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NARCOJET

Martha Soto  

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Fragmento

Traquetos de palustre y tijeras

Un agente del servicio secreto británico, identificado con el código oficial 22, se encargó de notificarle a Colombia que un puñado de albañiles y peluqueros europeos, sin empleo, acababan de burlarse de todas las autoridades aeroportuarias de Colombia y habían sacado en sus narices media tonelada de cocaína de alta pureza en un lujoso jet que venía del aeropuerto internacional El Dorado de Bogotá. Según le informó al capitán Juan Sebastián Murcia Garay, jefe de Policía Judicial de la Unidad Investigativa del aeropuerto, bitácoras y radares indicaban que los “traquetos de palustre y tijeras” habían despegado a las 22:30 de la noche del viernes 26 de enero de 2018 y, después de atravesar el océano Atlántico con el monumental alijo, aterrizaron en el aeropuerto Farnborough, en el sur de Inglaterra.

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Aunque el tono usado por el agente británico fue diplomático, era evidente que estaba conminando a Colombia a que explicara cómo la mafia había podido evadir al menos cinco controles aeroportuarios para introducir cocaína en un avión de 60 millones de dólares, sin que nadie lo hubiera detectado. La banda detrás del envío fue tan temeraria que aterrizó el jet en el Farnborough, una vieja base militar inglesa, que sirvió a la resistencia durante la Primera Guerra Mundial y que se había convertido con el tiempo en el aeropuerto ejecutivo más importante de la región.

La bitácora señalaba que la compañía que operó el vuelo, tipo chárter, era Tyrolean Jet Services, que cobró 200 mil euros por poner a volar hacia Sudamérica su moderno Bombardier Global Express, BD700, de matrícula OE-IEL. El alquiler incluía a la tripulación, compuesta por una piloto, un copiloto y una linda sobrecargo austriaca, que sirvió un inflight catering con vino y abundante comida de mar.

El informe que le llegó a la Policía Antinarcóticos, con el visto bueno de la embajada británica en Bogotá, también aseguraba que la compañía que había prestado sus hangares para que el narcovuelo se recargara de combustible y pernoctara en Bogotá era Central Chárter de Colombia SAS, un dato que desconcertó a las autoridades locales e incluso a agentes de la DEA apostados en Bogotá. Hacía apenas cinco meses, esa misma empresa, de propiedad del millonario y reputado industrial paisa Gabriel Echavarría, había participado en un operativo secreto, clasificado como humanitario y de alta prioridad: mover a la fiscal venezolana Luisa Ortega, perseguida por el régimen de Nicolás Maduro.

Ahora, esa misma empresa, reconocida en Norteamérica por sus talleres especializados y laboratorios de aviónica, era la piedra angular de la investigación del narcojet, bautizada Bilker, que asumieron cinco agencias de tres países: Scotland Yard y la National Crime Agency (NCA), por el lado de Gran Bretaña; la DEA gringa, y por Colombia, la Policía Antinarcóticos y la Fiscalía General de la Nación, en cabeza de Néstor Humberto Martínez Neira.

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Jefferson Montealegre, un curtido investigador judicial, fue comisionado para liderar una inspección de rutina a Central Chárter el mismo día en que llegó la alerta de los británicos: 30 de enero de 2018. La prioridad fue establecer quiénes habían contratado el vuelo, clasificado como Fixed Base Operator (FBO), o de Base de Operación Fija. Pero se pidió, de paso, el listado de los empleados que habían estado esa noche en los hangares y se estableció un primer indicio. La persona que aparecía permitiendo el ingreso de los cinco pasajeros del lujoso Bombardier que habían sido detenidos en Londres era la jefe de operaciones o despachadora de la empresa, Luz Dary Espitia Garzón.

La mujer, madre soltera de 35 años, se mostró muy segura en la entrevista con los investigadores e incluso ayudó a elaborar un par de retratos hablados de los sujetos que llevaron hasta la empresa el estupefaciente junto con los pasajeros del jet. Además, su hoja de vida era impecable: ingresó a la empresa de vuelos chárter en 2004, tras hacer un par de semestres de Hotelería y Turismo y un curso de despachadora en una escuela de aviación. Ganaba algo más de dos millones y medio de pesos (unos 1.000 dólares), que redondeaba a tres millones con las horas extras. Con ese salario, vivía en el barrio el Tintal, sur de Bogotá. Y si bien registraba dos viajes al exterior, eran desplazamientos cortos a Fort Lauderdale, Miami y Ciudad de Panamá. No registraba llamados de atención, tan solo un par de deudas que demostraban que era una trabajadora normal y cumplidora. Una de ellas, con una entidad que le hizo un préstamo para adquirir el apartamento, y con el concesionario en el que sacó a plazos su carro Logan rojo, de gama media. Sobre su expareja solo se decía que era un supuesto y apuesto piloto venezolano del que nunca se volvió a saber.

A pesar de la seguridad de Luz Dary cuando la fueron a interrogar y de la reputación que la precedía, la fiscal 42 especializada contra el lavado, Ángela Lorena Daza Díaz, pidió una orden judicial para interceptar su celular y empezó a encontrar información que inquietó a los investigadores. La empleada sostenía conversaciones con un hombre identificado como Alexánder Arias Arango y en una de ellas, del 20 de enero de 2018, era evidente que estaban hablando de negocios.

“Se llevaron a cabo actividades de recuperación de información en las que fue encontrado un chat de WhatsApp del celular de Luz Dary Espitia, entre la precitada y quien al parecer sería el señor Alexánder Arias Arango, en el cual se evidencia una comunicación que indicaría actuar delictivo referente al envío de estupefacientes al Reino Unido”, señaló el investigador Montealegre en uno de sus informes.1

Luz Dary Espitia tenía registrado en su teléfono Huawei a Alexánder Arias, a quien llamaba “Alesito”, y a través de un análisis forense, los investigadores comenzaron a recuperar conversaciones sostenidas desde el 8 de diciembre de 2017.

Eduardo Escobar, del Homeland Security de la embajada americana en Bogotá, asumió el caso y también empezó a avanzar con velocidad en la investigación. A él se le unieron otros miembros del Servicio de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos (ICE), y Daniel Dyer, de la DEA. Este último es el mismo agente especial que, en 2004, armó el expediente en contra de los capos del cartel de Cali, Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela, presentado por el fiscal federal delegado para el distrito de Nueva York, Boyd Johnson.

Todas las agencias se toparon con el nombre de Luz Dary Espitia en el entramado que estaban siguiendo. Pero encontraron un dato aún más relevante. Descubrieron que el 8, 9 y 10 de diciembre de 2017, tres de los europeos que acababan de ser capturados en el Reino Unido —el inglés Martin Neil, el español Víctor Franco-Lorenzo y el italiano Alessandro Iembo— ya habían estado en Bogotá. En esa ocasión, los tres sacaron doce maletas desde Central Chárter, en un jet Bombardier 5000, de matrícula OE.IOO. El gigantesco avión aparecía operado por tres reputadas compañías extranjeras: Avcon Jet AG, el operador de la nave; Diamond Air, el encargado de los pasajeros; y Avjet, quienes recibieron 120.000 euros por el viaje trasatlántico y que desconocían el contenido de las maletas de sus ocupantes.

Según las bitácoras de vuelo, esa aeronave partió de Londres hacia las 10 de la mañana, hizo una escala técnica en islas Azores y llegó a las pistas de El Dorado a las 22:45 del 8 de diciembre de 2017. Por instrucción de los pilotos, la torre de control lo envió a los hangares de la firma Aerosupport, a cuyos ejecutivos habían contactado en un comienzo para que prestaran el servicio de FBO. Pero la planilla de vuelo indicaba que el viaje privado iba a ser operado en Colombia por Central Chárter. Esa equivocación desencadenó una reacción nerviosa en Luz Dary Espitia, quien fue personalmente hasta el hangar de la competencia a redireccionar el jet hasta los hangares de la empresa. Una de las ejecutivas de la compañía le tomó foto a la aeronave y, vía chat, les informó a sus superiores que Luz Dary, acompañada de otra empleada, había ido a remolcar el aparato, con los clientes europeos (ver Anexo 1).

La lujosa nave pernoctó por dos días y, luego, despegó con el cargamento y los pasajeros, sin levantar ninguna sospecha. Pero el celular de Luz Dary Espitia, revisado por expertos forenses, empezó a arrojar sorpresas, y las diferentes agencias antimafia coincidieron en que el narcojet del 28 de enero no era el primero que despegaba con complicidad de la ejemplar empleada y sin que supieran sus jefes.

Aunque la mujer borró teléfonos y chats justo después de que se conoció la noticia del decomiso de la media tonelada en el Farnborough, expertos de la Fiscalía y de la Policía recuperaron y extrajeron la información almacenada en la Sim Card y en el celular Huawei ALE-L23 P8 que cargaba. En el aparato encontraron varias conversaciones comprometedoras con “Alesito” en donde era evidente que hablaban del vuelo que había salido en diciembre, y de los planes para cuadrar la salida de un segundo narcojet.

Una de las charlas encontradas por los investigadores se registró, vía WhatsApp, a las 5:35 de la tarde del 12 de diciembre de 2017, un día después del envío del primer cargamento.

Luz Dary: Nada especial. ¿Cómo le acabó de ir a mi amiguito con los perfumes?

Alesito: Súper, súper. Ya entregaron y la gente muy feliz. Con los regalos para diciembre.

El 4 de enero de 2018 se volvieron a comunicar y esta vez fue “Alesito” quien buscó a Luz Dary. Hacia las 2:44 de la tarde le envió un mensaje en el que, según los investigadores, era claro que estaban cuadrando el segundo envío de cocaína hacia Europa.

Alesito: Saludos al chiqui, si puedes me avisas cómo estás este mes para cuadrar paseíto.

Luz Dary: Después del 16 te aviso, ¿sí?

Alesito: Te tengo el regalo de Reyez (sic). Pero como que no necesitas. Jejeje.

Luz Dary: Sí necesito. Jajaja.

Alesito: Si quieres te mando. Pásame los datos, te paso un presente.

Luz Dary: ¿Te paso mi cuenta? ¿Te queda fácil Itaú?

Alesito: Yo soy Bancolombia, el que era Herlm Bank (sic).

Luz Dary: ¿Puedes hacer transfe?

Alesito: Yo averiguo, fresca.

Pero el tono cálido y entusiasta de las conversaciones cambió el 31 de enero de 2018, luego de que se incautó la droga en Londres. De nuevo Arias fue quien buscó a la empleada hacia las 11:51 de la mañana de ese miércoles y la encontró alterada.

Alesito: ¿Qué tal, cómo va todo, y el chiquis?.

Luz Dary: Muy preocupada con lo que pasó en la empresa.

Alesito: Con lo de la empresa pues sí, que maluco todo eso, pero pues ustedes hicieron su trabajo como siempre. Eso solo salió por noticias, de ahí no hay nada más. Alguien me comentó que eso de ahí no pasa nada, pues no ocurrió nada aquí sino en otro país.

Luz Dary: ¿De por casualidad (sic) conoces a un buen abogado?.

Alesito: Ahh, cómo así, ¿qué pasó?

Luz Dary: Me llegó una citación para el lunes y tengo que llevar apoderado.

Alesito: A Trankila (sic), yo te ayudo. Pero igual ustedes no tienen nada qué ver. Te voy a buscar uno. Ustedes hicieron su trabajo como siempre.

Luz Dary: Sii, pero lo necesito yaa.

“Es evidente que en las primeras conversaciones recuperadas del celular, Luz Dary Espitia habla con Alexánder Arias sobre la entrega de lo que parece sería una cantidad no establecida de estupefacientes por parte de unos terceros quienes estarían transportando la sustancia ilícita con destino a Europa […] Arias le confirma a Espitia que realizó la entrega sin problemas, indicando la satisfacción de quienes participaron en la actividad delictiva y de la organización narcotraficante”, escribió un analista de la Fiscalía tras chequear los audios de mediados de diciembre de 2017.

Y agregó: “En otra conversación, Arias le indaga a Espitia en lenguaje cifrado sobre la posibilidad de poder realizar un nuevo envío el mes de enero, a lo que ella indica que podrían coordinar una actividad similar para después del 16 de enero de 2018 […] Arias coordina con Espitia el envío de un dinero el cual podría ser parte del pago por la participación del envío de una sustancia estupefaciente en el mes de diciembre […] Luz Dary Espitia le da a conocer a Arias su preocupación frente a la incautación de 500 kilos de clorhidrato de cocaína en Europa, a lo que Arias le indica que tenga tranquilidad frente al hecho de que el estupefaciente fue incautado en otro país […] Finalmente, Espitia le solicita a Arias la necesidad de un abogado con el fin de atender todas las actuaciones judiciales que se desencadenaron. Arias se compromete a ayudarle y le reitera mantener tranquilidad”.2

Tras enterarse de que había evidencia de que el viaje de diciembre también había salido cargado con cocaína, autoridades británicas decidieron confrontar a los administradores de las compañías aéreas extranjeras contratadas para ese desplazamiento. Al comienzo creyeron que por esa ruta iban a llegar rápidamente a los dueños de la cocaína y a sus compradores en Europa. La operación parecía breve y sencilla: rastrear las tarjetas de crédito o cuentas bancarias usadas para costear el vuelo y atrapar a los cabecillas. Pero la táctica investigativa les falló. El servicio fue pagado en su totalidad con dinero en efectivo y los correos a través de los cuales los habían contactado ya habían sido cerrados desde su origen, impidiendo llegar a los servidores y direcciones IP desde donde salieron. Los voceros de las empresas contratadas señalaron, además, que el mecanismo de pago no les había llamado la atención porque en su portafolio de clientes había jugadores de póker y casinos, que solían llevar sus ganancias en equipajes de mano.

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En ese momento, para los investigadores locales y foráneos ya era evidente que la mafia estaba echando mano de los privilegios de los costosos vuelos chárter para sacarle partido al superávit de cocaína que Colombia empezó a registrar desde 2013. En ese año arrancó el proceso de paz con la guerrilla de las Farc, luego se frenó la aspersión de matas de coca con glifosato, los llamados narcocultivos aumentaron de manera exponencial y empezaron a aparecer los primeros casos de narcojets en Europa.

En el 50 aniversario de la Brigada Central de Estupefacientes de España, la propia DEA se encargó de llevar la alerta sobre el descontrol de las plantaciones de hoja de coca que se estaba registrando en Colombia. Las cifras disponibles eran contundentes. Desde septiembre de 2016, coincidiendo con la firma del tratado de paz con las Farc, las hectáreas destinadas a este cultivo pasaron de 96.000 a 146.000. Y, tras los incentivos que quedaron consignados en el acuerdo firmado en La Habana (Cuba), para ayudar a familias cocaleras, el techo de las 210.000 hectáreas sembradas estaba a punto de romperse.

Roger Noriega, secretario adjunto para América Latina durante el gobierno de George W. Bush, ilustró en una sola frase el fenómeno de narcobonanza que el país estaba viviendo y que estaba golpeando varios continentes. Durante la Cumbre Anual de Concordia, de julio de 2018, en la que líderes del mundo analizaron los retos de Colombia, dijo: “En la época de oro de Pablo Escobar, su país tenía 30.000 hectáreas sembradas de coca. Hoy tiene al menos 209.000 hectáreas”.

Desde finales de los 80, la DEA ha documentado cientos de viajes de la mafia a Estados Unidos y Europa, pero la diferencia con lo que estaba sucediendo ahora era clara. La mayoría de esos vuelos ilegales salían de pistas clandestinas, en aviones Cessna o Piper, con un par de pilotos “kamikaze”, que se arriesgaban a ser derribados por la FAC o por Estados Unidos, en caso de ser detectados. Pero los que se estaban encontrando ahora registraban tripulaciones de lujo, que transportaban droga en vuelos y aeropuertos legales, usando los aviones más caros del mundo.

El rastro más fresco que se tenía sobre esa modalidad de narcotráfico internacional se había encontrado el 30 de noviembre de 2016. Ese miércoles, a las 18:30, cuando el cielo ya estaba completamente cerrado por el otoño, un lujoso jet, con todas esas características, aterrizó en el aeropuerto de Biarritz (Francia), a pocos kilómetros de la frontera con España. Nueve horas antes había despegado del aeropuerto Rafael Núñez de la tropical Cartagena de Indias con un par de pasajeros extranjeros y doce maletas. Era un Gulfstream de alta gama, sillas de piel, teléfono satelital y autonomía de vuelo de cerca de 12.900 kilómetros, muy similar al que adquirió en 2015 el jugador de Portugal Cristiano Ronaldo.

Aunque, en Colombia, ejecutivos de la multinacional estadounidense Drummond, el grupo Santo Domingo y el multimillonario Luis Carlos Sarmiento Angulo usan sus propios Gulfstream para trayectos largos, no era usual que una nave de esas características y ese costo llegara a Colombia con aparentes turistas, y menos al Rafael Núñez.

Al principio, las autoridades aeroportuarias no reportaron nada irregular con relación al llamativo y gigantesco jet que cumplió con todos los requisitos y papeleo de rigor. Sin embargo, agentes de la Oficina Central para la Represión del Tráfico Ilícito de Estupefacientes en Francia (OCRTIS) y la DEA, en coordinación con la Policía de Colombia, ya tenían información de inteligencia según la cual en las maletas iba más que ropa sucia y le prepararon una bienvenida: una operación antinarcóticos bautizada “Top Gun”, como la popular película de los 80 sobre el piloto de la Armada estadounidense dedicado a derribar aviones MiG.

Con el permiso de un juez de Burdeos (Francia), agentes encubiertos de la DEA dejaron que el jet aterrizara en las islas de Cabo Verde (África), en medio del Atlántico, para realizar un breve reabastecimiento de combustible. Pero, tras recorrer los 3.615 kilómetros que los separaban de Biarritz, un contingente de agentes los empezó a monitorear.

Los investigadores observaron cómo, después de vaciar la bodega del avión, el jet despegó de inmediato rumbo al oeste, al parecer a Le Bourget. Los sujetos que estaban esperando el cargamento, avaluado en 100 millones de euros, tomaron dos caminos. Unos salieron hacia un hotel de Burdeos y otros llegaron hasta una mansión rentada en el discreto balneario Lacanau, suroeste de Francia, y comenzaron a repartir el botín: 1,2 toneladas de cocaína pura colombiana empacadas al vacío y con el sello de un toro rojo.

El alijo empezó a ser embalado en diecisiete autos BMW, Audi y Volvo, últimos modelos, cuando les cayó la DEA. Algunos carros fueron interceptados en la autopista A-10, cerca de Saintes, y otros en un garaje ubicado en la zona de Saint-Frédéric, en Bayona.

Además de la cocaína, el saldo final del operativo antimafia de ese domingo fueron 600.000 euros incautados y veintitrés personas detenidas, entre ellas tres franceses, tres albaneses, un turco, españoles, dominicanos e italianos, incluido uno que ya tenía antecedentes por narcotráfico. También cayeron cinco emisarios colombianos, uno de ellos residente en España desde hacía un par de años. Este último, un moreno grueso y con un tatuaje de imágenes de santos en el brazo derecho, fue atrapado en un motel de baja categoría, con diez tulas negras y rojas que llevaban los logotipos “Challenger” y “Kipsta”, repletas del alcaloide.

Ante la demoledora evidencia y el riesgo de pagar hasta veintisiete años en una cárcel francesa, el hombre del tatuaje hizo saber que estaba dispuesto a deslizar un par de datos sobre los dueños de la cocaína en Colombia y los compradores europeos. La información entregada encajaba con la que tenían en su poder, desde marzo de ese año, agentes de la DEA. Esta indicaba que una organización de traficantes colombianos quería importar de manera masiva cocaína pura hasta la frontera francoespañola.

Para atraparlos, los agentes estadounidenses coordinaron el operativo con la fiscal de Burdeos, Marie-Madeleine Alliot, y empezaron a rastrear a la banda que, unos meses atrás, ya había usado ese trayecto con un cargamento de prueba de menor tamaño. Pero esta vez, para atraparlos infraganti e intentar llegar a los jefes de la banda trasnacional, permitieron que el Gulfstream culminara su trayecto hasta Burdeos. Luego de las capturas, descubrieron que la aeronave usada para ese viaje era de propiedad de un ...