Loading...

NUESTRO PLANETA, NUESTRO FUTURO

Manuel Rodríguez Becerra  

0


Fragmento

PRÓLOGO
VOLVER A LA ECOLOGÍA

La primera impresión de la lectura privilegiada que Manuel me permitió hacer de su texto es que la humanidad se encuentra en una gran encrucijada civilizatoria derivada de su mala comprensión y aplicación de la ecología y que la situación es más crítica en Colombia. Obviamente, es mi sesgo académico: proviniendo de otros campos disciplinarios, diferentes expertos llegarían a conclusiones equivalentes desde su perspectiva. Augusto Ángel Maya y Francisco González, por ejemplo, hablaron en los ochenta de la crisis ambiental como una manifestación de incapacidad cultural y de los inadecuados sistemas de pensamiento que la fundamentan, Joan Martínez-Alier como síntoma de la crisis globalizada de la (in)justicia económica, Margarita Marino y la Comisión Bruntland como un problema de gobernanza, las ecofeministas como expresión de la actuación masculinista y autoritaria de los sistemas de poder dominantes.

La idea de la mala ecología me surge sin embargo como un mensaje subyacente al texto puesto que en todos y cada uno de sus capítulos la provisión de evidencia empírica del cambio ambiental es tan sencilla como abrumadora y se plantea como resultado de algo que ha ocurrido en un lapso de menos de 50 años, de manera paralela con esa gran aceleración tecnológica que está detrás del éxito de la humanidad como especie, pero que al tiempo le otorga la capacidad de analizar los efectos colaterales y los fenómenos derivados de la retroalimentación, inevitablemente asociados. No puedo dejar de pensar en términos de buena ecología volviendo a los maestros Ramón Margaleff y los hermanos Odum (quienes escribieron profusamente al respecto entre 1960 y 1980), para quienes la inserción de lo humano en el contexto de la biosfera planetaria constituía la pregunta del conocimiento más relevante para proyectar el futuro de la especie en la Tierra, ni en términos de mala ecología por la desafortunada evolución o apropiación incompleta de su campo de acción, que llevó al público y muchos decisores a hacer equivalente el término con el de “naturaleza”, completando la ruptura más perversa de la modernidad: convertir al humano en un ser sobrenatural, extraño al planeta, liberado de sus conexiones evolutivas y materiales, abstraído y onanista en medio de las redes físicas y biológicas de las cuales aprendió a derivar su bienestar en menos de 10 000 años. Ya decía Margaleff en 1982 (¡!) en su introducción al texto insignia de su ecología basada en ciencias de la información: “…he rehusado asociarme con las exageraciones de la propaganda sensacionalista. Creo que la Ecología debe

Recibe antes que nadie historias como ésta