Loading...

LIMPIEZA DE OFICIO

Sergio Ocampo Madrid  

0


Fragmento

Era el homenaje último al Bonny, caído dos noches atrás, pero también a los otros cuatro asesinados en ese febrero fatídico.

El llanto de un payaso, el llanto de veras, puede ser una de las visiones más desoladoras en el repertorio de las cosas tristes. Cursis y tristes. Entonces, cien payasos llorando, ciento tres exactamente, es un cuadro que titubea inseguro entre lo horrible y lo tierno.

Se movían sigilosos, estrechos, rozándose hombro a hombro, espalda con espalda, en esta casa funeraria donde un olor mustio, oxidado, apabullaba al incienso, y las margaritas y otras flores humildes decoraban desde los jarrones con abolladuras. Había cirios y velones, pero ardían con poco vigor y en esa combustión que impregna de sebo paredes y cosas. Un olor pobre, de pobres. La decisión por consenso había sido vestir las ropas oficiales que cada uno usaba en sus trabajos del día: grandes zapatones, pelucas entintadas en rojo alcalino, verde chillón, azul estridente; las calzonarias enormes y aguadas, o las muy estrechas y encogidas, y los maquillajes completos como si fueran a salir a escena en cualquier momento.

El ambiente era de luto, pero también de resistencia firme; habría que organizarse y responder a la guerra que desde algún rincón, en las sombras, un asesino, un loco, un matarife, les declaró a los payasos de esta ciudad donde la risa se había vuelto un blanco móvil, no más.

La sala se desbordó desde que subieron el cajón y se desgranó la romería de narices rojas empañando el cristal de la ventanita abierta para decirle al muerto alguna cosa insulsa, repetida, alguna confesión en susurros, o hasta un recado oportunista para el más allá. De cuando en cuando se venía un murmullo que traía un eco amargo, pero que sonaba también a rabia masticada y vuelta a masticar. Muchos repetían el rito de hacer la fila, volver a mirar aquella cara mustia detrás de ese vidrio y prometer que alguien iba a pagar por todos los muertos.

Era una estampa estrafalaria la de tantos payasos solemnes, mesurados, y hablando bajito, sin engolar la voz hacia ese tono con el que gastan bromas y se mofan del mundo. Las esposas, novias, concubinas, se habían hecho a un lado, y se agrupaban afuera como si tuvieran su propio velorio, menos riguroso y más casual en los tonos de voz, en las evocaciones al nuevo difunto, en las frases que alcanzaban a escrutarse en el aire, cuando no se rezaba el réquiem a las almas benditas. Casi todas estaban de negro o de oscuro, y era ostensible una tensión, un nerviosismo, una ansiedad por la seguidilla de muertos en solo tres semanas, y por el gran enigma de quién o quiénes, y por qué, estaban matando payasos.

Casi al mediodía salió el cortejo fúnebre y se enfrentó a la vía pública. No fue posible conseguir una carreta tirada por un caballo o un burro. Y un coche funerario, de esos negros y largos, hubiera sido un agravio para esta gente con las monedas precisas del pasaje en bus. Ocho payasos, unos altos, otros bajos, se fueron rotando la carga de ese féretro que cabeceó un buen trecho seguido por la multitud. Caminaban lentos por la calle de honor, de mirones, de vecinos en homenaje no al muerto sino a todo ese carnaval tan raro, de colores alegres y caras muy tristes, que culebreaba rumbo al cementerio. El sol pareció empecinarse en hacer las cosas más duras y calentó con la fuerza de un mediodía azul, limpio, sin borrones en el techo del cielo. Circunspectos, los payasos resistieron bajo sus pelucas la comezón y el cansancio y se vieron los maquillajes estropeados por las lágrimas de la mañana y los sudores del encierro y la marcha.

Una reja rechinó en el único gozne que quedaba asiéndola y los flashes de la prensa volvieron a ex

Recibe antes que nadie historias como ésta