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ÁGUILAS EN GUERRA (ÁGUILAS DE ROMA 1)

Ben Kane  

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Fragmento

Contenido

Prólogo

PRIMERA PARTE

  1

  2

  3

  4

  5

  6

  7

  8

  9

10

11

12

13

14

SEGUNDA PARTE

15

16

17

18

19

20

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Nota del autor

Glosario

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Este libro es para mis lectores, para todos y cada uno de vosotros. Estáis en todos los rincones del mundo, en todos los continentes salvo en la Antártida.* Vuestra lealtad me permite ser escritor a tiempo completo y dedicarme a un trabajo que me apasiona.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Por ello, os doy mis más sinceras gracias.

* Si habéis trabajado en la Antártida y leído mis libros mientras estabais ahí, ¡decídmelo, por favor!

Quintili Vare, legiones redde!

(¡Quintilio Varo, devuélveme mis legiones!)

Versión de Suetonio de la reacción
del emperador Augusto al recibir la noticia
de la suerte que corrió Varo.

Prólogo

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Germania, año 12 a.C.

El niño dormía plácidamente, pero despertó al notar una mano que le sacudía el hombro con insistencia. Abrió los ojos pegados por el sueño y vislumbró, perfilados por la tenue luz de la lámpara, los aterradores rasgos de su padre: barba poblada, ojos de mirada penetrante y cabello trenzado. El niño se asustó.

—No temas, pequeño osezno. No soy un fantasma.

—¿Qué sucede, padre? —murmuró el niño.

—Quiero mostrarte algo.

Detrás de la imponente figura de su progenitor, el niño distinguió a su madre. A pesar de la oscuridad y el sueño, adivinó su descontento.

—¿Nos acompañará madre? —preguntó volviéndose hacia su padre.

—No, esto es cosa de hombres.

—Yo solo tengo siete años.

—No importa. Quiero que lo veas. Levántate y vístete.

Los deseos de su padre eran órdenes para él, por lo que se desprendió de la cálida piel de oso que le cubría el cuerpo e introdujo los pies, calcetines incluidos, en las botas situadas junto a la cama. Rebuscó la capa, que hacía las veces de segunda manta, y se la puso sobre los hombros.

—Ya estoy listo.

—Vamos.

La madre los interceptó.

—Segimer, no está bien que el niño presencie algo así.

—Tiene que verlo —replicó el padre.

—Es demasiado pequeño.

—¡No me cuestiones, mujer! Los dioses nos observan.

Apretando los labios, la madre obedeció y se apartó de su camino. El niño fingió no oír ni ver nada y siguió a su padre.

Pasaron junto a los esclavos que dormían y junto al fuego crepitante, las cazuelas y los arcones de madera. Las dos puertas de la casa se hallaban situadas una frente a otra, en el centro del edificio. El aire caliente transportaba desde el otro extremo el olor intenso y el sonido de las vacas, los cerdos y las ovejas.

Su padre abrió la puerta y salió; acto seguido, depositó la lámpara en el suelo y se volvió hacia él.

—Ven.

El niño se aproximó al umbral. Las estrellas brillaban en el firmamento, pero le intimidaba la oscuridad de la noche. No le hacía gracia salir, pero su padre le estaba haciendo señas para que le siguiera. Por fin se decidió e inspiró con fuerza el húmedo aire nocturno, que le enfrió la nariz y le recordó que el invierno pronto reemplazaría al otoño.

—¿Adónde vamos?

—Al bosque.

El niño tensó el cuerpo. Por mucho que le gustara jugar a cazar con sus amigos y a descubrir huellas de ciervos entre los árboles, nunca había ido al bosque de noche, momento en que devenía un lugar poblado de espíritus, animales salvajes y a saber qué cosas más. ¿Acaso no le habían despertado a veces los lobos aullando a la luna? ¿Qué sucedería si se encontraban con alguien?

—¡Apresúrate! —instó su padre, que ya había avanzado varios pasos por el camino de la aldea.

El miedo a quedarse solo se impuso sobre su temor a lo desconocido más allá de las casas y el niño salió disparado en pos de su padre. Hubiera deseado preguntarle si podían andar juntos de la mano, pero sabía de sobras cuál sería la respuesta; así que caminar a su lado era mejor que nada. Además, la presencia de la larga espada de Segimer —símbolo de riqueza entre su gente—, que le golpeaba la cadera al caminar, le tranquilizaba. Recordó que su padre era un temible guerrero, uno de los mejores de la tribu de los queruscos, si no el mejor.

—¿Qué vamos a hacer en el bosque? —preguntó, sintiéndose más valiente de repente.

—Vamos a presenciar una ofrenda a los dioses que no tiene comparación con lo que has visto otras veces.

El niño notó un nudo de miedo y emoción en el estómago. Le hubiera gustado preguntar más, pero el tono severo de su padre y la manera en que avanzaba a grandes zancadas por delante de él le llevaron a morderse la lengua. Lo más importante era no perder el ritmo. Siguieron caminando entre las casas, chapoteando en el terreno embarrado. Un perro ladró cuando pasaron ante una vivienda, y enseguida se oyeron otros. No obstante, pese a los ladridos, la aldea continuó en silencio. «Todos duermen», pensó el niño. Sonrió, emocionado. Una cosa era que le permitieran trasnochar con sus amigos para presenciar un banquete de boda, por ejemplo, y otra muy distinta —y mucho mejor— era rondar por el bosque en plena noche con su padre, al que idolatraba. Segimer no era desagradable ni cruel como los padres de algunos de sus amigos, pero apenas tenía tiempo para él. Era un hombre reservado y distante que siempre andaba ocupado con los otros nobles, ya fuera cazando o luchando contra los romanos en lugares lejanos. Por eso, se dijo, debía disfrutar al máximo de ese momento.

El sendero que seguían se internaba en el bosque que se extendía al sur del poblado. Según su padre, las tierras de los queruscos abundaban en bosques, pero habían talado los árboles alrededor de las grandes aldeas para fines agrícolas. Al oeste discurría el río, fuente de agua y de peces de muchas clases. Al este y al oeste, se extendía un manto de pequeñas parcelas donde se cultivaban cereales y hortalizas, así como pasto para el ganado. El bosque del sur les suministraba leña para el fuego, así como ciervos y jabalíes para alimentarse y arboledas sagradas donde los sacerdotes consultaban a los dioses.

El muchacho dedujo que la ofrenda tendría lugar en uno de esos lugares sagrados y los nervios se apoderaron otra vez de él. Agradeció que la oscuridad impidiera a su padre verlo temblar. Jamás se había atrevido a pisar uno de esos sitios. De hecho, una vez había llegado a la entrada de un bosquecillo sagrado con sus amigos, pero su bravura se esfumó en cuanto vieron los cráneos de vacas con cuernos clavados en los árboles y decidieron dar media vuelta. Sin embargo, estaba seguro de que esa noche cruzaría el linde con su padre. Cuando llegaron al bosque, un hilo de sudor le recorrió la espalda. «Tengo que ser valiente —se dijo—. No puedo mostrar temor ahora, ni después.» Si mostraba su miedo, avergonzaría a su familia y a su padre.

Pese a su determinación, no pudo evitar dar un respingo cuando una figura encapada y armada con una lanza apareció de repente por detrás de un árbol.

—Segimer —saludó el hombre, levantando la mano.

—Tudrus.

El niño se relajó. Tudrus era uno de los guerreros de confianza de su padre al que conocía desde muy pequeño.

—Veo que has despertado al pequeño osezno.

—Sí —respondió Segimer rozando el hombro de su hijo, que recibió agradecido la caricia.

—¿Estás listo, muchacho? —preguntó Tudrus.

El niño asintió sin saber lo que les aguardaba.

—Bien.

Segimer echó un vistazo al sendero del oeste que confluía con el camino del poblado por el que habían venido.

—¿Falta alguien?

—Ya han llegado todos. Han venido los guerreros de las tribus de los brúcteros, catos, angrivarios y téncteros. Incluso los marsos han enviado a sus nobles.

—Donar estará complacido de que hayan decidido venir tantos —sentenció Segimer, alzando la vista al cielo—. Será mejor que nos apresuremos, la luna pronto alcanzará su cénit y, según los sacerdotes, deben morir entonces.

Tudrus asintió.

«Deben morir», el niño trató de no pensar en el significado de esas palabras y se centró en mantener el paso de su padre para no perderlo.

¡BUUUUUUU!

Asustado, el niño dio un salto. No tardó un instante en recomponerse, pero Tudrus lo había visto y esbozó una sonrisa, mientras que su padre frunció el ceño y le ordenó con la mirada que permaneciera inmóvil.

¡BUUUUUUU! ¡BUUUUUUU!

Esta vez no movió ni un músculo. Aunque estaba seguro de que el peculiar sonido debía de proceder de un cuerno que hacía sonar uno de los sacerdotes, parecía que anunciara la llegada de un demonio o un dios. Contó hasta diez y luego hasta veinte, pero no apareció nadie. Miró en derredor; en la oscuridad de la noche, el bosquecillo tenía un aspecto más terrorífico de lo que había imaginado. El sendero que habían tomado desde la aldea ya le había parecido horrible, con sus recodos y suelo pantanoso, al igual que la entrada al bosquecillo sagrado, señalizado por un rudimentario arco de madera decorado con cráneos de reses, pero lo más aterrador de todo era el círculo donde se hallaba con su padre, Tudrus y un nutrido grupo de guerreros. Estaba circundado por robles y tenía un diámetro de unos cincuenta pasos.

El centro estaba dominado por dos altares, dos enormes losas de piedra que parecían talladas por gigantes. Sobre una de ellas habían construido una pira, mientras que la otra estaba teñida por unas siniestras manchas de color marrón rojizo. Enfrente, una enorme hoguera que era la única fuente de luz. Junto a ella, había dos mesas: una contenía un impresionante despliegue de instrumentos afilados y dentados, cuchillas, pinzas y martillos, mientras que la segunda tenía atadas unas cuerdas en las cuatro patas que dejaban poco lugar a dudas acerca de su propósito.

El niño había supuesto que vería animales atados a la mesa, como en las ceremonias religiosas de la aldea, donde se sacrificaban vacas y ovejas como ofrenda a los dioses. En una ocasión vio —y oyó— sacrificar a un jabalí, cuyos chillidos todavía resonaban en su mente.

¡BUUUUUUU! ¡BUUUUUUU! ¡BUUUUUUU!

El sonido provenía de detrás de los altares.

—Ya vienen —susurró su padre.

Presa de la curiosidad, el niño se puso de puntillas y alargó el cuello para ver mejor.

La procesión apareció por detrás de los árboles. En cabeza, unos sacerdotes con túnicas hacían sonar unos largos cuernos de vaca; a continuación, dos magníficas yeguas guiadas por acólitos arrastraban un carro sobre el que iba un anciano sacerdote encorvado. Tenía la cabeza inclinada, por lo que el niño supo que seguía con atención los sonidos emitidos por los caballos sagrados, ya que los dioses podían transmitir importantes mensajes a través de sus relinchos. Detrás del carro caminaban cuatro sacerdotes con más cuernos, pero lo que le llamó la atención fue el grupo de tristes figuras que les pisaban los talones.

Eran ocho hombres en total, atados entre sí por el cuello y las muñecas. Los siete primeros vestían una túnica blanquecina por encima de la rodilla fruncida con un cinturón, mientras que el último iba ataviado con una túnica roja y era el único en lucir casco, que estaba coronado por un impresionante penacho de plumas rojas y blancas.

—Romanos —murmuró sobrecogido el niño.

Una vez había visto los cadáveres de una patrulla enemiga que había caído en una emboscada tendida por su padre y otros guerreros de la tribu, pero estos hombres eran los primeros romanos que veía vivos, aunque no ilesos; incluso desde lejos y en la oscuridad los moratones y señales en la piel resultaban visibles. Cerraba la procesión una docena de fornidos acólitos armados con lanzas largas.

El niño los observó con creciente intranquilidad. Sea cual fuere el destino previsto para ellos, no sería un final agradable.

—¿Ves a esos cabrones? —preguntó su padre, agarrándole del hombro con fuerza para susurrarle al oído. El niño asintió—. Los romanos representan todo aquello que nosotros no somos. Aunque su imperio se extiende más allá de lo que un hombre podría caminar en todo un año, no les basta con ello. Siempre van en busca de nuevas tierras que conquistar. Hace décadas que su líder, Augusto —dijo escupiendo el nombre—, desea convertirse en nuestro emperador, en el emperador de nuestro pueblo y de los catos, los marsos y los angrivarios. Quiere someternos y aplastarnos con el talón de sus soldados. ¡No debemos permitirlo jamás!

—Jamás, padre —repitió al tiempo que recordaba lo sucedido en la última visita de los romanos, cuando prendieron fuego a una aldea y dejaron muchos muertos a su paso, entre ellos una tía y dos primos suyos—. Se lo impediremos.

—Sí, detendremos a Augusto y a sus malditas legiones. Así lo juraré ante Donar junto al resto de los guerreros congregados hoy aquí. Y tú también lo jurarás —dijo, dedicándole una extraña sonrisa.

—¿Yo, padre? —preguntó sorprendido.

—Sí, pequeño osezno, por eso estás aquí.

A continuación, posó un dedo sobre sus labios y señaló hacia la procesión.

Los cuernos habían dejado de sonar y los sacerdotes se habían detenido junto a los altares. Todas las miradas se centraron en los movimientos del anciano, que bajó del carro y se aproximó despacio a la hoguera. Los caballos fueron retirados y los prisioneros, empujados por los acólitos hasta las mesas.

—Te damos las gracias, Gran Donar, por cuidar de nosotros. —La voz del sacerdote resonó con fuerza pese a su aparente fragilidad—. Tus truenos nos protegen y tus nubes tormentosas nos traen la lluvia sin la cual se secarían y perderían las cosechas. Cuando luchamos contra nuestros enemigos, tu fuerza nos acompaña. Por todo ello nos sentimos agradecidos.

Muchos guerreros mostraron su asentimiento con un murmullo, frotaron los amuletos en forma de martillo o susurraron plegarias mientras hablaba.

—En los últimos años, hemos precisado tu ayuda cada verano porque esta escoria —espetó, señalando a los prisioneros con una larga uña— acude a millares a destruir nuestras tierras. Nadie está a salvo de los depredadores romanos y de su sed de sangre; asesinan y esclavizan a hombres, mujeres, niños, ancianos y enfermos. Arrasan nuestras aldeas y nos roban las cosechas y el ganado.

Los guerreros asintieron enfadados. Su padre tenía los nudillos blancos sobre la empuñadura de la espada. El niño sintió que la rabia también se apoderaba de él. Su tía y sus hijos —sus primos— habían sido sus parientes preferidos. Había que castigar a los romanos.

—Estamos hoy aquí reunidos, Gran Donar —entonó el sacerdote—, para solicitar tu ayuda en la lucha contra los invasores, para asegurarnos de que huyen, derrotados, al otro extremo del río que ellos denominan Rhenus y de que jamás regresen a las tierras sobre las que gobiernas, nuestras tierras.

—¡DONAR! —gritó Segimer.

—¡DO-NAR! ¡DO-NAR! ¡DO-NAR! —repitieron los guerreros.

El niño se unió a ellos, pero su tenue voz se perdió en el coro ensordecedor.

—¡DO-NAR! ¡DO-NAR! ¡DO-NAR!

—Prestad vuestro juramento ahora —ordenó el sacerdote cuando se acallaron las voces.

El niño no cabía en sí de orgullo cuando Segimer fue el primero en dar un paso adelante.

—Yo, Segimer de los queruscos, juro ante Donar que no descansaré hasta que los romanos se hayan retirado de nuestras tierras para siempre. Que los dioses pongan fin a mi vida si me desvío de este camino.

El sacerdote observó en silencio mientras los guerreros, uno a uno, juraban no descansar hasta vencer a sus enemigos y empujarlos al otro lado del río. El niño fue el último en hablar. Nervioso ante tantos hombres, le tembló un poco la voz, pero para su gran alivio nadie se rio ni se enfadó. El sacerdote inclinó la cabeza en señal de aprobación y su padre le dio un apretón en el hombro cuando regresó a su lado.

El sacerdote hizo un gesto y cuatro acólitos agarraron al prisionero más cercano, un romano de baja estatura y cara redonda, al que empujaron hacia delante entre patadas de resistencia. Sin contemplaciones, lo tumbaron sobre la mesa vacía y lo ataron de pies y manos.

Se hizo un silencio reverente que permitió oír con claridad los gemidos del romano.

El niño todavía no se creía lo que estaba a punto de suceder, pero al contemplar los rostros a su alrededor, que se habían tornado duros y crueles, fue incapaz de negar la realidad. Posó la vista de nuevo sobre la mesa donde yacía la víctima.

El anciano eligió una cuchilla curvada de hierro y la alzó.

—Sin ojos, los romanos estarán ciegos y no verán las emboscadas ni los campamentos secretos de nuestros guerreros.

Los congregados mostraron su asentimiento con una exclamación. «No se le ocurrirá...», pensó el niño con un escalofrío.

Dos acólitos inmovilizaron la cabeza del romano mientras el sacerdote se aproximaba. Los gemidos se intensificaron.

Una voz profunda comenzó a gritar en una lengua que el niño no comprendía. Era el romano del casco, que avanzó unos pasos dentro de los límites de sus ataduras. Sus palabras iban dirigidas al sacerdote, a los guerreros y a los acólitos.

—¿Qué está diciendo, padre? —preguntó el niño en un susurro—. ¿Tudrus?

—Dice que son soldados —murmuró Segimer—. Hombres honorables que no merecen ser tratados como animales. Pide que se les permita morir con honor.

—¿Y tiene razón, padre?

Los ojos de Segimer asemejaban dos bloques de hielo.

—¿Acaso mataron a tus primos con honor? ¿O a tu tía? ¿O a todos los aldeanos que murieron ese día?

El niño no sabía cómo habían muerto sus familiares ni tampoco entendía todo lo que los jóvenes de su pueblo decían sobre las atrocidades de los romanos, pero estaba seguro de que era una crueldad clavarle una espada en el vientre a una embarazada.

—No, padre —respondió el niño con el corazón endurecido.

—Por eso morirán como animales.

«Se lo merecen», pensó el niño.

Los gritos cesaron cuando varios acólitos tumbaron al romano a golpes y lo amordazaron. A continuación, el sacerdote se inclinó sobre el hombre de la mesa. Un chillido sobrecogedor recorrió la arboleda. El grito era más alto de lo que el niño jamás hubiera creído posible. El sacerdote colocó algo pequeño, rojo y húmedo junto al hombre y los aullidos bajaron un poco, pero regresaron al nivel anterior cuando la cuchilla comenzó a escarbar la cuenca del segundo ojo.

El sacerdote se volvió hacia los guerreros con los dos pequeños globos oculares en la mano ensangrentada.

—¡Ciegos, los romanos no pueden vernos! ¡Acepta esta ofrenda, Gran Donar!

—¡DO-NAR! ¡DO-NAR! ¡DO-NAR! —clamó el niño hasta fallarle la voz.

Saltaron chispas cuando los ojos cayeron en el fuego.

—¡DO-NAR! —rugieron los guerreros.

El sacerdote dejó la cuchilla y eligió un largo puñal. La sangre oscura le salpicó las manos cuando empezó a hurgar en la boca de la víctima. El romano borbotó un grito mientras se retorcía en la mesa.

—¡Sin lengua, los romanos no pueden contar mentiras!

El sacerdote lanzó el pedazo de carne a la hoguera.

El niño cerró los ojos. «Debe morir —pensó—. Quizá fuera él quien mató a mis primos.» Su padre le dio un codazo que le obligó a abrir los ojos de nuevo.

—¡DO-NAR!

El anciano clavó el puñal en el pecho del romano y lo retorció varias veces con movimientos expertos. El golpeteo rítmico de los talones del romano sobre la mesa se aceleró de repente y luego se ralentizó. Cuando el sacerdote descartó el puñal a favor de una sierra, ya se había detenido del todo. El anciano no tardó en romper la caja torácica y arrancar el corazón del entramado de venas que lo envolvía. A continuación, mostró a todos el pequeño órgano sanguinolento a modo de trofeo.

—¡Sin corazón, los romanos no tienen valor! ¡No tienen fuerza!

—¡DO-NAR! ¡DO-NAR! ¡DO-NAR!

El niño agradeció los gritos. A pesar de odiar a los romanos, el espectáculo le revolvía el estómago. Contempló con ojos entrecerrados cómo el cuerpo era transportado a la pira para ser quemado y cómo los tres romanos siguientes eran despachados de igual manera.

Al final, Segimer se dio cuenta.

—¡Obsérvalo todo! —ordenó.

El niño obedeció reticente. De pronto notó el aliento caliente de su padre al oído.

—¿Sabes cómo murió uno de tus primos? —preguntó. El niño quería responder, pero la lengua le pesaba en la boca—. Había intentado defender a su madre, a tu tía, pero no era más que un crío, así que los romanos lo desarmaron con facilidad antes de tumbarlo en el suelo y meterle una lanza por el culo. Le atravesaron el cuerpo con la lanza, pero el hijo de perra que se la metió no la insertó hasta el fondo, así que no murió y vio cómo asesinaban a su hermano y violaban a su madre delante de sus narices.

Lágrimas calientes —de rabia, de miedo— recorrieron las mejillas del niño, pero su padre no había acabado todavía.

—Tu pobre primo seguía vivo cuando llegamos esa noche a la aldea. Fue su padre, tu tío, quien tuvo que poner fin a su vida. —Segimer tomó la barbilla de su hijo y le obligó a mirarle—. Así son los romanos. ¿Lo entiendes?

—Sí, padre.

—¿Querrías que le sucediera algo así a tu madre o a tu hermano pequeño?

—¡No!

—Entonces, debes aceptar que esta ofrenda a Donar es algo positivo, algo necesario. Con la bendición del dios del trueno, seguro que derrotamos a los romanos.

—Sí, padre, lo entiendo.

Segimer escudriñó su rostro y el niño le sostuvo la mirada hasta que por fin asintió satisfecho. A continuación, no se perdió ni un detalle del resto de la escabrosa ceremonia. La mesa de los sacrificios estaba recubierta de sangre coagulada y la arboleda era una cacofonía de gritos entremezclados con el hedor de los cuerpos ardiendo. Cada vez que su estómago se rebelaba ante la visión, pensaba en su primo, empalado con una lanza mientras veía cómo torturaban y abusaban de su madre y su hermano. Esas imágenes se impusieron sobre todas las demás y le llevaron a rugir de rabia, deseoso de agarrar el puñal del sacerdote y clavárselo a un romano.

«Jamás olvidaré esta noche —se prometió a sí mismo—. Pongo a Donar por testigo que un día daré a los romanos una lección que nunca olvidarán. Yo, Ermin de los queruscos, lo juro.»

PRIMERA PARTE

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Primavera, 9 d.C.

LA FRONTERA GERMANA

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Montado sobre un hermoso alazán, Arminio observó a ocho jinetes de su turmae —la división de caballería— recorriendo de un lado a otro la amplia plaza de armas que se extendía frente al campamento fortificado de Ara Ubiorum. Hacía sol y el aire era fresco. Los últimos vestigios del invierno habían desaparecido y los fértiles campos de alrededor lucían un verde intenso. Las alondras revoloteaban en el cielo, pero sus delicados gorjeos quedaban ahogados por los cascos de los caballos que retumbaban sobre la tierra compacta y por las órdenes que gritaban los jóvenes oficiales de Arminio.

Su vestimenta, al igual que la de sus tropas, era una mezcla de elementos romanos y germanos: la cota de malla y el casco plateado de caballería contrastaban con la capa de lana, la túnica, los calzones largos estampados y los botines propios de su tribu. Al hombro llevaba un tahalí dorado con su spatha, la larga espada de la caballería. Arminio estaba en la flor de la vida: era corpulento y atractivo, gracias a sus ojos de color gris intenso, cabello negro y barba poblada del mismo color.

Sus quinientos guerreros queruscos formaban el ala —unidad de caballería—, adscrita a la legión XVII. Actuaban como unidad de reconocimiento y cubrían los flancos de las legiones en marcha, pero también libraban batallas. Por eso era importante que sus hombres entrenaran de forma regular, como hacían en esos momentos bajo su supervisión. Había visto esos ejercicios innumerables veces y conocía cada movimiento al dedillo. Sus jinetes estaban bien entrenados y cometían pocos errores, así que no tardó en distraerse y pensar en otras cosas. El día anterior, el jefe del clan de una aldea de la orilla opuesta del Rhenus se había quejado ante él por el nuevo tributo imperial. No era la primera vez que Arminio oía protestas similares. En el territorio de la Galia donde se hallaba destinado, los germanos eran los únicos que trabajaban como auxiliares de la legión, un trabajo por el que percibían una buena paga y con el que se sentían satisfechos. Sin embargo, para las tribus del otro lado del río, la situación era muy distinta.

El gobernador Varo y sus coetáneos no eran conscientes de su descontento, pensó Arminio. Para ellos, la romanización de Germania se estaba desarrollando según lo previsto, con numerosos campamentos militares —temporales y permanentes— esparcidos por un amplio territorio de más de 320 millas de largo y 150 de ancho. Al menos la mitad de las tribus de la región se había aliado con el imperio o habían firmado un tratado con él y, con la excepción de algunas escaramuzas, hacía varios años que reinaba la paz. Además, los trabajos de ingeniería que realizaban las legiones cada verano habían incrementado el número de vías pavimentadas. Uno de los asentamientos, Pons Laugona, iba camino de convertirse en la principal ciudad romana al este del Rhenus, pues ya disponía de su propio foro, edificios municipales y sistema de alcantarillado. Muchas comunidades estaban deseosas de seguir su ejemplo. Incluso algunas aldeas habían adoptado la costumbre de tener un mercado de forma habitual. La legislación imperial se había infiltrado en las sociedades tribales y magistrados de Ara Ubiorum y otros campamentos al oeste del Rhenus viajaban al otro lado del río para dirimir disputas sobre tierras u otras cuestiones legales.

Estos cambios sociales enfurecían a algunas tribus, pero muchas estaban contentas porque su nivel de vida había mejorado. Las legiones necesitaban ingentes cantidades de comida, bebida y ropa y las granjas próximas a los campamentos les vendían ganado, cereales, hortalizas, lana y cuero. Además, las mujeres comerciaban con ropa y, si lo deseaban, también con su cabello. Los prisioneros capturados en las luchas con otras tribus se vendían como esclavos y los animales salvajes se vendían por un precio considerable para su uso en los anfiteatros de los campamentos militares. Los hombres jóvenes tenían la posibilidad de alistarse al ejército y huir de la rutina de la vida en la granja, mientras que los más emprendedores abrían tabernas y mesones junto a los asentamientos militares o bien buscaban trabajo allí.

Pertenecer al imperio suponía muchas ventajas —reconoció Arminio para sus adentros—, pero el precio a pagar era elevado. En primer lugar, tenían un gobernador absoluto: el emperador Augusto. Venerado por muchos casi como un dios, todos le debían obediencia. Las tribus germánicas también tenían sus caudillos, pero no eran como un emperador, pensó Arminio. El caudillo era una figura estimada, incluso temida; quizá reverenciada, y amada, posiblemente. ¿Pero superior al resto? Jamás. Si a un caudillo se le ocurría pensar que era mejor que el resto de los hombres de la tribu, era destituido sin más. Los guerreros seguían a su jefe por respeto y, si su elevada opinión sobre él variaba por algún motivo, dejaban de seguirlo o bien apoyaban a otro jefe. Arminio, líder de los queruscos, era muy consciente de la importancia del apoyo de sus guerreros, sobre todo si se tenía en cuenta que pasaba la mayor parte del tiempo lejos de casa con las legiones.

El otro precio que debían pagar, en sentido literal, por formar parte del imperio eran los dichosos tributos. Ese verano, la captación se había extendido por primera vez más allá del Rhenus. Cuando los oficiales imperiales iban a recaudar el dinero o los productos que muchos aldeanos usaban como moneda de cambio, contaban con la presencia de las legiones para asegurar el pago. El jefe de la tribu del día anterior estaba furioso ante el nuevo tributo. Se había quejado ante Armenio porque era germano y, por lo tanto, de confianza. «¡Este tributo es un ultraje! Yo puedo pagarlo, pero muchos de mi pueblo no podrán. Además, ¿por qué motivo debemos pagar?», había protestado.

Arminio había respondido con tópicos tales como la protección que les ofrecía el imperio y las ventajas que brindaba a todos, pero no eran palabras que le salían del corazón y sospechaba que su interlocutor se había dado cuenta. El polémico tributo no solo era aplicable a las tribus que vivían en la zona fronteriza al este del Rhenus, sino a todos los que vivían bajo la influencia de Roma. Si bien las tribus más lejanas se habían acostumbrado a enviar a sus hijos a servir a la legión y habían aceptado varios aspectos de la sociedad romana, imponer un tributo era algo muy distinto. En ese momento notó la rabia de antaño alojada en el estómago, ese resentimiento hacia Roma que le hacía arder por dentro.

De pronto, el retumbar de unos cascos cercanos desvió su atención hacia sus hombres, que seguían practicando los mismos ejercicios una y otra vez. En ese momento habían adoptado la forma puntiaguda de lanza y se dirigían a una pila de equipos de entrenamiento. Esa formación tenía por objeto desmoronar las filas enemigas. La siguiente formación que adoptaron —la «V» invertida— tenía el mismo propósito, pero estaba dirigida a enemigos que no habían tenido tiempo de cerrar filas. El tercer movimiento era más sencillo: los jinetes formaban una hilera larga y cargaban al unísono muy juntos, casi tobillo contra tobillo.

En medio del ejercicio, el trompeta hizo sonar su instrumento con todas sus fuerzas.

Este era el ataque más habitual contra las fuerzas de infantería y funcionaba casi siempre. Los jinetes se lanzaron contra una cohorte que estaba en pleno entrenamiento hasta quedarse a tan solo un centenar de pasos. Arminio ignoraba si el fingido ataque había sido una simple osadía de sus hombres para impresionarle o si el oficial al mando había perdido el control. Por mucho que los legionarios fueran conscientes de que no era un ataque real, habían roto filas. Los gritos enfadados de los centuriones —dirigidos tanto a los jinetes como a los legionarios— obligaron a los soldados a formar de nuevo y reanudar la instrucción. Sea como fuere, el ejercicio había demostrado su eficacia y había conseguido irritar a los oficiales de infantería.

Ese movimiento casi siempre funcionaba, pensó Arminio satisfecho. La imagen era aterradora para el enemigo: muchos de sus hombres llevaban cascos plateados similares al suyo, aunque menos ornamentados, con una visera que emulaba las facciones de cada uno. Este «rostro» del jinete estaba recubierto de la misma capa fina de plata que el resto del casco. Si se bajaba la visera, el campo de visión quedaba muy reducido, así que solo los jinetes más expertos lo hacían. No obstante, el sacrificio valía la pena por el efecto que causaba la «máscara», ya que convertía a su portador en una criatura de aspecto sobrenatural que parecía salida del inframundo. Si una carga de caballería incluía varios jinetes «enmascarados» avanzando al tronar de las trompetas, aterrorizaba hasta al más valiente de los enemigos.

Arminio había aplicado todas y cada una de las tácticas que ensayaban sus hombres. Conocía a la perfección su efectividad y la más adecuada para cada situación. La caballería era una de las piezas de la impresionante maquinaria militar romana, cuyo núcleo lo componían las malditas filas de legionarios con armadura, como la que sus hombres acababan de intimidar, pensó mientras la miraba con sus ojos grises.

Todavía le resultaba extraño pensar en los romanos como en sus aliados. Arrastraba ese sentimiento desde su primer día en el ejército imperial, ocho años atrás. Las campañas y batallas en las que había participado al lado de Roma hacían que sintiera respeto por sus soldados y oficiales, cuya valentía, disciplina y habilidad para permanecer firmes ante el enemigo resultaban extraordinarias. En más de una ocasión, la intervención de una unidad romana le había salvado la vida a él y a sus hombres. Había acompañado a las legiones en sus largas marchas, se había cabreado con algunos oficiales y había ido de putas con otros. Su lealtad hacia el imperio había sido recompensada primero con la ciudadanía y, a continuación, con el título de ecuestre, un rango inferior dentro de la nobleza romana.

A pesar de todos estos honores, Arminio sentía poca afinidad hacia los romanos porque él seguía considerándose germano, y con mucho orgullo. Tampoco ayudaban los aires de superioridad de los romanos: por muy ecuestre que fuera, para ellos no era más que un salvaje que vestía pieles. Tanto él como sus hombres eran lo bastante buenos como para luchar, y morir, por Roma, pero no para ser reconocidos como iguales. Esta situación siempre le había resultado dura de aceptar mientras había estado destinado a otros puntos del imperio, pero se había acentuado en los últimos meses porque se hallaba próximo a su tierra. De hecho, las zonas tribales comenzaban a unas dos millas de allí, en la orilla este del Rhenus. Su pueblo, los queruscos, vivía lejos, pero Arminio tenía mucho más en común con la tribu contigua, los usípetas, que con los romanos, puesto que se regían por los mismos valores, hablaban una lengua similar y veneraban a los mismos dioses.

Arminio rememoró esa noche lejana en la arboleda sagrada y un sudor frío le recorrió la espalda. Cada vez que las legiones cruzaban el río para castigar a las tribus que se habían rebelado contra el imperio, no asesinaban a dacios, ilirios o tracios, sino a germanos como él, como sus soldados, como su tía y sus primos fallecidos largo tiempo atrás. Esas gentes tenían derecho a vivir sus vidas con libertad. ¿Por qué debían someterse a Augusto, que vivía a centenares de millas de distancia en Roma?, se preguntó Arminio. «¿Por qué debo ser yo su súbdito?»

Ya habían transcurrido veintiún años desde el día de la arboleda con su padre, pero todavía recordaba su juramento como el primer día: «Jamás olvidaré esta noche —se prometió a sí mismo—. Pongo a Donar por testigo que un día daré a los romanos una lección que nunca olvidarán. Yo, Arminio de los queruscos, lo juro.»

Alzó la vista al cielo azul salpicado de nubes de algodón. El sol calentaba, pero no demasiado. Las alondras trinaban en lo alto, señal de que la primavera tocaba a su fin. El verano no tardaría en llegar y, cuando lo hiciera, Publio Quintilio Varo, gobernador de Germania, lideraría su ejército hacia el este, al otro lado del Rhenus, y sus tropas recaudarían tributos hasta el río Visurgis. Solo los romanos eran capaces de inventar estos asquerosos tributos, pensó Arminio. La plata que hubieran ganado las tribus con su duro trabajo se destinaría a más estatuas del emperador y a construir carreteras sobre las que marcharían sus ejércitos. «Gran Donar —suplicó—, he esperado muchos años para cumplir mi promesa de vengarme de Roma por la muerte de los míos. Te pido que este año sea el de mi venganza. Este verano.»

—¡Saludos! —gritó un centurión que avanzaba a grandes zancadas en su dirección.

Lucía una armadura de escamas y un casco con plumas rojas: con toda probabilidad era el oficial al mando de la cohorte y no parecía nada contento.

—Centurión —saludó Arminio con una inclinación de cabeza no demasiado marcada, puesto que su rango de ecuestre era superior al del romano, hecho que, a juzgar por su actitud, no era precisamente de su agrado.

Arminio se imaginó que, a sus ojos, no era más que un bárbaro presuntuoso y supo enseguida que su don de gentes, que tan bien había funcionado para granjearse la simpatía de sus superiores y congéneres, no tendría efecto alguno sobre el centurión. En ese instante recordó los amargos momentos vividos la primera vez que su padre lo mandó con diez años a Roma como parte de su plan. También había sido parte del plan que se alistara en la legión. El propósito de Segimer era que su hijo se imbuyera de la vida romana y aprendiera todo sobre los romanos sin olvidar jamás sus raíces ni su verdadera lealtad.

Los jóvenes de alta cuna con los que convivió en su primera época en Roma lo habían tratado casi como un esclavo. Después de varias peleas sangrientas, en las que no siempre salió vencedor, al menos aprendieron a respetar sus puños y puntapiés y a mantener la boca cerrada en su presencia. A pesar del temor que les infundía, pocos le tendieron una mano amiga, por lo que había aprendido a ser autosuficiente y a desconfiar de casi todo el mundo.

Arminio observó que el centurión se fijaba en su barbilla y adivinó su pensamiento. «Te crees muy superior a mí, ¿verdad, cabrón?» El germano se acarició la barba con ostentación. Para los romanos, la barba era un símbolo de barbarie, mientras que para él era un símbolo de su cultura.

—¿En qué puedo ayudarte?

—Te agradecería que controlaras mejor a tus hombres.

—No tengo ni idea de lo que me estás hablando —mintió Arminio divertido.

—Tus tropas casi se abalanzan sobre mis soldados, lo cual ha provocado una gran... —El centurión buscó una palabra que no denotara miedo—... confusión.

—Tampoco se han acercado tanto.

—Lo suficiente para que cundiera el pánico... —El centurión volvió a sopesar sus palabras—... entre los nuevos reclutas.

Arminio enarcó las cejas.

—¿Pánico? ¿Desde cuándo los legionarios de la legión XVII sienten pánico?

—Es una reacción muy normal la primera vez que uno ve una carga de caballería —replicó con brusquedad el centurión.

—La próxima vez que abras la boca, haz el favor de decir señor —espetó Arminio, perdiendo la paciencia.

El centurión abrió los ojos como platos y tragó saliva antes de contestar.

—Señor —murmuró.

—Antes he hecho caso omiso de tu exceso de confianza porque no soy un hombre dado a las ceremonias. Sin embargo, cuando alguien me falta al respeto, le recuerdo que soy el comandante del ala de la legión XVII. No soy un simple ciudadano r ...