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HOMBRE LENTO

J.M. Coetzee  

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Fragmento

Índice

Hombre lento

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Nota del autor

Biografía

Créditos

Acerca de Random House Mondadori

1

El impacto le alcanza por la derecha, brusco y sorprendente y doloroso, como una descarga eléctrica, y le hace salir disparado de la bicicleta. «¡Tranquilo!», se dice a sí mismo mientras vuela por los aires (¡vuela por los aires sin ninguna dificultad!) y, en efecto, nota que los miembros se le relajan obedientemente. «Como un gato –se dice a sí mismo–: rueda por el suelo y luego ponte de pie de un salto, listo para lo que pase a continuación.» La palabra «raudo», poco habitual, también asoma en el horizonte.

Sin embargo, no es así como van las cosas. Ya sea porque las piernas no le obedecen o porque está momentáneamente aturdido (no siente tanto como oye el impacto de su cráneo contra el asfalto, lejano, con un sonido como de madera, como un golpe propinado con un mazo), no solo no se pone en pie de un salto, sino que, al contrario, sigue resbalando metro tras metro, más y más, hasta que el deslizamiento lo acaba arrullando.

Se queda tendido en el suelo, en paz. Hace una mañana espléndida. La caricia del sol es agradable. Hay cosas peores que relajarse por completo y esperar a recuperar las energías. De hecho, puede que haya cosas peores que echarse un sueñecito. Cierra los ojos. El mundo se inclina bajo él y da vueltas. Pierde el conocimiento.

En una sola ocasión lo recobra brevemente. El cuerpo que había volado con tanta ligereza por los aires ahora se ha vuelto pesado, tanto que por mucho que lo intente no puede mover ni un dedo. Y hay alguien inclinado sobre él, quitándole el aire, un joven con el pelo crespo y granos en el nacimiento del cabello. «Mi bicicleta», le dice al chico, pronunciando la difícil palabra sílaba a sílaba. Quiere preguntarle qué le ha pasado a su bicicleta, si alguien se ha hecho cargo de ella, ya que todo el mundo sabe que las bicicletas pueden desaparecer en un abrir y cerrar de ojos. Pero antes de que esas palabras salgan de sus labios vuelve a perder el sentido.

2

Lo están meciendo de un lado a otro, lo están transportando. Le llegan voces lejanas, un alboroto que se eleva y desciende siguiendo un ritmo propio. ¿Qué está pasando? Si abriera los ojos lo sabría. Pero todavía no puede. Algo le está viniendo a la mente, clac, clac, clac, se está escribiendo un mensaje en una pantalla de color rosáceo que tiembla como el agua cada vez que parpadea, y que por tanto es bastante probable que sea su párpado interno. E-R-T-Y, dicen las letras, luego F-R-I-V-O-L, luego un temblor, luego una O y después Q-W-E-R-T-Y, una y otra vez.

«Frívolo.» Algo parecido al pánico se adueña de él. Se estremece. En la caverna interior se forma un quejido y le sale de la garganta con brusquedad.

–¿Duele mucho? –dice una voz–. No se mueva.

El pinchazo de una aguja. Un instante más tarde el dolor desaparece, seguido del pánico y por fin de la conciencia misma.

Se despierta dentro de un capullo de aire muerto. Intenta incorporarse pero no puede. Es como si estuviera encajado en cemento. A su alrededor una blancura sin nada que la mitigue: un techo blanco, unas sábanas blancas y luz blanca. También una blancura granulosa como pasta dentífrica vieja que parece estar recubriéndole la mente, hasta el punto de que no puede pensar con claridad y se desespera considerablemente. «¿Qué es esto?», articula con los labios, o tal vez incluso lo grita, queriendo decir: «¿Qué me están haciendo?», o «¿Qué lugar es este en el que me encuentro?», o incluso «¿Qué destino me ha tocado en suerte?».

Una mujer vestida de blanco aparece de la nada, se detiene y se lo queda mirando con atención. Él intenta formular una pregunta a partir de la confusión que tiene en la cabeza. ¡Demasiado tarde! Con una sonrisa y un golpecito tranquilizador en el brazo que extrañamente él parece oír pero no sentir, ella sigue su camino.

«¿Es grave?»: si solamente hay tiempo para una pregunta, entonces la pregunta debería ser esa, aunque él prefiere no pensar en lo que puede significar la palabra «grave». Pero todavía más urgente que la cuestión de la gravedad, más urgente que la cuestión latente de qué ha pasado exactamente en Magill Road que lo ha mandado volando a este lugar muerto, es la necesidad de encontrar el camino a casa, de cerrar la puerta detrás de sí, de sentarse en su entorno familiar y recuperarse.

Intenta tocarse la pierna derecha, la pierna que sigue enviando señales poco claras de que ahora es la pierna mala, pero su mano no se quiere mover. Nada se quiere mover.

«Mi ropa»: tal vez esa debería ser la pregunta inocua que sirviera de preparación. «¿Dónde está mi ropa? ¿Dónde está mi ropa y cuál es la gravedad de mi situación?»

La joven vuelve a entrar flotando en su campo visual.

–Ropa –dice él haciendo un esfuerzo inmenso, levantando las cejas todo lo que puede para transmitir un mensaje de urgencia.

–No se preocupe –dice la joven, y le da la bendición de otra de sus sonrisas, esas sonrisas ciertamente angelicales–. Todo está a salvo. Nos estamos ocupando de todo. El médico e

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