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LA ETERNA PARRANDA

Alberto Salcedo Ramos  

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Fragmento

AGRADECIMIENTOS

A todos los seres que me contaron sus historias.

A Mario Jursich Durán, director de la revista El Malpensante, de quien siempre he recibido consejos inteligentes y oportunos, y quien apostó por mí cuando yo más lo necesitaba.

A Daniel Samper Ospina, director de la revista SoHo, por su respaldo absoluto, por su confianza. Sin su apoyo definitivo no habría podido recorrer el país detrás de la mayoría de estas historias. Sin él no existiría este libro.

A Elsa Mogollón Wendeborn, directora de la revista Ecos, que me ha acogido desde siempre en sus páginas y en su corazón.

A Jaime Abello Banfi, director de la FNPI, por abrirme nuevos caminos. Su presencia ha sido una bendición.

A Heriberto Fiorillo, que me publicó por primera vez y, cuando yo tenía veinte años, me dio a leer el texto de Capote «El látigo que Dios me dio».

A Pilar Reyes, ex directora editorial de Santillana Colombia, que me animó a compilar estas crónicas.

A Rodrigo de la Ossa, el actual director de Santillana Colombia, y a Carolina Jaramillo Seligmann, editora de no ficción de Aguilar, por su espera y por su colaboración.

A Camilo Jiménez, mi editor, que me ayudó a descartar, a seleccionar y a depurar los textos finales. Su participación, además de estupenda, fue generosa.

A los editores de la revista SoHo —en especial a Diego Garzón—, que no solo me han respaldado siempre sino que además me regalaron varias de las historias que aparecen en este libro, historias que a mí no se me ocurrieron originalmente y que me enseñaron mucho sobre el país y sobre mi oficio.

A los productores de SoHo, que me colaboraron en la consecución de algunos personajes y en la atención de detalles logísticos importantes. ¿Cómo dar las gracias sin mencionarlos a ellos?

A los editores y colegas de las diferentes revistas que publicaron estas crónicas. Entre otros, Felipe Restrepo, Guillermo Osorno, Sandra Lafuente, Liza López, Julio Villanueva Chang, Marco Avilés, Daniel Titinger, Álex Ayala, Verónica Garcés, Juan Fernando Andrade, Leo Felipe Campos, Andrés Hoyos Restrepo, Marianne Ponsford, Guillermo González Uribe.

Al fotógrafo Camilo Rozo, que me acompañó durante gran parte del trabajo de campo y siempre se preocupó por tomar muchas más fotos de las que él necesitaba, solo para facilitarme la labor de recrear las atmósferas en la fase de escritura. A los demás fotógrafos que estuvieron conmigo.

A Carolina Cano Cassiani, quien desde hace años me colabora, de manera tan paciente como eficaz, en la transcripción de las entrevistas.

Al colega Mario Morales, directivo de la Facultad de Comunicación y Lenguaje de la Pontificia Universidad Javeriana —donde soy profesor de crónica—, por su comprensión y por su respaldo.

A Liliana Tafur, colega y correctora de estilo que siempre me plantea sugerencias útiles.

A Patricia Nieto, que de manera generosa compartió conmigo su agenda de víctimas de las minas antipersonales, pese a que ella en ese momento también estaba haciendo un trabajo sobre este tema.

A Reporteros de Colombia, que me encargó la crónica «Un país de mutilados».

A la Fundación Friedrich Ebert Stiftung en Colombia —Fescol—, que me encargó la crónica «El enfermero de los secuestrados».

A mi ex alumno Camilo Restrepo Romero, que me puso en la pista de la historia «Enemigos de sangre».

A Santiago Cruz Hoyos, que me regaló la historia «El fútbol de Las Regias».

A las otras personas que contribuyeron con sugerencias, cesión de imágenes o archivos, o acompañamiento durante el trabajo de campo: Darío Fernando Patiño, Juan David Montoya, Alex Deluque, David Lara, Griselda Gómez, Aarón Espinosa, la niña Emi Espinosa, Manuel Páez Álvarez, Andrés Sanín, Daniel Pardo, Juan Andrés Valencia, Rocío Castañeda, Marisol Manrique, Juliana Vergara.

A mi primo hermano Teoba Rodríguez, mi lector más antiguo.

A mi tío Gonzalo Ramos, que siempre me tendió su mano generosa y además me ayudó a conseguir mis dos primeros trabajos en periodismo.

LOS IRREPETIBLES

MEMORIAS DEL ÚLTIMO VALIENTE.
LA HISTORIA DEL ROCKY VALDEZ

I

Golpear a Benny Briscoe era como golpear un buque acorazado, Rocky. Por mucho que le pegaras él ni siquiera se inmutaba. Iba siempre hacia adelante soltando una trompada detrás de la otra, y aunque atacaba con la guardia baja y tú le conectabas unos mazazos terribles en el rostro, el tipo no retrocedía ni un milímetro. Al contrario, seguía arrinconándote con sus puños incesantes. En el sexto round estabas metido en un tremendo problema: tenías el ojo izquierdo hinchado y la ceja derecha rota. El médico de la velada ya había proferido el ultimátum: si la herida continuaba creciendo sería inevitable parar la pelea. De ese modo perderías por nocaut técnico.

Ahora, treinta y cuatro años después, miro este pasaje sin la tensión con que lo miré en mi infancia, seguramente porque conozco el desenlace. Sé que no te moriste, Rocky, sé que estoy observando el combate de tu consagración. Mientras transcurre el minuto de descanso posterior al sexto asalto, exploro a los dos boxeadores en sus esquinas. El Briscoe que tengo al frente es idéntico al de mis recuerdos: rapado, fibroso. Sin embargo, hoy no me parece dominante como Hércules sino condenado como Sísifo: por mucho que se esfuerce, su misión de llevar la pesada piedra hasta la cima de la montaña está predestinada al fracaso. Cada vez que yo repita el video él rodará cuesta abajo justo cuando se encuentre a punto de alcanzar la cúspide.

A ti también te veo tal y como quedaste fijado en mi memoria: pómulos angulosos, labios gruesos. Me asombra, en todo caso, tu contextura física tan inferior a la de los boxeadores de peso mediano: caja torácica plana, brazos cortos. En el recorte de prensa amarillento que guardo en el maletín está subrayado el dato de tu estatura: 1,77. Me pregunto, Rocky, cómo pudiste ser campeón mundial de la categoría con tus medidas precarias. En esa división casi siempre reinaron atletas musculosos de más de 1,80.

Qué angustia, Rocky, qué angustia. En el séptimo round tu derrota por nocaut técnico parecía inminente. El tipo te pescó, de entrada, con un zurdazo enorme que te arrancó la pomada coagulante de la ceja. Y como si fuera poco sobrevivió

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