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MUERTE DE LA LUZ

George R.R. Martin  

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Fragmento

PRÓLOGO

Astro errante, nómada sin norte, náufrago de la creación: aquel mundo era todo eso.

Durante siglos sin cuenta se había precipitado, a solas y sin rumbo, por los fríos intervalos solitarios entre sol y sol. Por sus cielos estériles se habían sucedido en majestuosa procesión varias generaciones de estrellas de las que no formaba parte: era un mundo en sí y por sí mismo, completo. En cierto modo, ni siquiera pertenecía a la galaxia; su trayectoria errática atravesaba el plano galáctico como un clavo al perforar el tablero redondo de una mesa de madera. No formaba parte de nada.

Y a eso, a la nada, se estaba aproximando. En los albores de la historia de la humanidad, el mundo errante horadó una cortina de polvo interestelar que cubría una región pequeña e insignificante, cerca del borde superior de la gran lente galáctica. Al otro lado había un manojo de estrellas, a lo sumo treinta, y más allá de ellas, el vacío, una noche mayor que cualquier otra que hubiese conocido.

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Fue ahí, cayendo por la oscuridad de esos confines, donde se encontró con los pueblos dispersos.

Los primeros en hallarlo fueron los Imperiales de la Tierra, en el culmen de su ebria y vertiginosa expansión, cuando el Imperio Federal de la Vieja Tierra aún trataba de regir todos los mundos de la humanidad a caballo entre simas de una inmensidad inabarcable. Una nave de guerra, la Mao Tse-tung, la cual, tocada sin remedio durante un asalto a los hranganos, llevaba a toda su tripulación muerta en sus puestos de mando, y que entraba y salía del hiperespacio al albur de sus motores, se convirtió en la primera nave del reinohumano en cruzar el Velo del Tentador. Aun siendo la Mao una nave abandonada, desprovista de aire y poblada de cadáveres grotescos que daban tumbos por sus pasadizos, chocando aproximadamente cada siglo con algún mamparo, mantenía en funcionamiento sus computadoras, ciegas cumplidoras de sus cíclicos rituales y dotadas aún de la sensibilidad necesaria para que en sus cartas no pasara desapercibido el planeta errante cuando la nave fantasma salió del hiperespacio a unos cuantos minutos luz de él. Transcurridos casi siete siglos, un mercader de Tóber se cruzó casualmente con la Mao Tse-tung, y con la anotación.

Entonces ya no era noticia. Alguien más había descubierto el mundo.

Ese alguien fue Celia Marcyan, cuyo Perseguidor de sombras circundó el oscuro planeta durante un día estándar, en el transcurso de la generación de interregno que siguió al colapso; pero nada había de interés para Celia en el planeta errante, todo piedra, hielo y noche interminable, por lo que se alejó al poco tiempo. Siendo como era, sin embargo, una nombradora, antes de irse nombró el mundo: Worlorn, lo llamó, sin explicar jamás por qué, ni qué significaba. Y Worlorn se siguió llamando. En cuanto a Celia, se fue a otros mundos y a otras historias.

El siguiente visitante fue Kleronomas, en di-46. Su nave de reconocimiento efectuó unas cuantas pasadas cortas, cartografiando los páramos. El planeta reveló sus secretos a los sensores; era, averiguó Kleronomas, mayor y más rico que la mayoría de los mundos, con mares helados que, al igual que su atmósfera también helada, esperaban salir de su prisión.

Hay quien dice que los primeros en pisar Worlorn fueron Tomo y Walberg, en di-97, durante su insensata tentativa de cruzar la galaxia. ¿Será cierto? Probablemente no. Historias sobre Tomo y Walberg las hay en cualquier mundo del reinohumano, pero, habida cuenta de que la Prostituta soñadora no regresó jamás, ¿quién sabe dónde aterrizó?

A partir de entonces, los avistamientos basculan del ámbito de la leyenda al de los datos. Sin estrellas, sin utilidad, y de un interés muy relativo, Worlorn pasó a ser una anotación habitual en las cartas estelares del Confín, el grupo de mundos dispersos y escasamente habitados que flota entre la opaca cortina de gases del Velo del Tentador y el Gran Mar Negro.

En di-446, finalmente, un astrónomo de Lobo convirtió a Worlorn en objeto de estudio. Era la primera vez que alguien se molestaba en recopilar todas las coordenadas, y fue también el momento en el que todo cambió. Se llamaba, este astrónomo lobuno, Ingo Haapala, y salió alborotado del cuarto de computadoras, como suele pasarles a los de su especie: Worlorn tenía por delante un día largo y luminoso.

En todos los firmamentos de los mundos exteriores lucía la constelación de la Rueda de Fuego, cuyas maravillas eran conocidas incluso en lugares tan próximos al núcleo como la Vieja Tierra. El centro de la formación era una supergigante roja: el Cubo, el Ojo del Infierno, el Gordo Satanás… Tenía una docena de nombres. A esta estrella se sumaban otras que orbitaban a su alrededor de modo equidistante, como seis canicas de fuego amarillo rodando por el mismo surco: los Soles Troyanos, los Hijos de Satanás, la Corona del Infierno… Qué más daban los nombres; lo esencial era la Rueda en sí, seis estrellas amarillas de tamaño medio que rendían homenaje a su inmenso y rojo señor, formando el más inverosímil sistema de estrellas múltiples jamás descubierto, así como el más estable. El efímero entusiasmo por la Rueda proporcionó un nuevo misterio a una humanidad hastiada de los viejos. En los mundos más civilizados, los científicos la justificaron con teorías; más allá del Velo del Tentador dio origen a una secta. Se hablaba de una especie desaparecida de ingenieros estelares que habían sido capaces de mover soles enteros para erigir un monumento. Durante unas cuantas décadas se dispararon con la misma fuerza la especulación científica y las supersticiones. Luego fueron remitiendo, y en breve quedó todo olvidado.

El lobuno Haapala anunció que Worlorn pasaría una sola vez junto a la Rueda de Fuego, trazando una amplia y lenta hipérbole que, sin llevarlo en ningún momento al interior del sistema, lo aproximaría bastante a él. Cincuenta años estándares de luz solar antes de volver a la oscuridad del Confín, más allá de las Últimas Estrellas, al Gran Mar Negro de la oscuridad intergaláctica.

Eran los siglos turbulentos en que Alto Kavalaan y el resto de los mundos exteriores cataban el orgullo por primera vez, y no veían la hora de participar en la dispersa historia de la humanidad. Lo que ocurrió es cosa sabida. La Rueda de Fuego siempre había sido la gloria de los mundos exteriores, pero una gloria hasta entonces sin planetas.

Empezó un siglo de tormentas, mientras Worlorn se acercaba a la luz: años de hielo derretido, actividad volcánica y sismos. Poco a poco cobró vida una atmósfera helada, con abominables vientos que aullaban cual bebés monstruosos. Todo lo afrontaron, y contra todo lucharon las gentes de los mundos exteriores.

De Tóber llegaron los terraformadores y de Oscuralba, los guardianes del clima, además de otros equipos de Lobo, Kimdiss, di-Emerel y el Mundo del Océano Vinonegro. La supervisión corrió a cargo de Alto Kavalaan, el planeta que reclamaba la propiedad del astro errante. Fue un empeño que duró más de un siglo, y cuyas víctimas han conservado una estatura casi mítica para los hijos del Confín. Al final, sin embargo, Worlorn fue domeñado. Surgieron ciudades, bajo la luz de la Rueda florecieron bosques extraños, y se dejaron animales en libertad para dotar de vida al planeta.

En di-589 fue inaugurado el Festival del Confín, cuando el Gordo Satanás ocupaba una cuarta parte del cielo y sus hijos lucían con fuerza a su alrededor. El primer día, los toberianos dejaron rielar su estratoescudo, que creó formas caleidoscópicas con las nubes y la luz solar. Siguieron otros días y llegaron las naves de todos los mundos exteriores, de Tara, Daronne y el otro lado del Velo, de Avalon y del Mundo de Jamison, de sitios tan lejanos como Nueva Ínsula y Viejo Poseidón, e incluso de la Vieja Tierra. Durante cinco años estándares Worlorn se acercó al perihelio y durante otros tantos se alejó de él. En di-599 fue clausurado el Festival.

Worlorn ingresó en el crepúsculo, y cayó hacia la noche.

UNO

Bajo la ventana, el agua chocaba contra los pilotes del paseo de madera que bordeaba el canal. Al levantar la vista, Dirk t’Larien vio deslizarse lentamente, a la luz de la luna, una barcaza negra. Tenía un solo ocupante, apoyado a popa en una oscura y larga pértiga. El resplandor de la luna de Braque, que brillaba con fuerza en las alturas, grande como un puño, lo resaltaba todo con mucha nitidez.

Detrás de la luna todo era quietud, una velada oscuridad, una cortina inmóvil que escondía las estrellas más lejanas; una nube, pensó, de polvo y gas: el Velo del Tentador.

Mucho después del final llegó el principio: una joya susurrante.

La rodeaban varias capas de papel de plata y suave terciopelo, el mismo envoltorio con que se lo había dado Dirk a ella, años atrás. Sentado junto a la ventana de su habitación con vistas al canal, por cuyo ancho y sucio cauce se impulsaban sin cesar vendedores de fruta con sus pértigas, abrió el paquete. La joya era tal como la recordaba: de un rojo profundo veteado de finas líneas negras y en forma de lágrima. Se acordó de cuando se la había tallado el ésper en Avalon. Esperó un tiempo antes de tocarla.

Lisa y gélida en la yema de su dedo, empezó a susurrar en las profundidades de su mente recuerdos y promesas que no había olvidado.

No estaba en Braque por nada en especial. Nunca llegó a saber cómo lo habían localizado, pero la joya, fuera como fuese, volvió a manos de Dirk t’Larien.

—Gwen —dijo en voz baja para sus adentros, solo para volver a formar la palabra y sentir en su lengua el calor familiar: su Jenny, su Ginebra, señora de los sueños abandonados.

Siete años estándares, pensó acariciando con un dedo la fría superficie de la joya. Parecía que hubieran pasado siete vidas. Todo había terminado. ¿Qué podía querer de él? El Dirk t’Larien que la había querido, el de las promesas y las joyas, ese Dirk estaba muerto.

Levantó una mano para apartarse de los ojos un mechón entre castaño y gris, y sin querer le vino a la memoria cómo le apartaba Gwen el pelo siempre que quería darle un beso.

Profundamente cansado y desorientado, sintió flaquear el cinismo que con tanto esmero alimentaba, y cayó sobre sus hombros un peso fantasmal, el de quien había sido y ya no era. Sí, había cambiado mucho con los años. Siempre había creído que lo hacían más sabio, pero tuvo la impresión de que las enseñanzas de la edad se avinagraban todas bruscamente. Sus divagaciones se posaron en tantas promesas incumplidas, sueños pospuestos y al final perdidos, ideales en jaque, y un espléndido futuro devorado por el tedio y la putrefacción.

Y ahora ella lo hacía recordar. ¿Por qué? Había pasado demasiado tiempo. A Dirk le habían ocurrido demasiadas cosas, y a ella seguro que también. Además, en el fondo nunca había pretendido que Gwen usara la joya susurrante. Había sido un gesto tonto, la pose adolescente de un joven romántico. Comprometerlo a cumplir una promesa tan absurda era impropio de una adulta sensata. No podía ir. Imposible. Casi no había tenido tiempo de ver Braque. Tenía su propia vida, cosas importantes que hacer. Después de tanto tiempo, Gwen no podía pretender que se subiera a la primera nave con rumbo a los mundos exteriores.

Se puso la joya en la palma de la mano y cerró el puño con rencor, decidido a tirarla por la ventana, librándose de ella, y de todo lo que implicaba en las oscuras aguas del canal, pero al tenerla entre los dedos su pequeña forma empezó a arder con la fuerza del hielo, convirtiendo los recuerdos en cuchillos.

“…porque te necesita —susurró la joya—. Porque se lo prometiste.”

Su mano siguió inmóvil. Los dedos no se abrieron. El dolor del frío adormeció la palma.

El otro Dirk, el joven, el de Gwen. En efecto, se lo había prometido, pero recordó que ella también. Hacía mucho tiempo, en Avalon. El ésper, un viejo emereli de talento muy menor, pelirrojo, de pelo algo dorado, les talló dos joyas. Después de leer a Dirk t’Larien, y percibir cuánto amaba a su Jenny, volcó esos sentimientos en la gema, hasta donde se lo permitieron sus escasos poderes psiónicos. Luego hizo lo mismo con Gwen. Finalmente, Dirk y ella se intercambiaron las joyas.

La ocurrencia fue de Dirk. “Tal vez no siga siendo siempre así”, le dijo a Gwen, citando un antiguo poema. De ahí la promesa que se hicieron: si me envías este recuerdo, vendré. Donde esté, cuando sea, independientemente de lo que haya ocurrido entre los dos. Vendré, sin preguntas.

El tiempo deshizo esa promesa. A los seis meses de que Gwen lo dejara, Dirk le mandó la joya, pero ella no acudió. Desde entonces, lo último que se esperaba era que fuese Gwen quien le hiciera atenerse a su promesa. Pero lo estaba haciendo.

¿Y esperaba que fuera? ¿En serio?

Se dio cuenta, apenado, de que no obstante los pesares, el otro, el Dirk de entonces, sí habría ido a reunirse con Gwen, por mucho que la odiara… o la quisiera. Pero ese insensato estaba muerto y enterrado. Lo habían matado el tiempo y Gwen.

Aun así siguió prestando oídos a la joya, sintiendo sus antiguas emociones y su nueva fatiga; hasta que, alzando la vista, pensó: “Puede que a pesar de todo no sea demasiado tarde”.

Hay muchas maneras de desplazarse entre las estrellas. Algunas son más veloces que la luz, y otras no, pero todas son lentas. Ir en nave de un extremo al otro del reinohumano consume casi toda la vida de un hombre, y el reinohumano —los mundos dispersos de la humanidad, y el gran vacío que se extiende entre ellos— es la parte más ínfima de la galaxia. Como Braque, sin embargo, estaba cerca del Velo, y de los mundos exteriores que hay detrás de él, y como algo de comercio se daba en esa zona, Dirk encontró una nave.

Se llamaba Temblor de enemigos olvidados, y tras llegar a Tara desde Braque atravesaba el Velo rumbo a Lobo, Kimdiss y Worlorn, viaje que duraba más de tres meses estándares, incluso en MVL. Dirk sabía que después de Worlorn la Temblor continuaría hacia Alto Kavalaan, di-Emerel y las Estrellas Últimas, donde daría media vuelta y se dispondría a rehacer su tedioso periplo.

El puerto espacial estaba pensado para un tráfico diario de veinte naves. Ahora debía de albergar una al mes, como máximo. Casi todo estaba cerrado, oscuro, abandonado. La Temblor se instaló en el centro de una pequeña parte que todavía funcionaba, eclipsando con sus dimensiones un grupo de naves privadas concentradas en los aledaños, y un carguero toberiano parcialmente desmantelado.

La gran terminal, automatizada pero inerte, mantenía iluminada una sección que Dirk cruzó con rapidez para salir a la noche, la típica noche vacía de los mundos exteriores que lloraba por falta de estrellas. Ya estaban esperándolo, justo al otro lado de la puerta principal, como había anticipado. El capitán de la Temblor había avisado por láser nada más regresar al espacio normal desde el hiperespacio.

Así que había venido Gwen Delvano a recibirlo, como le había pedido… Pero no estaba sola. La acompañaba un hombre, con quien estaba hablando en voz baja en el momento en que Dirk salió de la terminal.

Dirk se paró justo al otro lado de la puerta y sonrió con toda la naturalidad que pudo, mientras dejaba en el suelo su único equipaje, una bolsa ligera.

—Eh —dijo suavemente—, me dijeron que aquí hay un Festival.

Gwen, que se había girado al oír su voz, se rio, una risa que Dirk tenía grabada en la memoria.

—No —contestó—, llegas con unos diez años de retraso.

Él frunció el ceño.

—Maldita sea —dijo, sacudiendo la cabeza.

Ella sonrió otra vez y se acercó. Se dieron un abrazo. El otro hombre no parecía nada cohibido mientras los miraba.

Fue un abrazo corto. En cuanto Dirk le pasó los brazos por la espalda, Gwen se apartó. Después de separarse se quedaron muy cerca, para ver cómo los había tratado el tiempo.

Gwen parecía mayor, pero no estaba muy cambiada. Probablemente las diferencias que apreciaba Dirk fueran defectos de memoria. Sus grandes ojos verdes eran algo menos grandes y algo menos verdes que el recuerdo que tenía de ellos. La recordaba un poco más menuda, tal vez un poco más delgada, pero por lo demás se parecía bastante; sonreía igual, y tenía el mismo pelo, oscuro y lustroso, que al caer por debajo de sus hombros, como una refulgente catarata, superaba en negrura la de una noche en los mundos exteriores. Llevaba un suéter blanco de cuello de cisne, pantalones acampanados de resistente tela camaleón (que ahora emulaba el negro de la noche), cinturón, y una ancha cinta en el pelo. En Avalon ya le gustaba ir así. La novedad era una pulsera, o mejor dicho un brazalete, una enorme pieza de plata y jade que tapaba la mitad de su antebrazo. Llevaba el suéter arremangado, para que se le viera.

—Estás más delgado, Dirk —dijo.

Él se encogió de hombros y metió las manos en los bolsillos de la chamarra.

—Sí.

Lo que estaba, en realidad, era casi chupado, aunque mantenía su característica postura, algo encorvada de hombros. También en otras cosas se notaba el paso de los años, como el color del pelo, donde el gris le había ganado la partida al castaño. Lo llevaba casi tan largo como Gwen, pero el suyo era una masa despeinada de menudos rizos.

—Cuánto tiempo —dijo ella.

—Siete años. Estándares —él asintió con la cabeza—. No pensaba que…

En ese momento tosió el desconocido, como para recordarles que no estaban solos. Dirk levantó la vista. Gwen se giró. El hombre se acercó y se inclinó educadamente. Era bajo, rechoncho y de un rubio casi blanco, con un traje de seda de colores vivos, verde y amarillo, y una pequeña gorra de punto negra, que no se le cayó al inclinarse.

—Arkin Ruark —se presentó con Dirk.

—Dirk t’Larien.

—Arkin colabora conmigo en el proyecto —dijo Gwen.

—¿Qué proyecto?

Gwen parpadeó.

—¿Ni siquiera sabes por qué estoy aquí?

No, no lo sabía; solo que la joya susurrante venía de Worlorn, y que por lo tanto era donde tenía que buscar a Gwen.

—Eres ecologista —contestó—. En Avalon…

—Sí, en el Instituto, pero de eso hace mucho tiempo. Acabé, me acredité y desde entonces vivo en Alto Kavalaan. Bueno, hasta que me enviaron aquí.

—Gwen es de la Congregación de Jadehierro —dijo Ruark, sonriendo un poco de manera tensa—. Yo represento a la Academia de Ciudad de Impril, en Kimdiss. ¿La conoces?

Dirk asintió. Así que Ruark era kimdissi, un “exterior”, de una de sus universidades.

—Impril, Jadehierro… en fin, con un mismo objetivo, ¿me explico? Investigar la interacción ecológica en Worlorn. Durante el Festival no terminó de hacerse bien, porque la ecología no era el fuerte de ninguno de los mundos exteriores. Una ciencia di, olvidada, como dicen los emereli. Pero el proyecto es ese. Conociéndonos de antes, Gwen y yo, pensamos… en fin, que habiendo venido por lo mismo, era lógico que trabajáramos juntos y aprendiéramos todo lo posible.

—Supongo —dijo Dirk. La verdad es que en un momento así no le interesaba demasiado el proyecto. Lo que quería era hablar con Gwen. La miró—. Tendrás que explicármelo más tarde. Cuando hablemos. Porque me imagino que querrás hablar.

Ella lo miró de modo extraño.

—Sí, claro. Tenemos mucho de qué hablar.

Dirk recogió su bolsa.

—¿Adónde vamos? —preguntó—. No creo que me caiga mal bañarme y comer algo.

Gwen y Ruark se miraron.

—De eso estábamos hablando Arkin y yo. Puedes instalarte en su departamento. Estamos en el mismo edificio. Con pocas plantas de separación.

Ruark asintió.

—Con sumo gusto, sumo gusto. Siempre es un placer, ayudar a un amigo, y los dos somos amigos de Gwen, ¿verdad?

—Mmm —dijo Dirk—. No sé por qué, pero pensaba que me instalaría en el tuyo, Gwen.

Gwen lo rehuyó un momento, y solo fue capaz de mirarlo a los ojos tras posar la vista en Ruark, en el suelo y en el negro firmamento de la noche.

—Ya veremos —respondió con cuidado, sin sonreír—. De momento no. Ahora mismo no creo que fuera aconsejable. Pero iremos juntos, por supuesto. Tenemos un vehículo.

—Por aquí —terció Ruark antes de que Dirk pudiera formular una respuesta.

Algo raro pasaba. A bordo de la Temblor, durante los meses de viaje, había visualizado cien veces la escena del reencuentro, imaginándosela de muchos modos: tierna y cariñosa, en forma de duro enfrentamiento, lacrimosa, a menudo… Pero nunca así, incómoda, esquinada y en presencia constante de un desconocido. Empezó a preguntarse quién era exactamente el tal Arkin Ruark, y si su relación con Gwen respondía del todo a lo que le habían explicado. Que era muy poco, por cierto. Sin saber qué decir, ni qué pensar, se encogió de hombros y los siguió hacia el aeromóvil.

Llegaron enseguida. El vehículo lo desconcertó. Sus viajes le habían permitido conocer muchos aeromóviles, pero no como ese, enorme, gris acero, con alas triangulares curvadas y potentes. Casi parecía que tuviese vida propia, como una gran mantarraya aérea de metal. Entre las alas había una cabina pequeña con cuatro asientos. Vislumbró bajo las puntas de las alas unos tubos que no presagiaban nada bueno.

Los señaló, mirando a Gwen.

—¿Esos de ahí son láseres?

Ella asintió con un amago de sonrisa.

—¿Pero se puede saber en qué vuelan? —preguntó Dirk—. Parece una nave de guerra. ¿Qué pasa, que van a atacarnos los hranganos? No había visto cosa igual desde que visitamos los museos del Instituto, en Avalon.

Gwen se rio y, tomando la bolsa de sus manos, la dejó caer en el asiento trasero.

—Sube —le dijo—. Es un aeromóvil de lo más normal, hecho en Alto Kavalaan. Hace poco que se los fabrican ellos mismos. Está inspirado en un animal, la banshee negra, un depredador aéreo que es el animal hermano de la Congregación de Jadehierro. En su folclor le dan mucha importancia. Es una especie de tótem.

Subió y se puso frente a la palanca, seguida con cierta torpeza por Ruark, que saltó sobre el ala blindada para acomodarse en la parte trasera. Dirk no se movió.

—¡Pero tiene láseres! —insistió.

Gwen suspiró.

—No están cargados, ni lo han estado nunca. Todos los aeromóviles fabricados en Alto Kavalaan cuentan con algún tipo de armas. Lo exige su cultura. Y no me refiero solo a la de Jadehierro. En eso son iguales Acerorrojo, Braith y la Confraternidad de Shanagato.

Dirk rodeó el vehículo y se sentó al lado de Gwen, con la incomprensión reflejada en el rostro.

—¿Qué?

—Son las cuatro coaliciones de clanes kavalares —explicó ella—. Para que te hagas una idea, son como pequeñas naciones, o como grandes familias. Tienen un poco de ambas cosas.

—Pero ¿y los láseres?

—Alto Kavalaan es un planeta violento —contestó.

Ruark se rio por la nariz.

—¡Ah, Gwen —dijo—, eso es pura mentira! ¡Pura mentira!

—¿Mentira? —replicó ella.

—Ni más ni menos —dijo Ruark—. Sí, pura mentira, porque te acercas a la verdad: media mentira, que es la peor de todas.

Dirk se giró en su asiento para mirar al rubio y rechoncho kimdissi.

—¿Qué?

—Alto Kavalaan fue un planeta violento, sí, pero ahora la violencia está en los kavalares. No hay uno solo que no sea hostil, y muchos son xenófobos, racistas. Gente orgullosa, muy celosa, con sus altaguerras y su código del duelo. Por eso llevan armas los aeromóviles kavalares: ¡para luchar con ellas por el aire! Te lo advierto, t’Larien…

—¡Arkin! —exclamó entre dientes Gwen, con un tono cortante cuya virulencia sobresaltó a Dirk.

Activó la cuadrícula de gravedad y tocó la palanca, haciendo arrancar de golpe el aeromóvil, que con un chirrido de protesta se separó del suelo y tomó rápidamente altura por encima del puerto espacial, intensamente iluminado en la zona donde estaban la Temblor de enemigos olvidados y las otras naves más pequeñas, pero por lo demás oscuro; una oscuridad que se extendía hacia un horizonte invisible, en el que se fundía la tierra con un cielo aún más negro. El polvillo de estrellas esparcido por el cielo era la única luz del firmamento: la luz de las estrellas del Confín, bajo el espacio intergaláctico, y sobre la opaca cortina del Velo del Tentador. A Dirk nunca se le había pasado por la cabeza que pudiera parecer tan solitario el mundo.

Escarmentado, Ruark murmur ...