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LA ENCICLOPEDIA

Gonzalo Torné  

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Fragmento

Prólogo,

de FERNANDO SAVATER

Esta obra producirá seguramente con el tiempo una revolución en los espíritus, y espero que los tiranos, los opresores, los fanáticos y los intolerantes no ganarán. Habremos servido a la humanidad.

DENIS DIDEROT,

«Carta a Sophie Volland»,

26 de septiembre de 1762

Cuentan que en cierta ocasión el malhumorado escritor escocés Thomas Carlyle, autor de una relevante historia de la Revolución francesa, discutía con una dama sobre la influencia que las obras de los pensadores de las luces tuvieron en los acontecimientos revolucionarios. La señora no estaba nada convencida de que hubiesen desempeñado un papel determinante: lo que habían escrito los philosophes era estrafalario o ininteligible, nada que pudiera cambiar la forma de pensar de la gente común y corriente. Exasperado, Carlyle señaló con amplio gesto los veintiocho tomos de la Enciclopedia que ocupaban la estantería de la habitación: «¿Ve usted esos libros, señora mía? ¡Pues la segunda edición de cada uno de ellos se encuadernó con la piel de los que se habían reído de la primera!». Sin duda este exabrupto es una hipérbole efectista, pero no carece de un fondo de verdad. Los pesados y caros tomos de la Enciclopedia no fueron desde luego una lectura popular (Voltaire escribió su Diccionario filosófico para hacer más ampliamente accesible su contenido militante) pero constituyeron algo así como un banderín de enganche ideológico para los descontentos con el Antiguo Régimen. Como otras obras revolucionarias de calibre semejante (El origen de las especies, El capital, Mein Kampf...), ejercieron una influencia subversiva sin necesidad siquiera de ser leídas, por su simple existencia. La Enciclopedia fue un símbolo, el estandarte de una forma de pensar distinta a la tradicional, la leva de la veda para desacreditar los dogmas más acrisolados, el final del respeto. Su simple presencia transmitía un mensaje intelectual y también político: por eso madame de Pompadour, culta e intrigante, quiso que Boucher la retratase acompañada de los inconfundibles tomos malfamados...

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Esta obra revolucionaria no fue escrita por revolucionarios tal como hoy los entendemos. La compusieron hombres (no había ninguna mujer, ya digo que solo querían trastocar el orden de las cosas hasta cierto punto) sosegados y eruditos, que nunca se propusieron derrocar la monarquía ni expropiar a los ricos. Todos ellos pertenecían al Tercer Estado, es decir, a la burguesía y a las clases populares urbanas, aunque había algún miembro de la baja nobleza infiltrado entre ellos. Los miembros del Tercer Estado reunían a todas las clases realmente productivas de Francia, pero carecían de derechos. En cambio, la nobleza, cada vez más anquilosada y suspicaz en sus privilegios feudales, los poseía todos. Los mecanismos del Estado, el Ejército, la Justicia, la Iglesia, todos estaban en manos de la aristocracia. Para ocupar cualquier puesto destacado en esas instituciones hacía falta haber nacido en la familia adecuada. Ejemplo: en 1789, ninguno de los 143 obispos de Francia había nacido fuera de la nobleza. Los cargos no se otorgaban según la competencia sino según la alcurnia. Por otra parte, el país guardaba otra herencia nefasta del feudalismo: las ciudades y las provincias conservaban sus privilegios ancestrales y sus normas peculiares de derecho consuetudinario que convirtieron a Francia en un auténtico rompecabezas de leyes regionales, disposiciones particulares, excepciones y circunscripciones diversas en lo jurídico y lo económico. El modelo de monarquía absolutista en el Antiguo Régimen en realidad ni siquiera había conseguido la auténtica unidad nacional ni en lo político ni en lo económico. Sobre todo en este último plano, la incoherencia administrativa exasperaba a la clase burguesa, comerciante y profesional: las corporaciones, los reglamentos provinciales, la tasas y gabelas, los mil controles puntuales, a menudo incoherentes unos con otros, desesperaban a los emprendedores de nuevo cuño que se veían sometidos a pautas económicas medievales. Una de las reivindicaciones fundamentales de la Enciclopedia es la libertad económica y el fin de cuanto la obstaculiza. Los enciclopedistas no se proponen derrocar el orden vigente ni deponer la monarquía, sino refundarlo todo basándolo en principios racionales, no de linaje o de fortuna familiar. La tradición, el «siempre se ha hecho así» y las leyendas fundacionales deben dejar paso al «espíritu geométrico», a los méritos del estudio y a la competencia profesional.

El enemigo de los enciclopedistas no es, queda dicho, la monarquía, sobre todo si los reyes se ilustran y sustituyen la corte basada en la nobleza de cuna por otra cimentada en los conocimientos y la prosperidad que proviene de los buenos negocios, lo que luego se llamó «despotismo ilustrado». Ni muchos menos quieren acabar con las clases sociales y convertir al pueblo llano en dueño del país. No, el adversario de los enciclopedistas (en la medida que comparten un espíritu común) es el conjunto de supersticiones, dogmas, injerencias sobrenaturales en lo legal y lo político, que perpetúan lo irracional en la sociedad y bloquean el avance del afán racionalista y materialista que impulsa el progreso científico. En una palabra como en cien, su enemigo auténtico y constante es la Iglesia católica. Pero no es un rival pequeño, porque la Iglesia está defendida en Francia por leyes que castigan la impiedad y la blasfemia (v. gr., no descubrirse al paso del Santísimo Sacramento estaba penado con la muerte). De modo que los ataques contra ella deben ser encubiertos, por vías disimuladas, utilizando la ironía y la paradoja. Así veremos que, con frecuencia, las entradas más anticatólicas y anticlericales de la obra corresponden a términos aparentemente inocentes, en las cuales viaja el mensaje prohibido, mientras que aquellas que designan los grandes temas teológicos son tranquilizadoras (e hipócritamente) convencionales. Estos procedimientos no avergüenzan a los enciclopedistas, dado que luchan en territorio hostil: D’Alembert señala que esta especie de «guerra sorda» es lo más conveniente cuando se habita en «las vastas regiones en que el error domina». El fortín intelectual de la Iglesia es la filosofía escolástica que, como su nombre indica, monopoliza todos los niveles de la enseñanza. De modo que lo más implacable de la batalla que mantiene la Enciclopedia será contra esta ideología, contra sus contenidos y también contra su método lógico antiempírico, resaltando con habilidad las contradicciones que encierra y ridiculizando sin misericordia sus conclusiones. Cuando hoy sonreímos ante estos ataques entre bromas y veras, apenas podemos intuir los peligros muy reales y materiales que implicaban tales procedimientos.

Visto en retrospectiva, la serie de dificultades y contratiempos que sufrió la composición y edición de la Enciclopedia, o Diccionario razonado de las ciencias, las artes y los oficios, parece casi imposible de superar. Las peligrosas ínfulas más o menos disimuladas de lo que en principio no iba a ser más que una traducción al francés de una inocua obra inglesa de ambiciones mucho más modestas, la Cyclopaedia de Chambers, no pasaron desapercibidas y enseguida le granjearon enemigos. Puso de acuerdo a adversarios encarnizados, pues fue atacada tanto por los jesuitas en el Journal de Trévoux como por los jansenistas en Nouvelles ecclésiastiques; fue censurada por la Sorbona, «suprimida» por el Consejo del rey, objeto de burlas por parte de los grupúsculos literarios. Más tarde fue condenada por el Parlamento y por el Papa, uno de sus directores —el timorato D’Alembert— abandonó el puente de mando a mitad de la travesía, el propio editor ejerció como censor y la mutiló, varios de sus tomos fueron secuestrados, Diderot encarcelado, etcétera. No importa, salió adelante, coronó su tarea. Contó con apoyos que ya indicaban que los tiempos estaban cambiando: por ejemplo, sus fieles suscriptores diseminados por toda Europa, que la mantuvieron pecuniariamente a pesar de retrasos y sobresaltos; el señor de Malesherbes, encargado por el rey de fiscalizar la obra, que apoyaba bajo manga cuanto podía a sus autores; los redactores siguieron trabajando sin desmayo (y con frecuencia sin cobrar), aunque sus nombres casi heroicos son, salvando algunas excepciones (Voltaire, D’Holbach, Rousseau), bastante desconocidos del gran público: el caballero de Jaucourt, el abate Mallet, el marqués de Saint-Lambert, el gramático Dumarsais, el médico Barthez, el biólogo Daubenton, el geógrafo La Condamine, el crítico literario Marmontel... Y sobre todo y por encima de todos, Denis Diderot. La Enciclopedia fue una gran obra colectiva, sin duda, pero salió adelante por el empeño obstinado, la capacidad de trabajo y el coraje indomable de un solo hombre, Diderot. Si no lo hubiera logrado, todos tendríamos razones para excusarle y disculpar su fracaso, pretendido por tantos. Pero es mucho más hermoso consignar su triunfo, casi inverosímil y a la larga mucho más revolucionario de lo que él mismo nunca soñó.

Nota a la edición,

de GONZALO TORNÉ

Diderot encarcelado y con una prohibición expresa de publicar filosofía en vida, Voltaire en el exilio, Rousseau gestando las polémicas que lo llevarían a marginarse (¡y a sufrir un intento de lapidación!), D’Holbach sin la menor esperanza de publicar sus ideas más queridas con su propio nombre (lo hubiese perdido todo)... Las circunstancias eran deplorables pero los enciclopedistas franceses lograron publicar en veinte años setenta y dos mil entradas.

Tal ingente cantidad de material obliga a quien emprende la tarea de traducir este empeño de difusión de todos los saberes de la época (auténtica encarnación, o encuadernación si se prefiere, del espíritu ilustrado, tan interesado en aumentar el área luminosa del conocimiento como de llevar esas luces a tantas casas como fuese posible, por h ...