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LAS BOLAS DE CAVENDISH

Fernando Vallejo  

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Fragmento

A Einstein me lo imagino como un hombre sucio envuelto en una nube de humo de marihuana. ¡Con que el espacio-tiempo! No. Lo que hay es el espacio y el tiempo, por separado, y ambos son realidades mentales, turbulencias del cerebro. Por fuera de mi cabeza no existen. El espacio lo concibo como el vacío que ocupo, y que me pertenece solo a mí y a nadie más. En cambio este instante en que te hablo, hombre Vélez, y en el que te resumo el tiempo, me pertenece tanto a mí como a ti, y de paso a todas las estrellas de todas las galaxias por muy lejos que estén, si es que aún existen y no se las han tragado los agujeros negros. ¡Se tragan hasta la luz de Einstein!

Así pues, querido Vélez, en mi aquí y ahora mi aquí es solo mío, pero mi ahora es también tuyo y de todos: del rey, del papa, del último mendigo. Y así como no existen en la realidad física ni el espacio ni el tiempo, tampoco los números: son otras excrecencias cerebrales. Concéntrate y piensa: si ves tres manzanas caídas abajo de un manzano (digamos el viejo manzano de Newton en el Trinity College de Cambridge para hablar en términos concretos), y te pregunto: «¿Cuántas manzanas hay ahí caídas, Vélez?», tú me contestarás que tres, pero no: en la realidad que existe afuera de tu brumosa cabeza, en el duro suelo sobre el que se alza el manzano, no hay tres sino esto: una manzana, una manzana y una manzana. Tres manzanas separadas que tú juntas en el número 3. A Newton una de esas manzanas separadas le cayó en la cabeza y le encendió el foco y por fin, después de un esfuerzo de años tratando de entender, entendió que así como cae una manzana sobre la cabeza de un filósofo natural (o sea de un físico), de igual modo gira la Luna en su órbita en torno a la Tierra; y que si bien en física girar es girar y caer es caer, en astronomía girar es caer. Al girar en torno a la Tierra la Luna va cayendo instante por instante, pero eso sí, perpetuando eternamente su caída. Esta es la diferencia que hay entre la Luna y una manzana: la Luna nunca acaba de caer, la manzana sí. ¿Dónde está entonces la genialidad de Newton? En haber juntado la astronomía con la física. La astronomía poco más se entiende; la física, nada. Entonces te pregunto una cosa, Vélez, tú que tienes un hijo matemático: ¿si multiplicamos poco por nada qué nos da? Nada.

Ya sé que tú sostienes que la física no tiene por finalidad entender sino predecir y medir. No, Vélez, te equivocas. Yo quiero entender qué es la gravedad. Y la luz. Me dirás que la luz es una radiación electromagnética, pero como ni tú ni yo entendemos la electricidad ni el magnetismo, tu respuesta me sirve tanto como prenderle un foco a un ciego o darle limosna a un muerto. ¿De qué me sirvió el año y medio que le dediqué a Newton, a los abstrusos teoremas sobre la gravedad de sus Principios matemáticos de filosofía natural (Philosophiae Naturalis Principia Mathematica como los tituló en latín, que es en lo que los escribió), si al final del Escolio General con que termina el mamotreto me sale con que no sabe qué es la gravedad?

Gravitas in solem componitur ex gravitatibus in singulas solis particulas, & recedendo a sole decrescit accurate in duplicata ratione distantiarum ad usque orbem saturni, ut ex quiete apheliorum planetarum manifestum est, & ad usque ultima cometarum aphelia, si modo aphelia illa quiescant. Rationem vero harum gravitatis proprietatum ex phænomenis nondum potui deducere, hypotheses non fingo. Quicquid enim ex phænomenis non deducitur, hypothesis vocanda est; & hypotheses seu metaphysicæ, seu physicæ, seu qualitatum occultarum, seu mechanicæ, in philosophia experimentali locum non habent.

Te traduzco, Vélez, porque sé que con todo y tu cultura wikipédica que va del Big Bang al Homo sapiens no sabes latín pues no estudiaste en el seminario como yo. ¡Qué importa! No te estás perdiendo nada.

La gravedad del Sol consiste en la de las partículas de que está compuesto, y alejándonos de él, hasta la órbita de Saturno, disminuye según la distancia elevada al cuadrado, como se ve claramente por la quietud de los afelios de los planetas, y hasta de los más remotos afelios de los cometas, si es que también están quietos. Pero hasta ahora no he podido descubrir la razón de las propiedades de la gravedad por medio de los fenómenos, y no invento hipótesis; porque lo que no se deduce de los fenómenos hay que llamarlo hipótesis, y estas, metafísicas o físicas, de propiedades ocultas o de propiedades mecánicas, no caben en la filosofía experimental.

Cuando Napoleón le preguntó a Laplace que por qué Dios no figuraba en sus obras, el autor de la Mécanique céleste y de la Exposition du système du monde, el matemático, el astrónomo, el Newtoncito francés que se las sabía todas, conde del Imperio y marqués de la Monarquía (más acomodaticio que político de la democracia de tu país, Vélez, que está en bancarrota), le contestó recurriendo a la misma palabra que usó Newton para terminar su libro: «Señoría, yo no necesito de esa hipótesis». Pues no necesitaría de esa hipótesis el marqués-conde, pero él es el de la hipótesis de los agujeros negros que tanta guerra nos están dando y que ya se le tragaron el seso a Stephen Hawking. Parece que en el centro del Universo hay un gran agujero negro en torno al cual giran los demás agujeros negros con todas las galaxias. ¿Sabes cómo se llama este Inmenso Agujero Negro? Se llama Dios. Gracias a Dios 150 mil millones de galaxias no se desperdigan como ovejas desbalagadas por el espacio infinito.

Y no me vayas a salir ahora, Vélez, con el cuento del redshift o corrimiento hacia el rojo de los espectros electromagnéticos de las galaxias de Hubble y que el espacio-tiempo se expande, tal como por la

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