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LOS GUARDIANES

John Grisham  

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Fragmento

1

Duke Russell no es culpable de los crímenes atroces por los que se lo condenó; sin embargo, está previsto que sea ejecutado por ellos dentro de una hora y cuarenta y cuatro minutos. Como siempre durante estas terribles noches, el reloj parece ir más deprisa a medida que se aproxima la hora final. He sufrido dos de estas cuentas atrás en otros estados. Una de ellas se completó y mi defendido pronunció sus últimas palabras. La otra se anuló con un desenlace milagroso.

El tiempo sigue corriendo..., pero no va a suceder, al menos esta noche. Quizá los tipos que gobiernan Alabama un día consigan servirle a Duke su última comida antes de clavarle la aguja en el brazo, pero esta noche no. Solo lleva nueve años en el corredor de la muerte. La media en este estado es de quince. Veinte tampoco es algo inusual. Hay una apelación pululando por el circuito número once de Atlanta, y cuando acabe en el escritorio del secretario judicial adecuado, la ejecución se suspenderá. Duke volverá a los horrores de la reclusión en solitario y vivirá para morir otro día.

Ha sido mi cliente durante los últimos cuatro años. Su equipo incluye un gigantesco bufete de Chicago, que ha invertido miles de horas pro bono, y una organización de Birmingham sin demasiados recursos en contra de la pena de muerte. Hace cuatro años, cuando me convencí de que era inocente, firmé como hombre clave. En la actualidad me ocupo de cinco casos, todos de condenas injustas, al menos en mi opinión.

He visto morir a uno de mis clientes. Sigo creyendo que era inocente. Pero no pude demostrarlo a tiempo. Uno es suficiente.

Por tercera vez hoy, entro en el corredor de la muerte de Alabama y me paro en el detector de metales que bloquea la puerta principal, donde dos guardias ceñudos protegen su territorio. Uno de ellos sostiene un portapapeles y me mira como si hubiera olvidado mi nombre desde mi última visita hace dos horas.

—Post, Cullen Post —le digo al zopenco—. Para ver a Duke Russell.

Examina su portapapeles como si contuviera información vital, encuentra lo que busca y señala con la cabeza una corta cinta transportadora. Coloco en ella mi maletín y mi teléfono móvil, tal como había hecho antes.

—¿Reloj y cinturón? —pregunto en plan listillo.

—No —gruñe con cierto esfuerzo.

Cruzo el detector, me autorizan la entrada y una vez más un abogado defensor consigue acceder como es debido, sin armas, al corredor de la muerte. Agarro el maletín y el móvil y sigo al otro guardia por un aséptico pasillo hacia una pared de barrotes. Él asiente, se oye clic y clang, la puerta de barrotes se abre y enfilamos otro pasillo, seguimos internándonos en este deprimente edificio. Al doblar una esquina, algunos hombres están esperando ante una puerta de acero sin ventana. Cuatro visten uniforme; dos, traje. Uno de estos últimos es el alcaide.

Me mira con expresión seria y se acerca.

—¿Tiene un minuto?

—No demasiados —respondo.

Nos apartamos del grupo para charlar en privado. No es mal tipo, solo hace su trabajo; es nuevo, o sea que nunca ha llevado a cabo una ejecución. También es el enemigo, da igual lo que quiera porque no va a conseguirlo de mí.

Nos arrimamos como si fuéramos colegas y me susurra:

—¿Cómo pinta?

Miro a mi alrededor, como si evaluara la situación.

—Uf, no lo sé —respondo—. Para mí que pinta a ejecución.

—Vamos, Post. Nuestros abogados dicen que está todo listo.

—Sus abogados son imbéciles. Ya hemos tenido esta conversación.

—Vamos, Post. ¿Qué probabilidades hay ahora mismo?

—Cincuenta, cincuenta —miento.

Esto lo desconcierta y no sabe muy bien cómo responderme.

—Me gustaría ver a mi cliente —digo.

—Claro —eleva la voz, parece decepcionado.

No pueden verlo cooperando conmigo, así que se aleja con paso airado. Los guardias retroceden cuando uno de ellos abre la puerta.

Duke está tumbado, con los ojos cerrados, en un catre dentro de la celda de la muerte. En esta ocasión especial, las reglas le permiten tener un pequeño televisor a color para que vea lo que se le antoje. Lo tiene sin sonido, con las noticias por cable sobre los incendios forestales en la zona oeste. Su cuenta atrás no es una gran historia a nivel nacional.

Cada uno de los estados en los que existe la pena de muerte tiene sus estúpidos rituales en el momento de la ejecución, todos ideados para crear el mayor dramatismo posible. Aquí se permiten visitas con contacto con familiares cercanos en una amplia sala. A las diez de la noche trasladan al reo a la celda de la muerte, que está junto a la cámara de la muerte, donde será ejecutado. Se permite que un capellán y un abogado se sienten con él, pero nadie más. La última comida se le sirve en torno a las diez y media, y puede pedir lo que desee salvo bebidas alcohólicas.

—¿Cómo estás? —pregunto cuando se incorpora y sonríe.

—Mejor que nunca. ¿Alguna noticia?

—Aún no, pero sigo siendo optimista. Deberíamos saber algo en breve.

Duke tiene treinta y ocho años y es blanco, y antes de que lo arrestaran por violación y asesinato sus antecedentes penales consistían en dos detenciones por conducir bajo los efectos del alcohol y un puñado de multas por exceso de velocidad. Nada violento. En su juventud fue un chico fiestero y camorrista, pero después de nueve años de soledad se ha tranquilizado considerablemente. Mi trabajo es conseguirle la libertad, algo que en este momento parece un sueño descabellado.

Cojo el mando a distancia y cambio a un canal de Birmingham, pero lo dejo en silencio.

—Pareces muy seguro —dice.

—Me lo puedo permitir. A mí no me van a clavar la aguja.

—Eres un tío gracioso, Post.

—Relájate, Duke.

—¿Que me relaje? —Baja los pies al suelo y sonríe de nuevo. Sí que parece relajado, teniendo en cuenta las circunstancias. Se ríe y dice—: ¿Te acuerdas de Lucky Skelton?

—No.

—Al final lo ejecutaron, hace unos cinco años, pero no antes de servirle tres últimas comidas. Recorrió tres veces la pasarela antes de que le dieran el empujón. Pizza de salchichas y Coca-Cola Cherry.

—¿Y qué has pedido tú?

—Filete con patatas fritas y un pack de cervezas.

—Yo no contaría con la cerveza.

—¿Vas a sacarme de aquí, Post?

—Esta noche no, pero estoy en ello.

—Si salgo, me iré derecho a un bar a beber cerveza fría hasta caerme al suelo.

—Te acompañaré. Ahí está el gobernador. —Aparece en la pantalla y subo el volumen.

Está delante de una batería de micrófonos con los flashes de las cámaras deslumbrándolo. Traje oscuro, corbata con estampado de cachemira, camisa blanca y su pelo teñido engominado con precisión. Un anuncio de campaña andante.

—He revisado concienzudamente el caso del señor Russell y lo he discutido largo y tendido con mis investigadores —dice con la aflicción suficiente—. También me he visto con la familia de Emily Broone, la víctima de los delitos del señor Russell, y se opone con firmeza a la idea de que reciba clemencia. Tras considerar todos los aspectos del caso, he decidido permitir que su condena prosiga. La orden judicial se mantendrá y la ejecución seguirá adelante. El pueblo ha hablado. La clemencia para el señor Russell queda por tanto denegada —anuncia de forma tan melodramática como le es posible, y acto seguido baja la cabeza y se aparta despacio de las cámaras, una vez terminada su magnífica actuación.

Elvis ha salido del edificio. Hace tres días encontró tiempo para concederme una audiencia de quince minutos, después de la cual comentó nuestra reunión «privada» con sus periodistas favoritos.

Si su revisión hubiera sido tan concienzuda, sabría que Duke Russell no tuvo nada que ver con la violación y el asesinato de Emily Broone hace once años. Vuelvo a quitar el volumen de la tele.

—Ninguna sorpresa por ese lado —digo.

—¿Alguna vez ha concedido clemencia? —pregunta Duke.

—Por supuesto que no.

Llaman con fuerza a la puerta y se abre. Entran dos guardias y uno empuja un carrito con la última comida. Lo dejan y desaparecen. Duke contempla el filete y las patatas fritas y una ración bastante delgada de tarta de chocolate.

—No hay cerveza —dice.

—Disfruta de tu té helado.

Se sienta en el catre y empieza a comer. Huele de maravilla y me recuerda que no he comido en, como mínimo, veinticuatro horas.

—¿Quieres patatas? —pregunta.

—No, gracias.

—No puedo con todo esto. Por alguna razón no tengo demasiado apetito.

—¿Cómo estaba tu madre?

Se lleva un buen trozo de filete a la boca y lo mastica despacio.

—No demasiado bien, imagínate. Muchas lágrimas. Fue bastante horrible.

El móvil vibra en mi bolsillo y lo cojo. Miró el identificador de llamada.

—Aquí está —digo.

Sonrío a Duke y respondo. Es el secretario judicial del circuito once, un tipo al que conozco muy bien, y me informa de que su jefe acaba de firmar una orden de suspensión de la ejecución alegando que se necesita más tiempo para de

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