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LA LEY DEL EX

Juan Fernando Hincapié  

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Fragmento

La inexorable ley del ex

I

Se conocieron en el Carulla de la Séptima con 63, el supermercado que Fernández frecuentaba. Fernández solía caminar hasta allí, es el tipo de persona que prefiere caminar, pero estrenaba su primer carro, un Renault Twingo modelo 2007 comprado a buen precio a una amiga que dejaba el país. A decir verdad, Fernández no necesitaba un carro, pero pensaba que podría usarlo para hacer un mercado grande a principios de mes —burocráticamente, este relato comienza un primero, y finalizará un 31—, y también para pasear por la sabana sábados y domingos, o eso le dijo a su mamá, quien le dio la mitad del dinero. Lo del supermercado fue lo que de veras lo llevó a decidirse: estaba caminando hasta tres veces por semana al Carulla, alguna vez al Éxito de la 53 con Caracas (ambos negocios equidistaban de su casa), incluso hay quienes sostienen que lo veían haciendo la compra todas las tardes en la tienda de don Pedro, pero Fernández prefería el Carulla, pues este supermercado lo hacía sentir como un yuppie (ampliaremos este concepto más adelante, o no). Fernández era muy tacaño para tomar un taxi de regreso a casa, y cierta vez que le faltaba leche —le encantaba la leche y se sentía miserable cuando no tenía leche en su casa; este era el motivo para comprar siempre en grandes cantidades— se acalambró en el semáforo de la 59 y terminó soltando una de esas bolsas que a su vez contienen hasta seis bolsas de leche, toda una fiesta blanca de buena leche colombiana. Por último estaba el asunto de la transpiración: como no tenía trabajo y todavía no compraba la bicicleta, Fernández había aumentado unos kilos y llegaba sudando a su casa tras cargar bolsas repletas de mercado por algo más de siete cuadras.

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Esto último es entendible: nadie quiere sudar en las calles bogotanas.

De manera que aquel primer día de mes se juntó todo ello: Fernández no tenía leche ni mayor cosa por hacer ni ganas de sudar, y como la tarde de jueves se presentaba agradable y el Twingo no tenía restricción, desde su casa llegó a la 59 por entre calles, atravesó la Séptima y agarró la Novena hacia el norte y antes de que pudiera pensarlo estaba en el Carulla.

Susana, por su parte, entró a comprar unas almojábanas para llevarle a su mamá, que vive cerca. A doña Alicia siempre le han encantado las almojábanas.

Debido a la afluencia de público y a alguna caprichosa prohibición de estacionar en la calle, mérito de alguna administración pública de cambio de siglo, pero sobre todo por la inseguridad que es marca registrada de la ciudad, el Carulla de la 63 se vio forzado a comprarle al edificio de al lado una de sus zonas de estacionamiento, la que corresponde al segundo piso. En términos generales estas adiciones tienden hacia la chambonada suramericana, pero hay que reconocer que lo del Carulla, si bien agregó únicamente dieciséis nuevos espacios (que pudieron ser catorce o doce no tan estrechos), conserva algo de decoro. La entrada a este nuevo estacionamiento queda sobre la carrera Octava, lugar por donde Fernández y Susana ingresaron aquella tarde con algunos minutos de diferencia, Fernández al mando de su Twingo, Susana en un Nissan Sentra color plata muy bien tenido. El supermercado les exige a los conductores que parqueen en reversa, hay varios letreros que advierten de esta norma, como si únicamente de esa manera esquiváramos el subdesarrollo. Colombia es pasión: somos unos salvajes que llevan toda la vida matándose, somos arribistas, somos ventajosos, somos mediocres, pero vea qué bonito parqueamos en reversa. En concordancia, Fernández tenía esta norma por un insulto contra su inteligencia, el insulto diario que el país le prodigaba. ¿Se puede ser más tonto? ¿Acaso nadie se fija en lo que lucha la gente que estaciona en reversa al llegar con su carrito repleto de mercado? Todos aquellos colombianos obedientes —¡colombianos de bien, uribistas de mierda!— que cual tarados ensucian su ropa y sufren torceduras y enojos mientras llevan las bolsas al baúl, que está del otro lado del mismísimo mundo. ¿Se puede ser más estúpido?

Palabras más palabras menos, este era el razonamiento de Fernández y por eso siempre estacionaba de frente.

No bien hizo sus compras, Fernández subió la rampa que lleva de vuelta al estacionamiento. No reparó en que Susana caminaba detrás cargando un paquete, que además de las almojábanas en bolsa aparte contenía unas cremas para la cara. Fernández, que no tenía por qué saber lo de las cremas, pero que ya lo sabría, tampoco reparó en el hecho de que, en lo que dejaba sus propios paquetes en el baúl, Susana se metía a su carro, tomaba su celular y empezaba a hablar con alguien, presumiblemente con su madre para avisarle que estaba a punto de llegar. En realidad estaba terminando con «El Patineto», aunque esto no es importante ahora.

A Fernández siempre se le había tenido por ser el tipo de persona atenta a lo que sucede a su alrededor, por ello es extraño que no se diera cuenta de que Susana también estaba parqueada de frente, exactamente en el espacio opuesto al suyo, de manera que ambos carros estaban «de cola» el uno respecto del otro. Segundos después, cuando Fernández estuvo listo para irse y metió reversa y el carro comenzó a desplazarse, por el espejo vio cómo Susana salía también en reversa, y llegó un punto en que el carro de Susana venía en franca embestida de la retaguardia del carro de Fernández, que alcanzó a frenar y a pegarse del claxon. Susana, entonces, frenó en seco pero no pudo evitar que los carros chocaran levemente, algo que en el país es conocido como un «beso».

Fernández puso el freno de mano y se bajó dispuesto a todo.

—¡Bruta! —No pudo reprimir el grito en cuanto vio que se trataba de una mujer.

—¡No es para tanto, hombre! ¡Si no es nada! —repuso Susana cuando pudo comprobar que, en efecto, no era nada.

Por acto reflejo ambos tomaron sus celulares y fue entonces que Fernández miró de verdad a Susana, quien, como era usual, vestía falda. Susana era hermosa y se comportaba como si no lo supiera, lo que acentuaba su belleza. Fernández cayó en cuenta de que esta era la mezcla que más le gustaba. Puesto que su mente era proclive a ir de un extremo a otro, fugazmente recordó a la peruana con la que había vivido algunos años, que representaba —y solo hasta ahora estaba en capacidad de verlo con claridad— la antípoda: era fea y pretenciosa. Cierta noche en que veían una serie Fernández se paró por dos latas de Inka Cola y un paquete grande de Doritos (siempre era Fernández quien se paraba por cosas) y al volver la mujer se inclinó y Fernández tuvo la vista lateral de sus muelas de burro: de inmediato comprendió que debía dejarla. Hay ciertas señales que no se pueden ignorar. Y ahora estaba frente a Susana: bien hechecita, franca, pálida. Toda una señal. Era Susana y no era nadie más, Fernández lo vislumbró.

Para ganar tiempo, le pidió a Susana su cédula de ciudadanía. Susana entornó los ojos, fue hasta el asiento del copiloto del Sentra, donde reposaba la cartera, y se inclinó a buscarla con un movimiento que le permitió a Fernández solazarse con el panorama de sus nalgas. Fernández pretendía llamar al seguro y darle oficialidad al incidente —el cagatintas que siempre ha habitado en los colombianos— pero no encontraba el número en la libreta que cargaba desde los tiempos del colegio. A todo esto, el celador del Carulla se hizo presente en el lugar del suceso, chequeó las nalgas de Susana y dejó saber que debido a esto era que se les pedía a los clientes que parquearan en reversa. Fernández no lo escuchó o no quiso escucharlo: sonreía estúpidamente mirando la cédula de Susana. Mientras hacía de lado celular y libreta le ofreció una disculpa por haberla llamado bruta, le devolvió su documento sin hacer la broma de rigor sobre su fotografía, que no le hace justicia, y no hubo tiempo para más porque otros carros llegaban y salían, el típico caos bogotano, y tanto el Re-nault Twingo como el Nissan Sentra se vieron forzados cada uno a seguir su destino.

De inteligencia levemente superior a la media (siempre accedía a la segunda ronda de las olimpiadas de matemáticas en el colegio, por ejemplo), Fernández sorprendía por la velocidad de su mente, pero también es cierto que a veces demoraba eternidades en procesar lo que le ocurría. Aquella tarde de jueves alcanzó a tomar la carrera Quinta hacia el sur cuando por fin concluyó algo sobre el episodio del supermercado.

—¡Por fin alguien inteligente en este país de estúpidos! —gritó a todo pulmón, se puso rojo y aceleró.

Esa misma noche ya la había buscado en Facebook y le había enviado la solicitud de amistad. Tenían siete amigos en común.

Era una época de sumo aburrimiento en la vida de Fernández. Después de pasar unos años en Fort Lauderdale, donde administró con relativa prestancia una pizzería, regresó a Bogotá con el objetivo de cimentar las bases de lo que sería su vida futura, una vida plagada de éxitos y satisfacciones, vocablos que siempre usaba con su madre cuando hablaban por teléfono y que su modesto sueño americano le había escamoteado. Originalmente había viajado para «perfeccionar el inglés», con miras a sacarle brillo a su diploma de economista. Una cosa fue llevando a la otra, comenzó repartiendo pizzas, conoció a la peruana, se fue a vivir con ella, dejó los estudios, etc. Poco después de cumplir treinta años y tras una fea discusión con Lourdes —así se llamaba la peruana de las muelas de burro— dijo no más y regresó al país. Desde entonces hablaba una vez al día con su mamá, que vivía en Manizales y que fuera de darle la mitad del dinero del carro le permitía vivir pagando apenas un exiguo alquiler en su apartamento de Chapinero. Fernández no había hecho mayor cosa en los casi tres meses desde su regreso a Colombia, pero había desperdigado su currículum vítae entre los excompañeros de la universidad que no lo odiaban, y lo estaba traduciendo al inglés.

Tras levantarse, Fernández se hacía el desayuno y perdía dos horas en Internet, después lavaba la loza, se duchaba con parsimonia y salía a caminar por Bogotá. Le gustaba ir desde su casa hasta el Centro, pero una vez lo atracaron en las inmediaciones del Chorro de Quevedo y Fernández lloró y juró nunca volver allí. Por este motivo limitó sus salidas a los confines de su localidad. En las tardes se iba a algún café a ver gente, e incluso algunas veces tomaba un par de cervezas pese a que el alcohol no le sabía bien, pero no se animaba a hablarle a nadie. A veces también quedaba con algún excompañero del colegio o la universidad, pero estos encuentros eran siempre decepcionantes. Llegaba a casa hacia las siete de la noche, veía un par de episodios de El Chavo del 8, recalentaba algo en el microondas y se acostaba a dormir.

Hasta que conoció a Susana, su principal diversión consistía en conducir por su barrio invirtiendo los pies en los pedales, de manera que accionaba el embrague con el pie derecho y el freno y el acelerador con el izquierdo. Alguna vez se colgó en una de las subidas empinadas de la Quinta, y un miércoles en la tarde intercambió insultos con un taxista, pero era divertido para los estándares de Fernández.

Fernández no leía, no practicaba ningún deporte, tomaba muy poco, no era una persona muy familiar.

Y pensaba que se estaba volviendo loco o, en todo caso, que su memoria ya no era la de antes. Siempre que salía de casa, al bajar las escaleras (vivía en un tercer piso) lo asaltaba la pregunta de si había cerrado o no la puerta, por lo que se veía forzado a devolverse y siempre la encontraba cerrada, pero cada vez, con mayor desesperación, se veía forzado a constatar que en efecto había cerrado. Era para enloquecerse.

Susana cambió todo esto, al menos momentáneamente.

En más de un sentido, Susana también vivía un periodo de transición en su vida. Por un lado, había logrado la estabilidad laboral que siempre estuvo buscando. Tres días a la semana dictaba talleres de dibujo en un colegio privado, lo que le permitía pagar sus cuentas y echar pa’lante, como suele decirse. Martes y jueves los dedicaba por entero a su obra, series de dibujos en tinta china que por fin comenzaban a circular entre los galeristas de la ciudad. Susana se obligaba a ser metódica y disciplinada, como una reacción a la improvisación y colombianidad de su propia familia, a quienes veía poco y nada. En lo concerniente a su vida sentimental, después de que su novio de tres años —un auténtico caballero— se fuera a Wisconsin a perseguir la noble meta de sus estudios doctorales, lo esperaría por algunos meses antes de entremeterse en un escarceo con quien en estas páginas figurará como «El Patineto», un confundido muchacho bogotano que supo abordarla en una fiesta al que otro tipo la había llevado y estar a su lado más o menos hasta que el novio de Susana retornó al país a pasar sus vacaciones de verano. Susana lo desconocía, o hacía que lo desconocía, lo cierto es que estaba en la mejor época de su vida y era requerida por muchachos a diestra y siniestra. Muy de vez en cuando aceptaba una invitación a tomar un café, o a cenar, o a una fiesta, pero esto obedecía más al aburrimiento que a otra cosa. Comoquiera, «El Patineto» mostró una constancia que nadie más había mostrado hasta el momento. La recogía todos los días en el trabajo, pasaba las noches con ella, lavaba la loza y se ofrecía a tender la cama. Susana nunca estuvo muy segura con respecto a él: era buena compañía, o era compañía a secas, tenía tatuajes y una tendencia a caer en todas las tendencias, se transportaba en patineta y tenía demasiados amigos. Esta breve descripción abarcaba todas sus virtudes y defectos. Cierto es que Susana y su novio —un buen ser humano— nunca hablaron con claridad sobre lo que sucedería una vez este tomó la decisión de irse del país, lo concreto es que Facebook mediante («El Patineto» comenzó a bombardear su muro con fotos y videos de patinetos famosos, canciones, comentarios pretendidamente ingeniosos, etc.) el novio de Susana, o exnovio, mejor, comenzó a sospechar por dónde iba el asunto. Durante el verano en que regresó al país, el novio de Susana, o exnovio, pernoctó mayoritariamente en casa de su mamá, pero hizo el esfuerzo de verse a menudo con Susana y en honor a la verdad las cosas estuvieron bien entre ellos, no hubo indicios del Patineto, a quien ya está bien quitarle las comillas, aunque Susana cada tanto se evadía para contestar el celular y/o enviar un mensaje de texto. Al parecer, el Patineto no se resignaba a perderla.

La última noche del novio de Susana en el país, el Patineto no pudo contenerse y borracho y seguramente drogado (el Patineto no se andaba con miramientos a la hora de la fiesta, otra virtud y otro defecto) llegó a golpear la puerta de Susana, quien adentro dormía plácidamente con su novio. El Patineto no sabía que era la última noche del novio de Susana en el país, pero sí sabía que lo suyo con Susana moría, de modo que, borracho como ya dijimos y presumiblemente drogado con quién sabe qué, subió en su patineta y llegó al apartamento de Susana en el Park Way y golpeó puertas y ventanas mientras lloraba. Cuando comprendió que no se le iba a abrir, comenzó a gritar el nombre de Susana con toda la fuerza de sus pulmones hasta que se cansó y no le quedó más remedio que volverse a subir en su patineta e irse. Eran las tres de la mañana.

Adentro, Susana trataba de contener a su novio, quien quería salir a confrontar al Patineto, pero pudo más Susana y tras una breve compensación sexual se volvieron a dormir.

Al otro día y dado que así se había dispuesto, Susana condujo a su novio al aeropuerto en el carro de este, un Nissan Sentra plateado. Después de embarcar el equipaje y recibir el pasabordo, Susana y su novio hallaron una mesa y por fin pudieron hablar. Susana tomó la palabra y fue entonces cuando terminaron de manera oficial, un episodio indoloro pero que traería toda clase de repercusiones. Después se dieron un beso y se abrazaron, y entonces el novio de Susana retornó a Wisconsin a su doctorado.

Pese a que su novio generosamente sugirió que se quedara con él un par de semanas, Susana supo que lo mejor sería llevarle el carro a la suegra el mismo día, pero antes pensó que podría dar una vuelta y saludar a su propia madre. Hizo una parada en el Carulla de la 63 y compró unas almojábanas para doña Alicia. Cuando subía la rampa hacia la nueva zona de estacionamientos, su celular comenzó a sonar. Era el Patineto, quien llamaba a excusarse por su conducta de la noche anterior. Susana le dijo que lo perdonaba, que no había ningún problema, pero que debía entender que si bien se había divertido y lo recordaría con cariño, no había posibilidad de nada entre ellos. Le preguntó si entendía y el Patineto intentó una broma que no salió bien y finalmente dijo que entendía y colgaron.

«Ya está bien de chicos por un tiempo», pensó Susana.

Y entonces chocó a Fernández por detrás.

II

Tres mil palabras fue todo lo que pudo aguantar mi careta.

Como es apenas comprensible, no es muy grato enterarse de que varios tipos se cepillan a tu novia, pero he entendido que una vez se llevan a cabo estas exhumaciones no se puede parar hasta saberlo todo. Todo.

Conocí a Susana en una fiesta a la que asistí únicamente porque tenía veinte años, razón que se antojaba suficiente para cualquier cosa. Lo primero que me llamó la atención fue su repertorio lingüístico, plagado de las mismas expresiones, dichas de diversos modos y en distintas tonalidades, que le servían para desenvolverse en todo el abanico de situaciones sociales a su alcance. Ahora que han pasado los años estoy convencido de que se trataba más de un proceso de acomodo que de comunicación. El mundo se tenía que acomodar a Susana, no al revés. Era algo que ya sospechaba pero que jamás hubiera podido articular en un año tan mediocre como 2006. Pese al antecedente parecido que compartimos —tenemos más o menos la misma edad, ambos nacimos en Bogotá de padres que vinieron de otros lugares del país, ambos somos producto de los colegios privados de la ciudad— nuestro encuentro fue el encuentro de dos galaxias. Era la época en que Susana estudiaba Artes Plásticas en la Universidad Nacional y yo aún sobrevaloraba mi modesto pregrado javeriano. Más que ningún otro hecho, estoy seguro, esto coadyuvó a nuestro acercamiento. Se valía mayoritariamente de las siguientes locuciones:

Obvio, yo sé. Para expresar «sí» o afirmación de cualquier tipo, por ejemplo para responder a la pregunta de si uno podía usar su baño. «Sí, obvio» y «Obvio no» eran expresiones derivadas y antagónicas que me fueron reveladas en el decurso de nuestra relación y sobre cuya variación sintáctica llamé la atención alguna tarde. Luego de una mueca aprobatoria inicial, me miró con cara de ¿Y…?

¿Se rayó? Para inquirir si uno se había molestado por algún motivo.

Luisa se envideó. Expresada como afirmación o pregunta, significa que alguien —Luisa, en este caso— ficcionó a partir de eventos concretos.

Pásela bueno. Fórmula de buenos deseos al despedirse de un amigo o amiga cuando este deja saber que hará algo divertido en el futuro próximo. «Pásala bien», al parecer, había pasado de moda.

¡Lo quiero mal! En la escala de Susana, la expresión «querer mal» acompañada de cierta onomatopeya bogotana era el grado máximo de cariño que se podía sentir por alguien. Cuando dijo que me quería mal supe que el asunto ya estaba hecho.

En aquella lejana fiesta, después de botella y media de ron, Susana y yo nos dimos besos. Quedé prendado de ella de la misma manera que Fernández y el Patineto —supongo— quedaron prendados de ella. Siempre he sentido debilidad por la expresión «quedar prendado de», y me da gusto poder usarla por primera vez con respecto a Susana. Es totalmente verídica.

Susana tenía eso, que no era poco, o lo era todo, o no era nada: a algunos amigos míos y a mis hermanos les parecía una mujer apenas normal. Pero Susana era todo menos normal. Por entonces yo salía con Alejandra; por entonces, también, me preciaba de ser una persona que manejaba sus asuntos con probidad. Esto quiere decir que me mentía a mí mismo con prestancia —otra conclusión que no hubiera podido sacar en 2006. Al día siguiente fui a su apartamento y le conté todo. Habíamos hablado un par de veces de vivir juntos (Alejandra era unos años mayor que yo), habíamos llegado a un punto en que me tocaba responder «te amo» cuando ella decía «te amo», pero aquella buena mujer me dejó ir sin mayor aspaviento, lo que agradeceré hasta el final de mis días. Hasta tuvimos sexo aquella noche, lo recuerdo. Cuando en la madrugada salía de su casa al taxi que me esperaba afuera, no obstante, Alejandra abrió la puerta de repente y me dijo unas palabras que entonces deseché (estaba contento de que todo hubiera salido bien) pero que pasados unos días comenzaron a rondarme la cabeza:

—Espero que de la próxima sí te enamores. —Y remató con una grosería que no viene al caso.

Esta oración me bastó para llamarla borracho una madrugada (no contestó), pero para entonces la presencia de Susana en mi vida era demasiado fuerte como para dedicarle más de un instante a otra persona. Por años no supe nada de Alejandra.

Susana compartía un apartamento en La Macarena con Luisa, una compañera de estudios, la que se envideaba. Sin entender muy bien lo que sucedía conmigo, comencé a quedarme allí todas las noches. No podía no estar con Susana. Sabía que tenía que ocuparme de mis asuntos, que debía irme en la noche, pero una mirada suya bastaba para que yo lo aplazara todo. Nunca antes una mujer había tenido ese efecto sobre mí. Al poco tiempo inicié mi maestría y mis padres y Jairo (así se llama mi hermano mayor; Federico el menor se había ido a recorrer el mundo) no tuvieron nada para decir cuando les informé que me iría a vivir con Susana. Jairo intentó pronunciar unas palabras, pero se quedó a mitad de frase. Mi madre me dejó llevarme unos muebles que nadie usaba. Conseguimos un apartamento cerca de la Javeriana.

Enamorarse como yo lo estaba entonces tendría que estar prohibido.

Con Fernández compartí salón de clases por muchos años. Ambos somos exalumnos del colegio ———————. Además de eso, o puede que como causa de eso mismo, nuestras madres eran compañeras de trabajo, de modo que tanto él como yo estábamos al tanto de quién era el otro, e incluso en primaria llegamos a pasar un par de tardes juntos mientras sus padres finiquitaban su matrimonio. Jairo y yo lo llevábamos al parque a jugar fútbol (Federico era apenas un bebé). Después de alguna patada que negaba su origen suramericano, se hacía de lado y propiciaba un partido a muerte entre hermanos en el que Jairo invariablemente terminaba golpeándome, lo que parecía excitar a Fernández. Ya en casa, después de un tentempié y antes de ponernos a ver televisión, la costumbre era que Jairo y yo sumáramos en un proyecto dirigidos por nuestro padrastro. A mí me gustaba bastante aquello (armar algo con el LEGO, construir una mesa, reparar un mueble, cosas por el estilo) pero era evidente que quien mandaba era Jairo; Fernández prestaba atención alrededor de treinta segundos y se iba a una esquina y allí se quedaba. Nunca he visto a nadie poner tanto empeño en no hacer nada. Mi padrastro intentaba hablar con él y nos preguntaba a nosotros por qué Fernández no participaba, incluso llegó a quejarse con mi madre, que lo espoleaba para que pasara tiempo con los niños.

Mi madre siempre se expresó en los mejores términos de la mamá de Fernández, que sobre las ocho de la noche llegaba con el maquillaje corrido a buscar a su hijo. Esto desquiciaba a mi madre, que comenzaba a hostigarnos a Jairo y a mí (incluso a Federico) por no hacer el esfuerzo de ser más amables con Fernández. Yo entornaba los ojos, Jairo no decía nada. Tengo que confesar que yo nunca pude con el hecho de que no le gustara el fútbol, me parecía una transgresión demasiado importante como para pasarla por alto. ¿Cómo ser amigo de alguien a quien no le gusta el fútbol? ¿De qué se supone que podíamos hablar? En ese entonces el fútbol era muy importante para mí, tal vez era lo más importante. Después crecí y me di cuenta de la total inmundicia del campeonato colombiano, un campeonato de narcos y de gente que desconoce por completo el concepto de honorabilidad, una cosa horrible y colombiana y… Ahora me tienen que matar para que vea un partido del «rentado nacional», veo el mundial y alguno que otro partido importante de Europa, me alegro cuando un colombiano anota un gol en el exterior, pero básicamente me importa un comino…

Volvamos a Fernández:

Recuerdo que, en quinto de primaria, un día nos convocó a todos los compañeros de curso (Fernández podía convocar a los compañeros de curso para unas palabras) y nos dejó saber que su padre le ofrecía dinero por gol marcado en los descansos, y en vista de que la reunión de padres de familia sería el fin de semana siguiente, ninguno de nosotros debía abrir la boca para contar la verdad (que el único contacto que Fernández tenía con el fútbol era cuando había que patear a alguien jugando cuca patada; eso le encantaba), so pena de sufrir los más terribles castigos. Como contraparte ofrecía la compra de un paquete de gomas pagadero el lunes siguiente a cada uno de los futbolistas. Todos accedimos, todos callamos y este es el momento en que no he recibido mi paquete de gomas. Considero que este párrafo resume perfectamente lo que es el fútbol en nuestro país.

En bachillerato nadie forzaba nuestros encuentros, pero a veces nos saludábamos con una inclinación de cabeza. Para mi estupor, Fernández nunca fue considerado un idiota sin salvación, como los otros chicos que no jugaban al fútbol. Tal vez esto se debiera a su tamaño, siempre fue más alto y fornido que todos, parecía más del grado de Jairo (que es tres años mayor) que del que compartíamos. Esto generaba todo tipo de comentarios entre los adultos, comentarios en los que yo, flaco y enano hasta la lástima, quedaba siempre ridiculizado. De una forma u otra, sus rarezas lo encumbraron a la categoría de ídolo. Gomitas mediante, Fernández se preciaba de poder escupir un gargajo del color que su interlocutor deseara. Famosa fue la vez, en grado décimo, en que desafió a un profesor y terminó abofeteándolo enfrente de todos. A mi modo de ver —me enteré por terceros, ese día no había ido al colegio—, lo de Fernández se trataba únicamente de un lamentable esfuerzo por llamar la atención.

—¿En serio, güevón? —dijo mi hermano Jairo mientras cenábamos.

Jairo había hallado la forma de apreciar a Fernández y de seguir zurrándome con regularidad. Mi mamá no lo podía creer, mi papá no estaba, Federico sonreía (todo siempre le ha valido chimba), yo había comenzado a leer y me había decidido a estudiar Literatura.

Puesto que me entregué a los libros, no supe o no quise saber nada más de Fernández. Solano y Benavides, compañeros del colegio a los que cada rato me encontraba en la Javeriana (Solano estudiaba Ingeniería Electrónica, Benavides si no estoy mal hizo unos semestres de Arquitectura), siempre dejaban caer alguna anécdota sobre Fernández. Que había validado, que se había encontrado por la calle al profe que lo hizo echar y lo volvió mierda, que había estudiado un par de semestres de Música hasta que cayó en cuenta de que no tenía oído, que se estaba culiando a Paola Turbay, que se había pasado a Economía. La única que de verdad caló en mí y que me disuadió de querer siquiera escuchar algo sobre Fernández es la siguiente:

Harto de la sociedad y de los bogotanos, Fernández había —a falta de una mejor palabra— defecado en un vaso desechable (el cómo lo había hecho no me interesó entonces, pero ahora gasto más tiempo del que quisiera pensando en el tema) y, envalentonado, tomó ese recipiente y salió por toda la ciudad en busca de teléfonos públicos. En cuanto hallaba alguno, tomaba la bocina y sumergía ambos extremos en el contenido de su vaso. Después colgaba. Este recorrido por las calles bogotanas desde siempre ha motivado toda clase de especulaciones entre quienes lo conocíamos. Dudo de que esta aventura adolescente haya llegado a oídos de Susana, pero Solano y Benavides hablaban de ello como si fuera una gran hazaña. A título personal, debo decir que pondero y agradezco ...