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LA ESCUELA DE MúSICA

Pablo Montoya

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Fragmento

La llegada

Pedro Cadavid abrió los ojos. En la penumbra vio al hombre que avisaba la llegada a Tunja. Se bajó del bus con un morral y una mochila que le colgaba en bandolera. Un viento frío le golpeó el rostro. El aire olía a una mezcla de cigarrillo, orín y gasolina. El muchacho estaba cansado por las horas del viaje. Tenía los pies mojados y las manos amoratadas.

La terminal daba la impresión de ser un sitio enclaustrado, aunque entradas y salidas se veían por todas partes. Cadavid preguntó por dónde se iba al centro. Un hombre señaló unas escaleras. ¿Por allá está la Plaza de Bolívar?, insistió el joven. Con un sí, sumercé, la voz del otro lo tranquilizó. Al subir el primer peldaño, sin embargo, reac­cionó asustado. Un bulto negro estaba a sus pies. Era un perro y el fulgor de sus ojos lo miró con ansiedad. Entre asqueado y compasivo, Cadavid lo esquivó y siguió ascendiendo.

La calle se prolongaba en un allá indeterminado. Si subía dos o tres cuadras, tal vez hallaría un hotel en los alrededores de la plaza. La fatiga se le acumulaba en las piernas y en la nuca. Había viajado muchas horas desde Medellín. La continuidad de las curvas, subiendo o bajando las montañas de las cordilleras, y el sopor de las tierras del río Magdalena le impidieron cerrar los ojos. Pero cuando el nuevo bus, tomado en Bogotá, empezó a recorrer el altiplano, entró en un sueño pesado del cual salió con una aguja clavada en el cuello.

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Dos sombras emergieron de la bruma. No era raro, en esa ciudad desconocida, que un par de figuras, vestidas con ruanas y sombreros, estuviesen conversando en la calle. Él se atemorizó porque le parecieron espectrales. La pendiente se hizo más pronunciada, las sienes le palpitaban al mirar hacia atrás, pero constató que no lo seguían. Sus pasos, ya zigzagueantes, fueron disminuyendo el ritmo. En la siguiente esquina, sin desalojar la incertidumbre, buscó el papel. Estaba en la calle diecisiete y tenía que subir una cuadra para llegar al cruce de la escuela. En ese punto la neblina se instalaba con espesor y el alumbrado público hacía que asumiera la forma de un vigía inexpugnable.

Se detuvo frente a la puerta para escrutar en derredor. Pensó que Tunja estaba despojada de sus habitantes y que todos habían escapado por una razón que él ignoraba. La puerta era inmensa y una serie de ventanales se extendía a lo largo de la casa. Es como la entrada a un infierno, pensó Cadavid, y pronunció el verso: “Pierdan toda esperanza quienes entren aquí”. Con todo, en ese aquí no había ningún aviso. Quizás un celador, como una sombra enorme, le abriría si tocaba la puerta y podría orientarlo. Supuso que, en medio del silencio y la soledad, al modo de un ensalmo, los golpes adquirirían el poder de hacer regresar a los habitantes a sus viviendas respectivas.

Cadavid avanzó hacia la esquina. La Plaza de Bolívar, según las palabras del hombre de la terminal, estaba a la derecha. ¿Y si la indicación era errónea? Vaciló sobre qué rumbo tomar. Recordó al perro. Podría volver sobre sus pasos y hacer lo mismo que él: acomodarse en cualquier sitio para tratar de dormir. Pero el frío no solo era penetrante, sino que aumentaría con la llegada del alba. Entonces escuchó el ruido de un motor. Las farolas despedían una luz más agónica que la del alumbrado público. El carro mermó la velocidad. Cadavid se acercó con cautela. La ventanilla dejó ver a un hombre de barba espesa y negra.

—¿Necesita ayuda? —dijo.

—Busco un lugar para dormir —respondió el muchacho.

El hombre abrió la puerta.

—Suba. Puedo llevarlo a un hotel.

Algo enigmático salía de los ojos del conductor y, a la vez, un halo de confianza envolvía el tono grave de su conversación. El recelo de Cadavid se fue amainando. Al cabo de unos minutos, tuvo la impresión de que el recorrido se prolongaba más de la cuenta y de que daban vueltas en torno a un lugar abierto. ¿Era la Plaza de Bolívar?, se preguntó. La neblina impedía ver bien. Al rato, al despedirse, el conductor le dio una tarjeta. Se llamaba Lorenzo Cifuentes y era profesor de literatura en la universidad. Le contó que tenía la costumbre de trabajar en su casa hasta tarde en la noche y después salía a dar una vuelta en su carro.

—Se conoce mejor a Tunja en la noche —explicó—. Mire nomás, nunca me había topado con un músico.

Cadavid sonrió con vergüenza, pues solo había dicho que venía a estudiar música. Supuso, además, que con un frío así lo mejor era estar bajo las cobijas. Cifuentes explicó que la ciudad, a pesar de su clima, o gracias a él, era un lugar acogedor. El auto se detuvo por fin. Cadavid agradeció y dijo, con la tarjeta en la mano, que lo buscaría.

—Usted es la primera persona que conozco aquí —aclaró.

—Buen comienzo. —Y estrecharon sus manos.

Más tarde, Cadavid se arropó con las cobijas. La sensación de humedad en los pies seguía. Se encogió como una culebra y no demoró en dormirse.

La prueba

Cifuentes lo había dejado en un lugar que tenía perfiles de antro. El hotel estaba detrás de la terminal de transporte. Metros más allá, una cantina exhibía un par de mujeres pintarrajeadas que esperaban a sus clientes. Al tomar el camino hacia la escuela, Cadavid pasó al lado del hotel antes de toparse con las dos sombras enruanadas. La neblina había cubierto el nombre que ahora sobresalía: “El prinsipe”.

Durmió profundamente y no recordaba ningún sueño. Cuando le pasaba esto, enfrentaba la jornada nueva con entusiasmo. La experiencia del baño, en cambio, había sido traumática. El espacio estrecho se avenía mal con el agua helada. El cuerpo pedía a gritos que se brincara y las extremidades urgían extenderse a como diera lugar. Hacerlo, empero, era estrellarse con el techo y las paredes. Y eso fue lo que pasó ante el ímpetu del chorro que salió del hueco. Cadavid cerró de inmediato la llave, respiró tembloroso y pateó el piso con desesperación. Cauteloso, fue mojándose a pedazos hasta que metió la cara en el centro del frío.

El dolor en el cuello, por lo demás, había desaparecido, y eso era tan milagroso como el hecho de que a una noche tan cerrada la siguiera una mañana así. El firmamento, en efecto, se veía despejado y su amplitud reconfortaba el ánimo. Unas pocas nubes blancas flotaban encima de las colinas. Frente a esa luminosidad rotunda, Cadavid recordó un pasaje de las Memorias de Berlioz que había leído recientemente: “Me desanimo en la noche, pero vuelvo a la carga en la mañana, en esas horas en que el mundo es todavía joven”. Con su equipaje, subió la calle diecisiete. En el morral llevaba unas mudas de ropa, un par de zapatos, algunos libros. La flauta, un atril y un método para tocarla iban en la mochila.

La puerta de la escuela estaba abierta. Era de madera y, como el resto de la casa, tenía un color verde rejuvenecido. Había que levantar el pie para entrar a un zaguán y alcanzar una segunda puerta más pequeña. Cadavid tocó y del otro lado emergió un hombre con cara de pájaro. Tenía la nariz puntuda, la frente angosta, los ojos negros y centelleantes. El vello grueso, como una mácula sórdida, le cubría las mejillas y el mentón. Una ruana amarillenta le colgaba de uno de los hombros. Cadavid supo en ese momento que se llamaba Avelino, aunque, durante el tiempo que estuvo en la escuela, lo llamaría para sí Avechucho. El portero lo miró con desconfianza y le dijo que subiera. Cadavid bordeó el patio y ascendió por unas escaleras de madera. El suelo traqueaba si se transitaba por él. En el segundo piso, miró a la derecha y vio un aviso que decía Almacén.

Yamil lo condujo a la oficina de la dirección. El almacenista era un hombre de estatura mediana y calva rutilante, y dueño de una cordialidad tan transparente que invitaba al intercambio inmediato de las bromas. En cuestión de segundos, los dos se estaban riendo ante su comentario por el ruido en la madera.

—En esta casa hasta el piso suena —dijo.

Al tocar la puerta, Yamil fue autorizado y entró. Mientras esperaba, el joven acomodó los brazos en el barandal para observar el entorno. La edificación no tenía dos pisos, como se creía al verla desde el exterior, sino tres. Y a ese tercer nivel se iba por unas escaleras situadas en alguna parte que él no lograba encontrar. Abajo, en el patio, había líneas y huecos que demarcaban lo que podía ser una cancha de voleibol. Es como un colegio para señoritas, pensó. De repente, una estela de sonidos brotó de algún lado. Un clarinete delineaba unas escalas. Cadavid se dejó llevar por ese dibujo lento y evanescente, y como el sol le caía en la cara, los sonidos lo sumergieron en una suerte de languidez.

Una mano, al cabo de los instantes, le tocó el hombro. Ante sus ojos entrecerrados, alguien sonreía.

—¿Se siente bien? —preguntó el director.

—Disculpe, es la música —respondió Cadavid.

—¡Ah!, usted es de los que se ensimisman con ella.

Sin saber qué decir, siguió al director, que lo invitaba a entrar en su despacho.

La oficina era grande. Por la ventana penetraba una luz que, debido a una mampara, se fragmentaba en halos. Partículas de polvo flameaban en el aire formando una aureola alrededor de las dos siluetas. Al lado de la puerta, y debajo de la otra ventana que daba al corredor, había un piano vertical. Encima de él, una frase de Shakespeare lucía en un retablo enmarcado: “Nada hay tan duro, tan rabioso o insensible, que la música no transforme temporalmente su naturaleza”. Detrás del escritorio se levantaba una repisa llena de libros y cartapacios. Y en uno de los extremos estaba el objeto privilegiado. Cadavid lo vio de último, al girar la cabeza, buscando la dirección de la mirada fascinada del director. Era un piano blanco. Su tapa estaba cerrada, y los rayos de luz, atravesando la mampara, le caían como un líquido vaporoso.

—Observe cómo la luz le rinde culto a la música —dijo el director.

El instrumento estaba suspendido en el vacío, y ambos se quedaron observando el milagro. El director, de pronto, le inquirió por el motivo de la visita. Este era sencillo, dijo el muchacho. Había viajado desde Medellín porque quería estudiar en la escuela. El hombre, que desplegaba una sonrisa grande, hizo el debido interrogatorio.

Pedro Cadavid había cursado algunos semestres de medicina, pero sabía que ese no era el camino de su vocación. Mientras tanto, había estudiado solfeo y armonía y leído varios libros sobre música. Su instrumento era la flauta, aunque se interesaba más por la musicología. Quería, si todo salía bien, especializarse en el Romanticismo. Sentía una atracción profunda por la música de ese período. Beethoven y Berlioz eran compositores que lo subyugaban. El director lo observaba con atención. A veces desviaba los ojos hacia el piano blanco y sonreía. Se tomaba las manos, blancas y sólidas, las ponía al frente de su rostro y, a través del dibujo que hacían los dedos juntos, enfocaba al joven. Cuando creyó terminadas las preguntas, se levantó.

—¿Hacemos una prueba? —dijo el director dirigiéndose al piano vertical.

Bastaron unos minutos para que Cadavid concluyera que, frente a la música, sabía poco. Distinguió algunas tonalidades mayores y menores y cantó, afinado, los intervalos. Repitió con las palmas unos esquemas rítmicos que el director tocó en el piano. Pero fue al pasar a los dictados cuando se sintió completamente perdido. Desconocía la escritura de los acordes y confesó no saber tocar el piano. El muchacho sudaba en el momento en que se sentó de nuevo frente al escritorio.

—Voy a serle sincero —dijo el director—. Mi consejo es que vuelva a sus estudios de medicina. Tome la música como una diversión, pero no pierda el tiempo dedicándose a ella.

En ese momento, el director lo miró. Cadavid se sonrojó más. Y, enfrentando su vergüenza, no le bajó los ojos.

—Me ha dicho que va a cumplir veinte años —continuó el director—. ¿Sabe lo que es tener esa edad y no identificar una cuarta aumentada?

Cadavid, abochornado, contenía la respiración. Recordó a su familia. Vio a su padre diciéndole que él tenía razón, que la medicina era una profesión y la música un entretenimiento. Se apretó las manos, que no cesaban de transpirar, pero se llenó de fuerzas y se atrevió a decir que no iba a regresar a Medellín.

—Cuando supe de esta escuela, dijo, y de su propósito de darle una oportunidad a quienes llegamos tarde a la música, no vacilé en renunciar a la medicina y venirme para acá. Y lo he hecho porque he obedecido al llamado del arte.

Esta vez el director hizo un gesto de fatiga.

—Comprendo su dilema, pero no quiero engañarlo. Usted tiene simplemente musgo en los oídos. Ha pasado toda su vida en una ignorancia sonora, que es la peor de las ignorancias.

Cadavid lo miró con la altivez del humillado. Algo en su gesto, no obstante, logró que la firmeza del director tambaleara, y como si se estuviera aferrando a una rama en medio del precipicio, el muchacho dijo:

—Por favor, deme una oportunidad. Haré todo lo que sea posible para quitarme ese musgo.

—¿Y si no es capaz? —preguntó el director.

—Pues seré un médico como cualquier otro.

—¡Ah!, además pretende ser un músico especial.

—Ser músico es ya una condición especial del ser humano. Por esa certeza estoy aquí —dijo Cadavid.

En el silencio que se produjo entraron una trompeta y un oboe que, con el clarinete dando brincos, hacían notas largas. El director se levantó otra vez, fue a la repisa, sacó tres libros y los puso en el escritorio.

—Sería mezquino si le dijera que usted está malogrado del todo para la música. Digamos, por ahora, que lo ayuda su convicción. Le doy un mes para que recupere el tiempo perdido. Hay un curso que damos para personas atrasadas como usted, pero deberá estudiar como un loco. Es la única forma de colmar su vacío sonoro.

Cadavid sonrió, pero el director lo interrumpió.

—Lo prevengo: si no pasa los exámenes, no lo aceptaré. Aquí tiene estos manuales. Uno es de solfeo, otro es de armonía y otro es de ritmo. En la biblioteca, que está al lado, hay una fotocopiadora para que haga su material de trabajo.

La puerta de la oficina se abrió, y en el corredor otros dos jóvenes esperaban.

—¡Nicolás! —gritó el director mirando hacia la biblioteca—, hágale las fotocopias de estos manuales al estudiante Cadavid.

Y, con una sonrisa de cordialidad, le ofreció la mano para despedirse.

El director

Provenía de un entorno acomodado. Por el arte de los sonidos se había decidido tarde. Pasó la adolescencia como si atravesara un terreno en el que nada le llamaba poderosamente la atención. Leía de todo un poco y todo ese poco le era atractivo, pero no tanto como para dedicar su vida a la historia, la filosofía o las ciencias. Frente al piano se sintió mejor dispuesto. Aunque fue la confabulación de dos circunstancias lo que logró despertarlo. Se hundió en un vínculo sentimental iniciado en términos sublimes y culminado en tormenta. Ese cataclismo afectivo lo vivió siendo estudiante de ingeniería. Percibía no dolor sino vergüenza al recordar esos años sin rumbo. El hastío provocado por la universidad y la experiencia turbulenta del amor lo confrontaron a su vocación real. Vacilante, solicitó una beca con el fin de estudiar piano en la Unión Soviética. E inesperadamente para sus familiares, amigos y hasta para él mismo, la ganó.

Alguna vez tuvo el pelo abundante, pero al llegar a Tunja le colgaban unas mechas blancas en la parte trasera del cráneo. Se murmuraba que durante el primer invierno vivido en Moscú, en cuestión de una semana, se había encanecido del todo. En ese lapso, el pelo también se le cayó. La frente, despejada y blanca, le otorgaba respetabilidad. Los ojos, de una cierta mansedumbre, se mantenían siempre en actitud vigilante. En realidad, era un hombre con un encanto variopinto. De entrada, los ojos y la frente atrapaban al interlocutor. Los primeros, por su seguro dominio. La segunda, por el continente de sabiduría desplegado. Esta sensación disminuía al observarse el resto de la cara. En la nariz y en las mejillas, y extendiéndose hasta el cuello, se presentaba una cartografía de cicatrices provocada por una enfermedad cutánea. Los rumores contaban que su vivencia moscovita había dejado esa impronta. Vestía pantalón y saco negros o azules oscuros. La corbata, roja o violeta, iba amarrada al cuello, que se adivinaba ajado. Sus camisas eran invariablemente blancas y los sacos tenían parches en los codos. La sonrisa era lo que llamaba más la atención. En los corrillos, o mientras se tomaban un café o una cerveza en los alrededores de la escuela, los estudiantes se referían a ella como una sonrisa encantadora de ciento cincuenta dientes.

Los primeros días en la Unión Soviética fueron penosos. Confiado en que entraría a la carrera de piano en el Conservatorio Tchaikovski, se vio enfrentado a su condición. Tenía un excelente oído, una disciplina a prueba de todo, pero su nivel pianístico no bastaba. Para demostrárselo lo pusieron ante un grupo de niños de diez años que tocaban lo que él jamás tocaría. En un ruso que entendía a medias, le ofrecieron dos opciones: volver a Colombia, o intentar pasar a los estudios de dirección coral. Aceptando sus limitaciones, escogió la segunda vía. El único lugar destinado a quienes habían llegado tarde a los dominios de la música era un instituto, más o menos fantasmal, adjunto al conservatorio.

Pero antes debió llenar sus lagunas con jornadas exhaustas. En los primeros meses no tuvo tiempo siquiera para dar una vuelta por la ciudad, una gigantesca presencia palpitante, en medio de la precipitación lluviosa del otoño, levantada más allá del instituto. Una ciudad que no lo invitaba a recorrerla, sino que esperaba atenta y ceñuda, con su hoz imponente y su lengua inverosímil, a que pasara los exámenes. Dormía no más de cuatro horas por día. Apenas finalizaba sus comidas, se ponía a estudiar una teoría de la cual contaba con rudimentos aprendidos en Bogotá. Allí, una comisión lo había examinado y fue postulado para la beca. La enseñanza de la música en su país entonces se le develó como un espacio lleno de improvisaciones y de poses ridículas. Quienes se dedicaban a la música se le manifestaron como repetidores mecánicos de lo que ya estaba escrito. Creían estar en el centro de una creatividad única y no eran más que músicos anodinos que continuaban el rumbo de sus maestros. En ese primer período enflaqueció en demasía y no pudo hacer ningún amigo, de tal manera que al sorprenderlo la enfermedad estaba solo. Por fortuna, ya le habían dicho que lo aceptaban como estudiante de dirección de coros. La satisfacción de haber superado lo imposible provocó, paradójicamente, el derrumbe de sus diques. Una nieve como nunca había visto caía sobre Moscú cuando su cabello empezó a blanquearse. La nieve se me está metiendo en la sangre, pensó. Y ante el espejo, más tarde, vio que se estaba quedando calvo.

Encontró, posteriormente, un grupo de latinoamericanos y soviéticos provenientes de las repúblicas más lejanas. Transcurrían los últimos días de diciembre. La ciudad era un relieve nevado que los amigos transitaban, pero como a él le gustaba abstraerse, daba los paseos solo. Caminó una y otra vez la Plaza Roja con sus edificaciones fabulosas. Vio las momias de los dirigentes comunistas de antaño. Caminaba por la calle Arbat y miraba las vitrinas de sus almacenes. En uno de ellos compró los juegos de las matrioskas que llevaría a Colombia. Por esos días invernales pasaba por un interregno en que el piano le otorgaba la dosis de compañía necesaria. Su soledad era buena y había aceptado con resignación los trastornos físicos. En cuanto a su instrucción musical, fluía satisfactoriamente. Una noche aceptó ir a la reunión de fin de año que ofreció uno de sus compañeros, un cubano de voz de barítono. Cantarían villancicos, comerían fríjoles con arroz y cerdo frito, y beberían de lo que cada uno llevara. Él compró un par de botellas de vodka y las guardó en su bolso. Salió de su cuarto, atravesó una calle de pocos metros y entró al edificio donde vivía el cubano. Hacía tanto frío que las botellas explotaron en la bolsa al primer contacto con la intemperie. La remembranza de esa noche comenzaba con ese evento y terminaba con la intoxicación que desembocaría, a su vez, en la enfermedad de la piel cuyas huellas le marcarían por siempre el rostro y el cuello.

Al culminar sus estudios, había sido coronado con el premio a la dirección coral que realizaba el instituto y obtenido el diploma superior en perfeccionamiento de piano, se radicó en Colombia. Era otro entonces. Un hombre de edad imprecisa. A veces, un viejo joven. En otras, un joven envejecido. Quería fundar una escuela de música donde el solfeo y la armonía fueran el pilar de la formación. Esa escuela, tal era su sueño, debía ser la semilla de un plan nacional de aprendizaje musical. La senda, sin embargo, no era muelle. Con varias carpetas, en las que se apretaba una utopía didascálica de los sonidos, se dirigió a varias instituciones de Bogotá. En ninguna parte convenció a nadie. En el gran conservatorio de la capital lo escucharon con una mezcla de desidia y burla, y solo le ofrecieron unas horas para dirigir coros infantiles. Desilusionado, previó viajar a Europa y continuar con sus estudios. Pero existía un coro que se había granjeado un prestigio en la vida cultural de la ciudad. Una agrupación de cuarenta niños, casi todos de origen humilde y educados por sacerdotes españoles, a la que le urgía un director. El coro ensayaba por los lados del barrio Egipto y él fue a escucharlo. El llamado que experimentó fue como un camino de Damasco. Supo de inmediato que bien valía la pena quedarse en Colombia para dirigir a esos huérfanos que cantaban, con afinación celestial, un repertorio distinguido. Entusiasmado, alquiló un lote en los alrededores de Chía para llevar a cabo, con esa base coral, su proyecto musical. Pero las deudas llegaron y el desastre económico no tardó en sitiarlo. Una vez, mientras hacía préstamos aquí y allá, alguien le habló de Tunja. En esa pequeña ciudad del altiplano había un instituto de cultura que tenía, entre sus dependencias, una academia de música. Su jefe era un hombre que, como él, quería transformar la sociedad a partir de actividades artísticas.

Cuando ambos se encontraron hubo una simpatía inmediata. Eran dos idealistas tocados por un aire de pragmatismo imbatible. El uno quería revolucionar la enseñanza de la música en Colombia. El otro, convertir a Tunja en el centro cultural más importante del país. El jefe, de cuerpo robusto y labia jocosa, miembro de una de las familias conspicuas de la ciudad, escuchó los planes del hombre que hacía un tiempo había llegado de Moscú y, sin vacilaciones, le ofreció la dirección de la academia. El maestro Javier Zabala sonrió con sus muchos dientes. Puso, no obstante, una condición. Se establecería en Tunja pero con sus cuarenta serafines, pues por nada del mundo los iba a abandonar. El director del instituto aceptó. Se encargó, incluso, de conseguir el hospedaje, la alimentación y la educación del coro. Una semana más tarde llegaron a Tunja, en un bus de la policía, en medio de la garúa. Zabala emprendió sus labores y durante un tiempo convenció a las gentes de que su coro era un portento. Sin embargo, los misioneros españoles vieron con sospecha el hecho de que un pedagogo comunista se entrometiera en el destino de sus protegidos, y ordenaron rápidamente el traslado de estos a España. Zabala discutió con el emisario que fue a Tunja. Dijo que los miembros del coro eran colombianos y serían más felices cantando en su propio país que en la España lejana. El otro presentó papeles, alegó las bondades humanas de la congregación, dijo que estarían en el centro de la metrópoli y no en las márgenes de sus antiguas colonias. El oficio de ellos era educar, bajo los principios cristianos, a los niños desamparados del mundo y no inculcarles ideas estéticas contaminadas de marxismo. La discusión se hundió, ante los anacronismos del sacerdote, en las raíces de pasadas dominaciones y sublevaciones y estuvieron a punto de irse a los puñetazos. Zabala tuvo, finalmente, que aceptar que le quitaran su coro, y hasta agradeció que lo hubieran liberado de semejante peso. Entonces trabajó con energía redoblada en la consolidación de su plan musical. Cambió el nombre de academia por el de escuela y la nueva de su existencia se desparramó, en cuestión de meses, por todos los rincones del país.

Oposiciones

Hernando Escobar, como Pedro Cadavid, provenía de Medellín y tocaba la flauta. Pero si el uno era un neófito, el otro había avanzado bastante, ya que desde los diez años estudiaba el instrumento. Se conocieron y supieron al unísono que debían renunciar a sus estudios (de arquitectura los de uno, de medicina los del otro) para irse a Tunja. No viajaron juntos por un inconveniente de última hora. Cadavid esperó en la terminal y, al ver que su amigo no llegaba, fue el último pasajero en subirse al bus.

A Escobar le costaba creer que Cadavid, con un nivel musical tan endeble, hubiera decidido romper con tantos lazos: los de la casa, los de la universidad, los de su noviazgo y los de Medellín. Es verdad que los dos estaban hartos de la vida que llevaban, pero las cosas se dieron de una manera imprevisible. Era el uno y no el otro quien decía: me voy para Tunja, si te interesa pégate. Escobar aconsejó que esperaran. En vez de animar a su compañero, le arrojó frases dubitativas. Cadavid se sentía descontento de su entorno familiar. Sabía que en los dominios de Esculapio pocas cosas lo apasionaban. Así se lo dijo a su padre. Y este, un médico que desde hacía años naufragaba en el alcohol, lo amenazó: si deja la medicina, olvídese de mi ayuda.

Medellín era a la sazón el centro neurálgico de la nueva violencia. Sucedían las primeras masacres por asuntos de droga. El desfile de los desaparecidos y asesinatos por causas políticas empezaba su periplo. Ni Pedro ni Hernando sabían lo que pasaba, pero el primero tenía suficiente intuición para percibir que algo estaba descompuesto en la ciudad. Lo más sensato era irse. Escobar se refería, por último, a Manuela, la muchacha con la que su amigo mantenía una relación desde hacía poco tiempo. Ya veremos qué pasa, decía Cadavid. Si me quiere, que se venga a vivir conmigo. Lo que sé, en todo caso, es que si me quedo, la pierdo. Escobar lo miraba con inquietud. El otro decía que Manuela lo quería más por su deseo de ser un artista que por otra cosa. ¿Y de qué van a vivir si te llega a Tunja?, preguntaba Hernando. Cadavid levantaba los hombros y contestaba: pues de la música, de qué más.

Escobar tenía, por el contrario, un padre que lo animaba en todo lo que tuviera que ver con las bellas artes. Era profesor de dibujo, y con su mujer y su hijo vivían en una casa en las afueras de la ciudad, en cuyo jardín había árboles, ardillas, pájaros y micos. A pesar de que la música era lo suyo, Hernando temía perder su confort. Cadavid, a quien él le había enseñado a soplar la embocadura de la flauta, a armar su cabeza, su cuerpo y su cola, a limpiarla y a tocar las primeras notas, no tenía talento. El dotado, quien tenía capacidad para entrar a cualquier conservatorio, era Escobar. Pedro parecía ser, en cambio, un más o menos bueno para todo. Podía ser médico, músico, o a lo mejor escritor. Y por ahí arremetió Escobar, buscando desequilibrar la decisión de su amigo. ¿Y qué vas a hacer con esos deseos tuyos de ser poeta?, dijo. ¿Qué tal que te estrelles y tampoco lo tuyo sea la música? Cadavid lo miró con pasmo. Como si Escobar hubiera entrado, sin su autorización, en un terreno íntimo. Dijo que seguía, simplemente, un llamado. No escucharlo sería un error. Si lo mío es la literatura, pues que espere. El asunto fue resuelto así y Escobar decidió acompañarlo.

Pero existía otro recelo. Hernando Escobar no quería confrontar su verdadero oficio. Había escuchado que en la escuela de Tunja el ritmo del aprendizaje tenía una intensidad entre militar y monástica. Ese rigor lo amedrentaba. Su vida de hijo mimado había pasado en medio de pequeños logros. El bachillerato fue tortuoso porque era mal estudiante y una buena parte del tiempo se lo dedicó a la flauta. Los padres dejaron que ella se convirtiera en la única alternativa de Hernando. Él tocaba con un sonido fascinante y una elegancia única. Se llevaba la flauta a los labios y las cosas cambiaban a su alrededor. Al verlo y escucharlo, Cadavid evocó la leyenda de Hamelín. Su amigo era, ciertamente, como una reencarnación de ese flautista remoto, que ya no encantaba ratas sino humanos.

Y las oposiciones continuaban. El primero era tímido y el segundo cordial. Al uno le gustaba definirse como un melancólico, como una especie de último romántico. El otro poseía una jovialidad invencible y una dosis de humor a prueba de cualquier adversidad. Le gustaba ser el centro de las reuniones con anécdotas plagadas de imitaciones divertidas. Contaba chistes en que personajes, generalmente adocenados y ladinos, se expresaban con acentos regionales. No cejaba en los retruécanos, en las exageraciones, en las improvisaciones. En su facundia se abrazaban la grosería y el buen gusto. Escobar podía sostener una conversación inteligente sobre un libro, un cuadro, una obra musical. Y con Cadavid sí que las tenían. En ocasiones alegaban porque lo que arrebataba a este desagradaba a aquel. Cadavid sentía, además, una debilidad por el lado escatológico de su compañero. Y no paraba de reírse cuando aquel se hundía en el morbo y la rusticidad.

En los asuntos del placer, las diferencias se perfilaban con mayor ímpetu. Escobar era un hedonista puro. Y serlo, en aquellos días, significaba tomar las sendas de la marihuana y el licor. De natural travieso, hacía bebidas aromáticas, sopas y tortas de cannabis que servía sin aviso alguno entre los comensales. Y gozaba más si la víctima desembocaba en la paranoia, la confusión y las alucinaciones. A Cadavid esto le fastidiaba a tal punto que la amistad tocaba terrenos críticos. Mientras que para uno la situación no pasaba de ser una broma, para el otro era un atropello. Y es que Cadavid rehusaba el vínculo de las musas con los estupefacientes y consideraba sospechosa la formación artística estimulada por los estados alterados.

Empero, como el día y la noche, ambos se complementaban. Y, conscientes de esta coyuntura, no desdeñaban su estima. Si Escobar era espontáneo y ruidoso en las manifestaciones del afecto, Cadavid se cubría de prevenciones timoratas. En tanto el uno era rozagante y seductor, el otro era pusilánime e hipocondríaco. Los dos, en todo caso, se envidiaban mutuamente. El de aquí admiraba el tesón y la disciplina del de acá. Y este, a su vez, opinaba que ese don, ser tan llamativo no solo con la flauta sino con el verbo, era la cualidad máxima.

Vivieron, antes de su ida a Tunja, una aventura. Los dos participaban en un montaje teatral de poemas de Porfirio Barba Jacob. Pasado el ensayo, se quedaron bebiendo cerveza con Amelia, una de las actrices. La chica recitaba una y otra vez los versos de la “Canción de la vida profunda”. No demoraron en embriagarse y decidieron dormir en la sede del teatro. Se fueron desnudando bajo la oscuridad de uno de los cuartos del vestuario. El primero acariciaba por un lado a Amelia. El segundo lo hacía por el otro. Uno besó los senos generosos. El otro incursionó en la humedad del pubis. Los jadeos de Escobar y Amelia terminaron por acoplarse. Cadavid sabía, no estaba tan borracho como para no tenerlo en cuenta, que en esas lides era el perdedor. Una mano lo separó. Y la mujer y su amigo gimotearon hasta que sucedió el clímax. Fue la única vez que Cadavid se entrometió en un asunto de esta índole con Escobar. Por ello, al saber el motivo por el cual no viajaron juntos a Tunja, aquel sonrió con desprecio. El deseo se atravesó de nuevo y el flautista naturalmente había acudido a su cita.

La casa

En sus muros y aleros elevados, en sus corredores que traqueaban y salones amplios, estaba encerrada una parte de la historia de la ciudad. La casa era arrendada por la curia al instituto de cultura desde hacía unos años. A sus lados, de hecho, había un conglomerado de construcciones cuyo núcleo principal era la sede del arzobispo. En tiempos de la Colonia fue un monasterio de religiosas concepcionistas. Un lugar adonde iban las jóvenes neogranadinas a jurar su fidelidad a Cristo y al Rey, y a pagar su precio por los deslices clandestinos del amor. Más tarde se convirtió, en la época republicana, en la sede del seminario menor. Su construcción había sido restaurada varias veces. Los últimos trabajos la dotaron de pintura blanca para vivificar sus paredes de argamasa y caña brava, y verde para las puertas, ventanas, barandales y balaústres. Remodelaron también el auditorio cambiando la madera de los pisos. El hecho de que esta sede pasara a manos de una dirección musical le daba un continente sugestivo de secularización. Los estudiantes iban y venían por sus corredores y creían, sobre todo en altas horas de la noche, profanar una etiqueta clerical y las disciplinas marcadas por la represión y la culpa.

La luz o la tiniebla entraban por el patio central y se instalaban como un golpe tajante en casi todo el ámbito. A la usanza de las estancias del ayer, había existido un jardín con platabandas y una pila cuyo mono hacía un mohín socarrón. Ahora solo quedaba un patio de cemento que cumplía funciones deportivas. Ante esta pérdida floral, la casa asumió un rasgo de austeridad que se adaptó a las pedagogías católicas de la república. Alrededor del patio estaban los salones. En ellos había un pianoforte erigido como el símbolo de la escuela. Un instrumento, generalmente de tonos marrones, que suscitaba respeto por parte de los estudiantes y acompañaba un tablero de pentagramas. En el primer piso había un habitáculo, debajo de las escaleras, donde una mujer de mejillas escaldadas por el frío vendía tintos, cigarrillos, aguas aromáticas, mogollas y roscones. Le decían Chavita, y su lugar era el más visitado en las pausas de las clases.

El auditorio ocupaba una buena parte del primer piso. Era de gran dimensión, y su ornamento remitía a una versión adulterada del barroquismo americano. Con él se había deseado construir una pequeña capilla para el ritual de la misa. Las lámparas colgantes inactivas, la humedad y el frío que jamás cesaban iban de la mano de los actos perversos realizados allí. Unos hablaban de celdas de castigo para las monjas. Y algo persistía de las jornadas de varios días a pan y agua y de los quejidos por la autoflagelación. Un eco de tal pasado invadía algunos instantes de la noche. Pero también había referencias a un cementerio, no para las doncellas caídas en infortunio, sino para los fetos que engendraban y que, por causas varias, fenecían en el proceso de la gestación. Las indicaciones, al respecto, gozaban de exactitud, pues el sitio de esas pequeñas fosas comunes estaba en el centro del escenario. Allí donde se ubicaba el segundo piano de cola de la escuela, un Baldwin de color negro cuyo teclado solo podía tocar el estudiante más avanzado.

Al frente de la entrada principal del auditorio —se podía acceder también por una puerta lateral al escenario, y en ambas entradas se producía una corriente de aire gélido— estaban las otras escaleras de la casa. A diferencia de las principales, estas no se utilizaban demasiado y sus luces permanecían apagadas. Por ellas se iba al segundo piso y eran el tramo obligatorio, este sí iluminado, para llegar a la tercera planta. En esa altura, y desde su corredor, se observaban los techos centenarios. El de la cúpula de la catedral primada, imponente y redondo, y el de las otras iglesias. También se columbraba el altiplano, que hacia ese lado era seco y ondeante. Este era el piso preferido de Pedro Cadavid. No solo por la luz que se regaba por sus salones, sino porque allí estaba, en la zona más extrema y elevada, la sala de audición y la discoteca de la escuela. En los días especiales —alguna festividad, una efeméride musical, las jornadas de grado con sus calificaciones honorables— se sacaban los parlantes del equipo de sonido. Y la música, como una dádiva, se expandía por los rincones. La casa se tornaba entonces prestigiosa y daba la impresión de ser la más ilustre de entre todas las edificaciones de la ciudad.

Preparatorio

Cuatro aspirantes integraron el preparatorio. Cadavid y Escobar, que decidieron vivir cerca de la escuela. Jaime Sánchez, que, como los dos flautistas, venía también de Antioquia, aunque hacía años residía en Tunja. Y Florencio Otálora, que había nacido y vivido en esta ciudad. Las jornadas eran de lunes a viernes y, como les previno Zabala, de un ritmo demoledor. Se les aconsejó que se olvidaran de sus instrumentos. Era necesario sumergirse de lleno en la teoría musical. Aprender las bases de la armonía y afianzar las del piano para los encadenamientos armónicos y los ejercicios de solfeo. Esto incomodó a Hernando Escobar, que solo quería tocar su flauta bañada en plata. A las seis de la mañana tenían dictado. Luego veían armonía. Había una pausa para almorzar. Pero eran tantas las tareas, que gastaban unos pocos minutos para hacerlo. En las tardes se dedicaban al solfeo. Se acostaban a la medianoche, exhaustos y con la cabeza repleta de sonidos. Luego, volvían a la carga cuando Tunja asomaba su rostro, en medio de campanas eclesiásticas, a las auroras frías.

Al cabo de los días pudieron cantar las escalas mayores con sus relativas menores naturales, melódicas y armónicas. Aprendieron las armaduras, con sus sostenidos y bemoles. El método Alexeiev los guiaba y, como acróbatas, iban y venían a pasos vertiginosos por los centros tonales. Sabían en qué zonas se desequilibraba ese tinglado sonoro que, según Zabala, representaba la base que sostenía el universo físico y mental de los seres humanos. Entonar los trítonos de cada tonalidad, así como escuchar las explicaciones sobre su historia, era emocionante. Descubrir estas criaturas interválicas, que también recibían el nombre de cuarta aumentada o quinta disminuida, les parecía inu­sitado. El nombre más atractivo para los trítonos se relacionaba con el diablo. Al enterarse de las prohibiciones religiosas medievales, Cadavid se pasaba tocando en el piano los trítonos malditos. Gozaba cantando lo que se había evitado con desconfianza durante siglos. Las gentes, antaño, escuchaban los trítonos con aprensión y, por su resonancia inestable, el ánimo se les perturbaba. Cadavid sonreía ante las explicaciones de Zabala. El demonio había encontrado nicho entre las notas y era menester sortearlo. Aquello tenía que ver, acaso, con el vínculo entre la nota sensible, ese séptimo grado de toda escala, y el deseo. La sensible delineaba, en la imaginación y el cuerpo, el rostro de la tentación personalizada en la mujer. Ella había estado allí, al lado del hombre, y asumirla no era un asunto solo de la cotidianidad sino de la música misma. El diablo que cabalga en el trítono —y el maestro Zabala tocaba en el piano, con la resonancia que daba el pedal, el intervalo do-fa sostenido— decía que el hombre, dominador de todos los espacios tonales, se sentía seducido por lo femenino y allí residía su labilidad. Por esta razón los monjes, desde Guido de Arezzo hasta bien entrados los tiempos modernos, habían proscrito el trítono. La prevención, no obstante, era más lejana. Zabala mencionaba a san Agustín, que en su tratado De música se refería a los sonidos sensuales. Estos atentaban contra la esencia de la música que, según el patriarca africano, pertenecía a la esfera del conocimiento racional. Y era desde este tipo de gnosis, pero a partir de la música, como se podía acceder a la revelación del misterio divino. Sin embargo, esos hombres, que entendieron la música como una metáfora de Dios, vivieron sometidos a la limitación del miedo. Y el director esbozaba aquí su sonrisa y aclaraba que la música, sin su lado oscuro, dejaría de ser el gran arte que era.

El método de Hindemith les ayudaba, por otro lado, a avanzar en las nociones del ritmo. Este era el tramo del curso más amable para los cuatro estudiantes. Se reunían en uno de los salones del segundo piso y hacían los ejercicios ayudados con las palmas, las plantas y la boca. Cuando fueron más diestros, pasaron a las panderetas, las claves y los tambores. Las sesiones eran felices porque creían, reproduciendo las negras, las corcheas y sus respectivos silencios, que hacían música. Lo que efectuaban, en realidad, eran ejercicios para fortalecer la fraternidad. Como si el ritmo fuera el fuego esencial de todo vínculo afectivo porque terminados los palmoteos, los zapateos y los tatatatatá se iban a tomar un tinto o una aromática a la cafetería de Chavita con el corazón expandido. Los tropiezos surgían, sin embargo, con el solfeo. El tonal, el Solfeo de los solfeos, era sencillo. La contrariedad sucedía con el atonal. Cadavid maldecía entre dientes el Modus Novus, de Edlund. Sus ejercicios sin forma no podía cantarlos. Escobar, en cambio, los disfrutaba. Entonarlos era, para él, entrar en un ámbito extraño de melodías contemporáneas. Pero Cadavid se abatía, sabiéndose el menos talentoso del preparatorio, y pensaba que si esos ejercicios serían la base del examen de admisión, jamás pasaría a la escuela.

Algo semejante ocurría con los dictados. Aunque en estas primeras jornadas de la mañana el obstáculo no era el método sino el profesor. Zabala había designado a uno de sus discípulos más dilectos. Era un efebo de piel blanca, pelo y ojos negros, oriundo de Sogamoso. Poseía unas manos modeladas solo para tocar el piano y un andar triste de rodillas juntas y pies apartados. Cuando entraba al salón, a las seis de la mañana, el muchacho arrojaba un gran bostezo mezclado con los buenos días. Se acercaba al piano, lo abría y se sentaba en el banco haciendo muecas de hastío. Enseguida se deslizaba en la silla y se escondía detrás del instrumento. Asomaba, como un títere, una de sus manos y designaba al estudiante con un dedo para que cantara los acordes que iba a tocar. Como estaban recién despiertos, la desafinación del grupo era evidente. El profesor los imitaba con burla. Se acurrucaba más y decía frases incomprensibles, adivinándose que esos juegos de palabras eran un modo de la mofa. Después avisaba el compás y tocaba una melodía. Lo hacía dos o tres veces y saltaba de atrás del teclado para mirar lo que copiaban los principiantes sordos. Al ver que no captaban el dictado entero, les decía que se lavaran las orejas con agua oxigenada. Escobar y Sánchez empezaron a responder bien. Pero Cadavid y Otálora se quedaron atrás. Como este último era de un natural apacible, y su interés residía en tocar bien el trombón, esas clases no le hacían mella. Soportaba al de Sogamoso sonriendo ante las chanzas como si la cosa no fuera con él. Pero Cadavid entraba tenso al salón y salía desmoralizado. Se despertaba, a las cinco de la mañana, con el frío mordiéndole los huesos de los pies, y mientras se mojaba la cara padecía una regresión. Recordaba las primeras veces que había ido a la escuela primaria. Se escapaba del aula, llegaba a su casa y tocaba a la puerta. Su madre abría y él, abrazándola, le rogaba que lo dejara quedarse a su lado. La mujer lo calmaba, lo tomaba de la mano y lo conducía de nuevo al lugar del áspero aprendizaje.

El problema de los dictados se resolvió. No fue Cadavid quien enfrentó al chico de Sogamoso. Ante una de las bromas —al profesor se le había ido la comparación de las tres gracias antioqueñas—, Jaime Sánchez se levantó y dio un manotazo al aire. Pero antes de salir lo encaró y le dijo, lanzándole su tufo de café y cigarrillo: ¡Boyaco de mierda! Tiró la puerta y los vidrios se quebraron. La situación llegó a oídos de Zabala, quien solicitó a Fulgencio Mancipe, su secretario, que interviniera. Se efectuó la pesquisa. Todos, menos Otálora, dijeron que el ambiente era pesado. El de Sogamoso, por su parte, opinó que con semejantes tapias no había nada que hacer. Los dictados se interrumpieron y los cuatro pudieron dormir un poco más. Sánchez no vaciló en pagar los vidrios y hasta llevó a un ruso para que tomara las medidas de los espacios vacíos. Al poco tiempo, y como el profesor se había esfumado de la escuela, se enteraron de que tenía la novia embarazada y de que la criatura había nacido anticipadamente.

Aunque avanzaban en la teoría musical, eran conscientes de su torpeza en el piano. Imposible que en un mes, y con la carga de trabajo impuesta, pudieran tocar tres estudios de Carl Czerny e igual número de piezas seleccionadas del Cuaderno de Ana Magdalena. En este sentido, y aconsejado por Francisca Benítez, una de las estudiantes del C2, Cadavid se concentró en un estudio de Czerny y en una pieza de Bach. Era lo último que hacía en la jornada. Se metía en uno de los salones del tercer ...