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LA BUENA GENTE

Úrsula Werner

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Fragmento

Contenido

Prólogo

DÍA UNO: 18 de julio de 1944

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DÍA DOS: 19 de julio de 1944

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DÍA TRES: 20 de julio de 1944

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Epílogo

Agradecimientos

Para Geoffrey

A pesar de todo, todavía sigo convencida de que la gente tiene buen corazón. Sencillamente, no puedo basar mis esperanzas en la confusión, el sufrimiento y la muerte. Veo que el mundo poco a poco va transformándose en un paisaje yermo, oigo el fragor del trueno cada vez más cercano y que también nos destruirá a nosotros, percibo el sufrimiento de millones de seres; y aun así, si levanto la vista hacia el cielo, pienso que todo va a salir bien, que esta crueldad también tocará a su fin, y que de nuevo reinarán la tranquilidad y la paz.

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Prólogo

1938

La persuadieron las margaritas. Centenares de margaritas en miniatura, gänseblümchen, que asomaban por encima de la hierba y la saludaban mecidas por la suave brisa que soplaba sobre el lago. Pocas cosas más crecían allí: un joven manzano, un castaño de gran tamaño al borde mismo del camino, un cerezo en mitad del prado, un alto sauce a la orilla del agua. Lo demás era hierba sembrada de margaritas.

Visto de lejos, aquel terreno parecía inhabitable. Conforme se acercaban, Edith ya había empezado a tomar una decisión negativa. La desvencijada cerca de madera que rodeaba la finca y la nube de polvo que iba dejando el automóvil a lo largo del sendero sin asfaltar no transmitían precisamente un mensaje de bienvenida. Aún más descorazonadoras eran las vías del tren que discurrían paralelas al camino, a menos de cincuenta metros del perímetro de la finca. Edith ignoraba los horarios de los trenes que pasaban por allí, pero aunque pasara solo uno al día ya bastaría para destrozarle los nervios.

Sin embargo, cuando vio las margaritas perdonó todos los defectos que presentaba aquel lugar. Se quitó los zapatos y las medias de lana para rozar con los pies descalzos los delicados pétalos de las flores, y a continuación los hundió con suavidad en el manto verde y aterciopelado que formaban las hojas. Oskar la tomó de la mano, y juntos atravesaron andando la pradera hasta la orilla del lago. Había una estrecha playa de guijarros separada del agua por una tupida barrera de juncos y ramas de sauce. Buscaron algún cisne, pero lo que vieron fue una pareja de somormujos negros que habían anidado en la orilla. La ribera opuesta del lago era una sucesión de bosques verdeazulados y salpicados de pueblecitos blancos. Y al fondo se elevaban las cumbres de los Alpes suizos, perfiladas en un tono gris perla.

Eso era todo, se dijo Edith.

Cuando, en los primeros años de la estancia de ambos en Berlín, Oskar le contó su sueño de poseer una casa donde pasar las vacaciones, era solo eso: un sueño. El sueldo de Oskar como funcionario apenas bastaba para pagar el alquiler del diminuto piso en el que vivían. Así y todo, en la oscuridad de la noche, mucho tiempo después de que se hubiera apagado la última lámpara de aceite, y con el pestillo echado en la puerta, ambos se metían juntos bajo el edredón de plumas y construían su casa hablando en susurros, piedra a piedra, baldosa a baldosa, ventana a ventana, un año tras otro.

Justo estaban imaginando el interior cuando la Mano Negra asesinó al archiduque Fernando y su esposa Sofía en el decimocuarto aniversario de su boda, y con ello catapultó a Europa a la guerra. En los pocos meses que transcurrieron hasta que Oskar fue reclutado para el frente, siguieron imaginando el vestíbulo desde la cama: una puerta de entrada gruesa, de roble, adornada con relieves de zorros y gatos, hiedras y azucenas; un suelo de mármol italiano, rosa claro con vetas de marfil y marrón; tres mesas de ébano de estilo antiguo, en las que siempre, todo el año, habría flores frescas. Mientras Oskar mandaba soldados de infantería en Francia, continuaron trabajando en la cocina, la planificaron en su mayor parte intercambiando cartas que eran severamente censuradas: la pesada encimera de madera de roble que abarcaría el rincón noreste y rodearía la mesa de los desayunos, amplia y sólida para soportar masas para hornear y huevos pasados por agua puestos en hueveras pintadas a mano; la pared sur cubierta de ...