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PASAR FIJáNDOSE

Carolina Sanín  

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Fragmento

Prólogo

Durante diez años publiqué en la revista Arcadia una columna mensual con el nombre de este libro, en el que recojo muchos de los textos que escribí para aquel espacio y otros que escribí simultáneamente —y algunos antes— para el diario El Espectador, la revista Vice, la revista Credencial, el portal web de la revista Semana y la revista Semana Sostenible, además de alguno esporádico que se publicó en otra parte. He hecho pocas modificaciones en las viejas páginas. Con la presentación de los textos en orden cronológico espero dar cuenta de mi trayecto dentro de un género, o bien, dar una idea del ritmo de mis repeticiones.

Al escribir columnas tuve la simple intención de ejercitar la atención, como expresa el contradictorio infinitivo bajo el que las agrupo. Quise combatir el lugar común y la idea prefabricada, y me animé a estudiar lo que me suscitaba admiración con mayor frecuencia que a explicar mis desprecios. A veces forcé una toma de posición y “pasar fijándose” pudo volverse posar sin fijarse. Quise mirar y señalar hacia dónde había mirado y qué veía. Quise hacer crítica, que es buscar las grietas dentro de los objetos y seguir los lazos que en esas grietas se enganchan y desde ellas se tienden hacia otros objetos. Si en el esfuerzo de mi interés hubo un ánimo didáctico, el resultado pudo en ocasiones sonar admonitorio. Escribir alimenta el deseo de persuadir: de atraer una compañía. Pasar fijándose conlleva la aspiración a pasar juntos.

Al repasar mis doce años de columnas para hacer este libro, he leído una historia de mí. Algunas columnas que escribí con fervor me son hoy insípidas. Los objetos de otras siguen encendiéndome. Lamento la laboriosidad de algunas páginas y quisiera recuperar la facilidad de otras. He descubierto que en mi mente ocupan cámaras principales las telenovelas, la comedia, las coronas, Dante, las cuevas y Werner Herzog. He advertido que en dos columnas repetí una misma anécdota. Algunos de los objetos de mis críticas pueden estar desuetos, pero a lo mejor mis comentarios sobre ellos son conservables porque no es del todo inútil el criterio que empleé.

En Arcadia escribí sobre películas, libros, programas de televisión, feminismo, viajes, educación, fútbol, canciones, los Juegos Olímpicos, el tiempo verbal que usamos para contar sueños, Muhammad Ali… Traté de condensar teorías y de resumir historias. Para El Espectador me imponía el deber de fijarme en la actualidad nacional y en el discurso del poder, pero terminé también escribiendo sobre cosas cotidianas y conceptos comunes: la envidia, el atractivo de las celebridades, los trámites burocráticos. Durante un tiempo en El Espectador publiqué también una columna sobre libros, con el nombre de “Desocupado lector”, de la que solo traje una muestra a esta colección. Para Vice, en un sitio que llamé “Verduras de las eras”, escribí más ensayos que columnas: un ciclo largo sobre la condición de las mujeres, y otros textos sobre los refranes, sobre mi veganismo, sobre el reguetón, sobre la gramática, sobre los árboles. En la revista Credencial tuve una columna dedicada exclusivamente a la crítica de televisión. Excluí la mayoría de las piezas que publiqué allí, para que el tema no predominara en este volumen. Entendí que en Semana Sostenible mi encargo era tratar sobre asuntos relacionados con el medio ambiente, y pensé sobre la basura, sobre cuidar a las tortugas, sobre los colegios de la élite y sobre el perdón.

De mi escritura en Arcadia surgió un procedimiento que dio paso a la combinación de narrativa y ensayo con la que he trabajado en mis libros. Algunas columnas de Pasar fijándose se transformaron en pasajes de Los niños, Somos luces abismales y Tu cruz en el cielo desierto. De las piezas que envié a Credencial surgió un ensayo sobre mi televidencia, El ojo de la casa, que publiqué en forma de libro.

Agradezco a mis editores, que me hicieron escribir constantemente, que es pensar despacio y vivir llevando la cuenta: a Lorenzo Morales y María Teresa Ronderos, de Semana.com, que me invitaron por primera vez a escribir columnas; a Fidel Cano, el director de El Espectador, que me favoreció con un espacio dominical quincenal; a Andrés Páramo, que fue mi editor en El Espectador y luego en Vice, donde permitió que me extendiera tanto como quisiera; a Fernando Gómez, editor de Credencial, que me propuso trabajar sobre el descanso de ver series; a María López, que confió en mí para Semana Sostenible; a Marianne Ponsford, fundadora de Arcadia, que hospedó mi columna más longeva y me dio la libertad para experimentar en ella con el tema y el estilo, y a los siguientes directores de la revista, Juan David Correa y Camilo Jiménez, y a su editora, Sara Malagón. Doy las gracias también a Daniela Maldonado, a Francisco Barrios y a Simón Ganitsky, por dejar que les leyera mis textos por teléfono antes de que los mandara a la prensa.

El cuarto de la “muchacha”

Recientemente visité la lujosa residencia de un prominente ciudadano bogotano. En ella había un dormitorio enorme para cada persona, un rincón para cada cosa, una pared para cada obra de arte, una sala para cada actividad interior y una estancia climatizada al aire libre para cada actividad exterior. Después de mostrarme la tercera o cuarta de sus terrazas, mi anfitrión, sin sospechar que yo pudiera traicionar la complicidad de clase que él daba por sentada, me mostró un habitáculo que tomé por un trastero para guardar la barbacoa.

—Este es el cuarto del servicio —dijo—, pero yo no quiero que la muchacha viva aquí, sino que venga por días.

Le dije que me parecía obvio, porque era difícil que alguien pudiera vivir en aquel cuarto. Él hizo cara de no entender por qué yo lo decía.

—Lo digo por el tamaño —expliqué—. Aquí no cabe una persona.

El patrón abrió los brazos como midiendo el recinto y replicó aplomado:

—Pues tiene un metro con ochenta de largo.

No se me ocurrió pensar que la “muchacha” no necesitaría espacio para poner nada; que debía bastarle con un lugar donde poner su cuerpo de pie o acostado en un catre. Por su parte, a mi anfitrión no se le ocurrió pensar que el único espacio de 1,80 m × 1,30 m que puede habitar una persona es una tumba en el cementerio. O una celda en la cárcel. O un zulo.

Yo era niña cuando oí la palabra “zulo” por primera vez. Acababan de liberar a un conocido de mi familia que había sido secuestrado, y algún pariente contaba que los secuestradores lo habían tenido durante seis meses en un zulo en el sur de Bogotá. Pregunté qué era eso, me respondieron, y enseguida me vinieron a la mente los “cuartos del servicio” que conocía. En esos zulos, ubicados en el norte de Bogotá, vivían mujeres que solo los domingos podían salir a hacer su propia vida, que tenían que obedecerles a los niños y a las mascotas de la casa, y a quienes nos referíamos, sin darnos cuenta de nuestra falta de respeto, como “muchachas”, a pesar de que algunas pasaban de los treinta años y otras pasaban de los sesenta.

La mayoría de los colombianos de estratos privilegiados han tenido en su casa, en algún momento, a una mujer semicautiva. Demasiadas “muchachas” colombianas han trabajado en condiciones irracionales: salarios de miseria sin prestaciones sociales, jornada laboral de catorce horas, salidas quincenales, jefes autoritarios, habitaciones de un metro con ochenta en las que inician sexualmente a los adolescentes de la familia, uniformes denigrantes, y un nombre, “muchachas”, que les desconoce el ejercicio de un oficio (asistente, aseadora, niñera, etc.) y las docilita al no reconocerles siquiera la adultez.

Las muchachas, claro, no son obligadas por sus patrones a aceptar contraprestaciones indignas. Son forzadas por la miseria de la ciudad o la violencia del campo, de las cuales los patrones, en muchos casos, son causantes o beneficiarios. Y son forzadas por el machismo, que ha relegado al último renglón de las reivindicaciones sociales a esas mujeres que no saben hacer nada más que cuidarles la casa y los hijos a otras mujeres.

He oído a los patrones más condescendientes decir, con católica filantropía, “Nosotros tratamos a María como a un miembro de la familia”. Creen que esa concesión los exime de su responsabilidad social y humana, e ignoran que sería más apropiado, en una sociedad moderna, que María fuera tratada como una trabajadora con derechos, que, además, quizá quisiera tener su propia familia. Entretanto, pasan por alto que los esclavos de los romanos también eran considerados parte de la familia.

Me acordé del tema el otro día, cuando vi a los desplazados que se tomaron el parque de la 93 para protestar por la precariedad de su situación. Acaso creían que a los ricos se les despertaría la vergüenza si veían pobres en su jardín. Olvidaban que a los ricos colombianos —y a los no tan ricos— les gusta ver pobres y tener a los pobres lo más cerca posible, viviendo en la habitación más interior de su casa. (Pero no los llaman pobres, por parecerles este un término áspero. Los llaman “gente humilde”, eliminando la posibilidad de que los desposeídos puedan conservar el orgullo).

No escribo esta especie de cuadro de costumbres para que los patrones delincuentes caigan en cuenta de nada: si nunca se han preocupado por las violaciones al código laboral, las faltas al sentido común y los errores semánticos en los que incurren con sus “muchachas”, tampoco se preocuparán ahora que la sociedad tiende al extremo de la insensibilización siguiendo el ejemplo del actual presidente, un falócrata que se comporta como el patrón condescendiente de todo el país.

Tampoco lo escribo para los desplazados que se instalan en el parque de la 93 hasta que los policías los echan, ni para esos policías, ni para las empleadas de las casas, pues no lo leerán. Eso es lo que tiene hacer crítica social en Colombia: que uno publica su opinión para cuatro lectores que, de antemano, están de acuerdo con uno. En esta sociedad desintegrada, al opinar públicamente uno siente que no hace mucho más que hablar en corrillo, a espaldas de los aludidos. Parecería, en el mejor de los casos, que ventilara su indignación para expiar sus propias culpas sociales.

Semana.com, septiembre de 2008

Poder pensar el resto del mundo

El otro día la prensa publicó un artículo sobre un libro qu

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