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MIEDO, TRUMP EN LA CASA BLANCA

Bob Woodward  

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Fragmento



1

En agosto de 2010, seis años antes de encargarse de la victoriosa campaña presidencial de Donald Trump, Steve Bannon, que por aquel entonces tenía cincuenta y siete años y era productor de documentales políticos de derechas, contestó el teléfono.

—¿Qué haces mañana? —le preguntó David Bossie, un veterano investigador republicano y activista conservador que había perseguido los escándalos de Bill y Hillary Clinton durante casi dos décadas.

—Tío —le contestó Bannon—, estoy montando los puñeteros documentales que me has pedido.

Las elecciones parlamentarias de 2010, a mitad del mandato, estaban a la vuelta de la esquina. Era el momento cumbre del movimiento Tea Party y los republicanos estaban mostrando su fuerza.

—Dave, estamos literalmente sacando dos documentales más. Los estoy editando. Trabajo veinte horas al día. —En Citizens United, el comité de acción política conservador que Bossie dirigía, para producir en masa sus documentales anti-Clinton.

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—¿Puedes venir conmigo a Nueva York?

—¿Para qué?

—Para ver a Donald Trump —le contestó Bossie.

—¿Para qué?

—Está pensando en presentarse a presidente —explicó Bossie.

—¿De qué país? —preguntó Bannon.

—No, en serio —insistió Bossie, que se había reunido con Trump y había trabajado con él durante meses. Trump había pedido que se reunieran.

—No tengo tiempo ni de cascármela, colega —soltó Bannon—. Donald Trump no se va a presentar nunca a presidente. Olvídate. ¿Contra Obama? Qué va, olvídate. No tengo tiempo para estas gilipolleces.

—¿Quieres reunirte con él?

—No, no tengo ningún interés.

Trump le había concedido una vez a Bannon3 una entrevista de treinta minutos para su programa de radio dominical, The Victory Sessions, que Bannon había sacado corriendo de Los Ángeles y había promocionado como «el programa de radio del pensador».

—Este tío no va en serio —soltó Bannon.

—Yo creo que va en serio —dijo Bossie. Trump era famoso en la televisión y tenía un programa muy conocido, The Apprentice, que llegó a ser número uno en la cadena NBC algunas semanas—. No perdemos nada por ir y reunirnos con él.

Bannon acabó por aceptar ir a Nueva York, a la Torre Trump.


Subieron hasta la sala de reuniones del piso 26. Trump les dio una cálida bienvenida y Bossie comentó que traía consigo una presentación detallada. Era un tutorial.

En la primera parte, según comentó, se explicaba cómo presentarse a unas primarias republicanas y ganar. En la segunda parte se explicaba cómo presentarse a la presidencia de Estados Unidos contra Barack Obama. Describió estrategias electorales básicas y habló del proceso y de otros asuntos. Bossie era un conservador tradicional, con una visión gubernamental limitada, y el movimiento Tea Party le había cogido por sorpresa.

Era un momento importante en la política estadounidense, tal y como comentó Bossie, y el populismo del Tea Party estaba arrasando el país. Estaba consiguiendo hacerse oír. El populismo era un movimiento de base para desbaratar el statu quo político a favor del común de los mortales.

—Soy un hombre de negocios —les recordó Trump—. No soy un trepa político profesional.

—Si vas a presentarte a presidente —le dijo Bossie—, tienes que saber muchas cosas, tanto cosas pequeñas como cosas importantes.

Las cosas pequeñas eran cumplir con los plazos, las reglas estatales para las primarias… minucias.

—Tienes que conocer los entresijos políticos y saber cómo ganar delegados. Pero, primero —añadió—, tienes que entender cómo funciona el movimiento conservador.

Trump asintió.

—Tienes problemas con algunas cosas —comentó Bossie.

—Yo no tengo problemas con nada —contestó Trump—. ¿De qué hablas?

—En primer lugar, nunca ha ganado unas primarias republicanas alguien que no sea provida —explicó Bossie—. Y tú, lamentablemente, eres muy proelección.

—¿Qué quieres decir?

—Pues que has ayudado económicamente a los que apoyan el aborto, a los candidatos proelección. Has hecho declaraciones en público. Tienes que ser provida y estar en contra del aborto.

—Estoy en contra del aborto —contestó Trump—. Soy provida.

—Bueno, tienes una trayectoria y unos antecedentes.

—Eso se puede arreglar —espetó Trump—. Solo tienes que decirme cómo arreglarlo. Yo soy… ¿cómo has dicho que se dice? ¿Provida? Soy provida, ya te lo digo.

Bannon estaba impresionado con el espectáculo, y cada vez más según iba hablando Trump. Este estaba comprometido y era rápido. Estaba en buena forma física. Su presencia era más grande que su propio cuerpo y se apoderó de la sala con capacidad de mando. Tenía algo. También era como uno de esos tipos que están en el bar y le hablan a la tele. Un listo de barrio, de Queens. A ojos de Bannon, Trump era como el antipático personaje Archie Bunker, pero un Archie Bunker muy centrado.

—La segunda cosa importante —dijo Bossie— es tu historial de voto.

—¿Qué quieres decir con mi historial de voto?

—Cuántas veces has votado.

—¿De qué estás hablando?

—Bueno —explicó Bossie—, no dejan de ser unas primarias republicanas.

—Yo voto siempre —dijo Trump con confianza—. He votado siempre desde que tenía dieciocho o veinte años.

—Eso no es cierto. Sabes que hay registros públicos de cuándo se ha votado. —Bossie, el investigador del Congreso, tenía una pila de documentos.

—No saben lo que he votado.

—No, no, no lo que has votado, sino cuántas veces has votado.

Bannon se dio cuenta de que Trump no sabía las cosas más básicas de política.

—Yo voto siempre —insistió Trump.

—Pues la verdad es que nunca has votado en unas primarias, salvo una vez, una sola vez en toda tu vida —le corrigió Bossie haciendo referencia a la documentación que tenía.

—Eso es una mentira de mierda —soltó Trump—. Es mentira. Cada vez que puedo votar, voto.

—Solo has votado en unas primarias —repitió Bossie—. Fue más o menos en 1988, en las primarias republicanas.

—Tienes razón —admitió Trump, dando un giro de 180 grados sin perder el ritmo—. Voté a Rudy. —Giuliani se presentó a alcalde en unas primarias en 1989—. ¿Eso está ahí?

—Sí.

—Podré con eso —dijo Trump.

—Tal vez nada de esto tenga importancia —añadió Bossie—, pero tal vez sí la tenga. Si vas a seguir adelante, tienes que ser metódico.

Ahora era el turno de Bannon. Empezó a hablar del motor del Tea Party, de cómo no le gustaban las élites. El populismo era para el común de los mortales, que sabe que el sistema está amañado. Iba en contra del amiguismo y de los tratos de favor que estaban sangrando a los trabajadores.

—Me encanta. Eso es lo que soy yo —dijo Trump—. Soy un popularista —añadió cambiando la palabra.

—No, no —le corrigió Bannon—. Es populista.

—Eso, eso —insistió Trump—. Un popularista.

Bannon desistió. Primero pensó que Trump no conocía la palabra. Pero tal vez Trump lo decía a su manera: ser popular con la gente. Bannon sabía que el popularista siente afición a lo popular y el populista lo que pretende es atraer a las clases populares.

Una hora después de que empezara la reunión, Bossie dijo:

—Tenemos otro gran problema.

—¿Y qué es? —preguntó Trump, esta vez con algo más de cautela.

—Bueno —dijo—, el 80 por ciento de las donaciones que has hecho han ido a parar a los demócratas.

Para Bossie, ese era el mayor hándicap político de Trump, aunque no lo dijo.

—¡Y una mierda!

—Hay documentación pública —añadió Bossie.

—¿Documentación de qué? —preguntó Trump con verdadero asombro.

—De cada donación que has hecho.

Era normal que las donaciones políticas fueran públicas.

—Siempre soy ecuánime —afirmó Trump. Según decía, siempre dividía sus donaciones entre los candidatos de ambos partidos.

—Es cierto que has dado bastante. Pero el 80 por ciento ha ido a parar a los demócratas: Chicago, Atlantic City…

—Es lo que tengo que hacer —añadió Trump—. Esos demócratas de mierda gobiernan todas las ciudades. Hay que hacer hoteles. Hay que untarles. Son ellos los que vienen a verme.

—Mire —dijo Bannon—, lo que Dave está intentando decirle es lo siguiente: si quiere presentarse como uno de los del ...