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LA NOVELA COMO HISTORIA

Eduardo Posada Carbó

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

La cara me parecía conocida, sobre todo por sus bigotes, gruesos y medio canosos. Su pinta me llamó también la atención, con aquel saco de cuadros similar al que portaba en uno de sus retratos con Carmen Balcells y Manuel Zapata Olivella por la misma época. Pero en ese momento no supe quién era. Apretados en el ascensor del hotel en Barcelona, a fines de 1981, mis esfuerzos por identificarlo fueron vanos.

Hasta que se abrió la puerta.

Corrí entonces hacia la recepción, y verifiqué con uno de los conserjes el nombre de mi compañero de ascensor:

“Sí, ése es Gabriel García Márquez”, me dijo.

Incrédulo de mi propia suerte, alcancé a ver nuevamente su figura de espaldas a la salida del hotel. Lo seguí encantado por las calles de Barcelona, como a quien lo sorprende una aparición. Lo seguí apenas unas cuadras, pues pronto sentí cierta vergüenza por mi papel de sombra entrometida, sin invitación, y di marcha atrás, de regreso al hotel, aunque complacido con los recuerdos de mi efímero encuentro con quien ya era el símbolo nacional para los colombianos.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Pudo haber sido el seguimiento de un idólatra. Lo fue más bien el de un gran admirador, mas no el de un admirador ciego.

Había devorado casi todas sus publicaciones desde mis lecturas furtivas de Cien años de soledad en mi temprana adolescencia, cuando me encerré en mi habitación después de cada jornada escolar durante toda una semana hasta el punto final de su última página. Recuerdo haber leído años más tarde, con igual avidez, sus crónicas De viaje por los países socialistas, en medio de unas tediosas clases de derecho en mi primer año universitario.

Me hice abogado porque creía que había que terminar lo comenzado. Pero mi pasión estaba en la literatura y en el periodismo, donde había incursionado gracias al entusiasmo de Álvaro Cepeda Samudio quien me animó para que escribiera mi primera columna en Diario del Caribe cuando tenía solo trece años de edad.

Por accidente, sin embargo, me convertí en historiador.

El accidente se produjo a los pocos días de haber llegado a Oxford para estudiar política y literatura latinoamericana. Allí supe que mi tutor sería Malcolm Deas, experto en historia de Colombia, y entonces pensé que ganaría más de mi futuro supervisor si trataba de aprender de lo que él más sabía. Por fortuna, Malcolm estuvo de acuerdo.

Fue durante aquel tránsito hacia la historia cuando, una noche de 1990, me sorprendieron las palabras de Gabriel García Márquez al responder las preguntas del periodista barranquillero Julio Roca Baena sobre la matanza de las bananeras en un programa de la televisión inglesa, My Macondo. Según García Márquez, aquella tragedia no había sido en realidad la “matanza apocalíptica” que narró en Cien años de soledad. La cifra de tres mil muertos, la de la novela adoptada ya en nuestros textos de historia, quedaba en aquella entrevista reducida a menos de veinte. Meses después, cuando le pregunté a un crítico literario inglés sobre la respuesta de García Márquez a Julio Roca, desestimó su significado:

“Ah!, las cosas de Gabito”, fue su reacción.

Sus palabras fueron de otra dimensión para los pocos colombianos que nos congregamos en el comedor del St. Antony’s College en Oxford, al día siguiente de haber visto My Macondo, aquel documental dirigido por Dal Weldon y transmitido en el Canal 4 la noche anterior.

La sorpresa era general.

Decidí entonces visitar los archivos del British Film Institute en Londres para mirar nuevamente My Macondo, con el fin de cerciorarme de lo que había escuchado. Le di vueltas al casete una y otra vez, mientras tomaba notas, todavía sin creer, de cada una de las palabras de García Márquez, las suyas en castellano y los subtítulos en inglés. Y ya tomadas las notas, volví a repetir la tarea hasta cuando me sentí seguro de que lo que había escrito correspondía a lo que había escuchado.

Así se originó uno de los ensayos de este libro, el que le da su nombre: La novela como historia.

No me preocupaba, ni ayer ni hoy, refutar el relato de las bananeras de Cien años de soledad. Las novelas no son refutables, la historia sí: esa es la gran diferencia entre los dos géneros, como lo ha enseñado con lucidez Bernard Baylin1.

El motivo de aquel ensayo fue discutir los usos que historiadores y críticos literarios le han dado a la novela, si podíamos tratar la novela, cualquier novela, como fuente fidedigna para la reconstrucción y entendimiento del pasado. Fue así como propuse un repaso desapasionado de los acontecimientos que rodearon los trágicos episodios de 1928.

En la tarea, descubrí la numerosa cantidad de testimonios sobre tales eventos, producidos casi inmediatamente después de ocurridos. Sobresale en ellos la diversidad de versiones contemporáneas, muchas de ellas por supuesto encontradas. Todas, junto a las denuncias del representante Jorge Eliécer Gaitán, ampliamente divulgadas en la prensa de la época, sirven para mostrar que, lejos de ser silenciada, la tragedia fue objeto de intensos debates, con importantes consecuencias políticas.

De ninguna manera el repaso propuesto busca restarle significado ni sentido trágico a lo que fue una verdadera tragedia. Ni liberar de responsabilidad a los culpables de tan doloroso desenlace. Sigo creyendo que no solo es posible sino deseable enfrentarnos al pasado con todas sus complejidades, sin los maniqueísmos y prejuicios que dominan lamentablemente nuestra discusión pública.

Tampoco fue mi intención disputarle lugares a la novela histórica ni de negarle cualquier valor a la novela como fuente para un mejor entendimiento de la historia. Discrepo sí de quienes reclaman la superioridad de la literatura para entender el pasado, reclamo muy frecuente entre nuestros escritores. Tan necio como reclamar la superioridad de la historia. Encuentro en cambio afinidades con quienes defienden la necesidad de un mejor diálogo entre la literatura y la historia2. Ello exige reconocer con modestia las limitaciones de una y otra. Y reconocer además que son dos géneros distintos, con herramientas y propósitos distintos.

Nunca entendí, sin embargo, la terca animosidad de García Márquez contra la historiografía colombiana, que parecía reducir en sus quejas a una “historia oficial” bastante inexistente cuando arreció sus críticas ya en momentos de gloria3. Menos comprensible para los historiadores tendría que ser su propuesta de promover una “verdadera historia de Colombia”. Y sus ideas sobre el “ser nacional” me parecen en su conjunto tan simplistas como controvertibles. Pero su forma de concebir diferentes instancias del pasado es sin dudas fascinante.

Abordo estos temas en los dos breves ensayos adicionales sobre García Márquez en este libro, el uno provocado por su informe para la Misión de “sabios” durante el gobierno de César Gaviria, Por un país al alcance de los niños (1994); y el otro por sus memorias, Vivir para contarla (2003).

Barranquilla es de alguna manera el lazo que ata a los diversos capítulos de esta colección, ...