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LAS BRUJAS DE SAN PETERSBURGO

Imogen Edwards Jones  

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Fragmento

Lista de personajes

Gran duquesa Militza Nikoláyevna. Segunda hija del rey Nicolás

de Montenegro, que tuvo doce hijos, de los cuales solo nueve llegaron a la edad adulta.

Gran duque Pedro Nikoláyevich. Primo del zar Nicolás II de Rusia, casado con Militza.

Gran duquesa Anastasia (Stana). Tercera hija del rey Nicolás de Montenegro.

Jorge Maximiliánovich. Sexto duque de Leuchtenberg. Primer esposo de Stana.

Gran duque Nicolás Nikoláyevich (Nikolasha). Hermano del gran duque Pedro Nikoláyevich, comandante en jefe del ejército ruso, virrey del Cáucaso y primo del zar Nicolás II. Segundo esposo de Stana.

Zar Nicolás II (también llamado Nicky). Reinó como emperador de Rusia de 1894 a 1917.

Zarina Alejandra Fiódorovna (nombre de soltera: princesa Alejandra de Hesse-Darmstadt, también llamada Alix y Sunny). Emperatriz de Rusia.

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Sus hijos:

Olga.

Tatiana.

María.

Anastasia.

Alejo, el zarévich.

Gran duque Jorge Aleksándrovich (Georgie). Hermano pequeño del zar Nicolás II; murió de tuberculosis en una cuneta en Georgia a la edad de veintiocho años.

Emperatriz viuda María Fiódorovna (nombre de soltera: princesa Dagmar de Dinamarca, también llamada Minny). Viuda de Alejandro III; madre del zar Nicolás II.

Gran duquesa Isabel Fiódorovna (Ella). Hermana mayor de la zarina; casada con el gran duque Serguéi Aleksándrovich, tío del zar.

Gran duquesa Vladimir, María Pávlovna (también llamada Miechen). Una de las mujeres más ricas de toda Rusia.

Gran duque Vladimir Aleksándrovich. Esposo de María Pávlovna y tío del zar.

Conde Félix Sumarókov-Elston (también llamado conde Yusúpov). Casado con la princesa Zinaida Yusúpova, la mujer más rica de toda Rusia. Padre de los príncipes Nicolás y Félix Félixovich.

Príncipe Félix Yusúpov. Casado con la princesa Irina Alexándrovna, hija de Xenia (hermana del zar Nicolás II) y Alejandro Mijáilovich (Sandro); uno de los asesinos de Rasputín.

Anna Výrubova (Taneyeva de soltera). La mejor amiga de la zarina.

Doctor Shamzaran Badmayev (conocido también como doctor Peter Badmayev). Apotecario, filósofo y proveedor de drogas exquisitas; nacido en el Tíbet.

Condesa Sofía Ignátiev. Anfitriona de los salones negros.

Philippe Nizier-Vachot (Maître Philippe). Gurú y martinista de Lyon, Francia.

Grigori Yefímovich Rasputín (Grisha). Hombre de Dios, hierofante y místico oriundo de Siberia.

PRÓLOGO

10 de febrero de 1911

Znamenka, Peterhof

Aporrearon la entrada a palacio con los puños. Las pesadas puertas de madera temblaban en las bisagras y unos gritos sanguinarios se elevaron hacia la noche.

—¡Abrid! ¡Policía! ¡Abrid en nombre del zar!

Militza se encontraba en el vestíbulo. Le oía jadeando de miedo desde detrás de la pesada cortina de seda. Miró hacia el otro lado. Sus ojos claros la observaban desde la oscuridad. El hombre más poderoso de Rusia por fin le pedía ayuda. Había llegado empapado de sudor, la ropa calada, los pies desnudos morados de frío. Había llegado recorriendo los bosques a toda velocidad, como un ciervo perseguido por una manada de lobos hambrientos, le había suplicado su protección, se la había implorado, prometiéndole lo que fuera, cualquier cosa... y ella apenas había podido contener su satisfacción.

Volvieron a aporrearla. El cristal de las ventanas de la parte delantera del palacio tintineaba. Parte del personal doméstico, unas sesenta almas, se había congregado ahora en la escalera. Algunos estaban asombrados; otros, con expresión dudosa; otros se daban las manos con fuerza en un gesto de terror. Todos tenían la mirada fija en las puertas. Era una época peligrosa; se respiraba cierto tufo a revolución en el ambiente y podía suceder cualquier cosa. El lacayo con librea color granate se dispuso a abrir la puerta.

—¡Espera! —ordenó Militza, que dio un paso adelante y alzó la mano. Se quitó una peineta de diamantes del cogote, dejó caer su larga melena oscura sobre los hombros y se abrió en parte el vestido de terciopelo rojo—. Ahora —dijo con un asentimiento.

El lacayo corrió el cerrojo de latón y abrió los portones. Una gélida ráfaga se apoderó del vestíbulo. Ante ella encontró un grupo colérico formado por una veintena aproximadamente de agentes de policía. Vestían túnicas azul marino y cascos de piel de cordero; fueron a por ella despidiendo un vaho blanco y con los ojos desorbitados al ver a su presa. El joven agente que estaba al mando se abalanzó sobre ella.

—¡Es más de medianoche! ¡Por el amor de Dios! —exclamó Militza, santiguándose—. ¿Qué hacéis despertando a los moradores de mi hogar a estas horas?

—¿Dónde está? —bramó el agente, inclinándose y echando un vistazo alrededor del vestíbulo.

—¡Cómo te atreves! —Militza se mantuvo firme.

—Lo siento. Alteza Imperial. —El joven retrocedió ligeramente, con las mejillas marcadas por el arrepentimiento, sujetando un trozo de papel—. Buscamos a Rasputín. Grigori Yefímovich Rasputín...

—¡El demonio! —gritó alguien.

El joven agente se dio la vuelta.

—¡Calla! —gruñó. Se volvió poco a poco y, limpiándose la boca en la manga del abrigo, sonrió—. Creemos que vino por aquí.

—Pues siento decepcionarte —repuso Militza, devolviéndole la sonrisa—, pero he estado aquí, sola, toda la tarde, y como puedes ver... —Bajó la mirada hacia la piel blanca, suave, que mostraba con toda la intención—. Estoy a punto de retirarme.

El joven desvió la mirada enseguida. La mujer había conseguido desconcertarlo, pero había sido un efecto momentáneo.

—Me gustaría tener permiso para registrar el palacio.

—¿Dudas de mi palabra? —Militza lo fulminó con la mirada.

—¡Bruja! —gritó alguien desde el fondo del grupo.

—No está aquí —dijo ella, haciendo caso omiso de la acusación. Se hizo a un lado y lo retó a cumplir con su palabra—. Os doy permiso para registrar el palacio del gran duque Pedro Nikoláyevich, primo del zar, si así lo deseáis, pero no encontraréis a ese cerdo.

La mera mención del nombre de su esposo los hizo detenerse. Al menos algunos títulos seguían infundiendo un atisbo de respeto, temor incluso, a pesar de lo volátil de la situación.

—No será necesario, Alteza Imperial. —Hizo una pausa y la miró de hito en hito. La expresión de Militza se mantenía impasible y su cuerpo totalmente inmóvil. Siempre se le había dado bien mentir. Los pies de los hombres presentes arañaban el suelo, sedientos de lucha, pero el agente no tenía agallas para hacer un registro—. Sabemos con certeza que Rasputín vino por aquí. —Militza seguía mirándolo con una media sonrisa en los labios—. Así pues... —El agente carraspeó—. Haremos guardia en la entrada de vuestra finca. Al fin y al cabo, tenemos el deber de protegeros.

—Protegedme, claro. —Ella asintió y percibió la juventud en el rostro del agente, cuyo bigote rubio a duras penas le cubría el labio superior—. Qué amable por tu parte. Enviaré un refrigerio caliente para tus hombres.

—No es necesario, Alteza Imperial. Mis hombres no pasarán frío.

Las puertas de madera se cerraron de golpe y Militza cerró los ojos poco a poco, aliviada, antes de volverse para indicar al servicio que se retirara. Rasputín esperó a que estuvieran todos fuera antes de descorrer la cortina. Salió de entre las sombras y caminó hacia ella con los brazos extendidos. Él la atrajo hacia sí y la rodeó con sus brazos. A Militza se le encogió el estómago.

—Gracias —le susurró él al oído. Su aliento cálido la hizo estremecerse—. Que el Señor te bendiga. —Le besó el dorso de las manos con los labios secos, su barba áspera le cosquilleó la piel y el olor acre de su pelo fétido le inundó las narinas. Él alzó la vista—: Saldré por la entrada del sótano y me dirigiré hacia el mar. No te molestaré más. —Volvió a rozar con sus labios ásperos el dorso de su mano—. Estoy en deuda eterna contigo.

Era ahora o nunca, pensó ella. Había acudido a ella por voluntad propia. Solo funcionaría si era dócil. Y ahí estaba. Era el momento.

—Quédate —repuso un poco demasiado rápido. Él se mostró desconcertado—. Estás frío —añadió. Él vaciló—. Y debes de estar hambriento, muerto de hambre. Tenemos pastelillos, Madeira. Todo lo que te gusta. Deja que te caliente y te dé algo de comer.

—Pero ¿y los soldados?

—Es posible que hayan cambiado muchas cosas, pero nadie dudaría de la palabra de una gran duquesa. —Sonrió con gesto alentador—. Pronto desaparecerán para ir a buscar vodka al pueblo.

Al cabo de media hora, un sirviente llevó una bandeja de pastelillos y de vino de Madeira al salón privado de Militza. Era una estancia íntima donde guardaba sus obras filosóficas y religiosas más preciadas; era poco habitual que recibiera invitados ahí. El fuego estaba bien alimentado y Rasputín yacía en el diván de terciopelo color melocotón con el respaldo de capitoné, su ropa húmeda despedía vapor y la pequeña maleta de cuero con sus posesiones se encontraba junto a él en el suelo.

Militza estaba ante sus pies nudosos, lavándoselos en un barreño de agua caliente y perfumada.

—Relájate —le dijo ella para calmarlo.

—¿Siguen estando ahí fuera? —Se incorporó y miró nervioso hacia la ventana—. Noto su presencia y huelo su sudor; tienen los ánimos encendidos, la noche es fría y lo será todavía más. El amo no podrá mantener a sus perros de caza a raya durante más tiempo.

—No osarán. Aquí estás a salvo.

—¿A salvo? —resopló él—. Ninguno de nosotros está ya a salvo, ya no.

—¿Qué les ha pasado a tus zapatos? —preguntó ella, escurriendo la toalla y dejando que el agua tibia goteara entre los dedos de su pie. El olor dulzón del sándalo indio impregnaba los vapores que iban llenando el ambiente.

—Los perdí en el bosque. Me quité las botas en el tren y no tuve tiempo de ponérmelas antes de verlos en la estación. ¡Tuve que saltar del tren en marcha para alejarme de esos cabrones! Tienen intención de desterrarme de la ciudad. ¿Yo? De la ciudad. ¡De mi ciudad! —Se echó a reír—. ¡No saben con quién están lidiando!

Permaneció sentado en silencio mientras Militza continuaba lavándolo. La gravedad de su situación le había asombrado. Lo había pillado totalmente desprevenido. No volvería a cometer el mismo error. ¿Quién los había enviado? ¿Quién le había traicionado? ¿Acaso no sabían quiénes eran sus amistades? ¿Lo poderoso que era? Seguro que pagarían por ello.

El calor de la estancia, el crepitar del fuego, el vino, los pastelillos y el agua que goteaba con suavidad fueron urdiendo su hechizo soporífero. Poco a poco, se recostó en el diván y cerró los ojos, tenía la cabeza relajada, la boca ligeramente abierta mientras se humedecía los labios con suavidad. Disfrutaba de la calidez del agua y de la suavidad del tacto de ella, que volvió a coger el frasco de aceite. Lo había elegido con esmero. Sándalo: el hacedor de sueños. Y aquel era su momento. Le costaba creer que hubiera llegado tan pronto después de pedirlo. Sin duda las Parcas habían sido benévolas. Le secó los pies con una toalla y, acto seguido, vertiendo unas cuantas gotas del aceite justo por encima de los dedos del pie, empezó a masajearle el líquido por la piel agrietada. Sus dedos ágiles se movían con destreza por el puente del pie, su tacto sensual lo hacían gemir de forma inconsciente. De repente, abrió los ojos.

—¿Qué me estás haciendo, mujer? —bramó, apartando los pies—. ¿Qué malvado hechizo tramas ahora?

—No seas ridículo. Recuéstate y deja que cuide de ti.

—¿Por qué? —preguntó precavido, intentando interpretar la expresión del rostro de ella—. ¿Qué planeas... bruja?

—¡Precisamente tú no deberías llamarme de ese modo! —Se echó a reír con la mayor ligereza de la que fue capaz, intentando controlar el creciente rubor de sus mejillas.

Rasputín se inclinó hacia delante. A Militza el corazón le latía con fuerza. Notaba el metal frío del crucifijo de oro que él llevaba mientras se balanceaba en contacto con la carne cálida de sus pechos. Él respiraba con pesadez.

—Basta ya de artimañas —musitó, recorriendo lentamente el cuello de ella con la yema rugosa de su dedo. Militza volvió a estremecerse con una mezcla embriagadora de temor y deseo cada vez mayor.

—Déjame ser la Magdalena de tu Cristo —susurró, mirándolo a los ojos. Vio que tenía las pupilas dilatadas. ¿Era natural? ¿O es que así lo había querido él, tal como sabía que era capaz de hacer?

Se produjo una pausa. Militza no osaba ni moverse ni respirar..., y entonces Rasputín soltó una sonora carcajada. Echó hacia atrás la mandíbula barbuda y su cuerpo grande tembló mientras el crucifijo le danzaba sobre el vientre.

—Como gustes. —Rio entre dientes, se recostó y volvió a colocar los pies en la toalla—. Como gustes, mi pequeña... zorra.

Militza se hizo eco de su risa con el máximo entusiasmo del que fue capaz, y en cierto modo consiguió controlar lo suficiente el temblor de sus manos para proseguir con el masaje. Masajeó con fuerza y profundidad, subiendo desde sus fuertes tobillos y bajando por entre los dedos, gruesos y separados, del pie. Quedaba claro que no era la primera vez que había corrido descalzo por el bosque. Vertió más aceite; le empezaban a doler las manos, pero se obligó a continuar, tarareando suavemente para sus adentros. «No falta mucho», pensó. Hacía falta una voluntad de hierro para no sucumbir al sueño. Y, claro está, el pecho de Rasputín empezó a levantarse y hundirse poco a poco. Al cabo de un rato empezó a roncar.

¡Por fin! Militza se puso de cuclillas durante unos momentos para permitirse un descanso. Lo podía matar en ese mismo instante, mientras yacía allí, roncando y con la boca entreabierta, exhalando por los huecos ennegrecidos de sus dientes sucios. Podía cortarle el cuello, hundirle un puñal en el corazón podrido y artero: resultaría fácil y rápido y nadie tendría por qué saberlo, y mucho menos la zarina. Incluso podía darlo de comer a los perros del exterior. Pero él era su creación, su criatura, su amante bien dotado y todavía no había acabado con él.

Rápida y silenciosamente, cruzó su tocador para coger la muestra de costura que había dejado esa misma tarde en el brazo del sofá. La levantó y, de abajo, rescató unas tijeras de oro tallado. Volvió a arrodillarse junto a los pies de Rasputín y, con mano lenta y diestra, se puso manos a la obra. Tenías las uñas de los pies duras y eran difíciles de cortar, pero, una por una, las fue cortando y las mantuvo lo más enteras posible y en forma de luna nueva. Cuando recogió los diez extremos los guardó con esmero en una hermosa caja de madera.

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28 de agosto de 1889

Peterhof, San Petersburgo

Desde un buen comienzo, Militza sabía que no iba a funcionar. Ella era así. Sabía cosas, veía cosas, notaba cosas... Lo llamaban clarividencia. Veía cuándo había malos presagios..., y los presagios nunca mentían.

Había encendido una vela la noche anterior, algo que ella y su madre siempre habían hecho, un poco de magia apotropaica para ahuyentar el mal. Se colocaba una vela encendida en la ventana para disipar la oscuridad, para atraer a la luz y la buena fortuna. Pero se apagaba una y otra vez. Había brisa, un viento indeseable, lo cual significaba que, por muchas veces que encendiera la llama, parpadeaba y oscilaba hasta apagarse.

Como es natural, no se lo contó a su hermana. Anastasia era dos años menor y ya estaba lo bastante alterada, tanto que se había despertado hecha un mar de lágrimas. ¿Qué tipo de novia se despierta llorando el día de su boda?

—No puedo —sollozó, incorporada gracias a un montón de suaves cojines blancos—. Es que no puedo.

En aquel momento, Militza no había sabido qué hacer. Anastasia lloraba desconsoladamente; su cabello oscuro, que le enmarcaba el rostro, se le adhería formando rizos húmedos a las mejillas mojadas. Sus grandes ojos negros apesadumbrados y llenos de patetismo.

—¡Tienes que ayudarme!

—No está tan mal —se oyó Militza diciéndole a su hermana—. Es un buen partido.

—¿Cómo puedes decir tal cosa? Es dieciséis años mayor que yo, ha estado casado con anterioridad, y...

—Y es quien papá ha elegido.

—Solo hace cuatro semanas que lo conozco. ¡Cuatro semanas! Tiene los ojos fríos y el corazón incluso más frío. ¡Oh, cielos! ¿Por qué papá no escogió a otro?

—Tiene sus motivos, y de nosotras dos espera que cumplamos con nuestra obligación. —Militza acarició el cabello húmedo de su hermana intentando consolarla. Pero fue en vano.

—¡Quiero casarme por amor! —exclamó. Se desplomó de nuevo en la cama y contempló el techo ornamentado del Gran Palacio.

El borde con motivos florales dorados brillaba bajo el sol de primera hora de la mañana, la araña de cristal resplandecía y se mecía un poco por efecto de la brisa. La opulencia y esplendor de su entorno resultaban totalmente abrumadores.

Militza se echó a reír, le costaba creer lo que su hermana acababa de decir.

—¡No seas tan ingenua, Stana! Las mujeres como nosotras no se casan por amor.

¡Qué típico de Anastasia! Incluso durante la infancia en la corte de su padre en Cetinje, Montenegro, cuando correteaban por los pasillos estrechos de su acogedor palacete con paredes rojizas y contraventanas blancas, Anastasia había sido la romántica; la que creía en los cuentos de hadas que su madre les contaba. Los escuchaba, con ojos abiertos como platos, sentada sobre sus rodillas y jugando con muñecos de madera mientras planeaba su boda. Siempre había sido fantasiosa, siempre había pensado, siempre había sabido que algún día llegaría su príncipe. De entre todas las hermanas —y según los últimos recuentos eran nueve—, Anastasia era la soñadora, la romántica. Incluso la creencia de los montenegrinos de que las hijas eran una desgracia parecía pasar de largo con ella. Hacía caso omiso de las conversaciones interminables de sus padres sobre el dinero y sobre la escasez de pretendientes, se mantenía inmune al hecho de que su padre estuviera construyendo un convento a la orilla del lago Skadar por si tenía que albergar a su cada vez mayor camarilla de hijas inútiles, y hacía oídos sordos a las intrigas y planes para librarse de tantas mujeres que salían caras.

Así pues, cuando las hermanas fueron invitadas a San Petersburgo, por orden del zar Alejandro III, Stana fue la primera en emocionarse, la primera en entusiasmarse, atolondrada ante la idea de la ropa, las fiestas, el torbellino de la vida social, y, a diferencia de Militza, fue la última en darse cuenta del plan.

—Las mujeres como nosotras se casan por dinero —le recordó Militza a su hermana—. Nos casamos por la posición, la seguridad y el estatus, y como no tenemos ningún...

—¡Pero si somos princesas!

—De un remanso feudal que ni siquiera posee un ejército como Dios manda.

Stana mostró su asombro.

—Las dos sabemos que es verdad —continuó Militza—, y por eso tenemos que aceptar lo que nos den, tomar como esposo a quien nuestro padre escoja, que siempre será alguien que él considere útil, que pueda hacer algo por él y por nuestro país. ¿Y nuestra labor? Nuestra labor consiste en traer hijos al mundo. Varones. ¡Somos un par de yeguas de cría! Por eso nos invitó aquí el zar. Es lo que sabemos.

—Una yegua de cría... —Suspiró.

—¡Tienes casi veintiún años, Stana! Ya no eres joven. Ya no puedes albergar fantasías infantiles acerca de que un príncipe azul te rescate de tu destino.

—¡O sea, que van a vendernos por treinta monedas de plata!

—¡Un poco más que eso, espero! —Militza se echó a reír. Su hermana, no—. No podemos elegir —reconoció Militza con voz queda.

—Una vida sin posibilidad de elección —Stana miró fijamente a su hermana y negó con la cabeza— no es vida.

—Es nuestra obligación.

—¿Obligación para con quién?

—Para con nuestro padre, nuestro país. —Hizo una pausa—. Sinceramente, no está tan mal. Y lo que hay que hacer es esperar, rezar para que, con el tiempo, llegues a amar a tu esposo.

—¿Tú amas a tu esposo? —preguntó Stana, incorporándose.

Militza sonrió.

—No ha pasado tanto tiempo.

De hecho, hacía apenas cuatro semanas que había dejado de ser la novia. Su matrimonio también había sido concertado por su padre y el zar. Incluso se había sentado al lado de Alejandro III mientras brindaba por la unión entre ella y su marido, su primo el gran duque Pedro Nikoláyevich.

—Brindo a la salud de mi único amigo fiel y sincero de Rusia —había dicho Alejandro antes de llevarse la copa de oro a los labios. No se había mencionado para nada la felicidad, ni la alegría ni el amor del tipo que fuera. Eso no significaba que Pedro no fuera encantador (lo cierto es que lo era), pero el verdadero motivo que había tras la unión no había pasado desapercibido a los periodistas.

—Sería imprudente pasar por alto los sentimientos de ternura que provocó esta celebración —decía uno—. Pero sería insensato no reconocer todas las grandes razones nacionales y políticas que han unido, mediante la amistad y los vínculos familiares, a la poderosa Casa Real de los Románov de Rusia y la modesta corte de Montenegro.

—«La modesta corte de Montenegro»... —Militza sonrió con arrepentimiento y pesar. Esa frase había enfurecido, puesto rojo de ira, a su padre. Se volvió para mirar por la ventana hacia los jardines bien cuidados de más abajo. Qué hermoso día. El cielo matutino estaba despejado y fresco, perfecto para una boda; las fuentes de Peterhof relucían como copas decadentes de champán burbujeante y una brisa tibia soplaba desde el golfo de Finlandia. Ella y Stana eran jóvenes y hermosas; las dos tenían motivos para estar muy contentas.

Así pues, ¿por qué sentía el mareo desesperado del desasosiego en la garganta y el nudo prieto del miedo en lo más profundo de su ser?

Militza no se atrevía a mirar a Stana a la cara. ¿Qué podía decirle? Se suponía que ella era la fuerte, la más lista de las hijas, capaz de hablar persa, ruso y francés, así como todas las lenguas de su patria. Ella era la sensata, la que tenía la visión clara. Zorka, la mayor, tal vez fuera capaz de predecir terremotos, y su madre sabía el sexo de los bebés antes de nacer, pero era ella, Militza, quien gozaba del poder real, la que realmente tenía poderes de visualización. Era ella quien hablaba con el Espíritu, la que era tenaz, la que tenía una respuesta para todo. En su familia se la conocía como lectora de runas y oráculos, una sibila a la que siempre le costaba morderse la lengua, así que ¿por qué estaba ahora tan callada? ¿Qué podía decir? ¿Que Stana no tenía más remedio que aceptar a ese duque viudo como esposo? ¿Que el matrimonio era sinónimo de soledad? ¿Que a ella misma le costaba encontrar la felicidad? ¿Que la noche de bodas era algo por lo que había que pasar?

Además, conocía a su esposo, Pedro, y él también sabía de dónde había salido ella. Había recorrido Montenegro con ella, había presenciado los brindis y los fuegos artificiales para celebrar su compromiso. Había navegado costa croata abajo en su hermoso yate blanco para pasar unos días con su familia en Cetinje; había visto su palacio poco fastuoso de pasillos estrechos y contraventanas de madera; había caminado por el montón de maleza que era su jardín que ni siquiera tenía una fuente ni el césped cuidado, y habían regresado a Rusia juntos para contraer matrimonio.

Pero Stana, la pobre Stana, no había tenido tanta suerte. Había conocido a su futuro esposo hacía apenas cuatro semanas, pues su padre lo había elegido de entre el reducido grupo de pretendientes dignos de la boda de Militza. A saber lo que su padre había visto en el viudo con un hijo de siete años huérfano de madre.

Lo único que Militza sabía era que no habría cañonazo de celebración el día de la boda de Stana, ninguna fiesta en el palacio del zar. De hecho, ni el zar y ni su padre siquiera iban a asistir a la boda. Era como si Nicolás tuviera prisa por entregar a Stana, al precio que fuera.

Militza exhaló un suspiro. ¿Qué estaban haciendo ahí? ¿Dos hermanas tan lejos de casa? ¿Cómo era posible que su padre les hubiera hecho eso? No podía evitar pensar lo cruel que era ser mujer, lo cruel que era sentirse indefensa e incapaz de decidir su propia suerte. Sin embargo, no dijo nada, no hizo nada aparte de seguir mirando por la ventana e intentar disipar sus propias aprensiones.

Stana tardó media hora en serenarse lo suficiente para dar sorbos al té. Lo tomaba fuerte y endulzado con un poco de mermelada de cereza que había cogido con una cucharilla de plata. La sirvienta le había llevado una bandeja llena de blinis calientes con nata agria y miel, pero a ninguna de las dos le entraba nada en el estómago.

—Tienes razón —reconoció Stana con rotundidad mientras lamía la mermelada de la cuchara—. No podemos hacer nada. No puedo elegir. Es o Jorge...

—O el convento del lago Skadar.

Intercambiaron una mirada. Debería haber sido un chiste gracioso: era algo acerca de lo que se reían de niñas, que acabarían en el convento que su padre estaba construyendo. Militza había declarado a menudo con tono altanero que ardía en deseos de dedicar su vida al intelecto, sin distracciones. Pero a medida que crecían y cuanto más altos y gruesos parecían los muros del convento, más aterradora parecía esa realidad. ¿Cómo era posible que su padre pensara realmente que aquella era una solución al problema de tener tantas hijas? Cualquier cosa, cualquier sitio, cualquiera —incluso Jorge— sería mejor que el convento del lago Skadar.

Militza se inclinó y cogió la cuchara de la boca de su hermana.

—No hagas eso. Ya no estamos en casa.

—¡Como si no lo supiera! ¡Odio este sitio! ¡El Gran Palacio! —Soltó un bufido—. ¡Es como una jaula! —Stana se levantó de la silla de un salto y caminó hacia los ventanales abiertos—. ¿Por qué tiene que ser él? Se volvió hacia Militza con sus grandes ojos implorantes—. ¿Por qué tiene que ser ahora? Sé que la gente habla. Los oigo murmurar. Noto su mirada. ¿Cuál es el estúpido refrán que usan? «Un presente no invitado es peor que un tártaro.» Pues esas somos nosotras. Un par de tártaras sin invitación. No les gustamos. Nos desprecian. —Hizo una mueca con sus bonitos labios—. Tengo miedo. Estos palacios grandes y fríos me dan miedo. La gente que vive aquí me da miedo y, sobre todo, mi marido me da miedo. No me ama, sé que no. A duras penas es capaz de mirarme a los ojos.

—Te pidió en matrimonio y eso es lo único que cuenta.

—¿Cómo puedes decir eso?

—No sé qué otra cosa decir.

Las hermanas permanecieron sentadas en silencio y se tomaron su té. Lo único que se oía eran las rascadas de la cuchara de Stana mientras removía la mermelada en la taza.

—Ojalá nuestra madre estuviera aquí —dijo Stana, que de repente soltó la taza y dobló las rodillas justo debajo de su mandíbula—. Tanto mamá como papá asistieron a tu boda.

—Todo irá bien. —Militza le apretó la mano.

—Echo de menos nuestro palacete.

Militza miró por el gran ventanal abierto hacia los espléndidos jardines que se extendían más allá.

—Yo también —se apresuró a añadir, dirigiéndose de nuevo a su hermana—. Todo irá bien. No estás sola. Me tienes a mí para cuidar de ti.

—¿Tú? —Los ojos de Stana volvieron a llenarse de lágrimas—. ¿Qué puedes hacer tú?

—Cuidaré de ti.

—Por favor... No estoy segura de poder dar este paso sin ti. Siempre has sido la fuerte, la lista..., la que todos admiraban. —Sujetó a su hermana por los hombros con fuerza—. ¿Me prometes que harás que todo vaya bien? ¡Prométemelo!

La sujetó con fuerza y el dolor que sentía resultaba evidente. Militza miró hacia lo más profundo de los ojos negros de su hermana. Tal vez fuera porque se sentía culpable de que el destino hubiera sido más generoso con ella, tal vez fuera instinto, la responsabilidad de la hermana mayor de cuidar de los demás, o quizá fuera la visión descarnada del corazón destrozado de su hermana, pero Militza no se movió. No desfalleció.

—Te lo prometo —susurró—. ¡Te lo juro! —Enroscó un mechón de cabello detrás de la oreja de su hermana antes de ahuecar la mano bajo la mandíbula—. Juntas podemos conseguir lo que haga falta —dijo con voz suave, antes de besar a Stana en la mejilla.

Al cabo de unos años, Militza recordó, ahí y entonces, que con un besito había sellado el destino de ambas. Estaba obligada para siempre a ayudar a su hermana, a acudir en su ayuda. Se lo había prometido. Se lo había jurado. No había nada más que añadir.

—Sonríe —dijo—. Vas a casarte.

La boda era a las tres de la tarde y Stana tenía mucho que hacer. De acuerdo con la tradición, su vestido tenía el estilo de la corte. Estaba confeccionado con seda blanca, bordado con hilo de plata, perlas y unos cuantos diamantes alrededor del cuello, que tardó más de una hora en ponerse. Con tanto calor era difícil enfundarse las medias finas de encaje, y su nueva doncella, Natalia, tardó una eternidad en subírselas por encima de la rodilla. Acto seguido le tocó el turno a la combinación de encaje para dar volumen al vestido, seguido de las enaguas almidonadas. Le pusieron por encima un vestido más ancho, con hilo de plata y seda. La V invertida de la parte delantera permitía que asomara el otro faldón de tejido de plata más fino. Debido al calor y la humedad elevados propios del final del verano, en vez de la típica cola de terciopelo, Stana había optado por una mantilla sencilla y un velo de un delicado encaje de Chantilly hecho a mano. Iba sujeto a una tiara de diamantes y perlas, el regalo de bodas que le había hecho el zar. Por suerte, Monsieur Delacroix estaba a mano para asegurarse de que su peinado era perfecto. Era un tipo corpulento de tez colorada que llevaba un bigote largo y encerado y que anunció su llegada a bombo y platillo, acompañado de un pelotón de lacayos y con olor a lavanda. Hacía tanto tiempo que Monsieur Delacroix era el peluquero de la corte que sabía más secretos que la policía, más chismorreos que el servicio, pero, sobre todo, era consciente del nerviosismo de las novias y nunca viajaba a ningún sitio sin una botella fría de champán Roederer. Su energía, y por supuesto el alcohol, servían para distender el ambiente.

—¿Os habéis enterado de que la gran duquesa Vladimir está embarazada? —preguntó Monsieur Delacroix mientras peinaba a Stana—. Debe de ser el cuarto o el quinto.

—Qué suerte —repuso Militza mientras sorbía el champán.

—Son muchos hijos —comentó Stana, mirándose al espejo.

—¡Tanto dinero y tantos hijos, pero sigue sin acercarse al trono! —Rio él con su pecho redondeado—. ¿Os acordáis de cuando el zar se vio implicado en ese accidente de tren en Borki, Ucrania, el año pasado? ¿Cuando murieron veintiuna personas? —Subió la temperatura de las tenacillas de rizar—. Se rumorea que ni ella ni su esposo regresaron a Rusia y ni siquiera preguntaron por el estado de salud de su hermano mayor. ¡Se quedaron en Francia de brazos cruzados, profiriendo maldiciones, confiando en que el zar y sus hijos fueran eliminados y heredaran el trono! ¡Ay! —exclamó cuando se quemó el dedo índice con el latón caliente mientras sacaba unas tenacillas del calentador a gas—. No creo que el zar le haya perdonado. Pronto te tocará a ti —bromeó, haciendo una pausa a medio peinarla y asintiendo hacia el vientre liso de Stana.

—¿Yo? ¿Qué?

—Muchos hijos varones, eso es lo que necesitan todas las esposas. —Stana se sonrojó. Como notó la evidente incomodidad de la novia, Delacroix se apresuró a continuar—: La gran duquesa Vladimir ha patrocinado a Cartier para que abra aquí. Acaba de pedir otra tiara rusa de ribete. —Puso en blanco sus pequeños ojos color grosella y se retorció el extremo del bigote—. Por lo que parece, se están volviendo locos intentando adquirir los diamantes, ¡rebuscando por Siberia! No es que la tiara Vladimir tenga parangón, la que recibió cuando se casó. Tiene más perlas que el océano Índico. Creo que quiere más piedras que los Yusúpov, pero nadie puede competir con ellos.

Trabajó con meticulosidad para alisar los cabellos de Stana y formar con ellos los típicos tirabuzones gruesos que hizo que le colgaran sobre cada hombro. Después de cepillar cada rizo, le roció el pelo con una nube de colonia de violeta de Guerlain, París. Por último, cogió la tiara de diamantes con las palmas de la mano y, con sumo cuidado para no ensuciarla de sudor, la colocó en su sitio.

—¡Ahí! —dijo él, manejando con destreza una manecilla—. ¡Perfecto!

Stana se levantó del asiento y se volvió para mirarse en un espejo de cuerpo entero. La tiara, el velo de encaje francés, el vestido plateado, la melena negra suave y con tirabuzones... le costaba reconocerse. Presentaba un aspecto etéreo, una princesa de otra época y lugar. Lanzó una mirada a su hermana, que tenía los ojos empañados de lágrimas.

—Estás preciosa —susurró Militza.

Llamaron a la puerta y Brana, la anciana ama que las hermanas habían insistido en llevar con ellas desde Montenegro, entró arrastrando los pies. Encorvada, vestida con un chal de punto holgado y con el grueso pelo canoso recogido en unas trenzas en la coronilla, presentaba un aspecto inusual en aquel entorno enrarecido. El refinado Monsieur Delacroix retrocedió un paso; incluso Natalia, la doncella, se quedó boquiabierta. Oriunda de la ciudad costera de Ulcinj, una de las capitales de los piratas del Adriático, Brana llevaba con las niñas desde su nacimiento y había cuidado de su madre, Milena, antes que a ellas.

—Como vuestra mamá no está aquí... rosas —dijo, sosteniendo el ramo nupcial bien sujeto. Hablaba en albanés. El peluquero y la doncella no entendían nada—. Y arrayán —añadió con una amplia sonrisa desdentada—. Lo último en moda desde la boda de la reina Victoria, o eso me han dicho.

—¡Oh, Brana! ¡Gracias! —Stana se inclinó para abrazarla y darle un beso en la mejilla enjuta—. ¡Siempre estás en todo!

Stana regresó al espejo. El ramo era el toque final. Se le paró el corazón. De repente, la boda era real y se sintió mareada.

—Todo irá bien. —Se habló a su propio reflejo con la boca seca por culpa de los nervios.

—Ahora tienes que ser valiente —dijo Brana, sonriendo hacia Stana—. Vuestra madre —continuó, rebuscando en uno de los bolsillos de sus faldones— se prometió a los seis años, se casó a los trece, cuando ni siquiera era mujer. Tardó cuatro años enteros en producir. Y miradla ahora... —Sonrió—. Once hijos. —Le tendió una pequeña botella azul a Militza—. Y otro en camino.

—Abre la boca —pidió Militza, que se acercó a su hermana.

—¿Qué es? —preguntó Stana, haciendo lo que se le pedía.

—Láudano. —Militza apretó la parte superior de la pipeta de cristal—. Unas cuantas gotas amargas y luego ya no notarás nada.

Eran aproximadamente las dos y media cuando salieron de Peterhof en dirección a Villa Sergeyevsko en un carruaje abierto tirado por seis alazanes engalanados con rosas blancas. Militza viajaba con su hermana, acompañadas de la numerosa guardia real, cuyos miembros iban vestidos con sus inmaculados uniformes escarlata. Cuando llegaron a la iglesia de mármol blanco a las tres en punto de la tarde, fueron recibidas por una multitud de periodistas y por el fotógrafo oficial de la corte, así como por un montón de curiosos emocionados venidos de las fincas de los alrededores.

—Que Dios me ayude —musitó Stana, dirigiendo sus ojos vidriosos hacia la muchedumbre antes de volver a mirar a su hermana—. Que Dios nos ayude.

El carruaje se detuvo y la multitud se quedó quieta. Las aguardaban unos seis grandes duques ataviados con el uniforme militar de gala, cuyos botones dorados y charreteras resplandecían bajo el fuerte sol de la tarde. Con sus dos metros de altura, Nicolás Nikoláyevich, el recién estrenado cuñado de Militza, sin duda destacaba de entre la multitud. Su nariz recta y su intensa mirada azul e inteligente, además de su bigote elegantemente encerado, lo convertían en una visión agradecida en aquel mar de rostros desconocidos. Él sonrió con expresión alentadora a la novia, que se acercaba.

—Papá estaría muy orgulloso —susurró Militza al oído de su hermana.

—Socorro —masculló Stana con apatía a modo de respuesta.

Stana se levantó en el interior del carruaje y sufrió un ligero vahído: las medicinas, el peso del vestido, el calor estival. Militza soltó un grito apagado, igual que algunas personas de entre la multitud. Stana se agarró al lateral del carruaje para no perder el equilibrio, las manos blancas le temblaban mientras buscaba un asidero. Por suerte, Nicolás Nikoláyevich fue lo bastante rápido para coger a Stana antes de que se cayera. Se abalanzó, empujó a un lado a un lacayo y deslizó las manos con firmeza alrededor de la cintura de ella justo cuando le fallaron las piernas. La acercó con fuerza a su pecho, y la cabeza de Stana cayó contra su hombro; se estremeció al intentar controlarse. Respiró hondo y lo único que fue capaz de oler fue la intensa fragancia a limón de su colonia.

—Gracias. —Sus labios se separaron para dibujar una sonrisa seca. Una gota de sudor diminuta se deslizó por la sien de ella.

—Alteza —repuso él, sujetándola con firmeza por los codos—. ¿Necesitáis un vaso de agua?

—No hace falta.

—¿Un poco de aire?

Stana negó con la cabeza.

—No te preocupes —añadió al tiempo que se volvía para dirigirse a Militza, que parecía estar preocupada—. Solo necesita tiempo. Ve adentro. Cuidaré de ella, te lo prometo.

Militza vaciló, era tarde, debía entrar en la iglesia, pero... Ella volvió a mirarlo.

—Te lo prometo —repitió él, acercando un poco más a Stana a su pecho—. Ve.

Militza asintió y se volvió. En cuanto hubo traspasado las puertas abiertas, el olor empalagoso del incienso y los lirios llenó el ambiente. Olía más a funeral que a boda. La flor y nata de la sociedad de San Petersburgo, iluminada por el resplandor de mil velas, con sus mejores galas y mientras luchaban por ocupar las mejores posiciones, sus diamantes, esmeraldas, rubíes, perlas, oro y sedas plateadas destellaban como una cesta llena de víboras húmedas que se retorcían bajo el sol. Militza quedó cegada por momentos ante tanta opulencia y sujetó el abanico con todas sus fuerzas mientras recorría la iglesia. Notó que las conversaciones se acallaban y que cien pares de ojos se posaban sobre ella. Enfundada en un vestido de seda amarillo, con un collar de diamantes amarillos y la pequeña tiara de diamantes que su marido le había regalado recientemente, escudriñó la iglesia con nerviosismo.

La primera que se le acercó fue la hermana del zar, la gran duquesa María Aleksándrovna, casada con el príncipe Alfredo, duque de Edimburgo, segundo hijo de la reina Victoria. Su tiara de diamantes y rubíes birmanos era impresionante, pero su pequeño rostro redondo estaba impertérrito y denotaba aburrimiento.

Bostezó disimuladamente.

—Aquí estamos todos otra vez. Dos veces en cuatro semanas. —Esbozó una sonrisa forzada mientras daba tres besos al aire cerca de las mejillas de Militza—. Qué calor tan horrible hace hoy. —Agitó su enorme abanico de nácar a modo de demostración—. Y mi hermano no va a venir. Está en Dinamarca. Copenhague. Con la familia de Minny —añadió con un ligero meneo de la corona pequeña que llevaba—. Era un compromiso anterior.

—Qué pena —añadió el príncipe Alfredo, que parecía tan hastiado como su esposa mientras contemplaba la escena—. Sin el zar no es un evento tan lucido.

—¿Y tu padre, el rey de...? —María Aleksándrovna hizo una pausa con toda la intención, mientras jugueteaba con su enorme anillo de rubíes.

—El príncipe heredero de Montenegro. —Militza notaba cómo se le empezaban a ruborizar las mejillas por culpa del enojo. No era la primera vez que alguien fingía no recordar el nombre de su país.

—¿Tu querida madre tampoco está aquí? —preguntó con los labios fruncidos, aunque ya sabía la respuesta.

—Por desgracia, mi madre está recluida.

—¿Cuántos van ya? ¿Diez? —La gran duquesa soltó una risita—. ¡Ni siquiera los antiguos siervos tenían tantos hijos!

—Doce —respondió Militza al tiempo que por fin veía el cuerpo alto y esbelto de su esposo—. ¿Me disculpáis?

Se abrió paso rápidamente entre el frufrú de la seda y el destello de los diamantes que la rodeaban.

—¡Por fin te veo! —Se inclinó para besarla—. ¿Todo bien? —le susurró al oído.

—Le he dado una cosilla para los nervios.

Se incorporó y le sonrió. Pedro vestía un uniforme rojo de los húsares que le sentaba de maravilla, con unas grandes charreteras doradas que hacían que sus anchos hombros destacaran; tenía un brillo especial en los ojos grises y una mueca generosa en los labios bajo el bigote; era un tipo encantador y fogoso que siempre parecía estar a punto de contar la historia más apasionante.

—Buena chica —repuso, dándole una palmadita en el dorso de la mano—. ¡Ojalá me hubieras reservado un poco para mí! —añadió, exhalando un leve suspiro mientras recorría la iglesia con la mirada—. Ha venido bastante gente. Difícil para una chica joven. Buen trabajo. —Asintió y le apretó la mano—. Recuerdo el día de nuestra boda —añadió.

—¡Más te vale! —Militza sonrió—. No fue hace tanto.

—Cuatro semanas y cinco días. —Sonrió—. La tiara te queda bien.

—Elegiste bien —respondió ella.

—Gracias, milady. —Hizo una reverencia de broma—. Tengo buen ojo para las cosas hermosas —declaró antes de volverse para hablar con los invitados situados a su derecha.

—¡Por el amor de Dios! —siseó una mujer bien parecida mientras se plantaba ante Militza. Iba enfundada en un vestido de gala con una gran profusión de bordados, ribeteado con perlas. De los lóbulos de la oreja le colgaban dos pesados diamantes, aparte de la tiara de tamaño considerable con diamantes y perlas que lucía en la cabeza. Exudaba el hastío de quien se cree con más derechos que los demás—. ¡No sé por qué estamos aquí!

—Estoy de acuerdo —musitó su esposo, acariciándose el grueso bigote—. ¿Dónde se ha visto una boda en la corte sin el zar?

—¿Lo culpas? Ojalá yo hubiera podido escaparme a Dinamarca. Es vergonzoso. Menuda mosquita muerta se ha buscado. ¡Sin dinero! Y de un lugar perdido por ahí del que nadie ha oído hablar. ¿Qué demonios está haciendo Jorge? ¿No podía conseguir algo mejor? Montenegro, ni más ni menos. ¡Las calles están llenas de cabras!