, sin mover un dedo.

Hasta ahora, se había limitado a un discurso prudente y general sobre la violencia policial, la injusticia, el racismo y los jóvenes que deben reaccionar y organizarse. Por primera vez, la conmina directamente a compartir su indignación.

Habla de los tumultos que el accidente debería provocar con una evidente emoción. Como otros hablan de boxeo, de sexo o de toros. Ciertas palabras clave desencadenan en su interior una película en la que se ve enfrentándose varonilmente a las fuerzas del orden, volcando coches al lado de compañeros muy dignos y decididos. Y esas imágenes lo trastornan. Es un héroe sublime.

Manu no tiene alma de heroína. Ya se ha acostumbrado a llevar una vida gris, a tener el estómago lleno de mierda y a cerrar el pico.

En ella no existe nada estrictamente grandioso. Excepto esa sed insaciable. De jodienda, de cerveza o de whisky, cualquier cosa que pueda aliviarla. Incluso se excede un poco en la apatía y la sordidez. No le importa revolcarse en vómitos. Está en relativa sintonía con el mundo, casi a diario consigue algo para beber y que alguien se la meta.

El niño no se da cuenta de eso, de que la revolución está demasiado lejos de su agujero para interesarla. Además, para exaltarse como él lo hace, se precisa un sentido de la sublimación y del respeto hacia uno mismo del que Manu carece.

Hurga en un cajón en busca de esmalte para las uñas. Lo interrumpe bruscamente:

—¿Quién te has creído que eres para venirme con esas mierdas? ¿Cómo coño se te ocurre darme lecciones? ¿Y cómo sabes que lo han asesinado?

—Lo sabe todo el mundo, tú misma dijiste…

—Yo digo lo que me parece y bebo lo suficiente para que nadie me haga caso. Es más, lo que yo dije fue que colgarse no era su estilo, y tú has traducido que la bofia se lo había cargado. Te aconsejo que no confundas mis chorradas con las tuyas.

Por fin encuentra el frasco del esmalte y lo sujeta firmemente con el puño tendido muy cerca de la nariz del niño. Este se retracta prudentemente, balbucea algo para disculparse, no quería molestarla. En parte, porque no tiene mala idea; en parte, porque la cree capaz de aplastarle la cabeza. No controla la violencia y no esperará un momento políticamente adecuado para desfogarse.

El niño tiene razón en batirse en retirada porque, efectivamente, Manu está a punto de hostiarle.

Ella sabe tan bien como él que Camel no puede haberse colgado solo. Era demasiado orgulloso para ello. Y aunque no se le daba muy bien vivir, encontraba alicientes suficientes para continuar un poco más. Y, sobre todo, Camel no se hubiera suicidado sin degollar antes a media docena de sus contemporáneos. Lo conocía lo bastante para estar segura de ello. Tenían muy buen rollo, salían por ahí juntos y compartían las mismas teorías sobre el modo de pasarlo bien.

Habían descubierto su cadáver el día anterior, colgado en un pasillo. Los últimos en verlo con vida fueron los polis responsables de su libertad condicional. Nunca se sabrá lo que ocurrió realmente. Y el niño tiene razón, es difícil incluso para ella admitirlo sin no hacer nada. Aun así, acabará haciéndolo.

No le gustan las artimañas que despliega el niño para asociarla a su indignación, ni que intente apropiarse de esa muerte en beneficio de sus convicciones. Él siente que ese cadáver le pertenece de pleno derecho, será algo político o no será. Y la desprecia abiertamente por su cobardía. A Manu le parece que tiene la jeta demasiado lisa para permitirse el desprecio, ella podría remediar eso.

Tiene cuidado de abrirse una cerveza antes de empezar a pintarse las uñas. Sabe por experiencia que le entra sed mucho antes de que se le hayan secado. Duda y acaba ofreciéndole una al mocoso para demostrarle que no le guarda rencor. Dentro de poco, se sentirá demasiado destrozada para que esta historia la afecte. Siempre acaba resignándose a la idea de que hay una parte de la población que está condenada; y, por desgracia, ella ha ido a caer a esa parte.

Se pone tanto esmalte en la piel como en las uñas porque la mano siempre le tiembla un poco. Con un poco de suerte eso dará color a las pollas que sacuda…

El niño la mira hacerlo con gesto reprobatorio. El esmalte de uñas no forma parte de lo que él considera justo. Es una marca de sumisión a la presión machista. Pero como Manu pertenece a la categoría de los oprimidos víctimas de la falta de educación, no está obligada a ser éticamente correcta. No la culpa por sus deficiencias, tan solo la compadece.

Ella sopla ruidosamente sobre su mano izquierda antes de empezar con la derecha. El niño le recuerda a una virgen perdida en las duchas de una cárcel de hombres. El mundo a su alrededor lo ultraja con encarnizamiento lúbrico. Está asustado por cuanto le rodea, y el diablo utiliza todos los recursos del vicio para acabar con su pureza.

Llaman a la puerta. Le pide que abra agitando las manos para que se sequen antes. Llega Radouan.

Conoce al niño de vista porque viven en el mismo barrio, pero su presencia en casa de Manu le desconcierta un poco porque nunca se han dirigido la palabra. Los izquierdistas consideran a los árabes unos capullos reaccionarios y estúpidamente religiosos. Para los moros, los izquierdistas son unos indigentes borrachos y en su mayoría homosexuales.

Radouan deduce con delicadeza que Manu se ha ligado al niño para que se la cepille. Algo que no le sorprende de ella. Pregunta si no molesta dirigiendo discretamente a Manu gestos de connivencia obscena. Tan discretamente que el niño se pone violento, enrojece y se agita en la silla. El sexo, otro tema que hay que tomarse en serio.

Manu suelta una risita sarcástica antes de contestar a Radouan:

—Claro que no molestas. Nos hemos encontrado en la tienda y ha subido para hablarme de Camel. ¿Has comido? Queda pasta en la nevera.

Radouan se sirve, como si estuviera en su casa, porque viene tanto por aquí que se siente como en casa. El niño empieza a hablar de nuevo, encantado de tener un nuevo interlocutor.

Repite su denuncia con una inquietante tranquilidad de espíritu. Es nieto de misionero, y se dedica a convertir a los indígenas del barrio a su manera de pensar. Solo quiere lo mejor para ellos, le gustaría poder iluminarlos.

El niño no es muy perspicaz, pero aun así no tarda en comprender que Radouan es aún menos sensible a su discurso que Manu. Profundamente apenado, se retira.

Manu se despide amablemente de él. Lo peor de los gilipollas es que solo son estrictamente antipáticos en ...