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DíA 21 2

Kass Morgan  

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Fragmento

ÍNDICE

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Capítulo 1. Wells

Capítulo 2. Clarke

Capítulo 3. Glass

Capítulo 4. Wells

Capítulo 5. Bellamy

Capítulo 6. Clarke

Capítulo 7. Glass

Capítulo 8. Wells

Capítulo 9. Clarke

Capítulo 10. Bellamy

Capítulo 11. Wells

Capítulo 12. Glass

Capítulo 13. Clarke

Capítulo 14. Wells

Capítulo 15. Bellamy

Capítulo 16. Wells

Capítulo 17. Glass

Capítulo 18. Clarke

Capítulo 19. Bellamy

Capítulo 20. Glass

Capítulo 21. Wells

Capítulo 22. Bellamy

Capítulo 23. Clarke

Capítulo 24. Wells

Capítulo 25. Bellamy

Capítulo 26. Glass

Capítulo 27. Clarke

Capítulo 28. Glass

Capítulo 29. Wells

Capítulo 30. Bellamy

Capítulo 31. Clarke

Agradecimientos

Sobre la autora

Créditos

 

A mis padres y a mis abuelos, con amor y gratitud.

Capítulo 1
Wells

Nadie quería acercarse a la tumba. Aunque cuatro de sus compañeros yacían ya en el improvisado cementerio, los demás aún se sentían incómodos ante la idea de enterrar un cuerpo.

Nadie quería tampoco dar la espalda a los árboles. Desde el ataque, un chasquido de nada bastaba para que los supervivientes dieran un respingo, aterrados. De manera que las cerca de cien personas que se habían reunido para despedir a Asher se habían apiñado en semicírculo alrededor de la tumba y repartían las miradas inquietas entre el cadáver tendido en la tierra y las sombras que proyectaba el bosque.

El tranquilizador chisporroteo del fuego que solía acompañarlos brillaba por su ausencia. La noche anterior se les había terminado la leña y nadie se había atrevido a entrar en el bosque para traer troncos. A Wells no le habría importado hacerlo él mismo, pero había tenido que cavar la tumba. Tampoco se había ofrecido nadie a ayudarlo, salvo un arcadio alto y callado llamado Eric.

—¿Seguro que está muerto? —susurró Molly al mismo tiempo que se apartaba del profundo hoyo, como si temiera que se la tragara a ella también.

Solo tenía trece años, pero parecía más joven. O, al menos, lo parecía a su llegada. Wells recordaba haberla ayudado después del accidente, cuando las lágrimas y las cenizas aún surcaban sus carrillos regordetes. Ahora, mostraba una carita delgada, casi chupada, y lucía un corte en la frente que no tenía buen aspecto.

Casi sin querer, Wells echó una ojeada rápida al cuello de Asher, a la herida dentada que delataba el lugar exacto donde la flecha le había perforado la garganta. Asher llevaba dos días muerto, desde que las misteriosas figuras se materializaran de repente en la cima del monte, contradiciendo así toda la información que había recibido el grupo de colonos, todo aquello que creían saber.

Los habían enviado a la Tierra en calidad de conejillos de Indias. En teoría, eran las primeras personas que pisaban el planeta desde hacía trescientos años. Por lo visto, los habían informado mal.

Algunos seres humanos jamás se marcharon.

Todo había sucedido en un abrir y cerrar de ojos. Wells no se había dado cuenta de que pasaba algo raro hasta el momento en que había visto a Asher tirado en el suelo, boqueando e intentando arrancarse la flecha que tenía clavada en la garganta. Fue entonces cuando Wells se dio media vuelta… y los vio. Recortados contra el sol del ocaso, los forasteros parecían oscuros e imponentes. Wells había parpadeado, casi convencido de que los vería desaparecer ante sus ojos. No concebía que fueran reales.

Sin embargo, las alucinaciones no disparan flechas.

Al ver que nadie acudía a su llamada de socorro, Wells había llevado a Asher al hospital de campaña, donde guardaban los medicamentos que habían rescatado del incendio. No sirvió de nada. Wells aún seguía buscando vendas como un poseso cuando Asher ya había expirado.

¿Cómo era posible que hubiera gente en la Tierra? No se lo podía creer. Nadie había sobrevivido al cataclismo. Aquella era una verdad incontestable, tan enraizada en la mente de Wells como el hecho de que el agua se congela a cero grados o que los planetas giran alrededor del sol. Y, pese a todo, los había visto con sus propios ojos. Seres humanos que no habían llegado del espacio con ellos. Nativos.

—Está muerto —le respondió Wells a Molly.

Al darse cuenta de que prácticamente todo el grupo estaba pendiente de sus movimientos, se puso en pie despacio. Hacía unas semanas, sus compañeros lo habrían mirado con menosprecio, cuando no con franco desdén. Nadie se tragaba que el hijo del canciller hubiera sido confinado. A Graham le había costado muy poco convencerlos de que Wells estaba allí para espiarlos por cuenta de su padre. Ahora, en cambio, todos los ojos estaban puestos en él como esperando instrucciones.

En el caos posterior al incendio, Wells había organizado equipos para revisar el material que aún se pudiera aprovechar y había dirigido los trabajos de construcción de estructuras permanentes. El interés que sentía por la arquitectura terrestre, que tantos disgustos le había costado a su pragmático padre allá en la colonia, le había ayudado a diseñar tres cabañas de madera que ahora se erguían en el centro del claro.

Wells miró el cielo del anochecer. Habría dado cualquier cosa por poder enseñarle las cabañas a su padre. No para demostrarle que se equivocaba con él. Después de que su padre hubiera recibido un disparo en la plataforma de despegue, cualquier resto de resentimiento que Wells aún pudiera albergar hacia él se había esfumado. Ahora, solo deseaba que su padre llegara a considerar la Tierra su hogar. En teoría, el resto de la Colonia debía reunirse con ellos en cuanto el planeta fuera declarado habitable, pero ya llevaban allí veintiún días y nadie había visto ni un mísero destello en el firmamento. ¿Qué significaba aquello para los cien? ¿De verdad los habitantes de la colonia tenían previsto desplazarse a la Tierra?

Cuando devolvió la vista al suelo, sus pensamientos retornaron a la tarea que tenía entre manos: despedirse de aquel chico que estaba a punto de reposar en un lugar mucho más oscuro.

A su lado, una chica se estremeció.

—¿Podemos acabar de una vez? —se quejó—. No quiero pasarme aquí toda la noche.

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