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LOS BEATOS MUEREN A LAS CINCO

Víctor Diusabá  

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Fragmento

Domingo 25 de octubre de 1992
Roma y El Vaticano

Las primeras ráfagas de la luz del amanecer que entran a la Plaza de San Pedro pasan por entre las rendijas abiertas en las cúpulas de la basílica. Sus haces dan en la cara de Concha, plantada unos metros delante de las columnatas, con el fondo casi vacío de la explanada. A lo lejos, el ronroneo del coche de limpieza rompe el silencio con sus cepillos a media máquina. Dos operarios vestidos de verde hoja con una línea amarilla que les cruza el pecho y la espalda de sus uniformes siguen con sus botas de trabajo los pasos del carro. Algún trozo de papel escapa de sus manos y queda a merced del viento. El cielo azul sin mácula alumbra ese día destinado a la santidad.

La sombra de Concepción —siempre hubiera querido que la llamaran Concepción, como quedó en el registro bautismal, pero no hubo cómo; Concha la llamaron desde antes del bautizo y Concha se quedó para siempre, entre otras, para diferenciarla de Concepción, el pueblo de Antioquia donde vino al mundo— se proyecta sobre el piso. Vista desde arriba, la figura alargada no logra disimular las formas jóvenes que a los cuarenta y cinco años se empeñan en no marchitarse y que ahora parecen brotar más atractivas aún, envueltas en el vestido de fondo blanco y trazos negros que hace juego con la mantilla, el velo y los zapatos de tacón grueso con los que se ve un poco más alta de lo que ella misma quisiera. También soñó con ser un poco más chica, pero, como decía con molestia y sorna cada vez que alguien sacaba al baile eso que los machos del pueblo llamaban su alzada, “esto es defecto de familia”. Y sí, su padre se murió de muy viejo y sin embargo tuvieron que meterlo a las malas entre el ataúd más largo y ancho que encontraron en la región. Y ni hablar de Rubén, su hermano —y beato en pocas horas—, tan inmenso que cuando trabajó en el túnel de La Quiebra debieron fabricarle palanca doble, primero a la pica y después a la pala, para que no se rompiera la espalda, más de lo que de hecho se la rompió sacando rocas de la montaña para hacerlas piedras.

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Los frenos gastados del primer autobús con turistas se hacen sentir a sus espaldas. Un número hecho a mano, el 60, identifica el grupo que el armatoste lleva en sus entrañas, guiado, se puede ver en el ancho panorámico, por un hombre de lentes oscuros y corbata que se asoma entre la camisa y el cuello en v de su suéter, mientras sus gestos delatan al amo y señor de la jauría de tontos que le han encomendado. Concha, siempre Concha, voltea a mirar la escena con una mezcla de hartazgo y decepción. Quisiera estar sola frente a ese mundo que ahora la acoge y que, está bien, la impresiona. Pero no anda segura de cuánto la podrá turbar todo ese gentío que pronto convertirá la plaza en un mercado como esos que alcanzó a ver la tarde de ayer cuando el coche que la llevó del aeropuerto de Roma al hotel se metió entre las callecitas estrechas de la ciudad con vueltas y revueltas que le sacaron el dolor de cabeza con el que pasó la noche. Esas plazas —cosas más, cosas menos— le trajeron recuerdos de los viajes de sábado a la biblioteca en Medellín. Eso, Medellín, es más lo suyo, pero ahora está aquí, en Roma, ciudad ajena. Ella, Concha, no es más que una maestra de escuela. Y sí, la hermana de fray Rubén, que tampoco es mucho porque, como se lo dijo Uriel, el viejo masón del pueblo, “¿qué tanto le puede tocar a Rubencito, aparte de un puesto de segunda entre los mártires, santo entre otros 234 santos? Yo creo que una medallita y, si sobra, un devocionario. Eso sí, no dejés de ir, mija, uno nunca sabe qué le puede tener escondido la Iglesia, que hasta milagros hace”.

La mantilla no logra espantar el frío. La punta de la nariz de Concha cuece una gota de agua que ella recoge con disimulo en el lomo del dedo índice que arropa el guante negro de su mano izquierda. Una bandada de monjas que ahora corren presurosas por la plaza deja a su paso una estela de bocanadas de aire caliente. El otoño promete hacerse sentir. Los murmullos y las risas en voz baja de las novicias desaparecen en el acto por la hoja de un portón de uno de los edificios que flanquean la basílica y que las devora apenas un segundo después de que alguien echa una última mirada antes de atronar el ambiente con un cerrojo que cruje hasta dar con su cierre.

Ese mismo sol y ese mismo cielo se ven más oscuros a los ojos de Jordi Urazán. Es más, ni siquiera lo tocan. Tampoco los diez grados centígrados con cara de ocho, o menos, que corren más rápido por entre el corredor en el que se ha atrincherado. Jordi lleva una manta que le abriga las piernas, mientras los flecos de esta se acomodan por entre los intersticios de las posaderas de los pies de su silla de ruedas. La barretina morada parece ser muy grande para su cabeza, una especie de berenjena sin fin que cae desde la amplia frente hasta los propios carrillos, cortada por ojos minúsculos que se pierden en la inmensidad del rostro y que ahora ni siquiera están porque andan ocultos tras las gafas de cristales negros. Pero si algo se nota cerca —incluso, lejos— son sus orejas descomunales, de las que asoman pelos si no del tamaño sí de la textura de la crin de un caballo. Jordi no se los corta, siempre lo ha dicho, porque en ellos están sus propias raíces layetanas, esas mismas de pueblos que hace siglos habitaron lo que hoy es Cataluña. Con todo, Jordi no transmite la condición de un abuelo en las últimas. Por el contrario, ahí, acomodado casi de medio lado en su aparato y con un bastón entre las manos, como si pudiera levantarse en el siguiente segundo —no se sabe si a pegar mandobles o a buscar la mano de Juan Pablo II, quien en un rato debe asomar por allí—, el señor Urazán despierta respeto o temor, quizás miedo. Un niño que pasa de la mano con su mamá lo mira ahora, el viejo levanta la nariz y con ella los lentes, quizás para saludarlo. El crío se aferra a la mano de la madre y se pierde con ella en la distancia, mientras Joan se echa a reír desde su puesto de guardaespaldas y remolcador del abuelo, de su abuelo Jordi.

Los dos, el viejo y el nieto, están agazapados desde hace rato. Han visto al carro escoba hacer parte del trabajo con las luces encendidas. Un coche de carabineros ha pasado de ronda al ralentí por el lugar y uno de los agentes ha encendido su linterna al ver esa extraña figura que al final ha resultado ser la de un anciano y su acompañante a la espera del papa Superstar, deducirán. Al joven le ha parecido escuchar que uno de los policías le ha dicho a su compañero “estos turistas están locos”. “Poco importa —dice el viejo—, hemos venido a lo que hemos venido”. Y eso a lo que han venido está ahí, vestida de creyente, apostando por una pulmonía. Y guapa. Sin duda, guapa.

El castellano a paso lento del papa apaga todas las conversaciones y concita la atención de los peregrinos: “Mención especial a los siete hermanos de Colombia, los primeros hijos de esta querida nación en llegar al altar. Estaban en España para completar su formación religiosa y la técnica, cuando el Señor los llamó a dar testimonio de la fe. Hoy, coincidiendo con el quinto centenario de la evangelización de América, vamos a reconocer públicamente su martirio y presentarlos como un principio de la Iglesia en Colombia. Todos estos hermanos, perseverando en su consagración a Dios y dedicación al servicio de los enfermos y en la fidelidad a los valores de la práctica del carisma y la misión del hospital, dieron su vida por su fe y como la prueba suprema del amor. Su martirio sigue los pasos de Cristo, misericordioso y buen samaritano, tan cerca del hombre que sufre de dar su vida por la salvación de la humanidad. No hay duda de que ellos tenían en mente una exhortación de su fundador, san Juan de Dios: ‘Si vemos cuán grande es la misericordia de Dios, nunca dejaríamos de hacer el bien’”.

Por primera vez en la larga mañana de ese domingo 25 de octubre de 1992, Concha siente que le falta el aire. Ni siquiera puede soltar el “¡dejen oír!” que se queda atragantado a medio camino entre la emoción y esa mujer que ahora la agarra por el talle con su brazo izquierdo mientras con el derecho iza la bandera nacional a los berridos de “¡viva Colombia!, ¡viva la Virgen de Chiquinquirá! Y ¡viva Juan Pablo II!”. Por un par de segundos, la emoción de decenas de hombres, mujeres y niños que se han puesto por casualidad a su alrededor y que ahora también agitan banderas de Colombia y de El Vaticano le quitan la visual perfecta que tanto tardó en encontrar para tener al papa Juan Pablo II tan en frente, en el balcón desde el que se dirige a la multitud, que bien podría reclamar que lo miraba directo a los ojos.

Y como si el propio Juan Pablo II lo supiera, espera un momento para tomar aire antes de continuar, mientras se pasa por el rostro un pañuelo blanco con el que lo acaba de socorrer uno de los curas de su séquito. “Shhhhhhh”, entona Concha con autoridad. La vieja envuelve su bandera en el aire, mientras un nuevo “¡viva Colombia!” se deja venir de unas filas atrás. La réplica es mínima. El papa ase el micrófono como si el viento amenazara con quitárselo de las manos y sigue adelante con su homilía: “Todos estos hermanos —y en ese preciso instante a Concha se le ocurrió creer que ese señor polaco hablaba desde su trono sobre varios hermanos, pero concretamente de uno, su hermano Rubén— dieron la vida por la fe mientras prestaban un abnegado servicio a los enfermos, dentro de los valores y la misión carismática que practicaban. Como buenos samaritanos, ellos han seguido los pasos de Cristo. Han dedicado su vida al cuidado y servicio de los enfermos, especialmente los más pobres y marginados. Son mártires, un ejemplo y un estímulo para todos”. A no ser por un accidente, Juan Pablo II no iba a referirse a esos hombres —y mártires, había dicho— uno a uno. Eran tantos que las enumeraciones resultaban imposibles. Tampoco había venido a eso, pero quizás si a alguien de la familia se le ocurría preguntar les diría que sí, que había nombrado en especial a Rubén y luego a Concepción, al que llamó pueblo santo de Antioquia. Y se imaginó los rostros de asombro y las bendiciones y la esperanza con que la tía Carmen, tan melindrosa, aseguraría en el acto que había que irse alistando para una próxima visita papal con esa frase que tanto le había oído escuchar los últimos meses: “Si el padrecito va por allá a África, donde nada se le ha perdido y hay tan poco por hacer con esos negritos, quién quita que un día se nos aparezca por aquí”. Ahora había una razón de sobra: Concepción, pero sobre todo los López y los Aguilar de Concepción tenían un santo en casa. Rubén de Jesús López Aguilar era, a partir de ese momento, un beato, casi un santo.

Los minutos que pasan a continuación se le hacen largos y poco y nada se entera de lo que Juan Pablo II dice en casi media hora de homilía. Oye hablar de Barbastro, un lugar que se le volvió familiar de tanto verlo citado en lo mucho que había leído de la guerra. Y de la suerte de los claretianos que terminaron contra las tapias, antes de que les cayeran encima las descargas. Pero no quiere estar más ahí. Siempre ha detestado las multitudes y esta es la más grande que ha visto en su vida. El cansancio del viaje la tiene rendida a los pies de esos monumentos que, por un momento, la sacan de lo que parece ser una crisis. Y resulta curioso que, en ese instante, con los aullidos de la multitud, ese silbido de las banderas de mano al chocar con el viento y la voz de Wojtila que rebota contra la piedra, Concha termine escudriñando cada uno de los rincones de la plaza. Pero pronto el dolor en las piernas y la hinchazón de los pies que amenaza con sacarlos de sus zapatos la obligan a ir retrocediendo para buscar la retirada. En ella, acusando esa torpeza que le producía la falta de costumbre de moverse en un sitio tan ajeno al tránsito diario en Concepción de ir, con contadas excepciones, de la casa a la escuela y de la escuela a la casa, tropieza una y otra vez con la gente a medida que camina hacia atrás, como si temiera que su ausencia pudiera sentirse entre los miles que habían decidido acompañarla a la ceremonia esa misma mañana que ya se había hecho mediodía. Algo más la tiene con la cabeza cuadrada. Debe buscar un transporte público para volver al hotel. El taxista de la mañana, tan amable, le había arrancado de la mano buena parte del presupuesto diario, y ella, meticulosa hasta rayar en la austeridad espartana que no se trataba de tacañería, debía, en las horas que restaban de ese domingo, elegir entre una comida de turista sin recursos (en cualquier esquina y con un plato de pasta elevado de su pobre categoría a punta de alguna salsa de dudosa reputación o un trozo de pizza que no sabría a mucho más que a pan viejo) o una cena de hamburguesa y papas fritas. Al fin, en esa huida de la Plaza de San Pedro da contra lo que más le parece la pared, el extremo de los corredores. Entonces se siente casi a salvo de la asfixia, de la gente, sobre todo de la gente y de ese babel que no sabe por qué la hostiga a cada paso. Da la espalda y, por fin dueña de su destino, decide largarse.

Camina detrás de otros que parecen tener la misma idea y pronto encuentra una fila tras la que se pone, sin estar tan segura de que sea la correspondiente al autobús de regreso. Cuando oye que la pareja que la antecede en la cola habla castellano, se tranquiliza. Son españoles, no cabe duda.

—¿Son ustedes los últimos? —pregunta para ganar algún espacio.

—No, es usted —dice la chica, mucho menor que su pareja, antes de abrazarlo en medio de una carcajada.

—Disculpa, esta es algo tonta.

—Ah, gracias —dice Concha sin disimular la incomodidad.

—¿Adónde vas? —pregunta el hombre de cejas pobladas y canas que le hacen juego a lo largo de la cabeza, como intuyendo que la agraciada dama andaba tan perdida como molesta.

—Al Trastévere.

—Es el autobús que todos esperamos. Aunque luego habrá que caminar un trecho porque…

El español amenaza con armar una tertulia, pero la irrupción del autobús en el andén demarcado acaba con el monólogo y lanza al abordaje a los pasajeros. Concha busca en su bolso un billete de baja denominación —las liras de cien mil siguen ahí, estranguladas por una banda elástica— y cuando se alista para trepar en el primer paso que acaba de dejar libre la pareja, le inquietan los esfuerzos solitarios de un muchacho que empuja una silla de ruedas en la puerta contigua del mismo autobús, destinada a los minusválidos, pero con algún problema mecánico en la plataforma que le impide quedar a ras con el piso. De lo que literalmente se trata es de alzar la silla, incluido su ocupante, para depositarla en esa bandeja, mientras el conductor del autobús hace fuerza desde su cómodo sillón de piloto. Concha corre hasta esa puerta y con un ademán le indica al mozo que tome de un extremo, ella toma el otro y pronto los tres terminan dentro. Cuando el muchacho quiere darle las gracias, el viejo se deja venir con una protesta que salta por encima de las sillas y llega a las propias narices del chofer:

—¡Decidle a estos que de tanto con lo que se han sabido quedar en todos los siglos saquen algo para reparar esta mierda de cacharro! —dice, señalando a la plaza.

Una familia con todas las sospechas de ser americana, de la que hacen parte dos niños rollizos, uno mayor que otro, se mira sorprendida entre sí y busca lugar en la parte trasera del vehículo, mientras el silencio acompaña el resto del regreso. Absorta o preocupada, Concha se dedica a mirar por las ventanillas los edificios que flanquean el paso de esa ruta. Al llegar al destino, donde casi todos los ocupantes coinciden, el español de la parada le da una man ...