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LA MICA DEL TITANIC

Daniel Samper Pizano  

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Fragmento

LA MICA DEL TITANIC

Reconozco que los titanólogos somos gente rara.

Resulta muy fácil interesarse en la historia del Titanic, aquel buque formidable que se hundió en su viaje inaugural en 1912, como lo demuestra el hecho de que, casi un siglo después, las noticias relacionadas con el infortunado trasatlántico siguen ocupando lugar privilegiado en la prensa, y la última película sobre el tema atrajo millones de espectadores y once Óscares.

Pero quienes nos obsesionamos de veras con la cuestión, mucho más allá de la obvia curiosidad que ella suscita, somos una raza distinta. Primero, no necesariamente nos atrae, en general, el mundo de los mares, los barcos, los piratas y las ballenas; lo que nos fascina es la historia del Titanic, no la navegación ni la marinería, que, para mi gusto, resultan aburridísimas. Segundo, devoramos de manera enfermiza cuanto se publica sobre el caso, vemos todas las películas y los documentales y estamos familiarizados con numerosos nombres, hechos y cifras. Finalmente, escogemos una especialidad. Hay gomosos que lo saben todo sobre la estructura del barco, otros que conocen más sobre el malhadado capitán Edward Smith que sobre su propia vida y algunos que concentran su atención en algún detalle mínimo, como el angelito de la escalera principal o la capacidad de los botes salvavidas.

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Mi obsesión, perdonen ustedes, es un frágil objeto que fue avistado junto con 5.000 más en el fondo del mar cuando llegó hasta allí en 1985 la expedición que ubicó los restos del lujoso barco. Muchos de ellos reposaban en la arena casi intactos a pesar de que habían pasado tres cuartos de siglo en aquel oscuro mundo a 3.800 metros de la superficie oceánica. Los fotografió el submarino especial Nautile y dos años después los recuperó un prodigioso brazo mecánico submarino. Había de todo: monedas, billetes, anillos, relojes, trajes, botellas sin destapar, vajillas completas, estatuas de bronce, instrumentos musicales, carbón, herramientas y hasta ojos de buey que fueron izados a la superficie. Entre tantos artículos hubo uno que me maravilló cuando supe de él en la página 184 del libro del profesor Robert Ballard, descubridor de los restos hundidos. Se trata de un pequeño objeto retratado el 3 de septiembre de 1985 que contrasta, por su humildad, con sombreros de copa petrificados, joyas carcomidas por el salitre y oxidados títulos de bolsa.

Hablo, señoras y señores, de mi gran obsesión como experto en el más famoso naufragio de la historia. Hablo de la mica del Titanic.

Desde que topé con la foto de este redondo testigo de la efímera condición humana quise saber todo sobre él. Pero no fue fácil. Calculo que, entre miles de piezas de porcelana que formaban parte del inventario del Titanic cuando zarpó de Southampton el 10 de abril de 1912, había cerca de un centenar de bacinillas. El vulgar aluminio con que hoy se fabrican estos recipientes era desconocido entonces. Los orondos auxiliares nocturnos se elaboraban en loza fina y a menudo los orlaban coquetas florecitas pintadas a mano. Gracias a ese delicado tratamiento, algunas familias antioqueñas que conozco —perdonen lo que voy a decir, pero es verdad— conservan la mica de la abuela elevada a la calidad de sopera, y es un honor para el invitado que le sirvan el peto en ella.

Como los camarotes de primera y segunda contaban con baño propio, las micas socorrían a los viajeros de tercera clase. En otras palabras, eran los más modestos adminículos de los más modestos pasajeros, aquellos que constituyen la mayoría de los 1.532 ciudadanos que murieron en las aguas heladas del Atlántico norte.

Casi todas las bacinillas se quebraron durante el hundimiento o se deshicieron en los abismos negros del fondo del mar. Era lógico que así ocurriese. Estaban diseñadas para soportar a damas de 100, máximo 130 kilos de peso. Pero allá, en el lecho marino, se registran 450 kilos de presión por centímetro cuadrado, equivalentes, pues, a cuatro y media damas gordas.

Heroicamente, este útil recipiente sobrevivió a semejante oprobio. Lavado de algas, nalgas y arena, volvió a la vida hace diez años con su doble ribete dorado alrededor de la boca y la barriga. En la foto aún se percibe el borroso escudo del RMS Titanic.

He podido acudir a tres exhibiciones de objetos recuperados de las entrañas del buque náufrago. Las dos primeras me admiraron por la variedad de cosas procedentes de la mítica máquina. Pero entre ellas no aparecía la legendaria mica. Hace poco, sin embargo, visité en Madrid una nueva exposición de artefactos que pertenecieron al que fue el mayor buque del mundo, y esta vez tuve suerte: allí estaba, en una vitrina superior a su misión pero no a sus merecimientos, la mica del Titanic. Brillaba blanquísima, como la luna de aquella nefasta noche del 14 de abril, bajo una luz tibia y mansa. Noté entonces algo que resultaba invisible en las fotografías: una leve desportilladura en el asa.

En una placa aparecía su identificación: Pieza N.º 00-011 8b. Un letrerito informaba que las bacinillas «estaban en las cabinas de los pasajeros para utilizarlas en caso de que sobreviniere un súbito mareo». Está bien el alarde de discreción y prudencia. No es preciso ser más explícito acerca de las múltiples funciones que presta un beque en alta mar.

Al verla entre los demás elementos rescatados, no pude menos que dar salida en forma de lágrimas a la emoción que me embargaba, sobre todo por el dolor de ver aquel mínimo trozo faltante que era como una herida de guerra. ¡Mica valiente, mica fiel: no saliste ilesa de tu dantesca aventura, pero lograste regresar de la yerta Nada! ¡Ahora te jubila la Historia y pasas de la intimidad del retrete a la gloria de las exposiciones internacionales!

Quizás algún día se ruede una película o yo mismo escriba un libro sobre este noble artilugio. Me parece que su excitante historia encierra una lección moral: no importa cuán insignificante parezca nuestra existencia, no importa cuán modesta sea la misión —casi escribo micción— que se nos asigne en esta vida, siempre podremos cumplirla con la dignidad, el valor y la fortaleza de la invicta mica del Titanic.

«MERDE D’ARTISTE»

Un día de estos, querido lector, más tarde o más temprano, usted tendrá que contarles a sus nietos lo que fue nuestro tiempo, este revuelto puente entre el siglo XX y el XXI. Deberá ser franco con ellos. Estará obligado a hablarles de lo malo y lo bueno, de lo sublime y lo infame. Tendrá que mencionar a Hitler y a Teresa de Calcuta, el hambre del Tercer Mundo y la llegada a la Luna, la bomba atómica e internet, los grandes asesinos y los grandes poetas, la quema de libros bajo las dictaduras y el florecimiento de la música en aparatos del tamaño de un encendedor, la contaminación del planeta y la cirugía que no raja el pellejo…

Podrá regalarles libros, encimarles documentales, repasarles fotos, prestarles recortes, proyectarles películas, mostrarles cuadros de Picasso y cine de Coppola… Pero solo habrá cumplido la misión de ilustrar a sus nietos cuando les refiera la historia de la «merde d’artiste».

Le estoy hablando de una de las radiografías más nítidas de lo que es nuestro tiempo. Algo que lo pinta en toda su dimensión. Es un episodio que surgió hace casi medio siglo y cada vez me asombra más. Voy a contárselo para que un día de estos, más tarde o más temprano, se lo repita usted a sus nietos.

Piero Manzoni era un escultor y pintor italiano nacido en 1933. En 1961, desilusionado de su oficio, resolvió concretar la idea que tenía sobre el arte universal en un proyecto tan original como elocuente, que consistió en producir 90 latas herméticamente cerradas de 5 centímetros de alto y 6,5 de diámetro (lo que mide un enlatado de paté o caviar, diría mi admirado D’Artagnan) con un peso neto de 30 gramos, libre de conservantes artificiales. Fecha de caducidad: ninguna. Precio: igual, gramo por gramo, al del oro en el mercado de Londres.

Nada de esto resulta excesivamente extraño. Lo curioso es el contenido. Pongan atención, porque un día de estos, más tarde o más temprano, tendrán que decírselo a sus nietos. Impreso alrededor de la caja en varios idiomas se anuncia lo que lleva adentro el enlatado: «Merde d’artiste… Artist’s Shit… Künstlerscheisse… Merda d’artista». No tuvo el privilegio nuestra lengua de aparecer entre los idiomas seleccionados, pero creo que a todos nos queda claro: según Manzoni, lo que encierran los tarros es ni más ni menos que el fruto de sus protestas estomacales. Quiero decir que el artista introdujo en cada lata 30 gramos de excrementos propios, selló el recipiente al vacío y luego puso en venta lo pujado en calidad de obra de arte.

No fueron más que 90 latas (hay que tener en cuenta el esfuerzo que significa producir y embalar casi tres kilos de semejante materia orgánica), pero tuvieron éxito inmediato entre aficionados al arte, que estaban dispuestos a pagar el gramo de caca como si fuera gramo de coca.

Manzoni no alcanzó a ver las altas cotizaciones, pues murió en febrero de 1963. Tenía 29 años. Se especula aún sobre la causa de su muerte: ¿infarto?, ¿coma etílico?, ¿derrame cerebral? Parece descartable el estreñimiento.

En los años transcurridos desde entonces, los tarros de excrementos han aumentado de precio y de valor. Atesoran latas el Museo de Arte Moderno de Nueva York, el Centro Pompidou de París y la Tate Gallery de Londres. Unas pocas se han extraviado o perforado; otra estalló y voló a donde la etiqueta lo indica. Uno de los ochenta y pico botes sobrevivientes se subastó hace tres meses en el equivalente a 250 millones de pesos.

La historia es increíble, pero aún falta lo mejor. O lo peor, según se vea. Hace pocos días, un amigo del finado Manzoni reveló a la prensa italiana que todo fue un engaño y las latas no contienen el valioso elemento que se anuncia sino mero yeso: yeso barato, yeso viejo, yeso de artista.

Esto nos conduce a la delirante situación de que los compradores de los tarros no solo pagaron sumas ingentes por una manotada de mierda, sino que andan indignados al saber que la mierda se les convirtió en yeso. Y habrían estado igualmente iracundos si, en vez del producto esperado, hubieran hallado oro y no «merde d’artiste».

Así que ya sabe, querido lector: cuando sus nietos le pregunten por nuestro tiempo, dígales que era un tiempo en que la caca se vendía enlatada, se pagaba a precios de escándalo y el cliente amenazaba con demandar a la galería si la porquería no resultaba auténtica.

¡POBRE RATA, POBRE CHINA!

En abril del año pasado en un restaurante de Shenyang (ya saben, la capital de Liaoning) se encontraba la universitaria china Luz Dary Echeverri (*). Se había citado con varios compañeros para comer hamburguesa y gaseosa en uno de esos McDonald’s que pululan en la China posterior a Mao Zedong. De repente, la muchacha sintió que algo le subía pierna arriba hasta que, sorprendida y atemorizada, asestó un golpe al extraño objeto y el objeto la mordió. Ocurre que ese objeto era un ratón, y, al verse agredido, el animal hincó el diente en la pierna derecha de Luz Dary.

Como resultado del incidente, Luz Dary demandó a la famosa cadena de restaurantes y exigió 2.600 dólares de indemnización por el mordisco. Tras varios meses de proceso, un juez obligó a McDonald’s a pagarle 290 dólares (que equivalen, como va el dólar en Colombia, a medio tamal tolimense). La noticia ha dado la vuelta al mundo y, más que la pequeña multa a favor de Luz Dary, la hamburguesería sufrió un importante golpe de imagen. La razón, creo yo, es que mucha gente que solo lee el titular de la noticia («Mordida una estudiante china por una rata en McDonald’s») cree que el roedor saltó sobre el cuello de la joven desde el fondo de un Big Mac.

A mí me parece injusto y absurdo todo esto que está pasando. Vamos a ver. No es por defender a la estudiante, pero si a mí me ataca un ratón en un restaurante, yo también vuelo a demandarlo. Hasta ahora, como relaté en algún libro, he padecido varios encuentros cercanos con ratones en sitios de comida, pero nunca me atacaron. En una ocasión era una rata que salía a almorzar en un restaurante de mejor calidad; en otra, un ratón que miraba con curiosidad el extraño plato suizo que me habían servido; y en el tercer caso una rata, al parecer vegetariana, que se escondía detrás de la cómoda de una fritanguería. En fin: desagradable, pero cero violencia. Comprendo, pues, al ratón.

Sin embargo, y no es por defender a McDonald’s, no hay que extrañarse de que en restaurante oriental encuentre uno ratones. Lo raro es que no aparezca extendido y pelado en la bandeja. El noble y laborioso pueblo chino padeció durante siglos las vicisitudes de la falta de alimentos, y durante ese tiempo el ratón se convirtió en apetitoso plato. Recuerden que allí también comen perro y mico. Lo digo con admiración, porque un buen sánduche de chimpancé o unos huevos fritos con perro salchicha son verdaderos manjares. Que los ratones ya no estén en el piso sino en el plato, revueltos con arroz y brotes de bambú con salsa de soya, constituye un formidable avance en un país que supo lo que es el hambre.

Hay quien piensa que el castigo de 17 pesos con 45 centavos es poco para una firma que ha convertido en hábito cotidiano la comida rápida. No es por defender esta clase de comida hipercalórica, cuyas consecuencias para la salud son afrentosas, pero entendamos que si fuera verdad que estos restaurantes ofrecen comida rápida uno encontraría en el local gacelas o caballos de carreras, no ratones.

Tampoco faltará quien culpe a los líderes chinos posteriores a Mao Zedong por haber permitido una invasión de hamburgueserías extranjeras. No es por defender a las hamburgueserías extranjeras, ni tampoco por atacar al Gran Timonel Mao Zedong, pero quienes conocieron, como yo, la China de hace treinta años, saben la falta que hace una ocasional hamburguesa cuando uno lleva meses comiendo solo arroz frito con brotes de bambú y salsa de soya.

¿Se excedió entonces el juez al clavarle una multa a la empresa por culpa del ratoncito? No es por defender al juez, pero los únicos mordiscos legales en un restaurante son los que el cliente le propina a la comida. Los demás están fuera de sitio, y cabe la posibilidad de sancionarlos. Sin embargo, habría que conocer en persona a Luz Dary: se vuelven tan gordas y feas esas muchachas alimentadas solamente con hamburguesa y gaseosa, que a lo mejor la multa ha debido imponerse a favor de la rata.

*No es su verdadero nombre, naturalmente: ¿cómo podría llamarse Luz Dary Echeverri una china de Shenyang? Es como si una señora oriunda de Chiquinquirá se llamara Wu Chao-ying.

¡QUE VAINA… SERÁ UNA NIÑA!

Hace poco se conoció el sexo de la criatura que están esperando el príncipe Felipe, futuro rey de España, y su esposa, Letizia Ortiz. Será una niña. La noticia produjo evidente desilusión, porque la primogénita de Felipe y Letizia es una mujer, Leonor, y todos esperaban ver en la ecografía de Letizia aquella distinción fundamental que establece en estos casos la real heráldica; pero no apareció en la pantalla el erguido cetro del príncipe, sino la encantadora corona de la princesa.

Podría pensarse que la decepción con que recibieron los españoles la noticia corresponde a un pueblo acostumbrado durante siglos a cultivar la primacía del varón sobre la mujer en la sucesión del trono. Al fin y al cabo, aún hoy la Constitución dispone que predomina el niño menor sobre su hermana mayor a la hora de heredar el cargo.

Sin embargo, no es solo cuestión de España. Reconozcámoslo: en casi todos los países las parejas esperan que el primogénito sea hombre, y la confirmación de que viene en camino una niña promueve más resignación que entusiasmo. Es injusto, pero comprensible. A la mujer le esperan mayores sufrimientos que al hombre: discriminación, salarios más bajos, chistes pesados, menosprecio religioso, embarazo, parto y, como si fuera poco, aquella incómoda operación fisiológica que ni siquiera ese aparatico manual (¿manual?) de urgencias urinarias llamado Uribelle logra remediar del todo.

Yo me considero feminista y, no obstante, también soñaba con un varón como primogénito. Pensaba que si a mí llegaba a ocurrirme algo, él sacaría la cara por la familia y ostentaría con orgullo mi nombre, lo cual significaba un importante ahorro en los objetos identificados con mis iniciales. Dios, la vida, el destino o los cromosomas quisieron que inaugurase familia con una niña, no con un niño. Pero una vez la vi en la cunita, me hipnotizó ese sonrosado ejemplar humano que no estaba destinado a criar barba y bigote, fumar puro y mirar películas de guerra por la tele en medio de apestosas explosiones. Tanto me gustaron las niñas que, apenas tuve la primera, le pedí a Dios, la vida, el destino y los cromosomas que la segunda también fuera hija y no hijo.

Todos ellos —Dios, la vida, etc.— se apiadaron de mí, y me dieron una nueva china.

Al cabo de un tiempo, una casa más grande pedía a gritos otro miembro en la familia. Mamá y papá estábamos convencidos de que un trío de hermanitas sería de insuperable belleza en los álbumes fotográficos, así que nos lanzamos a las maniobras aconsejadas para encargar hembra, no macho. Algo falló: el costal relleno con plumas de gallo, la aplicación de aguacate en el lugar adecuado, los siete tragos de ron con caldo de conejo o la maniobra acrobática que imitaba las chilenas de Ronaldinho. El caso es que nació varón.

Para consolarme, una voz celestial me dijo esa noche: «Hijo mío, es verdad que te he enviado un varoncito. Mas por él te sacrificarás, y un día él y Yo te recompensaremos con la proximidad de muchas nenas». Así ha sido. Ninguna de mis hijas habría podido dirigir una revista para señores como la que dirige mi varoncito, donde yo me sacrifico como jefe de guardarropas íntimas en las sesiones de desnudos.

Justamente mi varoncito me anunció hace meses que su mujer estaba embarazada. ¿Niño o niña? Aún no lo sabían. Un día recibí la histórica llamada de Claudia, mi nuera, que acababa de hacerse la ecografía.

—¿Quieres pistas? —me dijo—. ¡Un cerro!

(Imaginé que me hablaba de un cerro de niños y quedé aterrado).

—¿Trillizos? —exclamé.

—No, no, no. Un cerro de Bogotá.

—¡Monserrate! ¡Será niña!

—¿Por qué Monserra ...