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LA MúSICA DEL SILENCIO

Patrick Rothfuss  

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Fragmento

El fondo de las cosas

Al despertar, Auri supo que faltaban siete días.

Sí, estaba segura. Él iría a visitarla al séptimo día.

Era mucho tiempo, una larga espera. Sin embargo, no tanto teniendo en cuenta todo lo que había que hacer. Al menos, si quería hacerlo con cuidado. Si quería estar preparada.

Auri abrió los ojos y vio un atisbo de luz tenue. Eso era algo muy inusual, porque se encontraba bien escondida en Manto, el más íntimo de sus rincones. Así pues, era un día blanco. Un día profundo. Un día de hallazgos. Sonrió, y en su pecho burbujeó la emoción.

Pese a ser escasa, la luz le permitió distinguir la pálida silueta de su brazo cuando buscó a tientas el cuentagotas que estaba en el estante junto a la cama. Lo desenroscó y echó una sola gota en el plato de Foxen. Al cabo de un momento, este empezó a iluminarse, y poco a poco fue adquiriendo un azul crepuscular.

Con movimientos concienzudos, Auri retiró su manta para que no tocara el suelo. Se levantó, y cuando las plantas de sus pies pisaron el suelo de piedra, lo notó caliente. Encima de una mesa, cerca de su cama, había una vasija junto a una pastilla de delicadísimo jabón. Nada se había alterado durante la noche, y eso era buena señal.

Auri echó otra gota directamente encima de Foxen. Vaciló un instante, sonrió y dejó caer una tercera gota. Los días de hallazgos no eran para medias tintas. Entonces recogió su manta y la dobló una vez y otra más, sujetándola esmeradamente con la barbilla para que no rozara el suelo.

La luz de Foxen seguía aumentando. Al principio no era más que un parpadeo, una motita, una estrella lejana; pero cada vez relucía más, como una luciérnaga. Su resplandor siguió intensificándose, y al final era todo él luz trémula; posado en su plato, parecía una brasa verde azulada, algo más grande que una moneda.

Auri le sonreía mientras él acababa de crecer por completo e inundaba todo Manto con su luz blanca azulada, brillante y auténtica.

Entonces Auri miró alrededor y vio su cama, perfecta. Era del tamaño ideal para ella, y muy pulcra. Miró su silla, su arcón de madera de cedro, su tacita de plata.

La chimenea estaba vacía, y sobre la repisa descansaban su hoja amarilla, su caja de piedra y su tarro de cristal gris, con dulces flores de lavanda secas. Nada era nada más. Nada era nada que no debiera.

Había tres caminos para salir de Manto: un pasillo, un portal y una puerta. La puerta no era para ella.

Auri salió por el portal y entró en Puerto. Foxen seguía descansando en su plato, de modo que allí su luz era más débil, pero aún lo suficientemente intensa para alumbrar. Aunque en Puerto no había habido mucho movimiento últimamente, Auri lo inspeccionó todo. En el botellero había media bandeja de porcelana rota, no más gruesa que un pétalo de flor. Debajo había un libro en octavo con tapas de piel, un par de corchos, un ovillo diminuto de cordel. Un poco más allá estaba su preciosa taza de té blanca, que lo esperaba con una paciencia que Auri envidiaba.

En el anaquel de la pared había: una gota de resina amarilla en un plato; un pedrusco negro; un guijarro gris; un trozo de madera liso y plano. Aparte de todo lo demás, había una botellita minúscula con el cierre de brida abierto que recordaba a un pajarillo hambriento.

En la mesa del centro un puñado de bayas de acebo descansaba sobre un impecable paño blanco. Auri las contempló un instante,

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