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ISLA BAJO EL MAR, LA

Isabel Allende  

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Fragmento

Índice

La isla bajo el mar

Zarité

Primera parte. Saint –Domingue 1770-1793

El mal español

Ave de la noche

El huevo de paloma

La novia de Cuba

La casa del amo

Zarité

El escarmiento

Macandal

Zarité

El baile del intendente

La loca de la plantación

Oficiante de ceremonias

Un ser que no es humano

Zarité

La concubina

Esclava de todo servicio

Zarité

Tiempos revueltos

Zarité

Los amantes

Los hijos del amo

Zarité

El guerrero

La conspiración

Sublevación en el norte

Zarité

La venganza

El terror

El sabor de la libertad

Zarité

Fugitivos

El París de las Antillas

Noches de desgracia

Zarité

Guerra Civil

Sangre y ceniza

Ayudar a morir

El castigo

Segunda Parte. Louisiana 1793-1810

Créoles de buena sangre

Zarité

Los festejos

El hidalgo español

La madrastra

Zarité

Temporada de huracanes

A golpes de fusta

Aldea de esclavos

El capitán La Liberté

Refugiados

El colegio de Boston

Zarité

Promesa por cumplir

El santo de Nueva Orleans

Zarité

La política del día

Los americanos

Rosette

Zarité

Maurice

Los espías

El bastardo

Miedo a la muerte

El baile de las sirenas

A la derecha de la luna

Los enamorados

Enlace de sangre

Dos noches de amor

El purgatorio

Largo verano

En prisión

Zarité

Otros títulos de Isabel Allende

Biografía

Créditos

A mis hijos, Nicolás y Lori

Zarité

En mis cuarenta años, yo, Zarité Sedella, he tenido mejor suerte que otras esclavas. Voy a vivir largamente y mi vejez será contenta porque mi estrella —mi z’etoile— brilla también cuando la noche está nublada. Conozco el gusto de estar con el hombre escogido por mi corazón cuando sus manos grandes me despiertan la piel. He tenido cuatro hijos y un nieto, y los que están vivos son libres. Mi primer recuerdo de felicidad, cuando era una mocosa huesuda y desgreñada, es moverme al son de los tambores y ésa es también mi más reciente felicidad, porque anoche estuve en la plaza del Congo bailando y bailando, sin pensamientos en la cabeza, y hoy mi cuerpo está caliente y cansado. La música es un viento que se lleva los años, los recuerdos y el temor, ese animal agazapado que tengo adentro. Con los tambores desaparece la Zarité de todos los días y vuelvo a ser la niña que danzaba cuando apenas sabía caminar. Golpeo el suelo con las plantas de los pies y la vida me sube por las piernas, me recorre el esqueleto, se apodera de mí, me quita la desazón y me endulza la memoria. El mundo se estremece. El ritmo nace en la isla bajo el mar, sacude la tierra, me atraviesa como un relámpago y se va al cielo llevándose mis pesares para que Papa Bondye los mastique, se los trague y me deje limpia y contenta. Los tambores vencen al miedo. Los tambores son la herencia de mi madre, la fuerza de Guinea que está en mi sangre. Nadie puede conmigo entonces, me vuelvo arrolladora como Erzuli, loa del amor, y más veloz que el látigo. Castañetean las conchas en mis tobillos y muñecas, preguntan las calabazas, contestan los tambores Djembes con su voz de bosque y los timbales con su voz de metal, invitan los Djun Djuns que saben hablar y ronca el gran Maman cuando lo golpean para llamar a los loas. Los tambores son sagrados, a través de ellos hablan los loas.

En la casa donde me crié los primeros años, los tambores permanecían callados en la pieza que compartía con Honoré, el otro esclavo, pero salían a pasear a menudo. Madame Delphine, mi ama de entonces, no quería oír ruido de negros, sólo los quejidos melancólicos de su clavicordio. Lunes y martes daba clases a muchachas de color y el resto de la semana enseñaba en las mansiones de los grands blancs, donde las señoritas disponían de sus propios instrumentos porque no podían usar los mismos que tocaban las mulatas. Aprendí a limpiar las teclas con jugo de limón, pero no podía hacer música porque madame nos prohibía acercarnos a su clavicordio. Ni falta nos hacía. Honoré podía sacarle música a una cacerola, cualquier cosa en sus manos tenía compás, melodía, ritmo y voz; llevaba los sonidos en el cuerpo, los había traído de Dahomey. Mi juguete era una calabaza hueca que hacíamos sonar; después me enseñó a acariciar sus tambores despacito. Y eso desde el principio, cuando él todavía me cargaba en brazos y me llevaba a los bailes y a los servicios vudú, donde él marcaba el ritmo con el tambor principal para que los demás lo siguieran. Así lo recuerdo. Honoré parecía muy viejo porque se le habían enfriado los huesos, aunque en esa época no tenía más años de los que yo tengo ahora. Bebía tafia para soportar el sufrimiento de moverse, pero más que ese licor áspero, su mejor remedio era la música. Sus quejidos se volvían risa al son de los tambores. Honoré apenas podía pelar patatas para la comida del ama con sus manos deformadas, pero tocando el tambor era incansable y, si de bailar se trataba, nadie levantaba las rodillas más alto, ni bamboleaba la cabeza con más fuerza, ni agitaba el culo con más gusto. Cuando yo todavía no sabía andar, me hacía danzar sentada, y apenas pude sostenerme sobre las dos piernas, me invitaba a perderme en la música, como en un sueño. «Baila, baila, Zarité, porque esclavo que baila es libre… mientras baila», me decía. Yo he bailado siempre.

PRIMERA PARTE

Saint-Domingue, 1770-1793

El mal español

Toulouse Valmorain llegó a Saint-Domingue en 1770, el mismo año que el delfín de Francia se casó con la archiduquesa austríaca María Antonieta. Antes de viajar a la colonia, cuando todavía no sospechaba que su destino le iba a jugar una broma y acabaría enterrado entre cañaverales en las Antillas, había sido invitado a Versalles a una de las fiestas en honor de la nueva delfina, una chiquilla rubia de catorce años, que bostezaba sin disimulo en medio del rígido protocolo de la corte francesa.

Todo eso quedó en el pasado. Saint-Domingue era otro mundo. El joven Valmorain tenía una idea bastante vaga del lugar donde su padre amasaba mal que bien el pan de la familia con la ambición de convertirlo en una fortuna. Había leído en alguna parte que los habitantes originales de la isla, los arahuacos, la llamaban Haití, antes de que los conquistadores le cambiaran el nombre por La Española y acabaran con los nativos. En menos de cincuenta años no quedó un solo arahuaco vivo ni de muestra: todos perecieron, víctimas de la esclavitud, las enfermedades europeas y el suicidio. Eran una raza de piel rojiza, pelo grueso y negro, de inalterable dignidad, tan tímidos que un solo español podía vencer a diez de ellos a mano desnuda. Vivían en comunidades polígamas, cultivando la tierra con cuidado para no agotarla: camote, maíz, calabaza, maní, pimientos, patatas y mandioca. La tierra, como el cielo y el agua, no tenía dueño hasta que los extranjeros se apoderaron de ella para cultivar plantas nunca vistas con el trabajo forzado de los arahuacos. En ese tiempo comenzó la costumbre de «aperrear»: matar a personas indefensas azuzando perros contra ellas. Cuando terminaron con los indígenas, importaron esclavos secuestrados en África y blancos de Europa, convictos, huérfanos, prostitutas y revoltosos.

A fines de los mil seiscientos España cedió la parte occidental de la isla a Francia, que la llamó Saint-Domingue y que habría de convertirse en la colonia más rica del mundo. Para la época en que Toulouse Valmorain llegó allí, un tercio de las exportaciones de Francia, a través del azúcar, café, tabaco, algodón, índigo y cacao, provenía de la isla. Ya no había esclavos blancos, pero los negros sumaban cientos de miles. El cultivo más exigente era la caña de azúcar, el oro dulce de la colonia; cortar la caña, triturarla y reducirla a jarabe, no era labor de gente, sino de bestia, como sostenían los plantadores.

Valmorain acababa de cumplir veinte años cuando fue convocado a la colonia por una carta apremiante del agente comercial de su padre. Al desembarcar iba vestido a la última moda: puños de encaje, peluca empolvada y zapatos de tacones altos, seguro de que los libros de exploración que había leído lo capacitaban de sobra para asesorar a su padre durante unas semanas. Viajaba con un valet, casi tan gallardo como él, varios baúles con su vestuario y sus libros. Se definía como hombre de letras y a su regreso a Francia pensaba dedicarse a la ciencia. Admiraba a los filósofos y enciclopedistas, que tanto impacto habían tenido en Europa en las décadas recientes y coincidía con algunas de sus ideas liberales: El contrato social de Rousseau había sido su texto de cabecera a los dieciocho años. Apenas desembarcó, después de una travesía que por poco termina en tragedia al enfrentarse a un huracán en el Caribe, se llevó la primera sorpresa desagradable: su progenitor no lo esperaba en el puerto. Lo recibió el agente, un judío amable, vestido de negro de la cabeza a los pies, quien lo puso al día sobre las precauciones necesarias para movilizarse en la isla, le facilitó caballos, un par de mulas para el equipaje, un guía y un miliciano para que los acompañaran a la habitation Saint-Lazare. El joven jamás había puesto los pies fuera de Francia y había prestado muy poca atención a las anécdotas —banales, por lo demás— que solía contar su padre en sus infrecuentes visitas a la familia en París. No imaginó que alguna vez iría a la plantación; el acuerdo tácito era que su padre consolidaría la fortuna en la isla, mientras él cuidaba a su madre y sus hermanas y supervisaba los negocios en Francia. La carta que había recibido aludía a problemas de salud y supuso que se trataba de una fiebre transitoria, pero al llegar a Saint-Lazare, después de un día de marcha a mata caballo por una naturaleza glotona y hostil, se dio cuenta de que su padre se estaba muriendo. No sufría de malaria, como él creía, sino de sífilis, que devastaba a blancos, negros y mulatos por igual. La enfermedad había alcanzado su última etapa y su padre estaba casi inválido, cubierto de pústulas, con los dientes flojos y la mente entre brumas. Las curaciones dantescas de sangrías, mercurio y cauterizaciones del pene con alambres al rojo no lo habían aliviado, pero seguía practicándolas como acto de contrición. Acababa de cumplir cincuenta años y estaba convertido en un anciano que daba órdenes disparatadas, se orinaba sin control y estaba siempre en una hamaca con sus mascotas, un par de negritas que apenas habían alcanzado la pubertad.

Mientras los esclavos desempacaban su equipaje bajo las órdenes del valet, un currutaco que apenas había soportado la travesía en barco y estaba espantado ante las condiciones primitivas del lugar, Toulouse Valmorain salió a recorrer la vasta propiedad. Nada sabía del cultivo de caña, pero le bastó aquel paseo para comprender que los esclavos estaban famélicos y la plantación sólo se había salvado de la ruina porque el mundo consumía azúcar con creciente voracid

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