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LAS VENAS DEL OCéANO

Patricia Engel

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Fragmento

Cuando descubrió que su esposa le era infiel, Héctor Castillo le dijo a su hijo que subiera al carro porque se irían a pescar. Había pasado la medianoche, pero esto no era nada inusual. El puente de Rickenbacker, suspendido sobre la bahía de Biscayne, estaba lleno de pescadores nocturnos apoyados en las barandas, poniéndose al día con los chismes en medio de cervezas y sedales, para evitar regresar a casa junto a sus esposas. Sólo que Héctor no llevaba consigo ningún equipo de pesca. Condujo de la mano a su hijo Carlito, que acababa de cumplir tres años, hasta el muro de cemento; lo levantó por la cintura, y lo sostuvo para que el niño sonriera y estirara los brazos como un pájaro, diciéndole a su Papi que estaba volando, volando, y Héctor le dijo, «Sí, Carlito, tienes alas».

Entonces, Héctor levantó al pequeño Carlito en el aire, le dio vueltas y el niño sonrió, pateó con las piernas hacia arriba y a los lados, y le dijo a su padre, «¡Más alto, Papi! ¡Más alto!», antes de que Héctor retrocediera y lanzara al niño con todas sus fuerzas hacia el cielo, le dijera que lo amaba, y arrojara a su hijo al mar por encima de la baranda.

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Nadie podía creerlo. Los pescadores nocturnos creían que estaban alucinando, pero uno, un marielito de unos sesenta años, no vaciló y se lanzó al rescate de Carlito. Saltó de pie al agua oscura de la bahía, mientras los otros pescadores agarraron a Héctor para que no pudiera escapar. La policía llegó, y cuando todo estuvo dicho y hecho, el pequeño Carlito sólo tenía una clavícula rota y Cielos Soto, el pescador que lo salvó, desarrolló una joroba permanente que le daba el aspecto de un gran anzuelo de pesca al caminar, hasta su muerte, diez años después.

Héctor Castillo debía haber pasado el resto de su vida en la cárcel —ya sabes cómo son estas cosas—, pero se suicidó inmediatamente después de haber recibido la sentencia. No se ahorcó en el ciprés del patio delantero, como siempre había amenazado con hacerlo, pues había sido así como su padre había elegido partir de esta vida. No. Héctor utilizó una cuchilla de afeitar comprada a otro condenado a cadena perpetua en una unidad vecina, y cuando lo encontraron, el piso de su celda ya estaba cubierto de sangre. Pero Carlito y yo no nos enteramos de todo esto hasta mucho después.

Como Carlito no tenía recuerdos de todo el desastre, Mami nos soltó el cuento de que nuestro padre había muerto en Vietnam, lo que no tenía ningún sentido en absoluto, pues Carlito y yo habíamos nacido en Colombia años después de Vietnam. Pero eso fue antes de que aprendiéramos matemáticas e historia, por lo que no es de extrañar que ella pensara que su versión sería creíble. Y eso sin contar que Héctor había nacido cojo, arrastrando una pierna, y que por eso nunca lo habrían admitido en ningún ejército.

De hecho, la única pista que teníamos sobre cualquier parte de este lío era que Carlito había crecido con tanto temor al agua, que Mami sólo podía meterlo en la bañera una vez a la semana, si contaba con suerte; de ahí que Carlito tuviera fama de ser el chico más maloliente de la cuadra y alguna gente dijera que era por eso que se había vuelto tan matón.

Pero luego, cuando él tenía catorce años y nuestro tío Jaime decidió que ya era hora de que Carlito se emborrachara por primera vez, Jaime fue el único que se emborrachó, se volvió hacia Carlito sobre la mesa plegable de nuestro patio trasero y le dijo:

—Mijo, es hora de que sepas la verdad. Tu padre te tiró de un puente cuando tenías tres años.

Luego le dijo que Héctor no habría perdido el control si Mami no hubiera sido tan puta, y en un santiamén, Carlito puso a nuestro tío contra el suelo y le rompió una botella de cerveza en la frente.

Él se lo buscó, supongo.

Mami no tuvo más remedio que contarnos a Carlito y a mí la verdadera historia esa misma noche.

En cierto modo, siempre supe que algo así había ocurrido. Era la única manera de explicar por qué mi hermano mayor había recibido un trato tan especial toda su vida. A todo el mundo le daba miedo exigirle que fuera a la escuela, que estudiara, que tuviera mejores modales, que dejara de amedrentarme.

Todos le decían el Pobrecito, y siempre me pregunté por qué.

Yo era dos años menor y nadie, y quiero decir nadie, me tenía en cuenta; por eso, cuando nuestra madre contó la historia de nuestro padre tratando de matar a su hijo como si fuéramos personas sacadas de la Biblia, una parte de mí quiso que nuestro Papi me hubiera arrojado más bien a mí desde ese puente.

Todo esto es para contarte cómo nos convertimos en una familia carcelaria.

Es curioso cómo suceden estas cosas. Después de que a Carlito lo metieron preso, la gente comenzó a decir que se debía a su herencia, que lo llevaba en la sangre. Y el doctor Joe, ese psiquiatra de la prisión al que conozco y que se especializa en asesinos, me dijo que, con mucha frecuencia, las personas buscan repetir el mismo crimen que les infligieron. Dije que sonaba en gran parte como si fuera obra del destino, a lo que me opongo estrictamente, desde que esa bruja de la calle Ocho, una imitación de Celia Cruz con el pelo azul y una sarta de clientes esperando afuera de la puerta de su negocio, me dijo que ningún hombre se iba a enamorar de mí por todas las maldiciones que le habían echado a la zorra de mi madre.

Lo que pasó fue que Carlito, cuando tenía veintidós años, supo que Isabela, su novia costarricense, se estaba acostando con un tipo que vendía seguros en Kendall. Y eso fue todo. En lugar de dejarla simplemente, como lo haría una persona normal, él se dirigió a su casa, la besó con dulzura en los labios, le dijo que iba a llevar a su hija, una bebé que había tenido con su exnovio de la escuela secundaria, a comprarle una muñeca nueva en la tienda de juguetes. Pero lo que Carlito hizo en realidad fue que condujo hasta el puente de Rickenbacker y, sin dudarlo un segundo, lanzó a la bebé Shayna a la bahía, como si estuviera lanzando la basura de ayer al vertedero.

Sólo que el mar no estaba apacible y calmado como el día en que arrojaron a Carlito. Ese día había olas coro-nadas de espuma provenientes de una tormenta tropical que se acercaba a Cuba. No había pescadores debido a las aguas agitadas, sólo un par de corredores que avanzaban por la pendiente del puente. Después de que Shayna cayó, Carlito se arrepintió, o pensó mejor su plan, y saltó tras la pequeña, pero las corrientes eran fuertes y Shayna fue arrastrada hacia el fondo del mar. Su pequeño cuerpo todavía está en algún lugar allá abajo, aunque alguien me dijo una vez que esas aguas están llenas de tiburones, así que seamos realistas.

Cuando aparecieron los policías y sacaron a mi hermano del agua, Carlito trató de fingir que todo el asunto había sido un accidente tremendo y horrible. Pero había testigos con ropa deportiva que hicieron fila para declarar que Carlito había arrojado a la niña como una pelota de fútbol al Atlántico furioso.

Si le preguntas ahora, continuará diciendo que no tenía la intención de hacerlo; que simplemente le estaba mostrando el agua a la bebé y que ella se le resbaló de los brazos. «Tú sabes que los niños pequeños se mueven mucho, Reina. Tú sabes».

Yo soy la única que lo escucha porque, desde que lo arrestaron, Carlito ha estado en confinamiento solitario por su propia protección.

Si hay una cosa que no toleran los otros presos, es un asesino de niños.

Esto es la Florida, donde no tienen problemas para ejecutar personas. Después de que la Corte Suprema prohibió la pena capital en los años sesenta, este estado fue el primero en retomar el negocio de las ejecuciones. Yo solía ser una de esas personas que decían «ojo por ojo», incluso cuando se trataba de mi propio padre, quien ya estaba muerto, Dios salve su alma. Pero ahora que mi hermano está en el corredor de la muerte, es otra historia. Mami no va conmigo a ver a Carlito. Se hartó. No es una de esas madres que apoyan a su hijo hasta el día de su muerte y pregonan su inocencia. Dice que hizo lo que pudo para asegurarse de criarlo para que fuera un hombre decente, pero el día en que se enloqueció quedó claro que el diablo se había hecho cargo.

«Se me salió de las manos», dice ella, sacudiéndose las palmas como si tuvieran polvo.

La última vez que estuvimos los tres juntos fue el día en que dictaron la sentencia. Le rogué clemencia al juez, le dije que mi hermano era joven y que aún podía serle útil a la sociedad, incluso si lo condenaban a cadena perpetua y pasara el resto de sus días haciendo placas de carros. Pero no fue suficiente.

Después de mandarle a Carlito su último beso de despedida, Mami comenzó a llorar y derramó lágrimas toda la noche arrodillada ante el altar de su cuarto, las velas encendidas entre rosas y monedas que ofrecía a los santos con la esperanza de una sentencia más leve. La oí llorar toda la noche, y cuando traté de consolarla, Mami me miró con desdén como si yo fuera el enemigo y me pidió que la dejara sola.

A la mañana siguiente anunció que se le habían acabado las lágrimas y que Carlito ya no era su hijo.

Mami se consiguió un novio dentista en Orlando con el que comparte la mayor parte del tiempo y me deja sola en la casa de Miami, lo que no estaría tan mal si yo tuviera algún tipo de vida para llenar este lugar. Pero paso todo mi tiempo libre conduciendo por la US1 hasta la penitenciaría de South Glades. Tenemos la suerte de que a Carlito lo enviaron a una cárcel a pocas horas al sur, no al centro del estado o al norte, y tiene derecho a visitas semanales y no mensuales, como la mayoría de los asesinos condenados a muerte.

Quiero decir que te sorprenderías con el tipo de personas que van a visitar a sus parientes y amantes en la cárcel, aunque realmente no te sorprenderías en absoluto. Son como las que ves en la televisión: mujeres desesperadas, de dientes partidos y con ropa fea, y otras que se visten como prostitutas callejeras para sentirse sexys entre los presos y que esperan propuestas de matrimonio por parte de sus hombres esposados, aunque estén en máxima seguridad y la corte ya les haya impuesto sentencias de cadena perpetua o de muerte. Hay mujeres que van con manadas de niños que se trepan encima de sus papás, y adolescentes y chicos adultos con la boca fruncida que llegan y se sientan frente a las mesas de picnic, mientras sus padres tratan de disculparse por estar ahí.

Y luego están las hermanas, como yo, que van porque nadie más lo hace. Toda nuestra familia, la misma gente que trató a mi hermano como si fuera el bebé Moisés, todos le dieron la espalda a Carlito cuando lo metieron en la cárcel. Ningún alma lo ha visitado aparte de mí. Ni un tío, ni una tía, ni un primo, ni un amigo. Nadie. Es por eso que me tomo tan en serio las visitas y he pasado casi todos los fines de semana allí durante los últimos dos años, durmiendo en el South Glades Seaside Motel, que realmente es un parque de tráileres lleno de personas como yo, que se volvieron nómadas sólo para estar cerca de sus seres queridos encarcelados.

No me permiten llevarle bocaditos ni regalos a Carlito desde que lo trasladaron a la cárcel de máxima seguridad. Si pudiera, le llevaría barras de chocolate porque, cuando era un hombre libre, Carlito se gastaba buena parte de su sueldo como empleado bancario en dulces. Era un adicto, pero nunca podrías imaginarlo, porque Carlito era esbelto como una palmera y tenía la tez más suave que hayas visto. Carlito sentó cabeza a finales de la escuela secundaria e incluso fue a la universidad y se graduó con honores. Hasta Mami decía que era un milagro. Después entró a un programa de capacitación en un banco, trabajó como cajero, y todos le decían que al cabo de unos pocos años sería banquero y manejaría mucho dinero. Su sueño era trabajar en uno de los bancos de Brickell que guardan el dinero de todos nuestros países latinoamericanos.

Carlito haría ascender a nuestra familia; ganaría lo suficiente para que nuestra madre ya no tuviera que pintar más uñas. Ese era el plan.

Ahora Carlito está gordo, como nunca lo habríamos imaginado. Él dice que se trata de una conspiración carcelaria por la cantidad de puré de papa que les dan y cree que todo lo que comen está repleto de hormonas para vacas. Debe comer solo en su celda y no puede ir al comedor, como los demás condenados a cadena perpetua. Tampoco puede hacer ejercicio en el patio con los otros presos, y sólo tiene una hora al día para dar vueltas alrededor de una pequeña jaula de concreto que está cercada con un techo de malla de gallinero a la que llaman «la perrera».

A veces le reducen su tiempo de recreación cuando algún guardia decide reportarlo por una ofensa inventada. Así que básicamente hace sus rutinas en su pequeña celda —flexiones, abdominales y sentadillas—, pero aún parece un trol de más de cien kilos, porque a Carlito se le empezó a caer el pelo el día en que le dictaron sentencia. Ese pelo suyo, indio exuberante y lustroso, fue a dar al desagüe de la ducha comunal y ahora mi hermano, que escasamente tiene veinticinco años, parece un abuelo, con arrugas ansiosas labradas en la frente y una nariz que se le cayó como un pico el día en que perdió su libertad.

No es el preso típico; no trata de demostrar remordimiento o decir que es inocente porque después de que la primera apelación para revocar su condena fue denegada, la verdad es que perdimos la esperanza. Hizo todo aquello de escribirle cartas a Isabela disculpándose antes del juicio, reiterando que no había sido culpa suya, pero incluso así era evidente que no lo decía con el corazón.

Él culpa a Papi por todo esto, y luego a Mami. Dice que tal vez el tío Jaime tenía razón, que si Mami no hubiera sido tan puta todos esos años, no habría sucedido nada de esto.

No le he contado a mi hermano que el doctor Joe,que trabaja en la cárcel de Carlito y algunas veces se encuentra conmigo para tomar unas copas en el salón del South Glades Seaside Motel, me ha dicho que probablemente todo se reduce a la química cerebral, que Carlito podría haber sido simplemente una bomba de tiempo y que las tendencias homicidas a veces están presentes en las familias. Yo he fingido no preocuparme por esto, actúo como si no tuviera importancia, e incluso he llegado al extremo de mentirle al doctor Joe y decirle, «Supongo que tuve suerte, porque Carlito y yo tenemos padres diferentes». Llegué a creer esto por un tiempo, pero Mami me dijo, «Lo siento, mi corazón. Héctor era tu papi también».

El doctor Joe está familiarizado con el caso de Carlito. No sólo por los periódicos, sino porque revisó su expediente cuando lo asignaron a la cárcel de Glades, con la esperanza de que Carlito necesitara algún tipo de terapia. Dice que está investigando sobre las formas en que el confinamiento solitario puede cambiar la mente de una persona con el tiempo. Obtuvo permiso para escanear los cerebros de los condenados a cadena perpetua y así poder comparar a los que están segregados de la población carcelaria principal con los que no lo están. Le pregunté si estaba bien hacerles pruebas a los presos como si fueran animales, pero el doctor Joe dijo, «Es para la ciencia, Reina». Ha podido demostrar que el aislamiento hace que los reclusos sean miopes e hipersensibles al sonido y a la luz, que el confinamiento solitario también puede volver a una persona psicótica, paranoica, y desarrollar alucinaciones, dice él, pero es difícil saber si es honesto acerca de las crisis nerviosas porque, aunque muchos presos entran a la cárcel como enfermos mentales, algunos sólo quieren ser clasificados como locos para tomar o intercambiar las píldoras gratuitas.

Carlito no quiere tener nada que ver con el doctor Joe o con los otros psiquiatras de la cárcel y se niega a hablar con cualquiera de ellos. El doctor Joe pretendió ser su amigo permaneciendo afuera de la celda de Carlito, mirando a través de la ventana de cristal reforzado de la puerta, diciendo que sabía que Carlito era inocente y que estaba de su lado. Si tan sólo Carlito estuviera dispuesto a hablar, tal vez él podría ayudarle con su próxima apelación. Carlito no mordió la carnada.

A veces sospecho que el doctor Joe sólo aparenta estar interesado en mí para que yo hable con Carlito, lo convenza de ser parte de sus investigaciones y lo persuada del mismo modo en que el doctor Joe trata de persuadirme. Puesto que a Carlito no le permiten tomar clases o socializar como a los otros presos, someterse a su estudio es una pequeña manera de sentirse útil, de dar algo de sí, y es también una forma de tener algún contacto interpersonal en esas semanas en las que no interactúa con nadie aparte de los guardias y de mí.

«Todo esto tiene que ser muy duro para ti, Reina», me dijo el doctor Joe la primera vez que nos encontramos en el bar del motel. «Debes estar abrumada con tantos sentimientos».

El doctor Joe piensa que siento ira contra mi hermano porque, cuando yo tenía nueve años, él me encerró durante horas en el clóset de mi cuarto, le dijo a mi madre que yo me había ido a jugar con los vecinos, y no tuve más remedio que orinar en una caja de zapatos. Además, porque cuando nuestra madre estaba en el trabajo, él me hacía quitar la ropa y sentarme a ver televisión desnuda, o a veces me hacía levantarme a bailar, y cuando yo me negaba, sacaba un cuchillo del cajón de la cocina y me lo ponía en el cuello.

Pero yo le digo al doctor Joe que Carlito fue un buen hermano porque nunca me hizo cosas sucias como los hermanos de algunas de mis amigas. Y cuando una chica de la escuela comenzó a intimidarme en octavo grado, y dijo que yo era una puta júnior fea, Carlito fue a su casa una noche con una máscara de luchador en la cara, entró a su cuarto y la golpeó mientras dormía.

Nadie supo que había sido él.

Él hizo eso por mí.

Joe —me pidió que dejara de decirle doctor, pero siempre se me olvida— piensa que estoy confundida. Me invita a cervezas y dijo que tenía treinta y dos años, que en realidad no es mucho más que mi edad, veintitrés. Es de Boston y dice que allí es muy diferente al sur de la Florida. Podría ser atractivo si tuviera un corte normal, y no esas greñas marrón, polvorientas, partidas de lado y se quitara esas gafas redondas que parecen de 1985. Tiene un apartamento en Key Largo al que algunas veces me invita. Precisamente ayer me dijo que podía dormir allá si quería, para no tener que gastar todo mi dinero en el motel de la cárcel. Le dije que gracias, pero no. Gano suficiente dinero para pagar por este pedazo de paraíso.

—Eres muy linda —me dijo anoche, cuando lo acompañé a su carro, que estaba en la entrada de piedritas, afuera del vestíbulo del motel—. ¿Tienes novio allá en Miami?

—No, vengo con un montón de equipaje, sabes a qué me refiero.

Yo estaba pensando específicamente en el último tipo, Lorenzo, un cirujano plástico que me abordó en el Pollo Tropical. Fuimos a cenar unas pocas veces y cuando finalmente tiramos, en un hotel, me dijo que me haría las tetas gratis si prometía decirle a todo el mundo que eran obra suya. Quería llevarme unos días a Sanibel, pero le dije que mis fines de semana estaban reservados para Carlito.

Todavía recuerdo sus ojos cuando le expliqué.

—¿Eres hermana de Carlos Castillo?

Y ese fue el final.

Joe se rio, como si yo hubiera dicho lo del equipaje en broma, pero luego se tragó su sonrisa cuando comprendió que no era así.

—Eres una chica maravillosa. Cualquier hombre estaría orgulloso de estar contigo.

Le sonreí a Joe, aunque siento que la gente sólo habla mierda como esa cuando saben que ya eres una causa perdida.

Pinto uñas, al igual que mi madre y que su madre. Mientras te cuento esto me percato de que somos una familia con todo tipo de herencias. Aquí entre nos, tenemos la casa. Mami es su única dueña, ya está paga, a pesar de que hace años empeñó todas sus joyas, y si le preguntas, te dirá que las únicas cosas de valor que tiene son sus santos y crucifijos. Después de que a Carlito lo metieron preso, Mami convirtió el cuarto de mi hermano en un altar para el papa, algo que a mí no me molesta. Remplazó todos los trofeos de fútbol y afiches de carros de Carlito por estampas enmarcadas de su santidad, libros y postales del Vaticano. Su gran sueño es ir un día a misa a la basílica de San Pedro y pienso que le hace bien. Está bien soñar con cosas que probablemente nunca sucederán. Por eso mismo yo aún tengo en mi cabeza la imagen de la junta carcelaria que le recomienda al juez clemencia para Carlito, y del director, que despierta una mañana y decide perdonar a mi hermano, como si en sus sueños Dios hubiera escrito en su corazón que este muchacho que está allá en los Glades merece una segunda oportunidad. Y entonces conmutará su sentencia a cadena perpetua, tal vez, por una posible libertad condicional. Pero esas cosas simplemente no suceden.

Trabajo en un elegante salón de belleza en Coral Gables. Los viernes empaco mi bolso, lo guardo en el baúl de mi Camry y, después de mi última clienta de la tarde, tomo la autopista y conduzco hacia el sur, para poder pasar la noche en el motel y levantarme al otro día a las cuatro de la mañana, con el fin de estar entre los primeros que se registran para las visitas del día en la cárcel. Cada visita dura apenas una hora y tiene que ser aprobada con anticipación. A veces logramos que sea más larga, si el guardia es compasivo. A Carlito le permiten dos visitas por semana. Que son mis sábados y mis domingos. Las chicas del salón me dicen que debería tomarme un fin de semana libre y hacer algo para mí, pero yo les digo:

—¿Qué clase de persona sería si abandonara a mi hermano?

Yo soy lo único que le recuerda a Carlito que él es un ser humano y no un animal enjaulado.

Después de conducir a través del portón de la cárcel, más allá de los muros de seis metros cubiertos con alambre afilado y del valle árido marcado por torres de vigilancia; después de los registros, de los formularios, de la máquina de rayos X, de la requisa por parte de los vigilantes y de guardar mi bolso en un casillero, estoy sentada con mi hermano al otro lado de una mesita, en un cuarto de concreto sin ventanas. La mayoría de los condenados a muerte reciben visitas en las que el contacto físico no está permitido, y están obligados a sentarse detrás de una división de plexiglás. Pero nosotros tenemos la suerte de poder sentarnos frente a frente y que él ponga sus manos sobre las mías, me acaricie los nudillos con las yemas de los dedos y me pregunte qué está pasando en el mundo por fuera de ese lugar.

—Creo que Mami y Jerry se van a casar. De ser así, querrá vender la casa y tendré que buscar un lugar para mí.

—De todos modos, deberías irte de esa casa. Empezar de nuevo en algún sitio. Esa casa está llena de espíritus malignos.

—No, Mami la hizo bendecir por un cura después de que te fuiste.

Él sacude la cabeza. Hay más arrugas pequeñas alrededor de sus párpados y las comisuras de sus labios que nunca antes.

—¿Y qué tal el trabajo?

—Igual. Me estoy volviendo famosa por mis acrílicos. Mejor de lo que era Mami.

—Esa es mi Reina.

Mi hermano deja caer su cara en la mesa y le acaricio el respaldo de la cabeza calva, el cuello desnudo, y paso mis dedos por el borde de su uniforme carcelario azul.

—Me estoy muriendo —dice sin levantar la cabeza.

Le beso la parte posterior de la cabeza, y el guardia que nos está observando desde arriba, en la pared, se acerca y golpea la mesa con la mano.

—Sin contacto —dice—. Soy blando con ustedes, pero siempre se pasan.

Carlito levanta la cabeza y se sienta tan erguido como un hombre a punto de ser ejecutado.

—Es mi hermana, viejo.

Le doy al guardia mi mirada de premio, que lo hace ablandarse y decir:

—Un minuto.

Siempre hace eso por nosotros.

Carlito se pone de pie y yo me levanto y me dirijo hacia él. Antes de que le vuelvan a encadenar las esposas a la cintura, alza los brazos para que yo pueda deslizarme por debajo y luego los baja para que sienta el peso de sus esposas descansando en la curva de mi espalda, por encima de mis caderas. Presiono mi cuerpo contra su pecho y los bíceps de Carlito me atrapan, su cabeza cae sobre mi pelo y presiono mi mejilla contra su cuello. Permanecemos así hasta que el guardia golpea la mesa de nuevo.

—Basta, Castillo. Tu tiempo ha terminado.

Le doy a mi hermano un beso en la mejilla antes de que el guardia nos separe. Siempre es así. Nuestras despedidas rompen un poco las reglas. Salgo de debajo de sus esposas y enseguida el guardia conduce a mi hermano a través de la puerta trasera de la sala de visitas, por el corredor hacia las celdas solitarias.

Más tarde, en el motel, Joe —que acaba de salir del trabajo— me pregunta cómo estuvo la visita con mi hermano.

—Lo mismo de siempre. Pero hoy me dijo que se está muriendo.

—Por lo que he leído en sus expedientes, no tiene enfermedades graves —dice Joe. Y luego—: Reina, ¿te gustaría dar un paseo conmigo por la playa?

Subimos a su carro y Joe sale de la carretera y toma un camino sinuoso y me dice que hay una playa perfecta justo allá, después de los manglares. Es de noche, pero con la luna tan llena y tan brillante, todavía siento el bienestar de la luz diurna, cada onda palpitante del mar a la vista. No hay secretos. Dejo mis sandalias en la arena y Joe se arremanga el pantalón caqui y se quita los mocasines para dejar al descubierto sus pies pálidos con pelos crespos y dedos largos que me hacen sentir avergonzada por él. Caminamos por el borde del agua, la corriente tranquila, salvo por la agitación ocasional de la marea creciente.

Veo un aleteo en la arena y, cuando nos acercamos, noto una gaviota que se sacude en el agua poco profunda, lucha por respirar, sus pequeñas patas negras y débiles bajo su cuerpo, sus alas incapaces de desplegarse y elevarse. La tomo, la acerco a mi pecho mientras Joe me mira con asco, y me dice que esas aves transmiten enfermedades y que tenga cuidado o me morderá.

—Estaba a punto de ahogarse —le digo, el ave paralizada como un juguete en mis brazos—. Tenemos que intentar ayudarla.

—Reina, no puedes estar hablando en serio.

Mis ojos le dicen cuán en serio estoy hablando. Regresamos al carro y siento que lamenta haberme invitado. Refunfuña algo sobre mí y mis intenciones de salvar a cada ser vivo de sí mismo.

Le insisto en que pare al lado de una patrulla de la policía que está detenida. El agente reconoce a Joe de inmediato y me mira. Mi cara se le hace conocida gracias a las largas filas afuera de la cárcel, a la espera de que comiencen las horas de visita, o por mis discusiones ante las multas de estacionamiento cuando dejo mi carro afuera del Motel Glades porque el parqueadero está lleno en las noches, o por las veces en que he ido a toda velocidad por la US1 para llegar a los Cayos antes del atardecer, porque mi madre siempre me dijo que es la hora en la que salen los locos.

—¿Sabes dónde podemos encontrar ayuda para un ave herida? —le pregunto al oficial desde mi lugar en el asiento del pasajero.

El policía parece escéptico, posa su mirada en la gaviota sin fuerzas, en mi regazo, y sacude la cabeza hacia nosotros, mirando con desaprobación a Joe antes de decirnos que intentemos en la reserva de la marina que está a pocos kilómetros.

—Tienen un santuario de aves allá. Podría estar cerrado a esta hora, o tal vez no. Quizás alguien les pueda ayudar.

Resulta que el lugar está cerrado, las puertas encadenadas y con candado. Presiono mi cara contra la reja metálica, grito para ver si todavía hay alguien que pueda ayudarnos.

—Creo que deberías dejar que el pájaro fallezca de muerte natural —dice Joe, recostado contra su carro, los brazos cruzados sobre el pecho y una mirada de desprecio.

Sostengo el ave frente a él.

—¿Te parece esto una muerte natural?

—Deberíamos evitar que sufra. Ahogarla o algo así.

—Quieres decir evitar que tú sufras, porque no quieres lidiar con ella.

Joe suspira como lo haría un padre con un hijo irracional.

—¿Qué quieres hacer con ella?

—La llevaré a casa y la traeré aquí a primera hora de la mañana.

—Reina.

—No necesito tu ayuda. Simplemente déjame en el motel.

—¿Por qué no te quedas conmigo esta noche? Dejaremos al ave en una caja en el baño y te traeré aquí al amanecer.

—No te importa el ave.

—Pero a ti sí. Y tú me importas.

Me voy con el doctor porque, en realidad, estoy harta del tapete verde y sucio del Motel Glades, de la gente de aspecto triste que pasa el tiempo en los tráileres, de los rezagados como yo que tomamos habitaciones en el hospedaje principal, y de las mujeres que vienen acá a visitar a sus hombres de día, pero pasan sus noches con adolescentes prostitutos que se mantienen alrededor de la gasolinera en Hickory Key.

El apartamento del doctor Joe luce mucho mejor de lo que yo esperaba. Parece como si estuviera en South Beach y no en los Cayos decaídos. Completamente blanco, como un hospital, con muebles de cromo y cuero, enormes cuadros abstractos en las paredes; el tipo de cosas que sólo compran los niños ricos.

—Mierda —digo cuando me conduce a través de la puerta.

—El costo de vida es muy barato aquí —dice él, como si yo lo hubiera sorprendido cometiendo un delito—. Nada comparado con la vida en el norte.

—¿Por qué decidiste dejar Boston para venir acá y trabajar en una cárcel?

Él sonríe tímidamente y ofrece lo que parece ser una falsa confesión. Dice que simplemente necesitaba un cambio de escenario. Sospecho que el doctor huye de algo y vino a esconderse a los Cayos. Sin embargo, decido no reprochárselo porque todos tenemos nuestras sombras.

Joe sale a buscar una caja para el ave que yo quiero creer que está durmiendo en mis brazos, pero que realmente parece como si se hubiera cansado de este mundo. Pienso que tiene las patas rotas por la forma en que se inclinan y se doblan como si fueran de cuerda.

Pobre pájaro. Si la vida fuera justa, él y yo estaríamos viviendo en Cartagena y no en la Florida, donde parece acumularse toda la mierda del mundo.

Joe regresa con una caja vacía que parece destinada al envío de artículos electrónicos. Meto el ave y la llevamos juntos al baño de huéspedes, la dejamos en el piso y le deseo buenas noches, mientras siento la mano de Joe en mi hombro.

—Déjame preparar unos tragos. ¿Qué tal un vodka?

Le pido que mejor prepare un poco de té.

Nos sentamos juntos en su sofá de cuero. No puedo describir lo que siento por Joe. Parece un hombre solitario y esto hace que me guste, veo pedazos de mí en él. Pero una parte de mí también lo ve como la clase de tipo que se excita con las personas trágicas.

—Tú me inspiras, Reina. La manera en que siempre tiendes la mano para ayudar a los demás. A tu hermano. Incluso a esa ave moribunda. Das demasiado.

Oírlo hablar de mí como si fuera una especie de santa me hace sentir incómoda.

—Has renunciado a tu vida para no dejar solo a Carlos. Eso es muy admirable. No conozco a ninguna persona con ese tipo de lealtad.

—Hay todo un motel repleto de ellas allá donde me encontraste.

—Tú eres diferente.

—No lo soy.

Se aprovecha de mis labios entreabiertos y posa su boca sobre la mía, y en cuestión de segundos estamos deseándonos como colegiales en el sofá de cuero. Sus manos buscan a tientas los botones de mi blusa y yo busco su cinturón. Me dice que ha soñado con besarme desde que me vio aquel primer día pasando por el detector de metal, cuando trasladaron a Carlito a la prisión federal.

Me dice que pase mis piernas a su alrededor, me quita el brasier y yo las gafas de nerd de su cara. Entonces me dice:

—Háblame de la primera vez que te follaron. ¿Qué edad tenías?

—Trece —le susurro al oído mientras él me toca y luego quiere saber con quién, dónde y cuánto me gustó.

Le murmuro que fue con Manolo, el amigo de mi hermano, y que cuando terminamos de hacerlo descubrí que mi hermano lo había visto todo desde su clóset porque decía que me veía bien, como una verdadera mujer, al fin, y me sentí orgullosa. Después de eso, empecé a acostarme con todos los amigos de mi hermano. Pero él le contó a mi mamá y ella me dijo que tuviera cuidado, porque si una mujer era buena amante podía enloquecer a un hombre. Mira nada más lo que le pasó a nuestro padre.

El doctor Joe me acerca más a él y justo cuando estamos a punto de hacerlo, me dice:

—Háblame como si fuera tu hermano.

Me congelo. Lo miro fijamente. Su boca húmeda con mi saliva, sus mejillas enrojecidas. Una pestaña suelta en su nariz.

—Estás enfermo de la cabeza, ¿sabes?

—Reina, vamos. No quise decir nada con eso.

Trata de acercarme de nuevo a él, pero ya tengo los pies en el suelo, me enderezo y me abrocho el brasier.

—Reina, sólo estaba bromeando.

Se levanta, se pone los pantalones y me sigue al baño. Recojo la caja con el ave y lo empujo al pasar.

—¿Adónde vas?

—El pájaro y yo nos vamos.

Esto es lo que sucede: camino calle abajo con el doctor Joe gritando detrás de mí.

—¡Sólo quiero estar cerca de ti y lo único que encuentro son paredes!

Hasta que el mismo policía que nos dijo adónde llevar el ave se detiene a mi lado y me pregunta si hay algún problema.

Tiene un ojo en mí y otro en Joe, que está desarreglado y parece demasiado desesperado y culpable como para estar afuera en medio de la noche.

—¿Necesitas que te lleve de nuevo al motel?

Asiento con la cabeza, y cuando estamos sentados solos en la patrulla de la policía, el doctor Joe ya muy lejos de nosotros, de camino a su apartamento, el agente se vuelve hacia mí y me dice:

—Ya sabes, si quieres hacer una denuncia por asalto, acoso o algo así, lo corrobaré por completo. Nunca me gustó ese doctor. Ni siquiera un poco.

Mi gaviota estaba envenenada.

Eso fue lo que me dijo la experta en aves del centro marino cuando la llevé allá esa mañana.

—Creo que tiene las patas rotas —le dije a la mujer, que lucía un bronceado permanente y vestía un overol masculino.

Ella sacudió la cabeza.

—Lo siento, querida. El ave se está muriendo. Es bueno que no la hayas dejado ahogar y esas cosas, pero vamos a tener que practicarle la eutanasia.

—¿Ni siquiera tratarás de salvarla?

—Es imposible salvarla. Mírala. Está sufriendo.

—Sufrir significa que todavía está viva —dije, pero yo sabía que su destino ya estaba decidido.

Ella la agarró con una mano, le apretó las alas, y me dejó con la caja vacía.

Le cuento toda la historia a mi hermano el domingo, durante las horas de visita en la cárcel. Todo, salvo la escena carnal entre Joe y yo en el sofá. Carlito realmente no necesita oír eso. Tiene mujeres que le escriben cartas, pero no le permiten verse con ninguna de ellas como a los otros presos con privilegios normales.

Cuando estaba en la cárcel del condado, comencé a mandarle libros, pues aunque no lo creas, Carlito era el mejor lector que hayas conocido, incluso durante los años en que le iba tan mal en la escuela, antes de estudiar en una universidad de verdad. Mi hermano era el tipo más inteligente que yo conocía, podía hablarte de guerras antiguas, religiones, de toda clase de cosas, y te preguntabas por qué un tipo como él sabía eso. Pero mi hermano decía que era importante saber cosas del mundo. Decía que al leer uno adquiere sus propias ideas, y las ideas son lo que mantienen vivo a un hombre.

Yo empacaba cajas llenas de libros sobre cualquier tema que pudiera encontrar para enviarle. Cuando el viejo de la esquina se murió, su viuda me dijo que podía quedarme con todos sus libros, los dejó en cajas en la acera,y también le mandé esos. Biografías, mierda histórica. De todo. Y dentro de esos paquetes a veces escondía algunas revistas porno, aunque era probable que las confiscaran —pensé que valía la pena el esfuerzo—, porque yo entendía que un tipo en la cárcel podía tener impulsos como los que mi madre describía a menudo, y no había nadie que se encargara de ellos.

Un día, Carlito dijo:

—No más libros. No más revistas. Nada.

Cuando le pregunté por qué, repitió lo que había dicho años atrás, que los libros le daban ideas, que lo hacían querer vivir. Pero desde que el juez marcó los últimos minutos de Carlito en el reloj, tener ideas y esperanzas hacían que fuera más duro y doloroso estar vivo.

Mi hermano me besa las manos y apoya su mejilla en el respaldo de mi palma, tal como siempre lo hace.

Me dice que me quiere y le digo:

—Yo también te quiero, hermano.

—Ya sabes qué día es mañana —dice Carlito, y asiento con la cabeza, sorprendida de que todavía lleve un calendario.

Ocho de septiembre. El aniversario del día en que nuestro padre lo tiró del puente.

Qué clase de hombre puede hacerle eso a un niño, era lo que solíamos decir, hasta que Carlito hizo lo mismo.

Cinco días después hago el mismo viaje: bajo por la autopista con el telón del atardecer que desciende por el occidente, atravieso Florida City, los centros comerciales y concesionarios de carros que se funden con los pantanales y las tiendas de artículos de pesca, pasando por Manatee Bay hasta el Overseas Highway. Es un territorio de vagabundos, donde la gente va a olvidar y a ser olvidada. He llegado a pensar en esta tierra como en un segundo hogar. El motel de la cárcel; caras conocidas, aunque pocas de nosotras intercambiemos nombres. Cada una purgando nuestra sentencia, esperando, esperando, porque la cárcel nos ha hecho más pacientes de lo que nunca habríamos imaginado que podríamos ser, hasta que recibimos el llamado de que ya es hora; el fin de la sentencia o, simplemente, el final.

Hace como un año vi a Isabela en el velorio de Miguel, uno de los viejos amigos de Carlito, con el que ella finalmente se casó. Esperé hasta la medianoche pensando que la multitud se dispersaría, para luego ir a casa de alguien a comer o a tomar algo. Pero allá estaba ella, sentada en una silla plegable cerca del ataúd, con su madre que la abrazaba. Me detuve en la entrada, me persigné, dije una oración de cinco segundos y le pedí a Dios que se llevara a Miguel directamente al cielo, porque había sido muy especial conmigo cuando yo tenía dieciséis años y hablábamos más de lo que tirábamos, lo que en ese entonces era poco común. Miguel era policía y él e Isabela se enamoraron durante el juicio de Carlito, porque Miguel era la clase de tipo que sabía manifestar su apoyo. Había recibido un disparo de otro policía durante un robo en el Dolphin Mall. Fuego amigo.

Yo no quería que Isabela me viera. No esa noche. Ya es lo suficientemente incómodo que tenga que encontrarse conmigo en el supermercado, en la farmacia y en la gasolinera. Nunca ha sido cruel conmigo, como otras personas del barrio. Siempre sonríe, me dice que reza por mi familia y por mí. Que perdona a Carlito y que no quiere que muera. Le creo, porque el día de la sentencia Isabela lloró durante su declaración con una foto de su hija contra el pecho —era uno de esos retratos navideños que hacen las tiendas por departamentos—. Shayna estaba con un vestido rojo nuevo; un rostro como el de su madre en miniatura. Isabela miró al juez, luego a Carlito, que estaba esposado a una mesa al lado de su abogado y, entre lágrimas, le pidió a la corte que tuviera piedad con él porque, según Isabela, sin importar el crimen de Carlito y sin importar cuánto creía ella en la justicia, una muerte no es la solución a otra.

Isabela y yo habíamos sido buenas amigas. Ella era un poco mayor, pero estábamos juntas en el grupo juvenil de la iglesia y fue ella la que me llevó a que me hicieran mi primer aborto, cuando yo tenía catorce años, porque decía que no estaba bien provocarle ese tipo de vergüenza a mi madre, que ya había sufrido tanto. E Isabela conocía a un médico que no exigía el consentimiento de los padres.

Pocos años después, Carlito se enamoró de ella.

Yo estaba celosa. Isabela y su sonrisa suave, una manta en la que todos los chicos querían envolverse. Ningún chico me miró nunca así.

Mi hermano solía decir que él veía una familia en los ojos grises de ella y yo me ponía furiosa, le jalaba la manga de la camisa y le decía:

—Ya tienes una familia.

Algo que nunca admití: fui yo la que le dijo a Carlito que Isabela lo estaba engañando cuando Carlito estaba borracho de cerveza frente al televisor, un sábado por la tarde, preguntándose por qué ella tardaba tanto en devolverle las llamadas.

Lo llené de rabia, le dije que ella le estaba poniendo los cachos, que él estaba dejando que se la jugaran, como si fuera un cabrón.

Mentí.

Dije que todo el mundo sabía lo fácil que era ella, menos él.

A veces, cuando nos encontramos, Isabela me invita a cenar a su casa porque sabe que la mayoría de las noches la paso sola, viendo las noticias locales, con un plato de pollo asado de la cantina. Nunca voy. Aprecio su generosidad, pero sé que si me aparezco, pese a la amabilidad de su hija, los padres de Isabela probablemente no me dejarían cruzar la puerta.

Siempre me abraza cuando me ve, me murmura al oído que aunque la gente diga que nos encontramos en lados opuestos, estamos juntas en esta mierda y que su bebé es un ángel ahora, que vela sobre todos nosotros.

Hubo una época en que Mami decía ...