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LA HISTORIA DE LOS JUDíOS

Simon Schama  

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Fragmento

1

¿Podría ser ahora?

I. DAVID

Una vez, en un lugar situado entre África y el Indostán, había un río tan judío que observaba el sábado. Según Eldad el Danita, un viajero del siglo IX, durante seis días a la semana el río Sambatión arrastraba una gran cantidad de pesadas rocas a lo largo de su curso arenoso. Al séptimo día, como Dios cuando creó el universo, el río descansaba. Algunos autores escribieron que el Sambatión se transformaba de noche en un cauce seco. Otros juraron que el río no llevaba agua: era un discurrir de rocas que rodaban y chocaban unas contra otras con tanta violencia que el ruido que hacían, un estruendo sordo como «una tempestad en el mar», podía oírse a un par de kilómetros de distancia.[1] Nada podía detener el extraño comportamiento del Sambatión, excepto sus propias leyes antinaturales. Se contaba que si un hombre llenaba una bolsa de arena del río y la vaciaba en un recipiente de vidrio sería testigo de la magnitud del misterio. Al anochecer, al finalizar el sábado, los blancos granos que habían permanecido inertes durante el día de descanso empezarían a removerse, a agitarse y a golpear las paredes del recipiente como si ansiaran reunirse con la corriente de la que provenían. Si un viajero intrépido aprovechaba el sábado para vadear el cauce pedregoso, advertía Eldad, su plan se vería frustrado, pues «en cuanto comienza el sábado, un muro de fuego se levanta en la otra orilla del río, llamas que no se extinguen hasta la noche siguiente, cuando el sábado finaliza. Así pues, ningún ser humano puede aproximarse al río a una distancia menor de ochocientos metros, porque el fuego consume todo lo que allí crece».[2]

En 1480 fueron publicadas en Mantua las Cartas de Eldad, de modo que uno de los primeros textos impresos en lengua hebrea fue un verdadero viaje a la imaginación. No obstante, los límites del mundo real iban cambiando con cada carabela que zarpaba para circunnavegar las costas de África y el nordeste rumbo a las Indias. Lo más extravagante y curioso podía resultar cierto. Además, había otra razón muy poderosa para confiar en que un intrépido viajero llegara a dar con el Sambatión. Se decía que en la otra orilla del río habitaban cuatro de las Diez Tribus Perdidas de Israel, el pueblo que en el siglo VIII a. e. c. había sido obligado a desplazarse a causa de los conquistadores asirios. Todo lo que se sabía sobre la localización definitiva de su exilio era que se trataba de un remoto territorio del este, pues los asirios habían gobernado un vasto imperio que se extendía desde la costa de Yemen hasta el mar Caspio. No obstante, encontrar el Sambatión significaba encontrar a los israelitas, preservados en su exilio como insectos en una pieza de ámbar. Todo lo que se decía de ellos era portentoso. Montaban elefantes para desplazarse por campos libres de criaturas dañinas. «No hay nada impuro entre ellos […] no hay bestias salvajes, no hay moscas, no hay pulgas, no hay piojos, no hay zorros, no hay escorpiones, no hay serpientes, no hay perros.» Vivían en hermosas torres, teñían de bermellón sus ropas y no tenían criados, sino que labraban ellos mismos los fructíferos campos. Un sinfín de granadas esperaban a ser recolectadas, y de los árboles caían suculentos higos carnosos, dulces como la miel. Su tierra era el país de Jauja kosher.

Incluso aquellos que sospechaban que la historia de Eldad era decididamente descabellada querían saber más, pues el descubrimiento del río, y el de esos israelitas perdidos de la otra orilla, podía ser una señal de lo que todos los judíos llevaban siglos anhelando. Según la tradición, la aparición de un príncipe libertador de la casa de David, el verdadero Mesías, el Redentor de Jerusalén, el Reconstructor del Templo, sería anunciada por el redescubrimiento de las Tribus Perdidas de Israel, con la tribu de Rubén a la cabeza. Cuando Constantinopla cayó en manos de los turcos en 1453, corrió el rumor de que el Sambatión había dejado de discurrir, y que las Tribus Perdidas estaban preparándose para volver a unirse al mundo, si es que, de hecho, no lo habían hecho ya. En 1487, durante un viaje a Jerusalén, el rabino Abdías de Bertinoro, que no era precisamente un pobre crédulo, no dudó en preguntar a algunos esclavos liberados si tenían noticias del río Sambatión y de la gente que vivía al otro lado. «Los judíos de Adén —escribió a su hermano— hablan de todo esto con bastante certidumbre, como si fuera por todos conocido, y nadie ha puesto en duda jamás la veracidad de sus afirmaciones.»[3] El primer manual hebreo de geografía académica, el Iggeret Orhot Olam («Itinerario cósmico») de Abraham Farissol, contenía un pasaje sobre la ubicación del río, y lo situaba en algún lugar de Asia.[4]

Encontrar a las Tribus Perdidas de Israel se convirtió en una pertinaz obsesión tanto para los cristianos como para los judíos. Para los primeros había razones estratégicas y apocalípticas para desear que la historia del Sambatión y las Tribus fuera cierta, y ambas convergían en un momento crucial del mundo hebreo. Si era verdad que los israelitas vivían de un modo u otro más allá de los límites del mundo musulmán, ya fuera en África o en Asia, el trato con ellos ofrecía la oportunidad de lanzar un ataque contra los turcos desde su retaguardia. El rey de Portugal ya había enviado emisarios judíos a buscar el reino del Preste Juan, de quien se decía que era un poderoso monarca cristiano de aquellas tierras remotas y que mantenía contacto con las Tribus Perdidas. Podría establecerse una santa alianza. El Fin de los Tiempos se precipitaría: se libraría la batalla profetizada de dos adversarios titánicos, Gog y Magog. Se quebrarían cabezas, se oirían hosannas, la tierra quedaría empapada en sangre. Guerreros nombrados por el Divino, en perfecta formación y armados con relucientes lanzas, avanzarían para enfrentarse a las legiones del Anticristo, y después de que se alzaran con la victoria comenzaría una edad de oro cristiana. Guiados por los israelitas perdidos, los demás judíos verían por fin el error en el que habían vivido y marcharían hacia el frente en tropel. Radiante en su divina majestad, Cristo regresaría. Gloria a Dios en las alturas.

Un día de 1523, poco antes de la fiesta de la Hanuká, un hombre bajito y moreno y de cuerpo enjuto por la práctica del ayuno, llegó a Venecia, donde dijo ser David, «hijo del rey Salomón y hermano del rey José», caudillo de la tribus de Rubén, de Gad y de una parte de la tribu de Manasés.[5] Cuando, unos años más tarde, se reunió con este embajador de las tierras de las Tribus Perdidas, Giambattista Ramusio —gran viajero y geógrafo, que creía que el individuo en cuestión era quien decía ser— lo describió como un tipo «muy delgado y enjuto, como los judíos del Preste Juan».[6] El propio rubenita extendió la idea de que, en efecto, procedía de aquel lugar tan buscado en el que cristianos y judíos negros habitaban en territorios vecinos y guerreaban unos con otros. El «embajador» sostenía que los miembros de otras tribus perdidas —la de Simeón y la de Benjamín— vivían junto al río Sambatión, y que su reino se encontraba en un valle desértico de las inmediaciones, el del Habor. El resto del pueblo perdido de Israel se encontraba más lejos aún. Así pues, ¿podía ser ese judío, de nombre David, aquel hombre largamente esperado, que traía en su enjuto cuerpo la noticia que tanto cristianos como judíos ansiaban oír?

A comienzos del siglo XVI, tras la conmoción que había supuesto su expulsión de España y Portugal, la comunidad judía europea comenzó a dejarse llevar por anhelos mesiánicos. En 1502, en la península adriática de Istria, Asher Laemmlein Reutlingen, hombre piadoso dedicado al estudio de la cábala, había declarado que, si los judíos expiaban sus pecados, en menos de seis meses se produciría la llegada del Mesías. La Iglesia se derrumbaría por su propia voluntad (imaginaba un derrumbamiento físico, en el que torres y campanarios se vendrían abajo) y Jerusalén sería liberada a tiempo de celebrar la siguiente Pascua en la largamente reivindicada ciudad de David. En respuesta al anuncio de Laemmlein se proclamaron días de ayuno en comunidades judías del norte de Italia, sur de Alemania y otras regiones más alejadas. Un hombre del que habría cabido esperar más sentido común, el padre del historiador David Gans, de Praga, creyó tan fervientemente las profecías de Laemmlein que hizo demoler el horno en el que cocía su pan ácimo. No obstante, los actos de arrepentimiento de aquellas gentes no lograron impresionar al Todopoderoso, pues no apareció ningún redentor como había sido profetizado. Triste y decepcionado, Gans padre se vio obligado a cocer su pan sin levadura en horno ajeno.

Pero, mientras duró, el llamamiento de Laemmlein causó un impacto extraordinario en las comunidades judías del norte de Italia, donde había una importante concentración de hebreos germanos que habían huido de las persecuciones sufridas en Baviera y en Franconia. La decepción supuso un duro golpe, pero no acabó con las expectativas mesiánicas; Laemmlein no había resultado nada más que el hombre equivocado en el año equivocado. El astrónomo y astrólogo Bonet de Lattes, que también era el rabino principal de la comunidad judía de Roma (además de médico de los papas Alejandro VI y León X), recurrió al reloj anular que había inventado para calcular la altitud del sol y los planetas tanto de día como de noche, y llegó a la conclusión de que 1505 sería el año en el que Júpiter y Saturno se alinearían correctamente para anunciar la llegada del Mesías. Una vez más, la esperanza acabó en decepción, si bien Bonet de Lattes dio comienzo a una tradición de almanaques anuales que combinaban predicciones astrológicas y teológicas sobre el año en el que tendría lugar la Gran Aparición. Así pues, cuando David Ha-Reuveni, el pequeño príncipe guerrero, se plantó en Venecia en 1523 ataviado con ropajes de seda negra, las señales de los astros se estudiaron y analizaron con gran entusiasmo. En Ferrara, Farissol, mientras trabajaba en su libro, consultó la geografía mítica del exilio israelita. «El desierto de Habor», donde gobernaba el rey José, era, en efecto, uno de los sitios identificados en el libro de los Reyes y en las Crónicas como destino de las tribus desplazadas. Farissol estaba convencido de que el lugar en cuestión tenía que encontrarse en Asia. Otros confundieron «Habor» por «Jaybar», una antigua ciudad situada en la península arábiga, en la región de Hejaz, habitada por judíos antes de la llegada del islam. Pero bastaría una localización aproximada para la batalla culminante que se habría de librar: un punto entre el cuerno de África y las montañas de la India. En todo caso, era indudable que las guerras entre el sultán otomano, Solimán el Magnífico, y el titular del Sacro Imperio Romano Germánico, Carlos V, iban a acabar un día en un conflicto mesiánico. Y ese día estaba cerca. Un judío de Jerusalén había escrito que el mismísimo rey de Polonia (aunque por qué lo sabía es un misterio) había afirmado que el Sambatión estaba tan en calma que cuatro de las Diez Tribus Perdidas de Israel habían podido cruzarlo, y que otras cinco estaban preparándose para ello. Era evidente la inminencia de un gran reencuentro del pueblo judío. De modo que cuando David empezó a hablar en un hebreo extraño y entrecortado, a veces ininteligible, cuajado de palabras árabes, su acento, nunca oído hasta entonces, pareció —para entusiasmo de muchos— el de algún lugar remoto. Era el portador de algo sumamente antiguo, inmemorial, que, por designio divino, se manifestaba en aquel momento.

Desde el principio David apuntó alto. En Venecia, anunció que deseaba ser recibido en audiencia por el papa Clemente VII. El presupuesto en el que se basaba la estrategia que ideó el gran rubenita para liberar Tierra Santa de las manos opresoras de los turcos consistía en que el emperador Carlos V y el rey Francisco I de Francia, enemigos acérrimos, se avinieran a firmar la paz. Tan solo el papa podía conseguir que esto se hiciera realidad, de modo que David partió hacia Roma para compartir su plan con el sumo pontífice y hacerle notar los beneficios que podrían obtenerse de él.

Pero si ese era su objetivo, lo cierto es que tomó el camino más largo. Desde el desértico valle de Habor y las tierras etíopes, contaba, pasó a Arabia, pero luego, por una serie de razones desconocidas, regresó al sur siguiendo el Nilo. Allí donde el río discurría entre imponentes desfiladeros, en un magnífico y bárbaro reino africano, David se encontró con unas gentes que comían camellos, lobos y otros seres humanos, y cuyas mujeres se cubrían los genitales tan solo con una ligera malla de oro. Más adelante, durante su largo viaje le regalaron dos cachorros de león, que lo acompañaron a todas partes y le proporcionaron mucha felicidad hasta que un día los turcos, que por entonces ya gobernaban en Egipto, se los arrebataron. Remontando de nuevo el Nilo, se dirigió después hacia el nordeste, a Palestina, donde una serie de milagros validó su misión. En Hebrón, mientras rezaba en la tumba de los Patriarcas, se hizo de repente un brillante haz de luz en medio de la oscuridad como si los rayos del sol hubieran atravesado la piedra. En Jerusalén, la media luna que coronaba la Cúpula de la Roca reaccionó a su presencia cambiando de dirección, de oeste a este, como si se tratara de una veleta. Fortalecido por estas señales, se dirigió hacia el sudoeste en dirección al Mediterráneo, recorriendo la costa a lomos de un camello durante días hasta llegar a Alejandría y embarcar en la nave que lo habría de llevar por fin a Venecia y ante los judíos de esa ciudad.

En un primer momento, David se alojó en la casa del capitán del barco. Pero luego, según cuenta él mismo —en un relato conservado en la biblioteca Bodleiana, en un facsímil del siglo XIX del original escrito por su escriba personal, Salomón Cohen—, fue abordado por un grupo de judíos venecianos que se encontraban detrás de él mientras estaba rezando. Este hecho tuvo que suceder en una casa particular, en una sala que tal vez oliera a comida y humedad, con ventanas estrechas, situada en lo alto de un edificio y con vistas a uno de los pequeños canales que recorrían la zona en la que habitaban los judíos. Los patricios que habían establecido el gueto en 1516, siete años antes de la llegada de David, seguían prohibiendo la construcción de sinagogas incluso en aquel reducido barrio de Venecia en el que vivían encerrados los judíos. La primera sinagoga asquenazí no sería erigida hasta 1528.[7]

Antes de 1516, la mayoría de los asquenazíes se habían dedicado a ejercer su profesión como prestamistas o como vendedores de strazzarie —«trapos», como se llamaban las prendas de ropa usada— en la ciudad, pero luego tenían que regresar a sus casas en Mestre, o incluso más lejos, en Padua o Verona. Por mucho que Venecia alardeara de su independencia de la autoridad papal e imperial, lo cierto es que la Serenísima seguía siendo la República Cristiana de San Marcos, si bien no le importaba que durante la noche hubiera judíos por la ciudad. Era en la oscuridad, de hecho, cuando las seductoras mujeres hebreas, que tanto obsesionaban a los venecianos, atraían con sus artes a los cristianos y los inducían a cometer actos blasfemos. Bajo los puentes o los soportales no podía verse nunca con suficiente claridad quién era quién, y los jóvenes patricios, si no andaban con cuidado, podían encontrarse fácilmente con que habían engendrado una criatura judía. De modo que se obligó a todos los hebreos, hombres o mujeres, a llevar distintivos que indicaran su raza; además, había que guardar las distancias con ellos.

Y, sin embargo, como había venido ocurriendo durante siglos en la Europa cristiana, los que más despreciaban a los judíos reconocían que servían para ciertas cosas, en especial las relacionadas con el dinero para los menesterosos. (Shakespeare tenía razón en este sentido.) Después de que Venecia se viera invadida por los soldados de la Liga de Cambrai, contra la que la ciudad había entrado en una guerra destinada al fracaso, la necesidad de dinero, tanto entre los patricios como entre los buhoneros, se había convertido en un grave problema. Y los judíos podían cubrir dicha necesidad a unos intereses mucho más bajos que los que cobraban los prestamistas gentiles. Podían proporcionar efectivo a los más humildes a cambio de artículos y objetos que estos empeñaban, y la república, por su parte, se beneficiaba del impuesto que los hebreos debían pagar por el privilegio de vivir en la ciudad. De hecho, los judíos habían empezado a resultar tan provechosos que la autoridad veneciana comenzó a preocuparse ante la posibilidad de que se sintieran tentados de instalarse en Ancona, ciudad portuaria del Adriático en clara competición con Venecia, motivados por una propuesta mucho más favorable que la de las licencias quincenales renovables que en aquellos momentos estaban en vigor.

Que se queden, pues, pero bajo una regulación estricta que los recluya en una zona reducida de la ciudad en la que deberán permanecer confinados. Al anochecer, las puertas se cerrarían, se prohibiría el acceso por los puentes y sonarían las campanas. Las barcas patrullarían alrededor de la diminuta isla para impedir que nadie saliera, a menos que se tratara de algún médico llamado expresamente por un enfermo gentil. Y se les ocurrió un lugar idóneo. El Ghetto Novo había sido el emplazamiento de la fundición de cobre; y las inmediaciones, el vertedero de sus residuos. Alrededor del complejo se habían construido chabolas para algunos trabajadores de la fundición. Cuando los encargos para las flotas cada vez mayores del Stato da Mar veneciano comenzaron a superar la capacidad de la fundición y esta fue trasladada al Arsenale, aquel lugar quedó completamente vacío, sin utilidad alguna. Los hierbajos empezaron a cubrir aquel vertedero de chatarra. Los jóvenes patricios se reunían allí para practicar con sus ballestas, cazar codornices, organizar sus diabluras y hablar de chicas. Los tintoreros extendían sus telas al sol y ocupaban las chabolas abandonadas por los trabajadores de la fundición. Entonces, como suele ocurrir en cualquier sociedad dedicada al comercio que va quedándose sin espacio, entraron en escena los planificadores y los promotores. Los patricios y sus administradores se dieron cuenta de que podían ganar dinero construyendo viviendas baratas de alquiler para los trabajadores textiles. Alrededor de un gran patio se erigieron diversos edificios cuyas dimensiones apenas han cambiado desde entonces. En cuanto el Consejo de los Diez decidió permitir que los judíos vivieran en la ciudad (en un principio por un periodo de cinco años), siempre y cuando permanecieran confinados en aquella zona, los arrendatarios de esos edificios de pisos empezaron a ser rápidamente desalojados. Al mismo tiempo se ordenó que todos los judíos de Venecia evacuaran sus residencias (muchas de ellas situadas cerca del Rialto) y se trasladaran de inmediato al gueto, donde acabarían pagando unos alquileres muchísimo más elevados que los antiguos ocupantes. El mandato era innegociable, y los hebreos no podían interponer reclamación alguna.

Fue en una de esas casas del gueto donde unos hombres, tras ver cómo aquel hombrecito se balanceaba y hacía gestos de reverencia de un modo tan particular, sintieron curiosidad y preguntaron lo que los judíos preguntan siempre que un extraño reza con ellos: «Y ¿de dónde puedes ser?». Uno de aquellos curiosos era un artista, Mosè da Castellazzo, tan intrigado por la presencia de David, el emisario del rey José, que lo condujo a su casa en el gueto, donde lo alojó durante aquel frío invierno de 1523 y 1524.[8] Mosè da Castellazzo tenía por entonces cincuenta y tantos años y, para ser un judío, mucho renombre tanto dentro como fuera de su comunidad. Algunos afirmaban que provenía de los asquenazíes germanos, si bien en el norte de África y Egipto había una familia Castellazzo bastante famosa. Las ilustraciones de Mosè para la Biblia hebrea representaban escenas e historias de las «biblias reescritas», pintorescos añadidos midrásicos al canon. En 1521, dos años antes de la llegada de David, Mosè había realizado una serie de grabados en madera para una de esas biblias ilustradas que gozaban de tanta popularidad en el mundo judío de habla yídish. El original de esta obra no se ha conservado, pero una copia de la época con pluma y tinta revela con claridad tanto la inmersión de Mosè en ese tipo de textos apócrifos como la demanda que había de aquellos relatos no autorizados: el mismo apetito cultural que se podía mostrar muy receptivo a la aparición repentina de un «hermano del rey de Habor».[9] En vez de Abraham preparándose para sacrificar a su hijo Isaac, Mosè da Castellazzo eligió otra escena de la vida del patriarca, en la que este se recupera después de someterse a su propia circuncisión ya como hombre adulto (escena que, sin duda, habría despertado recuerdos sumamente dolorosos en los muchos conversos españoles que, tras llegar a Venecia, volvieron a abrazar el judaísmo de sus antepasados y demostraron su compromiso sometiéndose a esa misma intervención). Muchas de las escenas plasmadas por Mosè son escenificaciones de la vida del pueblo hebreo conviviendo con los gentiles. Después de recuperar el favor del Egipto faraónico, José hace algo que a ningún judío de Venecia o de ningún otro lugar le estaba permitido: monta a lomos de un caballo, conducido por un mozo de cuadras, y se sienta en un trono ante los que, arrodillados en el suelo, vienen a presentarle sus súplicas. Una ilustración de la torre de Babel muestra una de las escenas típicas que podían observarse durante la construcción de un edificio en la ajetreada Venecia: hombres transportando capachos llenos de ladrillos o trajinando escaleras y poleas, y un campanario que se eleva hacia el cielo.

No obstante, Mosè da Castellazzo hacía más que ilustrar los libros sagrados de los judíos. Era un artista de renombre que recibía numerosos encargos, como, por ejemplo, pintar retratos en medallones, tablas y lienzos. Este tipo de trabajos lo llevaban muy lejos del gueto, incluso hasta las cortes de Ferrara y Mantua. Sin embargo, aunque permaneciera cerrado y vigilado durante la noche, lo cierto es que no debemos imaginarnos el gueto como una prisión dentro de la ciudad: durante el día sus residentes tenían la libertad de entrar y salir de él, y los clientes gentiles podían hacer lo mismo. Había demanda de judíos, como siempre había existido, incluso por parte de culturas que los despreciaban. Había demanda de judíos médicos (a los que se les tenía permitido asistir a la escuela de medicina de la Universidad de Padua) y músicos, artistas del mundo del espectáculo y maestros de baile. Había también muchísima demanda de judíos vendedores de telas y ropa en los diez almacenes en los que tenían permitido vender en Venecia; lo que había empezado como una pequeña industria de confección se había desarrollado hasta convertirse en un verdadero arte de alta costura patrocinado por los patricios y sus esposas a lo largo y ancho de la ciudad.

Después de ser alojado por Mosè da Castellazzo, el exótico recién llegado debió de haber tenido acceso, en primer lugar, a la elite judía que ejercía un gran dominio sobre su comunidad, sobre todo la casa de Meshullam (oriundo de Padua), para quien llamarse banche no solo significaba —como había venido siendo habitual— ser un prestamista de poca monta, sino algo mucho mayor; y luego a los cristianos que habían oído los rumores que corrían sobre ese príncipe de las Tribus Perdidas y que, por muy escépticos que fueran, necesitaban verlo y escucharlo en persona. Poco, por no decir nada, se sabe de cómo pasó David su primer invierno en Venecia. Por muy cuestionado que fuera, lo cierto es que debió de resultar lo bastante convincente como para poder reunir el dinero necesario y dar un paso más en su misión de difundir aquel revelador mensaje tanto al mundo cristiano como al judío con el fin de promover su gran proyecto. Ese paso más sería una audiencia con el papa.

En poco tiempo, esa aventura dejó de ser una misión imposible para convertirse en algo sorprendentemente factible. Los ancianos del gueto de Venecia tenían contactos en Roma. Habría sido imposible que el rabino Meshullam no conociera al banquero Daniele da Pisa, entre cuya clientela figuraban cardenales, aristócratas y papas. Uno de esos príncipes de la Iglesia era el cardenal Egidio Antonini de Viterbo, quien, como muchos humanistas de su generación, era un estudioso de la cábala. Para los hebraístas cristianos como Antonini, la profecía de una nueva edad de oro cristiana se encontraba en el intrincado laberinto de símbolos y números de la cábala. El hecho de que los judíos no se dieran cuenta de ello no era más que otro síntoma de su miopía espiritual. Una vez establecida cierta sintonía exegética entre los rabinos y los clérigos dedicados al estudio minucioso de los textos sagrados, los maestros judíos se convertirían en discípulos de los cristianos y empezarían a seguir el camino de la luz redentora.

Las incursiones de Antonini a la cábala no eran precisamente el mero coqueteo con la materia propio de un diletante, sino el producto de un estudio —intenso, escrupuloso y prolongado— de los textos hebreos, que se vio posibilitado por el hecho de que en su palazzo de Viterbo residía uno de los grandes maestros de esa disciplina: el rabino Elías Levita Bahur. Al igual que otros muchos judíos cultos pero venidos a menos en lo financiero, Elías Bahur había entrado en contacto con humanistas cristianos en Padua, donde había sido contratado para enseñar hebreo a los hijos de familias acaudaladas, a menudo aristócratas, de todo el norte de Italia, así como para copiar textos hebreos para el estudio de aquellos. En su calidad de gramático acostumbrado a reflexionar sobre los verbos irregulares y los sustantivos (y a escribir sus consideraciones al respecto), Elías recibía numerosas ofertas de trabajo. Su manera de enseñar la lengua era cabalística: no había palabra que, además de su significado aparente, no acarreara, en los números asociados a sus letras, otro significado más profundo. Elías dividió su manual de gramática en los 52 capítulos correspondientes a los números que formaban su propio nombre. Este carácter fantástico e imaginativo de su obra hizo que cada vez hubiera más eruditos cristianos como Egidio Antonini que, deseosos de ver la luz, se sintieran cautivados por ella. De modo que en 1514, cuando las tropas de la Liga de Cambrai asolaron los territorios interiores de la república de Venecia y destruyeron y saquearon la ciudad de Padua, el cardenal ofreció refugio al rabino. Es harto probable que Elías perdiera su biblioteca de obras hebreas durante el conflicto. Quizá este hecho venga a explicar por qué más tarde se mostraría tan agradecido a esa época en la que ejerció de maestro y se dedicó a copiar obras en hebreo para sus jóvenes patronos cristianos, que luego se convertirían en los custodios de las únicas versiones conservadas. Antonini no solo puso a disposición de Elías un refugio en su biblioteca de Roma, sino también una casa para él, su esposa y sus hijos. Elías y su familia se trasladaron a la Ciudad Eterna, donde residieron trece años, y no cabe la menor duda de que habrían seguido viviendo allí mucho tiempo más de no ser por una catástrofe que asoló la ciudad en 1527, el saco de Roma por parte de las tropas imperiales.

Fue extraordinario que el cardenal y el rabino vivieran tan cerca el uno del otro, tanto que los judíos más piadosos de la ciudad murmuraban en señal de desaprobación mientras se tiraban de la barba. Pero esa amistad les proporcionó una serie de beneficios. En 1518, el papa León X autorizó el establecimiento de una imprenta hebrea en la ciudad de Viterbo. Gracias a ello, los estudios de gramática de Elías pudieron ser puestos en circulación junto con otros muchos textos, lo que produjo además un mayor acercamiento entre los cristianos y los judíos que integraban la comunidad de cabalistas.

Antonini estaba convencido de la convergencia de las dos historias proféticas, de que de alguna manera los judíos y sus libros serían fundamentales para la inauguración de la nueva edad de oro cristiana. Ese modo de pensar, como el de los hombres cultos de su época, no era el fruto de una primera versión de pluralismo cultural. Antes bien, tenía por objetivo acelerar la conversión. Pero la sensibilidad humanista de Antonini se había visto ofendida por la rudeza de la coerción vivida por los judíos en España y Portugal, el hedor producido por la quema de libros y personas. Es inconcebible, pues, que Antonini, con todos sus contactos y colegas judíos, no hablara con Elías y con otros eruditos judíos de la comunidad hebrea de Roma, en particular con el rabino Yosef Ashkenazi y su médico Yosef Sarfati, sobre la credibilidad de David Ha-Reuveni. La opinión de estos, y por consiguiente la suya, debió de ignorar los comentarios de escepticismo que sin duda corrieron por Roma cuando David llegó a la ciudad a comienzos de la primavera de 1524. No hay impostor que logre su objetivo sin que haya una predisposición a querer creerlo por parte de su público. No importaba que David dijera una y otra vez que no era ningún Mesías, sino tan solo «el hijo del rey Salomón el de justo recuerdo»; el emisario de su hermano mayor, el rey José, aquel gran comandante de los judíos que había matado a cuarenta hombres en un solo día. Un profeta-guerrero llegado de Oriente, de las Tribus Perdidas, con un semblante parecido al de los judíos de la tierra del Preste Juan, era precisamente lo que en 1524 buscaban tanto cristianos como judíos.

Estos estaban preparados para creer. A partir de su interpretación de las señales históricas —la conquista de Egipto por parte de los otomanos y la aparición de la figura de Martín Lutero—, el cabalista de Jerusalén Abraham Eliezer Haleví había llegado a la conclusión de que 1524 estaba destinado a ser el año de una gran alteración mesiánica, y había enviado misivas con este mensaje a todas las comunidades judías importantes de Italia.[10] Y cualquiera que estuviera familiarizado con los textos cabalísticos habría sabido que estos señalan a la tribu de Rubén como la primera en ponerse al frente del pueblo judío en la última confrontación con sus enemigos. De modo que se formaría un nuevo ejército de israelitas y soldados del reino del Preste Juan que se enfrentaría a los «ismaelitas», en primer lugar, según Haleví, en Arabia. A él se unirían las Tribus Perdidas. Jerusalén sería liberada.

Así pues, el hombre bajito y de tez morena empezó a ser considerado menos como un David y más como un Moisés: el liberador de la opresión. Las comunidades italianas más antiguas solían ser las primeras en acoger a los judíos expulsados de España y Portugal, a los que les costaba mucho superar la angustia de su traumática situación. Ciudades enteras como Ancona y Pésaro, Ferrara y Mantua, o la propia Venecia, habían

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