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LA úLTIMA CORRERíA DEL SABIO MUTIS

Gonzalo España  

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Fragmento

1

orría aquel extraño mes de agosto de 1807.

En la larga mesa de roble, los miembros de la Expedición Botánica, casi todos hombres jóvenes, hablaban en voz baja; la atmósfera estaba pesada. El sabio Mutis caminaba de un lado a otro de la sala, visiblemente nervioso. Su sotana de color marrón parecía barrer el suelo. Él era el único viejo del grupo.

Los chismorreos de adentro se correspondían con el viento de afuera. Las ramas de los árboles que rodeaban la casa rasguñaban las paredes y ventanas, como manos tratando de meterse adentro.

Se esperaba la visita del virrey, que era el portador de un encargo de última hora recibido desde España. A estos encargos se les tenía mucho miedo, porque el rey estaba pidiendo imposibles.

Unos años atrás, un navío español había recogido en las costas de la Patagonia el esqueleto de un animal enorme, un fósil de algo muy antiguo, que fue empacado en cajones y llevado a Madrid, donde se lo presentaron a Su Majestad. Se trataba de un Megaterium, un perezoso que vivió en América millones de años atrás, pero esto nadie lo sabía en aquel entonces. Los científicos españoles creyeron que se trataba del esqueleto de un gigante. El rey, emocionado por lo que veía, ordenó que le trajeran uno… ¡pero vivo!

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Sus empleados en América se desvelaban desde entonces tratando de complacerlo.

El anuncio de un nuevo encargo preocupaba tanto al sabio Mutis que no era capaz de sentarse, y permanecía caminando de un lado a otro de la sala. ¡A lo mejor había llegado la orden de buscar el gigante!

Lo que no se imaginaba era que el encargo recibido desde España era mucho peor.

2

a visita estaba anunciada desde hacía cinco se­manas. El virrey le había mandado decir que Su Majestad don Carlos Cuarto tenía un encargo especial para él. La noticia la trajo un barco que tocó en Cartagena. Un segundo barco, que no demoraría en llegar, traería las instrucciones precisas.

Ahora ese segundo barco había llegado.

El coche del virrey, tirado por cuatro caballos, se detuvo en la entrada principal, en medio de un estruendo de cascos y relinchos. El sabio salió presuroso a recibirlo; el ayudante del cochero bajó el escalón de la portezuela y el mandatario puso un pie afuera, pero al asomar la cabeza el viento le arrancó la peluca y se la llevó volando.

La peluca se elevaba como una blanca cometa, y don José corrió tras ella sin poder alcanzarla.

Alguien dio un grito de alarma, los miembros de la Expedición se levantaron en masa y se precipitaron afuera para sumarse a la persecución. Al fin pudieron atraparla en medio de un torbellino de hojas secas y se la devolvieron al gobernante, quien la colocó en forma graciosa sobre su cabeza. Entonces entraron.

Adentro, todavía muy agitados, le presentaron sus respetos y saludos, le estrecharon la mano y le hicieron reverencias, antes de sentarse nuevamente. Demoró todavía bastante que cada uno se instalara en su puesto, y que las patas de las sillas dejaran de rastrillar contra el suelo. El virrey tenía la peluca ladeada y se veía algo chistoso, pero nadie reparó en ello, sino en el sobre lacrado que traía en las manos.

¿Qué diablos sería lo que Su Majestad les encomendaba a estas alturas de la vida, después de tantos años de labores? ¿Acaso podía el sabio Mutis, que era ya un anciano, dar comienzo a nuevas empresas?

Muy tieso y ceremonioso, el alto funcionario se volvió al sabio y le ofreció el sobre lacrado.

—El deseo de Su Majestad, querido don José, es que lo solicitado aquí se realice de inmediato —dijo con grave solemnidad.

El virrey fue a sentarse en la cabecera principal de la mesa; don José Celestino Mutis lo hizo en la otra punta. Sus dedos tuvieron dificultad para desprender la torta de lacre sobre la que estaba estampado el sello real. Cuando lo consiguió, encontró que el sobre venía amarrado. Alguien le alcanzó una navaja, cortó las cuerdas pero tampoco consiguió abrirlo, porque el borde había sido pegado. Con la misma navaja lo rasgó.

Un pliego doblado escapó de adentro. Hizo mucho ruido al desdoblarse, porque era de papel grueso.

El sabio leyó moviendo la cabeza de un lado a otro. Cuando acabó, se echó para atrás en la silla y dejó caer el papel sobre la mesa. Los miembros de la Expedición lo vieron palidecer y abrir mucho la boca, como si se ahogara. Volvió a levantar el pliego, volvió a leerlo, era visible que le costaba trabajo respirar y creer lo que sus ojos veían.

—¡Dios mío! —exclamó por último—. Nos piden las gramáticas que faltaron hace veinte años.

Los concurrentes se miraron unos a otros, con ojos aterrados. Ellos tampoco podían creerlo.

—¿Las gramáticas que faltaron? —preguntó el virrey desde el extremo donde estaba sentado—. ¿Qué gramáticas son esas?

Nadie le respondió. Todos estaban tratando de entender lo que seguía diciendo el sabio, quien se había tomado la cabeza con desesperación.

Al fin lograron escucharlo.

—¿Qué haremos ahora? —estaba diciendo—. ¡Esto es peor que si nos pidieran veinte gigantes!

3

l de las gramáticas era un viejo asunto de política internacional.

Veinte años atrás, en tiempos de Su Majestad Carlos Tercero, España había establecido una alianza con Rusia, según la cual las dos naciones acordaban defenderse unidas y prestarse mutuo apoyo. Francia, un enemigo muy poderoso, las amenazaba a ambas.

Como Carlos Tercero de España, la emperatriz Catalina la Grande, ama absoluta de Rusia, era una soberana culta y amante de la ciencia. Ella anhelaba conducir su gran imperio hacia el progreso, y para lograrlo había importado al país un notable grupo de científicos, encabezados por un tal sabio Pallas.

Tras muchas discusiones y proyectos, la meta principal de aquel equipo quedó fijada en la elaboración de un diccionario universal, donde estarían contenidos todos los conocimientos pasados y presentes de la humanidad. Se creía que dueños de aquel enorme compendio de sabiduría, los rusos se pondrían a la cabeza del mundo.

El famoso sabio Pallas dispuso introducir en el gran diccionario muchos datos curiosos y hasta inútiles, como las clases de pezuñas de los renos siberianos, o el peso y la forma de los buñuelos fabricados en las cocinas italianas. Muchos datos, muchísimos, y entre todos uno bastante inesperado: el registro de los lenguajes hablados por los aborígenes americanos.

La emperatriz Catalina, que complacía en todo al famoso sabio, solicitó esta colaboración al rey de España, quien a su vez pidió de inmediato a sus funcionarios en México, Perú y la Nueva Granada el envío de todas las gramáticas indias de las que se tenía noticia. Se las enumeraban con sus nombres. A don José Celestino Mutis, director de la Expedición Botánica, le correspondían setenta.

¡Setenta gramáticas indias!

Por fortuna, a través de muchos años, los monjes evangelizadores de la Nueva Granada habían ido escribiendo unos libritos que cargaban en los bolsillos de la sotana, en cuyas páginas anotaban las palabras de las tribus que les correspondía visitar. Con estas palabras habían redactado algunas frases de saludo y de uso diario, así como el Padrenuestro y un sermón dominical, para hablarles a los indios en su propio idioma. Era obligatorio en ese entonces que los indios fueran evangelizados en su lengua.

Algunos de estos monjes eran amigos de Mutis, otros no tanto, pero el sabio se las ingenió para visitarlos a todos y pedirles prestados los libritos. Sus discípulos de la Expedición Botánica los copiaron a mano, luego de agregarles algunas reglas gramaticales suministradas por los mismos monjes, conocedores a la perfección de aquellos idiomas. Una vez terminaron, se las enviaron al soberano, debidamente encuadernadas y marcadas. Sesenta y cinco gramáticas en total.

Las cinco que faltaron, la de los indios habitaques, la de los amucas, la de los andaquíes, la de los páparos y la de los abacaris, cuyos nombres figuraban en la lista solicitada por el rey, correspondían a tribus desaparecidas en el curso de la Conquista y de la Colonia. Sus hablantes no existían, las palabras que usaron se habían perdido para siempre, en ninguna parte quedaba registro alguno de ellas.

Nadie reclamó aquellas cinco gramáticas. Los años pasaron, el suceso se olvidó, el rey Carlos Tercero murió, murió la emperatriz Catalina de Rusia, pero lo que nadie se imaginó era que el sabio Pallas había continuado trabajando en su famoso diccionario, y ahora, veinte años después, en el momento de incluir los idiomas de los indios americanos, descubrió las cinco lenguas que faltaban.

Era, a la fecha, un hombre calvo, abrumado por el trabajo que se había echado encima, encorvado y de genio vinagroso. Sólo podía leer usando lupas y anteojos de grueso calibre, que ...