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LA LEY DEL EX

Juan Fernando Hincapié  

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Fragmento

La inexorable ley del ex

I

Se conocieron en el Carulla de la Séptima con 63, el supermercado que Fernández frecuentaba. Fernández solía caminar hasta allí, es el tipo de persona que prefiere caminar, pero estrenaba su primer carro, un Renault Twingo modelo 2007 comprado a buen precio a una amiga que dejaba el país. A decir verdad, Fernández no necesitaba un carro, pero pensaba que podría usarlo para hacer un mercado grande a principios de mes —burocráticamente, este relato comienza un primero, y finalizará un 31—, y también para pasear por la sabana sábados y domingos, o eso le dijo a su mamá, quien le dio la mitad del dinero. Lo del supermercado fue lo que de veras lo llevó a decidirse: estaba caminando hasta tres veces por semana al Carulla, alguna vez al Éxito de la 53 con Caracas (ambos negocios equidistaban de su casa), incluso hay quienes sostienen que lo veían haciendo la compra todas las tardes en la tienda de don Pedro, pero Fernández prefería el Carulla, pues este supermercado lo hacía sentir como un yuppie (ampliaremos este concepto más adelante, o no). Fernández era muy tacaño para tomar un taxi de regreso a casa, y cierta vez que le faltaba leche —le encantaba la leche y se sentía miserable cuando no tenía leche en su casa; este era el motivo para comprar siempre en grandes cantidades— se acalambró en el semáforo de la 59 y terminó soltando una de esas bolsas que a su vez contienen hasta seis bolsas de leche, toda una fiesta blanca de buena leche colombiana. Por último estaba el asunto de la transpiración: como no tenía trabajo y todavía no compraba la bicicleta, Fernández había aumentado unos kilos y llegaba sudando a su casa tras cargar bolsas repletas de mercado por algo más de siete cuadras.

Esto último es entendible: nadie quiere sudar en las calles bogotanas.

De manera que aquel primer día de mes se juntó todo ello: Fernández no tenía leche ni mayor cosa por hacer ni ganas de sudar, y como la tarde de jueves se presentaba agradable y el Twingo no tenía restricción, desde su casa llegó a la 59 por entre calles, atravesó la Séptima y agarró la Novena hacia el norte y antes de que pudiera pensarlo estaba en el Carulla.

Susana, por su parte, entró a comprar unas almojábanas para llevarle a su mamá, que vive cerca. A doña Alicia siempre le han encantado las almojábanas.

Debido a la afluencia de público y a alguna caprichosa prohibición de estacionar en la calle, mérito de alguna administración pública de cambio de siglo, pero sobre todo por la inseguridad que es marca registrada de la ciudad, el Carulla de la 63 se vio forzado a comprarle al edificio de al lado una de sus zonas de estacionamiento, la que corresponde al segundo piso. En términos generales estas adiciones tienden hacia la chambonada suramericana, pero hay que reconocer que lo del Carulla, si bien agregó únicamente dieciséis nuevos espacios (que pudieron ser catorce o doce no tan estrechos), conserva algo de decoro. La entrada a este nuevo estacionamiento queda sobre la carrera Octava, lugar por donde Fernández y Susana ingresaron aquella tarde con algunos minutos de diferencia, Fernández al mando de su Twingo, Susana en un Nissan Sentra color plata muy bien tenido. El supermercado les exige a los conductores que parqueen en reversa, hay varios letreros que advierten de esta norma, como si únicamente de esa manera esquiváramos el subdesarrollo. Colombia es pasión: somos unos salvajes que llevan toda la vida matándose, somos arribistas, somos ventajosos, somos mediocres, pero vea qué bonito parqueamos en reversa. En concordancia, Fernández tenía esta norma por un insulto contra su inteligencia, el insulto diario que el país le prodigaba. ¿Se puede ser más tonto? ¿Acaso nadie se fija en lo que lucha la gente que estaciona en reversa al llegar con su carrito repleto de mercado? Todos aquellos colombianos obedientes —¡colombianos de bien, uribistas de mierda!— que cual tarados ensucian su ropa y sufren torceduras y enojos mientras llevan las bolsas al baúl, que está del otro lado del mismísimo mundo. ¿Se puede ser más estúpido?

Palabras más palabras menos, este era el razonamiento de Fernández y por eso siempre estacionaba de frente.

No bien hizo sus compras, Fernández subió la rampa que lleva de vuelta al estacionamiento. No reparó en que Susana caminaba detrás cargando un paquete, que además de las almojábanas en bolsa aparte contenía unas cremas para la cara. Fernández, que no tenía por qué saber lo de las cremas, pero que ya lo sabría, tampoco reparó en el hecho de que, en lo que dejaba sus propios paquetes en el baúl, Susana se metía a su carro, tomaba su celular y empezaba a hablar con alguien, presumiblemente con su madre para avisarle que estaba a punto de llegar. En realidad estaba terminando con «El Patineto», aunque esto no es importante ahora.

A Fernández siempre se le había tenido por ser el tipo de persona atenta a lo que sucede a su alrededor, por ello es extraño que no se diera cuenta de que Susana también estaba parqueada de frente, exactamente en el espacio opuesto al suyo, de manera que ambos carros estaban «de cola» el uno respecto del otro. Segundos después, cuando Fernández estuvo listo para irse y metió reversa y el carro comenzó a desplazarse, por el espejo vio cómo Susana salía también en reversa, y llegó un punto en que el carro de Susana venía en franca embestida de la retaguardia del carro de Fernández, que alcanzó a frenar y a pegarse del claxon. Susana, entonces, frenó en seco pero no pudo evitar que los carros chocaran levemente, algo que en el país es conocido como un «beso».

Fernández puso el freno de mano y se bajó dispuesto a todo.

—¡Bruta! —No pudo reprimir el grito en cuanto vio que se trataba de una mujer.

—¡No es para tanto, hombre! ¡Si no es nada! —repuso Susana cuando pudo comprobar que, en efecto, no era nada.

Por acto reflejo ambos tomaron sus celulares y fue entonces que Fernández miró de verdad a Susana, quien, como era usual, vestía falda. Susana era hermosa y se comportaba como si no lo supiera, lo que acentuaba su belleza. Fernández cayó en cuenta de que esta era la mezcla que más le gustaba. Puesto que su mente era proclive a ir de un extremo a otro, fugazmente recordó a la peruana con la que había vivido algunos años, que representaba —y solo hasta ahora estaba en capacidad de verlo con claridad— la antípoda: era fea y pretenciosa. Cierta noche en que veían una serie Fernández se paró por dos latas de Inka Cola y un paquete grande de Doritos (siempre era Fernández quien se paraba por cosas) y al volver la mujer se inclinó y Fernández tuvo la vista lateral de sus muelas de burro: de inmediato comprendió que debía dejarla. Hay ciertas señales que no se pueden ignorar. Y ahora estaba frente a Susana: bien hechecita, franca, pálida. Toda una señal. Era Susana y no era nadie más, Fernández lo vislumbró.

Para ganar tiempo, le pidió a Susana su cédula de ciudadanía. Susana entornó los ojos, fue hasta el asiento del copiloto del Sentra, donde reposaba la cartera, y se inclinó a bus

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