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LAS PUERTAS ESTAN ABIERTAS

Juan Manuel Correal Zuñiga  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

Esto funciona así.

Existe una idea, un concepto que da vueltas y ronda el intelecto, como esperando ser visto por la conciencia, en un descanso tras el agitado andar de la vida.

Una idea representada quizá en un personaje de una película americana que de pronto aparece como si se tratara de una cámara subjetiva que recorre precipitadamente las calles de Manhattan; casi buscando con desespero un lugar para tomar aire y volver al laberinto de emociones encontradas, impulsadas por la adrenalina de las expectativas.

Se escuchan el ansioso aliento y un sinfín de sonidos mezclados sin ecualizar la armonía. Es el ruido de la vida contemporánea. Esa que no anuncia los peligros y no advierte los vacíos. Es la desordenada sinfonía de la calle, que responde a un mundo a veces temerario, a veces inmisericorde, a veces hostil.

Un mundo indiferente ante el dolor e injusto con la ecuación de la igualdad; un universo lleno de azares y suertes que constantemente confundimos con la tan esperada ley de la compensación.

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Suena una ambulancia que transporta la angustia y que se abre paso entre los miles de autos que sintonizan cientos de emisoras que cuentan noticias, informan escándalos, descubren la corrupción, allí, en los medios, donde exponen editoriales, alimentan la industria musical o simplemente juegan con el ego de las celebridades.

La prisa se viste de bocina, las voces se multiplican en los celulares. La necesidad y el hambre se hacen cómplices para buscar solución en bolsillos ajenos; el comerciante promociona, el vecino compite en decibeles con el altavoz del subterráneo, busca escapar a la luz; los frenos del metro anuncian su llegada, el aire comprimido da la bienvenida a un cardumen de sardinas caminantes que, solas, ingresan a la lata como emulando millones de espermatozoides desenfrenados que quieren alcanzar la victoria de la fecundación.

La ciudad sigue estruendosa, generando un ruido similar al de un sistema de amplificación sin polo a tierra.

Un avión se impone como el dios de los aires, un bebé llora para comunicar, un niño ríe para expresar, una viuda llora con desconsuelo, un ascensor timbra, un teléfono suena, un conmutador repica, un taxi pita, una licuadora se enciende, un televisor se prende, una alarma se activa.

Dios habla y nadie lo escucha.

Estamos demasiado ocupados consiguiendo el éxito. Luego estaremos desesperados tratando de sostenerlo. Enseguida, estaremos muy angustiados por la posibilidad de llegar a perderlo y, por último, muy arrepentidos de haber insertado la moneda con la que se inició el juego donde sabíamos desde el comienzo que seríamos perdedores.

Es una vida inspirada en ese Pac-Man que absorbió la atención de un despertar digital y presagió nuestro futuro. Perseguidos, acorralados, devorados, estamos acabando nuestras esperanzas de vida y agotando nuestras fuerzas con pruebas de supervivencia que finalizan en una pantalla oscura con un letrero que anuncia que el juego ha terminado… Game over. Insert coin.

Es que también se vale no jugar. No así, no a ese juego.

La vida contemporánea es una ruleta rusa que desafía al destino.

Y la lección aquí es comprender que no hay necesidad de jugarla cuando existen otras maneras de divertirse en este paseo maravilloso de existencia terrenal. Como el niño que en su naturaleza se da licencia para abstenerse del juego brusco de sus primos mayores.

Es nuestro regalo, nuestro don. Una esencia impecable de sentido común descubierto desde los estudios de Darwin con su teoría de la evolución, donde expresaba la supervivencia del más apto.

Las puertas están abiertas para ingresar a un juego más simple, donde no hay perdedores ni categorías. Un juego cuyas instrucciones solo se encuentran al abrirlo, porque solo se permite el acceso a quienes descubrieron su clave secreta, descifrada en la confianza.

Dios nos invita a jugar a la felicidad y nosotros aceptamos; así de fácil.

Nos podríamos imaginar a los participantes ordenados en filas, como en los grandes patios de los colegios cuando se anuncian las palabras mayores del rector; aparecerá entonces Dios para exponer las instrucciones del juego resumidas en tres palabras: amor, perdón y gratitud.

El juego consiste en aprovechar un período de tiempo para encontrar la misión y el propósito en la vida que nos llevarán a la puerta de la trascendencia de nuestra alma.

Entre tanto, está permitido equivocarse y corregir, amar y perdonar, consolar al afligido, servir al necesitado, acompañar al enfermo, levantar al caído, comprender al obstinado, contemplar el entorno y hasta volver a equivocarse.

El juego simula un laberinto con múltiples puertas que siempre estarán abiertas. Su apariencia quizá pueda llevarnos a pensar que están cerradas, pero solo lo sabremos si nos atrevemos a poner en movimiento su bisagra.

El truco consiste en utilizar las herramientas entregadas en las instrucciones para discernir el camino acertado. Pero estas herramientas son como las llaves de un gran monasterio lleno de misterios, gracias y dones que desean ser descubiertos para servirnos.

Cada llave para cada puerta, con la seguridad de saber que, ante la penumbra, la incertidumbre o la duda, siempre acudiremos a la llave maestra del amor, que funciona para todas las puertas.

Si tenemos presente la llave del amor, tendremos la garantía de que podremos andar seguros, porque sabremos que todas las puertas estarán abiertas. Entonces, daremos pasos firmes y seguros por una puerta que conduce al norte de nuestro objetivo, conscientes de que por ese camino aparecerán también otros accesos, quizá muy llamativos y con anuncios de neón, que llevan a falsos pisos y caminos con emocionantes y vertiginosas curvas que concluyen en el vacío de abismos sin fondo.

Como todo juego simple, diseñado para probar nuestra inteligencia, este juego del laberinto de la vida con puertas abiertas también cuenta con nuestro sentido común, con nuestro intelecto —para discernir— o con nuestra intuición —para determinar la siguiente jugada—.

La generosidad de la existencia comprende que somos niños, inocentes, expectantes y ansiosos, que siempre queremos descubrir nuevas emociones, nuevos retos: competir, ganar.

Para ello acondicionamos todo aquello que se convertirá en nuestras fichas en el juego. Antes de comenzar las ordenamos por favoritismo, comodidad o fortaleza, rutina básica del Rummi-Q, el juego de mesa familiar, o alguno más básico y universal, como el dominó.

El tablero principal muestra el laberinto al que saltarán miles y millones a participar por el gran premio llamado felicidad, a veces vestido de éxito, otras de triunfo, de victoria, de amor, de relaciones, de hogar, de reconocimiento, de poder y de tantas otras pieles y otros tantos disfraces camaleónicos que se adaptan a las condiciones del ego.

Allí, frente a nuestros ojos, como parte de la estrategia, introducimos la mano y removemos las fichas de la bolsa de tela para extraer las primeras, con las que le apostaremos a un buen comienzo.

Entonces ubicamos en el primer frente la intuición, acompañada de la inteligencia y la creatividad, justo al lado del sentido común, que se hace escoltar por la suspicacia, mejor conocida como malicia positiva, mal llamada desconfianza.

El primer paso no lo entienden los demás, y por ende los desespera; con esto ganamos ventaja. No lo comprenden, porque no damos ese paso.

Nuestra estrategia es no movernos para observar en silencio, en calma, seguros y pacientes. Observar no es un don, solo hace parte de la rutina de quien conoce lo valioso de su esencia. Observamos, luego aprendemos; observamos, luego absorbemos. Observamos, luego actuamos.

Podemos pensar que el juego consiste en descubrir la felicidad, llegar a ella, contemplarla y fusionarse con su estado. Pero si analizamos el planteamiento del juego, como quien lee y relee un problema de álgebra antes de abordarlo, comprenderemos que nunca se nos dijo que la meta era llegar primero a la felicidad, sino llegar y quedarse.

En ese orden, también como parte de la estrategia, podemos asumir una posición de sabiduría, como la que podríamos encontrar durante un atardecer en un parque de un barrio residencial citadino. Así como las golondrinas o las garzas regresan a sus nidos, los gastados cuerpos humanos culminan el día con su lento caminar, con la mitad de sus sueños cumplidos, adornados con cabellos de plata o con coronas desentejadas cubiertas con boinas de pana o paño con cuadros escoceses, como afirmando la membresía del club del P4: Pensión, Periódicos, Pantuflas y Pedos.

Las manos atrás, como símbolo de “ya todo está hecho”, y esa facilidad de dar unos pasos y detenerse, respirar, mirar hacia el árbol para descubrir al colibrí que anuncia su existencia.

Ha pasado el tiempo y han soplado más de setenta velas, suficientes horas de vuelo para dejar con su paso la enseñanza de la experiencia. La sabiduría en una piel arrugada.

El agite de la vida dejó tropiezos; el afán del andar creó procesos inconclusos; las creencias ajenas estuvieron allí y la vida las fue tomando como si fueran propias.

Las nubes que observan, entre tanto han creado un holograma de figuras para los miles de mentes sobrecargadas por las exigencias del mundo, que buscan espacios silenciosos, que quieren descifrar sus vacíos y llenarlos con nuevos propósitos, que están enfocados en la libertad de un alma sin condiciones ni prejuicios.

Parece que ellos quisieran romper el eslabón de una cadena que los apega a lo material, pero se parecen más bien al participante 1034 de una maratón mediática que avanza con cansancio a la velocidad pesada del rezagado, a quien las piernas no le responden, pero que por cuenta del orgullo y la pena ajena no se da su espacio para sentarse en el andén en medio de desconocidos que seguramente querrán darle una mano, una voz de aliento o simplemente decirle: “Deja así, no te esfuerces más… no necesitas sobrecargar tu organismo por llegar tarde a una meta que quizá no es la tuya”.

¿Cuántos, a esta hora, en infinitos rincones del planeta, quieren escapar de ese verdugo invisible al que le entregaron sus sueños, incluso cuando no fueron invitados al sucio y egoísta juego del Rey Ego que se viste de león para creerse el rey de la manada?

Una imitación de un rey que fue traído para alimentar a sus súbditos con ilusiones, deseos creados que hipnotizan y se mimetizan en las pantallas luminosas, frágiles al tacto, de los móviles inteligentes. Tan inteligentes que nos crean dependencia con su silencio. Una trampa fabulosa inventada con el talento sigiloso de una mente que fue capaz de incluir todos nuestros anhelos, sueños, esperanzas, deseos y expectativas en una cajita inteligente y digital llamada teléfono, desde donde creemos que se gobierna el mundo, sin percatarnos de que es el mundo quien nos está gobernando, robándonos preciados segundos, minutos y horas de conciencia.

La caja mágica del entretenimiento y las comunicaciones se ha vuelto más inteligente que el ser humano, que aún no despierta de la anestesia que le fue puesta con una máscara por donde respira el aire tóxico de las redes sociales.

Le reconozco al enemigo su sagacidad y capacidad para seducir. Honro también la inteligencia creativa de quienes pusieron en nuestras manos la tecnología para hacer uso de la inmediatez, la practicidad y la información al alcance de un clic.

Los talentos, los dones y las capacidades son un regalo universal para quienes quieren encender la luminosidad de su ser y dejarle algo a la humanidad en este efímero paso de ochenta años por este paseo terrenal.

Y siempre existirá el libre albedrío de quienes han optado por obedecer a la vanidad y enaltecer a su amo, encontrando atajos y descubriendo las debilidades de la carne para distraer la mirada hacia el interior.

El ego, un ente ávido de reconocimiento, llama la atención desde afuera, usa juegos pirotécnicos y frases sueltas de guiones teatrales que aspiran a ser adaptaciones de una divina comedia existencial, y se prestan ingenuamente para un romance absurdo entre la realidad y la ficción.

Pero tranquilos, las puertas están abiertas. Todas las puertas están abiertas.

La magia consiste en ajustarse pronto al formato de ensayo y error, pulirse con los propios errores y adquirir la habilidad de discernir intuitivamente la elección correcta, para ingresar por puertas acertadas —que conducen a caminos precisos— que también tendrán abismos a los lados, zonas pedregosas y alertas de deslizamiento como pruebas de superación.

El premio, eligiendo correctamente, está en obtener la garantía de andar sobre la ruta indicada hacia el norte de nuestra felicidad.

Me remito a los años de infancia en esa fronteriza ciudad, Cúcuta, en Colombia, con permanentes 28 ºC de temperatura, cuyas tardes se refrescan con el vaivén de las ceibas y los almendros mecidos por el viento, ubicados frente a frente en las aceras de las calles y que forman túneles verdes cuando sus copas se encuentran y se fusionan para fabricar así un callejón único adornado de faroles.

Es mi Cúcuta del alma, donde me remito a la gran casona de mis bisabuelos. Allí se fundó el periódico Comentarios, en 1922, cuando el joven intelectual José Manuel Villalobos decidió abrir la puerta del periodismo en esa región de una Colombia gobernada por las pasiones de dos partidos políticos que confrontaban ideales y ansias de poder.

Mi bisabuelo se imaginó un periódico y lo visualizó como una plataforma de expresión, a veces liberal, a veces conservadora, sin tinte político, neutral y objetivo ante la información de los aconteceres de una ciudad que apenas se despertaba aturdida por el golpe del terremoto de 1875.

Cúcuta se levantaba para conocer un futuro llamado presente, como lo hace un niño inocente: con las rodillas golpeadas y raspones en los codos. En ese despertar, la nueva generación de cucuteños, herederos de las tierras donadas por doña Juana Rangel de Cuéllar, fue encontrando en los escombros una cantidad de puertas caídas, derrumbadas, y otras aún sostenidas en sus marcos, en su sitio; unas abiertas, otras entreabiertas y otras que parecían cerradas.

Todo pasa, todo se transforma, como esa Cúcuta que debió reinventarse, sanarse y levantarse una y tantas veces.

Como la casa de los abuelos, que resurgió de nuevo con otros cimientos para formar un hogar con bellos ideales trazados en ideas inteligentes, pero, sobre todo, generosas, porque su objetivo siempre fue informar y servir a través de editoriales, columnas y noticias.

Era una casa con zaguán, ese espacio inerte que sirve de antesala entre un patio interior, rodeado de pasillos y dos puertas altas que conducen a la calle; un lugar sin respiración donde seguramente se oraba para pedir protección al salir y ofrecer gratitud al regresar.

El interior de la gran casona era el laberinto donde Juancito jugaba a abrir puertas para descubrir los misterios que allí se guardaban: baúles y escaparates, unos muebles inmensos de madera tallada en sus dos puertas.

Mi subconsciente guarda memorias a través de olores como el del alcanfor, que emanaba desde el interior del escaparate. Recuerdo que abría sus puertas —con una extraña mezcla de emoción y temor— para examinar los bolsillos de unos inmensos abrigos de paño traídos de España, que olían a la Segunda Guerra Mundial y tenían unas marquillas amarillentas en sus cuellos que decían “El Corte Inglés”. (Siempre pensé que “El Corte Inglés” era una sastrería en Inglaterra.)

Cada puerta conducía a una habitación que, para un niño, era un universo entero por descubrir. En cada espacio había una o muchas historias materializadas en camas antiguas, libros, enciclopedias, periódicos de páginas amarillas encuadernados por años, alimento para el comején. Olores, memorias y recuerdos sellados en grandes tarros de un agua de Colonia llamada Jean Naté, que al terminarse eran rellenados con alcohol mentolado fusionado con hierbas y hojas de eucalipto.

La naturaleza de un niño es similar a la del gato: consiste en jugar y explorar cada rincón; porque la simple curiosidad despierta emociones.

Recuerdo muchas puertas, y las que más curiosidad me causaban eran justo las de acceso restringido.

Y esto es precisamente lo que se traslada a la vida misma.

En todas sus etapas, siempre queremos abrir esa puerta misteriosa para experimentar el interior de unos espacios que muchas veces son restringidos. Allí estarán las puertas, unas con avisos de prevención como las de algunas fincas: “Cuidado, Perros Bravos”.

Así también, la vida —en manos de los padres en el hogar o de los maestros en la escuela— anuncia al niño la existencia de puertas que, aunque parezcan abiertas, es mejor no cruzar. Padres y maestros nos advierten que la infidelidad, la trampa, la mentira y el engaño son puertas que nos enredan la vida, nos hacen daño y dañan a los demás.

Que el dinero y el poder son puertas que, si te apegas a ellas como si fueran tu felicidad, te pueden llevar a sufrir cuando ya no estén.

Que las puertas de la fiesta, la rumba y la diversión también sirven para volver y entrar de nuevo a tu centro, a tu casa.

Que los atajos estropean los procesos y al final nos harán devolver al comienzo del camino, después de haber desperdiciado un valioso tiempo en el andar.

Entre tanto, padres y maestros anuncian de manera rimbombante las puertas de los valores de vida como la lealtad, la honradez, la impecabilidad, las buenas obras, la excelente conducta, la buena educación, el respeto a los mayores, el servicio a los demás, entre muchos.

Aun así, adultos, padres y maestros, como seres humanos que son, caen ante la tentación de atravesar puertas con avisos de advertencia. Me refiero a las puertas del alcohol, por ejemplo, que son justo el zaguán que se antepone al castillo de la dependencia a otras drogas u otros vicios profundos como la pornografía y el juego, que están en una angosta vía de un solo trayecto, que conduce al abismo o al infierno de la adicción.

¿QUÉ ES MALO Y QUÉ ES BUENO?

Una mañana, cuando asistía a una charla para padres en el colegio de mi hijo, el conferencista preguntó si las drogas son malas. Todos respondimos que sí, unos con un silencio aprobador pero otros expresando con contundencia su posición.

La respuesta oficial fue la siguiente: “No, las drogas no son malas; lo malo es drogarse con ellas”.

Y aunque no entraré en debate sobre la idea, que de por sí me parece atrevidamente interesante, sí quiero expresar lo que dejé guardado en mis pensamientos desde ese rincón del salón, quizá por lo incómodo que es a veces sentirse persona pública.

Considero que las drogas —y otra serie de elementos como el alcohol, los antidepresivos, el juego, la pornografía o la infidelidad— simplemente estarán siempre allí, esperando para dañarte, porque fueron creadas por mentes que en un bajo nivel de conciencia permitieron ser gobernadas por malignos impulsos de fuerzas oscuras, que siempre buscarán romper la armonía y desequilibrar la balanza del amor creado por Dios.

Es tu elección abrir esas puertas o, más bien, ingresar por ellas a los bajos niveles de vibración espiritual, donde lo único seguro es un barranco sin fondo que conduce al abismo. De nuevo, es tu elección.

Repito: todas esas puertas tienen un aviso de advertencia que dice: “No entre” o “Acceso restringido”, puesto allí por la conciencia que conoce su interior.

Atravesar esas puertas es jugar a ignorar tu propia luz y aventurarte a emociones y fantasías inciertas en la penumbra, donde lo único real será el resultado final de tu derrota. Porque en la tabla de creación de esos juegos está escrito que la meta del participante será la pérdida de su conciencia, y el punto final, su propio caos.

Pregunto: Si ya sabes que serás el gran perdedor en esa experiencia, ¿para qué juegas?

¿Te gusta perder? ¿Te sientes bien haciéndote daño y haciéndoles daño a quienes te aman? ¿Te llama la atención vivir en la oscuridad y sentirte preso y encadenado a merced de un amo que te desprecia tanto que te aniquila lentamente, haciéndote sufrir?

Hoy, a otra velocidad, y con la calma que me ofrece la segunda juventud, en mis conversaciones con Dios agradezco por esos ángeles que estuvieron allí, en momentos de duda, cuando en los arrebatos de las emociones adolescentes seguía patrones y conductas colectivos y veía cómo amigos y familiares merodeaban esas puertas y cómo muchos de ellos ingresaron y nunca volvieron a salir a jugar con Juancito.

¿Sentido común, don de la conservación, intuición o la protección espiritual de un Padre Eterno que me ama y me cuida como a un hijo para el que tiene tareas especiales?

Otorgo en gran parte crédito al inmenso amor de mis padres, que formaron un hogar con valores y principios puestos sobre la mesa principal, donde cada mediodía nos reuníamos a almorzar, privilegio aún de las provincias con costumbres y culturas familiares.

Vuelvo a los olores, a los aromas y a los espacios de infancia donde están las razones que me tienen hoy escribiendo estas líneas.

Siempre encontrarás que me refiero a “Juancito” para citar al niño interior protagonista de esas vivencias que se guardaron en mi memoria con algún objetivo.

Crecí en un hogar donde siemp ...