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LA TRASTIENDA DE TRUMP

Daniel Estulin  

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Fragmento

Introducción

CAMBIO DE ERA

La gran política y la gran economía van siempre de la mano. En muchos países, las elecciones ya no son un tema meramente nacional o político, sino que también han adquirido una dimensión económica. Esto es especialmente cierto en países como Estados Unidos.

Dicho esto, es fácil ver por qué Donald Trump es en 90% una reacción inevitable a la política exterior de Estados Unidos y, seguramente, también a la política interior, porque hoy en día la línea que separa lo interior de lo exterior se ha desdibujado mucho.

La soberanía nacional ha sido sustituida poco a poco por la soberanía empresarial. Nutridas inicialmente por el Estado, las principales empresas transnacionales, instituciones financieras globales y comunidades internacionales en línea se han vuelto lo suficientemente potentes como para reivindicar políticas independientes y, en algunos casos, dictar las necesidades y oportunidades de países enteros, incluido Estados Unidos.

Estos actores, que no son Estados, son los que dan forma a la actual agenda global. China, posible rival de Estados Unidos, se ha transformado en un gigante económico gracias a la globalización neoliberal, y puede que pronto ejerza presión para llevar a cabo una redivisión geopolítica del mundo.

Lo que estamos viendo hoy en día en el escenario global está tan relacionado con la geografía como con la política. Se está creando un nuevo orden en el que la geografía y el dinero están demostrando ser los triunfos definitivos de la baraja: la geografía se ha convertido en el principal factor en la toma de decisiones económicas. La geografía está generando la primera gran grieta política. La guerra por los cada vez más escasos recursos naturales ha empezado, por no hablar del agua y la comida en una era de explosión global de la población.

Todos sabemos lo que sucede en Oriente Medio: los regímenes laicos están siendo sustituidos por fuerzas antimodernidad. La elección del «caos controlado» como política exterior por parte de los demócratas estadounidenses ha tenido un papel importante en la destrucción de esos regímenes laicos y ha contribuido a la barbarización de grandes territorios y a dar la vuelta a la historia.

Históricamente, ha habido dos grandes tipos de ciclos en Estados Unidos. Periodos de expansionismo, habitualmente dirigidos por demócratas como Wilson, Roosevelt, Truman o JFK, seguidos de periodos introspectivos con republicanos al mando, con la excepción de George Bush hijo. La elección de Trump es la respuesta a la política expansionista, la necesidad de recuperar algo de espacio para respirar y centrarse en los temas nacionales.

«Primero Estados Unidos»; para dar un paso adelante y convertirse en un faro para el resto del mundo, como dijo Trump en su discurso de investidura, Estados Unidos necesita tomarse un descanso. Necesita volver a centrarse, reunir fuerzas y realinear sus recursos. La gran pregunta: ¿cuándo se llevarán a cabo estos cambios inevitables?

Dicho esto, el giro de Estados Unidos para centrarse en temas nacionales es temporal. Se espera que estos problemas internos se resuelvan a costa de inversores y factores extranjeros. Por eso se ha prestado tanta atención a Rusia, China, Irán y el mercado del petróleo. Por eso la inmigración es un tema tan candente, así como el ISIS.

Creo que Estados Unidos seguirá reafirmando su posición, pero por otros medios. Intentará minar a la Unión Europea y a China. Por supuesto, hay que tener en cuenta el nuevo orden global social y tecnológico emergente, que puede tener un gran impacto en todo Estados Unidos y en la economía mundial en su conjunto.

Esto ha sido así desde que la historia moderna sustituyó a la medieval en el momento en que se pusieron en pie las instituciones que distinguen por sí mismas una era de la otra. Eso sucedió en 1439 con el Concilio de Florencia. ¿Cuáles eran esas nuevas instituciones?

El concepto de las repúblicas modernas bajo el gobierno de la ley natural.

El papel central del cultivo de las ciencias y el progreso tecnológico como el mandato otorgado por la República.

Estas dos ideas representan un argumento crucial: su existencia como institución en cualquier punto de Europa cambió a todo el continente. ¿Por qué? Porque estos cambios incrementaron la proporción de desarrollo per cápita y por kilómetro cuadrado de la humanidad respecto a la naturaleza. Así que ninguna nación podía permitirse no progresar, no desarrollarse, por miedo a ser dejada inevitablemente atrás. Esto es lo que se encuentra tras el feroz conflicto de los últimos 580 años entre las fuerzas que representan la cultura clásica de Solón, Sócrates y Platón contra las fuerzas que representan el mal dirigido desde Venecia y sus lacayos modernos, representados por el Estado profundo y las élites supranacionales.

Cualquier innovación tecnológica tiene un impacto internacional directo. Sin embargo, la prevalencia de la capacidad de pago sobre factores productivos acelerará sin duda el proceso de «regionalización» del mundo. Es una forma de poner puertas a la globalización como manera de restringir el acceso a la competencia.

La tendencia a construir esas zonas económicas, corporativas y exclusivas no es nueva. Estamos hablando de los denominados Estados corporativos. Estas zonas exclusivas se están haciendo cada vez mayores y absorbiendo cada vez a más países. Recientemente, un investigador sénior de la New America Foundation publicó un artículo sobre el milagro de un futuro sin Estados.

Según él, estamos volviendo al periodo medieval. En 2030 veremos una nueva Edad Media dominada por paraestados y zonas de economía libre. Será un mundo de ciudades, principalmente portuarias, que tendrán un papel en el intercambio comercial global sin ningún centro de control único. Solo 10% de la población tendrá la suerte de vivir en este bonito y radiante mundo nuevo, mientras que el resto quedará relegado a una existencia bárbara y arcaica.

Todos tenemos que ser conscientes de esto. Pero ¿por qué Trump?

Estados Unidos debe concebirse no como un frente unido, sino como una muñeca rusa que contiene, al menos, tres Estados Unidos distintos. La primera capa es el Estados Unidos de Wall Street, la burocracia de Washington, Chicago, Hollywood y Silicon Valley. Es 1% de Estados Unidos, el Estados Unidos de la prensa escrita, los fondos especulativos, las aseguradoras, etcétera. Venden humo. Es un Estados Unidos que presta a otros, y está representado por Hillary Clinton. Por eso su campaña fue tan dura. Por eso jugaba a la defensiva. La economía del mundo real, incluido el sector servicios, acapara 80 billones de dólares, mientras que el mercado financiero global representa 800 billones de dólares, y si se tienen en cuenta los derivados, la cifra asciende a 1 500 billones de dólares de fraude organizado. En el futuro, alguien va a tener que pagar por estas transgresiones. El grupo de Clinton espera que no sean ellos. Pero ¿cómo pasas el tema sin asumir tus responsabilidades? Esta es una lucha que vale la pena, y este 1% está dispuesto a llevarla hasta sus últimas consecuencias.

Después está el segundo Estados Unidos, que es el postindustrial o corporativo. Apoya la producción y las empresas transnacionales nacidas de la segunda revolución industrial. Trump se convirtió en su voz. Pero, aún más importante para nosotros, es un matrimonio de industrias de la energía, el petróleo y los sectores militares con el de los servicios y la construcción.

Sin embargo, Trump nunca habría ganado si el tercer Estados Unidos no lo hubiera apoyado, al menos de momento, pero quizá también con cierta visión de futuro. Es el Estados Unidos de la alta tecnología. Es el Estados Unidos del conocimiento, de los intelectuales, de las nuevas tecnologías y las telecomunicaciones, que ha emergido en los últimos cuarenta años.

En el escenario global, Trump se ha convertido en símbolo y portavoz de aquellas fuerzas que no están preparadas para sacrificar Estados Unidos a los planes globales y que los esquivarán en nombre de la ideología de «Primero Estados Unidos».

Esta idea representa un cambio radical en el equilibrio de fuerzas en el terreno de juego global y, en consecuencia, un cambio en la dirección en la que está yendo la humanidad. Este es un tema que preocupa a escala universal. Somos testigos de un proceso mediante el cual el mundo entra en una nueva era. Una era marcada por el deseo de liberación nacional de sociedades separadas por fronteras y costumbres estatales que van en contra de un enemigo común: la dominación destructiva de la clase gobernante global en un contexto de derrumbe social inminente debido a la agresión de los especuladores globales de mente liberal.

El nuevo mundo con diversidad de poderes que nos acecha no será nada benevolente. Será horrible, estará lleno de conflictos y se parecerá al periodo entre las dos guerras mundiales, con su feroz nerviosismo del todos contra todos, que permitió formar las fantasmagóricas alianzas de la Segunda Guerra Mundial que llevaron, por ejemplo, a Polonia y Alemania a luchar contra Checoslovaquia y la Unión Soviética.

¿Cuál es la solución? Estamos ante la materialización de la amenaza real: la creencia enquistada de que debemos observar a los dioses de los principales medios de comunicación corporativos en busca de la verdad y el significado, y arrodillarnos como comulgantes neófitos ante las catedrales tecnoteatrales como acólitos de las prácticas de un brujo. El hombre moderno sigue siendo religioso, incluso en nuestra era gobernada por la ciencia. Lo único que ha hecho ha sido cambiar sus antiguos sacerdotes y dioses por unos nuevos, y en este libro voy a descifrar quiénes son y cómo ha sucedido esto.

DANIEL ESTULIN
Toronto, 21 de junio de 2017

PRIMERA PARTE

DONALD J. TRUMP,
PRESIDENTE DE ESTADOS UNIDOS

1

LA INSURRECCIÓN

El principal conflicto de nuestro tiempo es el relacionado con la guerra y la paz. Durante dieciséis años, bajo los mandatos de George W. Bush y Barack Obama, Estados Unidos ha estado en guerra; una guerra colonial permanente que ha incluido cambios de régimen, revoluciones de colores, matanzas masivas con drones y asesinatos. Después, sobre todo durante el gobierno de Obama, hemos sido testigos de una gran escalada hacia el enfrentamiento militar estratégico contra Rusia y China.

Donald Trump no es un presidente

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