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MARIE CURIE

Adela Muñoz Páez  

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Fragmento

1

Una familia aparentemente feliz

Sensible, inteligente, querida por su familia, la pequeña lectora lo tenía todo para ser feliz. No obstante, dos grandes dramas ensombrecieron su niñez: la tuberculosis que padeció su madre y haber nacido en un país inexistente.

Tras el matrimonio de sus padres, Bronisława Boguska y Władysław Skłodowski, en julio de 1860, fueron naciendo Sofia, Józef, Bronisława y Helena. La pequeña Mania, cuyos nombres reales eran Maria, como la patrona de Polonia, y Salomea,[*] como su abuela paterna, vino al mundo el 7 de noviembre de 1867 y leyó por primera vez en voz alta con solo cuatro años. No era de extrañar que Mania aprendiera a leer tan pronto, porque la casa de los Skłodowski estaba llena de libros y se ubicaba en el mismo edificio que el pensionado de señoritas más famoso de Varsovia, que era dirigido por su madre.

Tanto los Boguski como los Skłodowski provenían de la szlachta, la pequeña nobleza polaca, que se había levantado varias veces contra la opresión del yugo extranjero, siendo sometida cada vez con más violencia. Las dos familias se habían empobrecido tras los vaivenes económicos causados por las distintas particiones de Polonia, y aunque cuando Mania nació desempeñaban distintas profesiones para sobrevivir, las dificultades materiales no habían logrado doblegar el orgullo de estos miembros de la szlachta.

Por entonces, Bronisława, a pesar de tener ya cuatro hijos, seguía dirigiendo el pensionado por las facilidades que le brindaba el hecho de vivir en el mismo edificio en el que trabajaba. En la biografía que escribió sobre su madre, Ève Curie nos cuenta que Mania sentía un amor infinito por su madre y que para ella no había sobre la Tierra otra criatura más buena, sabia y elegante. En las semblanzas que sus hijos hicieron de ella recuerdan con ternura algunos detalles de su forma de dirigir la familia, o cuando se compró las herramientas necesarias para confeccionar zapatos y no tener que realizar el dispendio de comprar tanto calzado; aunque su trabajo era intelectual, Bronisława no despreciaba el manual. También era aficionada a la música y estaba dotada para ella: tocaba el piano y cantaba con una bonita voz; muchos años después su hija Mania se lamentaría de no haberse formado musicalmente con su madre y de no haber aprendido a tocar el piano con ella.

Podemos encontrar un perfil de Bronisława algo más imparcial que las descripciones que de ella hacían sus hijos en las cartas que escribía a una amiga antes y después de casarse y tras el nacimiento de sus hijos. Estas cartas muestran a una mujer con una marcada personalidad, culta, sensible y preocupada por la educación de sus hijos y por su trabajo. También dejan ver a una mujer abrumada por cinco embarazos en siete años de matrimonio, las responsabilidades de la familia y el trabajo en el colegio que dirigía. Por ello, en una de sus cartas le confesaba a su amiga que, tras comprobar lo complejo que era ser esposa y madre, «no me habría importado volver a ser la señorita Boguska». Bronisława fue una profesora muy estimada a la que muchas de sus alumnas confesaban querer más que a sus propias madres. Con su ejemplo, Bronisława les transmitió a sus hijas una enseñanza fundamental: aunque las labores del hogar eran responsabilidad de las mujeres de la familia, no debían ser su única ocupación, podían y debían desempeñar otras tareas.

Poco después de que Mania cumpliera su primer año, la familia se mudó a una casa en la calle Novolipki, aneja al liceo en el que Władysław acababa de ser nombrado profesor y subinspector docente. El traslado a este domicilio, al que Władysław tenía derecho por su trabajo, significó el fin de Bronisława como directora del pensionado tras ocho años, porque no podía seguir ocupándose de él viviendo lejos del mismo. Ese colegio fue el elegido para que sus cuatro hijas comenzaran la formación escolar.

El padre de Mania, Władysław Skłodowski, se graduó en ciencias en San Petersburgo y trabajó como profesor de física y matemáticas en Varsovia. Su hijo Jozio habla en sus memorias de los conocimientos enciclopédicos de su padre:

Nos dirigíamos a él con todas nuestras dudas, como si fuera una enciclopedia. Pero no solo era destacable la cantidad de información que poseía, sino la manera extraordinariamente clara en que la transmitía.[1]

Jozio añade que a su padre le gustaba salir a caminar por el campo y que cuando los llevaba con él, aprovechaba para hablarles de los fenómenos naturales que veían. Sus amplios conocimientos y sus excelentes dotes como pedagogo fueron decisivos para la educación de sus hijos, especialmente en el caso de la pequeña, la mejor dotada para las ciencias y por la que sentía una especial inclinación. Según contaría su nieta Ève Curie, resultaba sorprendente que Władysław consiguiera mantenerse al día en los avances en física y química, sin dejar de atender al trabajo con sus alumnos y a la educación de sus hijos. Władysław no hacía más que seguir el ejemplo de su padre, Józef Skłodowski, quien también se había dedicado a la enseñanza tras haberse graduado en la Universidad de Varsovia, impartiendo las clases de física y química en el liceo que dirigió en Lublin, una de las principales ciudades del este de Polonia.

Además de lo que enseñó a sus hijos, Władysław les transmitió su pasión por la investigación, tarea a la que él no se había podido dedicar por ser un padre de familia en un país invadido. La colección de instrumentos científicos que había usado durante su juventud o en el laboratorio con sus alumnos siempre ocupó un lugar privilegiado en la casa familiar, por lo que Mania creció rodeada de ellos. Años después recordaría observar embelesada a su padre cuando realizaba las lecturas de la presión atmosférica con uno de los aparatos más fascinantes de la colección: un barómetro de precisión. Mania también miraba con curiosidad los instrumentos guardados en una vitrina: tubos de ensayo, pequeñas balanzas, una colección de minerales, incluso un electroscopio de láminas de oro. El rótulo que había en esta vitrina fue una de las primeras cosas que la pequeña leyó: «a-pa-ra-tos fí-si-cos».

Para los padres de Mania, la enseñanza era una vocación más que una profesión y sus hijos no solo eran sus discípulos más queridos, sino también los más brillantes. A pesar de que no era lo habitual en la Europa de la época, los Skłodowski cuidaron la educación de sus hijas con el mismo esmero que la de su hijo. Entre su brillante prole destacaba la hija mayor, Zofia, pero pronto la pequeña comenzó a hacer sombra a su inteligente hermana. Para satisfacer su insaciable curiosidad, Mania, sensible y callada, devoraba todo tipo de libros hasta tal punto que sus padres llegaron a pensar que tanta lectura podía hacerle daño, por lo que todos en la familia intentaban distraerla y que se dedicara a actividades más propias de su edad, como jugar y pasear.

La vida de los Skłodowski, dedicada casi por entero al estudio y las lecturas a lo largo del curso escolar, tenía su contrapunto durante el verano, época que aprovechaban para visitar a las familias materna y paterna, que vivían en el campo. Entonces Mania disfrutaba del aire libre y de todo tipo de ejercicios físicos, como nadar y pescar en los grandes lagos, correr por los campos o montar a caballo. Uno de los sitios a los que estuvo más vinculada fue la hacienda de Zwola, al sureste de Varsovia, que la familia ocupaba durante el verano en la primera infancia de Mania. Aunque era propiedad de su tío Władysław Boguski, el hermano mayor de su madre, Władysław Skłodowski compró parte de la casa. Esta hacienda fue uno de los primeros lugares en los que Mania sintió el amor por la naturaleza que la acompañaría hasta el fin de sus días. Además de disfrutar del aire libre, estrechaba las relaciones con sus primos y tíos, que hicieron que las raíces polacas ocuparan un lugar destacado a lo largo de su vida. Mania se sentía parte de esa gran familia y más adelante, por extensión, de su país, al que todos ellos amaban de forma apasionada y por el que muchos de sus miembros habían estado a punto de perder la vida.

El fin de la infancia feliz llegó pronto para Mania; cuando tenía unos cuatro años, su madre comenzó a perder mucho peso y a padecer una tos seca que no se curaba con nada, síntomas de la tuberculosis. Además de que esta enfermedad era una condena a muerte a corto o medio plazo, el miedo al contagio segregaba de la vida familiar a quienes la padecían. Bronisława modificó drásticamente sus hábitos de vida. De entrada dejó de abrazar a sus hijos y esto hizo sufrir a Mania muchísimo, ya que era demasiado pequeña para entender los motivos que causaban el desapego de su madre. Además comenzó a usar sus propios platos, vasos y cubiertos y a comer por separado. La necesidad de someterse a curas en casas de reposo en lugares soleados y de alta montaña, como la Costa Azul o los Alpes suizos, la mantuvieron aleja

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