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OMNIA. TODO LO QUE PUEDAS SOñAR

Laura Gallego  

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Fragmento

Prólogo

Un peluche con historia

 

 

 

Trébol era un conejo de peluche que tenía más de treinta años. Había pertenecido a la madre de Claudia y se había convertido en su compañero inseparable mientras crecía. Luego la había seguido en todas sus mudanzas, y siempre se le había reservado un lugar de honor en la cabecera de la cama.

Después nació Claudia, y tuvo sus propios muñecos y peluches. Pero un día sus primeros pasos la condujeron hasta la habitación de sus padres, donde descubrió a Trébol; alargó la manita hacia él para agarrarlo por una de sus largas y despeluchadas orejas... y ya no lo soltó.

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Ahora Claudia tenía cuatro años, y Trébol seguía siendo su muñeco preferido, con diferencia. Después de tanto tiempo, el pobre conejo había perdido parte del relleno y estaba repleto de remendones. Sus ojos habían saltado en varias ocasiones y, aunque su madre siempre los cosía de nuevo, el derecho había quedado un poco más bajo que el izquierdo, lo que le confería un cierto aire tristón. Las orejas estaban hechas una pena porque, cuando Claudia era más pequeña, acostumbraba a morder y chupetear las puntas incluso mientras dormía. Trébol había pasado por más lavados de los que podía contar, y era difícil que su cuerpecillo contrahecho pudiese soportar un solo recosido más.

Por descontado, Claudia tenía muchos más peluches, nuevos y algodonosos, la mayoría de ellos regalados por amigos o familiares bienintencionados que pretendían alejar a la niña de aquel conejo andrajoso. En definitiva, a la gente le costaba asumir que Claudia prefiriese a Trébol por encima de todos los demás.

A su hermano Nico, por ejemplo, le daba vergüenza que su hermana jugase con un peluche que parecía recién rescatado del contenedor de la esquina.

—Es asqueroso —se quejaba a quien quería escucharlo (por lo general, su amiga Mei Ling)—. Claudia no está bien de la cabeza.

—Ya se cansará de él —respondía Mei Ling sin concederle importancia—. No lo va a guardar hasta que se haga mayor, ¿verdad?

Nico le recordaba que, después de todo, su madre sí había conservado a Trébol durante toda su vida. Aunque trataba de imaginarse a aquel conejo con ochenta años y no lo conseguía. «En algún momento habrá que jubilarlo», pensaba cada vez que lo veía.

Por eso, cuando descubrió a Trébol en lo alto del montón de juguetes descartados de la limpieza navideña, se limitó a dejar escapar un suspiro de alivio y a murmurar: «¡Ya era hora!».

No se planteó la posibilidad de que Trébol hubiese ido a parar allí por error. Ni se imaginó que lo que iba a hacer a continuación lo llevaría a vivir la mayor aventura de su vida.

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Un pequeño montón de muñecos

En casa de Nico y Claudia tenían por costumbre hacer una gran limpieza justo antes de Navidad. Se vaciaban armarios, cajones y estanterías y se separaba lo que se quería conservar de lo que no. Después, los trastos viejos se repartían en dos montones: lo que podía reciclarse de alguna forma y lo que iría a parar al contenedor de la basura porque no podía servir a nadie más. A los niños no les entusiasmaba la perspectiva de hacer limpieza, pero siempre se animaban un poco al pensar que estaban haciendo hueco para los regalos de Navidad.

Aquella tarde, Claudia había sacado todos sus muñecos del baúl para examinarlos uno por uno. La mayoría volvían a su sitio, pero otros terminaban en la montaña de los juguetes prescindibles.

—Es que ya estás un poco rota, Coletas —se justificaba Claudia, mientras hacía que Trébol le diese a la muñeca un abrazo de despedida—. Y ya sabes que a Trufa no le caes nada bien. Además...

Pero justo en ese momento la llamó su madre para merendar, y ella se levantó de un salto y soltó a Trébol y a Coletas sin prestar atención a lo que hacía. Salió corriendo de su cuarto y no se dio cuenta de que los dos, muñeca y peluche, habían aterrizado con suavidad sobre la pila de juguetes desechados.

Un rato más tarde, Claudia merendaba ya frente a la tele, y su madre llamó a Nico y le pidió:

—¿Puedes ir a ver si tu hermana ha acabado ya con los muñecos? Si es así, los metes todos en una bolsa y me los traes, ¿de acuerdo?

—¿Por qué? —protestó Nico—. ¡Que recoja ella sus cosas, yo ya tengo bastante con las mías!

—Nico, que no lo tenga que volver a repetir.

El chico fue a cumplir con el recado, refunfuñando y arrastrando los pies. Al pasar por delante de su propio cuarto comprobó que estaba completamente revuelto y que aún te

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