Loading...

NUEVA HISTORIA ECONóMICA DE COLOMBIA

Salomón Kalmanovitz  

0


Fragmento

PRESENTACIÓN

Hemos llamado a este libro Nueva historia económica de Colombia por varias razones. La primera es que combina los métodos de la historia cuantitativa —que no es nueva pues cumple más de 50 años en buen estado de salud— con el estudio de las instituciones políticas, legales y de creencias. Las instituciones las entendemos como sistemas de incentivos que guían el comportamiento de los agentes económicos, enfoque que sí es novedoso. Hacemos uso también, aunque en menor medida, del análisis de la nueva economía política.

Hemos seguido algunas pautas de la nueva historia económica, como la definen Della Paolera y Taylor en una obra colectiva sobre la Argentina: “ofrecer el estado actual de la investigación, focalizando en las características de largo plazo de la economía, los desarrollos más importantes en política económica y los cambios más profundos en las instituciones y en las ideas” (Della Paollera, Taylor, 2003, 1).

La nueva economía institucional fue liderada por Douglass North y Ronald Coase y ha sido aplicada a la historia de la América Latina por autores como John Coatsworth, Stanley Engerman y Kenneth Sokoloff, Stephen Haber, Luis Bértola y otros. Hay que anotar que esta vertiente ha tenido una fuerte resistencia en el medio colombiano, quizás porque viene de la academia anglosajona y porque además sugiere que el legado absolutista y religioso colonial es una de las razones del secular atraso económico del país, lo que toca la fibra sensible de las raíces nacionales. Algunos de los autores citados hacen comparaciones entre la trayectoria latinoamericana y el modelo económico liberal de América del Norte, lo cual despierta especial antipatía. Es más frecuente culpar el atraso del país al imperialismo o a otros factores externos que a las instituciones nacionales. Por lo demás, es evidente que el liberalismo filosófico y económico obtuvo un desarrollo incompleto en la América española y que, aunque alcanzó a orientar penosamente la construcción de las instituciones después de la Independencia, tuvo que encarar un fuerte legado absolutista español que complicó su tarea, demostrando que existe una senda dependiente del pasado. En efecto, las ideas conservadoras y las de la Iglesia católica dieron forma a la más duradera de las constituciones que ha tenido la sociedad colombiana, que fue la de 1886.

La nueva economía política ha sido desarrollada, entre otros, por el grupo de Daron Acemoglu, Simon Johnson y James Robinson y utiliza premisas institucionales y de la ciencia política formalizada por medio de la teoría de juegos. Es una escuela que está redefiniendo la ciencia política, con un enfoque más duro y cuantitativo, y que se viene enseñando en las universidades de élite norteamericanas. Robinson viene frecuentemente a Colombia y fue coeditor con Miguel Urrutia de Economía colombiana del siglo XX: un enfoque cuantitativo.

Un tercer elemento importante en nuestro texto es el recurso a la historia comparada, la cual contempla “que los procesos económicos pueden ser entendidos mejor comparando sistemáticamente experiencias en el tiempo, por regiones y, sobre todo, por países” (Hatton et ál., 2007, 3). El análisis comparativo permite una perspectiva global y regional que nos revela peculiaridades y arroja luces sobre el comportamiento de cada país, evitando el estrecho pensamiento parroquial. De hecho, los cálculos sobre el PIB de la Nueva Granada en 1800 y de Colombia en el siglo XIX que aquí presentamos fueron posibles y adquirieron solidez porque surgieron de la comparación con los resultados de estudios sobre otros países de desarrollo similar o mayor en América Latina, Estados Unidos u otros países, consultando la importante y ambiciosa obra de Angus Maddison.

Como constatará el lector que conoce mi obra anterior, hay implícito en este texto una autocrítica a mi trabajo de 1985, Economía y nación. En esta me apegué al análisis de las relaciones sociales de producción, haciendo abstracción de las instituciones políticas, ideológicas y legales que ciertamente marcaron el rumbo de la historia económica del país y continúan influyendo el presente. Treinta años más tarde, recapacito y presento un cuadro más complejo de relaciones sociales, evolución de la economía y de sus sectores, y de los arreglos políticos y constitucionales que caracterizaron cada período.

El enfoque adoptado es diferente al que surgiera en los años sesenta en el opúsculo de Álvaro Tirado, Introducción a la historia económica de Colombia, muy influido por el trabajo de Mario Arrubla y Estanislao Zuleta, quienes desarrollaron una interpretación dependentista de la historia. Recuérdese la sonora afirmación de Arrubla: “No hay una historia nacional, sólo una historia de la dependencia”. Así mismo, hay diferencias notables frente a la obra colectiva más densa pero también ecléctica compilada por José Antonio Ocampo, Historia económica de Colombia, que aplica, en la parte que le correspondió escribir a él, un enfoque también cuantitativo, organizado por una teoría estructuralista, afín con la visión de la CEPAL, siguiendo una organización cronológica. También es distinto el enfoque nuestro al de Hermes Tovar en su obra general sobre la historia de la sociedad colombiana que asume la inexistencia de progreso material y político en la historia colombiana (Tovar, 2006). Nosotros buscamos medir, en la medida de lo posible, el crecimiento del producto a través de la historia, que encontramos como positivo buena parte del tiempo, en especial durante el siglo XX. Así mismo, entendemos que la Independencia dio inicio a un largo y arduo proceso de construcción de unas instituciones democráticas que continúan siendo imperfectas, pero que también reflejan cierto progreso de las libertades para la población colombiana por épocas, favorecidas por el desarrollo de la vida urbana del país, aunque también se dieron serios retrocesos. Recurrimos también a describir las condiciones de vida de los colombianos utilizando la demografía y la también novedosa antropometría para analizar indicadores como expectativa de vida al nacer, supervivencia infantil, morbilidad y cambios en la estatura, que permiten establecer con relativa precisión su avance a través del tiempo.

La historia económica en Colombia tuvo un fuerte despliegue en los años setenta del siglo pasado y constituía el eje central de lo que se denominó como la Nueva Historia en Colombia (Jaramillo Agudelo, 1992). Los fundadores de la profesión —Luis Ospina Vásquez, Jaime Jaramillo Uribe, Germán Colmenares y Jorge Orlando Melo— le prestaron una gran importancia a las relaciones económicas dentro sus enfoques y la generación posterior (José Antonio Ocampo, Jesús Bejarano, Marco Palacios, Adolfo Meisel, entre otros) continuó con el empeño.

En 1975 se publicó la Historia económica de Colombia de William Paul McGreevey que tuvo un recibimiento hostil por los historiadores, incluyendo a los economistas, a quienes nos parecía exagerado el uso de las herramientas cuantitativas en la conformación de hipótesis de trabajo. Bejarano criticó no sólo el enfoque de McGreevey, sino que decretó que toda la historia cuantitativa estaba en crisis, algo bastante contraevidente como lo testifica mínimamente la monumental obra de Robert Fogel. Aunque el trabajo de McGreevey tenía sus problemas de rigor en las estadísticas generadas y algo de ingenuidad en su hipótesis básica, probó con el tiempo validar varias de sus hipótesis sobre los costos de transporte y el desarrollo (Meisel, 2007). Sin embargo, la obra se volvió a editar solo recientemente por la Universidad de los Andes y las nuevas generaciones de estudiantes la comienzan a conocer.

La historia profesional con su énfasis económico y social perdió audiencia a partir de los años ochenta. Tradicionalmente, la historia en las universidades colombianas tenía una orientación radical, por lo menos en el lenguaje. Todavía hoy en día quedan algunos que conciben la historia como una herramienta de lucha contra la dominación (del imperio, del capital, de las élites, de género o de raza) sacrificando objetividad y rigor. La historia académica tuvo un auge importante en los años noventa en términos de programas y estudiantes; proliferaron nuevos enfoques y escuelas que atacaron problemas como el de las mentalidades, la vida cotidiana, la historia de la ciencia, la salud, la vida intelectual y la misma historia de la historia.

Muchos de los trabajos publicados en esta nueva ola confían en las premisas posmodernas que informan que todos los puntos de vista son relativos, que los saberes populares son tan ciertos como las ciencias, y que las ciencias sociales no existen como tales. Se acogen a los enfoques novedosos de Derrida, Bordieu y otros que tienen una concepción de sujeto histórico omnipotente y dominante de todos los grupos subordinados, algo que no requiere, para ellos, datos, hechos ni verificación. Niegan, por lo tanto, el enfoque riguroso de la historia cuantitativa que construye series estadísticas y organiza los hechos por medio de teorías que arrojan resultados que pueden ser verificados y contrastados por hipótesis alternativas a las utilizadas. En contrario, Michael Foucault uno de los autores más influyentes del posmodernismo, tiene la noción de que la ciencia representa el poder, lo que de alguna manera extraña la falsifica. “Las ciencias son construcciones sociales y por ello similares al mito o a la ficción” (Archila, 1999, 265) dirá Foucault, aunque tampoco afirmará que son idénticas. Habrá entonces, según él, muchos metarrelatos que mostrarán cómo las distintas teorías sociales sirven al poder sin consultar su coherencia, sus bases empíricas, la calidad de sus hipótesis y sus demostraciones.

Esta forma de pensar está asociada, según Elster, al funcionalismo primitivo en ciencias sociales y a la idea de que existen fuerzas obscuras (o resplandecientes) detrás de todos los fenómenos que siniestra (o milagrosamente) regulan la existencia. En el marxismo y otras teorías radicales, todos los resultados que favorecen a la burguesía (o al imperio) son ejecutados por la misma (el mismo) aunque no se sabe de qué manera. No se permite pensar que los eventos estén desconectados entre sí, de que sean expresión desordenada de intereses contrapuestos y carentes de significado, de que existan equilibrios políticos o empates de intereses económicos o de retrocesos contra los fines de la historia. Sobre todo, los analistas que encuentran la siniestralidad en las estructuras sociales no se preocupan por establecer los mecan

Recibe antes que nadie historias como ésta