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LAS BRUMAS DEL MIEDO

Rafael Ábalos  

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Fragmento

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«Una visión insólita que debes comprobar y fotografiar tú mismo desde el aire, antes de que examines los detalles de la escena del crimen. No quiero que tengas una idea preconcebida de lo que vas a encontrar allí. Nadie, salvo el tipo que ha dado el aviso al 112, sabe aún de qué se trata exactamente», le había dicho el comisario Clemens Eisembag sin darle más detalles del caso, cuando a las seis de la madrugada lo despertó de un sueño tan profundo y vacío como la nada.

Con la cabeza agachada y una cámara digital en la mano, Klaus Bauman cruzó corriendo el remolino de viento artificial y subió a la cabina acristalada del helicóptero. Miró al piloto y le hizo una señal de saludo con la mano. Luego, dejó la cámara junto a sus pies, ajustó el cinturón de seguridad, sacó su móvil y los auriculares de un bolsillo de la cazadora, los conectó, se los colocó en los oídos y, sobre ellos, se puso el casco.

Mientras la frágil libélula mecánica se elevaba sobre la ciudad aún dormida de Leipzig, Klaus Bauman activó Spotify y subió el volumen del móvil hasta su límite acústico. Cuando se desplazaba en helicóptero siempre elegía la misma canción del grupo Coldplay. Viva la vida. Esas tres palabras no sólo eran el título de una composición musical: Klaus Bauman las repetía mentalmente como un mantra cada vez que iniciaba la investigación de un nuevo crimen. Una paradójica rareza en un policía de homicidios: celebrar la vida, antes de adentrarse en los confusos escenarios de la muerte.

La apacible armonía de la música transformó en sus oídos el estrépito de las hélices, convirtiéndolo en una vibración inaudible. Miró hacia el lado de la puerta transparente, contempló los abismos iluminados de la ciudad, y pensó en la breve información que le había transmitido el comisario.

Aún no hacía un año desde que Klaus Bauman había regresado a Leipzig, como jefe de la unidad de homicidios de la Landespolizei. Fue la culminación del reconocimiento oficial del estado sajón a los méritos de su trabajo como inspector en Dresde. Tenía treinta y nueve años, poseía un coeficiente intelectual que superaba la brillantez sin excesos de vanidad o arrogancia, era astuto, dentro de los límites de la prudencia más desafiante, y se había casado muy joven con una compañera de la academia llamada Ingrid, de la que se había enamorado el día en que se conocieron en la Escuela de Policía de Sajonia.

Sin saber por qué, Klaus Bauman miró hacia el cielo negro de la noche y pensó en su familia: imaginó a Carla, su hija adolescente, metida en la cama con su madre, como hacía siempre desde el nacimiento de la pequeña Bertha cuando él se levantaba muy temprano, regresaba demasiado tarde o pasaba noches enteras fuera de su casa.

Estaba amaneciendo. Tenues manchas de luz naranja comenzaban a extenderse en el horizonte de las llanuras del este, entre filamentos de nubes alargadas y grises.

El helicóptero empezó a sobrevolar las afueras de la ciudad, cerca de Wilhelm-Külz-Park. En pocos minutos, inició el descenso para aproximarse al monumento a la Batalla de las Naciones. Abajo, en la avenida Richard-Lehmann, varios coches de la policía ya habían cortado los accesos a la torre. Otros esperaban delante del estanque, con las silenciosas sirenas lanzando luminarias al aire. El comisario había dado órdenes estrictas a todas las unidades de que nadie, «ni siquiera los de la científica», se acercaran al lugar de los hechos hasta que el inspector jefe Klaus Bauman lo autorizara.

La música vibraba en los auriculares con un ritmo creciente, aumentando las sensaciones de vértigo y náuseas que le provocaban los giros en bucle del helicóptero sobre la cúpula acampanada de la torre. Una cúpula protegida circularmente por doce colosos y barbudos caballeros medievales de piedra, que Klaus Bauman casi podía tocar con sus manos... o vomitar sobre ellos.

Bajo la torre se extendían una plaza diáfana y un estanque rectangular de aguas verdosas. A pesar de su inmensidad, Klaus Bauman los veía empequeñecidos desde la turbulenta ingravidez del helicóptero. Preparó la cámara de fotos con el teleobjetivo y miró al copiloto. El intenso foco de luz blanca que lanzaba la libélula mecánica iluminó un círculo amplio de la plaza del monumento.

—¡Mantén esta posición! —gritó.

Pero Klaus Bauman ni siquiera escuchó su propia voz, apagada por la fuerza ensordecedora de la música que se repetía una y otra vez en sus oídos, mientras contemplaba con incredulidad las cinco tumbas abiertas en la superficie de la plaza, como si fueran restos arqueológicos de un viejo cementerio recién excavado. Las cinco sepulturas estaban situadas perpendicularmente a la fachada central del monumento, unas junto a otras, y apenas separadas por un metro de distancia. Tenían forma de sarcófagos hexagonales, y en su interior eran nítidamente visibles los cuerpos sin vida de cinco chicas, componiendo una enigmática escenografía lúgubre cuyo verdadero significado Klaus Bauman fue incapaz de comprender desde la altura del helicóptero.

—¿Qué demonios es eso? —preguntó en voz alta, a la vez que hacía fotos en ráfaga con el enfoque automático del teleobjetivo, y le indicaba al piloto que descendiera lentamente para tomar instantáneas de la escena desde distintas perspectivas y distancias.

Después de una rápida secuencia de piruetas aéreas, el helicóptero aterrizó junto al estanque, provocando una tempestuosa agitación en el agua. Klaus Bauman se bajó de un salto sin quitarse los auriculares de los oídos y se dirigió hacia el hombre que le esperaba junto al pórtico de la entrada al monumento. El desconocido estaba embutido en un largo gabán negro con las solapas levantadas, apoyado en uno de los muros laterales, y con las manos metidas en los bolsillos en una actitud insensible o indiferente.

—Supongo que es usted quien ha llamado al 112 —dijo Klaus Bauman.

El hombre se limitó a asentir con un leve balanceo de su cabeza, cubierta por un gorro negro de lana. Era un tipo alto y grueso, con marcadas ojeras, una gran barba de color anaranjado, bigote espeso con anchas puntas curvadas, y la cara demasiado recta y pecosa para parecer peligroso, a pesar de su tétrico aspecto.

Klaus Bauman le hizo una indicación con la mano para que no se moviera de donde estaba. Se acercó al lugar del crimen, y entonces cayó en la cuenta de que las tumbas de piedra, en cuyo interior parecían estar depositados los cuerpos sin vida que había visto desde el helicóptero, sólo eran magistrales pinturas en tres dimensiones, realizadas en cinco lienzos colocados bajo las chicas muertas, a modo de esteras que se mimetizaban con el monumento de la plaza.

Los cuerpos de las chicas eran tan bellos y la expresión de sus caras tan relajada y dulce, que Klaus Bauman no podía creer que realmente estuvieran muertas.

Cada una tenía los cabellos distintos, cortados y peinados con looks sugerentes. Los ojos cerrados, los párpados maquillados y oscuros, con largas pestañas. Los labios, levemente morados y carnosos, poseían una sensualidad de inocencia pecaminosa. Todas vestían con diferentes conjuntos de lencería negra con transparencias: guantes largos, ligueros, medias, sujetadores y braguitas, que dejaban entrever los pechos, los pezones y el perfilado vello del pubis. En los pies llevaban elegantes zapatos negros con altos tacones de aguja.

Klaus Bauman pensó que había una gran carga de erotismo perverso en aquella misteriosa escenografía, que le atraía y le repugnaba a la vez. Jamás había experimentado una sensación parecida, a pesar de haber visto tantos rostros distintos de la muerte como las mentes de todos los psicópatas del mundo han podido imaginar.

«La belleza del horror», se dijo a sí mismo mientras hacía nuevas fotos de las chicas, envueltas por el aire húmedo del amanecer.

Se agachó para observarlas detenidamente. Ninguna llevaba pendientes, pírsines, tatuajes, anillos o pulseras. Tampoco había señales visibles de violencia en sus cuerpos: ninguna herida, ningún golpe, ninguna marca. Sin embargo, al tocar una de las prendas de lencería que vestían las chicas, Klaus Bauman comprobó que también habían sido pintadas sobre la piel.

3

Todas guardamos un mismo secreto, pero está prohibido hablar de él. Al menos, hasta que tomemos las decisiones oportunas. Lo demás podremos discutirlo en su momento. Yo ideé la web para este chat cuando nos conocimos virtualmente en internet, e impuse las normas de partida como condición para participar en mi proyecto, sin tener la certeza de quiénes éramos realmente.

Esto no es Google, ni Facebook, ni Twitter, ni WhatsApp... Es otra cosa, mucho más trascendente y profunda, mucho más real, más sincera, a pesar de nuestro anonimato. Somos seis chicas de veinte a treinta años, con nuestras rarezas, caprichos y algunos problemas. Nunca habrá otras en la sala del chat que no seamos nosotras. Nadie más conoce las rutas ni las claves de acceso. Aquí estaremos protegidas de todos y de todo. Lo tuve muy claro cuando decidí crear mi página en la Deep Web, y el nombre del chat: «Las damas de la Luna Negra».

Mi nick también es Luna negra. Las otras serán mis damas y decidirán el suyo. Cada una tiene sus motivos para llamarse aquí como prefiera, pero aún no hemos hablado de los significados. Hoy es nuestro primer encuentro, fuera de otros chats en internet. Será emocionante..., espero. No habrá cumplidos ni protocolos. Supongo que ellas, igual que yo, están esperando a que sea la hora exacta de conexión: las doce en punto de la noche.

Apenas faltan unos minutos, estoy sentada en mi cama,

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