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MAR DE LEVA

Octavio Escobar Giraldo

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Fragmento

MD 83. Si en el futuro lo embarcaban en el mismo tipo de avión, exigiría que le asignaran silla en las primeras filas, lejos del estruendo de las turbinas adosadas al fuselaje. Volvió el folleto de seguridad al bolsillo y miró por la ventanilla: cuadrados y rectángulos cultivados, algunos de colores vivos, empujaban las márgenes del río; pequeñas colinas arboladas, estanques y descampados interrumpían las bananeras y los naranjales. Las nubes reverberaban por encima de una línea que parecía trazada para que los pilotos mantuvieran la altura. Encendido, el aviso de cinturón de seguridad impidió a Javier acercarse al baño y masturbarse. Quería hacerlo en vuelo, antes que Carlos Ricardo Valencia, que ya había polinizado Cinemark. Superar ese tipo de retos aliviaba las tensiones que Daniela le generaba. Gracias a las cámaras de computadores y celulares, estaba seguro de conocer la mayor parte de su ropa interior y casi la totalidad de su piel —le encantaban los hoyuelos que se le formaban apenas por encima de las nalgas y el lunar que tenía al lado derecho del ombligo—, pero nunca la había visto desnuda. En la piscina, se apretujaban con una mezcla de deseo y pudor que lo hacía sentir torpe, y el ritual se repetía en el colegio, con grave riesgo de ser sorprendidos y resultados cada vez más desesperantes para Javier, que dudaba de que sus erecciones pasaran desapercibidas. Una tarde, acompañados de otras dos parejas, jugaron pico de botella. La suerte determinó que Daniela debía quitarse el sostén. A sus caderas y muslos los cubría un bóxer que sorprendía por su longitud. Cuando declaró que no cumpliría con la penalidad porque Javier estaba presente, María José protestó mientras se ponía la blusa: “Lo tenías todo planeado”. A sus pezones, oscuros y endurecidos, apenas los contenía un encaje finísimo. Daniela maldijo y corrió escaleras arriba. Solo salió de su habitación después de muchos ruegos, tan tranquila como si nunca hubiera pasado nada, vestida y con un paquete de películas piratas en la mano, cuyos títulos fue enumerando mientras los demás, entre molestos y avergonzados, recuperaban sus ropas tan rápido como podían. Los seis terminaron viendo Friends, capítulos de una temporada en la que la madre de uno de los protagonistas seducía a otro.

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Javier se tapó la nariz y presionó aire desde los pulmones hasta abrir sus trompas de Eustaquio, esos túneles de gusanito que según su madre van de la boca al oído, y que en la niñez se le obstruían cuando se agripaba y lo hacían gritar de dolor. La promesa de Daniela de la noche anterior, cuando le escribió antes de acostarse, irrumpía una y otra vez en sus pensamientos. Para olvidarla, se concentró en descubrir si las piernas de la azafata eran color canela o usaba medias veladas. La vio alejarse —blanca la nuca bajo el cabello recogido, la cadera buscando las sillas, un pliegue café entre la prominencia exterior del tobillo y el borde superior del zapato—, y volvió a mirar hacia fuera: la neblina flotaba sobre la costa, ocultando la unión entre tierra y mar. Conjuntos desiguales de casas, muchos alrededor de piscinas y campos deportivos, se desperezaban bajo la sombra de los árboles. La voz del capitán hizo las últimas recomendaciones y afirmó en español y en inglés que había comenzado el descenso hacia el aeropuerto internacional José Avellanos. Cuando ajustó el cinturón de seguridad, recordó las hermosas manos de su padre, la demostración de que bastaba con levantar la tapa metálica para liberarse.

Las secuestradas manos de su padre.

Superada Inmigración, una morena vestida de rosa les entregó publicidad del lujosísimo hotel que levantaban en la península de Azuera. Su boca, muy grande y pintada de fucsia, recitaba costos y dividendos, y la promesa de que se preservaría el refugio para aves marinas que exigían los ecologistas y algunas autoridades municipales. Otra mulata, de menor estatura pero rostro más armonioso, repartía condones empacados en material sobre prevención de las enfermedades de transmisión sexual. “Lo más importante es tener una única pareja estable”, resaltaban las letras rojas. Javier sacó el celular de uno de los bolsillos de su pantalón corto; no registraba llamadas perdidas ni mensajes. Le comunicó a Daniela que estaba disponible y se alejó de la banda transportadora para contemplar a la rubia alta y de hombros anchos que había detectado durante el abordaje. La camiseta ombliguera también exponía la parte superior de sus senos. Se inclinó para atisbar por el agujero del que salían las maletas, lo que resaltó el volumen de sus nalgas, cubiertas por un pantalón amarillo, que no alcanzaba a ocultar la tanga apenas gris, adornada con un moñito rojo.

Cuando pensaba en tomarle una foto que sirviera para ilustrar la historia que inventaría para Carlos Ricardo, Javier escuchó el susurro femenino:

—Ese par de toronjas son operadas.

—Ya lo noté.

—¿Y no te molesta? —Mariana dejó que la expresión de su rostro sirviera de comentario. Se había quitado la chaqueta y los cristales de lapislázuli, granate y amatista del collar destacaban sobre su camisa blanca. El reloj dorado hacía juego con el anillo que abrazaba su anular izquierdo. Sonriente, respondió al timbre del celular. Menos de un minuto después cortó la comunicación—. Elena nos está esperando. ¿Te parece bien si salimos? —Se reacomodó las gafas de sol.

Javier descargó su morral sobre el resto del equipaje y empujó el carrito hacia los controles de aduana.

—Es un milagro que hayan aterrizado a tiempo —dijo Elena, indiferente a la gigantesca fotografía tomada desde una montaña rusa que se precipitaba por dentro de una cueva, y a la que acompañaban imágenes de las otras atracciones del Parque de Santo Tomé—. Hay un basurero al final de la pista y el itinerario de los vuelos es mejor consultárselo a los gallinazos. Y hay meses en los que la neblina amanece espesísima. El martes que yo llegué, los retrasos eran de tres y cuatro horas. ¡A tropical paradise! —aludió a la publicidad televisiva.

Su ronquera le pareció sensual a Javier, también la contaminación del inglés en la liberalidad costeña de su acento.

—Así que estás cumpliendo quince años. —Lo miró por el retrovisor.

—Sí señora.

—Tan educadito —se burló Elena—. Pues vamos a celebrar esos quince como se debe. ¿Cómo fueron los tuyos?

—Normales —respondió Mariana—. En esa época mi papá todavía estaba pagando la casa y la fiesta fue pequeña: unas primas y mis amigas más cercanas. La música la puso un tío que trabajaba en una discoteca. Nada más. Lo que sí es que la torta le quedó deliciosa a mi mamá, todavía le quedan riquísimas —movió la mano izquierda en círculos, como si batiera una mezcla—, y no era tan pequeña, porque me acuerdo que la gente podía repetir. Mis tías ayudaron mucho —recalcó—. Todos nos vemos muy contentos en las fotos.

—¿Y no había muchachos?

—Sí, claro que había. Fueron los que más comieron.

—Mis quince fueron un sueño —afirmó Elena con dejo contradictorio—. En el Hotel del Rincón, que estaba en su mejor momento, se esmeraron con las flores y las vajillas, y las cintas en los balcones, porque don Jacobo fue siempre muy generoso con las propinas, sobre todo con las de las meseras, y querían mucho a mi santa madrecita. Le tenían mucho pesar. No se imaginan el tamaño de la torta, era un rascacielos, y la cantidad de champaña que nos tomamos fue vulgar, y de la buena, legítima francesa. La orquesta sí era mala, Los fabulosos de Tonoro —elevó la voz—, y tenía un uniforme asqueroso: dorado y con flecos brillantes. Los vallenatos les sonaban más o menos bien, y los merengues, pero todo lo demás… Y uno de los cantantes se creía una combinación de Nino Bravo y Héctor Lavoe, y no dejaba de sonreír. ¡Horrible! —pronunció entre el español y el inglés y meneó la cabeza—. Lo malo fue que don Jacobo se emborrachó tan rápido que yo tuve que arrastrarlo mientras bailábamos el vals. Claro que en esa fiesta también me regaló mi primer automóvil, un Volkswagen: redoble de tambor —se palmeó el muslo varias veces—, y allí estaba al lado de la piscina, con todas las luces encendidas y un moño gigante pegado del techo. Desde entonces le soy fiel a la marca. Es la única fidelidad de la que me pueden acusar.

Mariana rio. Javier se quejó por internet de cómo empezaban sus vacaciones de quince años, mientras reproducía Hate That I Love You de Rihanna, su video favorito.

—Si tienen hambre, podemos parar en un Albergue Viola. Hay sucursales por todas partes. —Guio hasta el semáforo en rojo.

—Desayunamos en el aeropuerto, antes de abordar: huevos rancheros con arepa —explicó Mariana.

—Okey. Entonces les voy a mostrar de una vez sus camitas —mimó el diminutivo entre los labios. Vallas y setos altos se sucedían a lado y lado de la avenida. Con el aire acondicionado a su capacidad máxima, Elena conducía a más de cien kilómetros por hora. Superó dos camiones de BOS, la multinacional de productos cárnicos, y cambió de carril. En seguida redujo la marcha:

—Esta no es la parte más bonita de la ciudad, o del Distrito, como le dicen ahora, pero sí es de las más costosas, y los condominios son exclusivísimos. Las familias se encierran con todas las comodidades y viven como si estuvieran en otro país, exiliadas —agregó sarcástica—. Hasta construyen islas. Más tarde les muestro la ciudad antigua y los shoppings. ¿Se piensan meter al mar?

Mariana y Javier se miraron sin responder.

—Lo pregunto porque para que el baño sea… higiénico, hay que ir a zonas que todavía no están contaminadas por el alcantarillado o por el carbón que sacan por el puerto. Las playas hacia Esmeralda son bonitas y mis hermanos y yo tenemos una cabaña en una de ellas. El agua parece limpia. Y si lo que les gusta es bucear, hay un pueblo de pescadores, Zapiga, donde es fácil y seguro hacerlo, y dicen que los corales son preciosos, de exposición, y llenos de peces de todos los colores, como las películas de Disney. Yo no los he visto: cuando floto boca abajo y no puedo hacer pie, siento que estoy a kilómetros de altura y me da un vértigo horrible, como si colgara de un paracaídas. En los restaurantes de los nativos se come muy bien: pescado frito, mariscos, ceviches, patacones, arroz con coco… Piénsenlo. La sazón de las negras es una cosa inimitable.

—¿A ti no te gusta bañarte en el mar? —preguntó Mariana.

—Qué te digo yo. A mí me gusta más bañarme en ginebra. Inside —aclaró satisfecha.

—¿Todavía?

—Todavía. Hasta donde me acuerdo, a ti te gustaba mucho con jugo de maracuyá. Y te ponías muy divertida —afirmó Elena, maliciosa. Reprimió el deseo de contar las audacias que hizo posible la ebriedad de Mariana. Recordaba especialmente la vez que convencieron a una compañera de curso de que su galán soñado la esperaba en una habitación a oscuras. Adentro descansaba de turno un futuro ginecólogo, famoso por su timidez. Por lo visto la chica se desnudó y se metió en la cama sin comprobar la identidad de su ocupante. En la mañana, los dos desayunaron muy sonrientes, sin quejarse de la broma, y siguieron juntos durante casi tres semestres.

—¿Sí? Yo no me ponía tan divertida.

—Claro que sí. Tenemos amigos comunes que se acuerdan de lo entretenida que podías llegar a ser.

Mariana sonrió, avergonzada:

—Esos fueron otros tiempos.

—Pero el buen gusto no se pierde, por lo menos para la ginebra. Tengo una Tanqueray enfriándose.

—No me tientes.

—No te estoy tentando, te estoy informando. —Elena encendió el estéreo. Shakira se quejaba de las veleidades del amor.

Javier le escribió a Carlos Ricardo que se aburría oyendo hablar a dos mujeres de la época en la que aún estaban vivas. “Jajajaja” fue la respuesta. Después de una larga discusión, habían concluido que cuatro “Ja” eran los adecuados para expresar una risa genuina.

Un edificio blanco, con hileras de balcones verdes en sus costados, se elevaba frente a una glorieta sembrada de algarrobos. Seguros Fidanza repetían las letras rojas en varios puntos de la fachada. Elena evitó el atasco por un barrio de casas pequeñas, algunas muy adornadas.

—La devoción de los narcos es comparable a la de las beatas —afirmó con sorna, mientras recorrían la doble vía de kilómetro y medio de largo, en la que altares de distintas vírgenes ocupaban el separador central—. Cada uno intenta que su monumento sea mejor que el del otro, todos en busca del top del mal gusto, sobre todo en Semana Santa, cuando los llenan de velas y flores. Es el destino de las vírgenes —sentenció, y contó la historia de un reinado popular que terminó en tragedia precisamente porque la ganadora nunca había tenido relaciones sexuales y dos capos aspiraban a desflorarla—. Es que en el mundo de las drogas el tema de la pureza es muy importante —concluyó.

Mariana comentó el caso de una modelo de ropa interior que había quedado paralítica en un tiroteo entre bandas rivales. Recordaba muy bien a la muchacha, porque se portaba como si fuera incapaz de entender que nunca volvería a caminar y le pedía a su madre que le comprara zapatos de tacón alto y muy cómodos.

Un viejo puente de cemento, mordido por la vegetación y de apenas una calzada, se abría a una zona de lujosas casas de uno y dos pisos, rodeadas por jardines muy cuidados. En medio de los andenes había una franja arbolada con el pasto corto enmarcando círculos de flores.

—Este es el barrio El Rincón, uno de los pocos que alguien diseñó en esta ciudad de invasores y desplazados. Ya estamos llegando.

El silbido electrónico le avisó a Javier de la entrada de un mensaje. “Me encantan tus disponibilidades”, decía, y lo acompañaba la fotografía de una tanga azul estirada entre tobillos adolescentes. En uno reconoció las rosas silvestres que Daniela se había tatuado meses atrás. Todavía renegaba de todo lo que había sufrido durante el procedimiento y se burlaba de sus propias lágrimas. A Javier le pareció exquisito el dolor que sintió cuando le tatuaron el nombre de su padre en el brazo derecho. Mariana se encolerizó cuando vio las nueve letras tipo Constantine bajo la capa de vaselina y el papel film, y amenazó con demandar al tatuador por “cagarse” en la piel de un menor de edad. El resto de la tarde se encerró en el baño a llorar. Javier lo recordaba con remordimiento, consciente de la angustia que escondía cada uno de los actos cotidianos de Mariana. Era desesperante verla caminar de un lado al otro del apartamento como si estuviera perdida, incapaz de soportar la idea de que su vida se derrumbaba, que solo él y una esperanza cada vez más lánguida le permitían seguir adelante. Peor aún era oírselo decir con voz de autómata, las palabras convertidas en dolor, el rostro contraído para contener las lágrimas.

Javier agradeció el envío de Daniela abusando de los emoticones, imaginando la sonrisa maliciosa en el rostro juvenil.

A mitad de la cuadra, Elena parqueó frente a un edificio de cinco pisos.

—Mi humilde hogar. Esperen a que el portero nos ayude con las maletas —dijo mientras bajaba del automóvil—. ¡Manuel!

Un hombre delgado, que usaba camisa gris claro sobre camiseta esqueleto blanca, se paró frente a ellos. Debía de tener más de cincuenta años, pero su bigote era muy negro:

—A sus órdenes, señora. —Inclinó la cabeza para saludar a Mariana.

—En el baúl hay equipaje.

El hombre se apuró hacia la ...