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NERóN: EL ESPLENDOR Y LA DERROTA

Margaret George  

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Fragmento

Agradecimientos

Una de las mejores cosas que tiene documentarse para una novela histórica es la gente que he conocido y que me ha ayudado infatigable y generosamente a lo largo del camino y que compartía mi entusiasmo por Nerón. Mis más sinceras gracias a Bob Feibel, un amante de los clásicos, que fue quien me sugirió abordar el tema de Nerón; a Barry B. Powel y a William Aylward, catedráticos de clásicas de la Universidad de Wisconsin-Madison, que me traducen textos del griego y del latín, y me mantienen informada sobre nuevas publicaciones y conferencias; a Bela Sandor, profesor emérito de Ingeniería Física en la Universidad de Wisconsin-Madison, experto mundial en la mecánica de los carros de carreras de la Antigüedad; a Silvia Prosperi, una auténtica «Amiga en Roma», que me organizó visitas especiales a diversos lugares de la vida de Nerón (Anzio, el lago de Nemi, Sublaquaeum, Portus, que no son demasiado frecuentados); al doctor Ernst R. Tamm y a Rosanna Tamm, que me tradujeron textos en alemán sobre Nerón y me ayudaron en el proyecto. A Richard Campbell, un entusiasta de Roma, cuyos grupos de recreación histórica y de Facebook —Roman Army Talk y Women in Roman and Ancient Reenacting— han sido una fuente de información sobre muchos aspectos arcanos de Roma.

También quiero dar las gracias a mi entusiasta, considerada y entendida editora, Claire Zion, que siempre me ha apoyado; a su asistente editorial, Lily Choi, y al prodigioso equipo de publicidad y de medios de Berkley, especialmente a Lauren Burnstein y a Jin Yu, por su entusiasmo y sus ideas para la historia de Nerón. Agradezco todo lo que Carol Fitzgerald y su equipo de AuthorsOnTheWeb han hecho para que mi sitio web sea de talla mundial. Como siempre, a Jacques de Spoelberch, mi agente de siempre en Estados Unidos, y a Andrew Nurnberg, de Andrew Nurnberg Associates International, mi agente en el Reino Unido, mis más sinceras gracias.

Y por último, pero no menos importante, a mi paciente familia, que ha aguantado tener como invitado a Nerón durante mucho tiempo en casa, mis infinitas gracias.

I

NERÓN

Me desperté con la luz blanquecina del alba, esa hora opalescente más allá del tiempo. Por un instante no supe dónde estaba. Así es como debe sentirse un recién nacido, no reclamado.

Una suave brisa me recorría el cuerpo, tranquilamente tumbado. Una brisa marina. Estaba en algún lugar de la costa. Alcé la cabeza y, acto seguido, volví al mundo que conocía. Estaba en Anzio. Estaba en el dormitorio de mi villa, que daba al mar.

En medio de la quietud, me levanté y dejé a Popea durmiendo con una sonrisa en los labios, por lo que debía de soñar algo agradable. Agradable..., nuestra estancia en Anzio lo había sido. Estaba lo bastante lejos de Roma para aparcar mis pensamientos, para recluirme y vivir aislado por el mar. Durante un breve período.

Sin hacer ruido me acerqué a la ventana y aparté las vaporosas cortinas. El horizonte era blanco, lo que hacía imposible ver dónde terminaba el cielo y dónde comenzaba el mar. Una pálida luna se ponía, atrapada entre las nubes. La noche anterior había lucido brillante y penetrante en lo alto del firmamento. Ahora, todavía llena, se desvanecía y dejaba de distinguirse.

La noche anterior... ¡qué exultante había estado al interpretar por fin mi epopeya sobre la caída de Troya en el escenario! El duro trabajo de componerla me había llevado más de un año, pero con un furioso impulso final los últimos días, y ahora había mostrado su rostro al mundo, y yo sentía toda la alegría de un artista que ha dado a luz una creación tras un parto muy largo.

Era adecuado que hubiese pasado aquí, en Anzio, donde yo había nacido hacía veintiséis años. Y tras un parto igualmente largo y difícil, porque había nacido de pie; un mal augurio, según algunos. Al mismo tiempo había habido otros augurios favorables, así que ¿a cuál hacer caso? Estaba claro que se habían impuesto los favorables porque hacía nueve años que era emperador, tras haber tomado la púrpura a una edad absurdamente temprana. Ya había habido logros significativos en mi reinado, conseguidos al fin con la diplomacia en lugar de con las armas. Había dotado a la ciudad de Roma de unas termas espléndidas, un teatro y un mercado cubierto, y había iniciado obras de ingeniería que mejoraban los puertos y estaban destinados a proteger las rutas marítimas. Pero lo que más ansiaba era hacer a Roma el mayor regalo de todos: una conversión a la sensibilidad y la estética griegas. Eso era mucho más difícil que construir edificios y abrir canales. Pero estaba ocurriendo. Lo sabía.

El público de la noche anterior era prueba de ello. Muchas personas habían viajado desde Roma para oírme tocar la cítara. Es un instrumento virtuoso, de Grecia. Apolo lo tocaba. ¡Sí! Abrirían los ojos y aprenderían a abrazar estos tesoros culturales.

Observé con cariño mi cítara, apoyada ahora en la pared, reposando de sus esfuerzos de la noche anterior. Era, por supuesto, la mejor que podía fabricarse, y había tenido el mejor profesor, Terpnos, que me había enseñado con suma paciencia. Yo siempre era reacio a dejarlo al irme de Roma, y saber que volvía con él hacía que regresar me resultara más fácil.

Roma. Bajo la creciente luz, vi los cilindros con los mensajes que descansaban sobre la mesa. Habían llegado el día anterior, de parte de mi mano derecha y prefecto del pretorio, Tigelino, que gozaba de toda mi confianza. Pero no me veía capaz de mirarlos entonces. El día era demasiado perfecto para estropearlo con nimiedades relativas a los impuestos sobre las importaciones, las reparaciones de algún acueducto o el tráfico de las carretas en la ciudad. Si te imaginas que todos los asuntos que tiene que tratar un emperador son elevados y vitales, te aseguro que no es así. Hay cien cuestiones fiscales por cada tratado diplomático o decisión de estrategia bélica.

Echaría un vistazo a los mensajes un poco después. Tenía que hacerlo. Pero la mañana sería para relajarme y preparar el inevitable regreso a Roma

Me había retirado aquí para huir de los días calurosos de la ciudad, pero el deber me exigía presidir en dos semanas las augustalias, las fiestas que daban comienzo el uno de agosto y culminaban el trece, catorce y quince de ese mes, y que conmemoraban las victorias romanas sobre Dalmacia, Accio y Egipto. Como las celebraciones incluían carreras de caballos, lo único positivo era que tal vez mis entrenadores me darían el visto bueno para hacer algo que siempre había anhelado: competir en carreras de carros.

Oh, había conducido carros, pero nunca en una carrera pública de verdad. Se consideraba demasiado peligroso, y es verdad: las carreras de carros tienen un elevado índice de accidentes. Pero también era lo más apasionante que pudiera hacer una persona. Mi abuelo había sido un auriga exitoso, y me gustaba creer que yo había heredado su destreza.

—Disculpa, César —había dicho mi entrenador—, si en una carrera muere un auriga célebre, lo lloran su familia y sus seguidores. Pero si en una de ellas muere un emperador, todo el imperio sufre su pérdida.

Tigelino fue más directo.

—Es irresponsable por tu parte pensar en correr tal riesgo. —Se detuvo un momento—. Especialmente, sin heredero. ¿Quieres hacer estallar una guerra civil, como la que tuvimos después de que Julio César muriera asesinado?

Sin heredero. ¡Oh, cómo dolía eso! Había tenido una hija, pero murió de niña. Y desde entonces, ninguno más.

—No —admití. No haría que Roma soportara otra vez semejante agonía. Pero seguía queriendo participar en las carreras de carros, pidiendo a los dioses que me protegieran. ¿No lo habían hecho hasta entonces?

Pero también estaba el persistente recuerdo de una profecía perturbadora que me había manifestado la sibila que había visitado en Cumas. «El fuego será tu perdición —había dicho. Al insistir más, había añadido—: Las llamas consumirán tus sueños, y tú eres tus sueños.» Pero no había fuego en las carreras de carros. ¿Me aseguraba eso que podía embarcarme sin peligro en esa actividad?

En cuanto al fuego, en Roma teníamos una brigada muy competente para luchar contra los incendios. Aunque puede que el fuego al que se refería fuera en otro sitio. ¿O acaso era un fuego metafórico? La gente hablaba de arder de ira, arder de deseo, arder de ambición. Yo sentía una ardiente pasión por mi arte. ¿Se referiría a que eso me destruiría?

Sacudí la cabeza. «Apártalo de tus pensamientos —me dije a mí mismo—. Piensa solo en el hermoso día que te espera, un día para pasar junto al agua, para beber zumo frío de albaricoques persas con tu esposa, que es lo que más quieres en este mundo, para aguardar a que la luna vuelva a elevarse sobre tu cabeza.»

Dejé que durmiera mientras salía afuera para ver cómo el nacarado cielo se iluminaba con la promesa de un día hermoso y tranquilo.

Popea no se movió hasta última hora de la mañana. Yo ya había terminado de leer los despachos de Roma, que eran tan aburridos como me había temido, y releído una parte de mi epopeya sobre Troya con la intención de revisarla, cuando se levantó de la cama, envuelta en seda como una nube majestuosa. Llevaba en el cuello el reluciente collar de oro que le había regalado la noche anterior. Se había acostado con él puesto y ahora lo acariciaba cariñosamente con las manos.

—Dicen que es lamentable prodigar amor a un frío metal —dije—. Pero en ti parece merecedor de amor.

En el oro estaban engarzadas unas gemas que representaban los planetas, la Luna y el Sol, que había encargado a partir de un diseño de la India.

—Es fácil dormir con oro —respondió Popea—. De hecho, me ayudó a soñar.

—Ah, los sueños que suscita el oro... —Me levanté para abrazarla y, al hacerlo, me fue imposible distinguir la temperatura del oro, que su cuerpo había calentado, de la de ella—. Y ya no está frío.

El sol estaba a media altura, bruñendo las olas al otro lado de la ventana.

—¿Quieres que vayamos hoy a la gruta? Todavía no la hemos visitado. —La antigua gruta, al final de los muelles, era grande y se adentraba profundamente en la ladera. Sentía fascinación por las grutas, donde transcurrían tantas historias de los dioses. Rezumaban un aire sobrenatural.

Popea se estiró, levantando los brazos por encima de la cabeza y ondeando su cabello color ámbar.

—Supongo que tendríamos que hacerlo. No nos queda demasiado tiempo aquí —dijo sin demasiado entusiasmo—. Pero a última hora de la tarde. ¿Cómo tienes energías después de lo de anoche?

Nunca podría explicarle que interpretar me vigorizaba; lo que me consumía era la ociosidad.

—Me reuniré contigo en la terraza —dije. Tenía ganas de salir, de respirar el aire fresco.

Más tarde, nos sentamos en la terraza sombreada y contemplamos el horizonte. Era relajante y tranquilizador. Y a mí me encantaba despreocuparme. No pensar. No pensar. Estar sentado con los ojos cerrados y dejarme llevar, reviviendo la noche anterior.

Unos sirvientes nos trajeron comida en unas bandejas, que dejaron en un soporte: fuentes de jamón frío y mújol, miel de salvia de Creta, pan, huevos, aceitunas y cerezas junto con zumo y vino de Tarento para acompañarlo todo. Perezosamente, alargué la mano y tomé un puñado de cerezas.

Popea seguía llevando puesto el collar bajo un pañuelo.

—Es que no me lo puedo quitar todavía —admitió.

«Ojalá las demás personas a quienes colmo de regalos me mostraran su gratitud tan abiertamente», pensé.

Le estaba pasando la bandeja con los huevos y las aceitunas cuando un mensajero jadeante, sudoroso y cubierto de polvo interrumpió nuestro idilio corriendo hacia nosotros, flanqueado por dos de los guardias de la villa. Lucía una mueca en la cara, igual que los guardias. El día perfecto se había echado a perder.

—¡César, César! —exclamó a la vez que caía de rodillas y se sujetaba lastimeramente las manos—. Traigo un mensaje de Roma, de Tigelino. —Su voz era ronca.

—Bueno, ¿qué pasa?

—¡Roma está en llamas! ¡Roma está en llamas! —chilló—. ¡Está ardiendo fuera de control!

Me puse de pie, incapaz de asimilar lo que decía.

—¿En llamas?

—¡Sí, sí! El incendio se declaró en el Circo Máximo, en uno de los establecimientos del extremo.

—¿Cuándo?

Para entonces, mi esposa también se había levantado, y por el rabillo del ojo vi que sujetaba el collar de oro, pero ya no lánguidamente. Noté que la alarma y el terror que me invadían llegaban a ella mientras miraba al mensajero.

—Anteayer por la noche, y el viento del norte avivó las llamas de tal forma que se propagaron a lo largo del circo y empezaron a ascender por las colinas que lo rodean.

Roma era peligrosísima en caso de incendio, y habíamos sufrido muchos a lo largo de nuestra historia. Para protegerse de ello, Augusto había creado las cohortes de vigiles, compuestas por siete mil hombres, ahora bajo las órdenes de Ninfidio Sabino, un hombre que guardaba un parecido asombroso con Calígula. Fuera cierto o fuera coincidencia, eso le daba pie a afirmar que era hijo natural de Calígula. ¿Pero qué más daba eso ahora?

—¿Y los vigiles? ¿Han acudido?

—Sí, pero son incapaces de detenerlo. El fuego se está propagando tan rápido que no pueden contenerlo. Las chispas saltan por encima de los tejados y los campos, y prenden fuego en sitios nuevos. ¡Estaba empezando a ascender por el Palatino cuando me marché!

Me volví hacia Popea. Estaba paralizado, incapaz de dar crédito a lo que estaba oyendo.

—Tengo que irme —dije. Me dirigí entonces al mensajero—: Cabalgaremos juntos. Te daré un caballo de refresco.

Partimos a mediodía, seguidos por dos guardias, pero ya había anochecido antes de que nos acercáramos a Roma. A lo largo del camino me fui poniendo cada vez más nervioso. Tenía la esperanza de que el mensajero hubiera exagerado, de que el incendio ya estuviera contenido o de que no hubiera destruido gran cosa aparte de las tiendas del circo.

«Calma, calma, Nerón, tienes que conservar la calma y pensar con claridad», me decía a mí mismo.

Pero en mi interior estaba empezando a formarse otra imagen: la de Roma destruida con personas muertas o en la miseria y tesoros históricos perdidos para siempre, y todo eso mientras yo era emperador, mientras yo era responsable de la seguridad de mi pueblo.

«Roma quedó devastada en tiempos de Nerón, totalmente incinerada, reducida a cenizas.»

Cuando nos aproximábamos a lo alto de una colina cercana a Roma, antes de que pudiéramos vislumbrar la ciudad, vimos un color escabroso que manchaba el cielo nocturno, y unos feos dedos naranjas, rojos y amarillos que se elevaban hacia él, palpitantes. Coronamos entonces la colina y contemplamos la ciudad en llamas a nuestros pies. Unas nubes de humo se arremolinaban por el aire, y llamaradas de color, nubes de chispas y estallidos de piedras y madera salpicaban la oscuridad. El fuerte viento me arrojó cenizas a la cara junto con el hedor de basura y ropa quemada, y de otras cosas innombrables.

Era verdad, era todo verdad.

—¡Es peor que antes! —gritó el mensajero—. ¡Se sigue propagando! Es mucho mayor que cuando me marché. ¡Mira, ha tomado las colinas!

Roma estaba siendo devorada. De repente, recordé aquella vez que visité el templo de Vesta y se había adueñado de mí un temblor, una extraña debilidad que me había incapacitado. En aquel momento me había desconcertado, pero ahora sabía que significaba que no podía hacer nada para proteger la llama sagrada de Roma. Y comprendí el significado de la sibila y su profecía de que el fuego sería mi perdición.

Estaba en el momento decisivo de mi vida. Aquel era mi campo de batalla, el mismo al que me había preguntado si alguna vez tendría que enfrentarme. Mi antepasado Antonio se había enfrentado al suyo dos veces: en la batalla de Filipos, cuando aplastó a los asesinos de César, y en la batalla de Accio, cuando Octavio lo había aplastado a él.

O bien Roma y yo perecíamos juntos, o bien sobrevivíamos juntos.

Pero fuera cual fuese el resultado, solo había una opción: seguir adelante, librar batalla.

—Vamos —dije, apremiando a mi caballo—. Roma nos espera.

Y descendimos la colina para adentrarnos en la vorágine.

II

La colina no era escarpada pero era peligrosa, con caminos serpenteantes, salpicados de piedras y raíces de árboles por todas partes. La luz de la luna nos permitía ver, y el creciente resplandor del fuego aportaba más iluminación.

El corazón me latía como si acabara de correr un stadion, y la cabeza me daba vueltas. El aire era caliente, bochornoso y sofocante, y el olor acre del fuego hacía que respirar fuera una tortura. Tendrían que habernos atacado enjambres de insectos, pero el humo y el hollín los habían ahuyentado. El incendio seguía estando demasiado lejos para que sintiéramos el calor directamente, pero, de todos modos, imaginé que lo notaba. Desde aquella distancia la ciudad era apenas una vaga masa; todavía no podía distinguir sus distintas áreas.

Me detuve.

—¿Dices que ahora es mayor? —pregunté al mensajero.

—¡Sí! Cuando me marché estaba contenido en un área y, de lejos, parecía una hoguera de campamento. Ahora ha prendido en más sitios a su alrededor.

—Habrá amanecido antes de que lleguemos —señalé. Y, para entonces, quién sabía lo que veríamos.

Seguimos descendiendo la colina, eligiendo con cuidado por dónde íbamos. Delante de nosotros teníamos aquel fulgor diabólico cada vez más cerca.

Un incendio. ¿Qué sabía yo sobre los incendios? A decir verdad, muy poco. Nunca hab

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