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ISABEL I

Margaret George  

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Fragmento

Título original: Elizabeth I

Traducción: Sonia Tapia

1.ª edición: octubre 2011

© Margaret George, 2011

© Ediciones B, S. A., 2011

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

ISBN: 978-84-666-5039-7

Depósito legal: B. 24.791-2011

Conversión Digital: O.B. Pressgraf, S.L.

Roger de Llùria, 24, bxs.

08812 Sant Pere de Ribes

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Agradecimientos

Como siempre, mi familia —mi marido Paul, mi hija Alison, mi yerno Robert, mi hermana Rosemary— me ha apoyado y ayudado. Mi agente Jacques de Spoelberch y mis editoras Carolyn Carlson y Beena Kamlani confirieron un nuevo brillo al libro cuando pasó por sus manos. Quiero dar las gracias al profesor William Aylward, del Departamento de Clásicos en la Universidad de Wisconsin-Madison, por su ayuda con las traducciones latinas; a la doctora Mary Magray, catedrática de Historia de Irlanda, del Departamento de Estudios y Artes liberales de la Universidad de Wisconsin-Madison, por sus conocimientos y su ayuda con las complejidades de la historia irlandesa durante el período de Isabel I, y a mi amigo Miki Knezevic por sus meditadas ideas sobre los personajes. La doctora Lynn Courtenay y el doctor Nathaniel Alcock buscaron las palabras exactas inscritas en el panteón de la familia Dudley en Warwick, una ayuda valiosísima para la historia. Mi padre, Scott George, fue el primero que me habló del viejo Parr cuando buscaba su tumba en la abadía de Westminster. La amistad y apoyo de mis hermanas del SCC —Lola Barrientos, Patsy Evans, Chris Thomas, Beverly Resch, Mary Sams, Diane Hager y Margaret Harrigan— ha significado mucho para mí a lo largo de los años. Y finalmente doy las gracias a mis compañeros isabelinos Jerry y Nancy Mitchell, que aparecieron una noche en Hatfield House e hicieron mágico el banquete.

Estoy convencida que el espíritu de Isabel I flotaba sobre el libro mientras éste cobraba forma, y lo iba guiando en susurros.

Contenido

Agradecimientos

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Epílogo

Nota de la autora

1

El Vaticano, marzo de 1588

Felice Peretti, conocido también como el papa Sixto V, se balanceaba ante la pila de bulas enrolladas, ordenadamente dispuestas como un montón de leña, alternándose las cortas con las largas, los sellos de plomo colgando como si fueran rabos de cachorros de perro.

—Ah —dijo, contemplándolas con enorme satisfacción. Parecían irradiar poder. Pero faltaba una cosa: su bendición.

Alzó pues la mano derecha y pronunció en sonoro latín:

—Oh, Dios soberano, escucha la oración de tu siervo Sixto. Actuando de acuerdo con mi oficio como vicario de Cristo, su representante en la tierra, que ostenta el poder de hacer y deshacer, de perdonar los pecados o negar el perdón, he pronunciado sentencia sobre esa maligna mujer de Inglaterra, usurpadora del trono de reina. Por la presente queda excomulgada del cuerpo de la Cristiandad hasta el momento en que se arrepienta de sus pecados. Con objeto de que los que viven bajo su reinado no se hundan con ella en la condenación, bendecimos la empresa de Inglaterra. A bordo de los barcos de la Gran Armada irán estas bulas de excomunión y la sentencia de Isabel, usurpadora del trono de Inglaterra, en la que se pide su destronamiento, para que sus súbditos puedan ser rescatados de su impiedad y su perverso gobierno. Súbditos que verán la gloriosa luz del día cuando los vengadores de Cristo pongan pie en suelo inglés. Allí serán distribuidas a los fieles. Misericordioso Dios, te lo pedimos en nombre del Salvador, y por su Santa Iglesia.

El papa de sesenta y ocho años rodeó entonces lentamente la pila, haciendo el signo de la cruz y rociándola con agua bendita. Luego señaló con la cabeza al enviado español que aguardaba a un lado.

—Ya las podéis transportar. La Armada parte de Lisboa, ¿no es así?

—Sí, Su Santidad. El mes que viene.

Sixto asintió.

—Deberían llegar pues con tiempo de sobra. ¿Tenéis para guardarlas recipientes herméticos?

—Estoy seguro de que nos los proporcionarán. El rey Felipe está en todo.

2

Costa sur de Inglaterra, abril de 1588

El viejo eremita salió de su refugio, como todas las mañanas. Dormía en las ruinas de la capilla de San Michael, cerca de la punta del cabo que se adentraba en Plymouth Sound. Se detuvo al borde del acantilado, muy por encima del mar, para mirar a un lado y otro. El reflejo del sol de la mañana en el agua le cegaba. Se protegió los ojos con la mano, escudriñando el horizonte en busca de alguna vela. Nada. Hoy no.

Se volvió mascullando para atender a sus otros asuntos: preparar el faro. Había encontrado un dolmen abandonado, un monumento antiguo, en la cima del monte, y llevaba varios días acumulando allí ramitas, paja y madera. El fuego que se alzaría en el soporte que había montado en forma de cono se vería desde varios kilómetros, hasta el siguiente faro. Y aquél sería probablemente el primero. Aquél sería el lugar desde donde se divisaría por primera vez la Armada. Y él, el ermitaño de San Michael, mantendría la vigilancia mientras quedara un atisbo de luz que le permitiera ver.

Dio unas palmaditas en el dolmen. Un monumento pagano, construido mucho tiempo atrás por un pueblo desaparecido. ¿Pero qué más daba, si ayudaba en la lucha contra el enemigo español?

3

La Torre de Londres, mayo de 1588

—¡Silencio! —Philip Howard hizo una seña al sacerdote.

Alguien se acercaba. La guardia hacía su ronda. Los pasos en las piedras del exterior eran un sonido que Philip oía incluso en sueños. Agachó la cabeza para apoyarla entre las rodillas, dejando que las manos le colgaran yertas. Debía hacerse el dormido. El sacerdote le imitó, envolviéndose bien en su capa. El resto de los presentes en la sala guardó silencio, convertidos en estatuas.

Los pasos se detuvieron y se alzó el postigo de la rejilla de hierro de la puerta. Volvió a cerrarse con un chasquido y los pasos prosiguieron.

Philip se quedó quieto unos minutos más, para estar seguro, hasta que por fin susurró:

—Se ha ido. No volverá a hacer la ronda en otras dos o tres horas. Comencemos. Comencemos con la obra de Dios.

Los demás empezaron también a moverse. El sacerdote se descubrió la cabeza.

—En nombre de la Santa Madre Iglesia, voy a realizar la sagrada misa.

Philip meneó la cabeza.

—Debe estar dedicada a otra intención. Yo no era un traidor hasta que quisieron convertirme en tal. Y ahora, prisionero cinco años aquí en la Torre, he visto de primera mano la maldad de la reina y de su pretendida iglesia. Y debe perecer. La reina debe morir. Y mi padrino, el rey Felipe, se asegurará de ello.

Los ojos del sacerdote relumbraron en la penumbra.

—¿Y a qué dedicaremos pues la misa?

—¡Al éxito de la Armada! ¡Para que descargue la venganza sobre esta nación de paganos!

—¡Por el éxito de la Armada! —entonaron todos.

El sacerdote comenzó a colocar sus sagrados implementos, una copa de arcilla como cáliz, un plato de madera como patena, una tosca bufanda a modo de estola.

—Oremos —comenzó—. Oh, Altísimo, tú que miras apenado la blasfemia y el sacrilegio aquí, en Inglaterra, otrora tu obediente sierva y ahora una renegada. Igual que antiguamente, cuando utilizabas la vara del castigo si una nación se prostituía ante los falsos dioses, envías ahora a tu hijo, el rey Felipe de España, un devoto de la Auténtica Fe, para que caiga sobre ella. Igual que no hubo clemencia para los amorreos, los filisteos o los cananeos, no puede haber clemencia para estos descarriados. Si debemos morir junto a ellos, estamos dispuestos. Contempla lo que tu siervo Philip, conde de Arundel, ha tallado aquí en el muro de esta miserable prisión. Observa sus buenas palabras: Quanto plus afflictionis pro Christo in hoc saeculo, tanto plus gloriae cum Christo in futuro. «Cuantas más aflicciones soportemos por Cristo en este mundo, mayor será la gloria que obtengamos con Cristo en el próximo.» Sabemos, oh, Señor, que esto es verdad.

—Verdad... verdad... verdad —murmuraron Philip y sus compañeros de celda.

—Oh, Armada, acude pronto a salvar a Inglaterra. Benditos todos sus hijos exiliados que van a bordo, que han tomado las armas para liberar a su patria.

Los acalorados gritos resonaron en la húmeda mazmorra de piedra.

4

Isabel

Mayo de 1588

El látigo chasqueaba y restallaba buscando a su víctima, y yo veía al mozo de cuadra acobardado entre los matorrales para luego escapar a gatas cuando el látigo arrancaba las hojas de una rama justo sobre su cabeza. Le siguió una retahíla en español, tachándole de inútil desgraciado. Luego la cara de su perseguidor se volvió hacia mí, enrojecida por el esfuerzo.

—Majestad, ¿por qué sujetáis mi látigo?

Era un rostro que no pensé volver a ver jamás: el de don Bernardino de Mendoza, el embajador español a quien había expulsado de Inglaterra cuatro años antes, por espía. Ahora se me acercaba sin dejar de toquetear su látigo.

Me incorporé en la cama oliendo todavía el cuero del látigo, oyendo su restallido en el aire. Y viendo aquella mueca en el rostro de Mendoza, que enseñaba los dientes como marfil tallado amarillento. Me estremecí ante su frío rictus.

Era sólo un sueño y tuve que sacudir la cabeza para despejarlo. Últimamente me rondaban mucho por la mente los españoles, eso era todo. Pero... ¿No me había dejado Mendoza un látigo? ¿O nos lo habíamos encontrado en sus aposentos después de su precipitada marcha? Lo había guardado en alguna parte. Era más pequeño que el que aparecía en el sueño, útil únicamente para azuzar a los caballos, no para azotar a los mozos de cuadra. Era negro, trenzado, y flexible como uno de nueve colas. El cuero español era famoso por su suavidad y su fuerza. Tal vez por eso me lo había quedado.

Todavía no había amanecido. Era demasiado temprano para levantarme. Me quedaría en la cama, pensando. Sin duda los devotos católicos, en secreto aquí en Inglaterra y abiertamente en Europa, ya habrían acudido a una misa temprana. Seguramente algunos protestantes ya se habrían levantado para estudiar las escrituras. Pero yo, su reticente cabeza visible, conversaré a solas con el Señor.

Yo, Isabel Tudor, reina de Inglaterra durante treinta años, he sido destinada por mi nacimiento al papel de defensora de la fe protestante. Las malas lenguas sostienen que Enrique VIII rompió con el papa y fundó su propia Iglesia sólo para poder casarse con Ana Bolena. Mi padre les dio argumentos con su burlón comentario: «Si el papa me excomulga, lo declararé un hereje y haré lo que me plazca.» Y así la conciencia del rey se convirtió en algo risible. Pero de ahí surgió la necesidad de abrazar el protestantismo, y a partir de ahí nació una iglesia nacional que ahora tiene sus propios personajes, sus propios mártires y su propia teología. Para la Iglesia católica yo era una bastarda y una usurpadora. Y así puedo decir que mi nacimiento me impuso el protestantismo a la fuerza.

¿Por qué debe Inglaterra, una nación pobre, subvencionar a otras tres —Francia, Holanda y Escocia— y enfrentarse a España, el Goliat del catolicismo? Por Dios bendito, ¿es que no tenía suficiente con defender y gestionar mi propio reino? Nuestro papel era una esponja que absorbía todos nuestros recursos y nos dirigía, lenta pero inexorablemente, a la bancarrota. Ser el soldado de Dios era un gasto que no me hacía ninguna falta.

Soldado. Dios se debe de estar riendo desde que me entregó este estandarte, cuando el mundo entero sabía, o debía saber, que una mujer jamás podría dirigir a las tropas en la batalla.

Mendoza... Su rostro todavía me atormenta, como si el sueño estuviera anclado en mi mente. Sus ojos negros e inquisitivos, su enjuto rostro de serpiente, su piel brillante, su calva incipiente... Si no era un villano, bien lo parecía. Se dedicó a conspirar y espiar aquí en Inglaterra, hasta que fue descubierto y expulsado. Sus últimas palabras al subir a bordo fueron:

—Decid a vuestra señora que Bernardino de Mendoza no ha nacido para trastornar reinos, sino para conquistarlos.

A partir de entonces se asentó en París como embajador del rey Felipe, creando una red de espionaje e intriga que se extendió por toda Europa.

Pero encontró la horma de su zapato en nuestro gran espía nacional, Sir Francis Walsingham. Si Mendoza contaba con cientos de informadores, Walsingham tenía al menos quinientos que llegaban incluso hasta Constantinopla. Si Mendoza era un católico devoto hasta el fanatismo, Walsingham mostraba la misma pasión hacia la fe protestante. Si Mendoza no tenía escrúpulos, Walsingham se guiaba por el lema de que la información nunca es demasiado cara. Y desde luego se mostraba dispuesto a pagar cualquier precio. Ambos estaban convencidos de librar una batalla espiritual y no sencillamente una guerra política.

Y el gran enfrentamiento, el Armagedón tanto tiempo pospuesto entre Inglaterra y España, era inminente. Yo había hecho cuanto estaba en mi mano por evitarlo, sin considerar demasiado baja o indigna ninguna argucia: negociaciones de matrimonios, subterfugios, ofuscaciones o claras mentiras, como cuando aseguré a Felipe que yo sólo era protestante por necesidades políticas, pero no por convicción. Cualquier cosa que nos hiciera ganar algo de tiempo, que nos permitiera fortalecernos para soportar el golpe cuando finalmente se produjera. Pero a mí se me habían terminado los recursos, y a Felipe, la paciencia. Sí, incluso a él, el hombre de quien se decía que si la muerte viniera de España, todos viviríamos un largo tiempo.

Por fin había amanecido. Ya podía levantarme.

Mi astrólogo, John Dee, confería una importancia a los sueños y los augurios. En este caso no se equivocaba. Apenas me había vestido cuando me informaron de que William Cecil, lord Burghley, mi primer ministro, deseaba verme por un asunto de urgencia.

Debía de ser urgente, en efecto, puesto que bien sabía que yo no me ocupaba de ningún asunto antes del mediodía.

Le di la bienvenida a pesar de temer sus noticias. Era un hombre al que apreciaba, y si alguien debía ser portador de malas nuevas, prefería que fuera Burghley.

—Perdonadme, majestad —comenzó, con una reverencia tan marcada como su reumático espinazo le permitía—. Pero era de la mayor importancia que vierais esto. —Entonces me puso un rollo de papel en la mano—. Es de Felipe.

—¿Dirigido a mí? Qué considerado. —Sostuve el pergamino en la mano, sintiendo su importancia en su propio peso.

—Difícilmente, su majestad.

—Ha utilizado el mejor vellón —intenté bromear.

Pero Burghley no sonrió.

—Pretendía ser ingeniosa. ¿He perdido cualidades?

Él forzó entonces una sonrisa.

—No, su majestad. Me maravilla que todavía podáis encontrar sentido del humor en un asunto como éste. —Recuperó el pergamino—. Se cuentan por centenares. Van cargados en las bodegas de la Armada para ser sembrados, como semillas del mal, aquí en Inglaterra.

—A diferencia de la pelusa de diente de león, que flota con el viento, éstos no podrán plantarse a menos que las botas españolas pisen nuestro suelo. Y no lo pisarán.

—Los agentes del secretario Walsingham lograron robar éste, así como la copia de una carta redactada por uno de los consejeros del rey Felipe. Casi parecería que no hay nada que no pueda conseguir, o descubrir.

La carta estaba en español, por supuesto, pero eso no era impedimento para mí. Mientras la leía, sin embargo, casi deseé no haberla entendido. Era un memorándum muy bien planeado, una recomendación al rey español sobre lo que debería hacerse una vez hubiera conquistado Inglaterra. A mí debían capturarme viva para entregarme al papa.

—No tengo que esforzarme mucho para saber qué decretará su santidad —dije—. La bula establece que... —chasqueé los dedos indicando a Burghley que me la diera otra vez para encontrar la cita exacta—, que mis actos y defectos son tales que «algunos la incapacitan para reinar, otros la declaran indigna de vivir». Me despoja de toda autoridad y dignidad real, declarándome ilegítima y eximiendo a mis súbditos de su obligación de obedecerme. De manera que su santidad, anterior gran inquisidor de Venecia, me prepararía una buena hoguera. —Me estremecí. No era un asunto de broma. Aquel documento llegaba a ordenar a todo el mundo que se aliara con el «ejército católico» del duque de Parma y del «rey católico», esto es, Felipe II de España. Concluía prometiendo indulgencia plenaria a todos aquellos que ayudasen a destronarme.

Por fin me eché a reír.

—¡Indulgencias! ¡Eso sí que es algo que el mundo todavía desea! —Eran los abusos con las indulgencias lo que había llevado a Martin Lutero a su rebelión contra la Iglesia católica—. No son muy creativos a la hora de encontrar nuevas recompensas, ¿eh?

—También ofrece un millón de ducados a los españoles como incentivo para que invadan Inglaterra.

Me quedé mirando a Burghley.

—¿Ha puesto precio a nuestra cabeza?

Burghley hizo un gesto desdeñoso.

—El papa campesino, como le gusta hacerse llamar, es un astuto político. El dinero no se entregará hasta que los españoles pongan el pie aquí. No habrá ningún pago por adelantado.

—Así que pase lo que pase, sale ganando. —El viejo zorro. ¿Esperaba convertir a Inglaterra en una carroña en la que hurgar? ¡Jamás!—. Convocad al secretario Walsingham y al duque de Leicester. Debemos discutir la situación antes de que se reúna el Consejo de Estado. Los tres sois los ejes principales del gobierno.

Burghley meneó la cabeza.

—No quiero falsas modestias —le reproché—. Sabéis que es cierto. Vos sois mi espíritu, Leicester, mis ojos, y Walsingham, mi guardaespaldas. La reunión será para esta tarde.

Me levanté entonces dando por terminada la charla. Guardé con cuidado los condenatorios documentos en el cofre de mi correspondencia y lo cerré con llave.

Era hora del almuerzo. Por lo general comía en mi salón privado, con unos pocos acompañantes, aunque siempre había preparada una mesa de ceremonias en el Gran Salón. Allí comían los cortesanos de más bajo rango y los criados de la casa, pero mi sitio permanecía vacío. Me pregunté por un instante si no debería hacer una aparición pública ese día. Habían pasado dos semanas desde la última. Pero me decidí en contra. No quería exhibirme en ese momento. La bula papal y la llamada a las armas contra mí me habían perturbado más de lo que hubiera querido admitir.

—Comeremos juntas aquí mismo —informé a mis damas de compañía.

Las tres más cercanas a mí eran Catherine Carey, mi prima; Marjorie Norris, una amiga desde mis días de juventud; y Blanche Parry, mi niñera desde hacía aún más tiempo.

—Abrid las ventanas —le pedí a Catherine. Era un día despejado y cálido, de esos que impulsan a danzar a las mariposas. Algunos años el mes de mayo no era más que un invierno verde, pero aquél era fresco y perfumado. Cuando las ventanas se abrieron, el mundo exterior entró como una vaharada.

La pequeña mesa estaba dispuesta en mitad de la sala, y aquí podíamos prescindir de ceremoniales y rituales, excepto el del catador. Los criados presentaron los platos deprisa, y seleccionamos los que queríamos sin más preámbulos.

La bula papal me había quitado el hambre, pero puesto que por lo general no comía mucho, el hecho de que dejara mi plato sin tocar no llamó la atención.

Marjorie, una robusta mujer del campo, de Oxfordshire, comía siempre con ganas. Hoy atacaba un sustancioso guiso de cerdo, que regaba con una jarra de cerveza. Catherine, que era bajita y regordeta, jamás pasaba de un simple picoteo, de manera que la razón de su cara redonda era un misterio.

Marjorie era unos quince años mayor que yo, Catherine, quince años más joven. La anciana Blanche Parry había visto pasar ochenta años. Sin embargo, ya no los veía, puesto que recientemente había perdido la vista y tuvo que renunciar a su deber como guardiana de las joyas de la Corona, del que se hizo cargo Catherine. Ahora en la mesa comía sólo por costumbre y a tientas, con una mirada perdida en sus ojos nublados.

De pronto tuve el impulso de inclinarme para darle unos golpecitos en la mano. Ella se sobresaltó.

—No quería asustaros —le dije. Pero el contacto con su mano era para mí tranquilizador.

—¡Debería daros vergüenza asustar así a una anciana! —me reprendió.

—Blanche, vos no sois una anciana.

—Si con ochenta años no soy una anciana, ¿cuándo lo seré?

—La vejez está siempre a unos cuantos años de distancia de la edad que tenga una —repliqué—. En vuestro caso, está en los noventa. —¿Quedaba alguien en la corte con noventa años? No se me ocurría nadie. Así pues, era una apuesta segura.

—Bueno, milady, hay quien dice que vos sois vieja —me espetó.

—Tonterías. ¿Desde cuándo los cincuenta y cinco años son la vejez?

—Dejaron de serlo cuando los cumplisteis —terció Catherine.

—Voy a tener que daros un puesto de embajadora. Estáis hecha toda una diplomática. Pero, querida prima, no podría soportar perderos. ¿Y de verdad querríais vivir con los franceses o los daneses?

—Con los franceses por la moda, con los daneses por la bollería —opinó Marjorie—. No es mala elección.

Pero yo apenas la oí.

—La Armada va a zarpar —solté a bocajarro—. No tardará en caer sobre nosotros.

Marjorie y Catherine dejaron las cucharas con un gesto rígido.

—¡Lo sabía! —exclamó Blanche—. Lo veía venir. Desde hace mucho tiempo. Os lo dije. Como el rey Arturo.

—¿De qué estáis hablando? —preguntó Marjorie—. ¿Más necedades galesas? Y no me vengáis con las tonterías de la clarividencia.

Blanche se irguió en la silla.

—Yo sabía que iba a llegar el legado del rey Arturo. La reina desciende de él, eso lo sabemos todos. Mi primo, el doctor Dee, lo ha demostrado. Arturo dejó asuntos sin concluir. Una batalla final. Una gran prueba para la supervivencia de Inglaterra.

—Esto no tiene nada que ver con el rey Arturo —objetó Catherine—. Los astrólogos predijeron hace mucho tiempo que 1588 sería un año de grandes eventos. Lo único que ha hecho Dee es confirmarlo.

—La predicción, realizada hace casi doscientos años por Regiomontano, decía que 1588 sería un año de absoluta catástrofe para el mundo entero —informó Blanche muy tranquila—. Las palabras exactas eran «los imperios se desmoronarán y en todos los bandos habrá grandes lamentaciones».

—Sí, ¿pero qué imperios? —dije yo—. ¿Acaso no le dijo el oráculo de Delfos al rey Creso que si invadía Persia un gran imperio sería destruido? Pues resultó que fue el imperio de Creso, no el de los persas.

—Se supone que este año habrá tres eclipses —prosiguió Blanche impertérrita—. Uno del sol y dos de la luna. Ya hemos tenido el del sol, en febrero.

—Pues que vengan —concluí. Como si pudiera hacer algo por evitarlo.

Necesitaba estar sola. Ni siquiera mi fiel trío me calmaba. Cuando terminó la cena salí al jardín de la reina. Whitehall era un palacio enorme que había crecido a partir de una mansión junto al río para convertirse en casi una ciudad en la que incluso había una calle y dos garitas. Con sus telas de justas, los corrales de peleas de gallos, las pistas de tenis y los jardines de faisanes, era difícil encontrar un rincón apartado. Pero el jardín, contenido entre los muros de ladrillo de otros edificios, me protegía de miradas curiosas.

Los caminos de hierba, flanqueados de barandillas bajas de rayas blancas y verdes, formaban patrones geométricos por todo el jardín. Todo estaba en perfecto orden, todo en su sitio. Por las barbas del diablo, ¡ojalá el mundo entero fuera así! Ojalá España se hubiera quedado en su sitio. Yo nunca había tenido ambiciones territoriales. A diferencia de mi padre, con sus vanagloriosos intentos en guerras exteriores, yo me he dado por satisfecha dentro de las fronteras de mi propio reino. Por ahí murmuran que es porque soy mujer. Mejor harían en decir que es porque soy sensata. La guerra es un pozo sin fondo que se traga hombres y dinero sin llenarse jamás.

Giré bruscamente cuando un camino acabó en una esquina marcada con un poste blanco, tallado con un animal heráldico, en el que ondeaba un estandarte. Era el dragón rojo de Gales, con el pico abierto, las alas extendidas y las garras aferradas al poste. Los Tudor eran una familia galesa, supuestamente descendientes del rey Cadwalader. Blanche me había llenado la cabeza cuando era pequeña con historias de Gales, e incluso me había enseñado la lengua. Pero yo jamás había estado allí. Lo más cerca que había estado era cuando miraba el dragón tallado en la madera. Algún día...

Pero ese día aún no había llegado. Ahora debía asegurar la supervivencia de Inglaterra, y eso incluía Gales.

Una cosa sí sabía: no podríamos hacer frente a la Armada española. Era el ejército más adiestrado del mundo. Nosotros ni siquiera teníamos ejército, sólo milicias de ciudadanos armados y los soldados privados que pudieran reunir los ricos para la ocasión.

De manera que no podíamos permitir que los españoles desembarcasen. Nuestros barcos tendrían que impedirlo y protegernos. Los barcos, no los soldados, debían ser nuestra salvación.

Tenía ante mí a los tres hombres más poderosos del reino: William Cecil, lord Burghley, tesorero; Sir Francis Walsingham, secretario principal y jefe del servicio de inteligencia; Robert Dudley, conde de Leicester, recientemente comandante supremo de las fuerzas inglesas enviadas en ayuda de los protestantes rebeldes en los Países Bajos, que luchaban para liberarse de los españoles. Con dinero inglés, por supuesto.

Iba a ser una sesión larga.

—Sentaos, os lo ruego —les dije, pero yo me quedé de pie. Detrás tenía el gigantesco mural de Holbein que cubría toda una pared, en el que aparecían mi padre y mi abuelo. Mi padre dominaba todo el primer plano, haciendo que su propio padre pareciera acobardado a su sombra. Ahora yo estaba por delante. ¿Sacaba fuerzas de él, o le estaba diciendo que era ahora yo quien dominaba la monarquía?

En lugar de obedecer, Robert Dudley se adelantó para ofrecerme un lirio, abierto sobre su largo tallo.

—Un lirio sin mácula para un lirio sin mácula —dijo con una reverencia.

Tanto Burghley como Walsingham movieron la cabeza con un gesto exasperado.

—Gracias, Robert. —En lugar de pedir un jarrón, dejé la flor a propósito sobre la mesa a mi espalda, donde no tardaría en marchitarse—. Ahora os podéis sentar.

—Confío en que todo el mundo haya visto el documento de la «Declaración de la sentencia y destitución de Isabel» —comenzó Burghley—. En caso contrario, tengo aquí unas copias.

Yo rechiné los dientes. ¡Sólo con pensarlo me ponía enferma!

—Por las barbas del diablo, ¿es que los españoles me van a seguir acosando desde el infierno?

—Majestad, esto no es novedad —replicó Walsingham—. Las palabras apenas han cambiado desde las dos bulas anteriores: la primera en 1570, de Pío V, y luego la siguiente en 1580, de Gregorio XIII. Otro papa, otra bula.

—Lo de que envíen todo un cargamento sí es una nueva argucia —dijo Burghley—. Es repugnante.

—Para ellos se trata de una cruzada religiosa —repuso Walsingham—. Todos sus navíos llevan el nombre de un santo o un ángel. El estandarte del buque insignia, en el que aparecen la virgen y la crucifixión, ha sido bendecido por el arzobispo de Lisboa. ¿Por qué no llevar bulas en las bodegas? Ah, y esto os va a gustar. Tengo la lista de sus santo y seña. El domingo es «Jesús»; el lunes, «Espíritu Santo»; el martes, «Sagrada Trinidad»; el miércoles, «Santiago»; el jueves, «los ángeles»; el viernes, «todos los santos», y el sábado, «Nuestra Señora».

Leicester lanzó una risotada.

—Con gente como Drake y Hawkins no me gustaría tener que averiguar cuál es nuestro santo y seña.

—Ah, y todos los hombres a bordo se han confesado y llevan un certificado para demostrarlo —terminó Walsingham.

Nunca dejaba de sorprenderme. ¿De dónde sacaba toda esa información?

—Debéis de haber corrompido a un sacerdote para que os suministrara tales detalles —comenté.

Su silencio demostró que no me equivocaba. Por fin habló de nuevo:

—Y luego están los que aquí, en Inglaterra, sí, en Londres mismo, rezan por el éxito de la misión.

—Para decir tal cosa, debéis conocer sus nombres. Así pues, nombradlos. —Para cualquier otra persona esto habría supuesto un desafío, pero yo sabía que Walsingham tenía los datos. Sólo quería conocerlos yo también.

—Philip Howard, conde de Arundel. Incluso en la Torre se las ha ingeniado para reunir seguidores y ha conseguido que un sacerdote dijera misa por la Armada y por los ingleses que van a bordo. Y sí, puedo proporcionar los nombres de todos los que estaban presentes.

—¡Ingleses a bordo! —exclamó Leicester—. ¡Es una vergüenza!

Walsingham se encogió de hombros.

—Lucifer y sus legiones reclutan por todas partes. Y Arundel es ahijado de Felipe. ¿Qué se puede esperar?

—¿Cuándo zarpó la Armada? —preguntó Burghley—. ¿Ha salido ya?

—Sigue en Lisboa. Según mis informes, la componen unos ciento cincuenta barcos. Naturalmente no todos son buques de guerra, muchos son de mercancías y de aprovisionamiento.

—Será la flota más grande jamás fletada —declaró Leicester—. Si consigue zarpar. Perdieron a su comandante hace dos meses —y aquí se persignó burlonamente—, y eso los ha retrasado. Santa Cruz sabía lo que se hacía, pero su sustituto, ese tal Medina-Sidonia, no tiene mucha idea. Hasta se marea. Menudo almirante.

—La ocasión de echar mano a Portugal hace ocho años, con sus barcos y sus puertos, fue el mejor golpe de suerte que podían haber tenido, y el peor para nosotros —comentó Burghley—. Lo raro es que hayan tardado tanto en organizarse. Claro que todavía esperaban que alguien les ponga aquí en el trono a María Estuardo, reina de Escocia, para que convierta a Inglaterra al catolicismo sin tener que mover ellos un dedo.

—El final de ese asunto tenemos que agradecéroslo a vos —le dije a Walsingham.

Él permitió que sus rasgos saturninos se suavizaran. Siempre tan adusto, mi espía. Ni siquiera podía celebrar una victoria. Se limitó a hacer un gesto con la cabeza.

—Fue ella quien le puso fin. Yo me limité a exponer sus mentiras y sus artimañas.

—A día de hoy Inglaterra es la mayor amenaza para el triunfo de la Contrarreforma. Roma ha dado la vuelta a la situación en todas partes y ha ido neutralizando las victorias protestantes y retomando los territorios. Pero nosotros nos hemos alzado como el único país donde puede vivir a salvo y prosperar cualquiera que se oponga a Roma. Por esa razón necesitan eliminarnos. Es una cuestión religiosa, pero también política —apuntó Burghley.

—¿Es que hay alguna diferencia? —preguntó Leicester.

—¿De cuánto tiempo creéis que disponemos antes de que ataquen? —le pregunté a Walsingham—. ¿Cuánto tiempo tenemos para prepararnos?

—La Armada puede partir cualquier día.

—Hemos estado todo el invierno preparando los faros y reparando las fortificaciones costeras —informó Burghley.

—Pero todos sabemos, y aquí podemos hablar libremente, que prácticamente no tenemos castillos que puedan soportar la artillería de asedio española. Lo más probable es que desembarquen en Kent, justo frente a Flandes. Kent es campo abierto, fácil de atravesar. No contamos con suficientes armas, y las que tenemos están desfasadas. Y luego está la gran cuestión: ¿qué pasará con los católicos ingleses? ¿Se unirán a los españoles? ¿A quién prestarán antes su lealtad? Por esa razón, mis buenos consejeros, nuestra única esperanza de salir victoriosos consiste en evitar que los españoles lleguen a desembarcar.

—Llamad a Drake —sugirió Burghley.

—¿Dónde está? —quiso saber Leicester.

—En Plymouth —contestó Walsingham—. Pero vendrá de inmediato.

5

Cuando se levantaron para marcharse, le hice una seña a Robert Dudley, lord Leicester, que ya se estaba poniendo el sombrero. Se detuvo y me miró expectante.

—Venid a pasear conmigo por el jardín —le invité. O más bien le ordené—. Os he visto muy poco desde que volvisteis de los Países Bajos el invierno pasado.

Él sonrió.

—Encantado. —Y dio media vuelta para seguirme.

En el Jardín de la Reina tres jardineros estaban plantando hierbas en los parterres, con la espalda doblada. ¿Debía ordenarles que se marcharan? Oirían todo lo que dijéramos, y sin duda lo repetirían. No, que se quedaran. No pensaba decir nada que no pudiera ser repetido.

—Tenéis buen aspecto —comencé.

—Lo tomaré como un cumplido, pero cuando volví estaba enfermo y espantoso. De manera que cualquier cosa es ya una mejora.

—Es cierto. —Me lo quedé mirando. Su rostro había recuperado un poco la carne y el color que los Países Bajos le habían robado. Aun así no parecía muy saludable. Jamás volvería a parecer joven, ni guapo. El tiempo no había tratado bien a mis «Ojos», el hombre que había sido la criatura más gloriosa de mi corte treinta años atrás. Su densa melena castaña raleaba y se había tornado gris. Su hermoso bigote y su poblada barba, pulcra y brillante como piel de marta, ahora se veían tenues y pálidos. Y aquellos ojos profundos de color avellana, ahora eran húmedos y suplicantes. Tal vez no había sido sólo Holanda lo que acabó con él, sino los diez años que había pasado con la infame y exigente Lettice Knollys como esposa.

—Holanda ha sido cruel con vos —le dije—. Y conmigo. —Pensé en todo lo que aquella empresa nos había costado, y en que no había ninguna resolución a la vista—. Tantas muertes, tal sacrificio de nuestros recursos...

Él se detuvo un momento en el camino de hierba.

—Sin nuestra ayuda, los españoles habrían aplastado ya a los rebeldes protestantes. Así que nunca penséis que fue en vano.

—A veces pienso que hemos hecho todo esto para que los españoles pudieran practicar, para luego atacarnos mejor en nuestro propio suelo.

Seguimos andando, zigzagueando hacia el reloj de sol en mitad del jardín.

—He visto con mis propios ojos el ejército del duque de Parma, y es tal como indica su reputación.

—¿La mejor fuerza de choque de Europa, queréis decir? Sí, lo sé.

—Pero está debilitado por la enfermedad y las deserciones, como cualquier otro ejército. Comenzó con treinta mil hombres, y ahora dicen que le quedan diecisiete mil. Y eso contando con los mil exiliados ingleses, los que están luchando contra su propio país. Y además... —Y aquí sus ojos se iluminaron como si hubiera vuelto a la juventud—. Además están cortos de fondos, y no habrá más dinero hasta que llegue la siguiente flota con el tesoro de América.

Yo imité su maliciosa sonrisa.

—Una flota que nuestros leales corsarios intentarán interceptar. Habéis estado fuera del país, ¿pero sabíais que las incursiones de Drake han supuesto que en la última mitad de 1586 no haya llegado nada de plata a España?

Los dos estallamos en alegres carcajadas, como habíamos hecho tantas veces y en tantos sitios. Su risa era todavía joven.

—¿Nada? —exclamó.

—Ni un triste lingote. Y además, su ataque contra Cádiz la primavera pasada dañó sus barcos y sus aprovisionamientos de tal manera que él sólo ha retrasado la partida de la Armada durante un año. Eso ha dado a los hombres de Parma más tiempo para morirse o desertar.

—Hasta nosotros sabíamos de ese ataque. Entrar directamente en sus propias aguas territoriales, atacar a más de mil quinientos kilómetros de su base en Inglaterra... Fue una hazaña tan descarada como impensable. O por lo menos a los españoles no les parecía posible. Ahora todos le tienen miedo. Un capitán español capturado, al que yo mismo interrogué, creía que Drake tenía poderes sobrenaturales para ver puertos lejanos. Yo no le saqué de su error. Desde luego Drake parece tener una habilidad sobrenatural para adivinar dónde está el tesoro, qué está protegido y qué no. Y se mueve con la velocidad de una cobra.

—Es divertido, ¿verdad? Parece tan inocente, con esa cara redonda y las mejillas arreboladas.

—Sus barcos son sus colmillos. Los utiliza como cualquier hombre usaría su propia mano o su pie, como si fueran una extensión de su cuerpo. —Robert meneó la cabeza, admirado.

Habíamos llegado al reloj de sol, un cubo facetado que indicaba la hora de treinta maneras distintas a medida que el sol danzaba en cada superficie. Había sido un regalo de la reina Catalina de Medici, mientras sus reales hijos, uno detrás de otro, venían a hacerme la corte. Tal vez pensó que un gran regalo de la madre de todos ellos me impresionaría más que muchos regalitos pequeños. Era un artilugio ingenioso. Una de las caras del cubo indicaba la hora incluso a la luz de la luna, si la luna brillaba lo suficiente.

Ahora todas sus caras marcaban las cuatro en punto. Ese día habría luz hasta casi las nueve, en uno de esos dulces ocasos largos de la primavera. Había también una cara en la que se podía leer la hora cuando la luz se iba desvaneciendo, un reloj de atardecer.

Robert se inclinó sobre una de las caras.

—¿Os ha molestado el lirio? —preguntó.

—No. —Ahora me arrepentía un poco de haberlo despreciado, pero es que tanto el lugar como el momento que Robert había elegido para ofrecérmelo estuvieron muy fuera de lugar —. Muy típico de vos.

Él miró en torno al jardín.

—¿Por qué no tenéis rosas? ¿Cómo puede ser que en un jardín Tudor no haya rosas?

—Son demasiado altas para las barandillas, alterarían el orden del jardín. Pero cerca del huerto hay toda una rosaleda.

—Enseñádmela. No la he visto nunca.

Salimos del pequeño jardín cerrado y echamos a andar por el camino. Pasamos por delante de la tela de justas, con sus gradas y las argollas de hierro que rodeaban la cerca para iluminar los torneos nocturnos. Robert había participado en muchos, pero ya no volvería a competir en ellos. Advertí que el corto paseo le había dejado sin aliento. Y entonces me acordé de otra cosa.

—Habéis dimitido de vuestro puesto como caballerizo mayor de la reina. ¿Por qué, Robert?

—Todo tiene su momento —comentó como si nada.

—¡Pero Burghley todavía está a mi servicio! Fuisteis mis primeros nombramientos, en mi primera reunión del consejo.

—Yo todavía estoy también a vuestro servicio, majestad. Sólo que ya no como caballerizo mayor. Aunque todavía crío caballos.

—Así pues... ¿quién ostenta ahora el puesto?

—Un joven muy enérgico al que descubrí. Christopher Blount. Luchó bien en los Países Bajos, pero resultó herido. Lo nombré caballero. Estaréis contenta con él, estoy seguro.

—Ese título os pertenece.

—Ya no.

—Para mí, siempre será vuestro.

—Nuestra mente ve cosas que nuestros ojos no perciben. Supongo que una cosa sigue existiendo hasta que la mente que lo ve deja de existir.

Sí, el joven y guapo Robert Dudley existía ahora ya sólo en la mente de Isabel y en los retratos.

—Tenéis razón.

Habíamos llegado a la rosaleda, donde las rosas estaban dispuestas según el color y la variedad. Había eglantinas trepadoras de pétalos rosados; pequeñas rosas de color marfil, enhiestas en sus arbustos llenos de espinas; densos matorrales con rosas de muchos pétalos rojos y blancos, rosas de damasco y rosas provincialis; parterres de rosas amarillas y rosas de la canela rojo pálido. La mezcla de aromas era especialmente dulce esa tarde.

—Me equivoqué al llamaros lirio —dijo él—. Ahora veo que las rosas reflejan mejor vuestra auténtica naturaleza. Las hay de muchas clases, igual que vos tenéis muchas facetas.

—Pero mi lema personal es: Semper eadem. Siempre igual, no cambiar nunca. —Lo había elegido porque pensé que la imprevisibilidad en un gobernante suponía una gran carga para sus súbditos.

—No es así como vuestros consejeros os describirían. Ni vuestros pretendientes. —Y apartó la vista para añadir—: Y lo sé muy bien, habiendo sido ambas cosas.

Me alegré de no poder verle la cara, leer su expresión.

—Yo sólo juego a ser inconstante —dije por fin—. Por dentro soy una roca. Siempre leal, siempre firme. Pero un poco de juego es la sal de la vida y mantiene a raya a mis enemigos.

—Y a vuestros amigos, majestad. Incluso vuestro viejo «Ojos» a veces no sabe si creer lo que ve.

—Siempre podéis preguntarme, Robert. Y yo siempre os contestaré. Eso lo prometo.

Robert Dudley, la única persona ante la que podía casi desnudar mi corazón, con quien podía ser más sincera que con nadie. Mucho tiempo atrás le había amado con locura, como una mujer joven puede hacer sólo una vez en la vida. El tiempo había cambiado ese amor, lo había forjado hasta convertirlo en algo más robusto, más denso, más fuerte y más tranquilo, como aseguran que pasa con los matrimonios de muchos años. Los rusos dicen que el martillo rompe el cristal, pero forja el hierro.

En cierta ocasión le dije a un embajador que si me casaba con él sería como reina, no como Isabel. Si alguna vez hubiera estado convencida de que el matrimonio es una necesidad política, entonces habría procedido a pesar de mi personal reticencia. Pero el día de mi coronación prometí tomar a Inglaterra como esposo. Seguir virgen, no entregarme a nadie sino a mi pueblo, era el sacrificio visible que todos apreciarían y honrarían, que nos uniría. Y así ha demostrado ser.

Y aun así... aun así... al mismo tiempo que ahorraba a mis súbditos los horrores de los enredos extranjeros y el espectro de la dominación, les dejé lo mismo que mi padre había intentado por todos los medios evitar, volviendo para ello el reino del revés: no había heredero que me sucediera.

No puedo decir que eso no me preocupara. Pero tenía otras decisiones inmediatas que tomar, de igual y urgente importancia para la supervivencia de mi nación.

Francis Drake tardó casi una semana en recorrer los trescientos kilómetros que separaban Plymouth de Londres. Pero por fin se había presentado ante mí, y ante la totalidad del Consejo de Estado, en la sala de juntas de Whitehall. No había querido ni descansar, prefiriendo venir directamente a vernos.

Su persona siempre me había hecho sentir más segura. Hacía gala de un optimismo tan boyante que era capaz de convencer a cualquiera de que sus planes no sólo eran alcanzables, sino razonables.

El grupo se había expandido más allá del círculo íntimo de tres —Burghley, Leicester y Walsingham—, para incluir a Sir Francis Knollys, Henry Carey, lord Hunsdon y John Whitgift, arzobispo de Canterbury. Así como a Charles Howard, el nuevo lord almirante.

—Os damos la bienvenida —comencé—. ¿Qué pensáis de nuestra situación?

Drake miró en torno a él. El hombre que había destruido el año anterior las cuadernas de la Armada española era robusto, con el pecho como un barril. Todavía tenía un abundante cabello rubio y, a pesar de su rostro curtido, parecía joven. Estaba calculando la posible oposición del consejo antes de hablar.

—Sabíamos que pasaría, más tarde o más temprano —declaró por fin—. Ahora ha llegado el momento.

Eso era indiscutible.

—¿Y qué recomendáis?

—Ya conocéis mi opinión, majestad. Siempre es mejor atacar al enemigo y desarmarlo antes de que llegue a nuestras playas. Una ofensiva es más fácil de organizar que una acción defensiva. De manera que propongo que nuestra flota salga de aguas inglesas para interceptar a la Armada antes de que llegue.

—¿Toda la flota? —preguntó Charles Howard—. Eso nos dejaría desprotegidos. Si la Armada os evade, podría desembarcar aquí sin resistencia ninguna —objetó, alzando las cejas en gesto de consternación. Charles era un hombre diplomático y sereno capaz de manejar a personalidades difíciles, lo cual lo convertía en un alto mando ideal. Pero Drake era difícil de controlar o de apaciguar.

—Los encontraremos —afirmó—. Y cuando los encontremos, lo que no queremos es estar cortos de barcos.

Robert Dudley —Leicester, en su título formal— se irritó al oír esto.

—Me pone nervioso enviar a todos nuestros barcos a la vez.

—¡Habláis como una vieja! —se burló Drake.

—Pues entonces ya somos dos —apuntó Knollys. Era un hombre notoriamente cauteloso y escrupuloso. De haber sido monje, habría llevado cilicio. En su caso, su particular rama militante de protestantismo era un buen sustituto.

—Tres —se incluyó Burghley. William Cecil siempre prefería una estrategia defensiva, ansioso por mantenerlo todo dentro de las fronteras inglesas.

—Todo dependería de que obtuviéramos la información precisa de cuándo zarpa la Armada de Lisboa —dijo el secretario Walsingham—. De lo contrario es una empresa tan infructuosa como peligrosa.

—Pensé que ése era vuestro trabajo —le espetó Drake.

Walsingham se tensó.

—Hago todo lo que puedo con los medios a mi disposición. Pero no existe ningún método para la transmisión instantánea de datos. Los barcos pueden avanzar más deprisa que mis mensajeros.

—Ah, pero yo puedo ver puertos lejanos —declaró Drake con una carcajada—. ¿No lo sabíais?

—Sé que los españoles atribuyen a Drake, el Dragón, ese poder —repuso Walsingham—. Pero en general los españoles son unos crédulos ignorantes.

—Cierto —dije yo—. Cambiando de tema, ¿qué hay de las otras defensas?

—Yo propongo que dividamos la flota en dos: una escuadra occidental que guarde la boca del Canal y otra oriental que proteja los estrechos de Dover —sugirió Charles Howard.

—Yo veo cuál es el plan del enemigo —anunció Drake, interrumpiéndolo—. La Armada no viene aquí a luchar. Eso lo harán los tercios de Flandes del duque de Parma, a los que la Armada escoltará a través del Canal. Los buques protegerán las barcazas cargadas de soldados mientras realizan el corto trayecto. Son sólo unos treinta kilómetros o así. Todo el ejército podría cruzar en un tiempo de ocho a doce horas. ¡Ése es su plan! —Miró a su alrededor con sus ojos claros, sopesando las dudas de los consejeros—. Debemos desarmar la flota. Debemos impedir que los buques atraquen en el puerto de Flandes. Nuestros aliados holandeses nos ayudarán. Ya han evitado que Parma se hiciera con ningún puerto de aguas profundas, y pueden hostigarlo cuando intente utilizar canales menores. La gran envergadura de la Armada, cuyo propósito era asegurar el paso por el Canal, puede ser justamente su perdición. —Aquí hizo una pausa—. Por supuesto, un plan alternativo para ellos podría ser capturar la isla de Wight, en nuestro lado del Canal, y establecer allí su base. Pero si la pasan de largo, no cuentan con ningún otro puerto hasta llegar a Calais. Es tarea nuestra apresurarlos. Eso, por supuesto, asumiendo que lleguen hasta allí. Ahora bien, si seguimos mi estrategia original de interceptarlos...

Yo alcé la mano para interrumpirle.

—Más tarde. Por ahora debemos decidir sobre el despliegue de nuestros recursos. Así pues, almirante Howard, vos recomendáis dos escuadras de barcos. ¿No sería mejor apostarlos todos a la entrada del Canal?

—No. Si consiguen atravesar la línea, tendrían el camino despejado. Dominarían el Canal, a menos que ya les estemos esperando en el este, más allá.

—Yo no creo... —volvió a interrumpir Drake.

—¡Silencio! —le espeté—. ¿Y nuestras fuerzas de tierra? ¿Qué decís, primo? —Me dirigía a Henry Carey, lord Hunsdon.

Era un hombre grande con aspecto de oso. Y como un oso, se encontraba mejor al aire libre que en el interior de una sala. Era el guardián de los Pantanos del Este y estaba estacionado cerca de la frontera con Escocia.

—Yo seré responsable de vuestra seguridad. Tendré fuerzas estacionadas en Windson. Si las cosas se tornan más... inciertas... podré refugiaros en el campo.

—¡Yo jamás me esconderé en el campo!

—Pero, majestad, debéis pensar en vuestro pueblo —dijo Walsingham—. Debéis nombrar unos delegados que se hagan cargo de la administración de los suministros y el control de las preparaciones defensivas, mientras vos cuidáis de vuestra preciosa persona.

—¡Por las barbas de Cristo! —exclamé—. ¡Me haré yo cargo de todo!

—Pero eso no es aconsejable —objetó Burghley.

—¿Y quién lo desaconseja? Yo gobierno este reino y jamás delegaré su alto mando a nadie más. A nadie le importa más la seguridad de mi pueblo que a mí misma.

—Pero, señora, no sois... —comenzó Leicester.

—¿Competente? ¿Es eso lo que pensáis? ¡Pues guardaos vuestra opinión! —Ah, a veces me ponía furiosa. Y sólo él podía cometer la osadía de expresar en voz alta la baja opinión que tenía de mí como líder de guerra—. Y ahora, ¿qué pasa con el resto de las fuerzas? —Me volví hacia Hunsdon—. ¿Cuántos hombres podemos reunir?

—En los condados del sur y del este, tal vez unos treinta mil. Pero muchos de ellos son viejos o niños. Y carecen de entrenamiento.

—¿Medidas defensivas?

—Me encargaré de que se derriben algunos de los viejos puentes, y podemos erigir barreras en el Támesis para impedir que la Armada entre por el río a Londres.

—¡Patético! —exclamó Drake—. Si la Armada llega tan lejos, sólo será porque tanto yo como John Hawkins, Martin Frobisher y aquí el buen almirante estamos muertos.

Era un momento decisivo. Hice un gesto con las manos para que guardaran silencio. Cerré los ojos y reflexioné, intentando asimilar todo lo que había oído.

—Muy bien, Sir Francis Drake. Podréis realizar vuestro experimento. Navegad hacia el sur para buscar a la Armada. Pero volved en el instante en que presintáis que estamos en peligro. Quiero todos mis navíos aquí para enfrentarse al enemigo, si llega. —Miré los otros rostros ante mí—. Vos, almirante Howard, estaréis al mando de la escuadra occidental, con base en Plymouth. Además, seréis el comandante en jefe de las fuerzas navales y terrestres. Vuestro barco será el Ark. Drake será el segundo al mando. ¿Lo habéis oído, Francis? El almirante Howard es vuestro oficial superior.

Drake asintió.

—Lord Henry Seymour, cuyo puesto habitual es almirante de los Canales, estará al mando de la escuadra oriental en Dover. —Me volví hacia Hunsdon—. Lord Hunsdon, vos comandaréis las fuerzas responsables de mi seguridad, con base cerca de Londres. En cuanto a los Norris, Sir Henry, el padre, será general de los condados surorientales, y Sir John, el hijo, alias «Black Jack», será su segundo. El joven Robert Cecil servirá como maestro de artillería para el ejército principal. Y vos, lord Leicester —proseguí, mirando directamente a Robert Dudley—, seréis teniente general de las fuerzas de tierra para la defensa del reino. —Parecía tan perplejo como los demás—. Hacedlo mejor de lo que lo hicisteis en Holanda. —Ahí estaba mi réplica a su anterior insulto.

Cuando se marchaban advertí que parecían sorprendidos y a la vez aliviados de que se hubieran realizado todos los nombramientos. Buenos guerreros todos ellos, sus pensamientos ya estaban en la batalla y el trabajo a realizar.

Ahora que por fin había cedido la tarde y el silencio de la noche caía como una suave lluvia, podía descansar. Mi aposento, de cara al río, recibió la luz reflejada en el agua unos momentos antes de que el oro se desvaneciera. Acaricié un retrato de mi fallecida hermana, la reina María, colgado en la pared. Lo había conservado para acordarme de sus penas, aprender de sus errores y no juzgar su alma. Siempre me había parecido un retrato muy triste, con aquel brillo esperanzado en los ojos, la boca algo curvada como si guardara un secreto. Colgada de un broche en su pecho se veía la cremosa perla con forma de lágrima que su prometido, Felipe, le había regalado. Pero ahora, tal vez por un efecto de la luz, sus ojos parecían no melancólicos, sino astutos. Y la curva de su boca era más una mueca que una sonrisa. Todo el retrato emitía un resplandor rojizo, como si los demonios lo iluminaran por detrás. Ella habría traído el mal de los españoles a nuestras playas, nos había enredado con esa nación. El cortejo de boda de Felipe, en su Armada, había llegado en julio hacía treinta y cuatro años, como lo haría de nuevo ahora para acabar lo que había comenzado con el matrimonio de María en 1554: devolver a Inglaterra al redil del papa.

Haría quitar ese retrato. En cuanto a la perla, por costosa que fuera, había traído una maldición. Debía volver a su propietario. Ni siquiera venderla me libraría de ella. Cuando todo esto acabara... Cuando esto acabara, que tuviera Felipe su maldita perla. Había matado a mi hermana, y ahora contaminaba la habitación.

El resplandor del ocaso se apagó y el cuadro volvió a la normalidad, perdido el tinte diabólico. El rostro de mi hermana volvió a ser el de la joven orgullosa y esperanzada que había recibido a Felipe como prometido.

Marjorie y Catherine estaban detrás de mí, cautelosamente calladas pero sin duda preguntándose qué estaba haciendo. Me volví hacia ellas.

—Ahora debemos prepararnos para dormir. Me gustaría manteneros a las dos cerca de mí, pero enviaré fuera a las más jóvenes hasta que pase el peligro. —Había nombrado al marido de Marjorie y su hijo, los soldados Norris, jefes de las fuerzas terrestres en el sureste, y al marido de Catherine, comandante en jefe de todos los ejércitos. Además, su padre, lord Hunsdon, estaría a cargo de nuestra seguridad personal—. Me temo que en esto estamos unidas. Mi Cuervo. Mi Gato. En condiciones extremas volvía a utilizar los viejos apodos que les había puesto: a Marjorie, con sus ojos y su pelo oscuro y su voz estentórea, la llamaba Cuervo; mi dulce y callada Catherine era mi Gato.

Yacía en esa oscuridad que a principios de verano nunca es auténtica oscuridad. Los habituales ruidos de fiesta se habían desvanecido del río que fluía junto al palacio. El reino contenía el aliento. Nada se movía en tierra ni en mar.

Había llegado el momento decisivo. ¿Podía haberlo evitado de alguna manera? ¿Podría haber tomado un camino distinto que llevara a otra parte, a un destino más seguro? No, de haber permanecido fiel a mí misma. Mi propio nacimiento sancionó la llegada del protestantismo a mi país. Abjurar una vez llegada a la edad adulta habría sido negar a mis padres y rechazar mi destino.

Y había visto con mis propios ojos lo que eso significaba: había visto a mi hermana hacerlo. Al someterse a nuestro padre y aceptar que el matrimonio de su madre era inválido y ella misma era una bastarda, pisoteó sus creencias más profundas. Y odiando su debilidad en la rendición, más tarde quiso acallar su conciencia y deshacer el daño hecho. El resultado fue su desgraciado intento de volver a imponer el catolicismo en Inglaterra. Aquello conllevó una gran crueldad, pero ella no era por naturaleza una mujer cruel. La conciencia herida de un gobernante exige un precio demasiado alto a sus súbditos.

El destino había hecho de mí la cabeza visible del protestantismo. Por lo tanto, sólo era una cuestión de tiempo que el adalid de la antigua fe se enfrentase a mí.

6

La noche parecía interminable, pero el alba llegó demasiado pronto. Ese día debía convocar a mis asistentes y enviarlas de vuelta a sus casas, sin afligirlas. Poco a poco me iba preparando para la batalla.

Normalmente me atendían unas veinte mujeres de distintas edades y condiciones. Algunas estaban mucho más cerca de mi persona que otras. Las grandes damas eran las más ceremoniales: procedían de familias nobles y su función era más ornamental que práctica. No asistían a la corte regularmente, pero se requería su presencia para las ocasiones formales cuando nos visitaban dignatarios extranjeros. Pero yo no pensaba dar la bienvenida a los españoles con una recepción de estado, y ninguna de las damas estaba de servicio ese día.

Unas diez mujeres servían ahora como damas de la cámara privada, y de ésas sólo cuatro que ya tenían antigüedad me servían personalmente en mi dormitorio. Ser una doncella de cámara era el mayor honor al que mis asistentes podían aspirar. Tres de esas cuatro, mi Cuervo, mi Gato y mi Blanche, las conservaría conmigo. A la cuarta, Helena van Snakenborg de Suecia, la mandaría a su casa con su esposo.

Tenía seis damas de honor, chicas solteras de buena familia que servían en la cámara exterior y dormían juntas en una habitación, la cámara de las doncellas. Todas ellas debían partir.

Si las grandes damas eran el ornamento ceremonial de mi séquito, y las damas de la cámara privada, una mezcla de compañeras y asistentes, las damas de honor eran jóvenes joyas que relucían y chispeaban durante una estación o dos. Eran las más encantadoras y tentadoras de las pocas mujeres de la corte, y no era raro que atrajeran la atención del rey. Mi madre había sido dama de honor, así como otras dos esposas de mi padre. Aquí, sin embargo, no había rey cuya atención atraer, sólo las de los lascivos cortesanos.

Las damas se alinearon obedientemente, temblando, con una excitación teñida de aprensión.

—Señoras —comencé—, me entristece tener que comunicaros que, por vuestra propia seguridad, debo enviaros lejos de aquí. Puede darse el caso de que tenga que trasladarme con rapidez a una localización secreta, si los españoles desembarcan, y no necesitaré vuestros servicios. Rezo porque sea ésta una precaución innecesaria, pero no podría exponeros a ninguna de vosotras a los peligros de los soldados enemigos.

Una de las damas de honor, Elizabeth Southwell, alta y elegante, meneó la cabeza.

—Nuestras vidas no son en ningún caso más valiosas que la vuestra. Deberíamos estar con vos cuando... cuando... —Sus grandes ojos azules se poblaron de lágrimas.

—¡Como Charmian e Iras, cuando Cleopatra luchó su última batalla contra los romanos! —exclamó Elizabeth Vernon, agitando sus abundantes rizos pelirrojos.

—No tengo pensado suicidarme con un áspid —repliqué—. Ni requeriría de vosotras que me siguierais. Deseo que volváis a vuestras casas, de momento. ¿Comprendéis?

—¿Es mucho el peligro? —preguntó Bess Throckmorton. Era la hija de un consejero al que tenía en gran estima. Pero Bess siempre había tenido un cierto aire de insolencia que las otras damas de honor parecían admirar.

—Eso depende de cuánto consigan acercarse.

Las damas mayores de la cámara privada apenas dijeron gran cosa, limitándose a asentir con la cabeza.

—Podéis hacer el equipaje esta tarde y marcharos mañana por la mañana.

Hicieron una reverencia y me dejaron. Todas menos la joven Frances Walsingham y Helena.

Frances aguardó hasta que estuvimos a solas para hablar.

—Majestad, yo desearía quedarme. Considero mi deber permanecer a vuestro lado.

Era una mujer pequeña y no muy agraciada, rasgos nada apropiados para la viuda del glorioso Sir Philip Sidney. Desde la muerte de su esposo, era como si se hubiera borrado a sí misma hasta ser apenas visible. Incluso su nombre la hacía invisible, siendo el mismo que el de su padre, Francis Walsingham. Se me hacía muy extraño que un padre y una hija compartieran el mismo nombre.

—Frances, vuestro deber es obedecerme.

—¡Pero mi padre está ocupado dirigiendo la guerra! Y yo no soy una niña a la que haya que mandar a casa. Sé demasiado para quedar libre alguna vez de miedos y preocupaciones. Estaré mejor si me quedo en el centro de la actividad. ¡Por favor, por favor, dejad que me quede!

Yo negué con la cabeza.

—No, Frances, debes partir. Para mi propia tranquilidad. —A continuación me volví hacia Helena—. Y vos también, mi querida amiga. Debéis volver con vuestro esposo y vuestros hijos. Las familias deberían estar ahora unidas. —Eso hacía la súplica de Frances aún más inusual—. Frances, vuestra hija pequeña, mi ahijada, me permito recordaros, os necesita. Debéis estar con ella cuando nos encontramos bajo la amenaza de guerra y disturbios.

Y así partieron: Frances, sombría; Helena, cariñosa, despidiéndose con un beso en la mejilla.

—No será por mucho tiempo —aseguró esta última—. Pronto estaré de vuelta.

Drake, Hawkins y Frobisher habían zarpado ya, junto con una buena parte de la flota. Pero de pronto necesitaba plantear varias cuestiones sobre los navíos y el despliegue acordado, detalles que sólo un marino podía saber. De todos mis marinos todavía capacitados, sólo Walter Raleigh seguía en tierra. Ah, cómo había protestado contra su nombramiento como responsable de las defensas de tierra de Devon y Cornwall. Tenía que quedarse en casa mientras los otros izaban anclas y ceder su buque de guerra, el Ark Raleigh (construido especialmente para él y por él), al almirante Howard como su buque insignia, ahora renombrado el Ark. Pero se había rendido ante la necesidad y había realizado un excelente trabajo no sólo fortificando Devon y Cornwall, sino inspeccionando todas las defensas a lo largo de la costa y hasta Norfolk. Había solicitado artillería pesada para proteger los puertos de aguas profundas de Portland y Weymouth, así como Plymouth, el puerto más cercano a España. Era esencial, sostenía, impedir que la Armada se apropiara de un puerto profundo y protegido en el que fondear.

Raleigh había logrado reclutar a un impresionante número de ciudadanos dispuestos a servir como defensa de tierra. Pero estaban pertrechados con armas caseras —podaderas, alabardas, arcos, picas y lanzas— que no podían rivalizar con el mosquete y la armadura de un soldado profesional. Nuestra fuerza de defensa de tierra era insignificante. Sólo nuestros marinos podían salvarnos.

Walter llegó con sus mejores ropajes, el rostro radiante de esperanza. Pero yo me apresuré a aplastarla. No pensaba alterar su nombramiento y mandar que se hiciera a la mar.

—Majestad —dijo, intentando disimular su decepción—. Estoy aquí para serviros de cualquier manera que vuestra sabiduría estime necesaria.

—Gracias, mi querido Walter. Cuento con ello. —Siempre me había gustado su compañía. Sus cumplidos no eran tan extravagantes como para no poder creérmelos. Era atento sin resultar zalamero, era agradable sin esforzarse por ser obsequioso, e incluso estaba dispuesto a compartir cotilleos de la corte. Era también apuesto y viril por los cuatro costados. Por eso le había hecho capitán de la Guardia Real, toda una compañía de doscientos hombres altos y guapos con librea en color rojo y oro. Sus deberes eran protegerme y atender a mi persona, y yo desde luego los animaba a ello.

—Los informes que he recibido de vuestro trabajo en las costas han sido excelentes. Sólo lamento que las defensas estuvieran en tan mal estado.

—Es tan raro que intenten invadirnos que resulta natural descuidarlas. Desde tiempos de vuestro padre jamás ha existido una posibilidad seria de invasión.

—Pero las ha habido. Los romanos, por ejemplo. Los vikingos. Los normandos. Desde luego no es imposible.

—Entonces no teníamos una flota para contrarrestarlas.

—La flota, sí. Por eso os he llamado. ¿Tenemos ya los números exactos de la composición de la Armada española?

—No un número exacto, pero creemos que consta de unos ciento treinta navíos. No todos son barcos de guerra, muchos son sólo de suministros o exploradores. De hecho tienen muy pocos buques construidos para luchar, aparte de los doce que requisaron a los portugueses, que son mucho mejores marinos. Cuentan también con cuatro galeazas de Nápoles. Pero todavía está por ver si un barco armado y de remos puede ser efectivo en el Mediterráneo.

—En teoría nosotros somos más fuertes —dije, para tranquilizarme—. Desde que Hawkins se encarga de las finanzas de la Marina y de rediseñar nuestros barcos, nos hemos convertido en la Armada más moderna del mundo. Ahora tenemos treinta y cuatro galeones rediseñados entre casi doscientos navíos. Pero la decisión de reemplazar soldados por cañones... —Moví la cabeza. Nunca se había intentado. ¿Y si no funcionaba? Utilizar los barcos mismos como armas, en lugar de usarlos para transportar soldados que lucharan, parecía arriesgado. Sin embargo, ahora ya estábamos comprometidos a ello. El diseño de Hawkins, que sustituía las cubiertas de artillería por puentes de toldilla, significaba que no había vuelta atrás.

—No es un error, mi graciosa majestad —dijo él, leyéndome el pensamiento—. Nuestros buques son mucho más rápidos y mucho más manejables. Podemos ceñirnos más al viento y virar más deprisa. Hemos dedicado artilleros a los cañones, y tenemos dos veces más artillería pesada por barco que la Armada española. Nuestra potencia de fuego y nuestra precisión es cuatro veces mayor. Si hay viento, contará a nuestro favor. Si hay calma, los favorecerá a ellos. Pero en el Canal nunca hay calma. Todo está de nuestro lado.

Yo sonreí. Era difícil no sonreír con él.

—Bueno, eso era lo que pensaba el faraón cuando salió a perseguir a Moisés por el mar Rojo. A Dios le gusta acabar con las naciones orgullosas.

—Pues entonces le encantará acabar con ellos. Majestad, por lo que he oído, los oficiales y los barcos van engalanados como si se celebrara un gran banquete. Los nobles visten según su rango, con armadura dorada, joyas, insignias de oro y capas de terciopelo. Los mosqueteros llevan sombreros con plumas, también para la batalla, imagino, y ornamentados frascos de pólvora. Los barcos están pintados de rojo y oro, y enarbolan banderas en todos los mástiles y penoles. Aquello debe de parecer el día de la colada.

No pude evitar reírme.

—Más bien una catedral, digo yo, con todos los estandartes de los santos y las Heridas del Santo Cristo y la Virgen María.

De pronto él se arrodilló y me cogió las manos.

—Os aseguro, por mi vida, que estamos preparados. No tengáis temor.

Yo le hice levantar y le miré a los ojos.

—Jamás he sentido temor de ningún hombre, mujer o enemigo extranjero. Mi corazón no sabe lo que es el miedo. Soy la reina de una nación de bravos. ¿Debería ser yo menos valiente que ellos?

Walter sonrió.

—Debéis de ser, y de hecho lo sois, la más valiente de todos.

Junio dejó paso a julio, y la inteligencia sobre la Armada —una flota tan grande que tardaba un día entero en pasar por cualquier punto de tierra— reveló que, tras zarpar de Lisboa la primera semana de mayo, las galernas la habían dispersado, de manera que había tenido que buscar refugio en La Coruña, un puerto en la costa norte de España. Drake y su flota de cien navíos armados pretendían atacarla en ese punto, mientras permanecía herida y vulnerable y anclada en puerto. Pero cuando nuestros barcos se encontraban a cien kilómetros de La Coruña, los traicionó el viento, que se volvió contra ellos y los empujó hacia el norte, hacia Inglaterra. Lo cual resultó perfecto para los españoles, puesto que les permitió reanudar su letal viaje. Temerosos de que los españoles los pasaran de largo y llegaran a Inglaterra antes que ellos, los barcos de Drake no tuvieron más remedio que dar media vuelta para volver a casa. Resultó que lo hicieron el mismo día que los españoles zarpaban de La Coruña, de manera que llegaron a Plymouth justo a tiempo. Los vientos que tanto habían dañado a los españoles, apenas habían afectado a nuestros navíos. Un buen augurio.

Yo había empaquetado ya mis cosas de valor, había ordenado que se guardaran las joyas en la Torre de Londres y me había retirado a Richmond, Támesis arriba. Y allí aguardaba.

Desde la ventana de mi palacio veía el río, cuyas olas mostraban el flujo de la corriente. La luna creciente danzaba en su superficie, trazando en el agua relumbrantes charcos de luz que se rompían para volverse a formar. En la orilla opuesta, la inmaculada blancura de los cisnes destacaba entre los sauces y cañaverales teñidos de plata. Una noche para los amantes.

Y de pronto, un resplandor rojo en la oscuridad. Un faro, que parpadeaba a kilómetros de distancia. Luego otro. Se había avistado a la Armada española. La milicia local fue convocada.

—¡Luz! ¡Luz! —pedí. Esa noche nadie dormiría. Oí la conmoción en el palacio al llegar los mensajeros.

Uno de ellos se arrodilló temblando ante mí.

—¿Y bien? Habla. —Le hice una seña para que se levantara. Era sólo un muchacho, de unos quince años tal vez.

—Yo atendía el faro de Upshaw Hill. Lo encendí al ver el de Adcock Ridge. Habrían pasado de veinticuatro a treinta y seis horas desde que se encendió el primero al oeste.

—Ya veo. Has hecho bien. —Indiqué a mi guardia que le pagara.

Pero lo cierto es que no tenía más información que cuando vi el faro yo misma. Sólo cuando llegaran testigos directos de lo sucedido se revelaría la verdad.

—Preparaos —advertí a mi guardia. Raleigh, el capitán, estaba en los condados del oeste. Debía de haber visto la Armada. ¿Hasta dónde habrían llegado los españoles?

Pasaron tres días enteros antes de que nos llegaran a Londres los detalles. La Armada había sido avistada el 29 de julio por el capitán del Golden Hind, que guardaba y exploraba la entrada al Canal. Contó unas cincuenta velas españolas cerca de las islas sicilianas y se dirigió directamente a Plymouth, a unos ciento cincuenta kilómetros, para avisar a Drake.

Al día siguiente, 30 de julio, la Armada había entrado en el Canal.

Ahora era primero de agosto.

—Decidme exactamente lo que ha pasado —pedí al mensajero. A pesar de mi tono sereno, mi corazón latía acelerado.

—No lo sé. Creo que los españoles alcanzaron a nuestra escuadra occidental en el puerto de Plymouth. El viento tenía atrapados a nuestros barcos, que no podían salir. Eran un blanco fácil para los españoles, si llegaban a advertir su presencia.

—¿Y?

—Me ordenaron partir con la noticia antes de saber qué pasaría.

Se me cayó el alma a los pies. La información era incompleta. ¿Había quedado nuestra flota desarmada por el viento y luego destruida por los españoles? ¿Se encontraba ahora Inglaterra indefensa ante ellos?

Nadie sabía nada. Los días pasaban lentamente mientras esperábamos a Richmond. El 2 de agosto, el 3, el 4. La guardia jamás me dejaba a solas, y todas las entradas a palacio estaban cerradas. Teníamos los baúles preparados y dormíamos poco.

Temíamos lo peor: que los españoles estuvieran en esos momentos marchando hacia Londres.

—Pero podemos consolarnos —le dije a Marjorie— sabiendo que no podrán conquistar toda Inglaterra, por más que nos capturen y se apoderen de Londres. El reino es algo más que Londres y los condados del sur. En Gales y en el norte el terreno es abrupto, y los hombres, más duros. El este está cubierto de pantanos. Si los españoles no han podido someter a los holandeses después de treinta años, a nosotros jamás lograrán pacificarnos. Si yo desaparezco, si desaparece todo mi gobierno, se alzarán nuevos líderes.

—Somos una nación de fieros guerreros —repuso ella—. Si nos ocupan, haremos de su vida un infierno.

—Y si intentasen acantonar aquí bastantes soldados para acallarnos, dejarían vacía Holanda y la perderían —apuntó Catherine.

Me las quedé mirando. Ni siquiera fingían sentir calma. Los esposos de ambas luchaban contra los invasores y no habían recibido noticias de ellos.

—Ah, mis damas. Resistiremos o caeremos como un solo hombre.

¿Pero qué estaría pasando?

Esa misma noche llegó lord Hunsdon a Richmond. Le di la bienvenida con tanto miedo por las noticias que pudiera traer como alivio de poder saber algo por fin, aunque fuera lo peor.

Aunque ya pasaba de los sesenta años, era aún un imponente comandante. Le rogué que se pusiera en pie.

—Majestad, he venido para llevaros a un lugar seguro. Debéis abandonar Londres.

—¿Por qué? No estoy dispuesta a dar ni un paso sin saber lo que está pasando.

Catherine no pudo evitar adelantarse y abrazar a su padre, murmurando:

—¡Gracias a dios no estáis herido!

Él le dio unos golpecitos en el hombro, pero se dirigió a mí por encima de ella:

—Incluso mis noticias son ya antiguas, aunque he estado al corriente de lo que iba sucediendo. De una cosa estoy seguro: la Armada ha llegado al área del Solent y la isla de Wight. Ya se han producido dos escaramuzas, la primera en Plymouth, donde logramos escapar a pesar de estar fondeados y atrapados por el viento, y la siguiente en Portland Bill. Ninguna de ellas fue conclusiva. Drake capturó el Nuestra Señora del Rosario, cargado de tesoros, que ni siquiera se defendió. Cuando llegó a oídos del capitán español quién era el enemigo al que se enfrentaba, se rindió de inmediato, aduciendo que Drake era hombre «cuyo valor y fortuna eran tales que Marte y Neptuno parecían asistirle».

Drake. Parecía que, por lo menos en el mar, era imbatible.

—¿Y luego qué?

Hunsdon se pasó las manos por la densa mata de pelo.

—La Armada española siguió avanzando, y los ingleses siguieron persiguiéndola. De momento el enemigo no ha podido desembarcar. Pero la isla de Wight ofrecería unas condiciones ideales para ello.

—La hemos fortificado. Hay un enorme foso de defensa, y el gobernador George Carew tiene tres mil hombres preparados. Y contamos con otros nueve mil miembros de la milicia defendiendo Southampton.

—Nuestra flota hará todo cuanto esté en su poder por impedir que el enemigo llegue a las aguas del Solent y gane así acceso a Wight. Todo dependerá de que puedan evitar que los españoles utilicen las corrientes de las mareas a su favor.

—¿Y todo esto está ocurriendo ahora?

—Yo calcularía que al amanecer. Por esa razón es de importancia vital que vengáis conmigo y mis soldados a un lugar donde el enemigo no pueda encontraros.

—¿Qué intentáis decirme? ¿Que estáis seguro de que los españoles desembarcarán, que seremos incapaces de impedírselo?

—Yo sólo digo que en caso de que desembarquen, el camino a Londres es muy fácil desde allí.

—Pero no han desembarcado. Todavía no.

—¡Por el amor de Dios, majestad! ¡Para cuando nos enteremos de que están en tierra, ya estaréis viendo cascos españoles desde vuestra ventana! Os lo ruego, protegeos. No dejéis que vuestros marinos y soldados arriesguen sus vidas para proteger la vuestra, si tan poco os importa a vos misma.

¿Cómo se atrevía a hacerme tales acusaciones?

—Me importa más Inglaterra que mi propia vida —le espeté—. A mi vida estoy dispuesta a renunciar si con eso diera valor al pueblo para resistir. —No podía mantenerme al margen, apartada de la acción—. Quiero ver la acción naval —insistí—. ¡Quiero ir a la costa sur, donde pueda ver lo que está pasando, en lugar de esconderme en una madriguera de las Midlands!

Sí, iría a verlo todo con mis propios ojos. Aquella espera, aquellas noticias de segunda y tercera mano, me resultaban insoportables.

—Eso no es valentía, sino temeridad.

—Puedo estar allí en un solo día.

—¡No, no! El consejo jamás lo permitirá —insistió angustiado—. No podéis, no debéis poner en riesgo vuestra persona. ¡Qué gran trofeo sería para los españoles! Si os matan, podrían exhibir vuestra cabeza ante todas las tropas. Si os capturan, iréis directa al Vaticano cargada de cadenas. ¿Cómo va a ayudar eso a vuestro pueblo?

—El descuartizamiento de William Wallace no parece haber obrado ningún efecto negativo en su legado en Escocia. Más bien al contrario. —Suspiré—. Partiré esta misma noche, en la oscuridad. Y a vos os envío con vuestras tropas a Windsor... sin mí.

No podía darme órdenes ni obligarme. Nadie tenía ninguna autoridad sobre mí. Hunsdon apretó los labios en gesto de frustración e hizo una reverencia.

—Querido primo, confío en vos —me despedí—. Mantened la vigilancia en Windsor. Y ya es hora de que el ejército del conde de Leicester se reúna en Tilbury. Daré las órdenes oportunas.

7

Después de que Hunsdon se marchase, Catherine se retorcía nerviosa las manos.

—Si estaba así de pesimista, es que la situación es peor de lo que nos ha dicho. A mi padre no le gusta provocar una alarma innecesaria.

—Ya lo sé —repuse—. Lo supe en cuanto vi que no recurría a sus habituales juramentos y maldiciones. —A Hunsdon le gustaba salpimentar su discurso con rudos exabruptos de soldado, y no le importaba lo que el resto de la compañía pensara de él. Pero hoy la conmoción le había impedido ser tan malhablado como siempre—. ¿Quién puede saber lo que de verdad está pasando? Eso es lo más cruel. —Treinta años siendo reina, y en esta hora de necesidad suprema me encontraba en la oscuridad y no podía dirigir a mi pueblo. Los faros se habían quemado. Habían cumplido con su misión.

Al día siguiente nos encontramos una extraña escena: Sir Francis Walsingham vestido de armadura. Entró deprisa en la cámara privada entre chasquidos metálicos, con el casco bajo el brazo. Intentó hacer una reverencia, pero sólo pudo inclinarse a medias.

—Majestad, debéis trasladaros a St. James en Londres. Puede defenderse mejor que Richmond. Hunsdon me ha informado de vuestra negativa a refugiaros en el campo, pero es de todo punto necesario que os retiréis a St. James. El ejército de Hunsdon, de treinta mil hombres, puede asegurar la ciudad.

—Mi querido Walsingham, ¿por qué vais así ataviado? —pregunté.

—Estoy preparado para la lucha.

Me costó trabajo no echarme a reír.

—¿Habéis luchado alguna vez con armadura?

—No. Pero hay muchas cosas que no habíamos hecho antes y que ahora debemos estar dispuestos a acometer.

Me conmovió que intentase siquiera una cosa así, él, el consumado consejero de salón.

Detrás de él entraron Burghley y su hijo, Robert Cecil.

—Así pues, mis buenos Cecil, ¿dónde está vuestra armadura? —pregunté.

—Mi gota no me permite vestir armadura —contestó Burghley.

—Y mi espalda... —se excusó Robert Cecil.

Por supuesto. Qué desconsideración por mi parte. El joven Cecil tenía la espalda torcida, aunque no era jorobado como sostenían sus enemigos políticos. Se contaba que de niño se había caído al suelo de cabeza. Pero era algo manifiestamente falso, porque su cabeza no sólo no mostraba deformidad alguna, sino que albergaba una mente brillante.

De pronto se me ocurrió una idea.

—¿Me pueden hacer un casco y una coraza rápidamente?

—¿Por qué? Supongo —contestó Robert Cecil—. La armería de Greenwich es muy rápida.

—Bien. Los quiero para mañana por la tarde. Y una espada, de la longitud correcta para mí.

—¿En qué estáis pensando? —preguntó Burghley preocupado.

—Quiero ir a la costa sur y dirigir allí a las tropas, y ver por mí misma lo que está pasando en el mar.

Walsingham suspiró.

—Hunsdon ya os ha explicado por qué eso no es posible.

—Insisto en estar entre mis soldados. Si no con las milicias del sur, entonces en Tilbury, donde se reúne mi principal ejército.

—Mientras tanto, majestad, debéis trasladaros a St. James —insistió Burghley—. ¡Os lo ruego!

—Os he traído un caballo blanco —apuntó Robert Cecil.

—¿Un soborno? —reí. Es curioso que fuera capaz de reírme en esos momentos—. Sabéis que no puedo resistirme a un caballo blanco. Muy bien. ¿Está listo?

—Desde luego. Y con silla y riendas nuevas ornamentadas con plata.

—¿Como los que el duque de Parma encargó para su entrada ceremonial en Londres? —Era un dato que habían descubierto los agentes de Walsingham.

—Mejores.

Avanzamos por el río en pequeñas barcas, luego cubrimos un trayecto de quince kilómetros hasta Londres. En el camino se agolpaba una multitud de gente aturdida y asustada. Yo cabalgaba con toda la serenidad posible, saludando, sonriendo para tranquilizar a mis súbditos. Ojalá hubiera podido tranquilizarme también a mí misma. No vi ningún disturbio, aparte de la creciente multitud. El cielo estaba nublado y hacía frío para ser mitad de julio. Al acercarnos a Londres no vi señales de humo ni oí fuego de artillería.

St. James era un palacio de ladrillo rojo que mi padre utilizaba como refugio de caza. Asentado entre bosques, quedaba bastante lejos del río para ser más seguro que Whitehall, Greenwich o Richmond. Pero en cuanto nos acercamos comprobé que las praderas del parque, que otrora albergaban faisanes, ciervos y zorros, se habían convertido en un campamento militar. Las tiendas se extendían por todos los terrenos y los soldados maniobraban.

Hunsdon nos recibió a las puertas de palacio, con expresión de alivio. Había contado con que yo hiciera lo correcto.

—Gracias a Dios que habéis llegado sana y salva.

Desmonté y le di unas palmaditas a mi caballo.

—Aquí el joven Cecil sabe cómo sobornarme. Para una reina, mejor es un regalo que una amenaza.

Pasé la tarde viendo desfilar a los hombres y escribiendo a mis comandantes, insistiendo en mi exigencia de reunirme con las tropas, enfrentándome a Parma, y no escondida. Hunsdon se mantenía inamovible, pero los comandantes del ejército principal, Leicester y Norris, podían ser de otra opinión. Mientras escribía las cartas, llegó Walter Raleigh.

Nunca había sido más celebrada una visita.

—¡Contadme! ¡Contadme! —le ordené antes de que entrara del todo en la sala.

Su fina ropa de montar iba cubierta de polvo, y sus botas eran una costra de barro. Tenía hasta la barba polvorienta. No pude leer su expresión, pero no parecía desesperado.

—Los condados del oeste están seguros. Evitamos que los españoles desembarcaran en Wight. Nuestra flota se dividió en cuatro escuadras, capitaneadas por Frobisher en el Triumph, Drake en el Revenge, Howard en el Ark, y Hawkins en el Victory. Obligamos al enemigo a pasar de largo la isla de Wight y empujamos sus barcos hacia los bancos de arena y los bajíos, de los que apenas lograron escapar. Ahora se dirigen hacia Calais.

—¡Gracias, gracias a Dios! —Casi caí de rodillas en mi gratitud. Dios aprecia esta clase de gestos. Pero me contuve—. Aunque cuando lleguen a Calais...

—Seguramente allí, o en Dunkerque, en la costa de Flandes, intentarán coordinarse con el duque de Parma. ¿Pero sabe el duque dónde está la Armada? ¿Y está preparado para embarcar a sus tercios de inmediato? Estas cosas requieren semanas de preparativos.

—Parma es famoso por estar bien preparado siempre —le recordé.

—Cuando tiene todos los datos, sí —contestó Raleigh—. ¿Pero los tiene?

—Si Dios está de nuestro lado, no los tendrá.

—Las milicias del oeste se dirigen al este para ayudar a otros condados.

—Parece ser que vuestra tarea ha sido realizada. Y realizada bien. Os relevo para que hagáis lo que siempre habéis deseado: uniros a la flota. Si podéis alcanzarla.

Él sonrió.

—La alcanzaré, aunque para ello tenga que vender mi alma al diablo.

—Guardaos de lo que prometéis, Walter. Recordad el viejo dicho: quien cena con el diablo, debe utilizar una cuchara larga.

Él hizo una reverencia.

—Entendido.

Esa noche me entregaron mi coraza, el casco y la espada. Me dio la impresión de que todavía notaba en ellos el calor de la forja. Pasé las manos por aquellas piezas de exquisito diseño y me apresuré a probármelas. Si no encajaban, no podría hacer nada. Pero eran perfectas.

—Parecéis una amazona —se admiró Marjorie.

—Ésa era mi intención. —Me sentía diferente con la armadura. No más valiente, pero sí invencible.

Al día siguiente llegó la respuesta de Leicester, desde Tilbury. El fuerte estaba a unos treinta kilómetros Támesis abajo, por donde los barcos de Parma tendrían que pasar indefectiblemente en su ruta hacia la conquista de Londres. También habíamos dispuesto un bloqueo de barcos en el río.

Abrí la carta sin contemplaciones, con tal ímpetu que el sello salió volando.

«Mi más querida y graciosa majestad, me regocijo en conocer por vuestra misiva vuestro noble propósito de reunir vuestras fuerzas y aventuraros vos misma en la peligrosa acción.»

Eso es. ¡Él lo entendía mucho mejor que el viejo Hunsdon!

«Y puesto que complace a vuestra majestad pedir mi consejo en lo referente a vuestro ejército, y comunicarme vuestro secreto propósito, os daré, de manera sencilla y según mi conocimiento, mi opinión.»

Sí, sí.

«En cuanto a vuestra propuesta de uniros a las tropas reunidas en Dover, mi más querida reina, no puedo consentirlo. Pero os suplico en lugar de eso que vengáis a Tilbury para reconfortar aquí a vuestro ejército, los mejores, más leales y más capaces soldados que cualquier soberano podría liderar. Yo mismo responderé de la seguridad de vuestra persona, lo más exquisito y sagrado que tenemos en este mundo, al punto que cualquier hombre tiembla al pensar en ello.»

Ah. Planteado así... Tal vez era mejor dejar que me viera el grueso del ejército. Mi presencia serviría para fortalecer a otros, en lugar de satisfacer mi propia curiosidad por ver la batalla.

Los consejeros de estado quedaron horrorizados. Burghley hasta dio un pisotón con el pie aquejado de gota, Cecil chasqueaba la lengua y se mesaba la barba, Walsingham hizo un gesto de exasperación. Los otros, el arzobispo Whitgift y Francis Knollys, murmuraban y meneaban la cabeza.

—Esto es una obsesión vuestra, insensata y peligrosa —declaró Burghley—. ¡Y muy típico de lord Leicester animaros encima!

—Está demasiado cerca de la zona calculada de invasión —apuntó Walsingham—. Pero aún es peor el peligro de mezclaros con una muchedumbre. ¿Habéis olvidado que la bula papal establece que cualquiera que os asesine estará haciendo una buena acción? ¿Cómo podemos saber quién se oculta entre las tropas? ¡Sólo hace falta uno!

—No soy un emperador romano para temer ser asesinada por mis súbditos. De momento los católicos han demostrado ser leales. No quiero empezar a desconfiar de ellos ahora.

—Hasta los buenos emperadores y reyes son asesinados.

—Dios me ha traído hasta aquí, y de Él depende mi protección. —Me volví hacia ellos—. Caballeros, voy a ir. Aprecio vuestros cuidados, pero debo partir. No puedo estar ausente en el peor momento de crisis de mi reinado. Debo estar allí.

Escribí a Leicester para comunicarle que había aceptado su invitación, y él me contestó:

«Bien, amada reina, no alteréis vuestro propósito si Dios os concede buena salud.» No, no tenía ninguna intención de alterar mi propósito.

Esa noche pedí que me trajeran la fusta española, que llevaba guardada tanto tiempo. La utilizaría ahora, y su mismo tacto en mi mano fortalecería mi resolución. ¡No nos derrotarían!

Al alba, en el embarcadero de Whitehall, subí a la barcaza real para emprender el trayecto a Tilbury. Esta vez las colgaduras rojas, los cojines de terciopelo y el interior dorado de la cabina parecían burlarse de mí. Estaba rodeada de las galas de la realeza, pero me dirigía a defender mi reino. Al pasar por el puerto de Londres, luego por Greenwich y finalmente hacia el mar, envié mis bendiciones a los lugares y la gente que vivía en ellos, aunque no pudiera verla.

Me precedía un barco con trompetas que tocaban con fuerza, llamando a los curiosos a la orilla del río. Detrás venían barcazas con mis guardaespaldas personales y la Guardia Real ataviada con armadura y plumas, además de consejeros y cortesanos.

Llegamos a mediodía ante el blocao del fuerte. En ambas orillas del río se alineaban soldados en formación, en cuyos cascos se reflejaba el sol. Cuando la barcaza amarró, me saludó un estruendo de trompetas y luego el capitán general del ejército de tierra, mi conde de Leicester, acompañado del mariscal de las tropas, Black Jack Norris, se acercó solemne al extremo del muelle para recibirme.

Al ver a Leicester, mi querido Robert, esperándome con aquel magnífico atavío, me quedé sin aliento. Siempre había estado en todas las encrucijadas críticas de mi vida, siempre había sido mi principal apoyo.

—Majestad —me saludó con una reverencia.

—Sed bienvenida —dijo Norris, agachando la cabeza.

Miré las formidables filas de soldados que se extendían en formación ceremonial.

—Tenemos aquí más de veinte mil —informó Leicester, señalando las filas con un gesto—. He dispuesto que inspeccionéis primero el campamento y el bloqueo del río. Luego, después de comer, podréis pasar revista a las tropas y dirigiros a ellas.

—Estaré encantada. —Señalé con un gesto la barcaza que venía detrás de la mía, de la que ahora estaban desembarcando mi caballo—. Un regalo de Robert Cecil.

El conde de Leicester hizo una sutil mueca.

—Muy buen gusto. Y ahora, mi preciosísima reina, ¿queréis tener la bondad de venir conmigo al campamento? —preguntó, señalando el puente por el que teníamos que subir.

Yo ya iba ataviada con el traje de terciopelo blanco en el que quería que me vieran, y me pondría la armadura antes de montar mi caballo. Era aquella una ocasión casi sagrada, tan trascendental que ningún atavío ordinario era digno de ella. Pero el terciopelo blanco, que evocaba majestad y virginidad, casi daba la talla.

A nuestro paso todos los soldados se inclinaban y los oficiales bajaban las picas y enseñas como muestra de respeto. Miré sus rostros anchos, quemados por el sol, asustados, y vi en ellos su valor. Habían dejado sus granjas y sus hogares para venir aquí a luchar.

Al llegar a la cresta de la colina, el campamento se extendió ante la vista. Cientos de tiendas, algunas de la más fina artesanía, otras sólo tosca lona, todas dispuestas en ordenadas filas. Había grandes pabellones para los oficiales, y barracones verdes para los soldados de menor graduación. Vistosas banderas y estandartes flameaban sobre ellos. Al vernos, los tambores y las dulzainas atacaron sus tonos de bienvenida. Luego se disparó un saludo real desde los cañones del fortín.

—¡Contemplad vuestras legiones! —exclamó Leicester, abarcándolas con un gesto—. Aguerridos ingleses listos para defender nuestras playas.

Por un espantoso momento, creí que me iba a echar a llorar. Aquellos hombres, tan frágiles y tan bravos, eran el más precioso regalo que mi pueblo jamás me había ofrecido.

—Sí —murmuré.

Paseé entre las compañías de soldados en posición de firmes, dirigiendo algunas palabras a uno u otro, sonriendo, pensando que eran como una alta valla, o una línea de arbolitos plantados al borde de un camino.

—¡Que Dios os bendiga a todos! —grité.

Y como respuesta hincaron la rodilla en el suelo como un solo hombre para exclamar:

—¡Dios salve a nuestra reina!

Inspeccioné también la caballería, unos dos mil soldados. Una de las compañías, uniformada con librea marrón, estaba dirigida por el joven hijastro de Leicester, Robert Devereux, conde de Essex. Sonrió cuando me acerqué y aguardó tal vez un instante más de lo debido antes de agachar la cabeza.

—Majestad —dijo Leicester—. Aquí el joven Essex ha formado una buena compañía de doscientos jinetes pagándola de su propio bolsillo. —Y señaló orgulloso al joven, alzando el mentón.

Me fijé bien en la compañía y su costoso atuendo y calculé mentalmente el costo. El joven Essex no había reparado en gastos. Pero el efecto general, en lugar de impresionar, sólo daba una sensación de exceso y despilfarro.

—Hum... —No dije más. Hice un gesto con la cabeza y pasé a la siguiente compañía.

Nos retiramos a comer al pabellón privado de Leicester. Sólo se unirían a nosotros unos cuantos elegidos, y por tanto la mesa no se extendía demasiado. Yo había incluido como invitados a Marjorie y Catherine, así como a Walsingham. Leicester se sentó con un ampuloso gesto.

—Majestad, todo esto está a vuestras órdenes.

—He venido a comentar, no a dirigir.

Leicester alzó su copa.

—Vino francés. Brindo porque lo bebamos con seguridad, confiando en que los franceses mantendrán su neutralidad en esta guerra.

Todos bebimos.

—La Armada española ha fondeado cerca de Calais —informó Walsingham. Llevaba la parte baja de la armadura, pero se había quitado la coraza por comodidad—. A unos ochenta kilómetros de Dunkerque, donde los espera Parma. Aunque... ¿los espera de verdad?

—No se sabe —admitió Leicester—. Es enteramente posible que ni siquiera sepa que la Armada ha zarpado.

—Según mis informes, en el puerto de Calais se desarrolla una frenética actividad —prosiguió Walsingham—. Muchos navíos van y vienen del grueso de la Armada, que no puede anclar allí sin violar la neutralidad francesa. Pero se están produciendo demasiados intercambios. Yo creo que la Armada se está reagrupando y reparando los navíos dañados con ayuda de los franceses. —Dejó la copa de golpe y la apartó—. ¡Para mí cerveza inglesa, por favor!

Los Norris se unieron a la conversación:

—Nuestro trabajo no es preocuparnos de los franceses, sino estar preparados para quienquiera que desembarque aquí —opinó Sir Henry, el esposo de Marjorie. Tenía un rostro ancho y una juvenil mata de pelo rubio, a sus sesenta y pico años, que le confería un aspecto abierto e inocente, a pesar de que no lo era.

—Padre, un ejército es sólo tan bueno como su armamento y su entrenamiento —replicó Black Jack. Le habían puesto ese apodo por el color azabache de su cabello, heredado de su madre—. Ya sabéis de qué están compuestas las milicias locales.

—De muchos niños, jóvenes borrachos y viejos soñadores —sentenció un hombre robusto y de ojos oscuros, sentado a la izquierda de Leicester.

—«Vuestros viejos soñarán sueños y vuestros jóvenes verán visiones» —murmuró Walsingham.

—Dejaos de citas de la Biblia —gruñó Black Jack—. Los españoles avanzan bajo un estandarte bendecido por el papa. Eso no les hará ganar la guerra, y citar las escrituras no nos ayudará a nosotros.

Me volví hacia el hombre que había mencionado a los borrachos.

—Señor, ¿sostenéis que las milicias locales y los grupos entrenados están formados por incompetentes?

Él pareció sobresaltarse, como si estuviera acostumbrado a que le ignorasen.

—Sólo quería decir, majestad, que no contamos con un ejército profesional, que sólo tenemos ciudadanos a los que hemos sacado de sus casas y entrenado precipitadamente. No como Parma, que cuenta con sus mercenarios alemanes, italianos y valones. Pero hacemos todo lo posible con los recursos con los que contamos. No pretendía ser irrespetuoso.

—Ya os dije que mi caballerizo mayor era un joven prometedor —se apresuró a decir Leicester—. Alguien a quien seguir de cerca. ¿Puedo presentaros a Sir Christopher Blount?

Un joven apuesto, de ojos soñadores y boca bien formada, anchos hombros y brazos musculosos que tensaban las costuras de su jubón.

—¿Estáis emparentado con Charles Blount? —pregunté. Era uno de mis favoritos en la corte. Ahora capitaneaba el Rainbow a las órdenes de Sir Henry Seymour.

—Un primo lejano, majestad.

—Se ve que la apostura corre en la familia —dije.

Cualquier otro se habría sonrojado o azorado. Él me devolvió la mirada con toda calma. No era afectado, pues, ni zalamero.

Robert Devereux había guardado un silencio muy poco característico en él. Estaba dibujando círculos en la mesa con el vino derramado.

—Robert. —Dos cabezas se volvieron: Robert Dudley y Robert Devereux—. Un nombre precioso, «Robert». Pero yo llamaba al más joven. Primo. —Robert Devereux y yo éramos primos segundos. Él era el tataranieto de Tomás Bolena, y yo su bisnieta.

—¿Sí, majestad?

—Estáis muy callado hoy.

—Perdonadme. Todo esto me tiene preocupado. —Su mirada era tan limpia e inocente como la de un ángel. Y de hecho sus rasgos eran como los de esos delicados ángeles de cuadros italianos: claros ojos azules, rizos teñidos de oro.

—Por supuesto, como nos pasa a todos. Terminemos la comida y volvamos a los asuntos del día.

Terminamos de comer calladamente, hablando sólo con la persona que cada uno tenía al lado. Le pregunté a Marjorie en qué diferían las filosofías militares del padre y el hijo.

—Henry es más sutil —me contestó—. Cree que hay que contenerse, esperar a ver lo que hace el enemigo. Jack cree en atacar primero y preguntar después.

—Un poco como Drake, pues.

—Sí, y...

Pero en ese momento algo alteró la tranquilidad en la puerta, y dejaron entrar a alguien. George Clifford, conde de Cumberland, entró quitándose el casco y se detuvo ante mí. Observando el protocolo, se inclinó en una reverencia antes de hablar.

—Acabo de enterarme, majestad. Hace dos noches la flota de Sir Henry Seymour, estacionada en Dover, se unión a la del almirante Howard que seguía a la Armada. De pronto toda nuestra flota se encontraba a un par de kilómetros de los españoles, que estaban fondeados frente a Calais. Y el almirante Howard decidió que la oportunidad de atacar era demasiado tentadora para dejarla pasar, a pesar del peligro. De manera que armaron ocho brulotes, esas armas de terror, barcos en llamas y cargados con materiales combustibles y arpeos para explotar en un infierno. Y los lanzaron al mismísimo corazón de la Armada. La maniobra tuvo éxito allí donde nuestras andanadas habían fracasado. La fuerte formación defensiva de la Armada está rota. En su pánico por evitar los brulotes, cortaron amarras, perdieron anclas y se diseminaron por la zona. Ahora intentan desesperadamente reagruparse frente a las costas de las Gravelinas. Nuestra flota los atacará mientras se encuentran en ese estado de confusión. Ahora tendremos la ocasión de destruirlos, en lugar de limitarnos a hostigarlos.

—¡Alabado sea Dios! —exclamé—. ¡Caed sobre ellos! ¡Acabad con ellos! —Pero los hombres que podían llevar a cabo esta orden estaban demasiado lejos para oírme. Me encontraba en Tilbury, y sólo podía hablar directamente con las defensas de tierra. Ése era el único poder que tenía para influir en el resultado de esta guerra.

Me puse en pie y Leicester hizo un gesto a los presentes.

—Majestad, por favor, permitid que vuestros devotos soldados y oficiales os muestren su dedicación. Desean honrar vuestra justa y poderosa mano.

Una larga hilera de jóvenes fue avanzando para, uno a uno, tomarme la mano y besarla.

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Me retiré a arreglarme para la inminente ceremonia. Catherine y Marjorie me prepararían, como acólitos que vistieran a un sacerdote. Primero, el pelo. Llevaría mi mejor y más alta peluca, la más adecuada para sostener las perlas y diamantes, símbolos de virginidad, y para ser vista de lejos. Luego había que colocar con cuidado la coraza de plata, con los lazos algo flojos para dejar sitio al voluminoso corpiño de terciopelo blanco que llevaba debajo.

Por fin retrocedieron las dos un paso.

—Señora, parecéis Palas Atenea, no una reina de este mundo. —Su expresión me demostró que me había transformado de la mujer (aunque reina) a la que servían cada día en algo más alto. En esta ocasión yo era más que yo misma. Y así debía ser.

Después monté mi magnífico caballo blanco y Leicester me ofreció el bastón de general, de plata y oro, y el látigo negro español, y cogió la brida de ...