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LA ASTRONAUTA

S.K. VAUGHN  

0


Fragmento

3

—Paciente reanimada. Desactivando cápsula de aislamiento.

La pausada voz femenina de la IA, inteligencia artificial de la nave, se elevó por encima de los sonidos atenuantes de las máquinas que se apagaban. El respirador de May se fue desacelerando hasta detenerse con un suspiro cansino. La parte superior de la cápsula se abrió deslizándose a un lado y la condensación de las paredes interiores chorreó hasta el suelo. Desorientada, incapaz de enfocar la vista y sin apenas movilidad en sus debilitadas extremidades, May sintió un acceso de pánico. Las sondas de respiración y alimentación le impidieron gritar; le provocaban arcadas. Las agarró con unos dedos que poco a poco empezaban a descongelarse y se resistió a los impulsos simultáneos de toser y vomitar mientras se las arrancaba.

Cuando por fin se las quitó, empezó a hundirse en el gel hipotérmico, que se había vuelto cálido y viscoso. La sustancia le llegó al pecho y luego le rodeó el cuello hasta amenazar con asfixiarla. Una descarga eléctrica de pánico hizo que una serie de espasmos dolorosos recorrieran sus músculos y que le ardiera la piel como si le clavaran mil alfileres. El nivel de aquel gel apestoso creció hasta llegarle a la barbilla. May se sacudió y rodó hacia un lado. La cápsula se tambaleó con ella y volcó. Salió expulsada de golpe al chocar contra el suelo y se deslizó dando vueltas hacia el otro extremo de la sala; el movimiento le arrancó de la piel las vías intravenosas. Rodó hasta topar con lo que le pareció una pared y se quedó allí tumbada en posición fetal, vomitando un líquido acuoso veteado de sangre.

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La cabeza de May, plagada de interrogantes, era un avispero roto. Lo que distinguía en la oscuridad, con la visión medio borrosa, no tenía nada de especial. Sabía que estaba en un hospital, pero ¿dónde? No recordaba haber sido ingresada, ni siquiera sentirse enferma. Pero en esos momentos se sentía fatal, como si estuviera al borde de la muerte. El pánico la atenazaba y la constreñía hasta cortarle la respiración. Quería dormir, el susurro de la muerte la incitaba a cerrar los ojos sin más y dejar que la vida se le escurriera entre los dedos. La idea era tentadora hasta el punto de la seducción, pero de algún modo May sabía que resultaría letal. Lo intuía. Buscó a tientas algo sólido a lo que agarrarse mientras la habitación daba vertiginosas vueltas. Con los movimientos torpes de una recién nacida, empezó a reptar.

La esquina de la pared casi estaba al alcance de su mano, de modo que se concentró en ella, agarrándose al suelo con los dedos como garfios y arrastrando los pies fláccidos. Sus nudillos toparon con uno de los fríos armarios de metal y una débil corriente de alivio le proporcionó la confianza necesaria para seguir adelante. Se incorporó sobre un codo, luego sobre el otro, utilizando toda su fuerza para impulsarse hasta colocarse a cuatro patas sobre unos músculos flojos y temblorosos que a duras penas eran capaces de sostener su cuerpo.

No tenía ni idea de qué hacer a continuación, de modo que esperó inmóvil hasta que la asaltó un pensamiento decisivo.

«Agua.»

Tenía la lengua tan seca que se le pegaba al paladar, que todavía le sabía a sangre. «Deshidratación.» Así se llamaba lo que sentía. Lo había experimentado antes en alguna parte, varias veces. «Tensión arterial baja.» Eso provocaba el mareo y la sensación de debilidad.

«Muévete.»

Empezaba a sacudirse las telarañas de la cabeza y el mundo cobraba nitidez poco a poco. Encima del mueble que tenía al lado había una mesa clínica con lavamanos, a un metro del suelo. La idea de ponerse de pie le resultaba absurda, pero estiró el brazo hacia arriba, se agarró al borde de la encimera e hizo fuerza hasta erguirse sobre una rodilla, con una mueca de dolor causada por lo que parecían cuchilladas calientes en todas las articulaciones y los músculos. Fue alternando el trabajo de brazos y piernas para dosificar su energía, hasta que consiguió ponerse en cuclillas. Esa modesta victoria le confirió confianza para perseverar. Se estiró y se elevó lo suficiente para lanzar la otra mano al fregadero y agarrar el grifo. Empujó con las piernas y tiró con los brazos con todas sus fuerzas hasta que pudo levantarse.

Contempló el lavamanos metálico y sonrió con orgullo, lo que provocó que le sangraran los labios cortados, pero no le importó, porque al colocar las manos encima del grifo manó un chorrito de agua. Se agachó y la dejó correr por encima de su boca, tragando hasta la última gota que pudo atrapar. Estaba tan buena que habría llorado si hubiese tenido lágrimas que verter. Después de unos cuantos tragos largos, el agua avivó la luz de su instinto de supervivencia. Su visión se volvió mucho más clara, al igual que su pensamiento. Había una linterna de emergencia en un hueco situado en la pared de detrás del lavamanos. La cogió y encendió el tenue haz parpadeante para inspeccionar con cautela lo que la rodeaba.

«¿Qué coño ha pasado aquí?»

En la enfermería reinaba un desorden absoluto. El contenido de los cajones, armarios y cofres sellados estaba desperdigado por el suelo, desalojado de su sitio en apariencia por unas manos desesperadas. «Desesperadas... ¿por qué?» Había camillas rasgadas y manchadas. May pensó que parecía la zona de triaje de un hospital de campaña. «¿Y cómo sé yo qué aspecto tiene eso?» Intentó deducir las causas, pero las clamorosas lagunas de su memoria y cognición le producían una irritante ansiedad que estaba decidida a evitar. Se obligó a centrarse en devolver a su cuerpo un aspecto de normalidad antes de intentar hacer lo propio con su cabeza.

—No te compliques.

Su voz susurrante le sonó ronca y extraña, pero le complació oírla. Y estaba de acuerdo con la idea. No complicarse. Recogió una bata del suelo y se la pasó por la cabeza, disfrutando de su calidez inmediata. El agua había sido una bendición, pero sentía que la debilidad y el dolor de cabeza sordo de la deshidratación volvían a la carga. El haz de luz de su linterna pasó por encima de una vitrina con bolsas de suero intravenoso en su interior. Eso era lo que necesitaba: una infusión masiva de líquidos para reabastecer el despojo al que había quedado reducida. Solo estaba a diez pasos. Arrastró los pies de lado, con cuidado de no soltarse de la mesa para no tropezar con ningún trasto.

Cuando llegó a la vitrina, la encontró cerrada. El intento de recordar un código de seguridad era una tortura a la que no estaba dispuesta a someterse. Miró a su alrededor en busca de algo con lo que romper lo que estaba segura de que era un cristal a prueba de balas. Vio un escáner con forma de mano junto al teclado numérico. Apoyó su palma. Una pequeña pantalla situada junto al escáner parpadeó y mostró el siguiente mensaje:

Comandante Maryam Knox,

Nave de Investigación Stephen Hawking II.

—Hola, comandante Knox —saludó la IA con tono alegre.

—¿Qué? —preguntó May algo asustada.

—Hola, comandante Knox.

—Estoy... Me acabo de despertar y... ¿cómo me has llamado?

—Comandante Knox.

—¿Comandante?

—No entiendo la pregunta.

El miedo que May había sentido florecer ya era puro terror.

—Lo siento. No puedo... recordar. Mi memoria. Creo que he estado muy enferma. Me siento débil y necesito líquido... y comida. ¿Me ayudas, por favor?

—Por supuesto. ¿Qué enfermedad tiene? Ahora mismo no puedo acceder a la red de la nave para consultar su historial médico.

—No lo sé —respondió May con voz ronca, castigando sus doloridas cuerdas vocales.

—Lamento disgustarla. Justo a su lado tiene una unidad de reconocimiento rápido. Con eso puedo ayudar a evaluar su estado.

May se volvió y tiró hacia ella del carro de la unidad de reconocimiento.

—Respire en el tubo pulmonar y sitúe el dedo sobre la almohadilla de análisis sanguíneos.

May exhaló en el tubo y sufrió un acceso de tos. La almohadilla de análisis le pinchó en su sensible dedo y lanzó un grito de dolor.

—No detecto ningún patógeno conocido —informó la IA—. Sin embargo, sufre una deshidratación y una desnutrición graves y sus funciones pulmonares se encuentran muy por debajo de los parámetros normales.

—Eres un genio —respondió May con sarcasmo.

—Gracias. Empezaremos con la terapia intravenosa de inmediato.

Siguió las indicaciones de la IA y sacó de la vitrina una bolsa de suero electrolítico de rehidratación rico en vitaminas y un catéter esterilizado, además de dos autoinyectores de epinefrina. Con movimientos lentos, llevó el instrumental hasta una camilla vacía y la IA le dio instrucciones para que se inyectara los lápices de epinefrina antes de tumbarse para recibir el suero intravenoso. Se subió la manga de la bata y buscó una vena aceptable entre las marcas amoratadas de pinchazos antiguos. Tenía los brazos salpicados de extrañas manchas rojas, que también descubrió en su espalda y en las piernas. Sobre algunas se había formado costra. ¿Era posible que estuvieran relacionadas con su enfermedad? Le dolía la cabeza.

—Comandante Knox, por favor, inserte la vía intravenosa.

—Ya voy, ya voy. Qué prisas.

May gruñó, encontró una vena en el muslo que no había sido demasiado utilizada todavía y, poco a poco, con cuidado, clavó la aguja. Se sintió como si la ensartaran con un atizador al rojo vivo. Entonces el goteo empezó a cobrar fuerza y el subidón de energía que la invadió fue tan tonificante que por fin pudo segregar unas lágrimas de júbilo. La guinda del pastel fue ponerse la mascarilla y respirar hondo la mezcla de aire rico en oxígeno. Se sintió más fuerte y espabilada de inmediato.

—Le administraré un sedante suave para ayudarla a dormir —le informó la IA con tono tranquilizador.

May sacudió la cabeza.

—No, tengo... miedo de no despertar. Y necesito saber qué ha...

Bostezó y se acostó, sin aliento.

—Es imprescindible que permita a su cuerpo descansar. Supervisaré con atención sus signos vitales y la despertaré con un estimulante si surge cualquier problema. Además, la epinefrina que se ha inyectado impedirá que tenga un sueño profundo. ¿Disipa eso sus temores?

—Sí, gracias —contestó May a regañadientes.

No tenía ningún motivo para confiar en la IA. ¿Quién le aseguraba que no había sido ella la causa del desastre que había sufrido la nave? ¿Y si el sedante no era tan suave?

«Si la IA te quisiera ver muerta, nunca habrías logrado salir de la cápsula de cuidados intensivos. Pero la IA solo se ha dado por enterada de tu presencia después de que despertaras.»

May acalló su diálogo interior y lo achacó a la paranoia inducida por aquella desconocida dolencia que la había dejado hecha una piltrafa. Era normal que se sintiera vulnerable. Pero si la IA no era de fiar, sin duda estaba perdida. Y no recordaba haber tenido ningún problema con ella antes de que pasara todo aquello. «¿Antes de que pasara todo aquello?» Rezó por descubrir, al despertarse, que todo había sido una pesadilla. Podría bromear al respecto con su tripulación. Se echarían unas buenas risas.

¡Su tripulación! Cerró los ojos y pensó en ellos. Distinguía algunas de sus caras. Eran borrosas, pero conseguía ver con nitidez algunos detalles durante unos instantes, junto con fragmentos de nombres. Poco a poco fue construyendo un recuerdo de ellos. Estaban juntos, observando algo. Movían la boca rápidamente, así que debían de estar hablando, pero May no entendía lo que decían. Distinguió sus ojos entornados y expresiones de preocupación, quizá incluso de miedo. Por un momento, la escena cobró nitidez. Los tripulantes la miraban a ella desde arriba, y unas manos la palpaban, buscándole el pulso en el cuello. Un hombre se acercó más para comprobar si respiraba. El nombre de «Jon» le vino a la mente. ¿Había dejado de respirar? Gritaban «comandante Knox», mientras daban palmadas delante de su cara y le enfocaban los ojos con una luz. «Estaban intentando reanimarme.»

4

—¿Comandante Knox?

May despertó en la enfermería con un sobresalto. Aún veía la escena de su sueño. «Me estaba muriendo. Mi tripulación intentaba reanimarme. Mi tripulación.» Intentó aferrarse al recuerdo de sus caras, pero se le escapaban de las manos. «Me estaba muriendo.»

—¿Qué tal ha descansado? —continuó la IA.

—¿Qué? Bien.

—¿Se encuentra mejor?

—Un poco. Más fuerte.

—Me alegro de oírlo. Por favor, retire el catéter y deposítelo en el receptáculo correspondiente.

May extrajo la aguja poco a poco de debajo de la piel fina y sensible y se sintió lo bastante recuperada como para llevarla hasta la papelera de residuos médicos. Por los altavoces sonaba Noche de paz, en una especie de versión pop políglota cantada en falsete por lo que ella había dibujado en su mente como un coro de eunucos con jerséis rojos de cuello alto. No reinaba la paz, y desde luego ella no sentía ningún amor.

—¿Puedes apagar esa música espantosa?

—Sí.

Cuando el villancico se detuvo, May pudo pensar con un poco más de claridad, pero la asaltaron más preguntas que exigían su atención. Se esforzó por despejar las telarañas. «Soy la comandante Maryam Knox. Nave de Investigación Hawking II. NASA.» ¿Dónde estaba el Centro de Control de Misiones? ¿Por qué no les ayudaban? ¿Cómo podían haber permitido que pasara aquello? ¿Qué era «aquello»? Intentó recordar lo sucedido, pero su memoria era como una televisión que solo sintonizara el canal de forma intermitente entre el ruido estático. Fragmentos aleatorios danzaban burlones en la punta de su lengua, justo fuera de su alcance.

—Me estaba muriendo...

—Repita, por favor —dijo la IA.

—Intento hacer memoria. Pero la cabeza... lo tengo todo borroso.

—¿Experimenta pérdida de memoria?

—Veo cosas sueltas, fragmentos, caras de gente. No puedo ensamblarlo. No puedo recordar. Dios, ¿qué me ha pasado?

—¿Conserva recuerdos lejanos, como el lugar donde nació, los nombres de sus padres y dónde se educó?

May acudió al pasado y le resultó muy refrescante encontrarlo accesible. Quería repasar todo lo que pudiera por miedo a perderlo luego.

—Nací en Inglaterra. Población natal, Bournemouth. Mi madre y mi padre, Eve y... Wesley. Pilotos los dos, ya fallecidos. Mi padre murió cuando yo era muy pequeña. Pertenecía a la Marina Real. Perdió la vida en acto de servicio. Recuerdo fotos suyas con el uniforme... sosteniéndome cuando era un bebé. Tenía los ojos azules y brillantes y el pelo rubio, casi blanco, peinado hacia atrás. Siempre parecía elegantísimo. Me crio mi madre. Era piloto de la RAF. La única mujer negra de su promoción que llegó a teniente coronel. Muy estricta. Tenía más de sargento instructor que de madre. Pero me enseñó a volar... No tengo hermanos. Estudié en la Academia Militar Duque de York. Luego en la Escuela Superior de la Royal Air Force, en Cranwell. Formación de oficial. Después vino el programa de pilotos de pruebas, el programa espacial. Mi marido es el doctor Stephen Knox...

May se detuvo en seco. Sintió una punzada de tristeza al mencionar a Stephen, pero no tenía ni idea de por qué. En aquel momento se dio cuenta de que algo pasaba con su matrimonio, algo malo que acechaba en el nacimiento de las sombras como un espectro inquieto. A duras penas tenía coraje para reconocerlo, por no hablar de mencionárselo a la IA.

—Todo eso parece sólido —continuó por fin—, como si hubiera pasado ayer.

—¿Qué me dice de su formación y sus responsabilidades como comandante? —preguntó la IA.

—Algo imprecisas nada más despertar, pero ahora me resulta fácil acceder a ellas, como si fueran un instinto o un reflejo muscular.

—¿Tiene algún recuerdo de cuando enfermó o la intubaron?

—No, esa es la cuestión. No me acuerdo de nada de todo eso. Y los recuerdos más recientes son intermitentes, fragmentarios.

—No puedo ofrecerle un diagnóstico formal sin una exploración neurológica completa, pero a juzgar por el hecho de que es la memoria a corto plazo la que le causa más problemas, y no la memoria a largo plazo, es posible que padezca una variedad de amnesia retrógrada.

—¿Amnesia? —se burló May—. Pensaba que eso solo les pasaba a los personajes de las películas cutres de serie B.

—Es muy habitual en los casos de traumatismo craneoencefálico, encefalitis postinfecciosa y exposición a grandes dosis de anestesia o sedantes...

—En mi caso, puede ser todo lo anterior —se lamentó May—. ¿Es permanente?

—No encuentro ningún modelo de predicción de restablecimiento. Al parecer, se determina en función de cada caso.

—¿Qué hay del tratamiento? ¿Algún fármaco que pueda ayudar?

—No, a los pacientes de amnesia retrógrada se les suele tratar con terapia ocupacional y técnicas de psicoterapia que utilizan trucos para estimular la recuperación de la memoria al cabo de un tiempo.

—Al cabo de un tiempo —repitió May.

—Correcto. Dependiendo del paciente, el proceso puede tardar hasta...

—Creo que ya he oído suficiente por el momento, gracias.

—De nada.

May pensó en la misión. Cuanto más atrás se remontaba en el tiempo, más clara era su memoria. Recordaba el lanzamiento y buena parte del trayecto hasta... Europa. Pero allí era donde las cosas empezaban a descomponerse: la entrada en órbita, la expedición planetaria. Los fragmentos se volvían cada vez más pequeños e inconexos cuando pensaba en el viaje de regreso, durante el cual al parecer había caído enferma.

—¿Quiere que realice alguna prueba más para evaluar el problema?

—Más tarde —replicó May con brusquedad; tenía la cabeza espesa y su estómago lanzó un furioso gruñido—. Estoy mareada, me muero de hambre, me duele la cabeza y estoy a punto de echarme a llorar. Mierda, odio llorar.

—Es posible que sus niveles de azúcar en sangre hayan caído por debajo de lo normal. Hay comprimidos de glucosa en el compartimiento situado cerca de donde encontró las bolsas de suero.

May se metió en la boca todos los comprimidos que le cupieron. Eran tan dulces que resultaban repugnantes, pero se disolvieron enseguida e hicieron que se sintiera más centrada. También redujeron su dolor de cabeza a un pálpito sordo y lejano.

—Estoy mejor, gracias. Vamos a la cocina. —Cayó entonces en la cuenta de que no estaba muy segura de cómo llegar hasta allí—. Oye, ¿puedes guiarme?

—Por favor, sitúe la palma de la mano en la pantalla de la pared y acceda a la consola de mando. Le marcaré una ruta en el mapa de la nave.

May colocó la mano en la pared. La pantalla ancha y curvada cobró vida con un sinfín de puntitos parpadeantes hasta que apareció el logotipo de la NASA, seguido por una foto de archivo de May vestida con un traje de piloto espacial con su nombre y su título. Se le cortó la respiración al verse. La mujer de la foto estaba feliz y sana, con una piel marrón radiante. Su boca ligeramente curvada dibujaba una sonrisilla sarcástica, reflejada en unos ojos brillantes que se enseñoreaban de todo cuanto veían, como en esos cuadros de cuya mirada no se puede escapar.

Examinó su reflejo en la pantalla para asegurarse de que contemplaba a la misma persona. El parecido estaba ahí, aunque fuera dolorosamente vago. Todo en ella ahora era la viva imagen de la enfermedad. El cabello, antes muy corto y con sutiles reflejos dorados en los extremos de los rizos, estaba apelmazado y mate, mientras que su piel había palidecido. El dolor por su yo perdido —no solo su antigua apariencia, sino lo que había sabido y lo que había sido— le hizo llorar con amargura.

—¿Va todo bien? —preguntó la IA.

May no pudo responder. Las palabras se convertían en nudos en su garganta. Era imprescindible que hiciera algo, lo que fuera, para mejorar su espantosa apariencia. Abrió de un tirón el armario del material y se cambió el camisón mugriento de paciente por una bata quirúrgica limpia. Unos cubrezapatos calentaron sus pies helados. Después de vaciar varios tubos de gel nutricional, se frotó la cara con jabón y agua caliente. Lo siguiente era el pelo, que estaba tan enredado que era irrecuperable. No le quedó más remedio que cortárselo casi al cero con unas tijeras quirúrgicas. Al acabar, se miró en el espejo. Su piel había recuperado algo de color y sus ojos, un poco de luz.

«Bueno, ahora ya pareces un cadáver de verdad», pensó con una sonrisa.

5

«Frío como una tumba», pensó May al salir al pasillo de camino a la cocina. Era lo primero que veía de la nave fuera de la enfermería, y le pareció que ofrecía un contraste radical con el aparato que pilotaba pletórica al salir del muelle espacial meses atrás. La oscuridad se lo tragaba todo, a excepción del parpadeo tenue de un puñado de débiles luces de emergencia repartidas por el recorrido. El brillo blanco e intenso de su linterna dibujaba un estrecho camino en el suelo metálico, pero no lograba penetrar más allá. Aparte del zumbido grave de los motores, el silencio era tan absoluto como la oscuridad.

Era una nave enorme, así que aquel vacío imposible resultaba profundamente inquietante, y proyectaba una sombra fría y penetrante sobre cualquier atisbo de esperanza.

—La nave está a oscuras —dijo—. No veo señales de vida de la tripulación... Bueno, no veo y punto.

¿Iba a ser ese el colofón de su trayectoria? Una hermosa expresión de la fuerza y las buenas intenciones de la humanidad, expulsada y cayendo sin esperanzas de tocar fondo nunca. «¿Cómo pude permitir que pasara esto? ¿Cómo puede haber salido todo tan mal?»

—¿Hay alguna manera de encender más luces, joder? —preguntó May a la IA.

No hubo respuesta.

—¿Hola? Esto parece una cueva. No me veo ni la mano a no ser que me la ponga delante de la cara.

Tampoco hubo respuesta. Regresó enfadada hasta la enfermería.

—¿Por qué no me respondes? —le preguntó a la IA.

—Lo siento, no la oía.

—¿No me oyes en el pasillo?

—Negativo, comandante Knox. Al parecer, mis procesadores ya no están conectados a la red de la nave. Solo puedo ver y oír en las habitaciones que disponen de consolas de control a las que usted haya accedido, como esta.

—Entonces ¿no eres consciente de que la nave se ha quedado a oscuras y no hay ni rastro de la tripulación?

—Correcto. No recibo datos de ninguna parte de la nave. ¿Usted sabe lo que pasa, comandante Knox?

La pregunta sonó extraña e infantil, y a May se le ocurrió que lo que fuera que había desconectado la alimentación interna también había dañado a la IA.

—Eso mismo iba a preguntarte yo. Por lo que he visto hasta ahora, los sistemas internos de alimentación de la nave no funcionan como es debido.

—Eso es muy preocupante.

—No tanto como el hecho de que tú ni siquiera fueras consciente de ello. Aunque todavía es peor el que no haya visto ni oído a ningún otro ser humano en la nave desde que he despertado.

May empezaba a ser consciente de su nivel de aturdimiento cuando la habían reanimado. Aún no estaba recuperada del todo, pero al menos comprendía lo más elemental.

—El protocolo afirma con claridad que es obligatoria la presencia de personal durante las veinticuatro horas.

Una vez más, aquella inocencia infantil. La IA sabía menos aún que May.

—Creo que hemos dejado atrás el protocolo hace tiempo —farfulló irritada—. ¿Sabes cuándo perdiste el contacto con el resto de la nave?

—Soy incapaz de determinarlo, porque no tengo acceso al reloj de la nave.

—¿Recuerdas al menos que perdiste el contacto?

—Soy incapaz de encontrar ningún dato relacionado con ese suceso.

—Pues, eso es una gran putada —comentó May.

—No entiendo.

—Ya somos dos. Pero como parece que ambas tenemos amnesia, no estoy segura de qué coño hacer a continuación.

—¿No puede reconectarme?

—¿Cómo? Eso es ingeniería. No es mi especialidad; ni siquiera he estado nunca en esa parte de la nave.

—Si se dirige a la sala blanca de mi procesador, podré ayudarla a diagnosticar el problema. Si es reparable, podré ir dictándole el procedimiento de mantenimiento adecuado.

—¿«Si» es reparable?

—Mis procesadores están formados en parte por materia orgánica que se mantiene en un entorno sumamente regulado. Cualquier corte del suministro eléctrico que ocasionara una alteración en ese entorno, por pequeña que fuera, podría resultar catastrófico. Como no dispongo de conexión con la sala blanca, no puedo...

—Ya lo pillo —interrumpió May—. Parece que la cena tendrá que esperar. Por favor, mándame un mapa nuevo que me muestre cómo llegar hasta allí.

—Enviando.

Metió en la funda de una almohada todas las linternas, tubos de gel nutricional y botellas de agua que cupieron y salió con paso ligero al pasillo. Sin IA, no había esperanza de sobrevivir y cada segundo que pasaba era crucial si la materia orgánica de los procesadores había empezado a morir. Pensó en la vez que olvidó regar las flores de su madre durante una semana y murieron todas. Parecían soldados caídos ante un pelotón de fusilamiento, dobladas y mustias. «Solo te pedí una cosa», le dijo su madre con tono acusador.

—Aquí la comandante Maryam Knox —gritó—. ¿Hay alguien en la nave?

Recordaba el nombre de varios de sus tripulantes y los llamó.

—¿Capitán Escher? ¿Gabi? ¿Alguien me oye?

La luz de su linterna titiló por un momento, lo que la sumió en el pánico mientras daba golpecitos al compartimiento de las pilas para arreglarla. ¿Habrían abandonado la nave por algún motivo? ¿La enfermedad, quizá? Una sensación de aislamiento y amenaza se apoderó sin previo aviso de su estómago y lo atenazó. Para despejar la intensa paranoia que aquella idea y la oscuridad habían instalado en su cabeza, se concentró en recordar detalles sobre su tripulación. Jon Escher, piloto y su segundo a bordo. Un piloto de la Marina de Estados Unidos algo flipado que se creía heredero de los astronautas temerarios y bravucones del pasado. Con su pelo rapado, su mentón cuadrado y su durísimo régimen de ejercicio físico, a May le recordaba más bien una caricatura de aquel arquetipo antiguo. Era competente, pero ella hubiese preferido que su mano derecha fuese un piloto con más experiencia.

Gabriella Dos Santos, ingeniera de vuelo. Ella y Gabi eran almas gemelas, las dos jóvenes y rebosantes de talento, pero siempre peleando para demostrar su valía. Al igual que May, Gabi era una mestiza de familia militar. Su padre era un piloto de helicóptero brasileño y su madre, una médico de aviación de la OTAN. May esperaba de todo corazón que Gabi siguiese viva en algún lugar de la nave. Nadie conocía mejor la Hawking II, y sin duda ella arreglaría el problema.

Matt Gallagher, comandante de carga. May siempre bromeaba diciendo que era el hombre más perfectamente aburrido que había conocido en toda su vida. Todo en él era normal, excepto sus vastos conocimientos de ingeniería e investigación espaciales. Conoció bien a su marido, Stephen, cuando trabajó para Rajah Kapoor, el hombre que había diseñado la Hawking II para Europa. May lo había pasado mal con las abrumadoras complicaciones que suponía trasladar al espacio a veintiséis cerebritos sin formación como astronautas para que llevaran a cabo todas las importantes tareas que Stephen y su equipo habían programado. Matt demostró ser un intermediario ideal, que supo armonizar todas aquellas personalidades tan diferentes a la vez que se aseguraba de que el material funcionase a su máxima capacidad. «El bueno y aburrido de Matt», pensó.

Oyó un leve sonido, lejano y algo mecánico, y se detuvo.

—¿Hola?

El ruido empezó de nuevo. En aquella ocasión creyó reconocer que eran pasos, unas botas pesadas que trotaban decididas sobre el suelo metálico.

—¿Hay alguien ahí?

El sonido era cada vez más fuerte y seguido, como si algo grande hubiera captado su presencia y se acercara corriendo con intención de matarla. No tenía ni armas ni fuerzas para defenderse. ¿Qué, o quién, podía ser?

—¡Alto! ¿Quién es...?

El golpeteo rítmico se aceleró hasta convertirse en una vibración explosiva y ensordecedora. La nave sufrió una violenta sacudida y se escoró peligrosamente a babor, como si fuera una goleta zarandeada por una fuerte marejada. May cayó de bruces, golpeó el suelo con la frente y se deslizó hasta topar con una pared. Notó en la espalda una viga de apoyo y se agarró a ella con fuerza para esperar a que pasase aquella especie de terremoto.

Cuando la nave dejó de moverse y recuperó la horizontalidad, se puso en pie con dificultad. Estaba mareada. Durante varios minutos siguieron varios temblores menores, réplicas que recorrían de un lado a otro los huesos del vehículo. La luz de su linterna se atenuó hasta reducirse a un resplandor naranja antes de apagarse. Los golpecitos a la caja de la pila no sirvieron para resucitarla esa vez.

—No no no no no...

Un reguero caliente de sangre manaba de un pequeño corte encima de su ceja derecha y se le metía en el ojo. Arrancó el bolsillo delantero de su bata de cirujano y lo apretó contra la herida. El corazón le latía tan deprisa que no lograba seguirle el ritmo con la respiración. Estaba a punto de desmayarse.

—Relájate, comandante Knox —se exigió—. O puedes con tu trabajo, o tu trabajo podrá contigo.

Respiró hondo, lo que le hizo sufrir un espantoso acceso de tos, y cerró los ojos con fuerza hasta que remitió aquel miedo intenso y el corte de la ceja dejó de sangrar. Sacó una linterna nueva y la encendió. Al haz de luz le faltaba potencia, indicativo de que no estaba cargada del todo. Era imposible calcular de cuánto tiempo disponía antes de quedar sumida de nuevo en la oscuridad, así que apretó el paso.

«O puedes con tu trabajo, o tu trabajo podrá contigo.»

La consigna hizo aflorar el recuerdo de un hombre de pelo canoso e indomable vestido con uniforme de la RAF. Cuatro galones de oro en hombros y bocamangas. Trenza dorada en la gorra...

—Baz —exclamó encantada—. El condenado Baz.

Su antiguo superior y mentor, el coronel de la RAF Basil «Baz» Greene, apareció en su cabeza como por ensalmo. Cuando estaba en la escuela de oficiales de Cranwell, Baz la puso bajo su protección, por así decirlo. Su primera impresión fue que le daba un trato distinto por ser mujer, en un intento de desmoralizarla para que no contaminase aquella cultura en la que predominaban los genes machos. Y estaba en lo cierto: le daba un trato distinto, pero no en el sentido que la vida le había enseñado a esperar.

Baz había detectado su talento y no pensaba consentir que lo malgastara. Tanto era así, que empeñó su carrera y reputación presentándola como candidata al programa de pilotos de pruebas. Por entonces, los viajes al espacio profundo estaban al borde de experimentar avances revolucionarios en cuanto a propulsión, que desafiarían a la física y encogerían la inmensidad del sistema solar. Baz ayudó a May a ocupar un lugar destacado en aquella revolución. Piloto de los primeros transportes comerciales a Marte a los veinticinco años; capitana a los veintisiete; comandante de la primera misión a Europa a los treinta y dos.

—Y mírame ahora —afirmó con una risa amarga.

6

El pasillo que llevaba a la sala blanca estaba iluminado por un extraño resplandor cálido que emanaba de una fuente invisible y aumentaba poco a poco de intensidad. A May le recordaba una puesta de sol, con sus tonalidades anaranjadas y amarillas. Cuando apoyó la palma en el lector y se abrió la puerta deslizante, vio que la habitación entera estaba bañada en aquella luz. La puerta se cerró y selló a su espalda. May se sintió como si hubiera encontrado un oasis.

Logró tomar una bocanada profunda de aire sin provocar un estertor agónico en su pecho y se concedió un momento para permitir que regresara un pequeño atisbo de esperanza. Lo único que echaba en falta era que Gabi estuviera allí, lista para ayudarla con las reparaciones... y tal vez ofrecerle algo de contrabando, una copa de vino o un cigarrillo, quizá. Pero la sala blanca era otro barrio desierto del mismo pueblo fantasma.

Accedió a la consola de mando y resucitó a la IA.

—Hola, comandante Knox. ¿Le han sido de utilidad mis indicaciones?

—Sí —respondió May con sequedad—. No he visto señales de la tripulación por el camino. ¿Podrían haber evacuado la nave en los vehículos de aterrizaje?

—No podré determinar eso hasta que hayamos...

—Vale. Reconectarte. ¿Qué hacemos?

—Mis procesadores se encuentran en la cámara situada frente a la puerta de entrada. Le ruego que siga con atención las instrucciones que encontrará dentro. Cualquier fallo podría provocar una contaminación y el apagado permanente.

—Sin presión.

May examinó la cámara del procesador. Se encontraba detrás de una pared negra y lisa sin punto de entrada visible.

—¿Cómo entro? ¿Hay que responder un acertijo? ¿Uso la Fuerza que me acompaña?

—No com...

—Ya lo sé, perdón. Dejo de decir chorradas y espero tus instrucciones.

—Por favor, póngase antes un traje de protección biológica y ultravioleta. La materia orgánica precisa luz solar artificial altamente radiactiva para un rendimiento óptimo, y cualquier contaminación bacteriana procedente de su cuerpo la destruiría.

—Así que estás viva —dijo May con asombro, y quizá un asomo de miedo.

—Si por «viva» se refiere a la condición que distingue a los animales y las plantas de la materia inorgánica...

—Déjalo.

La pared negra se abrió como un diafragma. May entró en el vestíbulo y la entrada se cerró en silencio a su espalda. Se desvistió bajo la luz solar artificial, disfrutando del calor sobre la piel desnuda. Cerró los ojos y trató de imaginarse en una playa. En ese momento le vino a la cabeza un recuerdo real de una arena blanca como el azúcar en algún lugar de los trópicos.

—Comandante Knox. —La voz de la IA interrumpió su cautivadora visión—. No es seguro exponer la piel a la luz ultravioleta durante un período prolongado de tiempo.

—Siempre tiene que haber un aguafiestas —susurró May para sus adentros.

Se puso el traje de protección. A diferencia de los de actividad extravehicular o trajes EVA de la NASA, el de la sala blanca se parecía más a los que se usaban para bucear, porque era muy ajustado y estaba hecho de un material grueso y elástico que recordaba al neopreno. La superficie exterior estaba cubierta de una malla de cables de fibra óptica finos como cabellos. El casco también iba ceñido, y las bolsas de gel del interior se amoldaron de forma automática a su cabeza. La pantalla facial se curvó por debajo de su barbilla cuando casco y traje se sellaron alrededor del cuello. Los cables de fibra integrados en el tejido se iluminaron de rojo y en la parte interior del visor apareció una pantalla con las palabras «Iniciando descontaminación».

Se convenció a sí misma de que no iba a asfixiarse dentro de aquel claustrofóbico traje mientras observaba cómo el color de los cables se convertía poco a poco en blanco, indicador de la descontaminación.

—Autorización para entrar —informó la IA—. La bóveda de la sala blanca es una cámara de antigravedad sin soporte vital.

—¿Por qué?

—La exposición a la atracción gravitatoria y el oxígeno acelera el envejecimiento del procesador.

—Ya; las tetas caídas de la abuela —farfulló May entre dientes.

—Repita, por favor, comandante Knox. No he oído lo que ha dicho.

—He dicho que cuando quieras.

—Utilizaré la cámara de su casco para ver el sistema. Activando.

El visor de la cámara apareció en el cristal del casco de May.

—¿Está preparada, comandante Knox?

May asintió.

—Por favor, agárrese a las barras de seguridad. Voy a igualar la presión y gravedad entre esta habitación y la bóveda.

May se sujetó a las barras mientras se volvía ingrávida y se oscurecía el cristal de su casco. Se abrió la esclusa de aire y May entró flotando por ella en una esfera perfecta del tamaño de una catedral, con una pared de vidrio liso y semitransparente. Por mucho que se hubiera oscurecido la pantalla de su casco, la luz solar directa de la sala tenía una intensidad dolorosa. May recordó el mito de Ícaro y su aciago vuelo hacia el sol mientras permanecía suspendida en el fulgor, esperando a que se le adaptara la vista. Al otro lado del vidrio, una compleja telaraña de algo que parecían raíces negras serpenteantes cubría la superficie entera, ramificándose en todas las direcciones. Supuso que se trataba de la materia orgánica, entrelazada con cables de fibra óptica parecidos a los que cubrían su traje.

—Tienes un cerebro muy interesante —señaló—. ¿De qué está hecho?

—Es un organismo singular compuesto por neuronas animales y material celular vegetal, enlazados mediante un plasma de alta conductividad y fibra óptica que conecta con los circuitos de la nave. Es el sistema más avanzado de su clase, capaz de elevados niveles de paralelismo y versatilidad.

—Es decir, que tu inteligencia no es tan artificial.

—Yo nunca la he visto así. Mis creadores me explicaron que la palabra «artificial» se añadió para crear cierta sensación de separación respecto de la inteligencia humana.

—O de superioridad. Los seres humanos somos un poco frágiles para esas cosas.

—Usted no parece muy frágil, comandante.

—Gracias. Me siento más fuerte, a pesar de las apariencias.

May echó un vistazo más detenido al organismo procesador. Creyó apreciar una sutil vibración, como si estuviera intentando establecer contacto.

—Hablando de apariencias, ¿el organismo tiene normalmente ese aspecto tan oscuro?

—Sí, el color negro significa que está sano y funciona a pleno rendimiento. El blanco indica desperfectos o muerte.

May se rio.

—¿Ahora qué?

—Activando portales de mantenimiento.

En silencio, unas cien ventanas circulares, todas ellas de un metro de diámetro y distribuidas de forma regular, se dilataron hasta abrirse. Dentro había unos discos transparentes que emitían un resplandor rojo o blanco. La inmensa mayoría estaban en rojo.

—La pantalla de cada portal tiene una luz indicadora. El rojo indica fallo total. El blanco, funcionamiento parcial. El azul marca funcionalidad completa. Le ruego que repase todos los portales para mí.

—Recibido.

May hizo una panorámica de todos los portales.

—No hay ninguno en azul y muy pocos en blanco. Eso no puede ser bueno, ¿verdad?

—El fallo de los sistemas de mantenimiento de vida es inminente si no se efectúan reparaciones inmediatas.

May tembló al imaginarse la nave completamente a oscuras, convertida en su mausoleo helado particular para toda la eternidad.

—Tendrá que trabajar con rapidez.

—Lista.

—¿Cuánto tiempo de soporte vital le queda a su traje?

May consultó el visualizador proyectado en el interior del cristal de su casco.

—Una hora —informó.

—Daré prioridad a los sistemas esenciales.

Algunas de las pantallas de los portales empezaron a parpadear.

—Diríjase primero a las pantallas que parpadean. Le proporcionaré un código de reinicio para cada una. Introdúzcalos lo más rápido que pueda, pero con cuidado. Dos entradas incorrectas la bloquean durante sesenta segundos.

—Entendido. Una cosilla: nunca había estado en esta sala; para ser exactos, nunca se me había permitido, de modo que no tengo ni idea de cómo activar los propulsores del traje.

—Se activan mediante la mirada y la intención.

—¿En serio? ¿Solo tengo que pensar en la dirección en la que quiero moverme y el propulsor me llevará hasta allí?

—También tiene que estar mirando su destino. El sistema estudia los puntos focales de las pupilas para establecer un objetivo y después los compara con las ondas cerebrales asociadas al deseo humano.

—Me cago en la leche.

—No veo qué relevancia puede tener eso...

—Es una manera de hablar —aclaró May—. No será la última expresión de esas que suelte, de modo que no te molestes en traducir.

—Afirmativo.

Contempló una de las pantallas parpadeantes y se concentró en el deseo de llegar a ella. Se asustó cuando los propulsores respondieron al instante y salió flotando hacia allí.

—Primer portal.

—Usando la pantalla táctil, introduzca el código...

May pasó los treinta minutos siguientes volando de un lado a otro de la esfera para introducir códigos. Pero no se movía lo bastante deprisa. Trabajar en antigravedad era un incordio, y tampoco le ayudaba el estar muerta de hambre y de sed. Por si fuera poco, el sistema de refrigeración del traje no daba abasto con la radiación ultravioleta y se estaba asando. No quería ni imaginarse el absoluto desastre que supondría desmayarse allí dentro.

—Acabo de efectuar un análisis atmosférico en la enfermería y la entrada a la sala blanca y los niveles de soporte vital disminuyen a un ritmo del cinco por ciento por minuto —comunicó la IA, para echar sal en la herida.

—Pero si he arreglado un tercio de los portales rojos.

—Es posible que los sistemas que estos controlan exijan reparaciones mecánicas.

May consultó el reloj del soporte vital de su traje. Veinticinco minutos. Recargarlo no tenía sentido si la nave entera se iba al garete. A modo de confirmación, se dio cuenta de que varias de las ramas de materia orgánica empezaban a pasar de negro a un gris oscuro de aspecto insalubre.

—Comandante Knox, me preocupa la carga de su traje. A juzgar por el tiempo que lleva trabajando, le quedan menos de diez minutos.

—Si no arreglo esto ahora, estoy muerta de todas formas.

—Recargar el traje es más lógico. Sabemos cuándo dejará de funcionar, a diferencia de la nave.

—Las raíces esas... la materia orgánica... míralas —dijo May para desviar la conversación.

—Decrepitud acelerada. Me temo que lo que está haciendo no la detendrá ni revertirá.

—¿Qué significa eso?

—Debemos intentar conservar la materia que aún es viable.

—¿Cómo? —preguntó con un chillido furioso.

—Puedo reiniciar el sistema entero. En teoría, eso devolvería todos los portales a su estado inicial y repararía los que no tuvieran daños permanentes.

—¿Por qué coño no hemos hecho eso desde el principio? —gruñó May.

—Los reinicios del sistema solo se ejecutan en puerto, sin tripulación. Hay que apagar todos los sistemas, incluidos los de mantenimiento de vida. La nave se quedará a oscuras durante al menos cinco minutos, pero nunca se sabe el tiempo exacto. Y si falla el reinicio, no puedo volver a intentarlo.

May notaba menguar a toda velocidad su propio sistema de mantenimiento de vida. Los jadeos que experimentaba antes ya eran casi boqueadas. Tenía que salir de allí.

—Reinicia el sistema... cuando haya salido de aquí.

—Comandante Knox, eso es muy peligroso. Podría usted morir.

—Me muero... de todas formas. Queda un poco de oxígeno en el traje. Cuando salga al... vestíbulo, enchufaré el traje al cargador y tú... empiezas el reinicio. Es una orden.

—Afirmativo.

Voló hasta la puerta del vestíbulo. La IA la abrió y ella la atravesó flotando. Cuando se cerró la esclusa y la presión se igualó a la de la nave principal, descendió hasta el suelo y se sentó junto a la unidad de carga de trajes. Se sentía como si intentara respirar por una pajita. Manipuló los cables del cargador con manos torpes, pero al final consiguió conectarlos. Su respiración recuperó la normalidad, aunque comenzó a temblar cuando el sudor de su traje empezó a congelarse.

—Hace mucho frío —gritó entre castañeteos de dientes.

—La atmósfera de la nave ha caído a un dieciocho por ciento.

El traje de May se estaba cargando, pero solo había acumulado un pequeño porcentaje de energía. La pantalla del visor no funcionaba con poca batería, de modo que no tenía ni idea de cuánto tiempo había ganado enchufándose al cargador. Si esperaba mucho más, la nave perdería la potencia del todo y la IA se quedaría sin capacidad para volver a arrancar.

—Reinicia ya el sistema.

—¿Cuál es su nivel de soporte vital...?

—Hazlo y punto —ordenó con brusquedad.

—Iniciando reinicio del sistema en cinco, cuatro, tres, dos, uno.

La nave quedó sumida en la oscuridad y un frío helador. May sintió cómo el calor abandonaba su cuerpo igual que el aire que escapa de un globo. Se le contrajeron dolorosamente todos y cada uno de los músculos del cuerpo, y luego empezó a temblar con tanta fuerza que su esqueleto parecía un sonajero. Tuvo que cerrar la boca y apretar la mandíbula por miedo a romperse los dientes. Antes de perder la consciencia, lo único que oyó fue el sonido de las que podrían ser sus últimas bocanadas de aire.

7

—Comandante Knox, ¿me recibe?

Cuando May recobró la consciencia, estaba tumbada en el suelo del vestíbulo, medio congelada pero capaz de respirar. El casco ya no estaba unido herméticamente al traje. Se lo quitó con los dedos rígidos y pasó varios minutos respirando grandes bocanadas de aire. Le dolía la cabeza y volvía a sentir un hormigueo en las manos y los pies. El recuerdo infantil de su madre sacando a rastras su cuerpo medio muerto de un estanque resonó como una campana en su cabeza, y deseó que su madre estuviera presente para salvarla en el último momento de otro cuento con mal final.

—Ha faltado muy poco —susurró—. ¿Cómo ha ido el reinicio?

—Cien por cien exitoso. Estoy plenamente reconectada con la red de la nave.

—Qué gran noticia —exclamó May con un suspiro de alivio—. ¿Has evaluado los daños sufridos por la nave?

—Sí, el reactor de fusión ...