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LA HISTORIA, LOS VIAJES Y LA ABUELA

Pilar Lozano  

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Fragmento

San Agustín:
un paraíso sembrado de estatuas
y tumbas monumentales

La abuela nos invitó a su estudio, un lugar repleto de mapas. Cuelgan de las paredes, del techo… “Anuncio de viaje”, sospechamos de inmediato. Desde pequeñitos, antes de cualquier paseo, nos lleva para ubicar en un mapa los sitios que vamos a visitar. Ella dice: “Es bueno conocer dónde ponemos los pies, o dónde los ponen las personas que amamos”.

En el mapa de Colombia tenía marcada la zona arqueológica de San Agustín, al sur de Huila, muy cerca al sitio donde nace el río Magdalena. Era el lugar elegido para comenzar estas raras vacaciones. Nos preparamos: brújula, GPS, cantimplora, botas, lupa, tableta con la carta celeste, libretas, esferos, mapas para no perdernos…

Durante el recorrido —un poco largo desde Bogotá— quisimos escuchar un adelanto de lo que íbamos a ver.

—Tumbas y estatuas —dijo la abue con voz solemne, después de mucho rogarle; quería mantener el secreto.

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—¡¿Qué?! —brincamos como resortes de nuestras sillas. “¡Vaya manera de empezar!”, rumié en silencio.

—Calma —respondió ella—. Ya verán que es muy, pero muy interesante. Hace un poco más de mil años los habitantes de la región que vamos a visitar tallaron estatuas de piedra para honrar a sus muertos.

Y como si nos hubiera leído la mente, aclaró:

—Para muchos de los pueblos antiguos de América la muerte no era el final, sino el inicio de un camino. Por eso los muertos debían descansar en un lugar donde tuvieran todo lo necesario para esa otra vida. En algunos sitios, a los grandes señores los enterraban con mujeres y sirvientes.

—¡¿Vivos?! —exclamamos espantados.

Saltó entonces la abuela. Y se dedicó a revolcar en su inmensa mochila donde carga mil cosas: bufandas para envolvernos por si un ventarrón inesperado, pastillas para los males pequeños, cremas para el sol y para el no sol… Por fin encontró lo que buscaba: tres inmensos anteojos hechos de cartón. Nos entregó uno a cada uno, se puso los suyos, frunció el ceño y dijo:

—A partir de este momento vamos a mirar con ojos del pasado. Para nuestros antepasados, lo que hoy nos parece horroroso sobre la muerte era normal; era parte de su manera distinta de entender el mundo.

Y contó otra historia para mirar con ojos antiguos:

—Algunos pueblos momificaban a sus muertos. Los muiscas —viejos habitantes del centro de nuestro país— usaban en la guerra un estandarte muy especial: momias de los grandes guerreros; ¡creían que les daba fuerza en el combate! Los incas, en Perú, momificaban a sus jefes y a sus mujeres. Los criados se encargaban de arreglarlos con mantas bordadas con hilos y adornos de oro. Así los llevaban a las ceremonias donde permanecían encogidos en sus sillas.

Cuando llegamos a la sede principal del parque de San Agustín, en voz baja y misteriosa agregó:

—San Agustín es la cultura más antigua de nuestro país que, como herencia, nos dejó muchas obras grandiosas: rostros y figuras de humanos y de animales tallados en piedras enormes. Lo que vamos a ver hoy tiene valor para el mundo entero. ¡Es patrimonio de la humanidad!

Me sonaron dramáticas y exageradas las palabras de la abuela. Pero cuando comenzamos a recorrer los senderos empedrados, cercados con guadua, por los que se llega a distintos espacios repletos de estatuas y tumbas grandotas, sentí algo especial, como unas cosquillas suaves en todo el cuerpo. Igual le pasó a Lorenzo.

Primero dimos vueltas, libres. Nos dejamos llevar por lo que nos llamara la atención. Es lo que mi abuela llama “analizar el paisaje”. Algunas estatuas nos parecieron asustadoras: ojos saltones, dientes apretados y hasta colmillos, ¡como vampiros! Y vimos tumbas distintas por el tamaño y por los adornos. Cuando ya estábamos cargados de inquietudes: ¿quiénes y cuándo las hicieron?, ¿cómo levantaron esas piedras enormes?, ¿dónde las tallaron?, ¿por qué hay diferentes maneras de enterrar a los muertos?, ¿dónde están las casas?, la abue empezó a resolver esta cadena de dudas:

—Las piedras, gigantes, las traían de los ríos y quebradas cercanas. Se necesitaban cinco o diez hombres para jalarlas. Las tallaban entre dos, con hachas de piedra. Luego las pulían hasta dejarlas suaves. Demoraban quince días haciendo cada una.

La abuela hablaba y Lorenzo se empinaba para captar —con sus binóculos— detalles de esas estatuas más altas que él. Yo intentaba también descubrir lo especial en cada uno de esos hombres, mujeres, niños, culebras, jaguares, águilas… de piedra. Cuando mi abuela me pilló observando una —extraño revuelto de hombre-animal— se me acercó y preguntó:

—¿Saben qué sugieren esas figuras?

Ni idea, nos dijimos Lorenzo y yo con la mirada.

—La capacidad de transformación de una persona en otro ser. Muchos pueblos indígenas, incluidos los de hoy, creen que sus chamanes —hombres especiales que se comunican con los espíritus— tienen el poder de convertirse en animales.

—¡Como mis Transformers! —interrumpió Lorenzo emocionado.

—¿Qué querían contar con cada una de las estatuas? —interrogó de nuevo la abuela.

Y nos invitó a observar con paciencia, como lo hacen los arqueólogos, para detectar lo que nunca nadie ha visto.

—Esta tiene un bastón —gritó Lorenzo.

Yo vi coronas de plumas en la frente de algunas.

—¡Bravo! —dijo la abuela—. Esos detalles corresponden al atuendo de los chamanes. Lo que las personas de esta cultura creían del mundo, lo que los asombraba o asustaba, su relación tan cercana con la naturaleza, todo está escrito ahí, tallado en cada piedra.

Repasamos con la mirada las tumbas. Unas muy grandes, con un espacio especial para los objetos que debían acompañar al difunto en la otra vida: vasijas, colgantes de oro, alimentos…: el ajuar funerario. Otras como ataúdes hechos en piedra. ¡Pueden pesar hasta cinco toneladas! Y otras sencillas donde enterraban a la gente del común. La abue soltó una idea que me quedó sonando: “Le daban más importancia a las viviendas de los muertos que a las de los vivos. Las diferencias se notaban en los entierros, no en la vida”.

¡Conté seis estatuas frente a una sola tumba! Y me paré frente a una que lleva en sus manos una especie de bate. ¡Parece dispuesta a golpear a quien se atreva a pasar! ¡Como los muertos eran sagrados, tocaba protegerlos!

A esas alturas ya tenía mi visión de lo que era el lugar: un enorme cementerio. Me aventuré a decirlo en voz alta.

—No —corrigió la abuela—. Durante mucho tiempo se pensó que era así. Pero se sabe ya que tumbas y viviendas compartieron los mismos espacios.

—¿Cómo lo supieron? —preguntamos extrañados. La respuesta nos maravilló:

—Siguiendo pistas. Los arqueólogos son como detectives del pasado. Su trabajo es una indagación científica: hilar descubrimientos. Encontraron cerca de las tumbas pedazos de vasijas de barro. Marcaron el sitio del hallazgo. Si aquí hay vasijas —reflexionaron—, quiere decir que cerca había una casa o un lugar ceremonial. Escarbaron alrededor. Había tierra quemada: rastros de un fogón. Cocina está ligada a vivienda, pensaron. Hurgaron más: encontraron postes. Conclusión: sirvieron de base a una casa. Luego, con pruebas químicas, lograron saber la antigüedad de lo encontrado y con el análisis de las cenizas determinaron qué cocinaban, qué sembraban, qué comían los que habitaron allí. Y estudiando los cimientos calcularon el tamaño de la casa y cuántas personas pudieron vivir en cada una: debieron ser unas seis. Las viviendas eran circulares, de techo de paja. Estaban separadas unas de otras, sin formar aldeas ni pueblos, en medio de sus cultivos. Los arqueólogos han visto también huellas de una estructura techada más grande, una especie de casa ceremonial.

—¿Y saben otro de sus hallazgos? —agregó la abue para inflar más nuestro asombro.

—Por las marcas que han dejado los huesos en las tumbas estudiadas, calcularon la estatura de hombres y mujeres.

Seguimos caminando. En un punto del recorrido, anunció que estábamos cerca al lugar más mágico del parque. Nos pidió taparnos los ojos. Lorenzo y yo nos dejamos llevar de la mano. Tratábamos de adivinar de dónde venía un canto de agua cuando ella gritó en tono de trompeta:

—¡Hora de abrir los ojos! ¡Les presento un templo acuático: la Fuente de Lavapatas!

Quedamos boquiabiertos contemplando una piedra gigante —lecho de una quebrada— con figuras de personas y de animales: ranas, serpientes, lagartijas… talladas en el fondo. Forman un laberinto de canales por los que corre el agua. ¡Lugar perfecto para ceremonias de curación y de culto a los dioses! Queríamos quedarnos allí horas y horas.

La abuela rompió el embrujo con nuevas inquietudes. Dijo que aún no tienen respuesta:

—¿Por qué este pueblo cambió? Dejaron de ser talladores, abandonaron la zona, desaparecieron… Se sabe algo: la población creció, la agricultura se intensificó. ¿Llegaron a ser tantos que se agotó la tierra para dar cosechas y les tocó ir a buscar alimento en otro lado? Ocurrió poco antes de la conquista española.

La abue tenía razón, comentamos con Lorenzo esa noche: el parque es un sitio que inspira respeto. Debe ser por los siglos de historia, por los enigmas que aún esconde, por lo bello del lugar… Tal vez por todo eso junto, creo yo. Y se nos ocurrió la misma idea: darle otro nombre, más poético… más antiguo, pues la cultura tomó el nombre del primer poblado creado por los sacerdotes agustinos que llegaron a evangelizar durante la Colonia.

Me dormí pensando que quería regresar muchas veces. En sueños, sin razón alguna, se me vino un nombre a la cabeza: Comuchigua. Lo dije en voz alta al despertar; me sonó regular. Tarea pendiente: hacer una lista de posibles nombres.

Nuestros antepasados, los más antiguos, cazaron y comieron mastodontes y sobre rocas nos dejaron, de legado, hermosos dibujos…

En la tarde del día siguiente regresamos al parque y subimos por un camino de piedra al Alto de Lavapatas, otro sitio ceremonial elegido para enterrar a los niños. Desde allá arriba la mirada parecía abarcar el mundo entero. A lo lejos, en la punta de otra montaña, la abuela señaló el Alto de los Ídolos y, más atrás, el Alto de las Piedras, otras dos sedes del parque. Y descubrimos un pequeño surco color café allá, abajo: el río Magdalena, apenas naciendo… Al otro lado del río, Isnos, pueblo de Huila.

—Todo esto —dijo ella abriendo los brazos— es el área arqueológica. Es inmensa y está encajonada entre las cordilleras Central y Oriental. Imaginen cómo sería de bella: valles, laderas y montañas salpicadas de casas circulares en medio de surcos y cultivos de maíz, fríjol, papa…

Sentí que una fuerza mágica unía todos esos espacios. A Lorenzo le ocurrió igual; ¡oímos el alma del parque!, según la interpretación de la abuela.

Dimos una pequeña vuelta por la explanada. Estos antiguos habitantes cortaban las montañas, las aplanaban y construían ahí sus centros ceremoniales o residenciales. Eran expertos en hacer grandes movimientos de tierra… ¡Como si resultara fácil en esos tiempos! Cuando necesitaron un lugar grande para ceremonias, unieron dos colinas haciendo un relleno de tierra; ¡crearon una plaza!

Luego elegimos muy bien dónde sentarnos para poder comernos el paisaje con la mirada. ¡Qué tranquilidad! Dejamos que la abuela hablara casi sin interrumpir su relato:

—Los talladores de San Agustín no fueron los primeros habitantes de lo que hoy es nuestro país. Mucho antes, hace catorce o dieciséis mil años —no hay fecha cierta— entraron los primeros humanos por el istmo de Panamá, puente que permitió el paso hacia el sur y hacia el norte de animales y personas. Eran descendientes de los que treinta y cinco o cuarenta mil años antes habían llegado a Alaska aprovechando que, en esos tiempos de glaciaciones, el estrecho de Bering se convirtió en un paso de hielo que unió a Asia con Norteamérica. Bueno, esa es, hasta el momento, la teoría más aceptada. Pero hay otras: ¿los polinesios llegaron primero a Suramérica? Puede ser: eran grandes navegantes, conocían los secretos de los vientos…

”Sea como sea, eran descendientes de los que muchisísimos años atrás salieron de África. Si nos pusiéramos a hacer el árbol genealógico: papás, abuelos, bisabuelos, tatarabuelos, choznos… ubicaríamos nuestras raíces más profundas en ese continente. Todos venimos de allá: blancos, negros, amarillos… Eso afirman las teorías más aceptadas.

”Llegaron en grupos —unos dicen que de no más de treinta— bandas nómadas de pescadores, recolectores de frutos y cazadores. Deambulaban de aquí para allá vestidos con pieles y con sus escasas herramientas de piedra, madera y hueso. Les debió gustar mucho esta tierra donde había caza, pesca y plantas abundantes y variadas, ¡muchas formas de vida distintas! ¡Algunos encontraron mastodontes! Empezaron a perseguirlos; ¡eran gigantescos! Solo la cabeza y los colmillos pesaban seiscientos kilogramos. Tenían el pelaje corto, se alimentaban de hojas y brotes de árboles.

—¡Uff! Nuestros antepasados debieron ser súper poderosos para poderlos atrapar —comentó Lorenzo.

La abuela sonrió. Y contó una anécdota sorprendente: parece que huesos y músculos de estos caza mastodontes eran comparables en fuerza a los de los orangutanes de hoy en día…

—Se necesitaban cientos de kilómetros para corretear y atrapar a estos animales enormes ―continuó―. Los despresaban con puntas de lanzas y raspadores tallados en piedra. Los comían asados, semicrudos o descompuestos. Algunos usaron hornos primitivos: hacían huecos en la tierra, prendían fuego, calentaban piedras de río y sobre ellas colocaban los alimentos. Luego seguían su camino.

”Cazaban además perezosos de tierra, mamíferos grandotes, tan altos que, de vivir en esta época, hubieran podido tocar con sus patas un aro de baloncesto y tan pesados como una buseta. Y también armadillos inmensos, tigres dientes de sable, caballos americanos y venados.

Creo que mis ojos se volvieron ojotes de lo sorprendida que quedé. Juraba que los caballos los habían traído los españoles. Mi abuela, que sabe leer mi mirada, enredó en su relato la explicación que necesitaba.

—Sí, porque aquí hubo caballos hace mucho tiempo, parecidos a la cebra africana: paticortos, rechonchos… Se extinguieron antes de la llegada de los conquistadores.

”Estos archiantiguos moradores se instalaron primero en la costa Caribe, en la Pacífica y en los valles de los ríos: ¡en tierra caliente! A la sabana de Bogotá venían cuando se alejaban las lluvias, porque de resto era imposible vivir por el suelo tan pantanoso. En los aleros de las rocas armaban sus toldos con pieles y se calentaban con fogatas. Cuando volvían las lluvias regresaban a sus cálidos campamentos.

”Por toda esta región —agregó abriendo otra vez los brazos, tratando de abarcar lo que veíamos allá abajo— también pasaron estos caza mastodontes. Los hombres y mujeres que siguieron más al sur, que se internaron en la selva amazónica, no encontraron animales enormes. ¡Pero había pequeños mamíferos, muchos ríos donde pescar y muchos árboles con pepas para comer!

”Cuando desaparecieron los mastodontes y todos los grandes mamíferos (¡pobres!: se atascaban en los bosques que invadieron lo que antes eran praderas paramunas), las cosas cambiaron.

Aquí, concluí yo después, deberíamos poner la línea que separa la historia de nuestros archiantiguos antepasados y dar un salto muy grande para llegar a la vida de nuestros antiguos antepasados.

—Entonces, poco a poco —siguió la abuela—, a estos antiquísimos pobladores les dio por domesticar las plantas; pero pasaron años antes de que dejaran de andar de aquí para allá y pensaran que resultaba mejor vivir cerca de sus cultivos, ser sedentarios.

—¿Cómo?, ¿las plantas eran salvajes? —preguntó Lorenzo y arrugó la frente como lo hace cuando algo le parece especialmente extraño.

—Sí, crecían solas, silvestres… sin control —respondió con calma la abue—. Hasta que el hombre descubrió que se podían sembrar las semillas, regarlas con agua cuando se iban las lluvias, cuidarlas… Los descubrimientos y los cambios se daban unos tras otros. Pero cuando el mundo estaba nuevo las cosas iban más lentas. Se cree que un siglo antes de esta era la mayoría de las personas, en la mayor parte del mundo, eran agricultores.

”Con la agricultura algunos se dedicaron a estudiar la lluvia, a entender los tiempos de aguas y los tiempos de sequía y planearon así siembras y cosechas. Se convirtieron en una especie de sabios meteorólogos respetados por todos. La guerra, que llegó luego, hizo de los guerreros seres superiores y de los prisioneros, esclavos.

”¡Falta tanto por investigar! —exclamó la abuela luego de un corto silencio―. ¡Lo que sabemos hoy día puede cambiar a medida que avanzan las pesquisas! Cuando se confirma un hecho se pueden desplomar verdades hasta ese momento aceptadas. Las dudas son demasiadas: ¿dos pueblos aislados pueden tener logros culturales semejantes? Pueblos de América y la Polinesia usaron pirámides, cultivos en terrazas, hamacas… ¿Hubo un contacto entre ellos?

”En nuestro país hay pinturas rupestres —pinturas sobre piedras— y es muy difícil saber, con exactitud, cuándo fueron hechas. Hay piezas de nuestra viejísima historia que aún no encajan.

La abuela volvió a buscar en su enorme mochila. Volaron trapos y papeles. Por fin apareció un pequeño libro: Parque Nacional Chiribiquete, leímos en la portada.

Aún conservo el encanto que sentimos al observar las fotos: rocas inmensas de formas extrañas. Unas parecen paredes, otras medias lunas, algunas semejan tortas gigantes, otras torres muy altas con la cima en forma de mesa y cubiertas con penachos verdes.

—Alguien desde un helicóptero colocó esos retazos de vegetación —comentó Lorenzo.

¡Qué ocurrencia!

Hay también cuevas, hoyos, saltos de agua… Todo en medio de la selva de Caquetá y Guaviare, ¡uno de los parques naturales más grandes del planeta!

Y supimos que son formaciones rocosas muy antiguas, diferentes a las montañas del resto del mundo, a las que se conoce con el nombre de tepuy. Solo hay en el norte de Suramérica; el conjunto más grande de tepuyes es Chiribiquete, ¡una joya! Es patrimonio de la humanidad, como San Agustín.

Y ahí, sobre esas rocas de distintas formas, vimos dibujos y dibujos… ¡montones!: jaguares, venados, dantas, chigüiros, figuras humanas, escenas de caza o de guerra. Unos son diminutos, otros grandes, de más de un metro. Los investigadores solo saben que las pintaron en cuatro épocas diferentes. Los carijona —parece ser— son los autores de los más recientes. Esta comunidad indígena estuvo a punto de desaparecer en medio de la cruel explotación del caucho en nuestras selvas que duró hasta más allá de la mitad del siglo XX. En el año dos mil quedaban apenas quinientos.

Las pinturas siguen ahí, casi perfectas; se conservan a pesar de los años, del viento y de la lluvia… Son preciosas. Me encantaron. ¿Será porque cuando grande quiero ser diseñadora?

Y anoté en mi mente una frase que invita a proteger este arte rupestre: “Representan una obra maestra del genio creativo de los primeros hombres del continente americano”.

Estaba feliz. Armé, en ese instante, un plan: llevar el libro al cole para descrestar a mis amigos. Algunos no tienen ni idea de la existencia de Chiribiquete, ni saben lo que significa esta palabra en lenguaje carijona: “cerro donde se dibuja”.

Mi abuela no dijo ni mu mientras nos entreteníamos con el libro. Solo cuando bajábamos del Alto de Lavapatas anunció el siguiente paso de esta aventura: el Museo del Oro en Bogotá. Allí continuaría la charla sobre los antepasados antiquísimos, antiguos, y acerca de algo de lo que no habíamos hablado: nuestros antepasados más recientes, los que encontraron, al llegar, los españoles. Yo, esa noche, busqué en Google información sobre pinturas rupestres. Sorpresa: hay por todo el país. Anoté unas: en la serranía de la Lindosa —cerca de San José del Guaviare— en Facatativá, en La Guajira, en Vichada, Cauca, Nariño…

 
 

Apuntes de Lorenzo

* El sapo era un llamador de aguaceros en el mundo de las personas que vivieron hace mucho, pero mucho tiempo en San Agustín.

* En Centroamérica domesticaron el maíz. En la Amazonía —entre Brasil y Bolivia— la yuca. La papa en Perú…

* A pueblos de la costa ...