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LA ESFERA LUMINOSA

Liu Cixin  

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Fragmento

Prefacio

Era mi cumpleaños. No me acordé hasta que, ya de noche, mis padres me encendieron las velas del pastel y estuvimos sentados alrededor de catorce llamas minúsculas.

Arreciaba una gran tormenta. El universo parecía estar compuesto únicamente por el formidable relampaguear del exterior y nuestro minúsculo salón.

Con cada ráfaga de electricidad azul la lluvia al otro lado del cristal se volvía nítida por un instante y cada una de sus gotas parecía solidificarse para formar junto con las demás densas cortinas de cuentas que unían cielo y tierra. Se me ocurrió la siguiente idea: qué fascinante sería el mundo de ser aquello real, si a diario uno saliera a la calle y por todas partes lo rodeara el tintineo de aquellas cuentas... Claro que, por hermoso que fuese aquel mundo idílico, nadie iba a sobrevivir a la electricidad de tanto rayo.

Siempre veía el mundo con distintos ojos que los demás. Desde que tenía uso de razón andaba siempre transformando la realidad. A mi corta edad aquella era la única certeza que tenía sobre mí mismo.

La cadencia de rayos y truenos había ido en aumento desde el comienzo de la tormenta aquel atardecer: al principio, después de cada relámpago mi mente retenía la impresión de aquel efímero mundo cristalino al otro lado de la ventana mientras aguardaba en tensión el estallido del trueno; luego empezó a relampaguear tan frecuentemente que ya no lograba distinguir qué estruendo correspondía a qué rayo.

Es justamente en noches tormentosas como aquella cuando uno logra verdaderamente apreciar el valor de la familia; cuando, al pensar en la brutal crudeza del mundo exterior, más cálido resulta el arrullo del hogar. En momentos así uno se compadece profundamente de aquellas pobres almas sin techo, luchando temblorosas a la intemperie contra la tormenta y los rayos. Entran ganas de abrir la ventana para que puedan entrar volando, pero al final el exterior resulta tan espantosamente tremebundo que uno no se atreve a abrir ni el más mínimo resquicio por miedo a que el aire frío perturbe la cálida placidez reinante en el interior.

—¡Ah, la vida; qué asunto tan curioso! —exclamó mi padre, y soltó un hondo suspiro antes de terminarse el vaso de un trago. Luego, con la vista fija en las velas, añadió—: Tan incierta, tan sujeta al azar y a la probabilidad. Somos como esa ramita que flota en el riachuelo y tan pronto topa con el cobijo pasajero de una roca como luego es engullida por un remolino...

—Déjalo tranquilo, es demasiado pequeño para entender esas cosas... —intervino mi madre.

—¡Qué va a ser pequeño! —replicó mi padre—. ¡Ya tiene edad para saber lo que es la vida!

—Y se lo vas a explicar tú, que eres un experto en la materia... —bromeó mi madre.

—Pues me sé lo mío, ¡claro que sí! —dijo mi padre, volviendo a servirse y vaciar medio vaso para luego dirigirse a mí—: Lo cierto, hijo, es que tener una vida maravillosa no es nada difícil; atiende a lo que te va a decir tu padre: tú encuentra un problema reconocido universalmente como tal; por ejemplo, un problema matemático que no requiera más que lápiz y papel para resolverse como la conjetura de Goldbach o el último teorema de Fermat, o incluso una cuestión de carácter puramente filosófico que ni tan solo requiera ya de lápiz y papel como puede ser el origen del universo, y dedícate en cuerpo y alma a estudiarlo día y noche. Si te concentras en progresar sin obsesionarte por los resultados, para cuando quieras darte cuenta, habrá pasado toda una vida. Te hablo de sentir lo que comúnmente se conoce como entrega.

»También puedes hacer todo lo contrario y fijarte como único objetivo el dinero; pasar todo el tiempo obsesionado no con lo que harás con él, sino con cómo ganar más y más hasta acabar como Grandet, aferrado a su oro y gritando: “¡Esto me reconforta!”.[2] La cuestión es sentir fascinación por algo. Mira yo, por ejemplo —agregó, señalando las acuarelas que había repartidas por la habitación. Estaban pintadas con una técnica muy tradicional, dotadas de perfecta composición y proporciones, y carecían de vida. Su superficie reflejaba la luz intermitente del exterior como si fuesen pantallas en suspenso—. Sé que nunca seré un Van Gogh, pero me encanta y me llena pintar...

—Eso es verdad. Tanto el que se desvive por un ideal como el desengañado de todo que solo piensa en él sienten lástima el uno del otro, pero la verdad es que ambos son afortunados —añadió mi madre, sumándose a la reflexión.

Viendo a mis dos progenitores, por lo común tan atareados en la vida diaria, detenerse a filosofar por unos instantes de aquel modo, hubiese parecido que era el cumpleaños de alguno de los dos, y no el mío.

—Mamá, no te muevas —dije, acercándome a ella para arrancarle una cana a su espesa cabellera morena. Solo la mitad de su longitud era blanca; la otra seguía siendo de color negro.

Mi padre sostuvo el pelo en alto para observarlo. Contra la luz de los relámpagos brillaba como el filamento de una bombilla.

—Que yo sepa, es la primera cana que le sale a tu madre en toda su vida. Como mínimo, la primera que le descubro.

—Pero ¿qué hacéis? —protestó mi madre, arrebatándole aquella cana a mi padre y dejando que cayera al suelo—. ¡Por cada una que arrancas te salen siete!

—Bueno, ¿y qué le vamos a hacer? ¡Así es la vida! —exclamó mi padre. Luego señaló las velas del pastel y me dijo—: Imagina que coges una de estas velitas encendida, que la colocas sobre una duna del desierto y, suponiendo que no hay viento, consigues prenderle fuego. Entonces, te alejas. ¿Cómo te sentirías observando la llama desde la distancia? ¡Hijo mío, así somos ante la vida y el destino: frágiles y desprotegidos, incapaces de resistir la menor brisa!

Los tres nos quedamos en silencio contemplando las velas. Observábamos cómo sus temblorosas llamas se agitaban con la fría luz azul de los relámpagos del otro lado del cristal de fondo como si se tratasen de algún tipo de pequeña forma de vida que hubiéramos traído al mundo tras no poco esfuerzo.

Al otro lado de la ventana, estalló un nuevo relámpago.

Fue entonces cuando entró. Lo hizo a través de la pared, apareciendo frente a un óleo representando una escena dionisíaca que había colgado, como si se tratase de un fantasma surgido de la misma pintura. Era del tamaño aproximado de una pelota de baloncesto y emitía un brillo rojizo. Flotó con levedad sobre nuestras cabezas dejando tras de sí una estela de luz granate. Su vuelo era errático, por lo que dibujó una complicada figura por encima de nosotros. Al tiempo que flotaba emitía un silbido grave que hacía daño a los oídos y recordaba a como habría sonado la flauta que algún demonio tocara desde un paraje desolado.

Aterrorizada, mi madre se aferró con ambas manos al brazo de mi padre; un gesto que yo, en retrospectiva, llevo maldiciendo toda mi vida, pues quién sabe si, de no haberlo hecho, aún me quedaría siquiera un pariente con vida.

Aquella cosa continuó flotando como si anduviera en busca de algo; finalmente pareció hallarlo, pues se detuvo a medio metro por encima de la cabeza de mi padre y su silbido se tornó aún más agudo, intermitente, como el de una risita cruel.

Entonces alcancé a ver su interior. Aquella bola de fuego translúcida parecía ser infinitamente profunda y de su fondo insondable emergía un sinfín de minúsculas estrellas azules que semejaban el campo de estrellas que habría visto un espíritu que volara por el espacio a una velocidad mayor que la de la luz.

Más tarde aprendería que la densidad energética de su interior debió de alcanzar entre veinte mil y treinta mil julios por centímetro cúbico (en comparación, la del TNT es de solo dos mil julios) y que, a pesar de que su temperatura interna seguramente superó los diez mil grados, su superficie permaneció fría en todo momento.

Mi padre levantó el brazo, yo diría que más para protegerse la cabeza que para tocar aquello, pero al tenerlo completamente extendido ejerció tal fuerza de atracción sobre la cosa que la hizo acudir a su mano con la misma celeridad que el estoma de una hoja absorbe una gota de rocío.

Con luz cegadora y enorme estruendo, el mundo a mi alrededor estalló.

La imagen que vi cuando mis ojos se recuperaron del fogonazo me acompañará durante el resto de mis días. Fue como si de repente alguien hubiera alterado la realidad en un editor de imágenes: de manera instantánea, los cuerpos de mis padres se habían vuelto en blanco y negro. Mejor dicho, se habían vuelto blanco y gris, pues el negro se debía a las sombras creadas por pliegues y recovecos a la luz de la lámpara; se habían vuelto del color del mármol. La mano de mi padre permanecía en alto. Mi madre seguía agarrándolo del otro brazo con ambas manos. Los dos pares de ojos petrificados de aquellas dos estatuas parecían conservar cierto atisbo de vida.

Un extraño olor flotaba en el ambiente. Más tarde sabría que era ozono.

—¡Papá! —grité.

No hubo respuesta.

—¡Mamá! —grité de nuevo.

Tampoco hubo respuesta.

Aproximarme a aquellas dos estatuas fue el momento más aterrador de mi vida. Hasta entonces mis temores se habían circunscrito al mundo de los sueños, donde yo evitaba el colapso mental gracias a la voz de mi subcon

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