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IMéNEZ

Luis Noriega

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Fragmento

DÍA UNO

Apenas me vio en el monitor, el tipo empezó a gritar que él no había hecho la llamada, que debía haber algún error, que uno de sus amigos había querido gastarle una broma. Las inevitables excusas de los que se arrepienten a última hora. De nada les sirve saber que nunca funcionan. No hay errores. No hay amigos. No hay bromas. “La histeria”, subrayaría el profesor Groot, “no tiene obligación de ser ingeniosa”. Cinco minutos después, cuando comprobó que no me iba a ir, el tipo cambió de estrategia:

—Solo quiero otra semana. Tiene que entender que no sabía lo que hacía. ¡Por Dios! Esto no es fácil.

Era tarde. No me molesté en recordarle que nada era fácil y que, como decían en la Central, si las cosas fueran fáciles, Ciudad Andina no existiría. En cambio, me repetí que Ciudad Andina existía, que el sistema no tolera las dilaciones y que si el tipo no paraba de gritar por el intercomunicador, abriría la puerta a patadas. Antes de que terminaran los diez minutos reglamentarios (cláusula contractual número veintidós: sobre el ingreso
violento a las residencias de Ciudad Andina), el tipo se calmó, abrió la puerta y me invitó a sentarme en la sala. Pospuse la oferta con un “gracias”, fui a la cocina, serví agua, lo hice sentarse en uno de esos cómodos sillones de cuero que no es extraño encontrar aún en los apartamentos de los afiliados, y puse las pastillas sobre la mesa. Cogió una y, sin quitarle la mirada, hizo un último intento: me pidió perdón. No lo dejé continuar. Con la mayor cortesía de la que fui capaz, le recordé que no era un sacerdote, y que a menos que quisiera hablar de otra cosa, solo me estaba haciendo perder el tiempo. No había nada más que decir. En silencio, continuó mirando la pastilla hasta que, de repente, pareció decidirse. O resignarse. Entonces se puso de pie, tomó el vaso y se la tragó. Como estaba algo retirado, no pude impedir que el vaso se rompiera contra el suelo.

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Mientras metía el cuerpo en el incinerador, llamé a Ingresos y Reacomodación para confirmar la nueva vacante. Luego revisé las habitaciones en busca de tabaco o café, pero más allá de algún material pornográfico, el tipo estaba limpio. Iba a salir cuando me di cuenta de que había olvidado las formas de sellamiento y tuve que aguardar a que llegaran los de la limpieza. Treinta minutos contemplando lo que nuestra época llama “espacios para vivir con clase”.

Al regresar a casa, encontré al profesor Groot sentado en las escaleras, esperándome. Quería entregarme en persona el último de sus volantes antes de irse a repartirlos al bar de Chang. Una mentira, por supuesto. El sábado era un mal día para encontrar lectores, y uno pésimo para encontrar alguien que lo invitara a comer, incluso en el bar de Chang.

—Alfredo Wolf, futurólogo —leí con interés fingido.

—Es importante que la gente no olvide —recitó el profesor con el convencimiento habitual.

En realidad no tenía ningún interés en oír de nuevo “la historia del hombre que tras dedicar toda su obra a imaginar un futuro lleno de libertades murió confinado en los campos de purificación e higiene, la primera víctima de la Gran Prohibición”, pero decidí que podía ofrecerle un café y lo invité a seguir. Acaso buscaba, hablando de lo que fuera, olvidar la cara del tipo pidiendo perdón. Fue inútil. Media hora después, el tema había dejado de ser el desgraciado Alfredo Wolf y la discutible eficacia de los volantes del profesor.

—Me enferma que los afiliados pidan perdón. Cuando acepté el empleo, aún éramos los hombres de las pastillas. Los afiliados nos despreciaban, pero no nos tenían miedo. Eran orgullosos, arrogantes. Les gustaba alardear y echarnos en cara una vida a la cual nunca tendríamos acceso.

—¿Y ahora?

—Ahora no son más que una pandilla de llorones. Y nosotros, claro, los encargados del perdón y el castigo.

—Bueno, del perdón sin duda no, pero del castigo…

—¿Castigo? Nadie los ha condenado. Firmaron un contrato. Nosotros simplemente les ayudamos a cumplirlo. No somos verdugos.

—Sin embargo, los llaman “ejecutores”.

—Sí, pero son ellos los que decidieron tener ejecutores.

—Puede que sea así. Puede que ustedes solo sean servicios fúnebres a domicilio, como dice su amigo Mayorga. Pero la muerte no deja de ser la muerte por el hecho de que para tenerla en la puerta baste hacer una llamada. El sistema de privilegios no ha conseguido modificar los terrores de nuestra especie.

En otras ocasiones le había oído aplicar la misma sentencia, pero en ese momento me pareció una conclusión adecuada y así se lo hice saber. Lo miré esbozando una sonrisa.

—Profesor Groot, una taza de café hace de usted un iluminado.

Me pidió que no lo molestara y que, obvia elección, pasáramos al vino. Un brindis por los caídos en los campos de purificación e higiene, un brindis por las alacenas siempre bien provistas de Ciudad Andina, un brindis por el mercado negro de Chicó Oriental y así sucesivamente. ¿Qué íbamos a comer?

DÍA DOS

Los reclutas que fueron a buscarme a la mañana siguiente no sabían qué clase de problema tenía Villegas. Sabían que había llamado a la Central, que Gordon había ordenado buscarme, que Mayorga había advertido que yo intentaría negarme, que Gordon era el que enviaba las tres libras de tabaco, que yo me levantaría y diría:

—El comisario conoce a sus muchachos.

Cuando llegué al apartamento de Ciudad Andina, Villegas estaba en la puerta, descompuesto, afónico. Con dificultad articuló una frase: “Este es uno de los tuyos, yo ya hice lo que pude”. Me entregó las formas y, algo impropio de él, se marchó sin siquiera dar las gracias. Tenía el estómago revuelto.

Conocía a Villegas desde que entró a trabajar en Determinación de Vacantes. Sabía que no era de los que perdían con facilidad el control de la situación. No obstante, esta vez, el afiliado había hecho una exigencia para la que él no tenía respuesta: quería que lo metieran vivo al incinerador. El entrenamiento es inútil ante eventualidades como esa y estoy seguro de que Villegas se dijo que no lo habían contratado para hacer esa clase de “barbaridades” (cláusula contractual número treinta y cinco: sobre el recurso de oposición de conciencia).

Era fácil reconstruir la escena. Primero, la entrada sin contratiempos. Después, la solicitud. Por último, un duelo de gritos que Villegas no tenía posibilidades de ganar. De hecho, cuando entré, el tipo seguía gritando desde la cocina, todo el cuerpo dentro del incinerador, que estaba en su derecho, que el contrato decía que él podía elegir la forma, que lo de las pastillas era una convención, que él no era capaz de tragar ni una aspirina. Yo también conocía las reglas (cláusulas contractuales número cuatro: sobre los métodos de eliminación; número cinco: carácter protocolario de las pastillas; y número seis: preparación para la buena muerte). Convencido de que Villegas regresaría con una forma de aplazamiento por incompetencia (cláusula contractual número once, inciso diez), el tipo debió de entrar en pánico al verme en la puerta de la cocina. Con un movimiento torpe y afanado intentó salir del aparato, pero bastante esfuerzo le había costado meterse en él. Empezó a chillar cuando le cerré la compuerta. Chilló aún más cuando presioné el botón de encendido. Entonces recordé el tiempo desperdiciado la tarde anterior y apagué.

—¿Alcohol? ¿Tabaco? ¿Café?

La cosa que había dentro articuló algo que me sonó a “cama” y volví a poner el aparato en marcha.

La honestidad de los moribundos: bajo la cama, en un compartimento más o menos oculto, había dos kilos de café molido.

Hace muchos años, el truco del incinerador todavía tenía éxito. Provocaba renuncias y causó, mientras estuvo de moda, la parálisis de Ingresos y Reacomodación durante semanas. Incluso se llegó a hablar de suicidios.

Es de suponer que Villegas conocía la historia de Beltrán y, en particular, la versión de su viuda. Según Gordon, Elías Beltrán fue un oficial modelo, experimentado, voluntarioso, sin discusión, el primero que supo enfrentar el truco del incinerador como lo que era, un truco, y cocinar vivo a quien quería que lo cocinaran vivo sin importar cuánto gritara después. Su viuda, en cambio, decía que Beltrán nunca logró convencerse de que el truco del incinerador no era más que un truco, y había tomado sus propias pastillas tras pasar una semana repitiendo que no podía soportar el olor a carne quemada en la ropa. En ambos casos se trata de hechos (aunque, habría que agregar, de hechos distanciados en el tiempo), y en esa época un buen número de afiliados consiguió prolongar sus plazos patrocinando la idea de que eran causa y efecto.

Veinte años después, lo de Beltrán no pasaba de ser un cuento, como el del ejecutor caníbal (en cualquiera de sus dos versiones: la del que se hace rico vendiendo la carne de sus afiliados en el mercado negro, “el carnicero”, o la del que los prepara al horno en sus propias cocinas, “el gourmet”), pero sin el suficiente prestigio: mientras no era extraño encontrarte con alguien que te hacía prometer que no lo descuartizarías para la cena, solo un idiota confiaba su suerte al truco del incinerador. En la Central sobraban los Villegas, ahora amparados por la cláusula treinta y cinco, pero Gordon tenía a sus Iménez.

Ahora bien, lo de la carne quemada es inevitable.

—Si las ratas no hubieran acabado con los perros —razonaba el profesor Groot—, hoy podríamos comérnoslos, los filetes serían comunes, todos oleríamos a carne cada vez que nos diera la gana, y a ustedes nadie podría reconocerlos.

Nací tarde. El profesor Groot no llegó a conocer las vacas. Yo no alcancé ni a los perros. En este sentido, los ejecutores somos una víctima más de un error cometido por los exploradores de Ganímedes.

DÍA TRES

El lunes por la mañana, el profesor Groot se invitó a un café y aprovechó la visita para preguntarme si había escrito algo para sus amigos de la Universidad Republicana de Madagascar. Tuve que recordarle que nunca había prometido escribir algo, y él volvió con el cuento de que el mundo necesitaba saber. Desde hacía ocho años, cuando lo rescaté de manos de una banda de traficantes y le conseguí un apartamento en el piso de abajo, no olvidaba repetir la solicitud todos los meses, con puntualidad.

¿Saber qué? Llegué a la Central haciéndome la pregunta. El sistema de privilegios era público. La Sociedad de Naciones lo había alabado como el método más eficaz para el control de la población y eso que decidieron llamar “aprovechamiento racional de la fuerza laboral disponible”. Cada cierto tiempo el presidente recibía en el palacio de la Constitución comités de notables africanos o asiáticos interesados en implementar proyectos similares en sus respectivas capitales, y hacía años que había cúpulas o simulacros de cúpulas por todo el hemisferio. Durante sesenta y tres años, únicamente la Unión Caribe y las colonias en Marte y Calíope habían criticado el sistema, y eso de una manera bastante ambigua porque, acto seguido, trasladaron sus embajadas al interior de la Cúpula y aceptaron tratar solo con residentes de pleno derecho, que, a diferencia de los afiliados, pueden hacer turismo y dedicarse al comercio exterior. El hecho de que los afiliados tuvieran que esterilizarse y firmar un contrato con Determinación de Vacantes era conocido y, sobre todo, celebrado.

¿Qué era entonces lo que el mundo necesitaba conocer? Me sabía de memoria la respuesta del profesor Groot: “Las miserias de la vida cotidiana, los modos de existencia anómalos que ha creado el sistema de privilegios, las amarguras de los afiliados y de todos los que están al servicio de los afiliados, las vendedoras de óvulos de Garcés Navas, las compradoras de óvulos de la
Cúpula, los políticos convertidos en traficantes de aplazamientos, los médicos convertidos en mercaderes de un sistema fundado en la negación de la vida, los publicistas de Ingresos y Reacomodación, los reducidores de Dotación y, por supuesto, ustedes, los amigos de Determinación de Vacantes”. En resumen, como le repliqué una tarde: las noticias de las nueve.

Repasando el tema conseguí elaborar una lista bastante digna. Pesadillas de ejecutor: la gorda que no puedes meter en el incinerador y debes cocinar directamente en la tina. Fantasías de ejecutor: la modelo de Agua Pura pidiéndote que le hagas el amor mientras mastica las pastillas de efecto retardado. Anécdotas de ejecutor: el histérico que prefiere lanzarse desde el piso cincuenta y nueve antes que tomar las pastillas. Más pesadillas de ejecutor: el afiliado que apela a la cláusula seis y te retiene las cuatro horas autorizadas de preparación para la buena muerte repasando los videos de infa ...