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GOODBYE DAYS

Jeff Zentner  

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Fragmento

1

Depende de quién —perdón, a quién— preguntes, puedo haber matado a mis tres mejores amigos.

Si preguntaras a la abuela de Blake Lloyd, Betsy, creo que diría que no. Lo digo porque cuando me ha visto hace un rato, me ha dado un fuerte abrazo y con lágrimas en los ojos me ha susurrado al oído: «No eres responsable de lo que ha pasado, Carver Briggs. Dios lo sabe y yo también». Y la abuela Betsy suele decir lo que piensa. Esto por una parte.

Si preguntaras a los padres de Eli Bauer, el doctor Pierce Bauer y la doctora Melissa Rubin-Bauer, supongo que dirían que quizá. Cuando los he visto hoy, los dos me han mirado a los ojos y me han estrechado la mano. He visto en sus caras más dolor que rabia. He sentido su desolación en sus débiles apretones de manos. Y supongo que parte de su agotamiento respondía a no saber si considerarme hasta cierto punto responsable de su pérdida. Así que cuentan como un quizá. ¿Su hija, Adair? ¿La gemela de Eli? Éramos amigos. No tanto como con Eli, pero amigos. Diría que ella es un «sin duda» por cómo me fulmina con la mirada, como si deseara que yo también hubiera estado en el coche. Eso hacía precisamente hace unos minutos, esperando el funeral, mientras hablaba con varios compañeros de clase.

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Luego están el juez Frederick Edwards y su exmujer, Cynthia Edwards. Si les preguntaras si he matado a su hijo, Thurgood Marshall «Mars» Edwards, supongo que oirías un firme «probablemente». Cuando he visto al juez Edwards hoy, inmaculadamente vestido, como siempre, me ha observado desde arriba. Ninguno de los dos hemos dicho nada durante un rato. El aire entre nosotros parecía duro y áspero como una piedra. «Me alegro de verlo, señor», le he dicho por fin tendiéndole mi mano sudorosa.

«Esto no tiene nada de alegre», me ha contestado con su voz majestuosa, apretando los músculos de la mandíbula y mirando por encima de mí. Más allá de mí. Como si pensara que si podía convencerse a sí mismo de mi insignificancia, podría convencerse a sí mismo de que yo no tenía nada que ver con la muerte de su hijo. Me ha estrechado la mano como si fuera una obligación y a la vez la única manera de hacerme daño.

Y luego estoy yo. Yo te diría que sin duda he matado a mis tres mejores amigos.

No a propósito. Estoy casi seguro de que nadie piensa que lo he hecho a propósito, que me metí debajo de su coche en plena noche y corté los cables de los frenos. No, esta es la cruel ironía teniendo en cuenta que quiero ser escritor: les escribí pidiéndoles señales de vida. Tíos, ¿dónde estáis? Contestadme. No fue un mensaje especialmente bueno ni creativo. Pero encontraron el teléfono de Mars (Mars conducía) con un mensaje a medias para contestarme, como les había pedido. Parece que eso estaba haciendo cuando se estrelló a casi ciento diez kilómetros por hora contra la parte de atrás de un tráiler parado en la autopista. El techo se desprendió y el coche acabó debajo del tráiler.

¿Estoy seguro de que fue mi mensaje lo que desencadenó la serie de acontecimientos que culminó con la muerte de mis amigos? No. Pero casi.

Estoy paralizado. En blanco. Todavía no sumido en el dolor intenso y abrasador que estoy seguro de que me espera en los próximos días. Es como una vez que ayudé a mi madre a picar cebolla. El cuchillo se me resbaló y me hice un corte en la mano. Mi cerebro hizo una pausa, como si mi cuerpo tuviera que darse cuenta de que se había cortado. En ese momento supe dos cosas: 1) Solo había sentido un golpe rápido y una leve palpitación. Pero el dolor llegaba. Sí, llegaba. Y 2) supe que en un par de segundos empezaría a salpicar sangre en la tabla de cortar favorita de mi madre, la de bambú (sí, la gente puede coger mucho cariño a las tablas de cortar; no, no lo entiendo, así que no pregunto).

Así que estoy sentado en el funeral de Blake Lloyd y espero el dolor. Espero a empezar a salpicarlo todo de sangre.

2

Soy un experto en funerales de diecisiete años.

El plan era terminar el último año de instituto en la Nashville Arts Academy. Luego Eli iría al Berklee College of Music a estudiar guitarra. Blake, a Los Ángeles a estudiar comedia y guion. Mars aún no había decidido dónde iría. Aunque sabía qué iba a hacer: cómic e ilustración de libros. Y yo iría a la Sewanee o a la Emory a estudiar escritura creativa.

El plan no era que yo estuviera ahora esperando a que empezara el funeral del tercer miembro del Equipo Salsa. Ayer fue el funeral de Mars. Anteayer, el de Eli.

El funeral de Blake se celebra en su pequeña iglesia baptista blanca, una de las 37.567 pequeñas iglesias baptistas blancas de la zona metropolitana de Nashville. Apesta a galletas integrales, a pegamento y a alfombra vieja. Hay dibujos a plastidecor de Jesús en los que parece una piruleta con barba repartiendo peces azules y verdes a una multitud de monigotes. El aire acondicionado no funciona bien, y estamos a principios de agosto, así que sudo metido en el traje azul marino que mi hermana, Georgia, me ayudó a elegir. O, mejor dicho, Georgia lo eligió mientras yo estaba ahí pasmado. Salí un segundo de mi estupor para decirle que creía que debía comprarme un traje negro. Georgia me explicó amablemente que el azul marino era perfecto y que podría ponérmelo después del funeral. Mi hermana siempre olvidaba decir funerales. O quizá no lo olvidaba.

Estoy sentado en uno de los últimos bancos de la iglesia, con la frente apoyada en el de delante. Observo la punta de mi corbata moviéndose de un lado a otro y me pregunto cómo las personas llegamos a una situación en la que decimos: «Uf. Espera. Para que pueda tomarte en serio tienes que ponerte alrededor del cuello un trozo de tela a rayas de colores y terminada en punta». La alfombra es azul con manchas blancas. Me pregunto quién diseña alfombras. Quién quiere dedicar su vida a diseñar alfombras. Quién dice: «¡No! ¡No! ¡Aún no está bien! ¡Hay que ponerle... manchas blancas! ¡Y ahora mi obra de arte está terminada!». Me dedico a dar vueltas a estas cosas porque la evidente ridiculez del mundo es una de las pocas cosas que pueden distraerme, y ahora mismo agradezco las distracciones.

Me duele la frente de tenerla apoyada en la dura madera. Espero que parezca que estoy rezando. No creo que esté fuera de lugar rezar en una iglesia/funeral. Además me libra de tener que charlar de cualquier cosa (que odio incluso en las mejores circunstancias) con la gente que zumba afligida a mi alrededor, como un enjambre de langostas en duelo. «¿No es horrible? ... Qué pérdida. ... Era tan joven. ... Era tan divertido. ... Era ... Era ... Era.» La gente se refugia en los tópicos. La lengua se queda sin recursos ante la muerte. Supongo que en estas circunstancias es demasiado pedir que dejen de lado las obviedades.

Hay mucha gente. La numerosa familia de Blake del este de Tennessee. Gente de la iglesia de Blake. Compañeros de trabajo de la abuela Betsy. Muchos compañeros de la Nashville Arts. No puedo decir que todos sean amigos míos, pero tengo buena relación con la mayoría. Algunos se acercan a mí, me expresan su apoyo rápidamente y se van, pero la mayoría me deja tranquilo, y se lo agradezco. Quiero decir que se lo agradezco si me dejan en paz por compasión, no porque Adair ya les haya convencido de que soy un asesino.

Oigo un crujido a mi lado, el cojín del banco hundiéndose, siento una ligera calidez y luego un intenso olor a madreselva. Si algún olor desafía a la muerte, es el de la madreselva.

—Hola, Carver.

Alzo la mirada. Es Jesmyn Holder, la novia de Eli. ¿La exnovia? No habían cortado. Llevaban saliendo unos dos meses. Tiene ojeras. La pena le cubre la cara como si fuera polvo.

—Hola, Jesmyn.

—¿Puedo sentarme aquí?

—Claro.

«Me alegro de que haya al menos un futuro compañero de clase al que Adair aún no se ha ganado.»

—Me temo que ya estoy sentada.

—Alguien dijo una vez que es más fácil pedir perdón que permiso.

—¿Has venido solo? —me pregunta Jesmyn—. En los otros dos estabas con una chica.

—Era mi hermana, Georgia. Hoy tenía que ir a trabajar. Perdona que no hablara contigo en los otros dos funerales.

—No estaba de humor para hablar.

—Yo tampoco. —Tiro del cuello de la camisa—. ¿No hace muchísimo calor?

En general, prefiero que un dragón de Komodo me muerda en los huevos a hablar de chorradas. Pero a veces haces lo que tienes que hacer.

—Sí, pero para mis genes filipinos no hay problema —me contesta Jesmyn.

Nos quedamos callados un momento mientras ella echa un vistazo a la multitud.

—Me suenan muchas caras de los otros dos.

Levanto un poco la cabeza.

—Algunos van a la Nashville Arts Academy, la NAA. ¿Sigues pensando en ir?

—Claro. No pensarías que quería ir por Eli, ¿verdad?

—No. Bueno, no lo sé. No.

—El año pasado dos chicas de la NAA entraron en el programa de piano de la Juilliard. El porcentaje es enorme. Por eso decidí ir antes de conocer a Eli.

—Me alegro de que sigas pensando en ir. No pretendía dar a entender nada.

—Genial. Pero es un poco raro hablar de esto ahora.

—Ahora es raro hablar de cualquier cosa.

—Sí.

Al fondo de la sala, la abuela Betsy, llorando, se acerca arrastrando los pies al ataúd de cedro de Blake y pasa una mano por la lisa madera antes de que empiece el funeral. Yo he hecho lo mismo antes de sentarme. El olor del cedro. Intenso y limpio. No olía a algo que iba a ser enterrado bajo tierra. El ataúd estaba cerrado. Mejor no ver qué aspecto tiene una persona después de algo como el Accidente. Así que encima de la tapa del ataúd, en un atril de madera, hay una foto de Blake. Se hizo esa foto ridícula a propósito. Es un retrato de unos grandes almacenes, de un estudio de Olan Mills, Sears o algo así. Lleva un jersey de segunda mano de los años ochenta y pantalones anchos. Tiene en las manos un enorme gato persa que parece enfadado. No tenía ningún gato. Lo pidió prestado para la foto, literalmente. Típico de Blake. Una sonrisa auténtica y radiante en su cara redonda. Tiene los ojos cerrados, como si hubiera parpadeado. Creía que las fotos en las que la gente sale parpadeando eran divertidísimas.

No he podido evitar sonreír al verla. Incluso en estas circunstancias. Blake solo tenía que entrar en un sitio para que yo empezara a reírme, por si acaso.

—¿Por qué no están aquí tus padres?

La pregunta de Jesmyn me devuelve a la realidad.

—Están en Italia celebrando sus bodas de plata. Han intentado volver, pero han tenido problemas para encontrar billetes y además mi padre había perdido el pasaporte. Llegarán mañana.

—Qué mierda.

—¿Por qué no te has sentado con los padres de Eli?

Jesmyn cruza las piernas y arranca un trozo de hilo de su vestido negro.

—Me he sentado con ellos. Pero Adair me daba super mal rollo. Y entonces te he visto aquí y me ha parecido que estabas muy solo.

—Quizá siempre parezco solo.

Se echa hacia atrás un mechón de pelo caoba. Me llega el olor de su champú.

—Imagínate qué corte si hubiera venido por ser amable contigo y no lo hubieras necesitado.

—A Adair no le gustará que seas amable conmigo.

—Sí, bueno. Supongo que vivir es arriesgarse.

Me froto los ojos. Empiezo a estar agotado. En los últimos tres días apenas he dormido unas horas. Me vuelvo hacia Jesmyn.

—¿Has hablado mucho con los padres de Eli o con Adair desde el accidente?

Todavía no he terminado la pregunta cuando me doy cuenta de que no tengo ni idea de dónde se posiciona Jesmyn en lo de la culpa. La falta de sueño ha reducido mis inhibiciones hasta el punto de que estoy haciendo preguntas que pueden llevar a respuestas que no estoy preparado para escuchar.

Abre la boca para contestar cuando empieza el servicio religioso. Inclinamos la cabeza mientras el pastor reza y luego ofrece palabras de consuelo de los evangelios. Me recuerda más al multitudinario funeral de Mars en la iglesia episcopal metodista Nueva Betel que al pequeño servicio privado de Eli en la funeraria Connelly Brothers. Los padres de Eli son ateos, y fue el primer funeral de mi vida en el que ni una vez mencionaron a Dios. Diecisiete años, y mi experiencia funeraria seguramente puede competir con la de personas que me doblan la edad.

Seis miembros del coro a capela de la Nashville Arts cantan un réquiem. También cantaron en los funerales de Mars y de Eli. Las lágrimas resbalan por la cara de Jesmyn, que parece un atlas de ríos. Se pasa por los ojos y por la nariz un pañuelo arrugado sin dejar de mirar al frente. No entiendo por qué yo no lloro. Debería. Quizá es como cuando hace demasiado frío para que nieve.

Un tío de Blake lee 1 Tesalonicenses 4:14-17 con su fuerte acento del este de Tennessee. Sus grandes manos tiemblan. Se le quiebra la voz. «¿Acaso no creemos que Jesús murió y resucitó? Así también Dios resucitará con Jesús a los que han muerto en unión con él. Conforme a lo dicho por el Señor, afirmamos que nosotros, los que estemos vivos y hayamos quedado hasta la venida del Señor, de ninguna manera nos adelantaremos a los que hayan muerto. El Señor mismo descenderá del cielo con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego los que estemos vivos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados junto con ellos en las nubes para encontrarnos con el Señor en el aire. Y así estaremos con el Señor para siempre.»

Una mosca se posa en el banco de delante y se frota las dos patas traseras. Esta mosca está viva y Blake está muerto. El mundo está lleno de vida que palpita y resuena. Menos en la caja de madera al fondo de la sala. Allí todo está inmóvil. Y lo que causó esa inmovilidad fue la acción más banal y cotidiana por mi parte. Mandar un mensaje a mis amigos. El equivalente humano a una mosca frotándose las patas traseras. Es algo que hacemos. Se supone que no va a matar a tus tres mejores amigos.

La abuela Betsy avanza con dificultad hasta el púlpito para hacer el panegírico. Le fallan las rodillas. Tarda un buen rato en recuperarse antes de hablar. No lleva nada en las manos, como si pensara decir lo que le saliera del corazón. Su mirada dice que en su corazón hay demasiadas cosas para poder elegir.

Intento no respirar demasiado o demasiado fuerte en el silencio. Tengo la boca seca y empieza a dolerme la nuca. La garganta me duele como si se me hubiera quedado algo atascado. El frágil muro que he levantado —que todos levantamos para evitar que los demás tengan que soportar el espectáculo de nuestro dolor— está empezando a desmoronarse.

La abuela Betsy carraspea y habla. «La vida de Blake no siempre fue fácil. Pero vivió feliz. Quería a su familia. Quería a sus amigos. Y ellos lo querían a él.»

El muro se derrumba y el turbulento mar gris que retenía se desborda. Apoyo la cabeza en las manos, y los codos en las rodillas. Me aprieto los ojos, y las lágrimas se filtran por los lados. Estoy temblando. Jesmyn me apoya la mano en el hombro. Al menos ya no me duele la garganta, como si hubiera expulsado un forúnculo de lágrimas.

«Blake era divertido», dice la abuela Betsy. «Si lo conocisteis, en algún momento os hizo reír.»

Las lágrimas me resbalan por las muñecas y me humedecen los puños de la camisa. Gotean hasta la alfombra azul con manchas blancas. Por un segundo pienso en todos los sitios que he convertido en una pequeña parte de mí. Ahora un trocito de esta iglesia contiene mis lágrimas. Quizá cuando me muera puedan cortar la alfombra y extraer mi ADN de las lágrimas que he derramado para resucitarme. Quizá eso será la resurrección.

«Pensad en él cada vez que alguien os haga reír. Pensad en él cada vez que hagáis reír a alguien. Pensad en él cada vez que oigáis a alguien riéndose.»

Respiro hondo, y el aire se atasca y vibra entrando en mis pulmones. Seguramente he hecho demasiado ruido, pero no me importa. Por algo me he sentado en la parte de atrás. Al menos no veo a nadie girándose para mirarme.

«Estoy impaciente por volver a verlo y abrazarlo. Hasta entonces, sé que estará sentado a los pies de nuestro Salvador.» Hace una pausa para calmarse un poco antes de acabar. «Y seguramente también está haciendo reír a Jesús. Gracias a todos por haber venido. Habría significado mucho para Blake.»

El funeral acaba. Me levanto para llevar el ataúd. En los funerales de Mars y de Eli nadie me pidió que llevara el ataúd.

Jesmyn levanta el brazo y me toca la mano.

—Oye, ¿quieres que te lleve en coche al cementerio?

Asiento agradecido y me hundo en mí mismo. Como si despertara de uno de esos sueños en los que lloras y empapas la almohada. Tu dolor es salvaje, indeterminado, flota en la falta de lógica de los sueños. Te despiertas y no recuerdas por qué llorabas. O lo recuerdas, y llorabas porque te habían ofrecido la posibilidad de redimirte. Así que cuando te das cuenta de que era un sueño, sigues llorando porque también has perdido la posibilidad de redención. Y estás cansado de perder cosas.

Ayudo a llevar el ataúd de Blake al coche fúnebre. Pesa media tonelada. Tuve un profesor de ciencias que un día nos preguntó: «¿Qué pesa más, un kilo de plumas o un kilo de plomo?». Todo el mundo dijo que el plomo. Pero varios cientos de kilos de tu mejor amigo y su ataúd no pesan lo mismo que varios cientos de kilos de plomo o de plumas. Pesan mucho más.

Desde la iglesia hasta el coche fúnebre que está esperando no hay mucha distancia, pero el calor es tan sofocante que llego empapado a la destrozada camioneta Nissan de Jesmyn.

—Lo siento, el aire acondicionado no funciona —me dice apartando con el brazo los libros de piano del asiento del copiloto.

—¿No te mueres de calor cada vez que te metes en el coche?

—¿No podrías haberlo expresado de otra manera?

—¿No te sientes enormemente incómoda, aunque no te mueras, cada vez que te metes en el coche?

Subo al coche y bajo la ventanilla.

No hablamos en casi todo el trayecto. El aire húmedo nos da en la cara. Tengo las mejillas rugosas por la sal seca.

Cuando estamos a unas manzanas del cementerio, Jesmyn me pregunta:

—¿Estás bien?

—Sí —le miento. Y a los pocos segundos—: No.

3

Equipo Salsa.

Toda pandilla de amigos necesita un nombre. Nosotros éramos el Equipo Salsa.

Segundo año de secundaria. Falta tan poco para que acabe el curso que estamos todo el día atolondrados. Es viernes por la noche y acabamos de asistir a la función de Rent de la Nashville Arts. Ha sido genial. Pero en una noche de viernes de primavera —cada uno de nosotros rodeado de sus tres mejores amigos—, podría haber sido el peor descarrilamiento de un mojón humeante (poned de vuestra parte en el batiburrillo de la metáfora) imaginable y también habríamos estado eufóricos.

En fin, que estamos en el McDonald’s poniéndonos las botas.

—Muy bien —dice Mars con la boca llena de hamburguesa, sin venir a cuento—. ¿Qué pasaría si tuvierais que clasificar todos los animales como perro o como gato?

A Eli le sale el refresco por la nariz. Estábamos ya riéndonos de la pregunta, y ahora nos reímos de la camiseta de Wolves in the Throne Room de Eli, empapada de refresco, que parece injertada en su pecho.

A Blake le cuesta respirar.

—Pero ¿qué dices?

Mars alarga el brazo para mojar una patata frita en mi kétchup.

—No, no, vale. Intentémoslo. Los mapaches son perros. Las comadrejas son gatos. Las ardillas son...

—Espera, espera —dice Eli.

—Mars, tío —dice Blake—, está claro que los mapaches son gatos. Las comadrejas son perros.

—No, espera —dice Eli—. Los animales a los que no se puede adiestrar son gatos. Los mapaches no se pueden adiestrar. Gatos. Las comadrejas no se pueden adiestrar. Gatos.

—Espera, ¿cómo sabes que las comadrejas no se pueden adiestrar? —le pregunta Mars.

—Los gatos se pueden adiestrar —digo yo—. He visto vídeos en YouTube de gatos utilizando un váter.

Ahora los tres gritan. Les cuesta respirar. Blake se parte de risa.

—Por favor, dime que cuando nos dejas tirados para ir a escribir, te sientas en casa a ver a gatos meando y cagando en un váter, y levantas el puño: «¡Sí! ¡Un gato utilizando el váter!».

—No, pero me los he encontrado. En algún momento de mi vida.

A Mars se le saltan las lágrimas.

—«En algún momento de mi vida.» Blade ha dicho «en algún momento de mi vida». Madre mía. Madre mía.

¿Lo pilláis? Como me apellido Carver (cuchillo de trinchar), a Blake se le ocurrió apodarme Blade (espada). Es divertido porque me visto como un tío que quiere ser escritor y cuya hermana mayor trabaja en Anthropologie y le ayuda a vestirse. A los tíos que encajan en esta descripción no se les suele llamar «Blade».

—Vale, tíos. Los hurones. Los hurones son gatos largos —dice Eli.

—He visto un hurón adiestrado, así que seguro que los hurones se pueden adiestrar —dice Blake.

—¿Para que utilicen un váter humano? —pregunta Mars.

—No sabía que había váteres para hurones —le contesta Blake.

—Si es verdad que los hurones pueden adiestrarse, retiro lo dicho, porque los hurones son sin duda gatos —dice Eli.

—Vale, las focas —digo.

—Mmm, gatos —dice Mars pensativo.

Eli pone cara de no creérselo.

—Espera, ¿qué?

—Seguro que las focas se pueden adiestrar, tío —dice Blake.

—No, espera —dice Eli—. Creo que lo que Mars quiere decir es que para él las focas parecen gatos.

Mars da un golpe en la mesa y hace saltar nuestras bandejas.

—Parecen gatos. Tienen cara de gato. Y les encanta el pescado. A los gatos les encanta el pescado. Las focas son gatos marinos.

La gente de las mesas de alrededor nos mira mal. Nos importa una mierda. ¿Lo recordáis? Somos jóvenes. Estamos vivos. Es la noche de un viernes de primavera. La mesa está llena de comida basura. Somos buenos amigos. Nos sentimos como dioses. No hay límites.

Blake se levanta y se acaba la bebida de un sorbo, haciendo mucho ruido.

—Caballeros, tengo que —hace el gesto de poner comillas— orinar, digamos. Si me disculpáis... Cuando vuelva, espero haber solucionado el tema de la foca-gato.

Mars me da una palmada en la espalda.

—Mejor vete con él y lo filmas.

—No lo entiendes, tío —le digo—. A mí solo me interesa cómo mean los gatos.

Carcajadas de Mars y Eli.

Estamos discutiendo sobre si los saltamontes, las medusas y las serpientes son perros o gatos cuando nos damos cuenta de que hace rato que no vemos a Blake.

—Vamos a echar un vistazo, tíos.

Mars señala el parque infantil de al lado del McDonald’s. Blake está balanceándose en uno de esos caballitos con muelle. Nos saluda con la mano, como un niño pequeño, y grita.

—Menudo gilipollas —murmura Eli.

—Vergüencea —dice Mars.

—Espera, ¿qué? —le preguntó—. «¿Vergüencea?» ¿De dónde lo has sacado? El verbo «vergüencear» no existe.

—Lo voy a poner de moda. Cuando alguien hace una chorrada, vergüencea. Cuando haces una chorrada, vergüenceas.

Niego con la cabeza.

—Nadie va a decir algo así.

Eli coge tarrinas de salsa de nuggets de pollo de Blake y le da un par a Mars.

—Venga, vamos a acribillarlo.

Salen corriendo y yo intento alcanzarlos.

—Blade, tú grabas —me dice Eli.

También disparo como un tío que quiere ser escritor.

Blake se balancea, grita, se ríe como un loco, agita un sombrero de vaquero invisible y nos saluda con la mano.

Le sonreímos, lo saludamos —Eli y Mars lo saludan con una mano, porque la otra la han escondido detrás de la espalda, con las tarrinas de salsa— y lo miramos un segundo mientras lo grabo con el móvil.

—Vamos —dice Mars entre dientes, sin dejar de sonreír y de saludar a Blake con la mano—. A la de tres. Una. Dos. Y tres.

Mars y Eli dejan de saludarlo y se abalanzan hacia él lanzándole tarrinas de salsa. Mars tiene brazos potentes. Su padre lo obligaba a hacer todo tipo de deportes. Eli es delgaducho pero atlético. Seguramente podría ser un buen jugador de baloncesto si soltara la guitarra de vez en cuando y si no fuera tan alérgico a apartarse de la cara su largo y rizado pelo negro. Una tarrina de teriyaki y otra de barbacoa se estrellan en la cabeza del caballo, revientan y salpican a Blake. Sus gritos de alegría se convierten en gritos de indignación.

—¡Ayyyyy, no, gilipollas! ¡Qué asco!

Mars y Eli chocan los cinco y luego me los chocan a mí con torpeza. Odio chocar los cinco. Se tiran al suelo y se revuelcan histéricos.

Blake se acerca con los brazos abiertos, chorreando salsa. Mars y Eli salen por piernas. Blake corre detrás de ellos intentando lanzarles salsa. Es demasiado lento, aunque Mars y Eli se ríen tanto que apenas pueden respirar. Al final se rinde y va al cuarto de baño. Vuelve frotándose la camiseta con una toalla de papel mojada.

—Muy graciosos. El puto Equipo Salsa.

—Deberíamos llamarnos así. Equipo Salsa —dice Eli.

—Equipo Salsa —digo muy serio, y extiendo la mano con la palma hacia abajo.

—Equipo Salsa —dice Mars con su espantoso acento, y pone la mano encima de la mía.

—Equiiipo Saaalsa —dice Eli con voz de locutor retransmitiendo un combate de boxeo, y pone la mano encima de la de Mars.

—Equipo...

Blake va a poner la mano encima de la de Eli, pero de repente le da un tortazo de broma y luego va a por Mars. Los dos se ríen e intentan esquivar a Blake sin apartar las manos.

—Equipo Salsa —dice Blake, y pone la mano encima de la de Eli.

—¡Equiiipo Salsa! —gritamos al unísono.

—Espero que alguno de vosotros lo haya grabado, cacho capullos. Quiero subirlo a mi canal de YouTube —dice Blake.

Observo cómo meten bajo tierra al tercer miembro del Equipo Salsa.

Ahora el Equipo Salsa soy solo yo.

4

Jesmyn me deja en mi coche a última hora de la tarde. El sol se filtra entre las hojas de los árboles, que brillan. Siento pinchazos en la cabeza. Me doy cuenta de que no es solo por la tensión que estoy soportando, sino también porque apenas he comido en todo el día.

Nos quedamos un momento sentados, con el calor apretándonos como un tornillo. Tras un día de ceremonias, no voy a salir de la camioneta sin más.

Apoyo el brazo en la ventanilla.

—Gracias. Por sentarte a mi lado en el funeral y llevarme al cementerio. Y por estar conmigo en el cementerio. Y por traerme aquí después. —Hago una pausa—. Perdona si olvido algo.

—Tranquilo.

La voz de Jesmyn parece cansada.

Voy a abrir la puerta pero me paro.

—No te he preguntado cómo estás.

Suspira y apoya la cabeza en las manos, que sujetan el volante.

—Hecha una mierda. Como tú.

—Sí.

Se seca las lágrimas. Se sorbe los mocos unos segundos. Luego la culpa vuelve a expandirse lentamente, coge el testigo del dolor y del agotamiento. Parece uno de esos momentos en que vas caminando por el campo y metes los pies en un arroyo helado. El agua fría tarda un segundo en filtrarse y empaparte los calcetines. Quizá incluso ya has conseguido sacar los pies del agua. Pero ese frío se extiende por tus pies, y sabes que vas a pasarlo mal el resto del día.

Como Jesmyn es amable conmigo, me he permitido dar por sentado que no me culpa. ¿Y si su amabilidad no tiene nada que ver con eso, si lo que intenta es convencerse a sí misma de que no debe odiarme? No me cuesta imaginar a una persona siendo amable con otra para evitar odiarlo.

Estoy agotado. No tengo energía para enfrentarme a la verdad. No me queda sitio en donde meterla.

—En fin, gracias de nuevo.

Abro la puerta.

Jesmyn saca el móvil.

—Oye, no tengo tu número. Las clases empiezan dentro de unas semanas y necesito a todos los amigos que vayan a esa escuela.

Aunque lo diga así, me suena como una revelación.

—Sí, claro. Supongo que yo tampoco tendré muchos amigos.

Nos intercambiamos los números. Quizá era la ceremonia que necesitaba. Un pequeño rayo de esperanza.

De repente pienso en lo solo que voy a estar este curso. El Equipo Salsa estaba muy unido. Estábamos en nuestro mundo. A nadie se le ocurre llamarme un sábado por la noche. Pero mi mayor problema es Adair. Siempre ha tenido una enorme influencia en la NAA, mucha más que Eli. Muchísima más que yo. Si no deja de odiarme, mucha gente seguirá sus pasos solo para ...