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GABRIEL GARCíA MáRQUEZ: AñOS DE FORMACIóN

Ilan Stavans  

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Fragmento

Contenido

PORTADILLA

DEDICATORIA

EPÍGRAFE

CONTENIDO

AGRADECIMIENTOS

PREFACIO

CAPÍTULO 1

Aracataca

CAPÍTULO 2

Aprendizaje

CAPÍTULO 3

Mamador de gallo

CAPÍTULO 4

Nuevos horizontes

CAPÍTULO 5

Lo real maravilloso

CAPÍTULO 6

La gran pantalla

CAPÍTULO 7

Insomnes en Macondo

CAPÍTULO 8

Convergencias

EPÍLOGO

NOTAS

Prefacio

Capítulo 1. Aracataca

Capítulo 2. Aprendizaje

Capítulo 3. Mamador de gallo

Capítulo 4. Nuevos horizontes

Capítulo 5. Lo real maravilloso

Capítulo 6. La gran pantalla

Capítulo 7. Insomnes en Macondo

Capítulo 8. Convergencias

BIBLIOGRAFÍA

ÍNDICE

AGRADECIMIENTOS

Recibe antes que nadie historias como ésta

Esta exploración biográfica se ha venido preparando a lo largo de una década. La idea me la sugirió por primera vez en 1998 mi amiga Gayatri Patnaik, en aquel entonces mi editora en Routledge. Desde entonces he viajado por todo el mundo para encontrarme con personas extraordinarias que me han concedido docenas de entrevistas. En Colombia, con la valiosa guía de Eduardo Márceles Daconte, viajé, con pausada dedicación, a lo largo de la “ruta garciamarquiana”, y visité Aracataca, Riohacha, Santa Marta, Sucre, Ciénaga, Barranquilla y Cartagena. Entendí lo mucho que importa la literatura en una región del mundo asolada por el analfabetismo. La efigie de Gabriel García Márquez, conocido por todos como Gabito, está en todas partes –literal y simbólicamente–. Es visto como un redentor, un hombre cuya estatura iguala a la de otra figura mesiánica: Simón Bolívar, el Libertador.

En primer lugar, quiero agradecer a García Márquez por la forma en que refinó su talento a lo largo de su obra, llevándolo hasta sus límites. Tal como cuento en el prefacio, quedé estupefacto cuando lo leí por vez primera a los veintiún años en mi México natal. Súbitamente entendí que las palabras tienen magia: cuando se utilizan de manera meticulosa son capaces de conjurar universos alternativos, algunos más atractivos que el nuestro.

Gracias de todo corazón a Cass Canfield Jr., de Harper Collins, amigo y editor extraordinario, a quien quise enormemente y quien a lo largo de los años me alentó a perseverar en la escritura de esta biografía; con él pasé horas maravillosas hablando de su pasión por Cien años de soledad. Gracias a Airié Stuart, de Palgrave, por su paciencia e insistencia; a ella le debo, en gran parte, haber concentrado toda mi atención en este empeño. Le agradezco a Jill Kneerim, en Palmer & Dodge, que creyó en el proyecto. A Steve Wasserman, de la reseña de libros del diario Los Angeles Times, que me pidió en varias ocasiones que reflexionara sobre diferentes libros de García Márquez, al igual que lo hicieron Óscar Villalón en el San Francisco Chronicle y Jim Concannon en el Boston Globe. Gracias a Henry Louis Gates Jr. y a Mike Vásquez por abrirme las puertas de la revista Transition, a Henry Finder en el New Yorker, Laurence Goldstein en el Michigan Quarterly Review, Fidel Cano Correa en El Espectador, Martin Levin en el Toronto Globe and Mail, Karen Winkler en el Chronicle of Higher Education y Érica González en El Diario/La Prensa.

Aprecio la apertura y la calidad humana de mis queridos Hugo Chaparro Valderrama en Bogotá y Juan Fernando Merino, de El Diario de Nueva York. El fotógrafo colombiano Nereo López me obsequió con una fiesta de imágenes de los paisajes costeños de García Márquez y de su viaje a Estocolmo. De gran utilidad me resultó la orientación que recibí de Heriberto Fiorillo y Meira Delmar en Barranquilla, quienes fueron mis anfitriones en La Cueva; de Iliana Restrepo, que estaba a cargo de la ruta garciamarquiana en Cartagena; de Rafael Darío Jiménez, director de la Casa Museo García Márquez, quien se mostró generoso con su tiempo y sus conocimientos mientras me acompañaba en Aracataca; del acogedor Jaime García Márquez en la Fundación Nuevo Periodismo en Cartagena, del maravilloso Elkin Restrepo en Medellín y del erudito Juan Gustavo Cobo Borda en Bogotá, donde Claudia Leyva y Piedad Bonnett me hicieron sentir como en casa.

Tengo el honor de contar con la amistad de Harold Augenbraum en la National Book Foundation, de Jonathan Galassi en Farrar, Straus y Giroux, y de Max Rudin en la Library of America. Encontré un alma gemela en Gregory Rabassa, con quien conversé detalladamente sobre aspectos de la traducción. He disfrutado las numerosas conversaciones que he tenido sobre García Márquez con personas pertenecientes a su círculo y fuera de él. He dialogado con Isabel Allende, Fernando del Paso, Augusto Monterroso, Antonio Muñoz Molina, Álvaro Mutis, Elena Poniatowska y John Updike. Agradezco el apoyo de Gloria Gutiérrez de la Agencia Literaria Carmen Balcells en Barcelona; Donald Yates, en California; Alberto Blanco, Angelina Muñiz-Huberman y Alejandro Springall, en Ciudad de México; Ali White, en Vermont; Edith Grossman y Silvana Paternostro, en Nueva York; Jesús Díaz y Martín Felipe Yriart, en Madrid (España); Alicia Agnese-Milia y Héctor Urrutibéheity, en Houston (Texas); Isaac Goldemberg y Daisy Cocco de Fillippi, en el Hostos Community College; Alberto Fuguet e Iván Jaksic, en Santiago (Chile); Alberto Manguel, en París; Antonio Benítez-Rojo, en Amherst College; Francisco Goldman, en Trinity College; Caryl Phillips, en la Universidad de Yale; Edmundo Paz Soldán, en la Universidad de Cornell; John King, en la Universidad de Warwick, y Tomás Eloy Martínez, en la Universidad de Rutgers.

Verónica Albin leyó el manuscrito en diferentes versiones, y me ofreció perspicaces sugerencias. Con insistencia e invariable cordialidad, Marie Ostby, Leah Carroll y Yasmin Mathew lo condujeron hasta su producción.

Me he beneficiado enormemente del trabajo fundamental que llevaron a cabo periodistas y académicos que me precedieron y cuyas contribuciones he usado como una brújula, de manera particular Jon Lee Anderson, Gene H. Bell-Villada, Eligio García Márquez, Jorge García Usta, Rita Guibert, Jacques Gilard, Luis Harss, Gerald Martin, George R. McMurray, Dasso Saldívar, Mario Vargas Llosa, Ernesto Volkening y Michael Wood. Puse a prueba mis ideas con los estudiantes de Amherst College en los cursos sobre Cien años de soledad que dicté, de manera intermitente, entre 2001 y 2007. Su inteligencia y dedicación siempre me inspiran.

Mis amados padres, Abraham y Ofelia Stavchansky, en Ciudad de México, me permitieron emplear su casa como cuartel general. Mi madre incluso sirvió de enlace con los allegados de García Márquez. Mi corazón está lleno.

Para esta traducción al español, le doy gracias a Carolina López que lo adquirió inicialmente para Editorial Santillana. Mi aprecio infinito, de nuevo, a mi querido amigo Juan Fernando Merino por su ejemplar esfuerzo y por haber colombianizado el texto. Y mi admiración a Ana Roda, por su extraordinaria meticulosidad y cuidado. El escritor aprende de su editora.

PREFACIO

Este libro es la historia de cómo Gabriel García Márquez, un colombiano de clase media proveniente de la costa caribe de su país, un joven con vigorosas aspiraciones literarias que abandonó sus estudios de Derecho, un periodista que ejerció su oficio en algunos de los principales periódicos de Barranquilla, Cartagena y Bogotá, y cuyas posturas de izquierda lo llevaron a ser un contradictor de la dictadura del general Gustavo Rojas Pinilla (1953-1957), llegaría a escribir una obra maestra que reconfiguró, casi de un golpe, el mapa cultural de Latinoamérica en la segunda mitad del siglo XX.

La reacción a su muerte, en el mes de abril de 2014, demostró el desbordante amor que sienten los lectores por García Márquez. El mundo entero se vistió de luto. Las condolencias llegaron de todas partes del planeta. Daba la impresión de que el escritor más importante, el más influyente del siglo XX, había pasado a la posteridad. El periódico New York Times no solo reportó ampliamente la noticia sino que lo hizo de la forma más enfática posible, con el retrato del escritor en la parte central superior de la primera plana, sección reservada a papas, a presidentes de Estados Unidos y a luminarias como Indira Gandhi o Nelson Mandela.

Recuerdo vívidamente la tarde lluviosa en mi natal Ciudad de México cuando por primera vez leí Cien años de soledad en una vertiginosa sesión de veinticuatro horas. Era abril de 1982 y yo apenas pasaba los veinte años. Había sentido una alergia por los libros (prefería las actividades al aire libre), hasta que descubrí la novela como género literario, específicamente las obras del llamado “boom latinoamericano”, los escritores de la región que pertenecían a la generación de mi padre (la mayoría de ellos nacieron alrededor de 1930), cuyas narraciones aún seguían hipnotizando al mundo. Pero ningún otro libro de este grupo de fabricantes de mitos (término acuñado por el escritor británico V.S. Pritchett) poseía un prestigio remotamente similar al de Cien años de soledad, una auténtica lección sobre lo que un amigo mío describió como “lo neobarroco”, estilo que definió la literatura de esta región. No es solamente que lo haya leído; lo devoré.

Estaba en mi cama, cerca de la ventana. Recuerdo haber ido al baño dos veces. Y recuerdo que cuando llegué al capítulo XVIII, a solo dos de terminar el libro, el sol empezaba a salir. Estaba atónito. ¿Era posible que una novela fuese realmente tan buena?

Retenemos por siempre en la memoria el momento en que ciertos libros nos deslumbran, porque después de eso nada vuelve a ser igual. Por la tarde fui a la Librería Gandhi, en la avenida Miguel Ángel de Quevedo, uno de mis lugares predilectos; compré todos los títulos de García Márquez que tenían y durante semanas me di un atracón de lectura. Me impactaba esa realidad caribeña de desesperanza tan cuidadosamente construida. El autor colombiano, según me parecía, estaba mirando con nuevos ojos mi propio entorno, el mundo hispánico. Lo que me fascinaba de manera particular era que no se trataba de un intelectual urbano y cosmopolita como mi otro escritor modélico, Jorge Luis Borges, cuya obra giraba alrededor de enigmas filosóficos.

En mi opinión, solo dos obras maestras de la novelística en español han tenido tanta influencia como para renovar radicalmente nuestra comprensión de la civilización hispana: Don Quijote de la Mancha, de Cervantes, y Cien años de soledad, de García Márquez. Don Quijote lo logró con su crítica mordaz del Imperio ibérico del siglo XVII. Ofrecía una celebración erásmica de la locura a través de una serie de desastradas aventuras caballerescas. Se trata del libro menos español de la literatura española, el más herético, a tal grado que siempre he creído que Cervantes jamás habría podido ser galardoneado con el Premio Cervantes, por su crítica aguda del casticismo. La magistral Cien años de soledad, sin duda superior en ejecución a la novela de Cervantes, es una arrolladora narrativa genealógica sobre un continente y sus pobladores: sus políticos corruptos, sus aspiraciones religiosas, su disparidad entre los sexos, sus calamidades naturales e históricas. Al igual que la obra magna de Cervantes, escrita presuntamente por un moro, la novela de García Márquez se presenta como un palimpsesto: un manuscrito que está siendo redactado por un gitano. ¿Qué podemos pensar del hecho de que estos dos tipos sociales tan marginales en el mundo hispanoparlante aparezcan como los dos pilares literarios sobre los cuales se erige este mundo?

García Márquez, por entonces un novelista poco conocido, escribió el libro en un periodo de dieciocho meses, en total aislamiento en Ciudad de México, no muy lejos de donde yo vivía. Lanzada en Buenos Aires en 1967 por Editorial Sudamericana, sería la novela más importante jamás publicada en las Américas. Cien años de soledad sigue la historia de la peculiar familia Buendía de Macondo, un pueblo pequeño y olvidado en la zona del Caribe colombiano, a lo largo de más de un siglo (a pesar del título), desde la fundación mítica de la aldea hasta su extinción. La estructura cíclica del argumento, su narrador omnisciente en tercera persona y la naturaleza mágica de los eventos que registra permean el libro de resonancias bíblicas. En el meollo se encuentra la más básica de las maldiciones bíblicas: el incesto. Los Buendía nacen del incesto y están condenados a él y por él para siempre. Aparecen referencias indirectas a los idiomas que nos recuerdan la torre de Babel, rivalidades como la de Caín y Abel o la de José y sus hermanos, figuras desmesuradas e imponentes como la del coronel Aureliano Buendía, que traen a la memoria los reyes del Israel bíblico, al igual que enfermedades mágicas como la epidemia de insomnio y desastres como las nubes de mariposas, que resultan reminiscentes de las plagas.

Dividida simétricamente en veinte capítulos sin numerar de cerca de ocho mil palabras cada uno, Cien años de soledad incluye un elenco de tres docenas de personajes delineados con gran seguridad. Elija su favorito: está Remedios la Bella, cuya hermosura elegíaca hace que ascienda al cielo; Úrsula Iguarán, la matrona de la familia, sobre cuyas espaldas se cimienta la fortaleza de los Buendía; los diecisiete Aurelianos engendrados por José Arcadio Buendía; la prostituta Pilar Ternera y sus barajas premonitorias; niñas rebeldes como Santa Sofía de la Piedad; sirvientes indígenas; y los turcos, inmigrantes del Medio Oriente.

Es una novela sobre la memoria y el olvido, sobre las dificultades y tribulaciones del capitalismo en una sociedad colonial, sobre exploradores europeos en el Nuevo Mundo, sobre el choque entre la ciencia y la fe, sobre el matriarcado como institución, sobre la lealtad, la traición y la venganza en la arena política, sobre el camino que sigue un riachuelo de sangre después de una muerte trágica, sobre la flora y fauna del Caribe, sobre los desaciertos en la planeación urbana, sobre los caprichos de los nombres en la cultura hispanoparlante (rápidamente: ¿cuántos Aurelianos hay?), sobre la diferencia entre la historia oficial y la popular, sobre la inteligencia y la estupidez no como características opuestas sino como extensiones la una de la otra. Es una novela que consigue construir un universo leibniziano autosuficiente, un universo paralelo al nuestro. Personalmente, no se me ocurre una lectura más luminosa, si bien exigente.

La leyenda de cómo nació el libro de García Márquez es en sí misma cautivante. Él y Mercedes, su esposa, viajaban en un Opel camino a Acapulco, en la costa pacífica de México, cuando de repente fue visitado —como le pasó a Samuel Taylor Coleridge, quien después de un sueño de opio plasmó Kubla Khan— por la musa de la ficción. Dio media vuelta y se aisló en su estudio en Ciudad de México hasta que terminó el manuscrito. En su descripción de la experiencia, se presenta a sí mismo más como un escriba que como un artista, como si Cien años de soledad le hubiese sido dictada de principio a fin. La traducción al inglés de Gregory Rabassa es soberbia, quizás incluso mejor que el texto original. El propio García Márquez así lo ha dicho. En alguna ocasión incluso describió a Rabassa como “el mejor escritor latinoamericano en idioma inglés”.

La lectura de Cien años de soledad me convirtió en un adicto a la literatura, me impulsó a comprender su metabolismo: de qué manera funciona, por qué es importante, quién la produce y quién la lee, cuál es la conexión entre historia y ficción, entre lo que es verdad y lo que es mentira. Me animó a convertirme en crítico cultural. A lo largo de mi viaje por la vida, tanto en el ámbito intelectual como existencial, me ha acompañado siempre un ejemplar de la novela. Ha sido mi centro de gravedad, mi razón de ser como lector.

Resulta claro que la literatura contemporánea le debe mucho a García Márquez: sus visiones, su disciplina.

Pero García Márquez trasciende la literatura: fue protagonista crucial de los principales acontecimientos de la segunda mitad del siglo XX, tanto en Colombia como en Latinoamérica. Desde los disturbios en Bogotá a raíz del asesinato del candidato presidencial Jorge Eliécer Gaitán, conocidos como “el Bogotazo”, hasta la revolución de Fidel Castro en 1958-1959; desde el mismo boom hasta las políticas económicas neoliberales que definieron los años ochenta; desde la emergencia de un tipo renovador de periodismo hasta la guerra contra los carteles colombianos de la droga; desde el cine latinoamericano hasta el proyecto de simplificar la ortografía en castellano, García Márquez ha representado una fuerza descomunal.

La biografía como género literario no era tan popular en el mundo de habla hispana como lo había sido en inglés. Solamente en los años setenta los editores empezaron a invertir en biografías como algo comercializable. Esta reticencia se debía, en parte, a la psiquis latinoamericana. A los latinoamericanos no les gusta confesar en público sus pecados. El hecho de darse a conocer tal como uno es, se considera un acto más bien privado. No debemos sorprendernos entonces de que los herederos de las luminarias de la política y de la cultura rehuyeran el acceso del público a la vida secreta de los ilustres fallecidos. Eso no significa que antes de esa década las biografías fuesen inexistentes. La monja mexicana del siglo XVII, Sor Juana Inés de la Cruz, para dar un ejemplo notorio, escribió una larga carta acusatoria en la que defendía su comportamiento ante las calumnias propagadas por sus superiores varones en la Iglesia católica. Pero las escasas biografías son la excepción a la regla.

En décadas recientes, se han multiplicado en manos de los editores ibéricos las biografías literarias en español sobre escritores latinoamericanos. En total, existen muchas de Borges, un par de Mario Vargas Llosa y un par sobre el propio García Márquez. La de Gerald Martin es la más exhaustiva, a un grado tal que —para mi gusto— los detalles terminan por saturar al lector. En última instancia, una buena biografía encuentra un balance entre lo personal y lo universal, entre el texto y el contexto. Su función es a un tiempo informar y entretener. No creo, como proponía Flaubert, que el biógrafo deba ser del todo invisible; tampoco concuerdo con Nabokov en que el biógrafo debe usurpar la atención del lector, desplazando del escenario al biografiado, porque en última instancia una biografía, como todo acto intelectual, es un artificio y la obligación del artificio es enfatizar su artificialidad. Yo no me habría embarcado en esta de no haber tomado conciencia de los placeres que proporciona el género en manos de profesionales como Leon Edel, cuya obra en varios tomos sobre la vida de Henry James es un tour de force, incluso mejor que la propia y tranquila vida de James ante su escritorio.

El biógrafo tradicional —como James Boswell, cuya ética de trabajo meticulosa se deriva de la sensibilidad protestante— se muestra deseoso de registrarlo todo, hasta los detalles minúsculos, para exprimir el significado de todos los pensamientos y acciones de su personaje, para diseccionar el comportamiento de una persona en aras de la posteridad. En cierto sentido, el biógrafo metódico es similar a un vampiro que le chupa la sangre a su personaje. O mejor aún, a un dybbuk que habita su cuerpo y alma, que camina, come y sueña con el biografiado en todo momento. Estas imágenes pueden ser grotescas, pero no son del todo desacertadas. Por elección, el biógrafo no renuncia verdaderamente a su propio ser para convertirse en otro. Lo que sí hace es reunir todos los posibles ingredientes de la existencia de otra persona y recorrer sus pasos de un extremo al otro. Sobra decir que la subjetividad del biógrafo se pone en cuestión de manera constante. Es su visión “del otro”, el camino recorrido por el sospechoso, tal y como es interpretado por un detective quisquilloso. La mejor meditación que conozco sobre la indagación del biógrafo es la novela corta El perseguidor, de Julio Cortázar, acerca del imposible intento de delinear de forma certera a un ficticio virtuoso del jazz, cuyo perfil semeja el de Charlie Parker.

Otras biografías son puntillosas en la inclusión de hasta el más anodino de los detalles. Mi propósito no es acumular hechos, porque los datos no equivalen al conocimiento. Estoy más interesado en el trasfondo de Cien años de soledad: ¿qué la motivó y cuáles fueron las condiciones en las cuales se gestó? En otras palabras, estoy tras la materia prima de la literatura. ¿Dónde encuentra su inspiración un escritor? ¿Cómo transforma vida en ficción? Mi interés radica tanto en los viajes personales de García Márquez como en el contexto histórico dentro del cual se desarrollaron esos viajes.

Esta biografía de García Márquez cubre un poco más de cuatro décadas, desde su nacimiento en 1927 en el pequeño pueblo colombiano de Aracataca, en la región de la costa caribe, hasta 1970, cuando Harper & Row lanzó en Estados Unidos la traducción de Gregory Rabassa al inglés de Cien años de soledad, tres años después de su explosiva publicación en Latinoamérica. Examino el recorrido del autor teniendo como telón de fondo los principales acontecimientos históricos, ideológicos y culturales que moldearon Latinoamérica durante aquel tiempo. El autor vivió en casi una docena de sitios, la mayor parte de las veces por periodos largos, incluyendo estadías en Aracataca, Barranquilla, Bogotá, Cartagena, Barcelona, París y Ciudad de México. Durante aquel tiempo, García Márquez era, en gran medida, un desconocido reportero y columnista periodístico, y guionista de cine. Era asombrosamente prolífico; publicaba piezas muy variadas, algunas veces a razón de dos por semana, si no con mayor frecuencia. Fue construyendo la reputación formidable de ser un periodista imaginativo. Pero fue en la ficción breve —novelas cortas y cuentos, algunos de ellos publicados por primera vez en periódi ...