Loading...

NUEVA HISTORIA ECONóMICA DE COLOMBIA

Salomón Kalmanovitz  

0


Fragmento

PRESENTACIÓN

Hemos llamado a este libro Nueva historia económica de Colombia por varias razones. La primera es que combina los métodos de la historia cuantitativa —que no es nueva, pues cumple más de 50 años en buen estado de salud— con el estudio de las instituciones políticas, legales y de creencias. Las instituciones las entendemos como sistemas de incentivos que guían el comportamiento de los agentes económicos, enfoque que sí es novedoso. Hacemos uso también, aunque en menor medida, del análisis de la nueva economía política.

Hemos seguido algunas pautas de la nueva historia económica, como la definen Della Paolera y Taylor en una obra colectiva sobre Argentina: «ofrecer el estado actual de la investigación, enfocándose en las características de largo plazo de la economía, los desarrollos más importantes en política económica y los cambios más profundos en las instituciones y en las ideas» (Della Paolera y Taylor 2003, 1).

Recibe antes que nadie historias como ésta

La nueva economía institucional fue liderada por Douglass North y Ronald Coase, y ha sido aplicada a la historia de América Latina por autores como John Coatsworth, Stanley Engerman y Kenneth Sokoloff, Stephen Haber, Luis Bértola y otros.[1] Hay que anotar que esta vertiente ha tenido una fuerte resistencia en el medio colombiano, quizás porque viene de la academia anglosajona y porque además sugiere que el legado absolutista y religioso colonial es una de las razones del secular atraso económico del país, tocando una fibra sensible de las raíces nacionales. Algunos de los autores citados hacen comparaciones entre la trayectoria latinoamericana y el modelo económico liberal de América del Norte, lo cual despierta especial antipatía. Es más frecuente culpar el atraso del país al imperialismo o a otros factores externos que a las instituciones nacionales. Por lo demás, es evidente que el liberalismo filosófico y económico obtuvo un desarrollo incompleto en la América española, y, aunque alcanzó a orientar penosamente la construcción de las instituciones después de la Independencia, tuvo que encarar un fuerte legado absolutista español que complicó su tarea, demostrando que existe una senda dependiente del pasado. En efecto, las ideas conservadoras y las de la Iglesia católica dieron forma a la más duradera de las constituciones que ha tenido la sociedad colombiana, que fue la de 1886, derogada por la Constitución de 1991.

La nueva economía política ha sido desarrollada, entre otros, por el grupo de Daron Acemoglu, Simon Johnson y James Robinson, y utiliza premisas institucionales y de la ciencia política formalizada por medio de la teoría de juegos. Es una escuela que está redefiniendo la ciencia política como tal, con un enfoque más duro y cuantitativo, el cual se viene enseñando en las universidades de élite norteamericanas. Robinson viene frecuentemente a Colombia y fue coeditor con Miguel Urrutia de Economía colombiana del siglo XX: un enfoque cuantitativo.

Un tercer elemento importante en nuestro texto es el recurso a la historia comparada, la cual contempla «que los procesos económicos pueden ser entendidos mejor comparando sistemáticamente experiencias en el tiempo, por regiones y, sobre todo, por países» (Hatton et al. 2007, 3). El análisis comparativo permite una perspectiva global y regional que nos revela nuestras peculiaridades y arroja luces sobre nuestro comportamiento, evitando el estrecho pensamiento parroquial. De hecho, los cálculos sobre el PIB de la Nueva Granada en 1800 y de Colombia en el siglo XIX que aquí presentamos fueron posibles y adquirieron solidez porque surgieron de la comparación con los resultados de estudios sobre otros países de desarrollo similar o mayor en la América Latina, además de estudios sobre Estados Unidos u otros países. La importante y ambiciosa obra de Angus Maddison (2007) es un recurso muy valioso en este sentido.

Como constatará el lector que conoce mi obra anterior, hay implícita en este texto una autocrítica a Economía y nación, publicada en 1985. En ésta me apegué al análisis de las relaciones sociales de producción, haciendo abstracción de las instituciones políticas, ideológicas y legales que ciertamente marcaron el rumbo de la historia económica del país y continúan influyendo el presente. Veinticinco años más tarde, recapacito y presento un cuadro más complejo de relaciones sociales, de la evolución de la economía y de sus sectores, y de los arreglos políticos y constitucionales que caracterizaron cada período.

El enfoque adoptado es diferente al que surgió en los años sesenta con el opúsculo de Álvaro Tirado, Introducción a la historia económica de Colombia, muy influido por el trabajo de Mario Arrubla y Estanislao Zuleta (1977) quienes desarrollaron una interpretación dependentista de la historia. Recuérdese la sonora afirmación de Arrubla (1969): «No hay una historia nacional, sólo una historia de la dependencia». Así mismo, hay diferencias notables frente a la obra colectiva más densa pero también ecléctica compilada por José Antonio Ocampo, Historia económica de Colombia, que aplica, en la parte que le correspondió escribir, un enfoque también cuantitativo, organizado por una teoría estructuralista, afín a la visión de la CEPAL. También es distinto el enfoque nuestro al de Hermes Tovar en su obra general sobre la historia de la sociedad colombiana, que asume la inexistencia de progreso material y político en la historia del país (Tovar 2006). Nosotros buscamos medir, en lo posible, el crecimiento del producto a través de la historia, crecimiento que encontramos como positivo buena parte del tiempo, en especial durante el siglo XX. Así mismo, entendemos que la Independencia dio inicio a un largo y arduo proceso de construcción de unas instituciones democráticas que continúan siendo imperfectas pero que también reflejan cierto progreso de las libertades para la población colombiana por épocas, favorecidas por el desarrollo de la vida urbana del país, aunque también ha habido serios retrocesos de los que también damos cuenta.

La historia económica en Colombia tuvo un fuerte despliegue en los años setenta del siglo pasado y constituía el eje central de lo que se denominó la Nueva Historia en Colombia (Jaramillo Agudelo 1992). Los fundadores de la profesión —Jaime Jaramillo Uribe, Germán Colmenares, Jorge Orlando Melo, Hermes Tovar y Luis Ospina Vásquez— prestaron una gran importancia a las relaciones económicas dentro de sus enfoques, y la generación posterior (José Antonio Ocampo, Jesús Bejarano, Marco Palacios, Adolfo Meisel, entre otros) continuó con el empeño.

En 1975 se publicó la Historia económica de Colombia de William Paul McGreevey, la cual tuvo un recibimiento muy hostil por parte de los historiadores, incluidos los economistas, a quienes nos parecía exagerado el uso de las herramientas cuantitativas en la conformación de hipótesis de trabajo. Marco Palacios criticó no sólo el enfoque de McGreevey, mientras que Bejarano (1997) más adelante, en un estudio sobre la historiografía nacional, decretó que toda la historia cuantitativa estaba en crisis, algo bastante contraevidente, como lo testifica mínimamente la monumental obra de Robert Fogel. Aunque el trabajo de McGreevey tenía sus problemas de rigor en las estadísticas generadas y algo de ingenuidad en su hipótesis básica, con el tiempo se validaron varias de sus hipótesis sobre los costos de transporte y el desarrollo (Meisel 2007). Sin embargo, la obra no se volvió a editar y las nuevas generaciones de estudiantes la desconocen.

La historia profesional, con su énfasis económico y social, perdió audiencia a partir de los años ochenta. Tradicionalmente, la historia en las universidades colombianas tenía una orientación radical, por lo menos en el lenguaje. Todavía hoy en día quedan algunos que conciben la historia como una herramienta de lucha contra la dominación (del imperio, del capital, de las élites, de género o de raza), sacrificando objetividad y rigor. La historia académica tuvo un auge importante en los años noventa en términos de programas y estudiantes; proliferaron nuevos enfoques y escuelas que se ocuparon de problemas como el de las mentalidades, la vida cotidiana, la historia de la ciencia, la salud, la vida intelectual y la historia misma de la historia.

Muchos de los trabajos publicados en esta nueva ola adoptan una perspectiva «posmoderna», la cual descalifica el enfoque riguroso de la historia cuantitativa, que propone teorías que pueden ser verificadas y eventualmente falsadas por datos empíricos. «Las ciencias son construcciones sociales y por ello similares al mito o la ficción» (Archila 1999, 265), dirá Michel Foucault (1978). De acuerdo con este influyente autor, la ciencia representa el poder, lo cual de alguna manera extraña la falsifica.

Esta forma de pensar está asociada, según Jon Elster (1982), con el funcionalismo primitivo en ciencias sociales y con la idea de que existen fuerzas oscuras (o resplandecientes) detrás de todos los fenómenos que siniestra o milagrosamente regulan la existencia. En el marxismo y otras teorías radicales, todos los resultados que favorecen a la burguesía (o al imperio) son ejecutados por esta misma (o este mismo), aunque no se sabe de qué manera. No hay posibilidad de que los eventos estén desconectados entre sí, de que sean expresión desordenada de intereses contrapuestos y carentes de significado, de que existan equilibrios políticos o empates de intereses económicos y políticos, o de retrocesos contra los fines de la historia. Sobre todo, los analistas que encuentran la siniestralidad en las estructuras sociales no se preocupan por establecer los mecanismos de transmisión entre los eventos y sus consecuencias. Existen fines que se autocumplen, sin sujetos que los lleven a cabo. Se podría aplicar esta crítica también a algunas variantes de historia cuantitativa que confunden las correlaciones econométricas con las causas de los fenómenos, sin entrar a especificar el mecanismo que las conecta. Por ejemplo, sabemos que el aumento de la oferta monetaria causa la inflación, ¿pero a través de cuál mecanismo? ¿Serán el crédito privado, el gasto público, las expectativas de los agentes, la puja salarial?

El ambiente adverso a la historia cuantitativa comenzó a cambiar con los trabajos del Centro de Estudios sobre Desarrollo Económico (CEDE) de la Universidad de los Andes y de Fedesarrollo en los años ochenta, trabajos que reactivaron la investigación, en especial, de historia del siglo XX. Los trabajos de José Antonio Ocampo, Santiago Montenegro y Eduardo Lora mostraron aspectos nuevos de la industrialización, la protección y los equilibrios macroeconómicos más recientes. En 1994, el libro de Fabio Sánchez, Ensayos sobre historia monetaria y bancaria de Colombia, marcó un quiebre al especializar la investigación en historia de la banca y de las relaciones monetarias. Así mismo, desde el Banco de la República, Adolfo Meisel venía desplegando un amplio esfuerzo en torno a la historia económica de la Costa Caribe y de Cartagena, y también a la historia del banco central.

La situación cambió plenamente cuando Miguel Urrutia, desde el Banco de la República, acometió un importante proyecto de producir una historia económica del siglo XX. A la fecha se han editado cinco libros sobre el crecimiento económico, la demografía, la calidad de vida biológica, la agricultura y el transporte. Bajo la iniciativa de James Robinson, en 2007 se produjo un sexto volumen exhaustivo de la historia económica de Colombia en el siglo XX, bajo el título, citado atrás, Economía colombiana del siglo XX: un enfoque cuantitativo. El libro fue un gran suceso y se prepara un volumen similar para el siglo XIX, ahora impulsado por Adolfo Meisel y María Teresa Ramírez, con el apoyo del actual gerente general del Banco de la República, José Darío Uribe. El presente libro divulga, sin hacer muchos aportes originales, muchos de los hallazgos que este equipo de economistas e historiadores ha producido sobre el devenir colombiano.

Se puede afirmar que la historia económica atraviesa por un muy buen momento en el medio colombiano: se enseña en el bachillerato y hace parte del pénsum universitario de economía acogido nacionalmente, gracias a que los exámenes de Estado para los graduandos (ECAES) incluyen temas de historia económica, algo que está sucediendo cada vez menos en Estados Unidos. Por lo demás, la historia empresarial, una hija predilecta de la historia económica, está presente en los programas de administración de empresas de las universidades líderes. La razón es simple: la historia es el laboratorio de la economía o de casos empresariales en que se tomaron decisiones importantes. Frente a las nuevas orientaciones que pretenden conducir a la historia por diversos e inciertos caminos, lo mejor que podemos hacer los economistas y administradores interesados es ofrecer nuestras alternativas, reafirmarr la importancia de los temas sociales, hacer uso de modelos adecuados y de datos verídicos, continuar con la búsqueda de la objetividad y del rigor; en fin, elaborar trabajos que demuestren su utilidad para entender mejor el presente. Y vencer también una tendencia inconveniente que comparten muchos economistas, la cual consiste en una falta de interés por hacerse entender de un público más amplio y sumergirse en un lenguaje complejo de comunidad cerrada.

Mauricio Nieto, historiador de la ciencia, dice que el investigador debe advertir cuál es el punto de vista político desde el cual interpreta la historia, lo cual parece válido porque lo que se pretende construir como futuro sesga la interpretación del pasado (Nieto 2003, 52). Así, la historia económica marxista estaría orientada a criticar el capitalismo y sus relaciones sociales, preludiando el socialismo; la visión conservadora, por el contrario, diría que el capitalismo es el mejor sistema posible y pasaría a resaltar sus logros, algo que, entre otras cosas, puede demostrar o no mediante el uso de la antropometría histórica. La Academia Colombiana de Historia glorificaba a dirigentes políticos y militares del país, hacía la apología de conquistadores y de mártires, defendía además el papel de la Iglesia en la historia nacional, algo que en este trabajo se cuestiona. Habría proyectos nacionalistas que insistirían en la inexistencia de progreso espiritual y material de la sociedad colombiana, la cual debe ser refundada, y también los que buscarían una verdadera independencia del poder dominante de Estados Unidos. Una visión política liberal aceptaría algunas de las virtudes del capitalismo, pero insistiría en que debe ser regulado para poder beneficiar a la mayoría de la población; criticaría un sistema político como el colombiano, por su distanciamiento de las instituciones que garantizan la separación de poderes y permiten el ejercicio de la democracia, pero le reconocería los límites que le impuso al caudillismo y las reglas que han permitido la sucesión del poder. Cuestionaría su apego a los intereses de los países hegemónicos, pues debilita la autodeterminación y la democracia. En este trabajo, el editor asume esta última visión, aunque sus colaboradores pueden no compartirla.

Los distintos capítulos que conforman el libro se organizan, en parte, de forma cronológica y, en parte, temática, permitiendo aplicar de mejor manera diversas teorías económicas a los datos organizados por el crecimiento económico, la historia fiscal, la historia del comercio internacional, la evolución de los sectores fundamentales (industria y agricultura), la historia laboral, la economía política, la salud pública y la antropometría.

El libro está organizado de la siguiente manera:

El primer capítulo cubre la economía precolombina, mientras que el segundo aborda la Conquista y la estructura económica de la Colonia, con sus bases y la evolución demográfica, para terminar con el cálculo del PIB de la Nueva Granada en 1800. El tercer capítulo se ocupa de la mayor parte de las características generales de la economía del siglo XIX, resaltando las consecuencias económicas de la Independencia, presentando la evolución de la minería y la agricultura, y del producto por habitante durante ese siglo.

El cuarto capítulo presenta un análisis de las características que permitieron la lenta formación de la nación colombiana, la evolución de la deuda externa contraída en 1822, y la organización política federal establecida con la Constitución de 1863.

El quinto capítulo cubre el final del siglo XIX, analizando el proceso de centralización política de la Regeneración y el retroceso económico que produjo. Se pregunta entonces por las condiciones políticas que permitieron el importante crecimiento que tuvo la economía colombiana durante el siglo XX, condiciones que tuvieron que ver con las reformas de facto de la Constitución de 1886 que hizo la administración Reyes (1904-1909) y las reformas constitucionales de 1910 que consolidaron la paz entre los partidos y crearon un medio ambiente propicio para la acumulación de capital, el fomento del comercio exterior y de la inversión extranjera. Se analizan también las reformas económicas que permitieron un crecimiento ordenado dentro de unos relativos equilibrios macroeconómicos durante el nuevo siglo.

El sexto capítulo muestra las principales características del crecimiento económico colombiano durante el siglo XX, seguido de un análisis de la política económica durante este siglo, tanto fiscal y de endeudamiento (tema del capítulo 7) como monetaria (capítulo 8). El noveno capítulo se concentra en el comercio internacional, que terminó siendo insuficiente para profundizar el desarrollo del país.

Los capítulos 10 y 11 tratan de la industria y de la agricultura, respectivamente, introduciendo además las relaciones laborales, desempleo e informalidad, tema del capítulo 12.

Los capítulos 13 y 14 analizan la evolución del bienestar de la población durante el siglo XX. El estudio de la población y sus condiciones de vida (cuyos indicadores mejoraron notablemente durante el siglo XX, pero que todavía no son los mejores) serán tema del capítulo 13, mientras que el 14 se concentra en la pobreza, distribución del ingreso (cuyas raíces se pueden encontrar en el problema agrícola) y desigualdad regional, respectivamente.

El decimoquinto capítulo traza el recorrido del pensamiento económico en el siglo XX y elabora una breve historia de la planificación estatal. Seguidamente, en el capítulo 16 se analiza el desarrollo del conflicto armado de los últimos cincuenta años, con el surgimiento de la insurgencia asociada al Partido Comunista, a la ANAPO y al movimiento estudiantil católico, en medio del creciente poder del narcotráfico. Con la Constitución del 91, el país quedó empoderado para fortalecer su seguridad, la justicia, y para darle sentido a una intervención mayor del Estado en la economía, apuntalando el gasto social. Finalmente, el capítulo 17 analiza las políticas económicas con que se enfrentó el período 1990-2008 y se concentra en la crisis de 1999-2002, su superación y el intenso auge con que se recuperó ampliamente la economía entre 2003 y 2007, culminando con la gran crisis mundial que se inicia en 2008, para trazar algunas perspectivas hacia el siglo XXI.

Esta nueva historia económica de Colombia, como se expuso atrás, se nutre en especial del esfuerzo desplegado por algunos economistas que hemos trabajado en el Banco de la República, que en esta obra se simplifican y se exponen para un público de no iniciados, aunque se requiere algún conocimiento mínimo de economía. Los temas de historia colonial y el cálculo del PIB de la Nueva Granada fueron elaborados cuando fui invitado a la Universidad de Harvard por el Centro David Rockefeller de Estudios Latinoamericanos, en el otoño de 2005, donde tuve el privilegio de ser huésped de su director, John Coatsworth; y pude absorber allí, de un solo tajo, el enorme trabajo condensado en la historia económica de América Latina que coeditó John para la Universidad de Cambridge.

Inicialmente, el equipo se conformó para escribir una historia periodística en 20 fascículos, que fueron distribuidos entre el equipo y que constituían ensayos relativamente independientes. Más adelante se decidió unificar los textos para conformar un libro y se amplió el rango de temas, adoptando para todos el análisis institucional y haciendo las comparaciones internacionales de rigor. Así mismo, se le dio vida al análisis de las economías regionales de Colombia y se hicieron comparaciones departamentales del ingreso por habitante y del nivel de bienestar con que cuentan, recogiendo el amplio trabajo que viene liderando Adolfo Meisel en el Centro de Estudios Económicos y Regionales del Banco de la República, sede Cartagena.

En el equipo participaron, en primer término, Edwin López, quien escribió el primer capítulo del libro y contribuyó a la redacción de buena parte de los textos. Carlos Brando elaboró el tema de la industrialización, mientras que Carlos Jaimes aportó el análisis sobre las condiciones de salud. Enrique López escribió el texto sobre la planeación en Colombia y fue coautor del capítulo sobre la agricultura. José Vidal Castaño contribuyó en el tema de la Independencia. El resto de temas fueron escritos por el editor, quien también unificó el conjunto.

He recibido todo el apoyo de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, en especial, de su rector José Fernando Isaza, para emprender esta obra colectiva, el cual agradezco. Agradezco también a Edwin López, a Enrique López Enciso y al resto de colaboradores, quienes trabajaron con mucho empeño en la elaboración de esta Nueva historia económica de Colombia que hemos querido hacer accesible a un amplio público.

En memoria de Sylvia Duzán.

Salomón Kalmanovitz

COLABORADORES

El editor de la obra, Salomón Kalmanovitz, es candidato al Ph.D. por el New School University, decano de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Jorge Tadeo Lozano y presidente de la Asociación Colombiana de Historia Económica. Autor de Economía y nación: una breve historia de Colombia, Las instituciones y el desarrollo económico de Colombia, Ensayos sobre banca central en Colombia: comportamiento e historia, publicados por Editorial Norma, y es coautor de La agricultura colombiana en el siglo XX, editado por el Fondo de Cultura Económica y el Banco de la República.

Carlos Brando es Master y Candidato a Ph.D. en Historia Económica del London School of Economics (LSE), donde actualmente es profesor asistente de América Latina y la Economía Mundial desde la Independencia. Es miembro activo de la Asociación Colombiana de Historia Económica y de la Economic History Society del Reino Unido. Áreas de interés investigativo: industrialización en América Latina y Asia, economía política del desarrollo económico y la financiación industrial, e historia empresarial.

Carlos Alberto Jaimes es Magister en Economía de la Universidad Nacional de Colombia y profesor de la Universidad Jorge Tadeo Lozano.

Edwin López Rivera es candidato a la Maestría en Economía de la Universidad Nacional de Colombia y profesor de la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Coautor del «Ingreso nacional de Colombia en el siglo XIX», publicado por la Universidad Jorge Tadeo Lozano en 2009.

Enrique López Enciso es diplomado en Estudios en Profundidad (D.E.A.) del Doctorado en Análisis y Política Económica, programa conjunto Escuela de Altos Estudios, ENSAE y Escuela Normal Superior de Francia, DELTA. Investigador del Banco de la República. Coautor de La agricultura colombiana en el siglo XX, Bogotá, Fondo de Cultura Económica, Banco de la República, 2006.

José Vidal Castaño es candidato a la Maestría en Historia de la Universidad Nacional de Colombia y profesor de la Universidad Jorge Tadeo Lozano.

CAPÍTULO 1
ECONOMÍA PRECOLOMBINA [2]

En América florecieron varias civilizaciones importantes de norte a sur, que llegaron a conformar estados relativamente unificados, alimentados por una agricultura sedentaria y alojando núcleos numerosos de población. Mayas, aztecas e incas, los principales pueblos de América Central y del Sur, dejaron muestras de un alto grado de civilización política y de técnicas de construcción, aleación de metales, orfebrería y joyería. En lo que hoy es el territorio de Colombia surgieron y se consolidaron núcleos de la familia chibcha, que estaba en proceso de conformar un Estado en medio de conflictos intestinos. Todas estas civilizaciones, sin embargo, colapsaron cuando un pequeño grupo de conquistadores españoles las asedió con sus enfermedades, sus flotillas y sus armas de acero y fuego. Sus números se redujeron drásticamente y finalmente darían lugar a una nueva población mestiza, con los trazos indígenas reduciéndose generación tras generación.

Cabe preguntarse: ¿por qué fue España el imperio que pudo surgir primero en Europa y llevar a cabo un plan de conquista tan lejos de sus costas? La respuesta es compleja pero tiene que ver con una larga experiencia histórica de liberación en España de la dominación árabe y con los avances que había hecho la civilización que se extendía desde Iberia hasta Persia, Eurasia, como se la define geográficamente. Esta amplia región compartió especies animales y de plantas domesticadas, pues se localizaba en latitudes semejantes; animales de tracción —los caballos— que revolucionaron la tecnología militar; la escritura, que permitió almacenar y multiplicar el conocimiento, y el dominio sobre la tecnología del hierro, del acero y de la pólvora. Todos estos conocimientos y tecnologías constituyeron las armas que permitieron que primero España y después Europa dominaran amplias regiones del planeta.

España se unificó hacia finales del siglo XV en medio de una larga lucha contra la invasión de los moros que dominaron durante siete siglos el sur de la Península. La consolidación de las coronas de Castilla y Aragón, que se expresó en la unión de Fernando e Isabel la Católica, unificó la primera región, guerrera y religiosa, con la segunda, más comercial. Predominarían los castellanos militaristas y feudales sobre los aragoneses renacentistas y comerciantes. El mismo año que se descubriera América, el último baluarte árabe, la ciudad de Granada, cayó ante el asedio de una España templada por la larga lucha. Consolidado el triunfo y exaltado el nuevo reino, se expulsó de Iberia a moros y judíos, que conformaban las capas artesanales, de comerciantes, de las profesiones liberales y de banqueros, asestando un rudo golpe al potencial de desarrollo económico que tenía la Península. Ese hecho tuvo consecuencias también sobre la calidad de la colonización española de América.

La experiencia guerrera y la organización política (en forma de virreinatos delegados a los jefes militares a través de los cuales se iban asegurando las regiones conquistadas al enemigo islámico) fueron conformando las bases de administración territorial con que los españoles organizarían el Nuevo Mundo. El acercamiento con Génova y con los experimentados navegantes de Portugal les había facilitado a los españoles apropiar la técnica de fabricación de embarcaciones y la de navegación, permitiendo incursionar en las islas de Palma y Tenerife; la isla de Gran Canarias serviría como «un puesto de parada natural en la ruta a las Indias» (Elliot 1990, 133).

La población indígena encontrada en el continente colonizado por Iberia ha sido calculada entre 50 y 60 millones en 1492, población que se había reducido a entre 5 y 6 millones en 1650 (Newson 2006). La población correspondiente a la Nueva Granada pudo estar entre los 3 (Colmenares 1973, 104) y los 6 millones de personas antes de la llegada de los españoles (Melo 1992), cifra que colapsa en un monto desconocido y que, por lo que ocurre en México y Perú, puede calcularse aproximadamente en un 95%. La población indígena como tal comienza a estabilizarse alrededor de l650. De allí en adelante empieza un proceso de lenta recuperación de la población mestizada.

A. POBLACIÓN Y DESARROLLO DE LA AMÉRICA PREHISPÁNICA

Jared Diamond se hace una pregunta fundamental en su celebrada obra Armas, gérmenes y acero: ¿por qué fueron los españoles los que llegaron a América y avasallaron a sus poblaciones y no los indígenas americanos los que se tomaron Iberia? ¿Cómo llegó Pizarro a Cajamarca para secuestrar a Atahualpa y no fue éste el que llegó a España a capturar al rey Carlos V? El mismo fenómeno se presentó en la conquista de Nueva España, cuando Hernán Cortés secuestró al emperador Moctezuma, y en la conquista de la Nueva Granada, donde los indígenas no pudieron defenderse adecuadamente de las huestes españolas, de sus gérmenes y de sus armas. Los indígenas creyeron que sus asaltantes eran seres inmortales.

La respuesta a esta compleja pregunta tiene que ver con la evolución de largo plazo de las culturas euroasiáticas, su geografía, clima, especies animales y vegetales disponibles, resistencia a ciertas enfermedades endémicas, organización política, desarrollo de la escritura y, finalmente, de la tecnología militar y de navegación marítima. El territorio que se extendía entre Persia y la península Ibérica, con una latitud similar y climas con las mismas estaciones, permitió la domesticación de numerosos animales y plantas que escasamente pudieron evolucionar a lo largo de América, con climas variados y opuestos a lo largo de un extenso paralelo. De hecho, no hubo animales domésticos en América, mientras que en Eurasia éstos incubaron enfermedades como la viruela, el sarampión, la gripa, el tifo y la peste bubónica, que fueron generando defensas entre la población humana, muy costosas por cierto, porque en las pestes moría una parte sustancial de ella. Nada de esto se dio en América, de tal modo que cuando los conquistadores llegaron, tanto al norte como al resto del continente, estas enfermedades se diseminaron con enorme rapidez y diezmaron literalmente a la población indígena, incluso antes de hacer presencia física los conquistadores. Cuando éstos llegaron, los indígenas habían sido debilitados.

Una de las especies domesticadas en el cinturón de Eurasia que se extiende entre Portugal y Persia fue el caballo, el cual revolucionó la tecnología del transporte y la militar. Los pocos soldados y oficiales españoles que cabalgaban entre los miles de habitantes de los imperios azteca e inca aterrorizaban a los indígenas, quienes eran presa fácil de las armas de acero y fuego de los invasores. Dichas armas, a su vez, surgieron de una larga evolución, facilitada por la escritura, que permitió acumular y almacenar todo el conocimiento disponible en las culturas que se desarrollaron en Eurasia con el manejo de los metales y de sus aleaciones. En América, por el contrario, sólo los aztecas alcanzaron a desarrollar la escritura, y para el resto, la falta de información sobre lo que estaba pasando y su comunicación a tiempo fue otro flanco débil frente a los conquistadores. El conocimiento del mar y de cómo se construían las naves que podían navegarlo explica por qué llegaron los portugueses y españoles a América, y no al contrario. Por último, los eurasiáticos habían construido imperios centralizados que organizaban la sociedad de manera jerárquica pero resistente al cambio, algo en lo que se destacaron, en especial, los pobladores de la península Ibérica, donde se desarrolló el primer reino centralizado moderno de Europa, en el siglo XV. Los grandes imperios indígenas también alcanzaron un alto grado de centralización política pero eran muy vulnerables, por concentrar todo el poder en el cacique, que se creía divino, bajo un sistema donde no había reglas de sucesión: la muerte del líder llevaba a la anarquía, algo que las enfermedades diseminadas por los españoles agravaron al cobrar víctimas entre la cúspide de la jerarquía de las sociedades indígenas (Diamond 1998).

Los españoles encontraron importantes civilizaciones que concentraban grandes núcleos de población, que imponían presión sobre el uso de los recursos naturales. La dieta basada en el maíz de las tierras medias y bajas, combinada con calabaza, fríjoles y aguacate, la caza y la pesca, era suficientemente nutritiva como para garantizar la reproducción ampliada de las poblaciones. No se equiparaba, sin embargo, con los altos insumos proteínicos de los españoles, con sus acervos de especies avícolas, porcinos y vacunos, que les suministraron una mayor estatura y masa muscular. La agricultura andina estuvo más basada en papas y en fríjol, y también tuvo un impacto favorable en la reproducción de incas y chibchas (Mann 2005, 18). La población de una ciudad como Tiwanaku, alrededor del lago Titicaca, ha sido calculada en 115.000 personas, mientras que en los alrededores vivían otras 250.000. Wari, que quedaba en lo que hoy es el sur del Perú, contó con unas 70.000 personas antes de la hegemonía inca. Tenochtitlan, capital del Imperio azteca fundada alrededor de 1345, contaba con una población cercana a las 200.000 personas a la llegada de los españoles, distribuidas en cerca de 15.000 hectáreas (Bairoch 1991, 61). Cooke y Borah han calculado que cuando los españoles se tomaron México central había 25,2 millones de habitantes, mientras que España y Portugal sumaban menos de 10 millones de habitantes (en Mann 2005, 94). Además, eran pocas las ciudades ibéricas que tenían las dimensiones de ciudades como Tenochtitlan, puesto que Granada y Lisboa, las ciudades más grandes de la península, contaban con cerca de 70.000 habitantes cada una (Bairoch 1991, 62).

Muchas de estas civilizaciones alcanzaron importantes desarrollos urbanísticos, lo cual es muestra de logros importantes en el mantenimiento de adecuados niveles de bienestar material de sus habitantes. Paul Bairoch señala que dentro de las sociedades prehispánicas en América se pueden c ...