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IKIGAI ESENCIAL

Ken Mogi  

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Fragmento

Cuando el presidente Barack Obama realizó su visita oficial a Japón durante la primavera de 2014, los funcionarios del Gobierno japonés eligieron el lugar para la recepción que le ofrecería el primer ministro. El evento privado, previo a la visita de Estado que empezaría oficialmente al día siguiente, incluía una cena en el Palacio Imperial presidida por el emperador y la emperatriz.

Imaginemos lo delicada que fue la elección del restaurante. Cuando finalmente se anunció que sería el Sukiyabashi Jiro, posiblemente uno de los restaurantes de sushi más famosos y respetados del mundo, la decisión contó con la aprobación general. De hecho, se notó lo mucho que el presidente Obama disfrutó de la experiencia de cenar allí por lo sonriente que salió. Según consta, Obama dijo que era el mejor sushi que había probado. Fue un gran elogio, viniendo de alguien criado en Hawái y sometido a una fuerte influencia japonesa, sushi incluido, y para quien aquella no era desde luego la primera experiencia de alta cocina.

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El orgulloso responsable del Sukiyabashi Jiro es Jiro Ono, a sus noventa y un años uno de los chefs con tres estrellas Michelin de más edad. El Sukiyabashi Jiro ya era famoso entre los entendidos japoneses antes de que saliera la primera Guía Michelin de Tokio, en 2012, pero su publicación puso el restaurante definitivamente en el mapamundi gourmet.

Aunque el sushi de Ono está envuelto en un aura casi mística, su cocina se basa en técnicas prácticas e ingeniosas. Por ejemplo, ha desarrollado un método especial para servir huevas de salmón (ikura) frescas todo el año. Esto desafía la sabia tradición profesional respetada en los mejores restaurantes de sushi: solo servir ikura en otoño, la mejor estación, cuando el salmón remonta los ríos para desovar.

También ha creado un particular método para ahumar ciertos pescados quemando tallos secos de arroz a fin de darles un sabor especial.

Hay que calcular con precisión el momento de servir los platos de sushi a los clientes exigentes, así como la temperatura del pescado, para que su sabor sea óptimo. (Se entiende que el cliente se lo llevará a la boca sin dilación.) De hecho, cenar en el Sukiyabashi Jiro es como disfrutar de un exquisito ballet, coreografiado detrás del mostrador por un maestro respetado y solemne de apariencia austera (aunque su rostro, si uno es afortunado, se ilumina con una sonrisa de vez en cuando).

Tengamos por seguro que el increíble éxito de Ono se debe a su talento excepcional, a su determinación y a su firme perseverancia durante años de duro trabajo, así como a su búsqueda incansable de métodos culinarios y presentaciones de altísima calidad. Ono ha conseguido ambas cosas.

Sin embargo, además de eso o tal vez incluso por encima, Ono tiene ikigai. No es exagerado decir que debe su fabuloso éxito tanto en el ámbito profesional como en el personal al refinamiento de este sistema de valores tan propio de su país.

Ikigai es un término japonés para referirse a los placeres y el sentido de la vida. La palabra se compone de iki (vivir) y gai (razón).

En japonés, ikigai se usa en varios contextos y es aplicable tanto a los detalles de la vida cotidiana como a los grandes objetivos y logros. Es un término tan común que la gente lo utiliza habitualmente bastante a la ligera, sin ser consciente de su especial significado. Lo más importante es que, para tener ikigai, no es necesario el éxito profesional. En este aspecto es un concepto muy democrático, celebra la diversidad de la vida. Cierto que tener ikigai puede conducir al éxito, pero este no es una condición indispensable para aquel. El ikigai está al alcance de todos.

Para el dueño de un exitoso restaurante de sushi como Jiro Ono, un elogio del presidente de Estados Unidos es una fuente de ikigai. Su reconocimiento como el chef con tres estrellas Michelin más anciano del mundo seguro que ha fortalecido su ikigai. Sin embargo, este no se agota en obtener el reconocimiento y la aclamación de todos. Ono es capaz de encontrar ikigai simplemente sirviendo el mejor atún a un cliente sonriente o notando el aire fresco por la mañana temprano, cuando se levanta y se prepara para ir al mercado de pescado de Tsukiji. Es incluso capaz de encontrar ikigai en la taza de café que toma antes de empezar la jornada o en un rayo de sol que se cuela entre las hojas de un árbol mientras va andando hasta su restaurante del centro de Tokio.

En una ocasión, Ono dijo que desea morir preparando sushi. Evidentemente, su preparación le aporta un profundo sentido de ikigai, a pesar de que requiere muchos pequeños pasos intrínsecamente monótonos y que consumen bastante tiempo. Por ejemplo, para que la carne de pulpo sea blanda y sabrosa, tiene que «masajear» una hora el cefalópodo. La preparación del kohada, un pescadito considerado el rey del sushi, también requiere mucha atención, porque hay que quitarle las escamas y las tripas, además de conservarlo en un marinado perfectamente equilibrado en sal y vinagre. «Tal vez mi última elaboración de sushi sea de kohada», ha dicho.

El reino del ikigai está en los detalles. El aire matutino, la taza de café, el rayo de sol, el masaje al pulpo y la felicitación del presidente estadounidense se encuentran en un plano de igualdad. Solo quienes saben reconocer la riqueza de todo su espectro lo aprecian y disfrutan verdaderamente.

Esta es una importante lección de ikigai. En un mundo donde nuestro valor como personas y el concepto que tenemos de nuestra propia valía viene determinado básicamente por el éxito, mucha gente se encuentra innecesariamente sometida a presión. Tal vez nos parezca que nuestro sistema de valores, sea cual sea, solo es válido y está justificado si se traduce en logros concretos: por ejemplo, un ascenso o una inversión lucrativa.

Bueno, ¡tranquilos! No hace falta ponerse a prueba así para tener ikigai, una razón por la que vivir. No digo que vaya a ser fácil. A veces tengo que recordarme esta verdad, aunque nací y me crie en un país donde el ikigai es un conocimiento más o menos asumido.

En una TED talk titulada «Cómo vivir más de cien años», el escritor estadounidense Dan Buettner trató el ikigai como un sistema de valores para la buena salud y la longevidad. En el momento de escribir estas líneas, la charla de Buettner ha sido vista más de tres millones de veces. Buettner explica los estilos de vida de cinco lugares del mundo, cuya población es más longeva. Cada «zona azul», como las llama Buettner, tiene una cultura propia y tradiciones que contribuyen a la longevidad. Son las siguientes: Okinawa (Japón), Cerdeña (Italia), Nicoya (Costa Rica), Icaria (Grecia) y la comunidad de Adventistas del Séptimo Día de Loma Linda (California). De todas ellas, la de Okinawa es la de mayor esperanza de vida.

Okinawa es una cadena de islas de la zona más meridional del archipiélago japonés. Allí se jactan de tener un montón de centenarios. Para explicar en qué consiste el ikigai, Buettner cita a sus habitantes: un maestro karateka de ciento dos años le dijo que su ikigai era su amor por las artes marciales; un pescador centenario le explicó que el suyo consistía en seguir pescando para su familia tres veces por semana; una mujer de ciento dos años respondió que el suyo era abrazar a su trastataranieta (comentó que era como saltar al cielo). En conjunto, estas sencillas opciones de estilo de vida dan pistas sobre lo que constituye la esencia misma del ikigai: sentido de comunidad, dieta equilibrada y conciencia de la espiritualidad.

Aunque quizá sea más evidente en Okinawa, toda la población japonesa comparte estos principios. No en vano la tasa de longevidad en Japón es extremadamente alta, en todo el país. Según una encuesta del Ministerio de Salud, Trabajo y Bienestar de 2016, en comparación con otros países y regiones del mundo la longevidad de los hombres japoneses ocupa el cuarto lugar (con una esperanza media de vida de 80,79 años) después de Hong Kong, Islandia y Suiza. La de las mujeres japonesas ocupa la segunda posición mundial (con una esperanza media de vida de 87,05 años) después de Hong Kong y seguida por España.

Es fascinante ver hasta qué punto el ikigai es connatural a muchos japoneses. Un estudio fundamental sobre los beneficios para la salud del ikigai llevado a cabo por investigadores de la facultad de Medicina de la Universidad de Tohoku,[1] en el norte de Japón, con un gran número de sujetos, permitió a los investigadores establecer correlaciones estadísticamente significativas entre el ikigai y dichos beneficios.

En este estudio se analizaron datos de otro, el estudio de cohorte del Seguro Nacional de Salud de Ōsaki, llevado a cabo durante siete años. Se distribuyó un cuestionario a 54.996 beneficiarios del Centro de Salud Pública de Ōsaki (que da cobertura sanitaria a los residentes de catorce municipios) de edades comprendidas entre los cuarenta y los setenta y nueve años.

La encuesta consistía en un cuestionario de 93 ítems en el que se preguntó a los sujetos acerca de su historial médico y su historia familiar, estado de salud, hábitos de consumo de alcohol y tabaco, trabajo, estado civil, educación y otros factores relacionados con la salud, incluido el ikigai. La pregunta crucial relacionada con este último era muy directa: «¿Hay ikigai en su vida?» Se pidió a los sujetos que eligieran una de estas tres respuestas: «sí», «no estoy seguro» o «no».

Al analizar los datos de más de cincuenta mil personas, el estudio de Ōsaki concluyó que, «en comparación con quienes habían encontrado su ikigai, los que no lo habían conseguido tenían más probabilidades de estar solteros y sin trabajo, tener un nivel educativo más bajo, percibir su salud como mala, estar muy estresados, sufrir dolor severo o moderado, limitaciones físicas y menos capacidad motriz».

Basándonos solo en este estudio no es posible decir si el hecho de tener ikigai ha mejorado el matrimonio, el trabajo y la educación de los sujetos, o si, por el contrario, ha sido la suma de los pequeños éxitos en la vida lo que ha dado lugar a su mayor sentido del ikigai. Sin embargo, parece razonable afirmar que tener ikigai indica un estado mental determinado: los sujetos se sienten capaces de llevar una vida feliz y activa. En cierto modo, el ikigai es un barómetro que refleja la visión de la vida de una persona de manera integrada y representativa.

Además, la tasa de mortalidad de la gente que respondió «sí» a la pregunta del ikigai era significativamente más baja que la del «no». Esa tasa era inferior porque su riesgo de padecer una enfermedad cardiovascular era menor. Lo interesante es que no hubo una diferencia significativa en cuanto al riesgo de padecer cáncer entre los del «sí» y los del «no».

¿Por qué los que tienen ikigai presentaban menos riesgo de padecer una enfermedad cardiovascular? Tener buena salud depende de muchos factores. Es difícil decir cuáles son los responsables en última instancia, pero la menor tasa de enfermedades cardiovasculares sugiere que quienes tienen ikigai tienden más a hacer ejercicio, puesto que es sabido que la actividad física disminuye el riesgo de enfermedad cardiovascular. De hecho, el estudio de Ōsaki determinó que quienes respondieron afirmativamente a la pregunta del ikigai hacían más ejercicio que quienes respondieron negativamente.

El ikigai da a nuestra vida un propósito y nos aporta el coraje para seguir adelante. Aunque en la actualidad el Sukiyabashi Jiro es un templo culinario de fama mundial al que acuden personalidades como Joël Robuchon, los orígenes de Jiro Ono fueron muy humildes. Su familia luchaba por llegar a fin de mes y salir de la miseria (eso era antes de que se implantara en Japón la normativa para abolir el traba ...