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HáBITOS NOCTURNOS

Alfonso Carvajal Rueda  

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Fragmento

En noviembre de 1999 vi su sotana ser una sombra más entre las sombras. Rondó los alrededores del monasterio como un fantasma de Dios, extraviado en el manto brumoso de la ciudad. Iba alterado, como si el gran ojo de la noche vigilara sus pasos. Nunca observé que alguien o algo lo siguiera; una tormenta oscura caminaba con él.

Una noche lo encontré de frente. Tenía el rostro fúnebre, la tez sudorosa y su mirada sórdida, me dejaron perplejo. Iba de prisa como empujando el mundo y era imposible arrebatarle esa extraña velocidad.

—Estoy perturbado ahora —dijo.

Me dejó con el saludo a medias y se alejó como un rayo noctámbulo. Esa aparición del padre Saldarriaga me llenó de preocupación, había algo raro detrás de su rostro compulsivo, de la inyección cristalina de sus ojos.

Desde mi apartamento se alcanzan a ver la fuente de piedra y unos árboles del jardín del monasterio. Una noche me asomé a la ventana y entre las ramas de un pino descubrí un movimiento anormal, un cuerpo indeterminado subía a la cúspide del árbol. Pensé en un vampiro que volaría en busca de la sangre del primer ciudadano que cruzara cerca de allí. El extraño personaje se posó en cuclillas en una rama gruesa. Me pareció que oraba, que iba a volar, y distinguí a Saldarriaga como un ángel alucinante saludando a Dios desde las alturas…

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Este relato empecé a escribirlo espontáneamente, luego lo terminé por un encargo editorial. Los hechos le indicarán al lector el desarrollo de la historia. Vivo en El Nogal, muy cerca del monasterio de la iglesia de la torre roja con agujas agoticadas que se yergue al frente de la muralla de árboles que rodean al Gimnasio Contemporáneo. Cuando era niño pensaba que en ese recinto de piedra, de techo colorado y silencio, se escondían algunos de los secretos de Dios, y a decir verdad, no me equivoqué.

Nunca falto un domingo a misa, excepto por enfermedad. Esa manía y darme la bendición cuando paso frente a una iglesia o un cementerio la heredé de una madre devota de la Virgen santísima. La niñez señala un destino y a lo largo de la vida la memoria nos responde sobre el origen de algunos comportamientos. Soy un creyente como tantos millones que habitan el mundo, de esos que inconscientemente vivimos atados a Dios como a la última tabla de salvación, que acudimos a él cuando ya todo está perdido o a punto de perderse y sólo un huracán interior nos sacude el rumbo de la vida.

El padre Saldarriaga arribó hace cinco años al barrio. Nunca lo vi confesar a nadie. Sólo oficiaba una homilía al mes, que yo esperaba ansioso como si fuera el estreno de una pieza dramática. Sus sermones poéticos invitaban a la desazón. Hay una imagen que como los petroglifos antiguos quedó grabada en mi memoria. Saldarriaga se arrodilló en silencio ante el crucificado, se bajó la sotana hasta la cintura y extendió los brazos hacia la cruz como un pájaro blanco y amenazante. Las luces del templo comenzaron a apagarse; detrás del altar salieron los sonidos eléctricos de Rick Wakeman interpretando Viaje al centro de la tierra, mientras los feligreses en vilo esperábamos. De un costado irrumpió un monaguillo, quien llevaba una fusta de caballo en las manos y con la certeza de un acto teatral le dio tres golpes en la espalda. Tres rayones rojos se dibujaron en la camisa blanca del sacerdote, antes de desaparecer silencioso en la oscuridad.

Su entrega a la palabra de Dios lo hacía delirar. Era un actor de una tragedia de Shakespeare, como un Hamlet lúcido, sudoroso y desquiciado. Otras veces estaba pacífico, casi indiferente. Vivía entre euforias y remansos de paz. Saldarriaga se salía del tono acartonado de otros curas, llegando a trastocar el orden del sacramento de la fe. Una mañana comenzó la misa por el final; primero repartió la hostia de la comunión y luego dijo el sermón. Él mismo explicó que la palabra de Dios necesita variantes, que la religión es un acto de inspiración, de fe, pero también una obra de arte en construcción. Algunas señoras mojigatas, de esas de rosario en mano y aires de incienso, se quejaron ante el despacho parroquial por su conducta. La cosa no tuvo trascendencia. La Iglesia siempre ha manejado ciertos asuntos con discreción y en la mayor oscuridad.

Conocerlo le dio un matiz diferente a mi sentimiento católico. El padre no era una ruta, era un propiciador de abismos. Lo habitaba una fuerza implacable que lo empujaba al caos y a la disolución.

En la Semana Santa de 1998 ocurrió algo que algunos vecinos del barrio nunca olvidaremos. El Viernes Santo Saldarriaga realizó una mise en scène, que relataba la condena de Cristo hasta su muerte en la cruz. El padre escribió el guion y actuó como Poncio Pilatos. Su papel fue irónico. Se lavó las manos con elegancia y les refregó en la cara a los judíos que Cristo era uno de ellos y que la última decisión no la tomaría él. Dijo que un hombre que decía que era el hijo directo de Dios no era un peligro, sino un demente. Les aconsejó que, en lugar de crucificarlo, debían quemarlo, porque el fuego todo lo desaparece y renueva.

La parte más crítica de la obra fue el sensual hermetismo del diálogo que sostuvieron María Magdalena y el Cristo crucificado.

—Quiero beber la sangre que brota de tus costados para recordarte y poder vivir sin ti. Quiero una prueba más de tu dolor y del amor que el Señor nos ha permitido… —dijo una Magdalena semidesnuda y provocativa.

Un Cristo apasionado y moribundo le respondió: “El hecho de morir así, de verte sufrir, sólo me alienta a partir tranquilo, más enamorado del Dios padre que así lo ha querido. Tus labios sanarán mis heridas, toma la sangre blanca de mi cuerpo erecto que en tu boca se hará vino”.

Algunos aplaudimos entusiasmados, otros como el obispo Federico Holguín, tío de Saldarriaga, abandonaron la iglesia furibundos y en silencio. La relación con su tío Federico era áspera. Un día casi se van a los puños en el púlpito. El viejo, rojo de la furia, jadeaba, y el otro, blanco de la conmoción lo retaba a salir de la iglesia. El punto agrio de la discordia fue un “ejercicio eclesiástico”, en el cual el sobrino no mencionó la palabra Dios durante la eucaristía, porque buscaba “despersonalizar la doctrina y darle al mensaje religioso un carácter natural; que una voz autónoma hablara en el interior de cada uno”. El padre era impredecible, de un estado casi angelical, del cual brotaban palabras ecuánimes, saltaba de repente al gesto arisco, a una anarquía rabiosa que lo llevaba a romper con todo.

En junio de 1999 bautizó a un sobrino mío. Bromeó con la enorme cabeza del niño, afirmó que no había suficiente agua bendita para un hombrecito tan inteligente; cuando le hablé de Dios, o según sus palabras del “futuro de la religión”, se exaltó. Igual que un profeta frenético habló sobre desmontar los principios dogmáticos de la Iglesia católica, de un proyecto literario en marcha que daría nuevas luces a la fe en Dios. Le dije que me gustaría saber más de él. Calló, como si se hubiera dado cuenta de su investidura y de las implicaciones de su discurso, y se sumió en un irritante silencio. Le pregunté por qué no confesaba a los creyentes, dudó unos instantes y me respondió que todos éramos pecadores y un pecador no podía juzgar a sus semejantes.

Las apariciones histriónicas del sacerdote rebelde disminuyeron hasta desaparecer del escenario. Saldarriaga debe tener alrededor de treinta y cinco años. Es alto, delgado, de facciones pronunciadas y finas, de pelo corto y ojos negros sinuosos.

“Diciembre ya no es diciembre”, decía la gente. El carácter ritual del mundo cristiano entró en el desgano; el pesebre, la gruta donde el niño Jesús vino al mundo, eran cada vez más un cuadro frío en los hogares. Hasta el clima había cambiado, se había corrompido. Los diciembres bogotanos de cielos sin nubes que despejaban la mente parecían cosa del pasado. Ahora, salía orgulloso el sol en la mañana, y en la tarde un aguacero gris acompañado de rugientes truenos y vientos helados sepultaban el resto del día. La capa de ozono había quebrado el cielo, decían los ecólogos. Otros anunciaban el fin del mundo.

Bogotá parecía un carnaval de locos, indigentes y algunos ingeniosos que buscaban el pan de cada día. En esos días me ocurrieron cosas raras en las calles. Un hombre que dijo ser Montano de Frigia me abordó con dos jóvenes mujeres, sus discípulas Maximila y Prisia.

Por su vestimenta pensé que eran gitanos. Inspeccionando más detenidamente sus pintas de museo, me pareció que salían de las páginas de los libros antiguos. Maximila tenía rasgos árabes, cejas gruesas y los ojos oscuros de diamante; debajo de su túnica morada sobresalían dos senos tersos y altivos. Prisia era blanca como la cara que vemos de una luna llena y dos trenzas negrísimas caían en su espalda. Mientras Maximila reía todo el tiempo, ella aprisionaba el silencio en su rostro ovalado y glacial. Montano era como el Moisés que apartó los mares de un solo golpe, interpretado por Chartlon Heston en el cine, de menor estatura y tostado por un sol de bronce. Al lado de sus discípulas semejaba un sátiro de esplendorosa embriaguez. De un momento a otro cambió de semblante, sus ojos miraron desaforados la luna y las dos mujeres se aferraron a sus brazos para no dejarlo volar, mientras balbuceaba que “Cristo pronto llegará por segunda vez. Está escrito y es la instancia definitiva. Lo dijo Daniel y san Juan lo repitió en el Apocalipsis. Siento los pasos del cordero degollado, que se volvió a poner la cabeza, siento a la Jerusalén celestial que bajará a la Tierra y se establecerá en la Sabana de Bogotá entre las poblaciones cundinamarquesas de Faca y La Vega”.

Se sentó en el suelo acribillado por una súbita tempestad. Lo acompañaron la sonrisa de Maximila, el silencio de Prisia, y unos billetes que le di calmaron su desconcierto.

En esos días los medios de comunicación divulgaron una noticia increíble: la adulteración de la Biblia. “Sacrilegio”, “Un golpe a la fe”, “La mano del diablo”. Las deformaciones en el texto sagrado las descubrieron dos sacerdotes jesuitas, que lo adquirieron en las calles a un bajo costo. Un rotativo informó que a los religiosos les sorprendió la carátula que ilustraba el libro: “Un iracundo Dios de ojos rojos, de ondulada melena negra, que parecía más una imagen demoníaca que una forma divina, nos obligó a comprarlo, y al leerlo hallamos horrorizados que algunas partes del libro habían sido falseadas”. Aunque la Policía no tenía pistas del caso, organismos de inteligencia dijeron que detrás de la profanación estaba una secta maligna que buscaba crear el caos a finales del mileni ...