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LA PARáBOLA DE PABLO

Alonso Salazar Jaramillo

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Fragmento

PRÓLOGO

La audición era sencilla: imitar una corta entrevista de Escobar en donde, sin ningún asomo de vergüenza, respondía: “Siempre he asegurado que mi dinero no tiene vínculos con el narcotráfico”, así, sin sonrojarse siquiera, como los sinvergüenzas de hoy, que usan el mismo tono y cinismo para denunciar que son “perseguidos políticos”.

Recuerdo que, al terminar, Juancho Arango —otro de los actores que “audicionaba” para interpretar al Mariachi —me dijo:

—¿Y si queda?

—No voy a quedar —le dije.

—¡Si queda se mete en tremendo lío! —espetó con una carcajada.

—¡Cancelado, cancelado! ¡Eso no va a pasar!

En la tarde de ese jueves, Escobar era mío. Efectivamente me había metido en un tremendo lío.

No era la primera vez que interpretaba narcotraficantes. Me había acercado al oscuro y hasta ese momento secreto mundo del narcotráfico desde el humor, con un personaje pintoresco y superficial —Anestesia— en la serie El cartel de los sapos y más tarde en la serie La Bruja, basada en el libro de Germán Castro Caicedo, que descubre los vínculos entre historia, política, narcotráfico y magia negra. Mi personaje era Jaime Cruz, un campesino de las faldas de Antioquia que al hacerse narco, y en un acto de rebeldía y revancha social, compró uno a uno los locales del pueblo donde antes le tenían prohibida la entrada. Otro personaje pintoresco, algo vulgar, pero con mucha más profundidad y peso interpretativo.

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Cuando terminaba de grabar La Bruja, precisamente, empezó a circular el rumor de que Caracol Televisión pensaba llevar a la pantalla chica la vida de Pablo Emilio Escobar Gaviria, uno de los personajes más siniestros de nuestra historia reciente.

Me parecía increíble, sentía que ya el tema del narcotráfico había tocado techo y que a nadie le interesaría. Mucho menos tratándose de la vida de un narco terrorista de semejante envergadura. La verdad, no quería saber nada del tema; para mí, interpretar la vida de tres narcos, dos de forma consecutiva, era sencillamente un absurdo, la puerta de entrada al cementerio del actor, el encasillamiento perpetuo. Pero como al que no quiere caldo se le dan dos tazas, la llamada no tardó en llegar.

Varias veces me invitaron a hacer el castin y varias veces me negué, me hice el loco, el ocupado, el enfermo, que me acababan de sacar una muela… Hasta que Juana Uribe —productora ejecutiva del proyecto— me llamó muy seria y me increpó: “¿Será que el doctor necesita una tarjeta de invitación para venir a presentar el castin?”. A la mañana siguiente, muy tempranito, estaba en los estudios de Caracol, bien peinado y con el rabo entre las patas presentando el castin de Escobar, el patrón del mal.

La primera orden recibida fue bajar de peso; había hecho un buen castin y con algo de maquillaje podría quedar bastante parecido al personaje, pero había un problema: estaba demasiado gordo, servía para el Escobar del final, el que muere descalzo sobre un tejado pesando más de 120 kilos. De tal manera que el proceso creativo comenzó con una cita en la nutricionista y una afiliación a un centro de entrenamiento. Era una carrera contra el tiempo; tenía tres meses para estar a punto, estudiar, investigar y armar a Pablo Escobar.

Como suelo hacer con la mayoría de mis proyectos biográficos, me dediqué por completo a hacer un profundo y juicioso estudio del personaje: videos, entrevistas, artículos de prensa, documentales, libros, fotos, novelas, diarios, apuntes. Poco a poco fui adentrándome en la cabeza y el alma de este hombre terrible, siniestro, de este personaje delirante, poderoso, inagotable, tan lleno de caras, de matices, de contradicciones, odiado por muchos, amado por miles, sin duda alguna el personaje más complejo con el que me he topado a lo largo de toda mi carrera.

Escobar resume en sí mismo toda la naturaleza humana, toda su gama emocional, todos los extremos a los que como especie somos capaces de llegar. Todo. Absolutamente todo está depositado en Pablo Escobar. Por eso atrae, enreda, confunde, genera empatía, admiración, pero al mismo tiempo, pánico, repulsión, náuseas, y como actor, entre más lo conoces más lo quieres conocer, más necesitas sumergirte en ese océano helado y oscuro que es su esencia.

A los tres meses estábamos listos: lo conocía casi en su totalidad. Las horas dedicadas a encontrar su voz y su corporalidad, junto con las eternas pruebas de maquillaje y vestuario, habían dado resultado: entre todos íbamos a tratar de resucitar al hombre que sin duda más lecciones dolorosas le ha dejado al país que nos parió.

Fue un rodaje exageradamente complejo, que le tomó al equipo más de diez meses de trabajo, semanas rudas, jornadas interminables, días llenos de tropiezos y dificultades. Por momentos parecía que el proyecto nos sobrepasaba, nos devoraba. Alguna vez le pregunté a Carlos Moreno, uno de nuestros directores, por qué este proyecto era tan particularmente difícil, y me contestó pensativo: “Creo que hicimos mal el cálculo; lo hicimos basándonos en el tamaño de la caca del animal, pero al animal lo vinimos a ver cuando empezó el rodaje y asomó la cabeza”.

La gente suele creer que “protagonista” es sinónimo de glamur, comodidades, camerinos, flashes, portadas de revista, tapetes rojos y toneladas de plata. Nada más alejado de la realidad. El protagonista es en cambio ese que trabaja de sol a sombra, doce, quince, hasta veintiún horas en un día, el que más escenas lleva, el que graba de lunes a sábado, porque los domingos viaja: Villavicencio, Girardot, Medellín, Santa Marta, Miami, Bogotá; el que aguanta todo el peso de la enorme responsabilidad moral, histórica y social de ponerse encima un personaje de este calibre; el que torea las críticas, la sugerencias y las advertencias de los directivos de un canal, que saben en el fondo que también están jugando con fuego; el que trata de jalar, empujar y motivar a todo el equipo; el que va de una unidad a la otra midiéndose con actores de diversos estilos, escuelas y formas de ser; el que pasa de dos a tres horas diarias sentado en maquillaje; el que tiene que soportar el calor y la humedad insoportable de Nilo, Santa Marta o Girardot, debajo de una peluca, una botarga de espuma y una barba falsa; el que se encierra siete meses en un cuarto de hotel porque, mientras se rueda la serie, salir a la calle es imposible; el que tiene que repetir escenas porque a tal o cual político no le pareció que lo nombraran en el guión, aunque sea de conocimiento público que, así como tantos otros políticos, actores, deportistas, gerentes, abogados, curas, futbolistas, modelos, cantantes, poetas, constructores, inversionistas y hasta humoristas, se sentaban felices a la mesa de Escobar a departir, cerrar negocios y dejarse llenar las cuentas de dinero a cambio de ignorar ciertos detalles de poca monta. Es el que recibe los elogios y se aguanta los insultos y las amenazas, la doble moral de un país que todavía pretende tapar el sol con un dedo en lugar de afrontar su pasado y revisar cuál fue la lección.

La noche que rodamos la última escena me arranqué la peluca y salí de Facatativá a eso de las doce de la noche sin querer despedirme de nadie; estaba asqueado, saturado, agotado, me embargaba un profundo desasosiego, necesitaba reconectarme de urgencia con todo lo que había dejado o perdido diez meses atrás: familia, prometida, amigos y hasta mi hijo, que para la época tenía ocho años y no podía entender por qué ahora pasaba tan pocos días en casa. Escobar me había absorbido por completo, pero yo, y lo digo sin pudor, me lo había tragado entero. Ahora tendría que escupirlo.

Han pasado ya seis años. Escobar, el patrón del mal se convirtió en un fenómeno televisivo mundial: batió récords de audiencia en todos los países donde se emitió y llegó a ser la primera serie latinoamericana de Netflix abierta para el mundo entero.

Gran parte de la responsabilidad la tiene este libro. La serie no solo se basó en el libro de Alonso: La parábola de Pablo fue la columna vertebral investigativa de todos los departamentos, tanto creativos, como de producción de la serie: arte, vestuario, dirección, maquillaje, también de actores, utileros, ambientadores, músicos, camarógrafos, directores de fotografía, diseñadores, libretistas, posproductores… todos tuvimos el libro bajo el brazo, como si fuera nuestra biblia.

El libro fue la base de toda la investigación y se convirtió en mi “bitácora de viaje”, en la “carta de navegación” a la que tenía que acudir siempre que había una duda, una confusión o simplemente cuando sentía que perdía el rumbo.

No existe un libro con tal nivel de rigurosidad histórica, periodística y testimonial. La parábola de Pablo es una radiografía exacta de nuestra historia reciente y su relación con el gran capo de la mafia. Una lectura obligada si se quiere entender cómo pasamos de ser mundialmente famosos por nuestro café, a ser mundialmente famosos por el grado de pureza de la cocaína que aquí se produce. Un texto que nos presenta sin tapujos la complejidad de Escobar y de la aún más compleja sociedad de la década de los ochenta, esa que Escobar dividió en mitades, en la que se infiltró de cabo a rabo y que sometió a su gusto. Revive también a esos héroes anónimos que lucharon incansablemente contra la corriente y terminaron asesinados tratando de evitar lo inevitable: ver un país a merced de la mafia.

Salazar logra con estricto detalle desentrañar una a una las capas que componen el monstruo, pero lo más importante, logra revelarnos a esa monstruosa, hipócrita y doble sociedad que también fue cómplice. Nos da una bofetada, revela una verdad demoledora: Escobar nunca estuvo solo, su escalofriante maquinaria de muerte, crimen, prostitución, corrupción y narcotráfico estaba aceitada por un enorme grupo de ilustres que incluso hoy se pavonean como si aquí nunca hubiera pasado nada. Como lo dice el propio autor en una de sus líneas: “Si la mitad de este país no está en la cárcel por corrupción, es porque Escobar pagaba siempre en efectivo, nunca en cheque”.

He ahí la verdadera apología de esta historia.

Andrés Parra

Actor

INTRODUCCIÓN

La historia de Pablo Escobar que aquí narro ha sido reconstruida con la mirada de diferentes protagonistas que entrevisté a lo largo de los últimos años. Hablé con algunos de sus familiares, con vecinos, con personas que trabajaron para él (desde obreros hasta sus abogados, pasando por los hombres de su organización), con quienes fueron sus víctimas y, además, con quienes lo combatieron desde el Estado o desde la ilegalidad.

Ha sido un trabajo dispendioso encontrar las fuentes, conseguir los permisos para visitar a algunos de ellos en las cárceles o en las casas donde hoy procuran el anonimato y, a veces, fue difícil lograr que rompieran su silencio. Se incluyen también apartes de una entrevista realizada por la periodista Ana Victoria Ochoa a doña Hermilda Gaviria, para un documental aún inédito titulado Madre de espaldas con su hijo.

La reconstrucción de los hechos se alimentó también de fuentes escritas. Entre ellas, los libros que han sido publicados sobre el personaje o sobre episodios relacionados con él. Además, con los centenares de informes periodísticos que sobre el narcotráfico, específicamente sobre Escobar, se publicaron a lo largo de 16 años, y que he inventariado y analizado juiciosamente. Por último, me fueron de gran utilidad manuscritos y correspondencias, varios de ellos inéditos, que algunas personas conservan y que generosamente me facilitaron.

Al final, sumando voces, he tratado de construir una mirada multifacética de un personaje que con solo mencionarse suscita controversia, pero que definitivamente nos marcó y fue el símbolo mayor del estigma que hoy cargamos los colombianos en el mundo entero: el narcotráfico.

Desde luego, en muchos de los episodios existen versiones diferentes y hasta encontradas. En esos casos he procurado incorporarlas.

He creado un personaje ficticio, Arcángel, en boca de quien he puesto opiniones que algunos de los protagonistas no quieren asumir públicamente. Arcángel ha sido igualmente útil, desde el punto de vista narrativo, para presentar algunos hechos que podrían comprometer judicialmente a quienes los realizaron.

Nunca se sabe con certeza cuál es el momento oportuno para adentrarse en una historia de esta magnitud y, sobre todo, cuándo es el momento de contarla. No deja de ser un atrevimiento esta escritura. Pero quizá sea provechoso para Colombia, y en alguna medida para el mundo, evitar que el olvido sepulte las tramas complejas que se tejieron alrededor de Escobar y que, al final, nos quede el retrato pintoresco de un traficante del que simplemente se diga que fue cruel y desmedido.

Este texto no busca revelar verdades judiciales no dichas, quiere contribuir a construir una verdad histórica. Sobre todo, contar que Escobar no es un caso fortuito, sino que es producto de unas circunstancias históricas y culturales específicas de un país como Colombia, que siempre parece a medio hacer, combinadas con el gran negocio del fin del siglo XX: la producción y exportación de drogas ilícitas.

En una de sus acepciones, parábola significa narración de la que se deduce una enseñanza o historia que deja una moraleja. La historia de Escobar interroga a la sociedad toda, a las élites de la política, la economía y las Fuerzas Armadas sobre la coherencia de nuestro Estado y nuestra suficiencia para constituir una nación en la que sea posible la vida en dignidad para todos. E interroga a la comunidad internacional, y en especial a Estados Unidos, sobre el embeleco de mantener una guerra, la llamada guerra contra las drogas, que no ha disminuido el consumo y sí ha creado fenómenos de criminalidad y destrucción de la vida y la naturaleza sin precedentes.

Ubicación de Colombia en América

Departamento de Antioquia

Región del Magdalena Medio Dominios de Pablo Escobar y El Mexicano

CAPÍTULO I

El barrio de los acostados, así le dicen a Montesacro. Se encuentra al sur de Medellín, exactamente sobre una pequeña colina en el municipio de Itagüí, y es un cementerio como cualquier otro: un extenso terreno donde abundan las tumbas a ras de tierra, marcadas por una pequeña placa de mármol y, casi todas, adornadas con flores a punto de marchitarse. Solo que este cementerio alberga a un difunto distinto de los demás: «Aquí yace Pablo Emilio Escobar Gaviria, un rey sin corona», anuncia una placa de mármol puesta sobre su sepultura.

Allí llegué el 2 de diciembre de 1995. Esperaba encontrar la tumba de un príncipe. Imaginaba que quien llegó a ser uno de los hombres más ricos del mundo vivía su posteridad en un mausoleo de mármoles y enchapes de oro, y me desencanté al ver una morada humilde, adornada con pequeños pinos pátula, gladiolos y azucenas.

Había empezado a buscar la historia de este difunto del que básicamente sabía que a todos —a la ciudad y al país— nos hizo sufrir y nos cambió definitivamente. Él, igual que centenares de latinoamericanos, conoció en los inicios de los años setenta el comercio de la cocaína; sabía que daba dinero pero estaba lejos de imaginar que se trataba de una caja de Pandora de la cual brotaron manantiales de riqueza y, luego, como en el mito griego, tempestades y guerras. Unas y otras, riquezas y tempestades, lo llevaron por caminos que nunca había imaginado. Pablo se diferenció entre su gremio porque, además de ser un próspero narcotraficante, convirtió la muerte en un inigualable instrumento de poder, en un gran negocio y en el sino de su vida.

Soñaba con que en alguna parte estaba descrita su verdadera humanidad. Pero en todo lo que dijo, en lo que quedó escrito o grabado, por lo menos lo conocido, él, campeón del mimetismo, siempre ocultó su ser.

Llegué a Montesacro ese día, 2 de diciembre, porque se celebraba, como cada año, el aniversario de su nacimiento y de su muerte, y tendría la oportunidad de ver a doña Hermilda, su madre, y a Arcángel, un hombre que se había hecho popular porque permanecía, desde hacía dos años, como vigía al pie de la tumba. Esperaba, y en alguna medida lo corroboré, que un hombre que cuidaba a un muerto, por días, semanas y años, podía tener el suficiente conocimiento y la suficiente confianza para describirlo con profundidad y sinceridad.

Observé con detenimiento a Arcángel —su tez trigueña y su apariencia de hombre elemental—, estaba limpiando y preparando la escena del homenaje al que considera el muerto más vivo de toda Colombia. Pablo —como lo sigue llamando la mayoría, sin nombrar siquiera su apellido, como si se tratara de un amigo o de alguien familiar— fue su camarada de infancia y un hombre que marcó definitivamente su vida; por eso le guarda una especie de amor perenne que lo lleva a cuidar de su reposo.

Arcángel me contó de la peregrinación incesante que llega a esta tumba. Vienen gentes de todos los rincones, de países lejanos, pero sobre todo colombianos por montones. Algunos vienen por simple curiosidad; otros, a rendirle tributo de admiración, y otros más, a implorarle favores. Unos lo hacen silenciosamente y otros, en cambio, alteran la paz del difunto para complacerlo. Seguramente lo logran porque él siempre gustó de las personas sencillas. «Una madrugada, no hace mucho, un grupo de muchachos llegó, después de una rumba, a saludarlo a gritos y a ofrecerle una botella de whisky que, a manera de homenaje, derramaron sobre el césped».

Por su espíritu guerrero y su generosidad, a Pablo, gente del pueblo lo admiró sin límites. El mismo lo evidenció cuando, recluido en la cárcel de La Catedral, recibió miles de cartas de muchachas, niños, niñas, monjes, sacerdotes, jueces, hermanas de la caridad, deportistas, estudiantes universitarias… «Nadie lo remplaza en el mundo, otro como usted no vuelve a haber, ni ha habido, ni volverá a haber jamás», le escribió una humilde mujer, que vivía en el basurero de la ciudad y recibió una de las quinientas casas que él construyó en el barrio de la Virgen Milagrosa. Otros le pedían perdón para sus vidas, lo felicitaban por haberse entregado, lo alababan o le pedían autorización para ir a verlo. Él mismo le mostró a su mujer una carta donde unas jóvenes de Bucaramanga, universitarias y vírgenes, le ofrecían, como un honor, su sexo.

Dijo Arcángel que llegaban personas que seguían llorando su muerte porque lo consideraban un hombre de buen corazón. Peregrinaban siguiendo señales recibidas en sueños: Pablo les ayudaría a conseguir casa, a pagar las deudas o a ganar la lotería. Quienes ya habían recibido sus favores aseguraban que si dejaban de visitarlo, les iría mal.

Unos y otros convocan el espíritu poderoso de Pablo, el Patrón, entonando, solos o acompañados, rezos con la estampa que lleva su fotografía, y repitiendo con fervor una oración que alguna vez compuso para él una anciana:

«Multiplícame cuando sea necesario;

haz que desaparezca

cuando sea menester.

Conviérteme en luz cuando sea sombra;

transfórmame en estrella

cuando sea arena…».

Arcángel recogía la basura y trataba de detener a los depredadores que arrasaban con lo que encontraban para llevarlo como talismán. A pesar de los cuidados, cada día debía tapar los huecos que dejaban quienes se llevaban manotadas de tierra, y reponía las flores que tomaban en cantidades. El día de máxima alerta es el 2 de cada mes y, sobre todo, un día como este de diciembre, cuando cumple años de nacido y de muerto.

La peregrinación no cesaba. Arcángel veía llegar a unas mujeres hermosas que con cierta regularidad lo visitaban y se marchaban en silencio. «Deben ser hembritas que lo amaron o simplemente le ofrecieron sus gracias buscando recompensas», dice. Ellas, como muchos otros, guardaban partecitas de la vida de este hombre que tanto nos asombró, que tanto nos destruyó y del que muy poco conocemos. En cambio, otros no se resistían a contar anécdotas, llenas de realidades y de imaginerías, que pintaban una historia vertiginosa, difusa y contradictoria.

Arcángel no solo había escuchado a quienes lo admiraban, sino también a quienes le reclamaban con un rencor sin calma. Una madrugada encontró a unos jóvenes que venían de fiesta, zapateando sobre su tumba y gritando: «Así te queríamos ver, rendido a nuestros pies». Le querían cobrar la dinamita estallada que derrumbó edificios, arruinó a comerciantes ricos y pobres y mutiló y mató a centenares de transeúntes anónimos; las ráfagas, las esquirlas clavadas sobre la sociedad; la multiplicación del odio que produjo la estampida de sus guerreros. ¿Cuánto dolor sembró y cuánto dolor alienta aún su fantasma? Hay quienes, en una matemática incierta, le atribuyen 4000 homicidios directos; además afirman que por su influencia se desató la peor epidemia de muerte que haya vivido la sociedad colombiana.

Hoy, 2 de diciembre del 2000, siete años después, el aniversario se celebra como repitiendo un libreto. Llegan los fieles habitantes del barrio Pablo Escobar y, encabezados por un veterano travesti, entonan la novena. «Ahí viene doña Hermilda, su madre, la más fiel en el cementerio», me anuncia Arcángel. Sus ojos claros se dejan ver a través de sus gafas, tiene su pelo cano y con alguna cirugía plástica ha logrado borrar un poco las huellas de los años; se apoya en sus hijas para caminar, pero sigue altiva y entera. Camándula en mano, vestida de luto, se suma a la romería del rezo. Aunque no tiene horario fijo para las visitas —porque no le dan tregua los pobres, que la acechan para pedir su misericordia—, nunca prolonga su ausencia más de tres días, ya que sabe lo importante que es pedir por los difuntos frente a su tumba. «Todas las almas, sin excepción —dice doña Hermilda—, van temporalmente al purgatorio, ya que todos cargamos, por lo menos, con el pecado original de nuestros padres Adán y Eva. Qué tanto se demore uno en el purgatorio depende de la gravedad de sus pecados y de la fe y la intensidad de los rezos». Ella, vuelta sobre su memoria, empezó, como siempre, a hablar de su hijo:

Alabanza propia, vileza conocida, pero la inteligencia Pablo la heredó de mí y la honradez de su padre. Él fue ambicioso, como todos lo somos, quería plata para tener bien a su familia, especialmente para tener bien a sus papás, a sus hermanos y, pues también para mantener a la mujer muy bien tenida. Pero nunca le quitó un centavo a nadie, y como hombre de honor hacía los negocios de boca, no con papeles, y cumplía lo que prometía.1

Al verla, un grupo de jóvenes le pidió la bendición y la alabó por haber parido para este mundo a un auténtico varón, a un hombre como quizá no vuelva a existir en esta tierra. Ella los bendijo, mientras otro de sus familiares les explicaba a unos curiosos el origen de la fortuna de Pablo:

Que, desde pequeño, alquilaba bicicletas y revistas de cómics, aquellas del Llanero Solitario, del Zorro y del Santo que leían los jóvenes de los años sesenta. Que vendía lápidas en los pueblos; que distribuía directorios de la empresa de teléfonos de la ciudad y que, como tenía tanta suerte, se encontraba plata entre los directorios viejos. Que vendía lotería y se la ganaba.

En fin, que pudo amasar fortuna con trabajo y habilidad, que lo demás son calumnias de los gringos, del Gobierno, de los periodistas y de los ricos envidiosos que le impidieron realizar su anhelo de ayudar a los pobres, como se lo ordenaba su buen corazón.

Doña Hermilda va poniendo flores y limpiando otra placa de mármol en la que dice: «Habitas un mundo maravillosamente real: nuestro corazón»; mientras tanto, escucha a Arcángel sobre las romerías que pasan a verlo. Ella dedica su vida a mantener y depurar la memoria de Pablo, a quien vio tirado sobre un tejado, el 2 de diciembre de 1993, cuando cumplía 44 años, unos minutos después de que el Cuerpo Élite de la Policía lo abatiera. Fue el fin de una angustia prolongada por largos años de guerra y confrontación; el inicio de una tristeza, la de la ausencia, de la que aún no logra reponerse. Ella misma lo trajo a este jardín. La masa, como un remolino incontrolable, se saltó la tropa y rompió vidrios para entrar a la capilla. Algunos de esos miles pudieron verlo pero ni esta evidencia los convenció de su muerte.

En ese momento la revista Semana de Bogotá describió así la huella que marcaba en la historia de Colombia:

No dejó gobernar a tres presidentes. Transformó el lenguaje, la cultura, la fisonomía y la economía de Medellín y del país. Antes de Pablo Escobar los colombianos desconocían la palabra “sicario”. Antes de Pablo Escobar Medellín era considerada un paraíso. Antes de Pablo Escobar, el mundo conocía a Colombia como la Tierra del Café. Y antes de Pablo Escobar, nadie pensaba que en Colombia pudiera explotar una bomba en un supermercado o en un avión en vuelo. Por cuenta de Pablo Escobar hay carros blindados en Colombia y las necesidades de seguridad modificaron la arquitectura. Por cuenta de él se cambió el sistema judicial, se replanteó la política penitenciaria y hasta el diseño de las prisiones, y se transformaron las Fuerzas Armadas. Pablo Escobar descubrió, más que ningún antecesor, que la muerte puede ser el mayor instrumento de poder.

Doña Hermilda mira esta vastedad, mar de muertos extendido a sus pies, pero su corazón de madre solo ve la tumba de su hijo. Y se duele de lo que llama su sacrificio y de quienes lo traicionaron: «Quienes no vienen son los torcidos, los que le dieron la espalda — dice—; los ...