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MARíA MAGDALENA

Margaret George  

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Fragmento

1

La condujeron a un lugar donde nunca había estado. Lo que veía era mucho más vívido que un sueño, tenía color y profundidad, y detalles tan exquisitos que parecía más real que los ratos pasados con su madre en el patio, más real que las horas de ensueño frente al gran lago de Magdala, un lago tan grande que lo llamaban mar: el mar de Galilea.

La elevaron del suelo y la depositaron sobre una plataforma o pilar alto, no podría precisarlo. Y a su alrededor había gente, que se iba concentrando en torno a la base y la miraba, allá en lo alto. Volvió la cabeza hacia un lado y vio más pilares, con otras personas encima, una enorme fila de pilares que se extendía hasta perderse de vista. El cielo tenía un color amarillento, un color que sólo había visto una vez, durante una tormenta de arena. El sol estaba oculto pero había luz, una difusa luz dorada.

Entonces alguien se le acercó —¿es que estaban volando, se trataba de un ángel, cómo habían llegado allí arriba?—, le tomó la mano y le dijo:

—¿Vendrás? ¿Vendrás con nosotros?

Sintió el contacto de la mano que sostenía la suya, era fina como un trozo de mármol, ni fría ni caliente ni sudorosa; una mano perfecta. Tuvo el deseo de apretarla pero no se atrevió.

—Sí —dijo finalmente.

Entonces la figura —todavía no sabía quién era, no tenía valor para mirarle la cara, sólo los pies calzados con sandalias doradas— la levantó por los aires y se la llevó, y el viaje fue tan mareante que perdió el equilibrio y empezó a caer, a caer en picado hacia la negra oscuridad que se abría debajo de ella.

Se incorporó sobresaltada. La lámpara de aceite se había apagado. Fuera se oía el delicado sonido del agua que lamía la orilla del gran lago, no lejos de su ventana.

Extendió la mano y la palpó. Estaba húmeda. ¿Sería por eso que aquel ser la había soltado, la había dejado caer? Se frotó la mano con fuerza.

¡No, deja que me limpie la mano! Gritó en silencio. ¡No me abandones! ¡Puedo limpiarla!

—Vuelve —susurró.

Pero sólo le respondieron la quietud de su alcoba y el murmullo del agua.

Corrió al dormitorio de sus padres. Estaban profundamente dormidos; ellos no necesitaban una lámpara, dormían a oscuras.

—¡Madre! —gritó, agarrándola del hombro—. ¡Madre! —Sin esperar el permiso, se metió en la cama y se acurrucó bajo las mantas calientes, junto a su madre.

—¿Qué... qué pasa? —La madre se esforzó por pronunciar las palabras—. ¿María?

—He tenido un sueño tan raro —exclamó ella—. Me han llevado... a una especie de cielo, no sé dónde, sólo sé que no era de este mundo, había ángeles, creo, o... no sé qué... —Calló para recobrar el aliento—. Creo que he sido... que he sido llamada. Llamada a seguirles, a formar parte de su compañía... —Pero se había asustado y dudó de querer seguirles.

Entonces se incorporó el padre.

—¿Qué dices? —preguntó—. ¿Has tenido un sueño? ¿Un sueño en que has sido llamada?

—Natán... —La madre de María extendió la mano y le tocó el hombro tratando de contenerle.

—No sé si he sido llamada —respondió María con voz débil—. Pero he tenido este sueño, y había gente en lugares altos y...

—¡Lugares altos! —gritó el padre—. Allí estaban los antiguos ídolos paganos. ¡En lugares altos!

—Pero no en pedestales —repuso María—. Esto ha sido distinto. Las personas que recibían honores estaban sobre ellos, y eran personas, no estatuas...

—¿Y crees que te han llamado? —preguntó el padre—. ¿Por qué?

—Preguntaron si quería ir con ellos. Dijeron: «¿Vendrás con nosotros?» —Al repetir las palabras, oyó de nuevo las voces melodiosas.

—Debes saber, hija mía, que los profetas han callado en nuestra tierra —dijo el padre finalmente—. No ha habido profecías desde los tiempos de Malaquías, y aquello fue hace cuatrocientos años. Dios ya no nos habla de esa manera. Sólo nos habla a través de la Ley sagrada. Y esto nos basta.

Pero María estaba convencida de lo que había visto, la calidez y la gloria trascendental de la escena.

—Padre —dijo—, el mensaje y la invitación han sido muy claros. —Mantuvo la voz baja y el tono respetuoso, aunque aún estaba temblando.

—Querida hija, estás confundida. Ha sido un sueño provocado por nuestros preparativos para ir a Jerusalén. Dios no te ha llamado. Y ahora vuelve a tu cama.

Ella se aferró a su madre pero la madre la apartó.

—Haz lo que dice tu padre —ordenó.

María volvió a su habitación, aún inmersa en el sueño majestuoso. Había sido real. Lo sabía.

Y, si era real, su padre estaba equivocado.

En las horas justo antes del amanecer, la familia se disponía para emprender su peregrinaje a la ciudad de Jerusalén, a fin de celebrar la fiesta de las Semanas. María estaba agitada, porque sentía el ansia de los adultos de iniciar el viaje y porque se supone que todos los judíos anhelan ir a Jerusalén. Sobre todo, sin embargo, por la expectativa del viaje en sí, porque la niña de siete años jamás había salido antes de Magdala y grandes aventuras les esperaban, sin duda, en el camino. Su padre hizo alusión a ellas cuando le dijo:

—Iremos a Jerusalén por la vía corta, atravesando Samaria, así nuestro viaje durará tres días en lugar de cuatro. Pero el camino es peligroso. Otros peregrinos a Jerusalén fueron asaltados y agredidos. —Meneó la cabeza—. Se dice que los samaritanos aún adoran a los ídolos. Abiertamente no, por supuesto, no junto a las vías públicas, pero aun así...

—¿Cómo son los ídolos? ¡Nunca he visto uno! —inquirió María intrigada.

—¡Y ojalá que nunca lo veas!

—¿Cómo sabré que es un ídolo, si lo veo?

—Lo sabrás —respondió su padre—. ¡Y debes evitarlo!

—Pero...

—¡Ya basta!

María recordaba todo aquello, pero la curiosidad que inicialmente le había despertado Jerusalén quedaba eclipsada por la impresión que le dejara el sueño, tan vívido aun en la oscuridad.

Zebidá, la madre de María, atareada con los preparativos finales, dejó bruscamente de llenar los sacos de grano y se inclinó sobre su hija. No mencionó el sueño sino que dijo:

—Con respecto a este viaje, no debes tratar con las demás familias, excepto con aquellas pocas que te indicaré como aceptables. Son muchos los que no observan la Ley, que sólo ven la visita a Jerusalén, ¡y al propio Templo!, como unas vacaciones. No te alejes de las familias practicantes. ¿Me has entendido? —Miró a María con severidad. En aquellos instantes su hermoso rostro tenía una expresión intimidatoria.

—Sí, madre —respondió la niña.

—Somos estrictos en la observación de la Ley, y así debe ser —prosiguió la madre—. Que esos... transgresores cuiden de sí mismos. No es cosa nuestra salvarles de su negligencia. Cualquier relación con ellos no hará más que contaminarnos.

—¿Como si mezcláramos la carne con la leche? —preguntó María. Sabía que eso estaba terminantemente prohibido, tanto que cualquier cosa relacionada con esos elementos debía también mantenerse separada.

—Precisamente —afirmó la madre—. Peor, incluso, porque su influencia no desaparece el día siguiente, como pasa con la carne y la leche. Queda contigo, corrompiéndote cada vez más.

Estaban preparados. Las seis familias que iban a viajar juntas esperaban en el camino que bordeaba Magdala, con los burros cargados y los fardos a cuestas, la llegada de otros grupos, más numerosos, que venían de los pueblos cercanos para unirse al peregrinaje a Jerusalén. María viajaría a lomos de un burro; era la más pequeña de la familia y no resistiría caminar largas distancias. Tal vez para el viaje de vuelta estaría ya tan robustecida que podría prescindir de la montura. Eso esperaba, al menos.

Había comenzado la estación seca y el sol ya le quemaba la cara. Ardía sobre el mar de Galilea después de asomar por detrás de las montañas. Al alba aquellos montes tenían el color de la uva tierna; ahora mostraban su verdadero tinte pedregoso y polvoriento. Eran yermos y tenían, a ojos de María, un aspecto malévolo. Aunque quizás esa impresión se debiera a la mala reputación de la tierra de los viejos amonitas, antiguos enemigos de Israel.

¿Qué habían hecho los amonitas para ser tan malos? El rey David había tenido problemas con ellos. Aunque él había tenido problemas con todo el mundo. Adoraban, además, a ese dios maligno, cuyo nombre María no podía recordar. Un dios que les pedía que le sacrificaran a sus hijos, quemándolos en la hoguera. Mo... Mol... Moloc. Sí, así lo llamaban.

Levantó la mano y se hizo sombra para mirar la orilla opuesta del lago. Desde luego, desde donde estaba no podía ver los templos de Moloc.

La recorrió un escalofrío, a pesar del calor. No pensaré más en Moloc, se reprendió a sí misma. El lago, resplandeciente bajo el sol, parecía estar de acuerdo. Era demasiado hermoso para que sus aguas azules se tiñeran de pensamientos de un dios sanguinario; María estaba convencida de que era el lugar más bello de Israel. A pesar de lo que se decía de Jerusalén, ¿cómo podría haber un paisaje más hermoso que ese cuerpo de agua ovalado, de color azul brillante, rodeado de colinas que lo protegían con su abrazo?

Podía distinguir las siluetas de barcas pesqueras sobre las aguas; había muchas. Su pueblo, Magdala, era famoso por su pesca, aquí pescaban, salaban, secaban y enviaban pescado a todo el mundo. El pescado de Magdala constituía un plato apreciado en ciudades tan lejanas como Damasco y Alejandría. Tan apreciado como en la propia casa de María, ya que su padre, Natán, era uno de los más importantes procesadores del pescado que llegaba a su almacén, y su hermano mayor, Samuel —que por razones comerciales prefería atribuirse el nombre griego Silvano—, dirigía la empresa y concertaba las ventas, tanto con la gente local como con extranjeros. El gran mosaico que decoraba el amplio recibidor de su casa reproducía la silueta de una barca pesquera, dando fe de la fuente de su fortuna. Cada día, al pasar ante él, daban las gracias por su buena suerte y por la multitud de peces con los que Dios quiso enriquecer su mar.

La brisa del este acarició las aguas del lago e hizo estremecerse la superficie; María pudo distinguir los surcos, que vibraban como las cuerdas de un arpa. El antiguo nombre poético del lago era Kineret, lago Arpa, debido a su forma y a los motivos que el viento dibujaba en su superficie. María casi pudo oír el delicado sonido de las cuerdas templadas que cantaban sobre el agua.

—¡Aquí vienen! —Su padre le hacía señas para que se reuniera rápidamente con los demás. Al final del camino polvoriento había hecho su aparición una enorme caravana que, además de los burros y el nutrido grupo de peregrinos a pie, incluía un par de camellos.

—Debieron de celebrar el Shabbat hasta bien entrada la noche —comentó la madre de María secamente. Tenía la expresión ceñuda, el retraso en la partida era un inconveniente. ¿Qué sentido tenía esperar hasta después del Shabbat si comportaba perder medio día? A nadie se le ocurre comenzar un viaje largo un día, siquiera dos, antes del Shabbat. La ley rabina que prohibía caminar más de una milla romana en Shabbat significaba la pérdida de un día, en lo que al desplazamiento se refería.

—El Shabbat es el pretexto perfecto para perder el tiempo —comentó en voz alta Silvano, el hermano de María—. Esta obstinación en la observación estricta de la festividad nos perjudica frente a los comerciantes extranjeros. ¡Los griegos y los fenicios no restan un día de cada siete al trabajo!

—Sí, ya conocemos tus simpatías paganas, Samuel —repuso Eli, el otro hermano mayor de María—. Supongo que pronto te veremos correteando desnudo entre tus amigos griegos en el gimnasio.

Silvano, alias Samuel, le fulminó con la mirada.

—No tengo tiempo para eso —dijo fríamente—. Estoy demasiado ocupado ayudando a padre a llevar el negocio. Eres tú, con todo el margen que te dejan el estudio de las escrituras y la consulta con los rabinos, quien dispone de tiempo de ocio para ir al gimnasio o a cualquier otro lugar de entretenimiento que te plazca.

Eli se indignó, como Silvano bien sabía que haría. Su hermano menor tenía mucho genio, a pesar de todo el empeño puesto en el estudio de los cómos y los porqués de Yahvé. Con su perfil agraciado, su nariz recta y su porte aristocrático, bien podía pasar por griego, pensaba Silvano. Mientras que él —era para reírse— se parecía más a los jóvenes estudiantes eternamente agachados sobre la Torá en el beit hamidrash, la Casa del Aprendizaje. Yahvé debía de tener un sentido del humor formidable.

—El estudio de la Torá es lo más importante que puede hacer un hombre —dijo Eli con dureza—. Supera a cualquier otra actividad en valor moral.

—Sí y, en tu caso, excluye cualquier otra actividad.

Eli resopló y se apartó con su burro, girando hacia su hermano las ancas del animal. Silvano se limitó a reír.

María estaba acostumbrada a oír distintas versiones de aquella misma discusión entre sus hermanos de veintiún y dieciocho años, respectivamente. Jamás se resolvía y jamás progresaba. La familia de María era muy creyente y observaba todos los rituales y normas religiosas. Sólo Silvano parecía incómodo dentro de lo que su padre llamaba «la Ley perfecta del Señor».

A María le gustaría estudiar esa Ley en el beit haséfer, la pequeña escuela aneja a la sinagoga, para formar su propia opinión. O robar los conocimientos que Silvano había adquirido de sus estudios de la Torá, ya que a él no parecían interesarle demasiado. A las niñas, sin embargo, no les estaba permitido asistir a la escuela, ya que no había lugares oficiales para ellas en la religión. Su padre solía citar severamente la máxima rabina: «Sería mejor prender fuego a la Torá que oír sus palabras pronunciadas de labios femeninos.»

—María, deberías aprender griego para poder leer la Ilíada —le dijo en cierta ocasión Silvano, riéndose. Naturalmente, la respuesta de Eli había sido colérica, pero Silvano insistió—: Si los estúpidos dictados de la cultura y la literatura propias le deniegan acceso a sus conocimientos, ¿acaso no la impulsan a buscar otros?

No le faltaba la razón. Los griegos ofrecían su cultura a los demás mientras que los judíos guardaban la propia como un secreto. Cada uno de sus actos derivaba de la fe en la superioridad de su cultura. Los griegos pensaban que bastaba saborear el pensamiento helénico para convertirse a él; los judíos consideraban al propio tan valioso que su ofrecimiento a cualquier extraño no podía más que mancillarlo. Por descontado, esto aumentaba la curiosidad que María sentía por ambos. Se prometió a sí misma que aprendería a leer para poder conocer la magia y el misterio de las sagradas escrituras.

Los dos grupos se encontraron y entremezclaron en la bifurcación del camino, en las afueras de Magdala; unas veinticinco familias se disponían ya a emprender el viaje. Muchas guardaban entre sí relaciones de parentesco más o menos estrechas, de modo que muchos primos terceros, cuartos, quintos y sextos iban a encontrarse para jugar por el camino. La familia de María procuraba no alejarse de las demás familias practicantes. Mientras se reagrupaban para formar la procesión, Eli no pudo resistir un aparte con Silvano.

—No entiendo por qué haces este viaje —dijo—, estando, como estás, en desacuerdo con nuestra manera de pensar. ¿Por qué vas a Jerusalén?

En lugar de una respuesta cáustica, Silvano respondió con una reflexión:

—Por la historia, Eli, por la historia. Amo las piedras de Jerusalén, cada una de ellas cuenta una historia, y la cuenta mejor y con más detalle que las propias escrituras.

Eli pasó por alto el tono solemne de su hermano.

—¡No conocerías esta historia si no la recogieran las escrituras que tanto desprecias! Las piedras no hablan ni cuentan historias, fueron los escribas los que las registraron para la posteridad.

—Lamento que te consideres el único capaz de mostrar sensibilidad —respondió finalmente Silvano. Se detuvo y esperó al grupo siguiente; no haría ese viaje en compañía de su hermano.

María no sabía con quién de los dos quedarse y prefirió volver junto a sus padres. Caminaban resueltos, con la mirada puesta en Jerusalén. El sol castigaba, su resplandor les obligaba a entrecerrar los ojos, haciéndose sombra con la mano.

Se levantaban nubes de polvo. El verde vivo de la hierba primaveral de los campos de Galilea empezaba a desaparecer bajo un manto pardusco; las flores silvestres que adornaban las laderas como joyas de variados colores estaban ya marchitas y apagadas. Desde ese momento y hasta la llegada de la próxima primavera, el paisaje se tornaría cada vez más pardo y el glorioso estallido de amor de la naturaleza quedaría en el recuerdo. La tierra de Galilea era la más exuberante del país, se parecía a un jardín paradisiaco persa en el corazón de Israel.

Las ramas de los árboles frutales se vencían bajo el peso de manzanas y granadas tiernas; el verde claro de los primeros higos asomaba bajo las hojas de las higueras. La gente los recogía; los higos tiernos nunca permanecían largo tiempo en las ramas.

La nutrida caravana remontó pesadamente la cresta de las colinas que rodeaban el lago, desde donde María pudo divisarlo por última vez antes de que desapareciera de su vista.

«¡Adiós, lago Arpa!», canturreó para sí. No sintió una punzada de dolor, sólo la expectación del futuro próximo. Ya estaban en camino, la vía les llamaba y pronto las colinas que María conocía desde que tenía memoria del mundo desaparecerían, serían reemplazadas por cosas jamás vistas. Qué maravilla, igual que recibir un regalo extraordinario, abrir una caja repleta de objetos relucientes.

Pronto llegaron al camino principal, la Vía Maris, una de las grandes arterias que cruzaban el país desde los tiempos antiguos. Había tráfico: mercaderes judíos, delgados nabateos con ojos de halcón montados en camellos, negociantes de Babilonia envueltos en sedas, que lucían unos pendientes de oro que a María le parecieron dolorosamente pesados. También había muchos griegos entremezclados con los peregrinos que se dirigían al sur. Y otros viajeros, a quienes todos cedían el camino: los romanos.

Pudo reconocer a los soldados por sus uniformes, aquellas faldas insólitas que, con sus tiras de cuero, dejaban al descubierto piernas gruesas y peludas. Los romanos civiles le resultaban más difíciles de reconocer, aunque los mayores los identificaban sin problemas.

—¡Un romano! —susurró su padre, indicándole con señas que caminara detrás de él al acercarse un hombre de aspecto anodino. Aunque la calzada estaba muy concurrida, María observó que nadie chocaba con él. Al pasar, volvió imperceptiblemente la cabeza y la miró con cierta curiosidad. Ella le devolvió una mirada humilde.

—¿Cómo has sabido que es un romano? —preguntó con interés.

—Por el cabello —explicó su padre—. Y porque va afeitado. Reconozco que la capa y las sandalias podrían ser de un griego o de cualquier otro forastero.

—Por su mirada —interrumpió la madre de pronto—. Es la mirada de quien es dueño de todo lo que abarca su vista.

Llegaron a una explanada, amplia y seductora. Árboles dispersos por la llanura proyectaban sombras que prometían frescor; ahora el sol estaba en su cenit. Montañas aisladas se erguían a ambos lados de la carretera, el monte Tabor a la derecha y el monte Moré a la izquierda.

Al aproximarse a las estribaciones del monte Moré, Silvano apareció a su lado y señaló vagamente a la montaña.

—¡Cuidado con la bruja! —la previno con sorna—. ¡La bruja de Endor!

Ante la expresión perpleja de María, explicó:

—La bruja a quien consultó el rey Saúl para convocar al espíritu de Samuel. Aquí tenía su morada. Dicen que el monte sigue embrujado. Si te alejaras y fueras a sentarte bajo aquel árbol y esperaras... quién sabe qué espíritu aparecería.

—¿Es eso cierto? —preguntó María—. Di la verdad, no me tomes el pelo. —Le parecía un portento ser capaz de convocar espíritus, especialmente los espíritus de personas muertas.

La sonrisa de Silvano desapareció.

—No sé si es cierto —admitió—. Lo dicen las sagradas escrituras pero... —Se encogió de hombros—. También dicen que Sansón mató a mil hombres con la mandíbula de un asno.

—¿Cómo se reconoce a un espíritu? —insistió María, que no se dejó amedrentar por una mandíbula.

—Dicen que se sabe que lo son por el terror que te inspiran —respondió Silvano—. En serio, si alguna vez vieras a un espíritu, te aconsejo que eches a correr en dirección contraria. Todo el mundo sabe que son peligrosos. Pretenden engañarnos, causar destrozos. Me imagino que por eso Moisés prohibió todo contacto con ellos. —Y, escéptico de nuevo, añadió—: Suponiendo que lo hiciera.

—¿Por qué repites esto una y otra vez? ¿No crees que sea verdad?

—Oh... —Silvano dudó—. Sí, creo que es verdad. Aunque Moisés no lo dijera, sigue siendo una buena idea. Casi todo lo que dijo Moisés es una buena idea.

María se rio.

—A veces hablas como los griegos.

—Si ser griego significa ahondar en las cosas, me sentiría honrado de serlo. —Se rio también.

Dejaron atrás otras montañas, cuya fama excedía su tamaño: el monte Gilboa a la izquierda, donde Saúl presentó su última batalla y pereció a manos de los filisteos. Y el monte Megiddó a la derecha, sobre el horizonte de la llanura; se erguía cual torre construida para la batalla del fin de los tiempos.

Poco después del monte Gilboa, cruzaron la frontera con Samaria. ¡Samaria! María asió las riendas del burro con fuerza y apretó las piernas alrededor de sus flancos. ¡Peligro! ¡Peligro! ¿Había realmente peligro? Escudriñó el entorno con mirada alerta pero el paisaje era igual al que acababan de dejar atrás: las mismas colinas pedregosas, los mismos llanos polvorientos tachonados de árboles solitarios. Le habían dicho que bandidos y rebeldes usaban como escondrijos las cuevas de los alrededores de Magdala, pero ella nunca había visto a uno cerca de su casa. Ahora esperaba ver algo, ya que se adentraban en territorio enemigo.

No tuvieron que esperar demasiado. Sólo habían recorrido un corto trecho cuando un grupo de jóvenes apareció junto a las márgenes del camino, abucheando, lanzando piedras y profiriendo insulto tras insulto con voces guturales:

—Perros... Desechos de Galilea... Pervertidores de los libros sagrados de Moisés... —Algunos les escupieron. Los padres de María mantuvieron la mirada fija al frente, fingiendo ni verles ni oírles, cosa que les enfureció aún más.

—¿Conque estáis sordos? ¡Tomad esto! —Sacaron bramidos discordantes del cuerno de un carnero y profirieron silbidos estridentes e inhumanos, que parecían proceder de más allá de sus gargantas.

El odio reverberaba en el aire. Pero los galileos siguieron sin mirarles ni contestar a los insultos. María temblaba a lomos de su burro al pasar a poca distancia de un grupúsculo de agitadores. Luego, por fin, les dejaron atrás; desaparecieron primero de su vista y después de sus oídos.

—¡Es terrible! —exclamó María en cuanto sintió que podía hablar sin peligro—. ¿Por qué nos odian tanto?

—Es una riña antigua —explicó su padre—. Y no creo que se resuelva mientras nosotros vivamos.

—Pero ¿por qué? ¿A qué se debe? —María insistió en saber.

—Es una larga historia —repuso el padre en tono cansino.

—Yo se la contaré —se ofreció Silvano, y se puso rápidamente a la altura del burro de la niña—. Ya sabes la historia del rey David, ¿no es cierto? ¿Y la del rey Salomón?

—Por supuesto —dijo María con orgullo—. ¡El primero fue nuestro más grande rey guerrero, y el segundo, el más sabio!

—No tan sabio para criar un hijo sabio —dijo Silvano—. Su hijo hizo enfadar tanto a sus súbditos que diez de las doce tribus de Israel abandonaron el reino y crearon el suyo propio, en el norte. Y eligieron a un supervisor como rey, un tal Jeroboam.

Jeroboam. Ya había oído hablar de él y, fuera lo que fuera, no era bueno.

—Puesto que los pueblos del norte ya no podían acudir al Templo de Jerusalén, Jeroboam erigió altares nuevos para ellos, donde adorar carneros de oro. A Dios no le gustó aquello, por eso les castigó enviándoles a los asirios, que destruyeron su país y los llevaron cautivos. Aquél fue el final de las diez tribus de Israel. Desaparecieron en el interior de Asiria y nunca más se supo de ellas. Adiós, Rubén; adiós, Simeón; adiós, Dan y Aser...

—Pero Samaria no está despoblada —dijo María—. ¿Quiénes son esas gentes malvadas que nos gritan?

—¡Los asirios mandaron pobladores paganos! —gritó Eli, quien estaba escuchando la conversación—. Se mezclaron con los pocos judíos que quedaron atrás y produjeron esa mezcla ruinosa entre el paganismo y la verdadera fe de Moisés. ¡Una abominación! —Su rostro se contrajo en una mueca de repulsión—. ¡Y no me digas que no tenían otra elección!

María se apocó. No se le había ocurrido decir nada por el estilo.

—¡Siempre se tiene elección! —prosiguió Eli—. Algunos miembros de aquellas diez tribus fueron leales a Jerusalén. Ellos no sufrieron el castigo ni fueron llevados a Asiria. Nuestra familia entre ellos. Éramos, ¡somos!, de la tri

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